Y ahí yacía, tirada en mi cama, boca arriba, con la caja que Cormac me había traído hace un par de horas. Esta debía ser la octava vez que cambiaba de posición en los últimos veinte minutos, sin importar cómo o dónde estuviera, me sentía incómoda; mi mente trabajaba a billón por hora, considerando cada posibilidad, cada pro y cada contra. Cormac había hecho un borrador de lo que él llamaba 'la primera intervención de la balanza y su amigo'. No era peligroso de por sí, el riesgo era casi nulo. casi, esa es una palabra clave en este juego de palabras, es un riesgo mínimo, pero aún hay riesgo. Palabras. Conocimiento. Los poderes más grandes que pueden haber, al controlar el conocimiento de una persona logras controlarla a ella también.

Calculaba que era alrededor de la una de la madrugada y mis pensamientos no me dejaban conciliar el sueño; ¿nunca han sentido como si se ahogaran en sus propios pensamientos? ¿Como si tus ideas te consumieran lentamente y no consigues una manera de apartarte de ellos? Me quedé admirando el techo como si fuera lo más fascinante que hubiera visto, y me concentré en buscar inexistentes grietas en él, intentando conseguir una paz temporal mientras me rendía ante los brazos de Morfeo.

Al día siguiente desperté, como si los sucesos de la tarde anterior hubiesen sido alguna clase de sueño extraño, me dispuse a seguir con mi anterior estado de reposo hasta que vi la caja de cartón en el suelo, todo su contenido se encontraba disperso por la alfombra y mientras ponía todo en orden los recuerdos venían a mí como alguna especie de flashback acelerado. Cormac. Fabian. Sexties. Distrito 4. Burdel. Tortura. Plan. Balanza. Las palabras flotaban en mi cerebro, y aún no conectaba las cosas, era como si mi cerebro aún no estuviera dispuesto a despertarse. Tomé una de las tantas hojas de papel que yacían en la caja y la leí para mis adentros en un muy leve susurro. A pesar de la perfecta caligrafía que reconocía del señor Lapworth, los años, el polvo y manchas de humedad y lo que parecía café o té hacía algo difícil poder distinguir las palabras. Tomé la caja y la coloqué sobre la superficie de mi escritorio, encendí la lámpara de mesa y acerqué la nota lo más posible entre mi campo visual y la luz que emanaba la lámpara. Sólo lograba comprender algunas frases.

"el sextiaro de la calle woverplace abastece a los peces gordos del gobierno, si tan sólo existiera la posibilidad de entrar y tomar alguna clase de prueba y exponerla, iniciaríamos un clase de efecto dominó, un funcionario de capitolio tras otro, tras otro. secreto a secreto, derrumbará las creencias de la gente que se enterará y tomará acciones, o eso espero…"

La carta era mucho más larga, pero aparte de ser ilegible, mi pérdida de interés en el documento y la manera casi instantánea en que mi cerebro ató los cabos sueltos y recordó el plan de Cormac.

"oh por dios, esto es una estupidez, nos descubrirán, lo sabrán y luego seremos fusilados públicamente."

Me encontraba en casa de los Lapworth, apenas recordé la idea de Cormac, me cambié tan rápido como me fuera posible y me dirigí hasta allá sin siquiera desayunar, a pesar de la terrible mirada de reproche que Rowan me dedicó mientras salía despedida por la puerta trasera. Cormac y yo estábamos sentados en la mesa del comedor, mientras comíamos unas tostadas con huevo y tocino que él había preparado. Aunque esta casa la puedo llamar más un hogar que la mía, a veces se me hace extraño la falta de miradas de parte de los criados, ese sonido casi imperceptible que te indica que otras personas se encuentran ahí, pero era una extrañeza de la buena.

—Cormac, tu sabes que te adoro y eres de lo mejor que me ha pasado en la vida, y te digo esto porque te quiero,— le dije mientras le daba otro mordisco a mi tostada y ponía mi otra mano sobre su hombro—Amigo, has perdido total y completamente la poca cordura que te quedaba.—continué con la boca llena.

—Oh, vamos, Cyb, ¿qué puede salir mal? ¿De cuándo acá Cybelle Allardyce se acobarda?

— ¡¿Qué no puede salir mal? Estás demente si piensas que dejarían entrar a un chico de 13 años—-

—Cyb, ya tengo 15, y sabes que aparento ser mayor

— ¡Como digas! Al sextiaro principal del país como perro por su casa. ¿Estás consciente del nivel de seguridad y secretismo de ese lugar?

— ¡Precisamente, linda! Jamás podrían acusarnos porque se supone que ellos no existen.

—Estás loco, Lapworth, en serio. Esto es ya casi preocupante… y yo no me acobardo.

