Alright, por fin logré terminar de traducir este capítulo, creo que muchas (o muchos, no sé si hay algún chico leyendo este fic) han esperado: Por fin es la boda de Arthur y Alfred! Espero que les encante, disfruté muchísimo traduciendo esa parte.
A ILoveChocoCake, te prometí que tendrías un nuevo cap para esta semana y he cumplido! ^^ De veras espero que les agrade.
A/N- En esta nueva parte, las nuevas parejas son: Alemania/Italia, Austria/Hungría y también algo de Francia/Seychelles
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-Alfred, despierta. Yao nos quiere en su estudio para una reunión.
Arthur estaba sacudiendo el hombro de Alfred con una mano mientras trataba de abotonarse una camisa con la otra cuando el menor abrió los ojos.
-¿Una reunión? ¿Ahora? –preguntó, tomando aliento, pero sentándose y alargando su mano a por sus anteojos en la mesita de luz.
Arthur asintió mientras se levantaba de la cama y retomaba la tarea de vestirse – Apúrate. El resto de la realeza debe llegar hoy y aún hay preparativos que necesitamos hacer antes.
Cuando salieron de las recámaras de Alfred, parecía que el castillo entero estuviera en un estado de perpetuo caos. Sirvientes corrían a todas partes mientras llegaban invitado tras invitado, y parecía ser que incluso la biblioteca estaba muy ocupada para Yao porque hoy se reunirían en el estudio del rey…uno de los pocos lugares en el castillo que aún tenía un poquito de paz, aunque incluso desde la torre, podían oír el ruido proveniente de abajo.
-Arthur y Alfred, vamos a decirle a la gente que ustedes dos están enamorados – anunció Yao sin preámbulo en cuanto ambos entraron.
Alfred se detuvo. Eso no era lo primero que esperaba oír - Van a decirle a la gente, ¿qué?
A su lado, la pálida complexión de Arthur había comenzado a ponerse rosa.
-Si Alfred comete tan sólo un error, la gente se preguntará por qué elegimos a un desconocido para ser rey cuando tenemos nuestra nobleza seleccionada –dijo Yao – Y ustedes dos han sido… - Yao dio una mirada asesina a Arthur – Arthur es lo suficientemente cabeza dura como para que la gente no se sorprenda si decimos que ha escogido un nuevo rey por amor en lugar de conveniencia.
-¿En serio? Pensé que todos sabían que esto iba a ser político –dijo Alfred.
-Bueno, sí, todo el mundo sabe eso, pero se preguntarán por qué no elegimos a alguien más apropiado –dijo Yao – Ya que nuestro anterior rey no tuvo heredero, el único con el que pueda casarse Arthur será el nuevo rey. No es inconcebible que Arthur pelee por casarse con una persona a quien ame. – Lanzó otra mirada afilada a Arthur, la cual tanto él como Alfred ignoraron.
-Yo…pero... – el rubio mayor murmuró algo incoherente, notablemente rojo mientras lanzaba una mirada a Alfred.
Alfred se encogió de hombros. No estaba seguro de si esto significaba que Arthur estaba feliz al respecto o simplemente avergonzado, pero no parecía ser que ninguno de los dos tuviera ni voz ni voto en el asunto.
-No son más que rumores en los oídos correctos –dijo la Sota – El cotilleo de la corte se ocupará del resto. Ahora apúrense…aún necesitan reunirse con Lily y discutir la estrategia ahora que ella y Vash están aquí –dijo a la Reina – Alfred, ven conmigo. Necesito mostrarte algunas cosas antes de que la realeza de Corazones llegue y comience la audiencia oficial.
Eso era todo, y Alfred solo asintió rápidamente antes de seguir a Yao por la puerta. Solo una decepción más entre otras tantas, pensó.
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Alfred no pensó mucho acerca del fingir el estar enamorado porque las próximas horas las pasó observando a la realeza en las alas de la sala de trono. Tan pronto como Lily y Vash, la Reina y la Sota de Diamantes, hubieron llegado, Arthur había sido llevado a una reunión de emergencia con ellos acerca de los planes de batalla, dejando a Yao y Alfred para saludar a la audiencia a la vez que más y más invitados llegaban.
Más precisamente, ya que Alfred no era en realidad un miembro de la realeza aún, no tenía que tomar audiencia formal con nadie hasta que Yao señalara para que él fuera presentado como el prometido de Arthur. En su lugar, Alfred debía pararse en el ala de la sala del trono y mirar como Yao recibía a los nobles y reyes que llegaban. Le daba a Alfred la oportunidad de repasar los saludos y todas las cosas sobre los miembros de la realeza y nobles que había memorizado, así no ofendería accidentalmente a nadie.
La gente en la sala del trono parecía llegar en una afluente sin fin.
Había mujeres en vestidos coloridos y que tenían su cabello arreglado con sombreros y velos, cotilleando acerca de la mayor boda de la década, y hombres vestidos en los uniformes tradicionales que eran desde el estilo Medieval al Victoriano explayando los distintos países en la moda. Los trajes parecían no tener especial correspondencia con cualquier familia o reino. Yao estaba vestido en un tipo de traje vagamente Oriental, mientras que Francis había aparecido en su estilo de la corte francesa de Luis XIV sin peluca. Lovino y Antonio, por otro lado, habían aparecido brevemente en ropas que lucían como si pertenecieran a la era española de la Exploración antes de que dejaran la sala del trono por alguna diligencia.
La única forma en que Alfred podía distinguir quién pertenecía a cada reino era debido a la gama de colores, lo que era, extrañamente, lo único en lo que todo el mundo parecía coincidir. El Reino de Diamantes estaba compuesto de diversos tonos de dorado en todas partes, desde la corona brillante que portaba Francis al vestido de color durazno que él había visto a Lily Zwingli, la pequeña Reina de Diamantes, llevando justo antes de que desapareciera en esa reunión con Arthur.
El Reino de Tréboles abarcaba enteramente a los verdes y una inesperadamente larga corte (la mayor de todos los reinos hasta ahora con siete miembros) del reino que llegó a pesar de todos los rumores de estar incapacitados. La pareja real de este reino en particular, Elizabeta Hédérvary y Roderich Edelstein, eran increíblemente hermosos y los más aristocráticos de sobre todos los otros reinos. Aunque ambos eran amigables, parecían delgados y cansados… pero dadas las circunstancias, esto difícilmente era una sorpresa. Cuando se les dio una bienvenida oficial por Yao, aún así, pareció ser que el Rey de Tréboles no se hallaba con ellos.
El Reino de Corazones usaba rojo, como se lo esperaba. Lo que fue más inesperado fue que luego de toda la charla sobre guerras entre reinos y Corazones tomando todo a su paso, ninguno de los miembros de la realeza lucía particularmente intimidante. De hecho, el único de los tres que era más o menos de la propia altura de Alfred era el rey, Ludwig Beilschmidt, quien parecía ser un tipo bastante tedioso y formal, intercambiando todos los saludos apropiados con los demás. Ambos, Kiku Honda, la Reina de Corazones, y Feliciano Vargas, el Caballero de Corazones, eran pequeños de contextura. Feliciano particularmente, estaba increíblemente excitado y se la pasaba hablando con entusiasmo sobre la boda.
A la vez que Alfred se paraba y observaba, practicó las líneas que se suponía que debía decir en su cabeza: "Es un placer conocerlos, sus majestades. Sería un honor recibir consejos de ustedes. Espero que nuestros reinos prosperen y están en paz". Eso último, la finalización de un saludo oficial, parecía ser increíblemente irónico en este caso… especialmente si se suponía que debía decírselo a la corte de Corazones, pero Yao había dicho a Alfred que todos los tecnicismos a un lado, se esperaba que todos fueran respetuosos a Corazones mientras estuvieran en un cese extraoficial al fuego por el casamiento.
Y entonces fue cuando Alfred lo notó. Mientras miraba sobre los tres reales de Corazones, aún intercambiando saludos cordiales con Yao, Kiku Honda, la Reina de Corazones, llamó su atención. Kiku era un hombre pequeño, delgado con una compostura elegancia natural... tanto que Alfred podría haberlo confundido por una mujer si su posición no lo hubiera delatado como un hombre. Usaba túnicas sueltas de estilo Japonés, así que la pesada túnica escondía sus costados la mayor parte del tiempo, pero cuando movió sus brazos, él pudo ver fugazmente las dos espadas cortas sujetas a su cintura. Eso junto con su posición y la tranquilidad con la que se movía fueron por completo reconocibles luego de que Alfred hubiera peleado contra él… él era el segundo asesino que había intentado asesinar a Alfred en su habitación.
Antes de que Alfred pudiera decidir qué hacer con esta nueva información, Yao estaba mirando hacia donde se hallaba él, y esa fue su señal.
Inhaló profundamente y se acercó, poniendo su mejor sonrisa para la realeza reunida en torno a los tronos.
-Este es Alfred F. Jones, el prometido de nuestra reina –presentó Yao, haciendo un gesto hacia Alfred.
El meno inclinó su cabeza en una pequeña reverencia en la manera exacta que Arthur le había ayudado a practicar, y él solo esperaba que pudiera mantener esta farsa el tiempo suficiente.
-Es un placer conocerlos, sus majestades –dijo Alfred – Será un honor tomar ejemplo de ustedes.
Sorprendentemente fue Ludwig, el Rey de Corazones, quien habló primero mientras daba a Alfred un corto asentimiento cortés como retribución. Incluso aunque Alfred sabía que Kiku Honda había intentado matarlo al menos una vez, si no más que esa, Ludwig parecía no guardar resentimientos hacia él, y tampoco Kiku o Feliciano.
