Capítulo 2.2 Diciembre primero 7:00 pm

Tiempo restante: 30 días.

El desayuno más tranquilo que había tenido jamás. Podía escuchar sus pensamientos y realmente hasta casi extrañaba a Albus y sus estúpidos comentarios.

No. La verdad no los extrañaba en absoluto y el hecho de que Minerva, la gran y nueva directora del colegio, tuviera una resaca del tamaño de un dragón colacuerno húngaro, tampoco tenía precio.

Se podía acostumbrar, sin nadie sobre su hombro diciéndole qué hacer. ¡Oh hermosa nueva vida!

Y sin apartar el hecho de que el baboso de Weasley no se encontraba presente, no podía ser más perfecto.

Podía lamerle los pies a la nueva ministra, por un rato. Trabajo en lo que era muy bueno. Al parecer.

- Gracias por su compañía, profesor Snape. Fiel a su comentario de que nadie se nos acercaría si nos veían juntos.

- Siempre cumplo lo que prometo. También debería lanzarme a la candidatura como ministro de magia.

- Pero ganar solo por su intimidante apariencia, no sería justo. - rió la joven a su lado y sabía que anotaba puntos extra, contando chistes estúpidos. El trabajo de Weasley, pero que también le tocaba.

- Ahora que estamos solos y quiero decir, sin nadie que pueda interrumpirnos, quisiera hacerle una pregunta que ha estado rondando mi cabeza por horas y sin ánimos de ofender y siendo totalmente honesto, como le prometí antes... ¿qué ve en personas como Weasley? Quiero decir, no es el tipo de hombre para una hermosa y culta dama como usted, señorita Hermione.

Rogando que su pregunta fuese bien recibida y no se pasara de la raya.

- Ron es un buen muchacho, aunque usted nunca quiera aceptarlo. Es educado a su manera y es diferente. No quiero un hombre que me trate como si fuese una porcelana costosísima y fuera a romperme. Quiero que sea único, que represente un reto para mí. Que hagamos cosas diferentes, algo totalmente nuevo y que al final aprenda algo de ello. Para eso es la vida, para aprender uno del otro.

Pues él tenía mucho que enseñar, si quería tanto aprender. Especialmente, cómo jugar con alguien y de forma eficaz. Cómo vengarse sin daños colaterales.

- Ya veo. Pero está usted, muy enamorada... ¿no? Porque si no, casarse a los apurones y sin amor de por medio.

- Bueno sí, lo amo. - respondió Hermione, reflexionando por un momento y tomando un sorbo de su copa con cerveza de hidromiel.

- Lo ha pensado mucho, me temo. Eso me hace pensar que a usted, su propia ley le ha tomado también por sorpresa.

- Confesaré que también quise disfrutar mi noviazgo. La cámara de consejo ministerial me advirtió que solo obtendría el cargo, si aplicaba la ley de matrimonio obligatorio y la concepción de bebés con el fin de repoblar la comunidad. ¿Cómo podría yo, tener un bebé con la edad que tengo justo ahora?

- Ya veo. Y seguro teme que Weasley salga huyendo y la deje plantada en el altar. Un gran chisme para todas las revistas y jamás le permitirían olvidarlo.

La joven se mordió el labio inferior, mientras el profesor disfrutaba del placer momentáneo, del terror psicológico. Tenía que destruir ese amor, de una forma u otra. Antes del final del mes.

Y el día pasaba sin detalles significativos para la raza humana, pero para Severus Snape, eran milésimas de segundos, desperdiciados.

Al menos podía seguir su plan de ejercicios. Haciendo flexiones y leyendo tantos libros como fuera posible. Memorizando líneas de libros de misterio, románticos (sin vomitar), leyendo un par de chistes inteligentes.

Increíble todo lo que podía encontrar en la biblioteca de la escuela. Seguro buscaba un libro erótico y lo encontraba. En fin, los libros de transfiguración y las aburridas clases de Minerva, eran un buen par de pesas para su ya antigua musculatura.

Bueno, no tan antigua. Solo necesitaba seguirle el paso a los jóvenes de la época.

Sudaba casi como un cerdo y se imaginó que Longbottom sudaría igual que él, si en algún momento pensara en dejar de comer. No más la idea, seguro lo pondría tan nervioso y sudoroso como él estaba en aquel momento.

Otro matrimonio que jamás entendería. Longbottom y Luna Lovegood. Tal para cual.

