Editado: 30/03/2011

Moon Ghost

Creo que deberíamos parar

Este juego no se supone que termine así

No me toques, no me mirés

No…

No puedo más

Voy a explotar por tu culpa

Deja de pensar y comienza a sentir

Que de aquí ya no me muevo.

|Capitulo siete: Aquí

—Creo que esto no es así —les dije y ambas me miraron con claras intenciones de matarme —. Bien. Yo no he dicho nada —me retracté encogiéndome de hombros.

—Tienes que conectar el blanco a éste terminar blanco —Ayumi rodó los ojos mientras intentaba leer el panfleto.

—Ese no es el blanco. Loca daltónica —se defendió Kikyô. Ambas se miraron con un aura creciente de combate.

—Ok. ¿Quieren algo de beber? —pregunté y ambas sonrieron enseguida. Me puse de pie y caminé a la cocina. Saqué tres vasos y vertí jugo de naranja en ellos — ¿Y bien? —le ofrecí a cada una un vaso.

—Vamos Ayumi, estoy completamente segura de que esto también se tiene que conectar —tomó un par de cables y se los enseño.

—Espera un momento. Estoy leyendo esto —respondió sin despegar sus ojos del pequeño panfleto.

—Demen un segundo —levanté la mano y ambas me miraron —. Pueden repetirme ¿Cúal es la razón de que gastara la mitad de mi dinero, para aportar en comprar un videojuego que ni siquiera pueden conectar?

—No es un simple videojuego —bufó Kikyô —. Es un Play Station 2 —me corrigió casi ofendida.

—Oh. Lo siento. ¿Cómo pude equivocarme en algo tan importante?

— ¡Ya esta! —gritó Ayumiy —. Ahora, ¿Qué juego jugaremos?

—Pues, yo compre algunos —dijo Kikyô.

—Estos son para niños menores de doce años.

— ¿Y que? Tenemos que aprender por lo básico.

—Sigo diciendo que malgaste mi dinero en esto.

—Ok, yo primero.

— ¡Hey! Ayumi eso es injusto. Yo también quiero.

—Yo paso de esto —suspiré y me puse de pie —. Voy a salir a comprar algo ¿Quieren que les traiga algo?

— ¡Ayumi!

— ¡No me jales!

—Bueno. Yo me voy.

Tomé mi billetera y sin dar más rodeos, salí de la casa. La verdad era que no se me antojaba comprar nada, simplemente quería salir y estar lo suficientemente lejos de esas dos aniñadas y olvidar el hecho de haber gastado dinero innecesario.

Era sábado y lo único que quería era descansar. Pero incluso antes de poder levantarme de la cama, Ayumi y Kikyô ya estaban sobre mí. ¿Y que era lo peor de todo? Extrañaba terriblemente a InuYasha. Y era extraño, normalmente cuando alguien pasa mucho tiempo con cierta persona, terminas por cansarte de ella, pero en mi caso era todo lo contrario, yo me había acostumbrado tanto a su compañía que cuando no la tenía, le extrañaba mil.

Y una idea curso mi mente. No tardaría tanto como para que mis amigas se preocuparan por mí, pero estaban tan abstraídas en su "mundo" que yo tenía algo de tiempo. Así que, por primea vez fuera de mi imaginación, crucé la calle y me planté frente a la vieja puerta de madera. ¿Debería tocar o simplemente entrar con la llave extra que estaba guardada en mi bolsillo? Porque, desde el pequeño préstamo de su auto, no me da otra llave que no sea la de su casa diciendo "No puedes escaparte con ella"

Así que sintiendo un lado malvado de mí que no conocía, entre sin tocar dispuesta a pillar al siempre sereno InuYasha en algo vergonzoso.

Apenas entre recordé las palabras de InuYasha: Se ve peor por fuera, que por dentro, y era verdad. La vista sucia y tenebrosa que aparentaba por fuera esa casa, no daba mucho crédito a lo que estaba dentro. Estaba limpio y casi ordenado, además, no se veía ninguna pared apunto de caer. Eso si, faltaba una buena pintada y un par de cortinas. Pero estaba pasable.