-Sería mi honor el tomar su ejemplo también –dijo Ludwig.
-Eres alguien apuesto, ¿no es así? –fue la siguiente en decir Elizabeta, y le sonrió luego de dar una corta mirada a Ludwig - ¿Cómo se conocieron Arthur y tú?
-Querida… -dijo Roderich, dándole una mirada de advertencia.
-Hemos estado tan… ocupados últimamente, que no lo he oído – dijo Elizabeta encogiéndose ligeramente de hombros, pero aún estaba sonriendo.
-En uno de los viajes del reino que Arthur estaba tomando – dijo Alfred. Ya se habían preparado para este tipo de preguntas. – Yo vivía en una de las villas más pequeñas y… nos enamoramos. – añadió al final, y cuando miró de reojo a Yao, él dio un corto asentimiento.
Claramente Elizabeta no tuvo problemas creyendo esta historia. – Eso es tan romántico. Es tan raro que las parejas reales se casen por amor – dijo ella, efusiva - Incluso Roderich y yo nos enamoramos después de que ya hubiéramos tomado los tronos. Nos casamos después de eso, por supuesto. Han pasado años desde que alguien se casó con alguien de la realeza por amor.
-Casi cien años ya, si mal no recuerdo – dijo Francis, alegre.
- ¿Realmente amas a Arthur? – habló Feliciano, la Sota de Corazones, aunque no parecía muy sospechoso del comentario, sino más bien sorprendido por completo. Por supuesto, dada la personalidad de Arthur, la pregunta de Feliciano era probablemente justificada.
Cuando el de anteojos de volteó para responderle, sin embargo, recibió la segunda impresión del día. Feliciano se parecía increíblemente a Lovino. Había unas cuantas diferencias obvias a primera vista… mientras que el cabello de Feliciano era más claro, el de Lovino era más oscuro. Lovino también tenía la piel ligeramente más bronceada que la de Feliciano, y Alfred estaba seguro de que Lovino seguramente jamás habría sonreído tan abiertamente como en la expresión que Feliciano portaba ahora. Pero aún así, sus rostros y rasgos, e incluso alturas y complexiones lucían tan idénticas que era desconcertante.
-¿Son tú y…?
-Ah, unas palabras, Alfred – interrumpió Francis al de lentes, y dio a todos una suave inclinación antes de empujarlo fuera del círculo de la realeza a un costado.
-¿Qué? – preguntó el más alto, mirando a Feliciano de nuevo. No había manera en la que no estuviera emparentado con Lovino. Incluso ambos tenían acentos italianos, aunque Feliciano no sonaba ni siquiera parecido a Lovino, posiblemente porque él no insultaba tanto.
Francis también dio una ojeada hacia Feliciano, quien estaba hablando alegremente con Elizabeta y Roderich al momento. – Estoy seguro de que ya lo has notado… Lovino y Feliciano son hermanos. – dijo Francis – Tuvieron un conflicto hace un tiempo, así que es mejor no mencionarlo enfrente de ninguno de los dos.
Feliciano difícilmente lucía como el tipo de persona que se metía en grandes problemas, pero aún así, él era el Caballero de Corazones, después de todo no podía ser completamente indefenso. Francis no ofreció ninguna otra explicación, pero quizás, pensó Alfred, había sido algo parecido a la forma en que Arthur y sus hermanos mayores parecían odiarse mutuamente.
Alfred asintió mientras regresaban a reunirse con el resto de la realeza. Como por diplomacia, todo el mundo trataba acerca del asunto de la guerra, a pesar de que Alfred se sentía nervioso cada vez que Kiku Honda se acercaba demasiado a él.
Aún tenía en mente la advertencia de los Comodines, y no era ciego al hecho de que había una constante guardia alrededor de cada uno de los miembros de la realeza en todo momento. Aún si la charla era cortés y había una sensación de excitación acerca de la boda, había ciertos asuntos que eran cuidadosamente evitados, y más de uno de los reales llevaba un arma. Él estaba dispuesto a apostar que todos tenían algo peligroso escondido en su persona, incluso si no era visible.
A medida que la mañana pasaba, Alfred mantuvo una conversación cortés, mayormente con los otros miembros de la realeza. Un par de veces fue apartado para hacer más ajustes a su ropa o para que alguien le instruyera sobre algo más.
Arthur había llegado en algún punto de la bienvenida oficial, y luego de más corteses y fríos saludos (Arthur había dejado en claro que no estaba precisamente feliz con que la corte de Corazones estuviera en Picas, en absoluto), él sería llamado por alguna otra situación que hubiera surgido. Como parecía ser con cualquier tipo de gran evento, las cosas tenían una tendencia a salir mal a último minuto sin importar cuán cuidadosas hubieran sido los preparativos. Las flores que habían sido ordenadas se habían perdido, los cocineros habían oído mal y accidentalmente habían preparado pastelillos de pacana incluso aunque Lily era alérgica a las nueces.
Pero a pesar de que Arthur era el tipo de persona que lidiaba usualmente con el estrés gritándole a la gente, parecía estar extrañamente de buen humor aunque las cosas seguían saliendo mal. Cada vez que Alfred veía a Arthur y se encontraban sus miradas, no importaba cuán estresado pareciera Arthur en ese momento, una sonrisa comenzaría a extenderse por su rostro hasta alcanzar sus ojos, como si no pudiera evitarlo. Era raro de Arthur el estar sonriendo tan desvergonzadamente y genuinamente feliz, y Alfred se sorprendió a sí mismo pensando que Arthur era en realidad bastante tierno cuando hacía eso. Aún sabiendo que Arthur planeaba matarlo después de la boda y sabiendo que él debería estar muy atento de lo que el mayor hacía, Alfred se encontró a sí mismo devolviéndole las sonrisas a Arthur, sin poder contenerse cuando el otro parecía tan abierta y honestamente feliz.
Y combinado con el general aire de excitación perpetua en el castillo, Alfred sintió un creciente sentimiento de anticipación de la boda también, aunque no estaba seguro de querer seguir con ello en lo más mínimo.
-¿Está todo bien? – preguntó Arthur cuando Alfred se lo encontró a la mitad de un pasillo, dando instrucciones a una sirvienta.
-Seh, uh, Yao me envió a buscarte. Se supone que tenemos que ir juntos al comedor para almorzar – dijo el de lentes.
-Bollocks*, lo había olvidado. Marie, encárgate en mi lugar – maldijo el mayor, haciéndole gestos a una de las sirvientas que lo había estado siguiendo. Puso un montón de papeles en sus manos. – Lleva estos al patio y asegúrate de que quiten esa mancha de la alfombra azul para mañana. Debería haber estado hecho hace días.
La chica asintió y se apresuró por las escaleras mientras Arthur comenzaba a caminar rápidamente hacia el comedor, alisando el traje púrpura real que estaba usando y ajustando el pequeño sombrero sujetado a su cabello.
-Apresúrate Alfred. No podemos mantener a los otros invitados esperando –dijo el más bajo cuando el de anteojos no caminaba lo suficientemente rápido para él.
-Está bien. Francis dijo que quería ir a refrescarse y se fue con alguna chica de Corazones. Probablemente le llevará un rato – respondió, aunque ahora que lo pensaba, ella había lucido espantosamente familiar – Creo que en realidad era la chica de la última vez. ¿La espía?
-¿Qué? ¿Es un completo imbécil? Nosotros estamos... sabes lo que está sucediendo, ¿Y él se va con alguien de Corazones? – demandó Arthur - ¿La espía?
-Es Francis – dijo Alfred.
-Aún así, esto es completamente inapropiado – espetó el mayor, pero se detuvo cuando alcanzaron la puerta del comedor.
Alisó sus ropas una vez más e inspiró profundamente antes de ver nuevamente a Alfred. Tan molesto como Arthur parecía estar, una pequeña sonrisa se marcó en sus labios mientras miraba a Alfred. - ¿Estás listo? –preguntó.
Él parpadeó mientras recordaba lo que se suponía que hiciera. Tenían que fingir ser pareja y estar enamorados. Asintió y ofreció a Arthur su brazo como el otro le había hecho practicar todas esas veces que habían estudiado la etiqueta.
Arthur parecía sorprendido, aunque parecía haber estado esperando que Alfred hiciera algún movimiento, pero entonces tomó el brazo de Alfred y le sonrió de nuevo, más ampliamente esta vez. –Vamos entonces – dijo, y abrió la puerta.
La charla que se estuviera llevando a cabo dentro cesó en cuanto Alfred y Arthur entraron al comedor. La mesa ya estaba servida, y todos estaban sentados, así que por primera vez Alfred vio la mesa entera llena. Yao estaba sentado en uno de los extremos como era usual, y Alfred y Arthur avanzaron hacia el otro extremo y se sentaron. A cada lado de ellos estaban los miembros de la realeza… Diamantes del lado de la mesa de Arthur, y Corazones del lado de Alfred. Tréboles estaban sentados hacia el lado de Yao, y en medio había varios otros nobles que eran lo suficientemente importantes como para cenar con la realeza.
Arthur sonrió de nuevo a Alfred, dándole a su mano un ligero apretón antes de soltarla.
Aunque tradicionalmente era el rey quien debía hacer los discursos de apertura, como Alfred aún era considerado el prometido de Arthur para los extraños, fue Arthur quien se paró e hizo los discursos necesarios.
