Disclaimer: Los personajes de esta historia, pertenecen a mi queridísima Stephanie Meyer—a excepción de unos cuantos personajillos que salieron de mi cabecita—pero los uso para satisfacer mis necesidades de escritura macabra. Eso sí, la trama es totalmente mía y les pido de favor que no la utilicen como propia.
"Destinada a Nunca Morir"
a fanfic by:
Ale-Alejandra
CAPITULO 5
Mañana
A la mañana siguiente, mientras estaba tirada en mi cama con las almohadas entre mis piernas y las cobijas hechas jirones, tuve un pensamiento atrevido: conquistaré a Edward. Me reí de mi misma con esa afirmación. Era obvio que no sabía lo que estaba diciendo pero por un momento me sentí segura, aunque después mi mala autoestima causó estragos.
¿Cómo era que alguien tan…apuesto y obviamente inalcanzable como Edward se pudiera siquiera fijar en mí? Yo era tan X que tal vez él jamás aceptaría salir conmigo a la esquina. Pero la situación en el hospital y su frase "Ya no tengo la fuerza para estar lejos de ti" me dio una falsa y leve esperanza.
Esperanza al fin y al cabo.
Suspiré con ánimos, me levanté de un brinco de la cama. Corrí al baño para meterme a bañar, no sin antes prender la vieja radio que Charlie tenía en el baño. Al sentir el bochorno por el agua caliente y recordé las frías manos de Edward en mis mejillas. Sin pensarlo dos veces, cerré por completo la llave del agua caliente dejando sólo la fría. Al momento en que las gotas cayeron sobre mí, sentí como si Edward me tocara otra vez. No sé cuánto tiempo estuve bajo el chorro del agua y no hubiera salido de no ser por Charlie que tocó a la puerta porque quería entrar al baño.
Salí del espasmo sin sentir frío alguno, me sequé y fui a mi cuarto. Con la toalla aún enredada en mi, abrí mi closet y por primera vez en muchos años, estaba planeando qué llevarme a la escuela. Todas mis blusas y pantalones ya estaban muy vistos, pensaba. Entonces recordé que Maddie me había regalado una blusa azul para mi cumpleaños y nunca la había usado. Aún estaba en la bolsa de regalo junto con un perfume, que también serviría para el día de hoy.
Me vestí combinando la blusa con un pantalón de mezclilla y botas, ambos negros. Recuerdo que cuando Maddie me regaló la blusa, me quedaba un poco grande de la parte del pecho, pero ese día incluso me quedaba pequeña.
"Qué raro", murmuré.
Estando frente al espejo, pensé en maquillarme pero me vi distinta. Tal vez era el cambio de actitud, pero no me vi fea. Sólo recogí mi cabello con pasadores y me emocioné al ponerme perfume.
Sabía que era exagerada pero no me importó.
Al salir de casa, el motor de la camioneta se negaba arrancar, justo hoy que deseaba llegar a la escuela lo antes posible. Le supliqué hasta que por fin arrancó. Iba lo más rápido que me permitía el motor de mi coche. Finalmente llegué a la escuela.
Antes de salir del coche, me puse el impermeable y tome la mochila. Sentía un poco de pánico como siempre que llovía: temía caerme de bruces delante de toda la escuela. Me preparaba psicológicamente para el posible ridículo cuando alguien debajo de un paraguas tocó la ventana.
Me sorprendí gratamente al ver quién era.
Al tratar de mirar por debajo del paraguas vi a Alice Cullen sonriendo de manera angelical debajo de la lluvia.
¿Qué demonios hace ella acá?
Tal vez sentía un poco de lastima por lo que había pasado el día anterior. Tal vez no. Salí de la camioneta sin saber qué quería.
—Hola Bella, ¿necesitas que alguien te cubra?—preguntó con voz de duende, casi brincando sobre mi—Sería un pena que te arruinaras el atuendo viéndote hoy tan linda—
En realidad, siempre me pregunte cómo sería ser amiga de Alice Cullen.
Ella a diferencia de su hermana Rosalíe, parecía bastante agradable. En el almuerzo cuando los observaba, a veces reía yo también de los chistes que le contaba a Emmett. Hoy comprobaba que además de agradable, era buena mentirosa: yo para nada me veía tan bonita.
—Sí, gracias por el refugio y por el cumplido, pero creo que exageras: ya casi no llueve y me veo exactamente igual que todos los días—dije apenada con las mejillas hechas fuego.
Aunque si alguno de los Cullen te daba un cumplido eso era algo muy raro siendo ellos tan perfectos.
—¿Bromeas?, presiento que hoy más de uno se quedará con la boca abierta, de por sí—lanzó una risita—Además, ¡usaste perfume! Hueles delicioso por cierto, aunque no es muy buena idea pero ¡qué importa!—y se volvió a reír pero de forma nerviosa.
