Capítulo 7. Lucharé Por tí
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- ¡Albert! Exclamó la rubia en sus pensamientos, al ver el apacible rostro de él a su lado. Dormía profundamente sin dejar, eso sí, de sostener la mano de su amada.
Candy estaba confundida, dolorida, ansiosa. ¿Qué hora era? ¿Dónde estaba?.
La habitación estaba apenas iluminada por las agonizantes brasas de la chimenea. Era de madrugada. Candy sentía como si hubiese estado durmiendo por semanas, sin embargo, su cuerpo le indicaba claramente la falta de descanso, estaba agotada, como si hubiese luchado contra una poderosa bestia.
Sin duda, luchar contra sus propios sentimientos, era una guerra que requería de toda su energía, aunque cada pequeña batalla que vendría, era algo que la dejaría absolutamente exhausta.
- ¿Qué había sucedido? Pensó, mientras trataba de integrarse y sentarse en la cama.
- Lucharé por ti… murmuró Albert entre sueños, sujetando con más firmeza la mano de la chica.
Una lágrima rebelde, se deslizó por la mejilla de Candy. Ella mejor que nadie sabía que William Albert Ardley era ante la ley y la sociedad, su padre adoptivo. Sabía, que una unión entre ellos sería el acabose de una dinastía que dependía en gran parte de las apariencias. Lo había aprendido a fuego durante su estancia en la residencia de los Leagan y luego, en su paso por la mansión de los Ardley. Elroy se había encargado de hacérselo saber día y noche.
- Nunca podrás desposar a tu hija, susurró con un nudo en la garganta.
Candy, con suavidad zafó su mano atrapada, por la delicada y fuerte mano de Albert, lo miró con tristeza, lo amaba con el alma, y por ello, se sentía dispuesta a sacrificar una vez más su propia felicidad por la de él y su familia. Suavemente y haciendo el menor ruido posible, salió de la cama, no quería despertarlo.
- Candy… murmuró, Albert, al sentir que la mano de ella había desaparecido.
- Estoy aquí, estoy bien, respondió adelantándose a sus temores.
Albert abrió sus ojos y esbozó una pequeña sonrisa.
- Pensé que te perdería, dijo con cierto reproche y un atisbo de tristeza en su mirada, que Candy no pudo distinguir.
- ¿Dónde estamos? Preguntó la rubia.
- En la cabaña, te encontré desmayada en las cercanías del río. Por un momento, pensé que… Albert se interrumpió, le dolía recordar que la había pensado muerta. Estabas tan fría, te traje conmigo a la cabaña, estarás bien, continuó, tomando nuevamente la mano que le había sido arrebatada.
- Albert, yo… debo irme, lanzó de pronto.
- ¿Dónde te irás? Preguntó extrañado.
- Lo siento no puedo quedarme aquí, dijo con desconsuelo. Me duele, tu eres William Albert Ardley mi…
- Candy, por favor, no me llames nunca más William, interrumpió con pesar. Para ti, soy Albert, siempre lo seré, el Albert que se enamoró de ti, y el Albert a quien tú amas, añadió apoyando su mano sobre el hombro de ella.
- Albert… tú sabes que esto no es correcto. ¡Eres mi padre!, exclamó con angustia.
- ¡No! solo te di mi apellido para protegerte. Dijo exasperado, odiaba que ella pensara en él como su padre.
- Tu mismo me presentaste como tu hija, bien lo sabes, legalmente soy tu hija, respondió llorando.
La mirada de Albert cambió súbitamente, sus acciones le pesaban, siempre quiso protegerla, sin embargo ahora él era el causante de todo ese dolor y esa infelicidad. Él se había condenado a sí mismo y a la persona que juró protegería siempre.
- Puedo revocar esa adopción y dejarte libre, afirmó.
- ¿Por qué no lo hiciste cuando te pedí dejar el apellido? Preguntó entonces, la chica, con voz afligida, derrotada.
- Porque quería mantenerte protegida, respondió sincero. Es irónico, que ahora sea lo que nos cause más dolor, añadió esbozando una sonrisa cínica.
Candy no podía controlar sus lágrimas, todo era tan confuso.
- ¿Por qué no pueden volver las cosas a ser como antes? preguntó ella con pesar.
Albert se acercó a ella poniéndose ahora frente a la mujer que amaba, necesitaba que ella lo mirara a los ojos.
