¡YO NO SOY EL DUEÑO DE LOS PERSONAJES DE HOTEL TRANSYLVANIA! A EXCEPCIÓN DE LOS OC'S
Sin más que agregar los dejo con el capítulo.
Agradecimientos.
Byakko Yugure: gracias por tu review. Bueno, con respecto al misterio de Nate lo descubriras en el poximo capítulo; con lo del lobo Traidor, pues, en el próximo también :v. Bueno, con lo demás, pues... ya te lo dije por MP, pero en qué usó Karou tantos dones me lo reservo para dentro de unos capítulos, solo te digo que fue en algo :v. Y pues, me alegra que disfrutes y me contenta más todavía que pegues los versos con esa facilidad. Gracias por leer
TheyTookMyUsername: gracias por tu review. Me alegra que te guste, y en cuanto a la espera bueno, hago lo que puedo u.u ¡Compréndeme!, y si no puedes, ¡Demandame! Ok no :v. Oh, y te sorprenderás, eso te lo garantizo :v Y con respecto a Martha y los dos pequeños, pues, más adelante, campeón, más adelante xD. Gracias por leer.
Algebra12: gracias por tu review. En cuanto a la duda, técnicamente el último vampiro es Él, ya que Dennis es mestizo y me alegra que te vaya gustado xD. Y no te preocupes por el internet, con tal que lo leas cuando puedas y lo disfrutes , todo bien. Gracias por leer.
VII
Rizos de fresa
Aprovechando que Winnie aun conservaba la capa y vestía el uniforme de Muspel, entrar al pueblo fue sencillo. Incluso cuando le había propuesto la idea a ella se mostró escéptica porque la probabilidad de que funcionara era baja y sin embargo, allí estaban, entrando a Transilvania usando el pasaje para los comerciantes.
El pueblo, partiendo de la plaza central, se dividía en cuatro caminos, como una cruz griega o un signo de más, cada uno de esos caminos principales desembocaban en un bosque, y eran usados, en su mayoría, por los miembros de Muspel. Además de esos caminos estaban los de los mercaderes que, tomando la plaza central como referencia, formaban otros cuatro caminos; solo que esta vez formaban una equis. De modo que si superponían los caminos de los mercaderes y los usados por los miembros de Muspel se obtenían la forma de un asterisco.
Ellos se internaron por el camino de los mercaderes situado al noreste, en el cual, aun faltando poco para las cuatro de la madrugada (según Winnie), los primeros distribuidores empezaban a llegar en sus carretas.
Ninguno de los escasos habitantes que había reparaba en ellos al pasar. Algo que de joven le había intrigado a Dennis era que, de la población total del pueblo, un veinte por ciento de los habitantes se unían a Muspel. Y sumado a que cuando los miembros salían, siempre volvían en su mayoría con heridas, ver dos más (uno con la capucha alzada y otro con la chaqueta cubierta de sangre) no representaba nada importante.
Cuando lograron entrar sin despertar sospecha alguna, se desviaron por los callejones que conectaban los caminos principales, que a Dennis de pequeño le recordaban la forma de una telaraña, y en silencio se dirigieron al edificio que era el cuartel. A diferencia de la arena y la torre donde tenían a Wina, ubicadas en el noroeste, el cuartel de los Aprendices y Cazadores se hallaban al noreste.
Luego de unos minutos de caminata llegaron a dos edificios contiguos, cuadrados y de ladrillos grises; eran iguales, solo por la diferencia de que uno tenía tres pisos y el otro solo dos.
—¿Cual? —le preguntó Winnie en un susurro.
—El de la derecha —musitó Dennis—. El de dos pisos es el de los Cazadores. —Señaló una ventana abierta—. Por ahí.
—¿Esa da a tu cuarto?
—No es el mío el que estoy buscando —dijo con una sonrisa traviesa—, sino el de Tiana.
Con el sigilo de sombras entraron por la ventana al cuarto de su hermana. En la estancia no había mucho: una cama, dos armarios de dos metros de alto por uno de ancho en los que Dennis sabía que uno era para la ropa y otro para sus armas, y una mesa junto a la cama tenía varios libros sobre monstruos.