— ¿Debería llamar a la policía? —yo palidecí. Atrapada incluso antes de comenzar.

—Hola, InuYasha —saludé forzando una sonrisa.

—Pensé que dijiste que nunca entrarías aquí —paso junto a mí –a una distancia prudente- y fue directo a la nevera para sacar una lata de cerveza.

—Dije que no entraría aquí si había ratas. Pero no las hay ¿Verdad?

—Verdad —me confirmó y yo suspiré tranquila.

Nos sumimos en un pequeño silencio.

— ¿Y tus amigas?

—Están intentando aprender a jugar una cosa donde derroché mi dinero —rodee los ojos —, me escapé justo en el momento en que se estabas jalando los cabellos una a la otra.

—Si me dejas decirte que…-

—Lo sé, lo sé —bufé —, no sabes elegir amigos ¿Verdad? Pues, son ellos o nadie —me encogí de hombros —. Normalmente repelo a la gente, ya sabes. La rara.

—No eres rara —me regañó como tantas veces en el pasado.

—Dices eso porque no eres más raro que yo en esto —soltó una carcajada.

—Sí, tienes razón —se rascó la cabeza y yo por primera vez me dí cuenta de su cabello mojado. Debe de haber acabado de tomar un baño —. Y… ¿Qué quieres hacer?

—Pues, no sé… ¿Por qué no me muestras tu habitación? —le pregunté directa. Yo tenía mucha curiosidad por saber como seria la habitación de un hombre lobo.

— ¿Qué tal si te muestro el sótano, mejor? —parecía nervioso. Yo parpadee.

— ¿Por qué?

—Ahí muchas cosas antiguas ahí. Te gustaran de seguro.

—Bien, iré al sótano —él sonrío y yo también lo hice —. Pero primero iré a tu habitación.

No tuve tiempo de ver su cara de desencajo cuando corrí por el pasillo y atravesé el living. Agradecía el hecho de que todas esas casas tuvieran casi el mismo modelo. Y agradecía aun más que InuYasha no se pudiera acercar a mí como para detenerme.

Abrí la primera puerta encontrándome con algo así como un mini estudio, bastante desordena y papeles por todas partes. Bien, esa era una faceta de intelectual que yo no conocía de InuYasha. Cerré la puerta dispuesta a ir por la próxima, pero me encontré con la mirada muy podadora de InuYasha que estaba cruzado de brazos frente a la puerta.

—Aparta —le dije, procurando quedar a una distancia prudente.

—Te lo digo. No ahí nada interesante aquí.

—Y es exactamente nada lo que estas ocultando ¿Verdad? —yo también me cruce de brazos.

—No oculto nada —rezongó y yo bufé por lo bajo. Cada vez que lo repetía, yo me lo creía menos.

—Tú has estado en mi habitación un millón de veces.

—Es distinto.

— ¿En que sentido se supone que es distinto?

—En el que yo no estoy ahí por voluntad propia. Es una forma de protegerte.

—Puedes protegerme perfectamente desde el living.

— ¿Y que tal si entran por la ventana?

Nos miramos detenidamente a los ojos. Claramente, ninguno era más testarudo que el otro y sabíamos perfectamente que el otro no se iba a dar por vencidos. Así que, ocupando la misma táctica que siempre ocupaba cuando le pedía un favor a Gabriel, me encogí de hombros y dejé caer un poco la cabeza.

— ¿Por favor? —pregunté tan bajito que no me sorprendería que alguien normal no me escuchara, pero confiaba ciegamente en sus sentidos subdesarrollados.

Entrecerró los ojos confundido por mí comportamiento. Tardo tanto tiempo en responder que mi cuello se estaba acalambrando de tanto sostener mi cabeza ladeada.

— ¿Qué hay de interesante en mi habitación, Kagome? —preguntó entrecerrando los ojos y elevando la manzana. Me sentí cohibida –nuevamente- por sus ojos.

—Nada, solo… tengo curiosidad —fruncí los labios —. No sé que hay de malo con eso.

—Bien, pasa —suspiró resignado. Yo pegué un brinco.

— ¿Qué?

—Que está bien. Pasa.

— ¿Lo dices en serio?

—Sí.

— ¿Seguro?

—Uno, dos…

— ¡Ok, ok! Ya entro —sonreí pasando a su lado.

Estaba totalmente preparada para ver cosas rotas, cabezas de muertos y quizá, grandes papeles de mujeres desnudas en las paredes. Pero lo que simplemente vi fue una habitación como si un tornado hubiera pasado por ahí.

— ¿Es todo? —pregunté decepcionada. Mis hombros se bajaron como las orejas de un perro.

— ¿Todo? —voltee a verle —. Un momento. ¿Qué esperabas ver?

—Algo… interesante —fruncí el ceño, mirando nuevamente su habitación —. Por lo menos me esperaba encontrar algunas revistas tiradas por ahí de mujeres en bikini pero… ¡Simplemente es un desorden!

—Oh, por Díos —le miré de reojo. Apretaba sus labios en un intento de no soltar una sonora carcajada. Enarqué la ceja —. Bien. Discúlpame por no ser un pervertido sexual. La próxima vez que vengas, me cercioraré de comprar algunas de esas revistas y regarlas por ahí.

—Que no se te olvide ¿Bien? —sonreí y miré por primera vez detenidamente su habitación. La cama estaba completamente desecha con las sabanas azules hechas novillos en la parte de los pies. Había ropa tirada por toda parte, una guitarra con todas las cuerdas rotas –cosa extraña- y lo que más me causo gracia, fue ver los boxers arrumados en una esquina —.Interesante —sonreí de lado — ¿Me explicas lo de la guitarra? —me giré a verle.

—Oh, eso —se rascó la punta de la nariz —. Fue un intento de aprender. Pero veras, no controlé mi fuerza y… tú entiendes.

—Bien y… ¿Hace cuento que no lavas?

—Un buen rato. Y creo que… —pasó junto a mí –a una distancia prudente- y comenzó a patear la ropa del suelo —. No me quedan calcetines.

—Oh —por primera vez, me dí cuenta de sus pies descalzos —. Tienes unos enormes pies ¿Sabias?

—Mis pies están bien. Los tuyos son los pequeños.

—No quiero discutir por el tamaño de nuestros pies —ladee la cabeza mirándolo. Una pequeña pestaña en su mejilla me llamo la atención y avancé hacía él.

— ¿Qué haces? —me preguntó retrocediendo un paso. No me detuve y alargué su mano a su cara.

—No te muevas —le dije casi rozando su mejilla. Se aparto tan rápido que casi caigo de bruces al suelo. Lo busqué instintivamente en la habitación, encontrándolo apegado a la pared.

— ¿Qué querías hacer, precisamente? —me preguntó a un grado de curioso y nervioso. Me encogí de hombros indiferente y me mordí el labio.

—Solo una pestaña —dije y volví a acercarme. Ésta vez, él no tenía lugar donde retroceder, ya que solo se había encarcelado entre la pared y yo. Me acerqué a la paso rápido y se tenso cuando mi mano tocó su mejilla. Retiré la pestaña y retorcí un paso —. Ya está. Eso era todo, ¿No era tan terrible, verdad? —sonreí y relajó sus hombros —, Ah, que no te causé ningún dolor de cabeza.

—Ninguno —me confirmó y yo me alegré por ello.

Y entonces me recorde de algo.

Aquella tarde en el local de comida china, ¿Qué era exactamente lo que había pasado? Si recordaba paso a paso, no había nada que hubiera ocasionado eso. Quizá, sin darse cuenta, ya estaba comenzando a controlar más mi poder. Pero, ¿Por qué, exactamente, en ese momento? Con InuYasha tan cerca no podía pensar con claridad, solo no quería lastimarlo. Simplemente eso…

¡Oh, eso era!

— ¡InuYasha! —le grité y el me miró interrogante.

Me acerqué tan rápido que se pego aún más a la pared. Puse mis manos sobre su pecho y cerré los ojos.

—Y ahora, exactamente ¿Qué estas haciendo? —me preguntó.

—Confía, solo compruebo algo —abrí los ojos y busque algo que él pudiera leer. Encontré un libro sobre su mesita junto a la cama. Se lo di —. Lee esto mientras. Lo prometo, será un momento.