-Les doy la bienvenida a Picas a todos ustedes por la coronación de mi futuro esposo, Alfred F. Jones, y nuestro casamiento – Arthur hizo una pausa para asentir a cada uno de los invitados sentados – Estamos honrados por su asistencia, aunque hay algunas personas ausentes…
El Rey de Tréboles estaba ausente, aunque ni Elizabeta ni Roderich habían dado una razón del por qué. El asiento vacío de Francis del lado de Arthur también era bastante obvio, pero todos en la mesa parecían conocer a Francis lo suficiente como para no darle importancia.
Alfred volvió a prestar atención a la vez que Arthur finalizaba el corto discurso, y parecía ser que había dado la señal para comer, porque todos habían comenzado. A diferencia de la supuesta primera comida formal que él había tenido con Arthur, sus hermanos, y la corte de Diamantes, esta cena era todo lo formal de lo que el mayor le había entrenado para actuar. Sirvientes estaban ubicados a cada lado de los invitados, listos para rellenar copas y servir comida al más mínimo gesto. Incluso los hermanos de la reina estaban comportándose de mala gana y hablando con otros nobles mientras la comida continuaba.
-Así que, uh… ¿Te está gustando estar aquí? – preguntó Alfred a Ludwig mientras comían. Sabía que se suponía que fuera cortés, a pesar de que no estaba exactamente seguro de qué tan amigable debía ser con alguien con el que Picas entraría en guerra en un futuro próximo, pero imaginó que una charla casual sería un buen comienzo.
En todo caso, Ludwig no aparentaba ser malvado o agresivo como había sonado en todas las reuniones de guerra. En su lugar, más bien parecía cauto, mientras asentía educadamente. – Es muy agradable – dijo. Tenía un leve acento alemán y actuaba más como un soldado que como un rey.
-Seh, es bastante genial el tener la oportunidad de ser el rey de un lugar así – dijo Alfred, y sonrió, estirándose para tomar la mano de Arthur. No estaba seguro de lo que se consideraría un tema seguro de conversación, pero se figuraba que ir por lo personal sería una apuesta relativamente segura.
Arthur saltó en su asiento, pero miró a Alfred y ya estaba sonriendo de nuevo, deslizando su mano en la suya y tornándose de un suave rosa antes de volver a hablar con Vash.
-Aún no eres el rey – dijo Ludwig rápidamente, y se puso bastante colorado al ver la muestra pública de afecto.
-Sucederá mañana. Es lo suficientemente cerca – repuso el de anteojos, encogiéndose de hombros. - ¿Tú tienes a alguien… uh… especial? – preguntó. Sabía que el rey de Corazones seguía soltero y que no había habido mención de nadie significativo en su vida, pero había rumores sobre él y su Sota, Feliciano.
Ludwig se volvió de un rojo brillante y se ahogó con su bebida. – Y-yo, er, no. Claro que no –dijo, aunque su mirada se desvió hacia donde Feliciano estaba sentado y hablando felizmente con Kiku.
Feliciano notó la mirada y la devolvió con el doble de "voltaje" su sonrisa original, así que Alfred pensó que los rumores tenían al menos algo de verdad en ellos.
Kiku, que estaba atrapado entre Ludwig y Feliciano, lucía de lo más incómodo.
-Ludwig, ¿Probaste la pasta? Está realmente buena – dijo Feliciano, y se estiró por sobre Kiku y su plato para servir algo de su propia pasta en el plato del rubio.
-Er, gracias – dijo Ludwig, luciendo aún más incómodo mientras aceptaba la comida.
-Kiku, tú también prueba un poco –dijo la Sota, y puso también algo en el plato de Kiku.
-Muchas gracias – dijo Kiku, pareciendo posiblemente más incómodo que Ludwig.
Feliciano parecía completamente ajeno a cualquier tipo de incomodidad que estuviera causando. - ¿Has visto el traje de bodas de Arthur? –preguntó a Alfred, inclinándose sobre la reina de Corazones.
Kiku dio a su Sota una mirada algo dolorida, pues él estaba bloqueando completamente su plato de comida, pero no hizo otra cosa más que mirar la comida con cierto anhelo.
-No realmente – dijo Alfred mientras lo pensaba. Aunque Arthur había estado allí cuando Alfred tuvo que medirse y probarse sus ropas, cuando era el turno de Arthur, él lo había enviado a estudiar o a entrenar un poco más, así que nunca había visto en realidad el atuendo de bodas de Arthur.
-Apuesto a que será muy bonito. ¿Has visto los atuendos de los viejos rey y reina? Deberías ver el traje formal del rey que Ludwig llevará mañana – continuó Feliciano – Pero los trajes de boda son los más hermosos. ¿Te gusta el tuyo?
-Claro, supongo – Él no había pensado realmente sobre eso tampoco. En general, no le importaba mucho lo que fuera a usar mientras no apestara y fuera cómodo. Su traje de casamiento consistiría de un uniforme azul real con reminiscencias de algo que un oficial militar de alto rango podría usar en una ceremonia. Como él no era oficialmente de la realeza hasta que la ceremonia terminara, no tendría que llevar la pesada capa de piel que se requeriría que Arthur usara, y sería coronado hacia la mitad de la ceremonia, así que no tenía que preocuparse sobre balancear eso en su cabeza hasta entonces.
-La boda va a ser emocionante, ¿no es así? –preguntó Feliciano – Quizás Arthur no sea tan gruñón ahora que está casado.
Alfred encontró ligeramente extraño, mientras escuchaba a Feliciano continuar, que la Sota estuviera tan feliz. O era un perfecto actor, o Francis y Antonio habían mantenido en secreto que Lovino también estaba en Picas, porque a él le costaba creer que Feliciano estaría realmente bien si sabía que su enajenado hermano estaba en el castillo.
Sin importar cuán mala hubiera sido la pelea, había algún tipo de respuesta que debía estar allí que simplemente no estaba. Incluso a pesar de que Arthur odiara a sus propios hermanos, se ponía tenso y más fácilmente estresado cuando sabía que sus hermanos se hallaban cerca.
De regreso en casa, Alfred tenía a su propio hermano, Matthew, quien había ido a la universidad en Canadá mientras él había terminado en Inglaterra. Habían sido varios meses desde que Alfred había visto por última vez a Matthew, y mientras él no pensaba usualmente demasiado en él, hablaban por teléfono o por Skype una vez cada tanto, y seguían haciendo el esfuerzo de reunirse para las vacaciones cada año. Claro que él y Matthew habían tenido sus propias peleas y discusiones, siendo hermanos, pero él no pensaba que podría imaginar realmente estar alejado de la manera en que Feliciano y Lovino parecían estar.
Cual fuera que fuese la relación entre ellos dos, debería haber algún signo de que Feliciano estuviera al tanto de Lovino, pero en su lugar, Feliciano parecía no estar al corriente de la existencia de su hermano en el castillo.
-Hey, Feliciano – dijo Alfred - ¿Tú tienes un hermano, no es así?
Feliciano se calló y se puso pálido, mientras podía sentirse un silencio entre los tres miembros de la realeza de Corazones. El resto de la mesa continuó comiendo, pero al lado de Alfred, se sentía como si hubiera un bloque de silencio.
-Sí, er… - comenzó Ludwig, cuando Francis entró abruptamente al salón seguido por Seychelles, quien en lugar de verse seducida, se veía de lo más irritada al rodar sus ojos y caminar a reunirse con los otros sirvientes de la sala.
-Voila, estoy aquí – anunció Francis mientras se dejaba caer en la silla al lado de Arthur, y Alfred sintió el agarre de Arthur endurecerse en torno a su mano.
Arthur miró de mala manera a Francis. - ¿Qué demonios te crees que estás haciendo, rana? – le espetó – Estuviste fraternizando con un maldito espía.
Afortunadamente, nada de la realeza de Corazones pareció notar sus furiosos susurros porque la mayor parte de la sala había retomado su comer y beber en cuanto vieron a Francis.
-Seychelles es una jovencita adorable – dijo Francis – Estoy seguro de que has malinterpretado sus intenciones. Ella desea mudarse a Diamantes.
-Te está manipulando. Ni siquiera le agradas – dijo Arthur.
Alfred estaba inclinado a deliberar si Seychelles había siquiera hecho eso. Mientras ambos, Francis y Seychelles, parecían estar completamente vestidos, no estaba seguro de que Francis hubiera llegado lejos con ella.
-¿A diferencia tuya y de tu prometido? – preguntó el rey de Diamantes, y dio una mirada hacia donde las manos de Arthur y Alfred seguían enlazadas.
Arthur se ruborizó. - ¿Qué hay con eso? – dijo, apretando más fuerte.
-Nada, nada – dijo Francis, y sonrió.
El resto del día pasó rápidamente entre preparativos de último minuto y toda la conversación que Alfred tuvo que hacer a medida que se le presentaba persona tras persona. Él tenía que mantener toda la etiqueta y las caras y nombres que había memorizado, y consideraba una victoria el no haberse equivocado ni una vez. Para la hora en que la cena pasó y se les permitió finalmente a Arthur y a Alfred irse temprano a descansar para el día siguiente, Alfred estaba mentalmente exhausto y no había podido pensar mucho sobre la advertencia de los Comodines o cómo dejar Picas ese día. Aún tenía un poco de tiempo, se dijo a sí mismo… después de todo, la boda no era hasta mañana y con una buena noche de sueño, la cabeza de Alfred estaría más despejada para cuidarse del peligro sobre el que los Comodines le habían avisado y planear algo sobre el plan de Arthur para asesinarlo.