Apenas si pude descifrar lo que me decía, lo hacía muy rápido.
—¿Porqué no es buena idea?, ¿huele mal?—
¿Qué tenían los Cullen con el olor?
—No, por nada pero ya hablando de otra cosa, ahora que tengo permitido hablarte—se tapó la boca—Bueno, eso olvídalo. Ahora que por fin hablamos me encantaría que saliéramos de compras o a tomar un café. Seria súper, ¿no?—brincó otra vez.
—No sé a qué te refieres, pero si quieres podríamos salir alguna vez—le dije exhausta por toda la energía que ella había irradiado.
Se me hizo de lo más raro que me haya invitado a salir. Es decir, sentía que antes no le caía mal pero hoy, de la noche a la mañana, ¿ya estábamos haciendo planes para salir?, ¿para ser amigas?
—Esta bien, otro día nos ponemos de acuerdo porque el timbre está a punto de sonar en 3…2…1…—el timbre sonó con Alice desapareciendo entre la multitud de alumnos.
En la entrada de la escuela, me deshice de mi impermeable y de la cazadora. Me apresuré para entrar a la clase de Español.
En el pasillo todos me miraban como la chica que casi muere. Pude escuchar a todas murmurando que había ido al hospital no por el accidente, sino por cirugía plástica. Reí por dentro y me maravillé por lo que una simple blusa nueva podía causar.
Al entrar la maestra Torres me recibió con un gran y extraño abrazo. Me dijo que gracias a Dios no me había pasado nada en el accidente. Tuve que aguantar que todos disfrutaran preguntándome qué sentía y si había visto la luz. Durante la charla en el salón, nadie preguntó por Edward, incluso eso los intimidaba acerca de los Cullen. La única que se mantuvo al margen del morbo fue Ángela, que veía mi mal humor cuando les contestaba sus preguntas estúpidas. También fue la única que preguntó cómo estaba Edward cuando hablé con ella de lo que había pasado.
—¿Cómo estás?, porque yo te veo muy bien si me preguntas, ¿te hiciste algo nuevo?, ¿maquillaje?, ¿nuevo peinado? Dime Bella, ¿qué fue?—
—Bueno, respondo a tus preguntas en ese orden: estoy bien, gracias aunque no te haya preguntado. Sí, me hice algo nuevo, no fue maquillaje sólo unos pocos pasadores en el cabello y ya, ¿tienes más preguntas?—
—No te pongas así—me pidió Ángela con una sonrisa—Sólo decía que hoy te ves diferente y ¿sabes lo que me causa muchísima gracia?, que Jessica se va a morir de la envidia. Por cierto cuéntame lo que te dijo Edward en la ambulancia cuando se fue contigo—
No podía decirle todo lo que pasó en el hospital con Edward. Lo sentía mucho pero este secreto me lo tenía que callar por el simple motivo de que yo ya me había hecho ilusiones y no quería que me tachara de estúpida. Aunque si se lo hubiera dicho, sé que Ángela estaría muy emocionada por mí.
—Nada, lo mismo de antes, que tuviera cuidado. Casi no cruzamos palabras en el camino—le dije con disimulo pero obviamente sabia que mentía
—¡Qué raro es Edward! Primero te coquetea abiertamente en el estacionamiento ayer y luego no te habla. Hombres, así son todos. Siempre lo he dicho y siempre lo diré—frunció el ceño.
—Pero no me coqueteó, simplemente me sonrió como se le sonríe a cualquier tonta que choca con una señalización. Eso es todo—
Al término de la clase de español, caminamos por el pasillo directo a los casilleros para cambiar los libros; teníamos clase de Historia y necesitaba otros, además de que tenía que guardar el impermeable. Llegué a mi casillero e intenté abrir el candado pero no pude. Jalé y jalé pero el candado se había atorado.
Me desesperé porque la maldita cosa no abría, entonces la maldije cien veces y me resigné a no abrirlo.
Me di la vuelta para ir a mi clase, pero en eso escuché un gran golpe detrás de mí.
Nuevamente me desconcertó ver quién era y qué era lo que había hecho con mi casillero...
Volteé rápidamente y vi a Emmett Cullen sonriéndome.
—Estas cosas son necias, por eso tuve que darle un "suave toque" para que abriera y voilá, aquí está tu casillero abierto—me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
La pequeña puerta del casillero tenía una enorme hendidura que me recordó a la que había dejado Edward en la camioneta de Tyler. Los Cullen sí que son fuertes pensé. Nunca había cruzado una palabra con Emmett pero parecía que lo conocía de hace años, se me hacía muy familiar.