—Pero…-

Volví a cerrar los ojos, lo haría rápido para no causar tanto dolor en él.

Lo primero; era escuchar sus pensamientos.

|Haz de ti lo que te parezca. Yo no te lo ordenaré, y si más tarde lo haces por propia voluntad, eso será de mi agrado.

InuYasha se movió incomodo. Tuve la primera necesidad de retroceder ante su dolor, pero eso no llevaría a nada. Tenía que comprobar que era lo que había pasado en ese momento.

|A él, yo le sepultaré; si hago esto, bello me será morir.

Me mordí el labio concentrándome en el cuerpo rígido de InuYasha y en su corazón bombeando a mil por hora bajo mi mano. No quería hacerle esto, realmente no quería lastimarlo. Me lastimaría yo misma al hacerlo.

|Amada yaceré con él, con el amado, después de cumplir con todos los deberes pia…

Detuve la respiración por un momento y puse más atención. Estaba hecho, prácticamente no podía escuchar nada además de mi respiración y la de InuYasha. Quise saltar de la emoción, al fin había encontrado la razón para controlarme por completo.

|…Pero tú, si te parece, haz desprecio de lo que más estimación tienen los dioses.

Oh bien, ahora sabía que tendría que estar concentrada hasta que lo manejara de mejor manera.

—Aparta —abrí los ojos ante la voz tan baja pero fuerte que InuYasha empleó en esa palabra. Mi sangre se congeló en mis venas cuando miré sus ojos azules. Tan profundos y expresando algo que yo no podía entender. Su cuadrado rostro estaba contraído como si se estuviera conteniendo con todas sus fuerzas hacer algo —. Aparta, Kagome —me volvió a decir.

—Lo siento —me despulpé y rápidamente retrocedí nuevamente.

Atravesó la habitación y se sentó en la cama dejando caer su cabeza entre sus manos. Me sentí terriblemente culpable, ¿Qué tan grande era el dolor de cabeza que tenía en estos momentos, por mi culpa? Quise acercarme a él, pero ni siquiera terminaba de levantar el pies cuando habló.

—No te acerques —me puse rígida y el miedo me invadió, ¿Ahora me odiaba?

—Oh, InuYasha —mi voz se quebró —. Lo siento tanto… yo, —dí un paso hacia él.

—Que no te acerques —su voz sonaba casi en agonía —. Estas demasiado cerca como para controlarme. Vete de aquí y si tienes suerte, no iré por ti.

Lo más lógico hubiera sido chillar horrorizada y correr, correr tan rápido como si la muerte te persiguiera. Pero solo atiné a quedarme de pie, mareada y con ganas de vomitar. Ahora me odiaba y yo… yo solo quería tirarme al suelo y llorar.

Retrocedí, lento y sin hacer ruido. Sentía mis pies ligeros y me preguntaba en que momento emprendería vuelo, muy lejos de todas esas ganas de llorar que estaba sintiendo. No supe cuando llegué a mi casa y tanto Kikyô como Ayumi me miraron extrañadas.

— ¿No compraste nada? —Me preguntó Ayumi. Solo pude negar con la cabeza.

— ¿Pasó algo? —preguntó la otra. Nuevamente moví la cabeza en negativa — ¿Segura?

—Me duele la cabeza.

—Oh, bien. Será mejor que nos vallamos.

—Nos vemos otro día Kagome.

—Vayan con cuidado.

Me tiré sobre mi cama boca abajo. ¿Qué debería hacer ahora? ¿Disculparme? Seria lo mejor. Pero no ahora, no cuando el quería matarme. Mejor, esperaría hasta mañana, en el trabajo. Cuando los ánimos se mejoraran y yo no me sintieran tan mal seria el momento preciso para hablar y perdonar.

Me mordí el labio y me moví incomoda en la cama. Mi pecho me ardía de sobre manera y me preguntaba si quizá hubiera pescado un resfriado. Pero yo sabía que no era cierto. Yo sabía perfectamente que el ardor en mi pecho no era producto de un resfriado.

Quería verlo, aquí y ahora. Quería verlo con tantas ganas que me ocasionaba el dolor en el pecho. Pero no podía, esta muy asustada.

No quería que me odiara.

No quise comer esa tarde ante la mirada preocupada de mi madre. Y ya a la hora de la cena, por mas deprimida que estuviera, mi estomago necesitaba aunque fuera una pequeña porción de comida, que yo rellené con unas tostadas y fruta picada en pequeños cuadritos.

Me fui temprano a la cama. Necesitaba estar lo más compuesta posible si al otro día quería encarar a InuYasha. Sin embargo, el sueño llego solo unas dos horas antes de que sonara mi despertador. Así que me desperté con una cara de muerto que hubiera aterrado a cualquiera.

Me levanté, bañé y crucé desnuda el pasillo. Comí lo primero que tuve a la mano y me encontré deseando con una baga esperanza de que al abrir la puerta, me encontrara con el auto de InuYasha. Y él, como siempre, cruzado de brazos y apoyado en el auto, me sonreiría y todo seguiría como siempre debió ser. Yo volvería a ser feliz si eso sucedía.

Me detuve en seco. Ahora entendía el por qué el dolor en el pecho y esas ganas de llorar. Estaba triste porque no estaba con InuYasha. Porque, sin saberlo, yo era feliz junto a él. Quizá más feliz de lo que fui en toda mi vida.

Lo necesitaba más de lo que alguna vez necesité a alguien.

Caminé a paso firme y rápido, mientras más rápido llegara al trabajo. Más pronto podría ver a InuYasha. Pero, como si ya no me sintiera terriblemente fatal, InuYasha no se presentó ese día.

Mis rodillas se volvieron débiles y mis brazos perdieron fuerza alguna. Me sentí extraña y sobre todo, sola. Por primera vez estaba sintiendo lo que era la soledad, y hubiera dado cualquier cosa para que Gabriel llenara ese dolorido vacío, pero aunque me hablara, nada cambiaba. Él no era a quien yo quería.

Durante toda la mañana y la tarde, me forcé mental y físicamente en no caer al suelo. Quizá estaba exagerando, pero cada vez que pensaba en que InuYasha me odiaba, mi estomago se revolvía e imaginarias lagrimas querían salir de mis ojos. Y por fin pude salir del trabajo. Inhalé profundo y solté un fuerte suspiro.

Yo no podría aguantar un día más sin verlo.

Caminé casi en el límite de correr. Esas extrañas ansias que, jamás en mi muy loca vida había experimentado, quemaban mi estomago y mi pecho de una manera picante y muy molesta. A cada paso, miraba mi pequeño reloj, que días atrás me había regalo mi madre. Sus pequeñas manecillas se movían tan lentamente que me hacían pensar que, quizá, el reloj estaba roto, y si no era ese el caso, ¿Por qué el tiempo transcurría tan lento?

Llegué a su casa con la idea y el cansancio de haber atravesado algún desierto de millones de kilómetros. Inhalé y exhalé intentando encontrar algo de valor en el aire.

Saqué la llave de mi bolsillo y abrí la puerta. Quizá lo mejor hubiera sido tocar y esperar pacientemente a que él viniera y me abriera, pero siempre estaba esa duda dolorosa de que al hacerlo, me ignoraría y no abriría la puerta. Así que ignorando el dolor de aquel pensamiento, junté todas mis fuerzas en abrir esa vieja puerta. Un paso adentro y todo mi valor se fue por las bruces.

Ahí estaba, de pie. A quien sabe cuantos metros —a mi pesar— lejos de mí, con el cabello desordenadamente peinado hacia atrás y un pan a medio comer en su boca. Me mordí el labio incomoda y, quizá, avergonzada de verle sin camisa.

Apreté los puños y junté valor.

—Hola —le saludé y me regañé mentalmente por eso. Yo no estaba ahí para saludar, yo estaba para dar explicaciones y, si no era mucho pedir, ser perdonada.