- ¿Estás dispuesta a luchar por nuestro amor? preguntó mientras sostenía gentilmente el rostro de la chica, obligándola a mantener sus miradas en contacto. ¿Quieres amar a William Albert Ardley, con todo lo que ello significa? Preguntó decidido, sabía el peso de su nombre, sabía que lo que seguía no sería fácil, y a pesar de amar profundamente a Candy y sentirse incapaz de dejarla ir nuevamente de su lado, necesitaba tener la certeza de que ella también lucharía por él, no podía forzarla a enfrentar todo lo que venía por delante.
Candy no fue capaz de pronunciar palabra, pero sus gestos fueron más que decidores. Se puso de pie y se aferró a él en un abrazo silencioso.
- Te amo mi pequeña, dijo Albert en un susurro, respondiendo a su abrazo, y mientras apoyaba su barbilla en la cabeza de su rubia debilidad.
En un acto reflejo, ambos se miraron a los ojos, soltando la estrechez de ese abrazo anhelante, y lentamente acercaron sus rostros fundiéndose en un profundo y hermoso beso.
Decididos, enamorados y sabiendo que se vendría un difícil camino para defender su amor ante los demás, salieron al balcón para disfrutar del amanecer. Quizás ese momento sería el último momento de paz que ambos podrían disfrutar en un largo tiempo.
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Ya eran cerca de las 8 de la mañana, las actividades en Lakewood habían iniciado al alba como era de costumbre.
Elroy Ardley, caminaba en la sala de un lado para otro, inquieta, preguntándose qué habría sucedido el día anterior. ¿Qué habría decidido William?, si es que había ya tomado una decisión respecto a su vida. Estaba preocupada, en su corazón sabía que él sí sería capaz de luchar por sus anhelos a diferencia de ella que se dejó vencer por el qué dirán.
- No cometas una locura William, no lleves a la familia a la perdición, murmuraba una y otra vez, al ritmo de sus pasos nerviosos. Maldita seas Candice White, nunca debiste llegar a nuestras vidas.
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En la cabaña solo la hermana María y la mucama estaban en pie. La verdad es que la religiosa no había conseguido dormir mucho, estaba preocupada por Candy y por Albert. Apenas se levantó, estuvo tentada de ir a ver a su pequeña traviesa, pero algo le dijo que era mejor esperar. Quizás por fin había comenzado a comprender a Candy y a darle sus espacios, pensaba.
George llegaba temprano como siempre en busca de Albert, sabía bien las circunstancias en que estaba sumergido en ese momento, pero los negocios no podían esperar, al menos no por ahora, y necesitaba al patriarca.
- Buenos días Hermana María, saludó George al ver a la religiosa de pie junto a la chimenea de la sala.
- Oh Señor Johnson, buenos días. Ha llegado temprano usted, añadió agradecida, pues, intuía que venía en busca de Albert.
- Si, vine a buscar a William, debemos ir a una reunión urgente. Dígame, ¿cómo amaneció la señorita Candice?
- Aun no la veo, dijo algo contrariada. Anoche el Señor Albert, me pidió cuidarla y… la verdad no he querido molestarlos, añadió con un leve rubor al comprender su acción. Creo que necesitan conversar, continuó tratando de justificar el hecho de haberlos dejado pasar la noche a solas.
- Usted también se ha dado cuenta de sus sentimientos, ¿no es así?, preguntó el hombre con una sonrisa en sus labios.
- Pues, a decir verdad, no lo había notado hasta que la señorita Pony me lo dijo. Ayer pude corroborarlo. No entiendo cómo fui tan ciega y no me di cuenta antes, dijo lanzando un suspiro.
- Lo han logrado disimular muy bien, creo que ni siquiera ellos estaban conscientes de la magnitud de sus sentimientos, replicó George intentando aliviar ese atisbo de culpa que la hermana María sentía.
- Sí, creo que tiene razón.
- Bueno Hermana María, creo que es hora de ver a la señorita Candice, debo ir por William, ¿me acompaña?
En la habitación, Albert y Candy, se estaban tranquilamente sentados en el piso del balcón, libres, sin nadie que les indicara qué debían hacer ni cómo comportarse. No habían pronunciado más palabras que sutiles declaraciones de amor, acompañadas de caricias suaves e inocentes. Sus manos entrelazadas, eran una expresión de amor en sí. No necesitaban más que ello, para demostrarse la fuerza de sus sentires. Ambos inmersos en los pensamientos del otro, disfrutando de furtivas miradas, coquetas y puras, era como si pudieran leer sus mentes, no necesitaban nada más para comprenderse. Estuvieron así por horas, absortos en su bella fantasía hasta que un suave golpe en la puerta, los trajo de regreso.
- ¿Puedo pasar? Preguntó la voz siempre cordial y elegante de George, al otro lado de la puerta.