—Gracias por ser tan "suave" con mi casillero pero, ¡no tenias porque asesinarlo! Ahora obviamente tendré que arreglarlo yo y no estoy segura de que pueda hacerlo — le dije con gesto gracioso.
—¡No te preocupes "pecas"!, enviaré a alguien a que lo arregle por ti—y me pegó duro en el hombro.
Además, me decía…
—¿Pecas?, primero asesinas a mi casillero y ahora me pones apodos ¡Wow! Emmett vaya forma de causar una primera impresión —
—No podrás negarme que eres un poco pecosa—
—Y tú no podrás negar que eres un poco…rudo—admití mientras me sobaba el hombro.
Ambos reímos por un momento mientras yo cambiaba los libros y él trataba de cerrar mi destartalado casillero. En eso, una armoniosa y casi chillona voz llamó a Emmett.
—¡¿Emmett? Querido, es hora de ir a clase—
Era Rosalíe Hale que llamaba a su novio. Por un momento pensé que me había metido en problemas con ella pero la verdad es que ni siquiera me miró mientras llamaba a Emmett. Si, seguramente yo era poca cosa para ella.
—Tranquila Rose, ya voy—se dirigió a ella y luego de nuevo a mi—Bueno "pecas" me tengo que ir. Espero que ya no tengas problemas con esta cosa—
—¡Emmett!—de nuevo gritó con gracia Rosalíe.
—Rose se altera demasiado cuando no le hago caso y es por eso se muere por mi—lanzó de nuevo una carcajada—Nos vemos luego—e igual que Alice, desapareció rápidamente.
—Adiós—alcancé a decirle en voz bajita para que Rosalíe no me escuchara.
El timbre casi sonaba y antes de entrar a la clase, pasé al baño.
Cuando estaba lavándome las manos, noté que mi cara lucía rara. Vi las pecas de las que me habló Emmett pero también vi que estaba diferente a la de esa mañana y mucho más diferente a como había estado un día antes. Mis ojos parecían más vividos y las pestañas alrededor de ellos se veían más largas. La piel lucía igual o más pálida que de costumbre pero era a la vista y al tacto, como la porcelana. Mis labios eran completamente rosados, como si me hubiera puesto lápiz labial.
Creí que era uno de esos pocos días en los que me sentía diferente pero nada más. Me alegré porque al menos no parecía muerta como de costumbre, así que me mojé la cara para despejar mis pensamientos. Me sequé con un trozo de papel y el timbre sonó. Esa era la señal para entrar a un interrogatorio casi policiaco con Jessica.
La maestra Jones se encontraba en su escritorio revolviendo papeles, supongo que estaba preparando la clase o algo así. Mientras pasaba por las filas de asientos en el salón, un chico del cual no recuerdo su nombre, me miró muy raro y cuando pasé a su lado murmuró algo incómodo a mis espaldas.
Jessica ya estaba en el asiento contiguo al mío, su expresión demostraba que estaba molesta. Sin saber porqué reaccionaba de esa manera, simplemente me limité a saludarla. Sabía que ella no me preguntaría nada acerca del día anterior simplemente porque le chocaba que yo llamara más la atención que ella. Ojalá supiera que lo que yo más deseaba era pasar desapercibida. Deseaba ser invisible, excepto para una persona.
Traté de mantener una conversación con ella acerca de la tarea que la Sra. Jones había encargado, que por supuesto yo no había hecho, pero sólo me contestaba por monosílabos. Me desesperé y pensé que probablemente me daba una cucharada de mi propio chocolate, ya que así me portaba con ella la mayoría de las veces.
Cuando comenzó la clase, me di por vencida, ya no le hablé más. Era obvio que estaba enojada por alguna razón. De repente, escuché que aclaraba la voz con un tosido fuerte y me dejó su acostumbrado papel en mi banca. Lo abrí discretamente para leerlo sin que la maestra nos descubriera.
"¿Qué pasó exactamente con Tyler?, ¿Porqué huye de ti?"
Genial. Tyler le había contado todo a Jessica que era muy…comunicativa. Ese sería mi fin y por siempre me conocerían como Bella, la ruda rencorosa. Estoy segura de que por eso toda la escuela me veía raro. Para evitar sospechas, le contesté parcamente.
"Nada, sólo que probablemente se sienta mal por lo del accidente. Eso es todo"
Me devolvió el papel y sentí un alivio al leer la respuesta.
"Eso fue lo que dijo. Por cierto te va bien esa blusa pero el cabello se te ve raro de esa manera, se te ve un poco grande la cabeza"
Lo sabía. Tenía que encontrarme algún defecto y decírmelo para hacerme sentir mal. Pero honestamente no me importaba su opinión, ya sabía que así era Jessica. Además lo de Tyler me tenía aliviada. Ya era un peso menos para mí.
La clase de Historia terminó así que salí del salón apresuradamente junto con Jessica para el almuerzo. Dejamos las mochilas en la mesa donde ya estaba Eric comiendo su almuerzo, incluso se levantó, me abrazó y con la boca llena me dijo que se hubiera vuelto loco sin mí dejándolo a solas con Jessica. Me reí y me dirigí a comprar mi comida. En la línea del almuerzo me encontré con Tyler y tenía una expresión rara conmigo. Solamente me limité a decirle apenada unas cuantas palabras.
—¿Cómo sigues?—
Tyler no me contestó, pero yo continué.
—Siento lo que pasó ayer en tu cuarto. Yo me sentía muy mal físicamente y eso es todo, en verdad, no fue nada personal—
Me tiró una mirada ofendida. Cómo si mi carro casi lo hubiese aplastado a él y no al contrario. Pero aún así me sentía culpable por los pensamientos que tuve sobre él durante el extraño episodio.
—No te preocupes por mi Bella, pero debo ser honesto: casi moría del susto. Me golpeaste muy fuerte—dijo con una cara de lástima.
Niña pensé para mis adentros, pero luego continúo y no pude dejar de sentir un odio tremendo hacia él.
—¿Sabes que viene el baile de Bienvenida? Yo estaba pensando que sería bueno que tú y yo fuéramos juntos, de esa manera estaremos a mano el uno con el otro porque si no, cuando se enterara alguien de lo que sucedió en Seattle todos dirían que me odias y no quieres eso, ¿verdad?—arqueó una ceja.
¿Qué se creía?, ¿qué podía venir a chantajearme?
Lo maldije cien mil veces pero no quería que nadie se enterara de aquello, era demasiado vergonzoso. Si lo pensaba, solamente me quedaban dos alternativas: golpearlo hasta que perdiera la memoria o aceptar ir al baile con él.
La primera levantaría muchas sospechas pero a la segunda opción la odiaba por completo. Pensé que tal vez si se daba cuenta que yo era pésimo material para bailes, él se arrepentiría y se negaría ir al baile conmigo. Así que deje la respuesta abierta.
—Viéndolo así, tienes razón pero no creo que mi papá me deje ir al baile y mucho menos contigo. Veras, es que él es muy celoso porque así son los policías: tienen armas y se creen los dueños del mundo, así que no creo poder ir contigo ni con nadie a ese baile—
Su cara me resultó graciosísima. Parecía que sudaba frío cuando le dije lo de las armas. Era una completa mentira pero se lo merecía.
Después del rápido rechazo a Tyler, tomé en mi charola de comida dos pedazos de pizza, un jugo y una gelatina. Me senté en la mesa pero casi de inmediato noté la mirada de Edward hacia mí. Mi corazón latía a mil por hora tan sólo de recordar mi sueño con él. Recordar sus manos en mi rostro, hizo que me sonrojara y que comenzara a suspirar cómo estúpida otra vez. De hecho, su perfume por toda la cafetería no ayudaba a detener las alucinaciones.
No lo pude ver directamente a los ojos como siempre lo hacía en el almuerzo. Pensaba que si me veía, leería lo que pensaba acerca de él: que era perfecto y que me volvía completamente loca. Pero recordé que me había dicho que yo era la excepción. Claro, si eso era verdad. El no poder verlo a la cara era un problema porque el timbre estaba a punto de sonar para la siguiente clase: Biología.
Noté que se había ido porque su perfume era ya mínimo, así que recogí mis cosas y me fui directamente al laboratorio, no sin antes comerme un dulce para evitar el aliento a pizza frente a Edward.
Mike me alcanzó en el camino. Me dio una plática fastidiosa de lo que él había sentido al momento del accidente: me dijo que había pensado que casi moría, que por fin Edward Cullen servía para algo más que para dar miedo. Me enfurecí con él y sus palabras pero ese sentimiento se borró completamente cuando vi a Edward sentado en la horrible mesa de granito falso.
Era la visión más hermosa que en Forks se había visto. Algo debimos de haber hecho bien en aquel pueblito lejano para merecer tal visión. Estaba sentado viendo a lo lejos por la ventana. Su cabello cobrizo alborotado, se movía sutilmente con el poco aire acondicionado que había en el salón. Sus ojos de topacio líquido mostraban un dejo de añoranza atrapados en sus enormes pestañas cobrizas. Su piel marmórea brillaba un poco con las luces que entraban por la ventana, que a su vez dibujaba su preciosa mandíbula de piedra. Sus labios eran de un color irresistible, casi gritaban por ser ¿besados? