Capítulo Siete

STRIKE ONE

Los personajes son tomados de L.J. Smith, la adaptación mia y en esta ocasión Lori Foster decidio que este capitulo sea para adultos responsables o menores maduros, en fin…disfrutenlo!

Damon contempló a Elena bajarse despacio del coche. Estaba presionándola; quería ir demasiado deprisa. Aún necesitaba tiempo para recuperarse, y aquel día, con tanto ajetreo, parecía especialmente cansada. Preciosa, pero cansada. Le ofreció su brazo no fuera a resbalarse en el suelo helado y la miró.

—Venir aquí no ha sido una buena idea.

Elena lo miró e hizo resbalar los dedos sobre sus labios.

—Tonterías. Ha sido una idea excelente. No te pongas nervioso.

Damon la miró sorprendido. Debía pensar que la intimidad que iban a compartir le inspiraba temor, pero lo que en realidad temía era la profundidad de sus sentimientos hacia ella. No se lo esperaba. Saber que había acudido a otro médico para que le viera la herida y le quitara los puntos, había ultrajado su instinto de protección. No confiaba en ninguna otra persona para cuidar de ella... y no quería que ningún otro médico viera su cuerpo. Era absurdo, siendo él mismo médico como era y sabiendo bien el distanciamiento que se imponía entre médico y paciente, pero...

—Tienes cara de estar hecha polvo. ¿Te has tomado el analgésico hoy?

—Ya no los necesito. Estoy bien, Damon, de verdad, así que deja de hacer de gallina clueca, respira hondo e invítame a entrar.

Damon sucumbió a su sugerencia. Aunque también era verdad que se habría rendido si hubiese guardado silencio. La deseaba demasiado para esperar.

Una guirnalda decoraba la puerta de entrada.

—Te gusta poner adornos de Navidad, ¿eh?

—Es una tradición —contestó, abriendo la puerta—. Mi madre adornaba siempre las puertas, las de dentro de casa y las de fuera, y ponía luces en todo lo que no se moviera. Caroline y Matt no lo recuerdan, pero yo sí.

Damon le ofreció su mano para entrar y después le besó brevemente, un beso que a ella le hizo sonreír. Con el pie, cerró la puerta, y tirando del cuello de su abrigo, le acercó a ella.

—Un beso de verdad —susurró.

Demonios, aquella mujer era capaz de rizarle el pelo si se ponía a ello. Intentó mantener los brazos pegados al cuerpo, controlar la respiración, pero ella se pegó a él instintivamente mientras devoraba su boca.

—Elena...

—Quitémonos los abrigos.

Damon la observó mientras se quitaba la capa y la dejaba caer al suelo. Vestida como siempre de negro, estaba increíble. Llevaba un jersey largo de cachemir, pantalones negros y botas, y todo ello contribuía a que el color de su pelo y de sus ojos resaltase aún más.

Elena lo miró expectante y él se quitó su abrigo. Quería quitárselo todo, quería tenerla desnuda delante de él, pero tenía que seguir fiel a su papel de tímido.

—¿Quieres un café? —le preguntó, mientras recogía los abrigos y aprovechaba el tiempo para concentrarse en no olvidarse de su plan.

Ella lo miró confusa.

—Es lo que más me apetece en este mundo.

Él se fue a reír, pero se atragantó y la risa se convirtió en tos.

—Puedes darte una vuelta por la casa si te apetece mientras yo preparo el café.

Para sorpresa suya, ella se tomó la sugerencia al pie de la letra y entró al salón.

—¿Cuál es tu habitación?

—La puerta al final del pasillo. Lo primero es el baño, luego el estudio y después la habitación de invitados.

—Gracias.

Desapareció dentro de su dormitorio, y como la curiosidad mató al gato, Damon no pudo resistirse y la siguió.

—¿Qué haces, Elena?

—Pues mirar, como tú me has sugerido. Tú has visto mi dormitorio, has revisado mis cajones y mi ropa interior, así que es justo que eche un vistacillo, ¿no?