Candy y Albert se levantaron tranquilamente, rompiendo el abrazo cálido que los protegía, Albert besó su frente y apretó su mano delicadamente indicándole que este sería el primer paso. Ella sonrió tímidamente, en su corazón sentía miedo, miedo de lo que iba a ocurrir cuando todos se enteraran de que Candice White y William Albert Ardley decidieron apostar por un futuro juntos.
- Adelante, respondió Albert.
George sonrió al escucharlo, sin duda su voz había cambiado, volvía a ser el hombre decidido y fuerte que conocía. Se sentía orgulloso, al fin había comprendido.
La Hermana María, quedó en silencio, sorprendida, al encontrarlos tomados de la mano, ya no había vuelta atrás, estaba contenta, pero asustada. No quería que su niña sufriera más y eso era precisamente lo que vendría de ahora en adelante.
George, sonrió sincero, feliz. William, saludó con una reverencia. Señorita Candice, me alegra verla tan bien.
- Candy, ¿cómo te sientes?, preguntó al fin la Hermana María, saliendo del asombro.
- George, Hermana María, buenos días, saludó ruborizada.
- Candy, hija, ¿cómo estás? Insistió la religiosa, acercándose apresuradamente a ella. Provocando involuntariamente que ambos enamorados soltaran sus manos.
- Estoy bien, respondió, dándole una disimulada mirada a Albert.
- Oh Candice, ¿hasta cuándo nos asustarás así? Reclamó la religiosa con ternura.
- Lo siento, no quise… respondió avergonzada por sus actos.
- Veo que el Señor Albert te ha cuidado muy bien esta noche, dijo la hermana, dándole una mirada cómplice al joven patriarca.
Albert sonrió agradecido.
- William, lamento interrumpir, pero tenemos una reunión, ¿recuerdas?, dijo George de pronto, mientras le lanzaba una mirada a su ropa.
- Si George, lo lamento, será mejor me apresure, debo regresar a la mansión a cambiarme de ropa y recoger unos documentos. Damas con su permiso, dijo Albert, no sin antes, dirigirse a Candy y besar tiernamente su frente.
- Nos vemos a mi regreso al atardecer, por favor quédate, rogó en un susurro al oído. Hasta pronto hermana María, muchas gracias, le dijo a la religiosa para luego retirarse.
- Señoritas, con su permiso, creo que tienen mucho que conversar, dijo George excusándose para seguir a William, dejando a ambas mujeres a solas.
Candy se dejó caer en la cama, ya más tranquila, la primera prueba había pasado, ni George ni la Hermana María parecían escandalizados, pensó lanzando un gran suspiro.
- ¡Candice! ¡Candice! Llamó la religiosa a la chica sacándola de sus pensamientos.
- Oh hermana María, perdone, olvidé que seguía aquí, dijo risueña.
- ¡Candice! ¿Cómo que olvidaste que estaba contigo? ¡Pero qué cabeza más distraída! Rezongó. Candice debemos hablar, ¿no lo crees?
- Es cierto, dijo Candy algo apenada.
- Dime Candy, ¿lo amas?
Aquella pregunta tan directa la desconcertó, haciendo que se ruborizara completamente. Nunca había hablado de sus amores con la Hermana María, si bien sabían de la existencia de Anthony y Terry, ella nunca había admitido lo mucho que los había querido, lo enamorada que había estado de Terry. La hermana lo sabía, si, pero eran sus acciones las que hablaban por si solas, no sus palabras.
- Con toda mi alma… respondió en voz baja.
- Sabes que lo que enfrentarán si están juntos no será fácil, ¿verdad? Tienes claridad de que ante la familia, eres la hija adoptiva, que eres de un rango muy inferior, y que se enfrentarán a las objeciones de muchas personas, incluso de los sirvientes.
Candy asintió, lo sabía, lo tenía claro, ya tenía una idea cuando fue discriminada por sus compañeras de enfermería, solo por ser una Ardley. Realmente la discriminación y las apariencias no tenían distinción. Ahora, sería peor, pero estaba dispuesta a luchar por su amor y tenía una gran razón para ello. Él la amaba y estaba dispuesto a luchar también por su felicidad. Estar con él sería la recompensa a todo lo que había sufrido.
- Debo decir que me ha sorprendido todo esto, añadió la religiosa. Cuando conociste a Anthony y a Terruce, en tus cartas siempre los mencionabas, tus expresiones, tu manera de referirte a ellos, siempre nos demostraban a la señorita Pony y a mí, lo enamorada que estabas.
