Viñetas para 30Vicios.

Personaje: Petunia Dursley.

Tema: 1. Límite

Palabras: 2170.

Resumen: A veces hay que sacrificarse para tener lo que uno quiere.

Límite

Petunia Evans no tenía una asignatura favorita. Le gustaban las matemáticas porque nunca se le habían dado del todo mal los números, pero no soportaba las ciencias por ser, según ella, una auténtica pérdida de tiempo. En ocasiones, disfrutaba de las lecciones de historia o de literatura, pero odiaba tener que estudiar para preparar los exámenes; acostumbraba a quedarse dormida. Carecía de cualquier clase de talento para el arte o la música, y la gimnasia era su particular tormento. Aunque los profesores se empeñaran en afirmar que era imprescindible aprobar esa asignatura para ir a la universidad, Petunia sabía perfectamente que no iban a desperdiciar el talento de los cerebritos del colegio sólo porque no pudieran correr los cien metros lisos sin asfixiarse en el intento. No obstante, ella no era uno de esos cerebritos. Sacaba buenas notas, sí, pero nunca había sido una alumna sobresaliente. Simplemente, prefería dedicar su tiempo a otros quehaceres. Sabía perfectamente que su futuro estaba muy lejos de las aulas de una universidad y prefería ser realista.

Petunia siempre había aspirado a ser como su madre: una perfecta ama de casa. Suponía que era lo correcto. Creía firmemente que el lugar de una mujer estaba en casa, cuidando de un esposo trabajador y unos hijos perfectos. Sabía que su madre era feliz así y, aunque había quien la incitaba a ambicionar algo más, Petunia no quería ni oír hablar del tema. Ella prefería pasar las tardes cosiendo, cocinando o arreglando el jardín, a enfrascarse en la lectura de complicados libros de filosofía o estudiar las Guerras Púnicas o la teoría de la relatividad. Eran conocimientos inútiles. Un ama de casa no necesitaba saber todas esas cosas y, por eso, Petunia no se esforzaba demasiado por obtener las mejores notas de su curso. Le bastaba con aprobar porque así se lo habían ordenado sus padres. Y, hasta que fuera mayor de edad y pudiera dedicarse por completo a la caza de un buen marido, la joven Evans dependía por completo de sus progenitores.

Por ese motivo, Petunia había afrontado una de las peores mañanas de toda su historia académica. Porque una cosa era ir a clase y aplicar la ley del mínimo esfuerzo mientras se moría de aburrimiento, y otra muy diferente escuchar las amenazas de madame Larousse, su profesora de Arte. Aunque esa dichosa asignatura fuera una de las más estúpidas de todo el año, aunque a Petunia le interesara el Románico tanto como la vida sexual de la esponja de mar, esa mujer la había puesto entre la espada y la pared: si Petunia no quería que hablara seriamente con sus padres (con las consecuencias negativas que eso traería para su relación con ellos), debía aprobar su asignatura para después de Navidades. Y Petunia podría haber admitido eso. Tal vez, con un poco de suerte, Sophie podría haberla ayudado a sacar un suficiente, pero ahí no acababa la cosa. ¡No señor! Las ganas de madame Larousse de joderle la vida no parecían tener un límite, y había puesto una condición para que Petunia tuviera una posibilidad de aprobar: trabajar con el mismísimo Martin Lawrence.

Supuestamente, el chico era un genio. Petunia debía reconocer que el joven siempre tenía las respuestas para las complicadas preguntas de la profesora de Arte, pero ignoraba si realmente tenía talento para la pintura, la escultura o alguna de esas cosas. Lawrence se había negado rotundamente a mostrarle el dibujo que le hiciera aquel día, en el parque, y Petunia no insistió en el tema. Estaba resignada y, por eso, le sorprendió cuando la profesora Larousse le pidió que se quedara después de clase para mostrarle el bloc de Martin. Y era bueno. Tenía una técnica y un estilo propio, y a Petunia su obra le pareció interesante, abrumadora y hermosa. Sobre todo hermosa, aunque se negara a decirlo en voz alta.

-Aunque parece tener una predisposición nula para la asignatura –Le dijo madame Larousse aquella tarde, mientras Martin sonreía burlón, engreído y orgulloso como nunca antes Petunia lo había visto –Estoy segura de que el señor Lawrence puede inculcarle un poco de sensibilidad y, tal vez, sea capaz de terminar su autorretrato antes de las vacaciones. Escuche lo que tenga que decir y déjese llevar –La profesora suspiró, mirando al cielo –Y que sea lo que Dios quiera.

Petunia salió del aula de tal mal humor, que no le prestó ninguna atención a Martin, a pesar de que el chico pretendía caminar a su lado. Estaba enfadada con él. Había vivido un momento realmente humillante delante del bicho raro de la escuela, y no quería escuchar ni uno solo de sus comentarios maliciosos o insultos. Quería que desapareciera y no le restregara por la cara que ahora era su... ¿Profesor particular?