—¿Es que pretendes inspeccionar mis calzoncillos?

—Mm... más tarde, cuando te desnudes —los ojos le brillaban con una mezcla de nerviosismo y excitación—. Pero por ahora, sólo quiero ver tu casa; es para ver si me sorprendo tanto como tú en la mía.

Él apenas registró sus palabras; la cabeza había dejado de funcionarle después de lo de desnudarse.

—Elena, ¿no estás yendo un poco deprisa?

Ella estaba mirando debajo de su cama. Por qué, no lo sabía. ¿Es que se imaginaba que guardaba revistas de chicas allí? Luego, miró en su armario.

—Sólo estoy intentando recuperar lo que me llevas de ventaja —las manos le temblaron al curiosear su ropa—. No te preocupes, que no voy a presionarte.

—No estoy preocupado. Ella le dedicó una sonrisa.

—Bien. Quiero que te relajes, y que pienses en esto como en algo natural.

—«¿Esto?»

—Me refiero a lo de que estemos juntos. No hay nada de lo que preocuparse, porque no vamos a juzgar a nadie —Elena enrojeció y tuvo que carraspear—. Como has dicho tú antes, sólo vamos a conocernos mejor.

Damon se apoyó contra la pared.

—Me había imaginado que empezaríamos en el salón, charlaríamos, nos besaríamos un poco...

—Nos besaríamos mucho —le corrigió—. A ti te gusta besar, ¿verdad? Quiero decir... aunque necesites algo de práctica.

—Sí, me gusta besar.

—Excelente —se sentó en el borde de la cama y botó un poco, como probando el colchón—. Es lo bastante blando.

Bastante blando ¿para qué?, se preguntó, pero fue incapaz de preguntárselo a ella, sobre todo viendo que se estaba quitando las botas. Entonces reparó en una pequeña mueca de dolor que le provocaba la flexión y se acercó a ella.

—Déjame a mí.

Elena se apoyó en los codos y él se arrodilló para descalzarla.

—¿Mejor?

—Mucho mejor —contestó. Su voz había bajado un poco de tono y el rosa que le daba color a sus mejillas teñía también su cuello. Excitación. Las rodillas estuvieron a punto de vencérsele y deseó tumbarse sobre ella y poseerla con suavidad hasta oírla gemir, y después hacerlo con todas sus fuerzas hasta que ambos perdieran la razón. Pero se limitó a sentarse a su lado y a poner cara de inseguridad.

—¿Estás segura de que no quieres un café?

Ella negó con la cabeza.

—Sólo te quiero a ti.

Damon cerró los ojos y tragó saliva. Si se movía, lo echaría todo a perder, porque no había contado con el efecto de sus palabras, de su deseo. No iba a poder hacerlo.

No iba a poder fingir una distancia que no sentía, estando en tensión de pies a cabeza, más excitado de lo que lo había estado en toda su vida.

Elena se incorporó y le quitó las gafas para depositar un beso en sus párpados cerrados. Evidentemente estaba decidida a animarlo.

—Número uno, Damon: no hay nada de lo que avergonzarse —su voz era casi un susurro—. Cualquier cosa que hagamos juntos, cualquier cosa que ambos encontremos satisfactoria, será buena para ambos.

Tomó un puñado de edredón en cada mano para contenerse y no tocarla, y mantuvo los ojos cerrados. Elena dejó sus gafas en la mesilla antes de tirar despacio de su jersey para sacárselo por la cabeza.

—Me gustas muchísimo, Damon.

Él alzó los brazos obedientemente y el jersey desapareció.

Sus nudillos le rozaron el vientre cuando le desabrochó el cinturón, y se le escapó un gemido áspero y ahogado. Tanto contenerse le hacía temblar, al igual que a ella le temblaban las manos.

—Túmbate —le susurró al oído.

Damon obedeció, pero ella lo empujó por los hombros y cayó con él sobre el colchón con un suspiro. Su pelo le rozó las mejillas al tiempo que con las manos le recorría los hombros y el pecho, acariciándolo suavemente los pezones mientras él intentaba pensar en otra cosa: el hospital, la nieve... lo que fuera.

Elena le besó el cuello.

—Estás muy tenso. Relájate un poco.

Damon se echó a reír. Imposible relajarse. Entonces ella volvió a su cinturón, y por puro instinto de conservación, Damon le sujetó las manos.

—Elena, espera.

No reconoció su propia voz.

—Sh... no pasa nada. No voy a hacerte daño.

No se trataba de que pudiera hacerle daño, sino de que, si no frenaba un poco, no iba a aguantar; no iba a ser capaz de darle a ella el placer que quería darle, porque más que nada en el mundo, más que satisfacer su propia necesidad, quería ver a Elena Gilbert alcanzar el clímax en sus brazos.

—¿No crees que deberías... ponerte al día? —le preguntó, besándole las manos.

Ella arqueó las cejas y él rozó el cuello de su jersey.

—¿Quieres... quieres que me quite la ropa?

El nerviosismo con que le contestó le pareció encantador, sobre todo teniendo en cuenta que había pretendido relajarle a él.

—¿Es que no quieres hacerlo? —preguntó, inyectando suficiente inseguridad a su pregunta para ponerla en acción.

—Claro que sí.

Era curioso, pero casi parecía más insegura que él. Quizás tenía una forma especial de seducir, una cierta organización. Quizás desvestirla venía más tarde, pero él necesitaba tener acceso a ella en aquel momento, poder tocarla y saborearla para que ambos estuvieran en el mismo barco. Cuando se ahogara, quería que se ahogase con él.

Elena se giró y se quitó el jersey sin prisas. Damon admiró la línea suave de su espalda, su pequeña cintura, la curva de sus caderas. Tenía un lunar en el hombro derecho y se inclinó a besarlo. Elena se quedó inmóvil y apenas mirándole por encima del hombro, preguntó:

—Bueno... ¿es que no crees que deberías quitarte los zapatos?

No comprendía que tuviera tanta prisa porque, para él, el mayor placer de hacer el amor era tomarse su tiempo, disfrutar del cuerpo de una mujer, jugar con ella, excitarla, dejar que la tensión creciera entre ellos hasta que la necesidad los volviera locos. Pero Elena parecía ir a velocidad de crucero por algún motivo. Quizás su supuesta inexperiencia la estaba poniendo nerviosa, o quizás pensara que era él quien tenía prisa. Puede que incluso pensara que se iba a echar atrás si no se daba prisa.

Damon sonrió.

—Si eso es lo que quieres... tú mandas.

Ella se desabrochó el sujetador... blanco y de encaje, algo que le había sorprendido tanto como complacido. Pero sujetó las copas pegadas a sus pechos, y siguió de espaldas a él.

Cuando Damon se agachó para quitarse los zapatos, ella le abrazó por la espalda. La sorpresa de sentir sus pechos contra su piel le hizo estremecerse. Fue a darse la vuelta, pero ella se lo impidió.

—Sh...

Y mientras lo acariciaba suavemente con las manos, le rozaba la espalda con los pezones, hasta que Damon supo que explotaría si no paraba, así que apretó los dientes y se volvió hacia ella.

Pero tuvo que apartar la mirada. Era demasiado sexy, demasiado hermosa.

Entonces fue él quien la tumbó sobre el colchón y ella le dejó hacer, cerrando los ojos. Damon le quitó los pantalones, llevándose sus bragas al mismo tiempo.

No era perfecta, tal y como había pensado siempre, pero la curva de sus caderas lo excitaba, al igual que el ligero abultamiento de su vientre. Se le notaban algo las costillas y pensó que necesitaba ganar algo de peso, pero sus piernas, largas y ligeramente musculosas, le quitaron la respiración.

Tomó entonces un mechón de pelo en la mano. Era embriagante y sedoso. Sonrió: era una morena espectacular.

—Quiero besarte, Elena—susurró.

Ella abrió los ojos.

—¿Dónde? —gimió.

«En todas partes».

—Donde tú quieras.