Siempre encontrabas algo que te hacía recordarlos, y nos relatabas una y otra vez como los habías conocido, o qué habían hecho, añadió con una risita, al recordar aquellas pláticas repetitivas. Pero con el señor Albert… siempre hubo una amistad profunda y gran respeto en tus líneas hacia él, siempre te referiste a él con admiración... nunca nos diste una seña que nos hiciera pensar que tus sentimientos por él, eran tan grandes, dijo la hermana María. Supongo que ahora que estás madurando, te has dado cuenta de que esa admiración era amor, suspiró.
- Hermana María, yo… ¿recuerda cuando le contaba de mi príncipe de la colina?, preguntó. Usted creía que era mi imaginación.
- Si, lo recuerdo, también recuerdo que decías era igual a Anthony, a quien solías llamar como tu "príncipe de las rosas", añadió con una sonrisa enternecedora, al recordar sus cartas.
Candy asintió, mientras sus ojos se llenaron de lágrimas al recordar a Anthony. Cuando lo conocí, retomó, aquel muchacho dejó olvidado un broche, que he mantenido conmigo todos estos años, dijo. Ese broche era el símbolo de una familia.
Cuando el empleado de los Leagan fue al hogar en busca de una dama de compañía para su hija, vi el mismo símbolo en su auto, y fue por eso que decidí irme. Creí que allí, encontraría a mi príncipe, por eso acepté ir con ellos. Siempre estuve esperanzada de encontrarlo, y aguanté las humillaciones de esa familia, solo por él…
- ¡Pero Candy! No nos habías contado nada, reclamó la religiosa.
- No quería que creyeran que era una niña tonta que se había encaprichado con un príncipe imaginario, dijo esbozando una sonrisa. "Te ves más linda cuando ríes que cuando lloras" murmuró, mientras su rostro se iluminaba al recordar el primer encuentro.
La calidez de sus palabras, su mirada, sus ojos color cielo, todo en él me hacía pensar que era el príncipe que estaba destinado para mí, suspiró. Pero con el tiempo, conocí a Anthony, por un momento pensé que sería él, pero no lo era. Y lo quise por ser Anthony.
El tiempo pasó, rápidamente, hice amigos, me enamoré, pero nunca olvidé a mi príncipe de la colina, esa ilusión fue la que me llevó a ser quien soy ahora… y cuando por fin, descubro que Albert era en realidad el Tío William, y comienzo a comprender mis sentimientos por él. Él se presentó a mí como mi príncipe. Siempre fue él. Quien estuvo a mi lado y quien me ayudaba sin saberlo a ser fuerte y no llorar, sonrió.
Ahora que lo pienso, creo que nuestro amor estaba destinado, como si estuviésemos atados por el hilo rojo del destino… finalizó reflexiva.
- Candy, murmuró la Hermana María, al conocer la historia. Realmente le sorprendía saber que Albert era ese muchacho de quien siempre habló con ensoñación, de quien todos dudaron, porque cuando lo conoció era solo una pequeña niña de seis años.
- Ahora que por fin he encontrado a mi príncipe, y sé que me ama, no puedo más que luchar por él… por nosotros, dijo decidida.
La hermana María estaba conmovida con la historia, pero más que nada asombrada por la decisión de Candy, por un momento, dejó de ver en ella a esa pequeña traviesa adolescente, y logró ver a la joven mujer que realmente era.
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El día había avanzado rápido para Albert, ocupado en los negocios, no tenía tiempo para pensar en nada más. Sin embargo, la hora de la verdad se acercaba, ya en Lakewood, debía hablar con su tía abuela.
- Tía abuela, llamó Albert a la puerta del salón.
- Pasa William, respondió la mujer de expresión dura.
- Debo hablar contigo.
- ¿Has tomado una decisión?, espetó la mujer.
- Lo he hecho, he decidido luchar por Candy, hemos decido luchar por nosotros, dijo calmado.
Escuchar a William decir su decisión fue un golpe duro. Sabía, presentía que podría ser esa su decisión, pero no había imaginado jamás que le dolería tanto.
- Te vas a arrepentir William, llevarás a tu familia a la perdición. ¿No has pensado en tus padres?, ¿no te has detenido a pensar lo que tus padres querrían? Lanzó furibunda, desafiándolo, y golpeándolo con algo que sabía le iba a doler.
- Estoy seguro que ellos querrían que yo fuese feliz, respondió. ¿Acaso tú no quieres eso para mí? Creí que me querías como a un hijo, dijo con su mirada perdida en el paisaje que se asomaba por el ventanal.
Eso sí que fue un golpe bajo. La dura dama Elroy palideció al escucharlo. Su cuerpo se estremeció. Cómo se atrevía a cuestionar su cariño, él era su adoración. Sabía que no era una mujer de piel, que no acostumbraba a demostrar libremente sus sentimientos, pero con él, en general, siempre había sido una mujer dulce y cariñosa. Siempre hubo un "Querido hijo" y un "te quiero" en sus cartas y en sus palabras, lo comprendió y aceptó que disfrutara de una vida libre, que viajara y viviera como él quería, antes de que el agobio de ser quien era se apoderara de su vida. Lo amaba. ¡Cómo podía cuestionarlo!. Su única piedra de tope fue siempre Candice. Siempre cuestionó su decisión de adoptarla y protegerla a costa de todo… no entendía como podía cuidar y defender tanto a esa niña mentirosa, mal educada y ruin que ahora osaba arrebatárselo, arrebatarle su cariño, le arrebataba a su hijo.
- ¡Jamás vuelvas a cuestionar mi amor por ti! Exclamó, para luego suavizar sus palabras. William, eres el hijo que no tuve, te cuidé y te apoyé siempre… te quiero como no tienes idea, pero…
- ¿Pero qué tía abuela? ¿Por qué no me permites ser feliz? Preguntó con suavidad mirándola a los ojos.
- Pero no puedo permitir que te unas a ella… sentenció quitándole la mirada.
-¿Cómo puedes ser tan fría? ¿Cómo me puedes exigir que me olvide de lo que siento por Candy? ¿Tan fácil fue para ti olvidarlo?
Elroy abrió sus ojos de par en par, sorprendida, un nuevo golpe le había sido dado.
Flashback
- Que niño más hermoso, tiene los ojos de su padre, dijo la orgullosa tía.
- Y el hermoso cabello de su madre, añadió su padre guiñándole un ojo a la aludida.
- Eres una mujer afortunada Rose, has dado a luz a dos niños maravillosos, dijo Elroy mientras observaba a la pequeña Rosemary correr de un lado al otro, y sostenía en sus brazos al niño más hermoso que ella había visto jamás. Desde que sus hermosos ojos hicieron contacto con ella, se robó su corazón.
- Tenemos una hermosa familia Elroy, y eres parte de ella, eres una segunda madre para Rosemary y lo serás también para él, sonrió Rose con calidez.
Elroy asintió agradecida, pero no podía evitar sentirse triste, pues ella había dejado atrás su sueño de ser madre.
- William, cariño, ¿cómo le pondremos a nuestro pequeño? Preguntó Rose.
- William Ardley como su padre, respondió orgulloso y casi arrogante.
- Falta algo, necesita un nombre más imponente, dijo Rose divertida, riéndose de la expresión que puso su esposo al dejar en el piso su arrogancia con tal comentario.
- Albert, dijo Elroy, mientras acunaba al bebé en sus brazos, se llamará William Albert Ardley, sentenció mientras sus ojos se volvían brillantes y se resistían a dejar correr una lágrima rebelde.
Fin del flashback
- Nunca lo hice, sentenció con su mirada triste. Nunca me lo permití.
- No te comprendo, dijo Albert afligido. No entiendo cómo puedes permitir entonces que pase por lo mismo que viviste al renunciar a la persona que amaste.
- Quizás algún día entiendas… murmuró.
Albert la observó incrédulo, no podía entender no fuese capaz, ni siquiera por un instante, de dejar esa soberbia a un lado. Abatido, se dejó caer en el sillón, pensando, en cómo lograr que Elroy aceptara a Candy, era importante para él, Elroy era como su madre, y le dolía demasiado, la tozudez de la mujer y ese odio casi intrínseco que ella profesaba hacia Candy.
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¡Ah! por fin logré actualizar, les pido mil disculpas por la demora. Les prometo que antes del Domingo 3 de Noviembre (de este año, por supuesto xD) subo el capítulo 8.
Les agradezco como siempre infinitamente su tiempo para leer, dejar reviews, seguirme y presionarme para apurarme con las actualizaciones, ¡en serio!
Y para quienes me siguen con Perdida en Lakewood, haré todo lo posible para actualizar esta semana también, ya que en teoría tendría mas tiempo libre gracias al fin de semana largo :) Y les pido paciencia y que no me abucheen a la pobre Emilia si se enamora de Albert o si le provoca cosillas al hombre, es algo inevitable para cualquiera xD. Pero no se preocupen, que la historia tomará el rumbo que debe tomar, quiero que todas las fans de Candy Candy queden felices :P. Y de paso les adelanto, Emilia conocerá esta vez a 2 personajes mas... :P
Espero este capitulin les agrade y nos leemos en el próximo! ;)
Un abrazo, Dulce Ardley