— ¿Pasa algo? —me miró curioso. Por un momento creí que su voz era suave y amable. Pero quizá fue producto de m imaginación —. He, di algo —no. No era producto de mi imaginación. Su voz era como la de siempre, no era la voz áspera y casi aterradora con la que me habló ayer. Tuve la leve esperanza de que todo hubiera sido una pesadilla —. Dime que rayos te pasa, Kagome —me reclamó. Yo gimoteé bajo. Una extraña alegría me estaba llenando más de lo que mi pequeño y delgado cuerpo podía soportar.

No supe cuando, ni como, pero mis pies cobraron vida propia y me acercaban a InuYasha. Pero, justo en el momento en el que estaba preparada para envolverlo en un abrazo fuerte, se alejó. Un vacío recorrió mi cuerpo y una corriente helada sopló en mis brazos casi extendidos. La pesadilla que quería olvidar no se olvidaría, porque daba el caso, que no había sido un sueño. Y si bien InuYasha demostró no odiarme, si me repelía como si yo fuera algo malo, raro y aterrador.

Sentí ganas de llorar nuevamente.

—InuYasha, por favor. Déjame explicarte que sucedió ayer —le supliqué y el me miró de una manera que no entendí.

— ¿Qué? —me preguntó dudoso. Yo tragué saliva.

—Solo estaba comprobando algo. Y funciono, pero te dañe por mi egoísmo. Lo siento, no quiero que te alejes de mí por eso. Te quiero junto a mí, InuYasha. Por favor.

Ambos guardamos silencio. La habitación quedo metida de pronto en un silencio de muertos. InuYasha ladeó la cabeza y me miró casi con preocupación. Pareciera como si fuera él el que se sentía culpable y no yo. Eso me hizo sentir aun peor. Pero me quede callada, esperando alguna respuesta de su parte ante mi muy extraña explicación.

—Tú piensas —comenzó y le miré atenta — que mi comportamiento de ayer, ¿fue por el dolor de cabeza que me causaste? —me preguntó casi dudoso y yo solo atiné a asentir confundida —. Kagome, Kagome… —movió la cabeza de un lado al otro, repitiendo mí nombre como si yo hubiera cometido alguna travesura de niño. Me moví incomoda en mi lugar.

—Es por eso… Tiene que ser por eso, por qué si no, ¿Qué otra razón? ¿Cometí otra imprudencia que no tomé en cuenta? —le pregunté.

—Cometiste una imprudencia, sí. Pero esta muy alejada de lo que tu mente culpadita pueda imaginar. Y si analizo el caso, fue mi culpa, no tuya. Así que no me hagas sentir más culpable, culpándote a ti.

—Un momento, espera. Retrocedamos un momento ¿Bien? En algún lugar de todo esto me he quedado pegada, y ahora no entiendo —le miré — ¿No me odias por causarte un dolor de cabeza ni nada por el estilo?

—Exactamente.

—Oh, gracias a Díos —suspiré y relajé los hombros —. Entonces, ¿Por qué ayer me amenazaste de muerte?

— ¿Qué yo qué? —me preguntó casi ofendido —. Jamás. Y escucha bien, jamás te podría amenazar de muerte.

— ¿No? Y entonces que significa 'Estas demasiado cerca como para controlarme. Vete a casa, y si tienes suerte, no iré por ti' A mí eso me suena como 'Reza para que no te mate'

—Por Díos, Kagome. ¿Crees que soy un monstruo? —yo abrí la boca para decirle algo, pero el prosiguió —. No me contestes. Pero te lo dije, nunca jamás te amenazaría de muerte, primero muerto que eso —hizo una pausa —. Y creo que distorsionaste mis palabras de una manera tan… insólita, que llegaste a una conclusión tan lejana a la realidad que me hace gracia.

—Bien, entonces. ¿Qué era lo que realmente significaban tus palabras? ¿Qué era realmente ese significado que yo distorsione de una manera tan insólita? —esperé quizá algunos minutos. Pero InuYasha no contesto a mi pregunta, al contrario, simplemente miraba para todo lado distraído. Como si yo no hubiera preguntado nada — ¿Y bien?

— ¿Tienes hambre? —cambio mi tema tan drásticamente, que quise golpearlo.

— ¿Por qué me cambias el tema?

—Oh, rayos. Que hambre tengo —y a una velocidad casi invisible, desapareció de mi vista.