Ambos se dieron una mirada y cada uno se fue hacia un armario. Al abrirlos, las puertas de estos chirriaron un poco. El que abrió Dennis era el de las armas, había de todo tipo: cimitarras, espadas cortas y largas, látigos con recubrimiento de distintos materiales para distintos monstruos, chakrams, cuchillos, arcos y flechas de distintos tipos, lanzas, escudos y demás. Alcanzó a tomar un arco de roble y echárselo al hombro cuando la puerta de la habitación sonó.
Sabía que disponía de segundos; un minuto a lo mucho. Segundos en que la puerta siempre se atascaba. Antes de que pudiera siquiera hacer algo Winnie tiró de él y lo metió en el armario, para luego entrar ella y cerrar la puerta.
Apenas tenían espacio para ambos y un extremo del arco se le clavaba en la espalda a Dennis, como si de un puñal se tratase.
—Deja me acomodo un poco —susurró moviéndose.
—Quieto —lo reprendió ella, también en susurros.
—Pero el arco…
—Serás… Pon tus manos en mi cintura.
—¿Qué? —La pregunta le salió más como un chillido nervioso.
—¡Solo hazlo!
Nervioso, Dennis le pasó las manos por la cintura al mismo tiempo que ella se pegaba más a él y le recorría la espalda en una especie de extraño abrazo, acomodándole el arco. La puerta chirrió al abrirse y al cerrarse; Tiana entró.
—¿Mejor? —le preguntó Winnie, alzando la mirada.
Dennis asintió sin decir palabra, embobado por el aroma y los ojos de ella, que lo atrapaban. Estaban tan cerca que logró percatarse que, además de azules, los ojos de Winnie, muy cerca de la pupila, tenían pequeños puntitos amarillos, casi dorados; era tan minúsculos que incluso a esa distancia tan cercana apenas se notaban. Winnie bajó los brazos, reposándolos en la cintura de él.
Por un momento no hubo armario, no hubo cuartel, ni tiempo, ni nada. Solo eran él y Winnie; y mientras más la miraba más le saltaba el pecho.
Fue en ese momento tan extrañamente intimo que Dennis comprendió por fin el por qué de su inicial curiosidad hacia Winnie; claro, fue curiosidad, también intriga, y ahora, que no podía negarlo, atracción. Ella era hermosa.
Retiró una mano de su cintura y le rozó la mejilla a la loba.
—Winnie…
La puerta de armario se abrió.
Dennis retiró la mirada de la loba y cuando la posó en Tiana pudo ver las expresiones que le surcaban el rostro: sorpresa, incredulidad, confusión, para terminar en seriedad. Cuando ella llevó su mano a un cuchillo de plata que tenía en su funda, Winnie se movió como una exhalación y, con el sigilo de una sombra, le cubrió la boca a Tiana con una pata y con la otra le quitó el cuchillo. Se oyó el tintineo del arma al caer al suelo a la vez que el siseo de la quemadura de plata en Winnie. Después de un forcejeo silencioso, la licantropa tumbó a la chica en la cama y, sentada a horcadas sobre ella, la tenía inmovilizada.
Por alguna razón Dennis sonrió. Además de hermosa, Winnie era ruda. Salió del armario y se colocó a su lado; Tiana lo veía con un claro mensaje: «Una mujer lobo. ¡Mátala y ayúdame!»
—Esto no formaba parte del plan —dijo Dennis rascándose la nuca, incómodo e indeciso sobre qué hacer. Si no le explicaba a Tiana la situación podía dar la alarma y eso sería perjudicial. Suspiró y optó por confiar en ella—. Tiana, Winnie. Winnie, Tiana. —Ella seguía revolviéndose—. Es una amiga, Ti, no te hará daño.
—Eso depende —dijo Winnie.
Él se acercó a Tiana y con una mirada firme y algo suplicante le pidió, silenciosamente, que confiara. Ella resopló por la nariz, molesta, mientras seguía revolviéndose. Tortuosos segundos después se dio cuenta de que no podría librarse y, resignada, asintió. Con una seña de la cabeza Dennis le indicó a Winnie que la soltara; y a regañadientes, aunque no sin mostrarle sus garras de forma amenazante, lo hizo.
Una vez sin la loba encima, Tiana se sentó en la cama y cruzó sus brazos a nivel del pecho, pidiéndole a Dennis una explicación.
—Empieza —exigió; sus ojos miel refulgían de furia— y más vale que sea buena.
Winnie se colocó a su lado y Dennis resistió el impulso de tomarle la pata, no sabía de qué manera reaccionaría Tiana. Suspiró. Contarle a ella lo sucedido no iba a ser fácil, ¿y que lo entendiera? Bueno…
Sin embargo, Winnie si lo hizo; ante la mirada escrutadora de Tiana le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los suyos, retándola a decir algo.
Dennis suspiró.
—Es una historia… complicada.
—Soy todo oídos —refunfuñó Tiana.
Resignado, Dennis empezó a contarle todo. Le contó cómo conoció a Winnie; las veces que se vieron; cuando durmieron juntos en el Espejo de Luna; también le contó lo de Wina, el cómo la encontró y lo que harían; y le contó sobre Él. Tiana había escuchado todo con una expresión pétrea, sin mostrar algún atisbo de emoción, pero cuando oyó sus sospechas de que el Berserker era un vampiro, una grieta apareció. Dennis pudo percibir dolor y sorpresa.
—Un vampiro… —susurró Tiana a nadie en específico; miró a Dennis—. ¿Vamos a matarlo?
«¿Vamos?», pensó. Aunque al tener ambos a un enemigo en común los unía, y mejor aún, tener ojos dentro del pueblo mientras ellos estaban fuera era un golpe de suerte. Trabajar juntos no era problema, el meollo del asunto era si Winnie y Tiana lo harían… sin matarse mutuamente.
—Bueno sí —respondió Dennis. «Además que necesito su sangre.»
—Tengo que investigar sobre cómo matarlos, pero no puedo acudir con Pavel.
—¿Por qué no?
—Ya lo conoces, él se obsesiona con el tema. —Tiana rodó los ojos—. Y confía en Él; después del despliegue de poder en la arena y al capturar monstruos, se ha ganado a casi todos los de Muspel.
—¿Casi?
Una sonrisa maliciosa a pareció en Tiana.
—Yo no. —Esa sonrisa le recordó a Dennis que detrás de aquella personalidad alegre, se encontraba una Leonhardt; sangre de unas de las familias de cazadores de vampiros.
Ella se levantó y miró a Dennis, el captó el significado al instante: tenemos que hablar
—Dennis, sígueme, vamos a buscar unas armas —dijo ella.
—Aquí las hay —terció Winnie, señalando por sobre su hombro uno de los armarios.
—Armas adecuadas para los monstruos que enfrentarán —rectificó.
Por un momento ambas se quedaron mirando, atentas a cualquier movimiento. A Dennis le causó gracia la escena; Winnie que era un pelín más baja que él y Tiana que apenas medía metro y medio. Era como enfrentar a un lobo con un perro… un perro muy pequeño. Suprimiendo la sonrisa que se le iba a formar, se acercó a Winnie y le susurró al oído que lo esperara; ella asintió no muy convencida y, antes de soltarlo, le dio unos golpecitos en el dorso.
Dennis estaba empezando a relacionar ese gesto entre ambos a: confío en ti.
Siguió a Tiana al salir de la habitación por los pasillos del cuartel, hacia el depósito de armas.
—¿Una mujer loba? —le preguntó luego de un rato, cuando llegaron al almacén.
—¿Qué tiene? —repuso Dennis.
—Es increíble —confesó Tiana, abriendo la puerta—. Tú, quien odia a los licántropos con todo sus ser, ¿se enamora de una? Tienes suerte de tener una hermana tan comprensiva como yo.
Dennis se petrificó en el sitio.
—¿Que yo qué? —Las mejillas le empezaron a arder.
Tiana caminó dentro del almacén sin voltear a ver a Dennis; él la siguió sabiendo que estaba ruborizado y rogando que ella no se volteara.
—Yo… yo no estoy enamorado de Winnie —titubeó—. Ella es una amiga.
—Claro. —El tono de su hermana era escéptico y burlón. Estaba sacando armas de un cajón revestido de cuero—. ¿Y por qué salvaste a la pequeña?