Elena se humedeció los labios y tras un momento de pensar y un suspiro audible, se tocó un pecho.

—Aquí.

Damon apoyó suavemente la mano en su pecho y la vio contener la respiración. Muy despacio, dejando que ella anticipase su caricia, rozó su pezón con un dedo y lo sintió endurecerse. Luego tiró de él, y Elena se retorció con un gemido de placer.

Jamás había estado tan excitado con tan poco, pero ver la respuesta de Elena le puso al borde del abismo.

—¿Aquí? —le preguntó, tras acariciarlo con la lengua.

Ella sólo pudo asentir.

—¿Estás segura? —insistió, tras besarla como lo haría la brisa.

—¡Sí!

Y atrajo su cabeza hacia ella.

Sonriendo, Damon la satisfizo mientras ella enredaba los dedos en su pelo, y sus gemidos espolearon su excitación.

Besó su otro pecho y se separó de ella para quitarse los pantalones. Elena lo miraba con los ojos inmóviles y abiertos de par en par. Después volvió a ella y cubrió su pubis con la mano. Elena se cimbreó como un junco.

—Damon, por favor...

—Dime qué he de hacer —le preguntó, ya no por seguir interpretando su papel de novicio, sino porque sabía que la pregunta la excitaría aún más.

—Acaríciame —dijo con una voz apenas audible y Damon obedeció.

—Abre tus piernas un poco, cariño.

Y deslizó un dedo en su interior sólo por saber hasta dónde llegaba su excitación, y fue una sorpresa y un enorme placer descubrirla húmeda y caliente, tanto que gimió con ella.

Los dos parecían haber olvidado sus papeles, y Damon no tenía intención de recordárselo. Apenas podía respirar, pensar.

Elena elevaba las caderas al ritmo del movimiento de su mano, y aquello ya fue demasiado, así que sacó un preservativo de la mesilla; apenas se lo había puesto, Elena lo buscaba ya, clavándole los dedos en los hombros, urgiéndole.

Un último segundo de claridad le sirvió para recordar su herida.

—Ponte de lado, cariño.

Elena lo miró.

—No quiero hacerte daño, Elena, y será más fácil para ti así. Puedo controlar mejor las cosas.

Ella frunció el ceño un instante y sus ojos se oscurecieron por la sospecha, pero Damon no le dio oportunidad de pensar y colocó la pierna del lado herido sobre su cadera.

Elena lo miró con los ojos muy abiertos, confusa, ansiosa, curiosa. Damon quería enterrarse en ella, hacerla parte de sí, y con sumo cuidado la penetró, apretando los dientes al notar la natural resistencia de su cuerpo. Vio a Elena cerrar los ojos y suspirar.

Poco a poco, fue entrando en ella, intentando moderar sus movimientos, intentando protegerla de la violencia de su pasión. Deslizó una mano entre sus cuerpos y acarició su sexo, y ella dejó escapar un grito agudo de placer, reaccionando con una tensión casi... excesiva, como si nunca la hubiesen acariciado así. Y en una décima de segundo, se dio cuenta de todo.

—Elena... —susurró, y mirándola a la cara, esperó a que todo se arreglara por sí solo.

Ella lo abrazó con fuerza y hundió la cara en su cuello.

—Este... —tragó saliva y sintió los ligeros movimientos de su cuerpo, como si intentara estarse quieta pero no pudiera—. Éste es un mal momento para hablar, Damon.

—Pero ¿eres virgen?

Intentó bajar la cabeza y ver su expresión, pero ella no se lo permitió. ¿Virgen? No podía asimilar las consecuencias de algo así. Entonces vio su pelo revuelto, sus hombros temblorosos y sintió algo extraño, cálido y profundo invadir su alma.

—Sí, Damon, lo sé —dijo—. Sería difícil no recordarlo.

A él también le habría sido difícil no darse cuenta. ¿Por qué no se lo habría dicho?

—Elena...

—¡Ahora no, Damon!