—Entonces, demuéstramelo.

"dios mío, ¿cómo se supone que cormac logró que me metiera en esta cosa? no puedo creer lo que estoy a punto de hacer."

Había pasado un par de semanas y Cormac me mareó lo suficiente para aceptar su oferta y ahora me encontraba en su baño, cambiándome por algo que pensaba que jamás iba a tener que usar. Saqué la ropa de mi bolso y empecé a desvestirme. Antes de ponerme mi atuendo, lo admiré por un momento.

"oh, cormac, esta me la deberás y en grande."

Salí del cuarto de baño, entrando en la habitación de Cormac, para encontrármelo mirándome fijamente (demasiado fijo), una ceja alzada y su boca ligeramente abierta, claramente estaba sorprendido.

Me dirigí al espejo de cuerpo y vi mi reflejo para sorprenderme también. Ahí estaba parada frente al espejo pero la chica que me devolvía la mirada no era yo, no podía ser yo. Estaba usando un muy ajustado top rojo con un escote no demasiado revelador pero exponía la suficiente cantidad de piel de mi pecho para hacerme sentir incómoda, a través de la tela del top se podía ver mi sujetador, lo que sólo lograba incomodarme aún más. Estaba usando una falda negra que era más corta por delante que por detrás; al frente me llegaba hasta tres cuartos de los muslos, mientras que la parte trasera de la falda, llegaba hasta un poco más de la mitad de la pantorrilla, estaba usando tacos altos, si, cybelle allardyceen tacos, ya lo sé, negros de plataforma con la suela roja. Mi cabello caía sobre mis hombros en ondas desordenadas y me coloqué una capa de maquillaje, me remarqué la línea negra trazada en mis párpados y algo de sombra para oscurecerlos muy poco, un toque de rubor para no lucir pálida y los labios de un color rojo sangre.

En cada aspecto era un antónimo andante de Cybelle Allardyce, era otra persona, pero a pesar de mi incomodidad dentro de mi propia piel, no lucía como otra chica del Capitolio, ahora me veía como alguien independiente con una fuerza y seguridad que emanaba de cada uno mis poros con la mayor naturalidad posible.

Giré para ver a Cormac, quien aún estaba ensimismado, tragó saliva y balbuceó una palabras ininteligibles y volvió a dejar su boca entreabierta mientras me escaneaba con la mirada de nuevo.

— ¡LAPWORTH!—le espeté esperando sacarlo de su shock.

—Oh, sí, sí, ya me cambio—me dijo con una voz ronca y distante, mientras se quitaba la chaqueta que usaba y empezaba a quitarse la camisa. Sentía el calor en mi cara, sabía que me había ruborizado, y bastante. No sé por qué, no es como si hubiera sido la primera vez que he visto a Cormac cambiarse, pero si era la primera vez que lo miraba pensando que él no estaba nada mal. Sacudí el pensamiento de mi cabeza y bajé la mirada, hasta escucharlo hablar.

—Cyb—me llamó aún con esa extraña ronquera en su voz. Me acerqué y le pregunté qué ocurría en un susurro. —Ayuda. —me suplicó con la mirada, sabiendo que se referiría a como lucir. Usaba una camiseta blanca ceñida y sobre ella una camisa de jean descolorido. Me mordí el labio mientras pensaba que otra cosa podía hacer para hacerlo lucir más como el chico malo rompecorazones que como el mejor amigo que cualquier persona podría desear. Me acerqué un poco más y desabotoné un botón de la camiseta blanca, estiré la de jean.

—Bájate los pantalones. —le pedí, Cormac me miró alzando una ceja, con una mirada alegre y una sonrisa burlona en sus labios.

—No conocía esos lados tan traviesos tuyos, Allardyce.

—Ya cállate, Cormac, sabes bien a lo que me refiero. —le contesto sin evitar reprimir una sonrisa mientras se los bajaba a la altura de algo más abajo de las caderas.

Me puse de puntillas para alborotar su pelo.

— ¡Ta-dá! Listo.

—Gracias, bueno ¿nos vamos?

Por primera vez, pedí que me llevara unos de los choferes de papá. Nos dirigíamos a Woverplace. En medio del camino Cormac rompió el silencio.

—Es raro ¿sabes? Eres tú, sé que eres tú, pero no veo a Cyb.

—Yo tampoco me veía a mi misma en el espejo.

—Ya empiezo a extrañar a la pelirroja—me confesó mientras revolvía mi ahora rubio cabello.

Inesperadamente, nos detuvimos y bajamos.

—No se preocupe, lo llamaremos para que nos venga a retirar. —Lo despidió Cormac. Cosa a lo que el chofer asintó, dio media vuelta y volvió a entrar al deportivo.