Aunque Alfred esperaba que el mayor se le uniera en las recámaras del rey nuevamente, Arthur se detuvo justo dentro de la antecámara, aún resguardada permanentemente por dos guardias fuera.
-¿No vas a entrar? –preguntó él cuando Arthur no lo siguió a su habitación.
Arthur negó con la cabeza. – Es la víspera del casamiento. No podemos estar en la misma cama – dijo con una pequeña sonrisa.
-Oh, cierto – dijo Alfred, de algún modo sorprendido de que el otro tuviera tal ataque de sentimentalismo cuando esto era una boda falsa y Arthur pretendía matarlo después. De nuevo, Arthur era extremadamente tradicionalista en algunos aspectos. – ¿Te veré mañana entonces? – preguntó.
Arthur asintió cortamente. – Ten cuidado – dijo – Kiku era probablemente tu segundo asesino – dijo – No lo reconocí hasta que estuvo aquí…
-Lo sé. Yo también lo reconocí – interrumpió Alfred.
El mayor pareció sorprendido. – Oh. Realmente has mejorado – dijo quedamente, tocando el brazo de Alfred. Entonces inspiró profundamente y se lanzó hacia adelante, besando ligeramente la mejilla del de anteojos antes de retroceder de nuevo. Se había vuelto de un suave rosado y estaba sonriendo de nuevo.
-Solo ten cuidado – dijo el mayor – Buenas noches.
Arthur salió rápidamente por la puerta de nuevo mientras Alfred se preguntaba sobre qué había sido todo ese intercambio. Era como si Arthur realmente estuviera feliz sobre el casamiento, aún si había prometido a Yao matar a Alfred.
Él se encogió de hombros mientras se cambiaba del traje y se deslizaba en la cama, ansioso de una última noche de sueño antes del día siguiente. Con advertencias de los Comodines, los rostros de la demás realeza y la enigmática sonrisa de Arthur en mente, cayó en un sueño problemático.
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Él despertó temprano a la mañana siguiente por un par de sirvientes que entraron de improviso por sus puertas e inmediatamente lo metieron en el baño que habían preparado. Luego de eso, Alfred tomó un desayuno rápido, aunque encontró que no tenía mucho apetito con todo lo que estaba dando vueltas en su mente. Aún estaba sorprendido de que ningún asesino hubiera intentado atacarlo en la noche, especialmente ya que Kiku ya estaba en el lugar, y nada lo había matado en la noche como los Comodines parecían haber implicado.
Por supuesto que todavía tenía un día entero por delante.
Después de eso, Alfred se vistió con la ayuda de varios sirvientes que hicieron aún más ajustes de último minuto a su traje y lo ayudaron a peinarse y alisar todo hasta la perfección. Entonces Alfred fue enviado a la biblioteca a esperar y practicar sus votos hasta que fuera la hora de comienzo de la ceremonia.
Aunque Alfred no había esperado ponerse nervioso en absoluto, pues después de todo esto era una farsa de boda, con el entusiasmo llenando el castillo y siendo felicitado por todos con los que se cruzaba; se encontró a sí mismo poniéndose más ansioso a medida que el tiempo pasaba. Fue volviéndose progresivamente peor cuando lo dejaron en la biblioteca solo para esperar. Incluso si la boda y la coronación no significaban mucho para él personalmente, en este punto, no estaba seguro de que una buena actuación importase ahora que conocía el plan de Arthur y Yao… y aún así no quería equivocarse teniendo tantos ojos en él.
Sus manos sudaban mientras leía el papel con los votos escritos una y otra vez hasta que las palabras se volvieron difusas. Podía oír a los sirvientes y huéspedes fuera de la habitación, y a pesar de que escuchaba el nombre de Arthur mencionado varias veces, no se le permitía ver a la reina hasta la ceremonia, de modo que sólo podía asumir que Arthur estaba en otra parte preparándose.
Cerca del mediodía, un sirviente trajo a Alfred un pequeño almuerzo para mantenerlo hasta la cena del casamiento, pero él estaba muy nervioso para comer nada, así que dejó la comida en la mesa, sin tocarla. En su lugar, murmuraba sus votos en voz baja para asegurarse de haberlos memorizado, y caminaba por la habitación cuando estaba muy nervioso como para mantenerse sentado. Se recordó a sí mismo no flexionar sus rodillas cuando se parara frente al altar, y se dijo a sí mismo que no dejara caer el anillo que se suponía que pusiera en la mano de Arthur.
Se sorprendió a sí mismo preguntándose si Arthur estaba tan nervioso como él lo estaba… después de todo, aunque no era una boda que significara nada para Alfred, aún así estaba nervioso al respecto, así que a pesar de que Arthur planeara matarlo después del casamiento, por la manera en que Arthur había estado actuando, no era inconcebible que el mayor pudiera estar nervioso también. Se encontró a sí mismo preguntándose si el atuendo de bodas de Arthur era realmente tan hermoso como Feliciano esperaba que fuera, y cómo Arthur reaccionaría cuando lo viera a él en la ceremonia.
Y así, tan largo como el tiempo esperando hubiera parecido, se acabó rápidamente cuando golpearon a su puerta.
-Es la hora – dijo Yao a la vez que Alfred se ponía de pie en un salto de nuevo, limpiándose las manos en el pantalón de su traje y tragaba duramente.
Yao estaba vestido en una versión más elegante del atuendo que había estado usando ayer, pero ahora también llevaba una pequeña coronita en su cabeza.
Alfred siguió a Yao por el pasillo hacia las puertas cerradas de la sala del trono. Notó, por primera vez, que un silencio había caído en el castillo entero ahora que los invitados estaban dentro del Salón del Trono, y los pasillos estaban casi en su totalidad vacíos a excepción de los últimos sirvientes apresurándose para la segunda parte de la ceremonia en el exterior.
Yao se detuvo justo fuera de las puertas dobles de la sala del trono, donde dos guardias uniformados, un grupo de soldados en uniforme, y niños y niñas con flores se hallaban parados. Los dos guardias en la puerta los saludaron, y ambos sonrieron a Alfred cuando él se secó sus manos en sus pantalones y entonces extrajo los guantes blancos que debería usar. Fue entonces cuando ellos golpearon sus lanzas ornamentales en el suelo una vez con un golpe que tuvo eco, y abrieron las puertas dobles.
La Sala del Trono se había transformado de la noche a la mañana. Una larga, linda alfombra azul había sido extendida, cubriendo todo el camino desde el patio por todo el largo del salón hasta los tres brillantes tronos dorados. Este aislamiento alfombrado estaba resguardado a cada lado por personas con trompetas y tambores, y detrás de ellos, la sala entera estaba llena con cientos de personas, que se pararon en cuanto las puertas se abrieron, como si fueran un mar de color y rostros.
Alfred había practicado esta parte de la ceremonia varias veces antes, así que era meramente un asunto de no tropezar con sus propios zapatos y no sonrojarse con las centenas de personas observándolo.
A la vez que Yao daba el primer paso en la habitación, los trompeteros y tamborileros tocaron las primeras notas de la fanfarria, señalando el inicio de la ceremonia.
Yao entró primero, guiando la procesión como la Sota de Picas. Detrás de él, vinieron cuatro soldados que marcharon tras Yao manteniendo el paso. Entonces fue el turno de Alfred, a la vez que él inspiraba profundamente, contaba hasta diez y los seguía. Mantuvo el paso y observó justo frente a él, al altar que había sido erigido en la plataforma donde estaban los tronos.
En la plataforma, un altar había sido ubicado para Yao, quien estaría conduciendo la ceremonia como la Sota de Picas, y él se abrió camino lentamente hasta el mismo. Los soldados alcanzaron el final del pasillo y se separaron, dos a cada lado de los escalones que guiaban a la plataforma.
Alfred alcanzó el pie de las escaleras un momento después, y respiró aliviado de haber superado la primera parte de la ceremonia sin avergonzar terriblemente a nadie. Entonces se volteó y esperó a que el resto de la procesión entrara.
Detrás de Alfred, había dos grupos más de soldados que marcharon para ubicarse a cada lado del pasillo nuevamente. Luego entraron una serie de niñas y niños, esparciendo hojas frescas del árbol del tiempo de Picas en el suelo mientras caminaban por el corredor. También se colocaron a cada lado de la alfombra azul, alineándose con los soldados y los músicos cuando alcanzaron el fin del cortejo.
Entonces sonaron las trompetas de nuevo, anunciando la llegada de la reina.
Las puertas dobles de la sala del trono ya estaban abiertas, y siendo recién pasado el mediodía, el sol estaba brillando fuera, en el patio. Dentro de la sala del trono estaba más oscuro, así que hasta que alguien entró en el salón, había sido imposible ver algo más que una débil sombra en el portal.
Cuando la fanfarria anunció la llegada de la reina, Alfred, como todos, se volteó para mirar hacia la puerta. Al principio él no vio nada más que luz brillante al final de la alfombra azul, pero entonces Arthur entró en la Sala del Trono, y por un momento, Alfred no pudo respirar. Arthur estaba coronado con un delicado brillo… la ilusión provocada por la luz de afuera y el oscurecido salón lo hicieron ver como si fuera algún ser mágico y sobrenatural.
Arthur era hermoso.
Su cabello dorado había sido domesticado bajo una brillante corona decorada con gemas azules y púrpuras. A pesar de que Arthur solía utilizar trajes de la Era Victoriana, Feliciano tenía razón, y para la boda, el mayor estaba llevando un atuendo con reminiscencias de lo que los príncipes en Inglaterra podrían usar para una ceremonia, con filas de botones dorados y una faja en el frente. De sus hombros colgaba una rica capa de piel con una cola ridículamente larga, extendiéndose de tal manera por el pasillo que podía bien competir con un vestido de novia. Su rostro, normalmente muy pálido, estaba tintado con un sonrojo rosado, aunque eso podría haber sido tan solo que Arthur estaba tan nervioso como Alfred.
Arthur estaba sujetando una almohada de terciopelo con una corona y un cetro colocados sobre la misma, y sus verdes ojos lucían de algún modo más vibrantes de lo que normalmente lo hacían cuando tenía esa pequeña, feliz sonrisa en su cara; lo único sobre él que no lucía tan real y elegante. Unió sus ojos con los de Alfred desde el momento en que entró en el salón, y mientras Arthur caminaba por el pasillo Alfred no pudo apartar sus ojos de él.
Esto no era en absoluto como Alfred había imaginado su boda.
Nunca había pensado realmente sobre casarse, pero de cierta forma en general, siempre había asumido que algún día encontraría a la chica indicada, se establecería y tendría hijos, y posiblemente un perro. Nunca se había imaginado que se casaría con un hombre en lugar de una adorable chica en un lindo vestido blanco, pero Alfred pensó que no podía imaginar a ninguna mujer luciendo más hermosa de lo que Arthur lucía ahora. Si las circunstancias hubieran sido diferentes, Alfred podría incluso haberse considerado afortunado.
El mayor se detuvo cuando alcanzó la plataforma, junto a Alfred, y dos de las niñas de las flores fueron y arreglaron su capa detrás de él, para que no quedara arrugada allí por donde había sido arrastrada por el pasillo.
Cuando Alfred miró a Arthur, él le sonrió, y Alfred le devolvió la sonrisa automáticamente, aún sintiéndose un poco como si lo golpeara un yunque cada vez que veía al más bajo.
Yao hizo un gesto para que la audiencia se sentara, y entonces comenzó a hablar, dando inicio a la ceremonia.
-Queridos invitados, estamos reunidos aquí el día de hoy para presenciar la unión de nuestra Reina de Picas, Arthur Kirkland, y su esposo, Alfred F. Jones. Estamos también aquí para ser testigos de la coronación de Alfred F. Jones, como nuestro nuevo Rey de Picas. – dijo Yao, recitando palabra por palabra el discurso que se suponía que diera.
Mientras escuchaba a Yao comenzar a hablar sobre la importancia del matrimonio y de los votos hacia el estado, y cosas así, Alfred comenzó a relajarse de a poco. Podía con esto, pensó él. Había más votos por hacer, y entonces sería coronado y luego irían fuera, hacia el árbol del tiempo de picas para intercambiar anillos y recoger el reloj de picas. No estaba muy seguro de cuánto tiempo había estado parado allí, lado a lado con Arthur, cuando Yao finalmente les hizo un gesto para que ambos se arrodillaran en los alfombrados escalones.
Alfred se arrodilló primero, y después de que Arthur se dirigiera a colocar la corona y el cetro en el pequeño altar enfrente de Yao, también él se arrodilló junto a Alfred, considerablemente más despacio para no arrugar la cola de su capa.
Luego de unas cuantas palabras más de Yao, el mismo dio a Alfred un asentimiento como señal para que iniciara sus votos al estado y a Arthur.
-Yo, Alfred F. Jones, estoy hoy aquí para convertirme en un esposo para ti, Arthur Kirkland – recitó. Se volteó para ver a Arthur, y casi se pierde en su discurso de memoria cuando vio que los ojos de Arthur estaban anegados en lágrimas sin llorar. Alfred tuvo que suprimir su automático impulso de acercarse a él y limpiarlas, aunque supiera lo que Arthur tenía planeado para él y este no era el momento para ello.
Alfred tragó y se forzó a continuar. – Juro amarte y cuidarte en la salud y la enfermedad, y permanecer contigo hasta que la muerte nos separe.
Dio otra mirada nerviosa a Arthur, pero éste parecía haberse controlado nuevamente y sonrió a Alfred, asintiendo cortamente para indicarle que siguiera. – Yo, Alfred F. Jones, estoy también aquí para convertirme en el Rey de Picas. Juro proteger esta tierra y vivir y morir por ella. Me enlazo a mí mismo con este reino, y gobernaré justamente para mantener los tres innegables derechos de cada hombre: la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad. Yo juro todo esto ante el reino, el pueblo y la tierra.
De algún modo, Alfred se las ingenió para hacer todo el juramente sin equivocarse ni trabarse con sus palabras, y entonces fue el turno de Arthur de hablar con voz clara.
-Yo, Arthur Kirkland, estoy hoy aquí para convertirme en un esposo para ti, Alfred F. Jones – dijo Arthur, calmado y seguro. Cuando Alfred lo miró, vio que Arthur estaba mirando derecho frente a él mientras hablaba, pero su rostro estaba rojo. – Juro amarte y cuidarte en la salud y en la enfermedad, y permanecer contigo hasta que la muerte nos separe.
Alfred dejó escapar un suspiro con algo de escalofrío al darse cuenta de que, hasta ahora, nada había salido mal en la ceremonia. A pesar de la advertencia de los Comodines, no había muerto luego de decir sus votos; y de hecho, nada había sucedido excepto que Arthur continuó con sus votos, renovándolos para con el estado.
-Juro continuar manteniendo todas las leyes del reino, mantenerlo a salvo y en prosperidad, y guiar y apoyar a mi rey en su reinado – dijo Arthur, y entonces miró a Alfred – Juro todo esto frente a my reino, mi gente y mi tierra. A mi rey juro mi lealtad.
Yao asintió y entonces Arthur se puso de pie de nuevo para tomar la corona de la almohada azul.
-Alfred F. Jones, ¿Juras conservar las leyes de este país, y gobernarlo legal y justamente? – preguntó Yao.
-Lo juro – respondió Alfred.
-Entonces, por el poder conferido a mí como la Sota de Picas, te otorgo la corona real de tu majestad, como el nuevo Rey de Picas. – dijo Yao.
Mientras lo hacía, Arthur avanzó y gentilmente colocó la pesada corona dorada en la cabeza de Alfred, donde él sintió el peso asentarse.
En ese momento, Arthur tomó el cetro, y Yao recitó la siguiente parte.
-Te otorgo también el cetro real, símbolo de tu poder como el nuevo Rey de Picas. – dijo Yao.
Arthur dio un golpecito gentil en los hombros de Alfred con el cetro, antes de dárselo.
-Levántate, Alfred F. Jones, Rey de Picas – habló Yao.
Y esa fue la señal para que los aplausos comenzaran a la vez que la audiencia se excitaba, y Alfred se puso de pie, sosteniendo el cetro y llevando la corona, mientras se volteaba para ver de frente a la gente.
Él se sentía un poco mareado con como la ceremonia había ido tan bien. No había habido interrupciones, y en el mar de rostros que lo enfrentaba (los otros miembros de la realeza al frente, la nobleza tras ellos; y las filas y filas de gente, soldados y el resto de la corte de Picas de músicos y niños y niñas con flores), todos estaban aplaudiéndolos a él y a Arthur.
Arthur tocó su hombro, indicándole el final de la primera parte de la ceremonia.
Así que Alfred sonrió a todos los presentes, esperando exudar tanta confianza como fuera esperable de un rey, y entonces ofreció su brazo a Arthur, quien lo tomó.
La fanfarria comenzó de nuevo, casi ahogada por los aplausos, y Alfred condujo a Arthur por el pasillo fuera de la Sala del Trono.
Esta vez, ellos estaban guiando la procesión que se abría paso al exterior a lo largo del soleado patio, donde la alfombra azul había sido extendida hasta el árbol. Tenían que caminar despacio; en parte por el efecto, pero también para que la corona de Alfred no fuera a caerse y la cola de Arthur no se enredara, ya que tenía que levantársela y ajustársela cada tanto.
Mientras estaban dentro conduciendo la primera parte de la ceremonia, guardias uniformados se habían alineado a cada lado de la alfombra; y a medida que pasaban a cada par de guardias, estos los saludaban y se mantenían quietos. Era bastante teatral, y mientras Alfred pasaba a los guardias con los que se había hecho amigos que lo saludaban, y con Arthur del brazo, hermoso y majestuoso, se encontró a sí mismo sintiéndose relajado y sonriendo. La ceremonia había concluido sin problemas, Alfred seguía con vida, y se estaba casando con la persona más bella que jamás hubiera visto. Tal vez las cosas saldrían bien, pensó él.
Cuando finalmente llegaron al árbol del tiempo de picas, la procesión se detuvo de nuevo, y no hubo más que hacer para Alfred y Arthur que esperar mientras el resto de los invitados llenaban el patio para la última parte de la ceremonia.
Arthur no había parado de sonreír desde que habían intercambiado sus votos y ahora deslizaba su mano en la de Alfred, y aunque ambos llevaban guantes, él pudo sentir la calidez de la mano del más bajo a través de la tela. Incluso sabiendo los planes que el otro tenía para él, todo parecía muy lejano en ese momento, y Alfred se sorprendió a si mismo sonriéndole también mientras esperaban a que el resto de la procesión y la audiencia se acomodaran.