Y Damon gimió, incapaz de tener ningún pensamiento racional, perdido en el ritmo de su cuerpo. Sujetándola por las caderas, se hundió por completo en ella, regocijándose en sus gemidos, en sus torpes intentos de adaptarse a sus movimientos.

Ningún hombre la había tenido antes así. Ningún hombre la había acariciado como él.

Aquella verdad reverberaba en su cabeza y en su corazón, y su cuerpo palpitaba con una mezcla de emociones físicas y emotivas capaces de destruir su fuerza.

Elena gemía, primero quedamente, luego más, cada vez más, arrastrándole a él hasta que supo que no iba a poder más y se perdió en ella sin remisión. Cubrió sus pechos con las manos, mordió ligeramente su hombro y ahogó un grito en su piel fragante y tersa cuando alcanzó el clímax.

Tras un momento, Elena no pudo soportar más su peso y se rindió sobre el colchón. Damon se quedó tumbado junto a ella boca arriba, los brazos abiertos de par en par, las piernas casi entumecidas, el cuerpo palpitando.

Sintió que Elena se movía a su lado y que le observaba con curiosidad.

—No irás a hacer una estupidez del estilo de quedarte dormido, ¿verdad?

Sonreír era algo que requería más fuerza de la que él poseía en aquel momento.

—No. Descanso.

Elena le golpeó en el hombro.

—¿Por qué lo has dejado?

Él entreabrió un ojo y la vio sobre él.

—Es que no he podido más.

Ella se inclinó sobre él hasta que sus narices casi se rozaron.

—¡Pues yo sí podía más!

—Lo sé, y lo siento —cerró los ojos para contener el deseo de reírse—. Deja que recupere el aliento y te mostraré hasta dónde llega mi arrepentimiento por haberte dejado.

—Ya...

Elena fue a levantarse de la cama pero él la sujetó por un brazo.

—No te enfades, Elena. Ya te he dicho que voy a compensarte.

—¿Cómo?

—No me mires así, que no voy a torturarte.

Aquella situación era casi absurda y se echó a reír, pero ella frunció el ceño y cuando iba a decir algo, la besó; pero con un beso de verdad en el que puso toda su sabiduría, decidido a mostrarle lo bien que podían estar juntos.

Y Elena, insatisfecha, su cuerpo aún cálido y tembloroso, se derritió como un cubo de hielo al sol de agosto.

Damon la besó hasta que la sintió aferrarse a él, clavarle las uñas, moverse pegada a él, y descendió entonces hasta sus pechos y los lamió y los mordió oyendo sus gemidos.

—Qué hermosa eres, Elena —dijo cuando ella levantó hacia él sus caderas, su necesidad tan intensa como la de él.

Tenía el cuerpo cubierto de una fina película de sudor y Damon besó su vientre y más abajo aún, y cuando cubrió su pubis con la boca, ella le devolvió el cumplido sin palabras, pidiéndole más.

Sin dudar, con la voz entrecortada, Elena le dijo lo que le gustaba, y en medio de una frase casi incoherente, alcanzó el clímax. Emitió con él un grito ahogado que a Damon le llenó de placer, y siguió besándola, lamiéndola y acariciándola hasta que ella se quedó inmóvil, los gemidos transformados en satisfechos suspiros.

Jamás había disfrutado tanto de su habilidad para hacer el amor. Se sentía como un rey, como alguien que hubiese escrito su propio libro. La abrazó y siguió acariciándola hasta que, cuando estaba a punto de quedarse dormido, Elena se incorporó y su puño fue a estrellarse en el centro de su pecho.

«Ya empezamos», se dijo, y abrió los ojos.

—¡Eres un miserable, un maldito cretino! ¡Y no pretendas decir que no sabes de qué te hablo!

El pecho se le ensanchó de orgullo.

—Pues sí, la verdad es que me he ganado un par de halagos como ése —Elena lo miró con los ojos entornados e iba a sacudirle de nuevo cuando él la sujetó por la muñeca—. No hagas eso. Vas a hacerte daño.

—¡Maldita sea, Damon...