—No lo sé. —Dennis estaba cansado de que siempre le preguntaran lo mismo—. Justicia quizá.
Tiana terminó de sacar las armas y, sin volverse, le hizo una seña para que fuera con ella. Al hacerlo notó que en la mesa junto al cajón había varias armas. Un cuchillo de plata y uno de hiero, ambos con hojas tan brillantes que reflejaban la luz de la luna que entraba por la única ventana del lugar; una espada corta que parecía palpitar con un rumor suave y emitía una luminiscencia suave de color blanco perla; y un carcaj con flechas que tenían penachos de distintos colores.
—Justicia —repitió Tiana, pasando el dedo distraídamente por la espada—. Eres el segundo cazador que pide justicia para los monstruos.
Dennis se mostró interesado.
—¿El segundo? —preguntó—. ¿Quién fue el primero?
—Jonathan Harker.
—Oh, de los Harker… Los que mataron a Drácula.
—Sí.
—¿Qué fue de él?
—No lo sé. —Tiana se encogió de hombros—. Unos dicen que murió, otros que huyo, otros que fue desterrado. Todo por una idea noble: «Somos iguales». —Hizo un mohín—. No creo que seamos iguales a los monstruos, pero… creo que todo esto puede terminar.
Tiana suspiró y Dennis supo lo que ella estaba pensando. Con «todo esto» se refería a vivir de esa manera, con una falsa seguridad y luchar día a día. Recordó la primera vez que se lo había dicho…
—¿Crees que algún día termine? —había preguntado ella; en ese tiempo ambos tendrían unos doce años y ella había estado pensando en sus padres—. ¿Crees que llegue el día en que no tengamos que luchar? ¿Solo… vivir?
Ese día él no le había respondido porque le pareció estúpido, ¿cómo podría todo eso terminar? En ese tiempo había estado cegado por la venganza. En matar licántropos. Y ella, al igual que Pavel, debería estar buscando la manera de aprender a matar vampiros; como una Leonhardt.
Y lo había hecho. Tiana había logrado ocultar esa vaga esperanza volviéndose una cazadora muy buena, no al mismo nivel que Pavel, pero en todo caso una muy buena. No obstante, ahora se le veía como era ella en realidad: anhelante de tranquilidad.
—¿Crees que algún día termine? —le preguntó ella.
Dennis suspiró.
—No lo sé. —Y era verdad, no lo sabía. Había licántropos gentiles, como Winnie, y hadas, como Karou, pero eran pocos, no todos. No sabía cómo eran los ghouls, o los gigantes, o las demás hadas y licántropos.
—Quiero vivir una vida normal, Dennis. —Suspiró pesarosa, tomando una daga y examinándola con detenimiento—. Quiero casarme algún día, tener una familia. Vivir.
Él le pasó un brazo sobre los hombros.
—Trataré de no ofenderme, Ti —bromeó, y la sonrisa le salió sin ganas—. Algún día esto acabará… supongo.
Tiana lo miró; sus ojos resaltaron contra su cabello negro, luego sonrió.
—Algún día… Espero llegar a verlo, aunque vas por buen camino.
—¿Qué quieres decir?
—No te hagas el loco. —Le guiñó un ojo—. Tu y ella…
—Tiana…
—Sí; sí; solo es una amiga. —Rió y alzó las palmas en señal de rendición—. Sin embargo, Dennis, eres el primero que conozco que entabla amistad con monstruos, todos lo demás los matan y ya. —Suspiró—. Tal vez, solo tal vez, haya esperanza.
«Esperanza.» ¿Esperanza de que no haya lucha entre ambos bandos? No lo sabía. Los cazadores de Muspel eran muy cerrados y, aunque no quisieran matarlos (lo que dudaba), solo seguían ordenes. «Ordenes del Líder y Él.»
Era improbable. Pero solo le bastaba recordar a Winnie y su relación, a Wina durmiendo en su hombro, como cualquier niño, a Karou con su enigmática sabiduría, y, solo el cielo sabe por qué, a Wayne, Wanda, Wilbur y Wally.