Alfred podía sentir la fresca esencia del árbol de tiempo de picas sobre ellos, sintiendo la cálida brisa y los tibios rayos del sol en su piel a través del azulado follaje sobre él. Música estaba siendo tocada por los tamborileros y trompeteros, quienes los siguieron por la alfombra y se pararon a los lados para continuar tocando la alegre marcha. Era demasiado ruidoso como para decirle nada a Arthur, e incluso aunque pudiera, Alfred no estaba seguro de qué decirle. En su lugar, se quedó parado, sosteniendo su mano y simplemente mirándolo mientras se alineaban los invitados.
Cuando todos habían llegado finalmente al patio, y parecía ser que había incluso más gente allí de la que había habido en el salón del trono; Yao caminó hacia ellos, esta vez con un par de anillos para dar comienzo a la parte final de la ceremonia.
Arthur se giró hacia Alfred, tomando ambas manos ahora, a la vez que quedaban frente a frente, parándose a la sombra del árbol del tiempo de picas para hacer sus votos finales.
-Ahora, mientras concluimos la ceremonia, te pregunto, Alfred F. Jones… ¿Aceptas a Arthur Kirkland para ser tu esposo, tu reina, y tu compañero? – preguntó Yao.
- Acepto – respondió Alfred. Tomó la mano izquierda de Arthur y le quitó el guante. Cogió el anillo que Yao le extendía, nada más que una simple banda, y entonces lo deslizó lentamente en el dedo anular del mayor hasta que quedó en su lugar.
Yao asintió brevemente antes de dirigirse a Arthur. – Y tú, Arthur Kirkland, ¿Aceptas a Alfred F. Jones para ser tu esposo, tu rey, y tu compañero? – preguntó Yao.
-Acepto – respondió Arthur. Y fue su turno de quitar uno de los guantes de Alfred y hacer lo mismo, empujando el anillo en su dedo. Bajo el disfraz de la compostura, las manos de Arthur también estaban sudando y temblando un poco; y Alfred encontró extrañamente interesante que, a pesar de que Arthur debía de haber pasado por docenas de ceremonias similares a ésta, él estuviera igual de nervioso que Alfred por la boda.
Cuando ambos anillos habían sido colocados, era la hora del final de la ceremonia, que bajo circunstancias normales, sellaría el pacto y declararían irrevocablemente que Alfred era el rey cuando el reloj de picas fuera recogido.
Pero al mismo tiempo que Alfred iba hacia el árbol y se estiraba para recoger el reloj de picas más próximo, un grito se escuchó en el patio.
-¡Espera!
Alfred, sorprendido, se volteó a la vez que retiraba su mano.
Era Ludwig quien lo había interrumpido. Estaba parado justo al frente de la procesión, cerca del árbol y observando fijamente a Alfred.
-Lo siento – le dijo Ludwig. Y entonces levantó su mano y la movió hacia abajo.
Fue como un torrente rojo de movimiento en el momento en que cada uno de los invitados de Corazones se adelantó y desenfundó un arma de algún tipo. Durante la procesión, nadie había estado prestando mucha atención a cómo nadie estuviera posicionado, pero ahora Alfred veía que cada uno de los invitados de Corazones estaba parado en la alfombra azul allí donde rodeaban inmediatamente a los músicos y soldados, acorralándolos contra la alfombra. Ludwig no se molestó en desenfundar su espada, pero Kiku había sacado sus cuchillas cortas, e incluso Feliciano tenía una lanza corta que Alfred no había notado al inicio de la ceremonia, pero que debía de haber recogido cuando todos estaban de camino al patio y distraídos.
Solo el cortejo de Corazones eran veinte personas más o menos, lo que no habría sido un problema, pero a la señal de Ludwig, el otro grupo de gente que había avanzado y desenfundado sus armas era la corte de Tréboles, que se había, durante el ajetreo, dispersado para rodear toda entrada hacia y fuera del patio, excepto por la entrada del jardín que se hallaba al lado del árbol del tiempo de picas, así que no se le permitía a nadie entrar allí a excepción de Arthur, Alfred y Yao.
-¿Qué significa esto? – fue el primero en hablar Arthur, mientras miraba alrededor del repentinamente rodeado patio.
Todos los setenta y pico de miembros de la corte de Tréboles habían sacado sus armas, y entre medio de Tréboles y Corazones, habían contado cerca de cien luchadores armados, lo que era suficiente para poner a Diamantes y Picas en una seria desventaja… especialmente porque Picas no tenía más que inútiles armas ceremoniales.
Había sido imposible quitarles las armas a los otros reinos cuando la ceremonia requería que el cortejo de Picas llevara espadas ornamentales… no sin ofender a los otros reinos. Aunque ahora que lo pensaba, Alfred creía que Arthur y Yao deberían haber preparado algo contra esto, porque nadie de Picas tenía algo más que las endebles armas ceremoniales, lo que no resistiría contra nada sólido. Y a pesar de que estaban en Picas, y Picas poseía más soldados allí que los que Corazones y Tréboles habían llevado, el patio no había sido lo suficientemente amplio como para que entraran más personas aparte de los invitados extranjeros y aquellos que eran realmente necesarios para la ceremonia. Eso significaba que mientras ellos estuvieran rodeados e imposibilitados para abandonar el patio, Tréboles y Corazones juntos sobrepasaban por poco a Picas y Diamantes.
-Este es un requerimiento oficial de rendición – dijo Ludwig – Requerimos que Diamantes y Picas se rindan inmediatamente.
-Estás loco – dijo Arthur, adelantándose un paso, pero no podía moverse muy bien cuando tenía esa larga capa de piel arrastrándose detrás de él – Y Elizabeta, Roderich… ¿Qué mierda están haciendo? – demandó.
-Hemos decidido aliarnos con Corazones – dijo con tranquilidad Roderich. Tanto él como Elizabeta habían avanzado hasta colocarse al lado de Ludwig, y también habían sacado sus armas. Era claro que todo esto había sido planeado desde el momento en que ambos reinos habían atravesado las puertas de Picas. Juzgando por las miradas en los rostros de Arthur y Yao, esto no había sido algo para lo que habían pensado que debían prepararse en absoluto, y ahora estaban pagando el precio.
-¿Qué? ¿Pero qué hay sobre nuestra alianza? – preguntó Francis – Ya están aliados con Diamantes.
-Y lo hemos considerado poco provechoso – explicó Roderich – Corazones… nos hizo una oferta a la que no podíamos negarnos.
-Aléjate del árbol – dijo Ludwig.
-¿Cómo te atreves? – Arthur había formado puños con sus manos y avanzó un par de pasos más - ¿Te atreves a faltar el respeto a Picas de esta manera? Te arriesgas a una guerra.
Ludwig no retrocedió. – Estoy preparado para las consecuencias – dijo él – Los sobrepasamos en número, y ustedes no tienen oportunidad de ganar.
Entonces se hizo una abrupta conmoción a lo lejos, en el patio, mientras Natalya, la primera asesina que había ido a matar a Alfred, aparecía junto a otra mujer de Tréboles que lucía muy parecida a Natalya, así que Alfred pensó que tendrían algún parentesco. Ella dirigió una mirada envenenada a Alfred, apartándose el cabello de la cara y aceptando una espada de la otra mujer a la vez que se unía a los soldados de Tréboles agrupados en la entrada cercana a la Sala del Trono.
Lo segundo que sucedió fue que Lovino apareció de repente por la misma entrada y peleaba por abrirse paso hacia la alfombra azul.
Alfred no había prestado atención en sí a quienes estaban en la audiencia, pero aparentemente, Lovino no había estado entre la multitud, porque estaba siendo sujetado por Antonio, quien parecía estar perdiendo su agarre en él poco a poco. Y eso demostraba cuánto estaba luchando Lovino por liberarse, porque él era mucho más débil que Antonio.
-¡Feli! – gritó Lovino cuando finalmente llegó a la alfombra, solo para ser arrastrado un par de pasos hacia atrás por Antonio.
Desde su extremo de la alfombra, Alfred vio como Feliciano se volteaba al oír la voz de Lovino. Sus ojos se agrandaron a la vez que dejaba escapar un súbito grito y dejaba caer su lanza.
-¡Lovi! – gritó Feliciano, sacudiéndose de encima el brazo de Ludwig cuando éste trató de atraparlo.
-¡Ten cuidado! – dijo Ludwig, mientras Feliciano se abría paso entre la doble muralla formada por los soldados de Corazones y Picas hacia la alfombra y corría por ella por su hermano.
-¡La puta madre, suéltame Antonio! – gritó Lovino, y debió haber tenido algún efecto en él porque Antonio pareció estar dolido y soltó al otro.
Lovino corrió las últimas yardas antes de que Feliciano lo alcanzara, y entonces ambos hermanos se fundieron en un abrazo.
-Fratello, te extrañé – estaba llorando la Sota de Corazones mientras se aferraba a Lovino; y aún si el otro era usualmente boca sucia y reacio, Alfred pudo ver que incluso Lovino estaba con lágrimas en los ojos a la vez que se abrazaba a su hermano. – No podíamos encontrarte por ningún lado cuando te perdiste, hasta que Ludwig averiguó finalmente que Francis te había secuestrado…
-Fue el maldito bastardo de los tomates, pero el francesito ayudó – lo corrigió el otro, pero no parecía tener apuro por soltar a su hermano tampoco.
-¿Qué carajo hiciste? – preguntó Arthur, dejando caer su capa de piel para poder así lanzarse hacia adelante y poder tomar, no a Ludwig, sino a Francis, por el cuello de su camisa.
-Nada de lo que me arrepienta – dijo Francis, resoplando, aunque estaba algo colorado. – Solo ayudé a Antonio cuando se enamoró de un orgulloso italiano. Como puedes ver, Lovino también lo ama.
-Empezaste una puta guerra porque Antonio no podía mantener eso en sus pantalones – gritó Arthur, sacudiendo fuertemente a Francis por el cuello.
Ninguno de los otros miembros de la realeza, ni ninguno de sus soldados se movió mientras observaban la escena desarrollándose. Cuando Alfred miró hacia Elizabeta y Roderich, parecían cansados y cautelosos, manteniendo un ojo en Ludwig, aunque también estaban observando a los dos Vargas reunirse. Ludwig tenía una pequeña sonrisa en su rostro, una mirada de cariño y tristeza a la vez, cuando caminó hacia los hermanos y posó una de sus manos en el hombro de Feliciano.
Feliciano inmediatamente rompió a llorar de nuevo e intentó abrazar a Lovino y Ludwig a la vez, mayormente resultando en que Ludwig se pusiera rojo y Lovino largara un torrente de insultos, pero ninguno de los dos intentó escapar de él. En su lugar, Ludwig acarició a Feliciano en la cabeza. - ¿Ves? – dijo, más amablemente de lo que Alfred lo había escuchado hablar hasta entonces – Te dije que lo recuperaría por ti.
Alfred se preguntó por un momento, si esto sería suficiente como para detener la guerra, aunque aún estaba teniendo dificultades entendiendo toda la situación. Parecía un poco increíble que una guerra entera hubiera comenzado por un secuestro… especialmente cuando Lovino no había parecido infeliz con Antonio cuando Arthur y él los habían visto juntos.
Un momento después, Ludwig se separó del abrazo y se enderezó de nuevo. – Pedimos que se rindan ahora – dijo.
Esta vez, fue Yao quien sacudió su cabeza y avanzó, aunque se había mantenido en silencio hasta entonces.
-¿No es esto suficiente ya? – dijo él, increíblemente calmado ante la situación – Si vinieron por el príncipe Vargas, ya lo tienen. Retírense ahora y nosotros no declararemos la guerra.
Ludwig negó mientras observaba el árbol del tiempo de picas. – Es demasiado tarde –dijo – Algunas cosas no son como deberían ser, y algunos errores no pueden deshacerse tan fácilmente. Ríndanse.
-Nos negamos. – dijo Yao, y entonces miró a Alfred y Arthur – Váyanse de aquí. ¡Ahora! –gritó, lo que fue toda la advertencia que obtuvo Alfred antes de que Arthur tomara su mano y lo obligara a correr.
La corona de Alfred cayó inmediatamente, y cuando volteó a ver, un enorme, brillante círculo azul estaba flotando en el aire como un escudo gigante, extendiéndose de la mano de Yao; y él se dio cuenta de que eso era magia.
-Apresúrate, debemos salir de aquí – dijo Arthur a la vez que alcanzaban las puertas del jardín – Su escudo puede retrasarlos solo por un rato. – Arthur empujó a Alfred por las puertas hasta los tranquilos jardines, donde él había estudiado tantas veces. Ahora la tranquilidad parecía fuera de lugar mientras ellos corrían, esquivando flores y árboles, los pasos de sus pies y el seco pasto contra sus zapatos, a la vez que los primeros gritos comenzaban a hacerse oír en el patio.
-¿Yao estará bien? – preguntó Alfred cuando alcanzaron la pequeña puerta negra que estaba rodeada por arbustos de rosas azules.
Arthur metió su llave en la cerradura y abrió la puerta, arrastrando a Alfred fuera del castillo junto con él, antes de patear la puerta para que se cerrara de nuevo.
-No importará si lo estará o no, si no nos vamos ahora – dijo Arthur – Los está retrasando para que podamos mantenernos a nosotros y a nuestro reino a salvo.
Las calles de la amurallada ciudad estaban casi vacías hoy porque la mayoría de los ciudadanos estaban reunidos en la plaza central, justo fuera del castillo por la ocasión del momento. Alfred y Arthur deberían haber hecho una aparición en uno de los balcones del castillo luego de la ceremonia finalizara, pero ahora ya no lo harían.
-Tenemos que irnos antes de que nos vean. Una vez que estemos en el bosque podremos detenernos – dijo Arthur, retomando el paso y corriendo por las empedradas calles.
Los primeros sonidos de una pelea estaban comenzando a provenir del castillo y Alfred también retomó el paso. Con su fuerza sobrehumana, Alfred podía correr más rápido que Arthur, pero mantuvo el ritmo de Arthur a la vez que por fin llegaban al fin de la ciudad amurallada, llegando allí en mucho menos tiempo de lo normal gracias a que las calles estaban vacías.
Al mismo tiempo que dejaban la ciudad y entraban en los bosques circundantes, Arthur inmediatamente eligió un camino, como si supiera exactamente hacia dónde estaban yendo. Ahora que estaban en el bosque, el mayor redujo la velocidad: sería difícil para los soldados de Corazones y de Tréboles el rastrearlos en un terreno desconocido como éste, y la astucia era ahora más importante que la velocidad siempre y cuando pudieran mantenerse escondidos y avanzar a un paso seguro.
-¿Dónde estamos yendo? – preguntó Alfred.
-¿Recuerdas ese castillo al que llegamos la primera vez? – preguntó Arthur mientras caminaban rápidamente por el camino.
Sus pasos titubearon y su sangre se heló. La boda no había significado nada después de todo. No importaba cuán feliz Arthur hubiera parecido, cuán hermoso y radiante luciera, todo había sido un acto o alguna invención de la propia esperanza de Alfred. Así que era esto, pensó él. El plan estaba saliendo justo como Yao y Arthur lo habían diseñado. – Sí – respondió.
-Yao tiene otro encantamiento preparado para nosotros –dijo Arthur – En caso de que algo así sucediera. – El mayor no pareció notar la duda de Alfred.
Era una mentira, Alfred lo sabía, pero era la oportunidad que había estado esperando también. Alfred necesitaba volver a casa, y esta era la única forma de hacerlo.
-No es el mismo encantamiento sobre el que yo estaba… ese solo funciona una vez –dijo Arthur – Pero este nos llevará de regreso a tu mundo.
-¿Podré volver a casa? – preguntó él.
-Sí, estaremos a salvo allí hasta que pensemos qué hacer – dijo el otro – Por ahora, lo importante es mantenernos lejos del alcance de Ludwig… siempre y cuando nosotros dos estemos a salvo, la protección del reino…
-… también estará a salvo. Lo recuerdo – dijo Alfred.
Arthur se volteó y asintió brevemente a la vez que caminaban por el bosque. El viaje a las ruinas del castillo pareció más rápido esta vez… posiblemente porque estaban yendo más rápido, y posiblemente pareciera así porque Alfred estaba alerta de los soldados enemigos, quienes probablemente lo matarían si lo vieran.
Pronto los desechos restos del castillo aparecieron en el campo frente a ellos, y ellos treparon la última de las colinas hacia los restos de piedra.
-¿Ahora qué? – preguntó Alfred mientras se paraban frente a los remanentes de castillo. Se sentía nervioso, pero extrañamente no tan nervioso como se había sentido por la boda; pero esta vez, él sabía lo que sucedería. Si así era como Arthur iba a jugar, entonces Alfred le seguiría el juego. Todo lo que tenía que hacer ahora que estaban allí era averiguar cómo activar el encantamiento, y de alguna forma evitar que Arthur lo siguiera de regreso a su mundo. Si todo lo demás fallaba, una vez que tuviera la información podría dejar a Arthur inconsciente… Arthur no sería rival para él si lo tomaba por sorpresa… y podría irse a casa por sí mismo.
Arthur estaba desgreñado y su nuevo traje de bodas estaba rajado y arrugado ahora, aunque seguía luciendo hermoso. En algún momento durante el caos, él también había perdido su corona, y ahora se volteaba hacia Alfred. – El círculo del encantamiento debería estar aproximadamente donde estaba el primero – dijo él – Hace más fácil el regresar al lugar de donde viniste.
Alfred asintió cortamente, pero ya que el castillo estaba derrumbado y ellos habían estado en uno de los pisos superiores del castillo, lo más cerca que podían estar era el trepar simplemente a la cima de los escombros y buscar una locación aproximada. Encontraron un pálido diseño en tiza azul en la cima de uno de los trozos más grandes de escombro. El círculo del encantamiento lucía de cierto modo similar al que Yao había utilizado como escudo allí en el patio, pero mucho menos impresionante ya que no era más que un diseño en la piedra.
Le recordó a Alfred de la pelea que debía estar llevándose a cabo en el castillo. Aunque Picas y Diamantes tenían suficiente gente, Tréboles y Corazones los habían superado en número y tenían mejores y más preparados soldados. Incluso aunque había sido su plan el dejarlos desde un principio, no se sentía bien abandonando a todas aquellas personas en el castillo… especialmente ahora que se había hecho amigo de muchos de ellos.
-Deberíamos regresar – dijo Alfred, sin poder callar a su conciencia aún sabiendo que el regresar significaba una muerte casi certera para él.
-Esto es lo mejor que podemos hacer por Picas ahora – dijo Arthur, pero también parecía dolido – Mientras nosotros estemos a salvo, Picas también lo estará.