Pero en aquel momento necesitaba de un descanso y soltando los pesados libros de transformaciones, que cayeron al suelo y haciendo el único ruido en su despacho, que sobresaltó a los pocos retratos que aún conservaba, se tumbó sobre su cama y cerró los ojos por unos minutos, pensativo.

Cómo conquistarla. Cómo quitarle la "ensalada insípida de zanahorias", de su dieta. Tenía que haber una forma, pero no quería recurrir a los juegos sucios de sembrar mentiras y engaños entre ellos. No, quería que ella sola se enamorara de su persona y solo había un par de poderosas razones para ello.

O usaba su don de la palabra (con previo entrenamiento por supuesto. Sabía conquistar, pero Hermione era un "espécimen" totalmente atípico para él), o utilizaba el físico como atractivo. Un momento comprometedor que trajera como consecuencia, un contacto físico.

Pero lo físico siempre era relativamente fácil. La iba a conquistar con la palabra y la lección estaría demostrada.

Y mientras pensaba, cayó rendido en los brazos de morfeo. Soñar era algo realmente detestable, sólo tenía recuerdos de guerra y segundos contados donde no sabía si sobreviviría o tendría una desagradable muerte. Nagini, aquel terrible ardor en su cuello.

Pero aquella noche había resultado diferente. Soñaba que, literalmente se bañaba en vino y no solo eso. Soñaba que una hermosa figura femenina, lamía las cascadas de vino que caían por todo su cuerpo desnudo. Sin dejar una sola gota o centímetro de piel sin recorrer.

Circe, cómo ansiaba ver más allá de ese vestido negro. Desnudarla y soñar más, a sabiendas de lo que encontraría debajo. Qué clase de inocente ropa interior, qué clase de pechos, suave piel y el aroma de sus largos rizos. Si tal vez su bello púbico era igual de adorable que toda ella.

Adorable, una nueva palabra aprendida. Algo que nunca usaría a no ser que la circunstancia ameritara...

Y había despertado con una "adorable" erección que realmente deseaba poder explotar en su interior, una y otra vez, hasta cansarse.

¿Qué hacía con ello ahora? Jamás en su vida habría imaginado que tendría sueños sexuales con algún estudiante y mucho menos con la sabelotodo insufrible de Hermione Granger.

Un desagradable sonido en la puerta, pareciendo que alguien tocaba, lo distrajo de sus cavilaciones y esperaba que su túnica pudiera cubrir a su atento amigo que seguía tan erecto y aunque el sueño acabara y la idea de que alguna de las profesoras estuviera afuera y pudiera darse cuenta de ello, rondara en su cabeza.

Al abrir la puerta, su deseo no disminuyó. En cambio, su miembro palpitó con más fuerza.

Weasley. Se la quitaría de las manos y pasaría unas lindas noches, seduciéndola hasta que gritara extasiada.

- Weasley, ¿a qué debo el honor de su presencia?

- Hermione me pidió que viniera a verlo. Quería que le entregara éste documento que le servirá, si llega a encontrar a alguien con quien contraer nupcias. Solo escriben sus nombres y mágicamente estarán casados, sin la presencia del ministro. Está hechizado para no aceptar alguna trampa o ilegalidad. Le aseguré que no creo que usted sea capaz de encontrar una novia, pero ella insiste. Y cree que tal vez sí, qué graciosa.

Por supuesto.

- Nervioso por contraer nupcias, asumo. - respondió Snape con sus desiguales dientes amarillentos, en una sonrisa sarcástica.

- No tanto como lo estará su futura novia, pero realmente amo a Hermione y casarnos es nuestro siguiente paso.

Maldición, odiaba a ese chico y le iba a demostrar quién mandaba.

- Ya veo. Espero que Granger esté segura de lo que quiere. Hace poco tuve el placer de desayunar con ella y no la noté tan segura.

- ¿El placer? Pues no lo sé, es algo a los apurones...

- Pero si realmente lo amara, aunque así fuera, no dudaría en casarse con usted. ¿O me equivoco? Al final de cuentas, ella lo escogió como pareja potencial y no debería tener dudas, si tenía entendido que el cargo solo lo ganaría de aprobar la ley de matrimonio obligatorio.

Ah qué placer poder sembrar la duda, aunque así no fuese la forma en que quisiera finalmente vencer.

- Qué podría usted saber de amor acaso. Yo ese tonto cuento de la madre de Harry, no me lo trago.

Ahora lo consideraba un doble reto.