Si ellos podían tolerarlo a él, ¿por qué los humanos a ellos no?
—La hay —dijo y sonrió—, porque en el fondo «somos iguales».
Tiana sonrió.
—Espero verlo. —Se salió del brazo de él y le mostró las armas—. Toma, un arma para cada clase de monstruo. Hierro para las hadas y plata para los licántropos. —Le entregó los cuchillos—. Un arma templada en sangre de unicornio para los ghouls. —Le dio la espada corta—. Y lágrimas de fuego para los gigantes. —Le entregó el carcaj con flechas—. Las de penacho azul son puntas de hierro, las rojas son lágrimas de fuego (metal templado en lágrimas de Salamandra), las blancas son metal templado en sangre de unicornio y las grises, puntas de plata. Hay diez de cada una. Y toma esto —añadió entregándole una bolsita de cuero—, de seguro te sirve para guardar los ítems.
—¿Cómo consiguieron la sangre de unicornio y las lágrimas de hada de fuego?
—En la última excursión.
—Ya. —Dennis se colocó la espada y la bolsita a la cintura, los cuchillos en las fundas de su pantalón y el carcaj a la espalda, junto al arco—. ¿No hay nada contra vampiros?
—Solo esto. —Tiana levantó una flecha con el penacho negro.
—¿Qué es?
—Metal templado en agua bendita. No las hay en el pueblo.
—¿Y cómo la tienes?
—Es lo único que me queda de mi familia —respondió ella, como si estuviera hablando de cualquier cosa.
Dennis dio un paso atrás.
—Tiana, no. —Negó con la cabeza—. No puedes dármela.
—No te lo estoy preguntando. Tómala.
Se mantuvieron en un duelo de voluntades, a Dennis le parecía que era exigirle demasiado tomar aquella flecha, sin embargo, al final ella terminó ganando, como siempre, y, algo reacio, la tomó. Tenía en sus manos una flecha Leonhardt, que le causaba un extraño picor en la palma, como dándole una silenciosa advertencia. Entonces una duda lo invadió: si él tenía la única arma en el pueblo capaz de matar un vampiro, ¿cómo haría ella para pelear contra Él? Tiana logró notar su duda porque al instante le respondió.
—Soy una Leonhardt. —Se encogió de hombros—. Me las apañaré. Quizá una estaca en el corazón.
Cuando Dennis iba a replicar la puerta del almacén sonó: era Winnie, que los veía expectante.
—Vine porque como no venían —dijo.
Tiana le dio un empujón a Dennis hacia la loba y cuando él la volteó a mirar, ella solo le hizo un gesto con la cabeza, alentándolo a irse. Ahora más que nunca Tiana se parecía a Diana, quien los crío a los tres.
Sabiendo que no ganaría una discusión con ella, asintió, con el peso de la flecha, que era el único recuerdo de Tiana de su familia, en la mano. Miró a Winnie y luego a su hermana. Sonrió.
—Verás ese día, muy pronto.
Caminó hacia Winnie y no hubo necesidad de palabras, ya tenían el primer destino fijo: el bosque sur, Legaludec.
Salir del pueblo fue un poco más complicado que entrar, porque, además de que tenían que cruzar todo el mismo, estaba amaneciendo. Lograron salir moviéndose entre los callejones más oscuros y cuando el cielo empezó a teñirse de amarillos, rojos e incluso de algunos tonos lilas tenues, consiguieron llegar a la entrada del bosque sur. Se dieron una mirada y luego de un asentimiento, entraron.
Al principio el bosque era igual al del norte, pero mientras más caminaban más salvaje se volvía. En el del norte los arboles crecían de varias formas, altos y bajos, delgados y gruesos, de hojas verdes y caoba; aquí, en cambio, solo había de un solo tipo: gruesos, tan altos que parecían perforar el cielo y con hojas color barro, al igual que la corteza.
—¿Sabes algo de los gigantes? —preguntó Winnie; estaba alerta, cada tanto movía las orejas y olfateaba en busca de algún enemigo.
—No mucho —confesó Dennis con el arco listo y una flecha de penacho rojo en la cuerda—. Nadie (humano al menos) ha visto uno, solo semigigantes. ¿Por qué?