Alfred inspiró profundamente y lo dejó pasar de nuevo, recordándose que no le debía nada a aquella gente, y que en Picas no había nadie en quien pudiera confiar. Arthur lo había llevado allí para matarlo. No estaba mal que él se marchara, aunque se sintiera como lo contrario. – Tienes razón. Lo sé. – dijo - ¿Qué tenemos que hacer?
-Ambos tenemos que entrar en el círculo, y un b-beso activa el hechizo – dijo Arthur, poniéndose rojo - ¡No es mi idea, Yao tuvo que basarse en el primer encantamiento para hacernos regresarnos a tu mundo, así que tiene que hacerse con un beso! –dijo bruscamente.
Por supuesto. Alfred sintió ganas de reír. Una vez que finalmente se había decidido a escapar de Picas y abandonar un reino entero, el encantamiento le haría imposible escapar de Arthur. Parecía ser que su destino había sido sellado desde el momento en que había posado sus ojos en Arthur en aquella torre.
-¿Estás seguro de que funcionará? – preguntó él.
-Debería – respondió Arthur – Quiero decir, Yao es uno de los mejores hechiceros del reino. A pesar de que este hechizo nunca ha sido usado antes…
-¿Qué pasa si el hechizo falla? – preguntó Alfred.
-Lo más seguro es que caigamos en un sueño encantado por siempre – dijo Arthur – Si… si realmente no quieres… - dijo con su voz desvaneciéndose.
Eso ya no era una opción en este punto. Alfred podía arriesgarse a volver a su mundo o quedarse y morir aquí cuando los soldados de Corazones los hallaran. Si regresaban, o Arthur intentaría asesinarlo allí o dormirían bajo un hechizo por siempre. Sin importar qué sucediera, las cosas no tendrían un final feliz. - ¿Qué se sintió estar durmiendo por tanto tiempo? – preguntó Alfred.
Arthur lo miró. – Hubieron… muchos sueños… - dijo él – Yo nunca…
-Está bien entonces – dijo Alfred. Podía oír los ruidos en el bosque ahora… voces y pasos, lo más seguro que de los soldados que habían sido enviados a buscarlos. Lo había retrasado lo suficiente, y ahora, o despertaría y Arthur lo mataría, o dormirían por siempre.
Alfred se paró en el círculo. En cuanto lo hizo, las líneas de tiza comenzaron a brillar y el diseño completo se separó de la roca como en un espectáculo de rayos láser, enviando pequeños saltos de electricidad por su piel allí donde lo rozaba.
Arthur también se paró en el círculo luego de Alfred y se quedaron quietos por un momento, cara a cara el uno con el otro.
-Alfred – dijo Arthur, acercándose a él en el círculo, y ya que la muerte era algo seguro para él en este punto, Alfred se lo permitió, rodeando con sus brazos a Arthur. Se permitió, solo por un momento, preguntarse cómo era sostener a su reina y esposo, y a pesar de todo… su casamiento encantado, la guerra y la política, las intenciones de Arthur de matarlo… se sentía bien. – Si este hechizo falla, solo quiero que sepas, que no me importa dormir eternamente mientras sea contigo – dijo en voz baja Arthur, y Alfred se preguntó si el otro estaba siendo honesto; y decidió que por esta última vez, creería en Arthur.
Alfred deslizó su mano suavemente por la mejilla de Arthur, la lisa banda de metal del anillo de bodas brillando de azul en la luz del círculo mágico alrededor de ambos, y entonces se inclinó y besó a Arthur.
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Cuando Alfred despertó de nuevo, su corazón estaba latiendo rápido como si recién hubiera despertado de un mal sueño y se congeló por un momento, solo yaciendo quieto. Estaba recostado en algo frío y duro, y cuando abrió sus ojos, pudo ver paredes de piedra a su alrededor. Estaba en un castillo… el castillo. El mismo castillo que había sido reducido a escombros cuando Arthur y él habían sido transportados a Picas luego de que él rompiera el encantamiento del otro.
Alfred se puso derecho y estuvo sorprendido de encontrar un frío repentino a su lado, porque algo cálido había estado yaciendo a su izquierda… Arthur. Arthur estaba a su lado en la cama de piedra, aún llevando su uniforme de bodas real, pero sus ojos estaban cerrados y su respiración era constante. Estaba dormido… exactamente igual a como Alfred recordaba haberlo visto la primera vez.
Tragó mientras se ponía de pie, con cuidado de no molestar a Arthur a la vez que miraba alrededor de la habitación. Era exactamente como lo recordaba, con sus ventanas en forma de ranura y techo alto e inclinado. ¿Estaba en el lugar correcto entonces?
Alfred corrió fuera del dormitorio y por los pasillos y escaleras. Aún estaba en el segundo piso cuando escuchó el sonido de voces, y las siguió hasta el polvoriento remanente de una vieja habitación desde la que podía verse el patio. Allí, mirando por una ventana torcida, Alfred pudo ver a su clase entera de los graduados de arqueología parados en el patio del castillo, caminando hacia la salida mientras su profesor les decía algo.
Aunque Alfred había encontrado a Arthur temprano por la mañana en aquél día que ahora parecía tan lejano, parecía ser que habían pasado tan solo unas cuantas horas desde entonces, juzgando por los rayos naranjas del sol que entraban por el techo abierto del patio y las ventanas.
Miró al patio y pasó una mano por su cabello, dejando escapar un suspiro tembloroso a la vez que se apresuraba a regresar a la habitación donde Arthur seguía yaciendo dormido y tranquilo. Era esto entonces. Realmente estaba en casa, y el mundo entero de Naipes, y su reino, Picas… todo había terminado.
Se estiró para despertar a Arthur, y se detuvo justo antes de que su mano tocara el hombro del mayor. Ahora que estaban en su mundo, el trabajo de Arthur era matarlo tal y como Yao se lo había ordenado.
Arthur yacía recostado con su respiración constante, su rostro relajado y tranquilo en su sueño. En verdad era hermoso, pensó Alfred. Había pensado eso desde que había visto a Arthur la primera vez, cuando tenía tan solo diez años y no lo había conocido.
A pesar de que Arthur tuviera la intención de matar a Alfred cuando despertara; y Arthur se hallaba vulnerable ahora, dormido e indefenso, Alfred no tenía intenciones de matar a Arthur incluso si fuera a eliminar esa amenaza particular. Nunca podría matar a alguien por voluntad propia… especialmente no a Arthur, de quien Alfred sabía que no quería matarlo, sino que lo hacía por la protección de su reino y su pueblo. Estando en su mismo lugar, Alfred no estaba seguro de no haber tomado la misma decisión.
Y aunque Alfred había estado preparado para morir cuando besó a Arthur para activar el encantamiento, se le había dado otra oportunidad de escapar. Solo había una opción para él si es que no quería morir.
Alfred observó a Arthur una última vez, memorizando los rasgos del hombre que había cambiado su vida para siempre. Los huesos de sus mejillas altas, sus gruesas cejas, su recta nariz, su boca. Lo desordenado de su dorado cabello, el delgado largo de su cuello. Sus finas manos puestas juntas en su pecho, y el dorado anillo de bodas en su dedo.
Alfred suspiró, y entonces se volteó y abandonó la habitación.
Caminó por los corredores, y entonces escaleras, moviéndose más y más rápido a medida que se daba cuenta de que estaba realmente de nuevo en casa. Y se apresuró por el último tramo de escaleras hacia el patio; saliendo del castillo y sintiendo el fresco aire de Inglaterra. Su clase estaba parada cerca de la van en el estacionamiento, lista para que subieran, y el profesor y el guía detuvieron su charla cuando Alfred corrió hacia el grupo, sonriendo y saludando a la gente que no había visto en un mes.
-Bueno, señor Jones, lindo traje – dijo el Profesor Germania, levantando una ceja.
Todo el mundo se dio la vuelta para ver a Alfred.
Alfred se miró a sí mismo y se dio cuenta de que él también estaba llevando el mismo traje de bodas que había estado usando en Picas.
-Uh… seh… ¿sorpresa? – dijo débilmente, y sonrió, ganándose unas cuantas risitas tontas de parte de sus compañeros. No pensaba que nadie fuera a creerle si intentaba explicarles lo que le había sucedido, y no estaba seguro de querer intentarlo.
El profesor Germania solo negó con la cabeza. – Las bromas de la gente joven – dijo él – Bien, en nuestro camino entonces.
Alfred subió último a la camioneta, respondiendo que su inusual traje era una broma cuando sus compañeros le preguntaban al respecto. Estaba feliz de estar en casa, y quería olvidarse sobre Picas lo más pronto posible. Mientras el profesor Germania los conducía de regreso a casa, Alfred miró por la ventana para ver el viejo castillo desapareciendo más y más lejos en la distancia hasta que finalmente, doblaron por una colina y desapareció de la vista.
Él no se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración hasta que finalmente la dejó salir. Las cosas estaban volviendo a la normalidad. Arthur jamás podría encontrarlo en un lugar tan grande como este, y eventualmente debería regresar a Picas solo, sin Alfred. Eso era, si era que Arthur despertaba, porque no había garantía de ello.
Alfred inspiró profundamente y se acomodó en su asiento.
"Adiós Arthur", pensó.
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*Ya había aclarado este insulto, creo que en el capítulo II.
Tengo una pregunta: Alguien sabe cómo hacer los guiones de diálogo al inicio de un parlamento? Comienza a molestarme el que sean cortos... Thank you!
Asadasdsa, alguien más verá la ceremonia de inicio de los Juegos Olímpicos de Londres? :D