—¿Y tú, Elena? ¡Eras virgen! ¡Casi me da un ataque!

—¿Y por qué sólo «casi?»

—Pues si quieres que te diga la verdad, es que estaba demasiado ocupado escuchando cómo me rogabas que...

—No te he rogado ni un solo momento.

El sonrió y soltó su mano.

—Sí que lo has hecho, y yo he disfrutado como un loco.

Elena se separó de él violentamente.

—No cambies de tema, Damon. Me has mentido.

Era cierto, pero en su opinión, esa mentira carecía de importancia. Además, no quería discutir.

—Elena, ninguno de los dos ha sido completamente honesto, ¿no crees?

—¡Yo no te he mentido! ¡Fuiste tú quien sacaste tus propias conclusiones absurdas! Pero tú sí me has engañado deliberadamente.

Damon se incorporó apoyándose en un codo.

—Mis conclusiones no eran ridículas teniendo en cuenta cómo te comportabas conmigo, Elena. No hacías más que provocarme sin discreción alguna a pesar de que sabías que no me gustabas.

—¡Ja! Me has deseado desde el principio. Al menos, sé sincero en eso.

No podía negarlo, dado que en aquel momento, estaba excitándose de nuevo. Los dos estaban sobre el edredón, desnudos, y su renovado interés sería más que obvio con que ella bajase la mirada.

—Sí, pero hice todo lo posible por ocultarlo.

—Eso no hace falta que me lo digas —lo miró con desprecio—. Te pasas tanto tiempo ocultándote de ti mismo y de los demás, que es casi un milagro que tus pacientes puedan encontrarte.

—Al menos yo tengo un poco de decencia.

—Lo que quiere decir que yo no, ¿verdad? Pues bien, déjame decirte algo, Damon. Puede que yo haya contribuido a que te hicieras una idea absurda de mí, pero sólo porque tú me ponías enferma, actuando siempre como si fueses mejor que yo.

La culpabilidad fue como una punzada en el pecho.

—Yo nunca he dicho eso.

—Pero lo has pensado. Te da pánico que Caroline y yo podamos ser amigas.

De pronto, se sintió perdido. No había nada que pudiera decir a eso. Ponerse a la defensiva era su único recurso.

—Elena, ¿cómo es posible que fueras virgen?

—Muy sencillo: porque sólo he conocido cerdos como tú —espetó.

—Entonces, ¿por qué te has acostado conmigo? —preguntó, al tiempo que deslizaba un dedo por su brazo. Y en el camino que había recorrido vio que la piel se le erizaba. ¡Ja! Dijera lo que dijese, no era inmune a él, y confirmarlo le llenó de un intenso orgullo masculino.

Elena decidió entonces meterse bajo las sábanas, y Damon se consoló por haber perdido su desnudez pensando que por lo menos no se había marchado de la habitación. Simplemente se habría cansado de la incansable curiosidad de su mirada.

Con un suspiro, se levantó de la cama y sintió que Elena le observaba. El sol de última hora de la tarde apenas entraba por los cristales congelados. Fuera, la rama de un árbol cargada de nieve rozaba la pared de la casa, movida por el viento invernal. Y en su cama, acurrucada bajo las sábanas en una adorable muestra de modestia, estaba la mujer más atractiva, más compleja y más seductora que había conocido. Se colocó las gafas para poder ver con claridad: no quería perderse un solo detalle de aquel momento tan especial. Después, se volvió a ella con los brazos en jarras.

Elena lo miró, pero luego apartó la mirara.

—¿Por qué no te vistes?

—Contesta a mi pregunta, Elena.

Ella lo miró, desafiante.

—¿Y por qué no iba a acostarme contigo? —hizo un gesto vago hacia su cuerpo—. Estás disponible, eres atractivo e incluso tú te habrías dado cuenta de la química que hay entre nosotros.

—No voy a tragarme una explicación así, cariño.

—No me llames así.

—Antes no te has quejado.

Elena enrojeció.

—Es que antes no era yo.

Damon se sentó en el borde de la cama riéndose.