—Cuando lo encontremos estate atento o te mataran —le previno ella.
—Oh, gracias, porque igualmente no nos van a tratar de matar cuando le intentemos arrancar la uña —ironizó él.
—Lo digo enserio.
—Bien, gracias.
Cuando Winnie iba a replicarle un olor la alertó: tierra, sudor y hojas muertas. Por acto de reflejo sacó sus garras y con señas le indicó a Dennis que no hiciera ruido, él asintió y tensó el arco. Siguieron caminando y el olor se intensificó, miró a su alrededor, pero no encontró nada. Siguieron caminando.
Al cabo de un rato más se toparon con una pequeña montaña de tierra que les bloqueó el paso, aunque el olor tras ese montículo era más intenso. «Hay algo detrás.» Sin embargo, su instinto estaba como loco; algo no cuadraba.
Dennis lanzó un silbido.
—Tendremos que rodearla o escalarla. —Empezó a caminar hacia el montículo—. Vamos.
Pero Winnie no se movió, había algo que la inquietaba y le erizaba el vello de la nuca. No fue sino hasta que Dennis comenzó a subir que ella notó un atisbo de movimiento de la montaña.
Momento. ¿Desde cuándo las montañas se movían?
Y fue entonces, con un ligero cambio de perspectiva, que se dio cuenta que la montaña no era tal cosa, era un rostro…
—¡Dennis! —exclamo, angustiada.
Él volteó a verla desconcertado justo cuando clavaba una daga en el montículo para comenzar a escalarla, y todo pasó muy rápido.
Ella se movió como un rayo y lo jaló hacia sí, trastabillaron un poco, pero no se cayeron, lograron mantener el equilibrio ayudándose mutuamente.
Ambos se quedaron mudos. El montículo vibró y luego la zona cercana tembló; la montaña se elevó en lo alto, muy alto, y fue cuando Winnie entendió por qué nadie había visto un gigante. Medía fácilmente unos siete metros sino es que más, de una piel color cieno, brazos gruesos, como varios troncos apilados, cabello verde musgo y ojos por completo negro.
El gigante no habló, solo resopló molesto. Dennis le tomó la mano de improvisto y cuando ella lo miró, el corazón le dio un vuelco; estaba serio, con una expresión decidida, y el cabello rojizo le caía por el rostro, como hileras de lava. Y cuando sus ojos azules la buscaron, lo comprendió; no hubo palabras, la sonrisa cariñosa de Dennis lo dijo todo.
Winnie también sonrió.
Se soltaron y, como si hubieran entrenado y batallado los dos juntos toda su vida, atacaron.
Dennis dio un salto atrás y tensó el arco, mientras Winnie se lanzaba contra el gigante con sus cuchillos de hoja negra. Usando su agilidad de mujer loba logró dar una serie de cortes en la pierna, que era como aún más gruesa que un roble.
El gigante bramó no de dolor, sino más bien de molestia, y alzó senda mano para golpearla, al instante Dennis disparó la flecha hacia la otra pierna. Cuando impactó fue como un pequeño sol, la flecha brilló de un rojo intenso y se deshizo en fuego que, como una serpiente, se enrolló por toda la pierna del gigante; cuando la abarcó totalmente el fuego se dilató y engulló la pierna por completo. La extremidad ya no era color cieno, era carmesí.
El enorme ser dio un alarido (esta vez de dolor) y como si el fuego tuviera algún acelerante, le consumió la pierna hasta que ya no estuvo y solo quedó un muñón. El gigante trastabilló hacia adelante y hacia atrás tratando de equilibrarse en su única pierna, y cuando cayó hacia atrás el estruendo y el temblor fueron monumentales.
Antes de que Winnie pudiera decir algo, Dennis le disparó otra flecha de plumón rojo a la otra pierna, cuyo efecto fue el mismo que el anterior. Cuando la pierna se consumió el gigante trató de levantarse a gatas afincando las manos en el suelo. «La mano dominante», pensó Winnie, analizando con cual atacaría.
El gigante afincó su peso en la izquierda y levantó la derecha.
Fue automático, casi instintivo. Winnie logró prever la trayectoria del golpe, que iba hacia Dennis, y se interpuso.