—Yo tomaré la conversación, soy el mayor y sé aparentar mejor, sólo debes asentir y seguirme la corriente con actos—me ordenó Cormac mientras caminábamos por la calle, haciéndose énfasis en las últimas dos.

A los pocos minutos lo escuché soltar una especie de gruñido, volteé para mirarlo mientras se quitaba la camiseta de jean y me la ponía sobre los hombros.

—No me está gustando como los chicos que pasan se te quedan viendo, como si fueras un pedazo de comida. Cúbrete con esto. —dijo con malhumor en su voz.

No me atreví a contestarle, así que sólo me abrigué y bajaba la mirada para observar el suelo.

Caminamos un poco y vimos el sextiaro en la distancia, era como una versión moderna, más grande y actualizada de lo que en mis novelas clásicas llamaban 'burdel'. Dejé escapar un largo suspiro y Cormac rodeó mis hombros con uno de sus brazos. Había algo diferente en su conducta hoy, algo sobreprotector.

Entramos al lugar, estaba cubierto de telas de color rojo oscuro que caían drapeadas desde el techo, la sala pobremente iluminada por un chandelier de cristal, acompañado por velas ubicadas por toda la habitación, el suelo era de madera oscura que no supe identificar, al igual que el resto de los muebles, había algo oscuro y tenebroso en esa habitación, como si las paredes quisieran contarte las atrocidades que ocurren cuando no hay nadie a la vista. Me aferré más a Cormac para darme un poco más de seguridad mientras pensaba "cybelle allardyce, la chica balanza, no se acobarda."

Cormac tocó la campanilla que estaba sobre el mostrador al mismo tiempo que me desabrochaba su camisa y se la devolvía, murmurándole un apenas audible 'gracias'.

Un hombre alto de cabello largo, hasta poco más de los hombros, vistiendo semi-formal, salió de la oscuridad que sumía la parte trasera del local.

—Una joven pareja que se extravió, ya buscaré el teléfono para que puedan llamar a casa…

—Señor, nosotros no somos pa…—no pude terminar de corregir al hombre porque Cormac me silenció con un pisotón.

—No estamos extraviados, queríamos solicitar uno de sus servicios.

El hombre alzó una ceja, como señal de incredulidad, pero de todos modos usó su mejor sonrisa diplomática con nosotros.

—Oh, por supuesto, ¿trío? ¿Intercambio de pareja?

Giré mi cabeza rápidamente para mirar a Cormac con los ojos desmesuradamente abiertos, en señal de extrema sorpresa que denotaba un claro '¿habla en serio?' El color inmediatamente se apoderó de las mejillas de Cormac.

—No, no, es nuestra primera vez y…—la vergüenza calló las palabras de Cormac, era raro verlo quedarse sin palabras,

—Por supuesto, lo entiendo, quieren que sea especial.

No podía creer que estaba presenciando esta escena, esto debía ser alguna clase de sueño bizarro, el sueño más bizarro que alguna vez podría tener, vestida de esta manera en un sextario remoto para alquilar un sextie para que nos enseñe a Cormac y a mí, y así nuestra primera vez sea, ¿cómo había dicho el hombre? Si, especial.

"Oh por dios, no puede ser que esté haciendo esto. ¡Y con Cormac!"

—Ya sé a quién necesitan, si serían tan amables de acompañarme. —El hombre se sumió en las sombras de la parte posterior, y antes de seguirle el paso, Cormac acercó su rostro al mío para susurrarme algo que sólo yo pudiera escuchar.

— ¿Estás bien? Guarda la calma, esto también es extremadamente raro para mí, sé que estás asustada, no me lo puedes negar, sólo deja que yo me haga cargo de esto, ¿si, linda?

Sentía su respiración sobre mi rostro y sólo pude asentir levemente por tener los nervios de punta. Seguimos los pasos del hombre a través de varios pasillos, estaba diseñado como un laberinto, era tan fácil de perderse como respirar, había demasiado silencio, sólo se escuchaban nuestros pasos y el sonido de nuestra respiración.

—Esta es, número 213, joven Lapworth y señorita. Pueden probar si es de su agrado, si no es así, fácilmente le asignaremos otra acompañante.—señaló el hombre mientras abría la puerta de dicha habitación y forzaba mi vista, intentando divisar algo más que penumbra, y lo primero que vi, hizo que mi corazón se detuviera por un segundo, cadenas en las paredes de ladrillo, como si estuviesen diseñados para sostener a alguien, y una joven chica, recostada en una pequeña otomana cuyo rostro ocultaba las sombras.

—Callisto, tienes acá una joven pareja, impresiónalos. Es una orden.