—Quienquiera que fueses, me gustabas. Bueno, creo que me sigues gustando, ¿Y yo? ¿No te gusto ni un poco?

—No.

—Elena, no seas mentirosa. Hace unas horas puede que me lo hubiera creído, pero ahora ya no. Ahora sé hasta qué punto has sido exigente durante toda tu vida, y también sé que algo tan simple como la química no habría cambiado nada si de verdad me despreciases.

—Pues ahí es donde te equivocas. Nunca había sentido esa química antes, así que ¿cómo iba a poder ignorarla?

¿Tendría idea de lo mucho que le afectaban aquellas palabras, de lo territorial que le hacían sentirse? Se acomodó junto a ella, apoyado en el cabecero.

—Déjame abrazarte, Elena. Eso es lo que hacen hombres y mujeres después del sexo, ya sabes —hizo una pausa, sorprendido por sus palabras—. Y ahora que lo pienso, no podías saberlo, ¿no? Pero no te engaño. Lo que se hace es abrazarse.

—No siempre —intentó soltarse, pero como él insistió, terminó por rendirse—. Sé más de sexo de lo que tú llegarás a saber en toda tu vida, Damon. Llevo todos mis años de adulta estudiándolo, y lo que dices no es siempre verdad. A veces, después del sexo, el hombre se limita a levantarse y a desaparecer.

—O la mujer.

Ella se limitó a encogerse de hombros. Era una delicia tenerla así, al lado, y sentir su piel suave contra las costillas y el pelo bajo la barbilla.

—Elena...

—La honestidad me obliga a admitir —suspiró—, que hay algunas ocasiones en las que supongo que me gustas un poco.

Damon se echó a reír.

—Qué maravilla de cumplido. ¿Y bien? ¿Qué ocasiones son ésas en las que te gusto? ¿O es que son tan pocas que no las recuerdas?

—Sí que las recuerdo —contestó y su voz se había vuelto suave—. Cuando estás con Caroline. Eres tan tierno con ella y es tan evidente lo mucho que la quieres y lo unidos que estan que es una maravilla verlos. Y también con Matt; me gusta cómo lo tratas, aunque a veces estás tan ciego con él que te sacudiría. Pero otras, veo lo mucho que te respeta, y que es un buen hombre, y parte de eso te lo debe a ti.

Aquel halago sí que le llegó al alma.

—A veces, cuando estoy en el hospital trabajando, o cuando acompaño a Caroline, te veo con un paciente, y tienes una mirada intensa y concentrada por lo mucho que te preocupas.

Allí estaba ella, cantando alabanzas de su carácter, cuando él no había hecho más que desprestigiarla, que juzgarla sin elementos en los que basarse. Había sido un idiota que ahora estaba hundido en el agujero que él solo se había cavado y del que iba a costarle un triunfo salir.

Bajó la mano hasta rozar el comienzo de la herida de Elena.

—No te habré hecho daño, ¿verdad?

—No. Estoy bien.

—Elena...

Deseaba poseerla de nuevo, en aquel momento, sin juegos, y tiró suavemente de su barbilla hacia él para besarla, pero ella no se lo permitió.

—De eso nada. Sigo estando enfadada contigo, doctor Salvatore. Lo que has hecho no tiene nombre. ¿Me llevas tú a casa o llamo a un taxi?

Y la conclusion es que: le salio el tiro por la culata al Dr Salvatore ¿ustedes esperaba ese secretito de Elena? Quedaron igual o mas sorprendidas que Damon se los apuesto. Les pido una disculpa por el retraso pero se me presentaron una complicaciones pero aquí estoy y mañana subo el otro como habiamos quedado :D

Gracias a todas las que mandan reviews y a los grupos que estan pendientes, gracias a Simone Ortizholder por recordarme mi compromiso con ustedes hoy, de antemano les debo una disculpa por no contestar todos los reviews pero no es que no quiera sino que el tiempo no me alcanza, tratare de ser mas considerada. Eso es todo por hoy, nos leemos mañana cupcakes 3