-¡Ey, Evans! Espera, joder.

Finalmente, Martin se plantó delante de ella, sujetándola apenas de un hombro. Petunia se sintió un poco rara ante ese tímido contacto, pero se esforzó por parecer imperturbable y fulminó al joven con la mirada. Aunque, claro, Martin Lawrence no era de esos que se dejaban intimidar por algo tan nimio como unos ojos furibundos.

-Deberíamos quedar para lo del trabajo...

-¿Quedar contigo? –Petunia resopló. Lawrence estaba muy serio. No era fácil saber si a él le agradaba trabajar con ella o no –Ni loca, bicho raro.

Martin la observó muy seriamente unos segundos, hasta que se encogió de hombros, y echó a andar tranquilamente por los pasillos.

-Como quieras, muñeca. No es a mí a quién van a suspender.

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-No es por desanimarte, Petunia, pero eres prácticamente incapaz de dibujar un simple monigote.

Petunia bufó, arrojando el lapicero contra la pared de enfrente. Sophie arrugó la hoja de papel tranquilamente y le dio un poco más de voz al equipo de música. Tom Jones canturreaba una de sus viejas canciones, mientras Snorkle, el perro ovejero de Sophie dormitaba sobre la cama de la chica.

-Odio a esa vieja arpía –Masculló entre dientes Evans, sorprendiendo a su amiga. Normalmente no utilizaba esa clase de vocabulario (era demasiado perfecta para hacerlo), así que debía estar realmente enfadada para perder las formas e insultar a su profesora de Arte -¿De qué me servirá saber pintar mi autorretrato, Sophie? Si quisiera ver mi cara, puedo mirarme en el espejo o hacer que alguien me fotografíe...

-Pues no sé cómo, pero tendrás que aprender –Sophie se mordió los labios, sabiendo que lo que iba a decir a continuación no le agradaría en absoluto a su amiga -¿Por qué no le pides ayuda a Lawrence? Es bueno y seguro que podría darte buenos consejos.

Petunia alzó una ceja, incrédula.

-¿Por qué...? ¡Oh, déjame pensar! Porque Lawrence es un imbécil engreído. Flacucho. Raro. Pedante. Grosero. Maleducado. –Sophie sonrió, afirmando quedamente con la cabeza. Había algo extraño en su mirada, pero Petunia no hizo preguntas –Y, además, porque rechacé su ayuda el otro día, después de que Larousse hablara con nosotros.

-¡Oh! Eso no fue muy inteligente por tu parte. ¿No te parece? –Petunia entornó los ojos. Ya lo sabía, no era necesario que se lo estuvieran restregando por la cara –Pero pienso que deberías hablar con él. Aunque sea todas esas cosas que has dicho antes.

Petunia captó la doble intención y, por un segundo, sintió la tentación de negar las supuestas acusaciones de su amiga, pero pronto llegó a la conclusión de que era mejor hacerse la tonta, e ignoró por completo el comentario. Con un poco de suerte, Sophie no volvería a hablar del tema.

-Tal vez... Es el mejor de la clase. ¿No?

-Sí que lo es –Sophie torció el gesto, dispuesta a seguir pinchando a su amiga –Imbécil, engreído, flacucho, raro, pedante, grosero, maleducado... Y todo un artista.

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Si Vernon Dursley y sus amigos hubieran querido darle una paliza al chico Lawrence, no les hubiera resultado demasiado difícil dar con él. Martin era un chaval de costumbres y, todos los días, después de clase, iba al campo de fútbol y se ponía a dibujar debajo de su árbol. Aunque, claro, Vernon nunca había sido demasiado observador, y realmente nunca había prestado demasiada atención al nuevo. Lo odiaba, pero no lo suficiente como para perder su tiempo persiguiéndolo. Petunia, en cambio, sabía de primera mano que Martin nunca volvía a casa hasta que el entrenamiento del equipo de fútbol no estaba a punto de terminar. Aunque hiciera frío, lloviera o comenzara a oscurecer, Lawrence se quedaba allí, dedicado por completo a su arte.

Petunia no quería acercarse a él. Debía hacerlo, sí, era una necesidad casi vital, pero no quería. No le gustaba que la vieran hablando con ese tipo. Unos días antes, Bernard, un compañero de clase había cometido el error de ir a su casa, a terminar un trabajo de ciencias, y Vernon lo había recibido a puñetazos en el colegio. Hasta entonces, el bueno de Bern solía afirmar que Martin era un buen tipo, pero ahora se limitaba a guardar silencio. A Lawrence todo aquello no parecía importarle demasiado. Se encontraba bastante cómodo en su papel de paria del instituto, y Petunia dudaba que existiera algo que pudiera perturbarle, pero ella no era como ese tipo. La idea de ganarse el recelo de sus compañeros o, peor aún, ser el centro de todas sus burlas, la horrorizaba. Pero debía hacerlo. Era un gran sacrificio, pero necesitaba aprobar.