—¡Winnie! —gritó este.
El impacto fue arrollador. El dolor fue por un instante. Oyó algo crujirse y la visión se le tiñó de rojo. Se superpuso a ello y trepó sobre la mano del gigante. Escogió el dedo más pequeño, el meñique, que aún siendo el más pequeño, era del mismo grosor de sus dos piernas juntas. Trató de clavar ambos cuchillos en la base de la uña, pero solo uno descendió. Cuando miró su brazo izquierdo, se sorprendió, si no hubiera sido por la adrenalina que la mantenía calmada y le suprimía el dolor se hubiera desmayado; su brazo estaba en un ángulo extraño, sangraba a mares y algo tensaba la piel hacia afuera.
Sin dejarse llevar por el pánico, ignoró los bramidos del gigante tratando de liberarse de ella, los gritos apremiantes y asustados de Dennis y los latidos de su corazón. Suspiró. Clavó de nuevo el cuchillo y de un tajo dividió la uña, que cuando se separó se encogió hasta caber en la palma de su pata, mas no tenía tiempo para impresionarse por ello. La dio una mirada a Dennis y, cuando él entendió, saltó al suelo.
En el momento que tocó tierra, varias flechas surcaron el aire. Al volverse hacia el gigante, vio tres flechas de penacho rojo clavándosele en la cara y luego el gigante ardió en llamas; dio la sensación de que algún dios de fuego tocara la zona, o que el mismo sol descendiera a la tierra.
Bramidos de dolor y después silencio.
Winnie apretó la uña del gigante entre su pata y el cuchillo. «La uña de un hijo de la tierra, arrancada en su tierra.» Cuando suspiró relajada, el efecto de la adrenalina pasó; el dolor la golpeó con fuerza y la pérdida de sangre la mareo e hizo tambalear.
Dennis la tomó por los hombros; sentía las piernas de goma.
—Solo a ti se te ocurre… —reprochó él, con la voz temblorosa.
Winnie alzó la mirada y notó que los ojos de él brillaban con ira, pero también con miedo. Sonrió para sí.
—No fue nada —dijo ella tratando de ponerse derecha—, es solo un rasguñito. —La pérdida de sangre le nublaba la razón.
—¡Tienes el brazo roto! ¡Eso no es un rasguñito!
—Calma, solo tengo que esperar hasta que sane solo. Estoy bien. —Soltó una carcajada y trató de caminar, se tropezó y Dennis la atrapó—. Ups.
El muchacho suspiró tratando de recuperar el control. Le tomó la pata a Winnie, le quitó el cuchillo y la uña del gigante y las guardó en la pequeña bolsita de cuero que le colgaba de la cintura. Después la tomó por las piernas y la cargó al mejor estilo doncella.
—¡Bájame! —chilló Winnie, pero estaba tan mareada que solo afincó la frente en el hombro de Dennis, aspirando su aroma—. Hueles a fresa —dijo—. Sí; fresa. —Rió—. Rizos de fresa.
—¿Qué?
—Rizos de fresa. —Dennis empezó a caminar—. Desde ahora serás rizos de fresa. Mi rizos de fresa.
—Seré lo que quieras que sea —murmuró Dennis aumentando la velocidad—, pero haz silencio. Todo el jaleo que armamos con el gigante atraerá gente, o peor, a más gigantes. —Hizo una pausa—. ¿Qué tengo que hacer para que sanes?
—Nada —susurró ella en tono cómplice—; solo descansar y esperar. —Bostezó—. Tengo sueño.
—Perfecto. Duerme mientras busco un lugar para escondernos.
—Vale. —Winnie movió la cabeza y un rizo de él le cayó encima—. Mi rizos de fresas.
—Sí, sí, tu rizos de fresa. Ahora duerme.
Winnie rió suavecito mientras escondía la frente en el cuello de Dennis y cuando suspiró, percibió el temblor de él; cosquillas.
—Mío.
Y cuando la oscuridad ya se cernía sobre ella, intentó decir algo más, pero no salió. Suspiró. «Mi vampiro con rizos de fresa.» Murmuró algo como una risa y la oscuridad la engulló.