— ¡InuYasha! —grité y me encaminé a la cocina, donde, en cualquier otra situación, me hubiera divertido la idea de verlo zambullirse una banana completa en cuestión de segundos —.Si no lo notaste hace algunos segundos, estábamos discutiendo de algo importante.

—Tienes razón. No lo recuerdo.

Bufé y rodeé los ojos. ¿Estaba tratando de hacerme enojar o algo por el estilo? Inhalé y exhalé con calma. Di un paso, mucho más segura de mi misma que hace algunos minutos, muy dispuesta a quedar lo bastante cerca de el como para poder tener un conversación seria. Pero, nuevamente y muy a mi pesar, volvió a retroceder.

Algo nuevamente se rompió dentro de mí y el ardor en mi pecho y las ganas de llorar volvieron de golpe.

— ¿Qué pasa ahora? ¿Qué no era que no me odiabas? ¿Por qué te alejas de mí?

—Kagome, por la salud mental de ambos, mejor mantener la distancia.

— ¡No quiero! —grité sin darme cuenta del volumen de mí voz. Pero así era como me sentía, ¿Quería distancia? Si ahora, los pocos metros que nos dividían, eran una muy lenta tortura — ¿Entonces sí hice algo mal? Si lo hice, no me hagas creer que no fue así. Si luego tú no actúas como si me hubieras perdonado —inhalé profundo —. Y si lo que te perturba es el hecho de que te causare un dolor de cabeza. Puedo controlarlo, en parte, pero puedo.

— ¿Qué? —arqueó una ceja —. Explícate mejor.

—Pues, ya puedo manejar esto por completo, es decir, puedo dejar de leer los pensamientos de las personas que están a centímetros de mí. No esta totalmente perfeccionado, no he tenido la oportunidad de probarlo muchas veces, pero funciona, lo comprobé ayer en tu habitación.

—Realmente, eres muy rápida —ladeó la cabeza —. Tanto que puede llegar a asustar. Tendré que investigar de esto.

—Bien, hazlo. Si eso permite que no me repelas, esta bien. Investiga cuanto quieras, que yo puedo esperar.

—Mira. Aclaremos un punto que creo haber aclarado hace un momento, pero escuchándote, creo que no haz entendido. No estoy molesto por lo de ayer, y por lo tanto no te repelo por ello. Y bien, tampoco te repelo. No se de donde sacas tantas ideas.

—Tú metes ideas en mi cabeza. Y déjame decirte algo, joven aclarador. El hecho de que no me dejes acercarme ti, y que te alejes cada vez que intento dar un paso me deja muy poco que pensar sobre si me quieres o no cerca de ti.

— ¿Podemos dejar esto aquí? ¿Por favor? —hizo un vaivén con la mano —. Mejor, explícame eso de que ya puedes controlarlo. ¿Cómo pudiste? ¿En que momento? ¿Hace mucho, poco?

—Pues, unas semanas. En el restaurante chino —me encogí de hombros ante el recuerdo —Cuando nos escondíamos de mi mamá.

—Oh, bien —recogió los hombros de la misma manera que yo —. Prosigue.

—Y pues, bien. Pasó. Simplemente.

— ¿Así? ¿De la nada?

—Sí. Estaba pensando en muchas cosas y luego ¡Plash! No escuche nada. Ni a mi madre, ni a los cocineros, ni… a ti —me mordí el labio. ¿Debería decirle que todo era por mi gran deseo de no hacerle daño?

—Pudo haber sido tu imaginación.

—También lo pensé, pero luego, pasó en tu habitación. Fue en un corto tiempo, pero también lo logré.

—Sí, creo recordar vagamente un momento de relajo. Pequeño, pero notorio.

— ¿Lo ves? —le pregunté —. Pero, si aún dudas. Puedo volver a probártelo —sin darle tiempo de responder, prácticamente me abalancé sobre él —. Necesito concentrarme un poco. Siempre es así en un comienzo, pero pasara luego de algunos días o semanas. Siempre pasa —alargué mis manos hasta tomar sus tibias mejillas.

—Kagome, yo no creo que esto…

—Por favor. Si no funciona, me alejaré enseguida —rogué.

—Bien. Pero, ¿Es relativamente importante el contacto físico?

—Yo… —fruncí el ceño confundida, ¿Lo era? Pues, todo tendía a decir que no. No era necesario. ¿Entonces por que lo hacía? —. No. No es necesario… —bajé lentamente mis brazos hasta dejarlos colgados a cada lado de mi cuerpo.

—Pero si te resulta más cómodo yo…

—No. Está bien. Si ni siquiera sé por qué tiendo a tocarte sin razón.

—Ya lo averiguaras.

—Por ahora, lo único que quiero que averigües, es esto —cerré los ojos y me mordí el labio inferior.

Rápidamente, la habitación quedo en silencio. Solo los sonidos naturales de nuestros cuerpos y su mente, que no paraba de decirme que no estaba seguro de que aquello era buena idea, era lo que se escuchaba. Lo ignoré.

Me concentré, y ante todo mi asombro, fue mucho más fácil que la última vez. ¿Se debería al hecho de haber pensado que realmente le había lastimado? Quizá, alguna parte de mi cerebro quedo con un grabe trauma de ello, y por lo tanto, se me hace mucho más fácil ahora.

Pero no era el momento de pensar en eso, quería concentrarme en escuchar y sentir, por primera vez, el silencio absoluto.

Podía escuchar tanto su respiración como la mía en aquel silencio ameno, libre de murmullos molestos. Y, aunque muy leve, podía escuchar los latidos de su desenfrenado corazón. Lo único que pude pensar en ese momento fue que, ese simple sonido, era el más hermoso que había escuchado en mi vida. Me acerqué, acortando la distancia completamente entre nosotros, y, aún con los brazos colgando a cada lado de mi cuerpo, me incline y tiernamente repose mi mejilla en su pecho y mi oreja en la zona de su corazón. Si antes me pareció hermoso, ahora no podía describirlo.

En ese momento me sentí completamente extraña, ajena a lo que fuera, incluso de mi propio cuerpo, pero jamás ajena a él. Una extraña sensación se expandió por todo mi estomago dándome pequeños cosquilleos y enterrando profundamente el ardor en mi pecho bajo cinco llaves. Todo el dolor y la tristeza se me hacia tan ajeno y lejano. Yo estaba feliz. Exactamente donde estaba paraba podía decir sinceramente que yo realmente era feliz.

Y entonces, lo sentí. Por primera vez tan cerca de mí, que incluso quemaba.

Me sorprendió el hecho de que no me partiera por la mitad cuando sus brazos me envolvieron. Siempre tuvimos esa discusión de que él era muy grande y yo, muy pequeña. Pero ahora, en la situación en la que me encontraba, comprendí que nuestros cuerpos estaban hechos de esa manera para, simplemente, acoplarse a la perfección al otro. Yo cabía perfectamente en las cuatro paredes en las que el me encerraba. Y él podía aprisionarme de una forma perfecta.

Levanté mis brazos y los coloque a través de su cintura como dos fuertes fierros que no se volverían a mover. Y entonces tomé en cuenta el latido de mi propio corazón, que si no fuera porque palpitaba tan fuerte sobre mi pecho jamás lo hubiera notado. Pero, lo que verdaderamente más me sorprendió, fue el hecho de que, tanto su corazón como el mío, no dejaban tiempo para el silencio. Cada vez que su corazón palpitaba, el mío lo hacia rellenando esa pequeña instancia entre palpitación y palpitación. Era como una melodía que nunca acababa.

— ¿Lo ves? —le susurré completamente segura de que el me oiría —. Sí funciona.

—Ya lo veo —me contestó. Y sus brazos se cerraron más fuertes a mí alrededor —. Bien hecho.

Y como lo sentí esos dos días, quise llorar nuevamente. Pero no de amargura, sino de felicidad. Ahora, aunque malos recuerdos, valoraba cada momento desde la discusión en su habitación el día anterior. Porque si aquello no hubiera sucedido, aquí y ahora, nosotros no estarías parados donde estamos, ni sujetando tan celosamente a quien tenemos.

Yo soy feliz.

Aquí soy feliz.