Petunia se detuvo frente a él. El chico ni siquiera la miró; se limitó a inclinar la cabeza a un lado, buscando con los ojos la figura del profesor de gimnasia.

-Oye, Lawrence. Quiero hablar.

Martin le prestó atención durante apenas un segundo, hasta que volvió al trabajo con un gesto desdeñoso.

-Pues habla, pero no me quites la luz, muñeca.

Petunia se tensó. No sabía por qué le molestaba tanto, pero no soportaba que Martin la llamara muñeca. Sonaba casi humillante, como si él pretendiera burlarse o algo peor.

-Quiero hablar contigo, Lawrence –Masculló entre dientes. Aunque se moría de ganas por partirle la cara por haberle dicho muñeca, supuso que era mejor contenerse. Necesitaba un favor, y normalmente las personas no se mostraban participativas si les pegabas o insultabas.

-Vaya. Eso es nuevo –Martin apartó el bloc y su lapicero y se cruzo de brazos, mirándola aún desde el suelo. Sonrió ampliamente, dejando ver todos sus dientes. Había algo raro en esa forma de sonreír, algo que hizo que Petunia pensara en las hienas. Martin parecía a punto de saltar sobre una deliciosa presa, pero en el fondo era demasiado inofensivo (o cobarde) para hacerlo. Muy a su pesar, esa sonrisa la encandiló, aunque siempre lo negaría, aún bajo la peor de las torturas.

-Es por el trabajo de Arte –Petunia siguió hablando. Más que pedir ayuda, parecía estar dando órdenes, y el chico no dejaba de sonreír, ahora con aire burlón –Quiero que quedemos para que me enseñes a dibujar.

-¡Oh! –Martin agitó la cabeza y se puso en pie con movimientos lentos. Tanto, que la joven Evans empezó a impacientarse -¿Acaso te has vuelto loca ya, muñeca?

Petunia contuvo el aire en los pulmones. Por su cabeza, sólo pasaba la idea de aprobar el curso. Aprobar. Sacrificarse y aprobar. Sólo importaba eso.

-Te espero a las cinco en mi casa –Dijo, ignorando el gesto casi despectivo del chico –Si no vienes, le diré a la profesora Larousse que te niegas a ayudarme.

-¿Eso harás? ¿Y crees que ella te creerá? –Petunia no supo qué decir –Por si no te has dado cuenta, madame Larousse me adora. ¿Qué crees que haría en mi contra? ¿Ordenarme sacudir los cepillos de la pizarra?

Eso era verdad. Todos en el colegio sabían que, si había un profesor que estuviera encantado con los avances académicos de Lawrence, esa era la maestra de Arte. Petunia tuvo que apretar los puños, contiendo el impulso de estamparlos contra el rostro del chico una y otra vez. No debía hacerlo porque, en primer lugar, eso no era de señoritas, y en segundo, porque, tal vez, aún tuviera alguna posibilidad de convencer a Lawrence para que le echara una mano. Era humillante, terrible, pero era lo que debía hacer.

-Escucha, Lawrence. Necesito aprobar esa asignatura, y no puedo hacerlo sola. Sophie ha intentado ayudarme, pero...

-Así que soy tu segunda opción –Martin la interrumpió, cerrando con elegancia su cuaderno y guardándolo todo en su mochila. Petunia pensó que, después de eso, el chico la dejaría tirada, por eso le sorprendió que se encogiera de hombros y volviera a sonreír –Bueno, no está del todo mal. Es todo un récord –Comenzó a andar con aire despreocupado. Petunia no sabía muy bien qué pensar, hasta que el giró la cabeza y le guiñó un ojo –Hasta mañana a las cinco, muñeca.

Petunia cabeceó. Hubiera querido ordenarle al chico que no volviera a llamarla nunca jamás de esa manera tan horrible, pero Martin ya estaba demasiado lejos para escucharla. Y, de cualquier forma, las cosas no habían salido del todo mal, aunque ahora tuviera que pasar más tiempo del debido con aquel maldito tipo.

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Vale. La palabra "Límite" ha aparecido tan brevemente, que es posible que ni os hayáis dado cuenta, pero por ahí está, puedo jurarlo. Este capítulo es un poco más largo que los anteriores, así que espero que lo hayáis podido leer sin caer desmayados de aburrimiento. Procuraré actualizar lo antes posible (suelo cumplir mis amenazas), así que nos vemos pronto.

Cris Snape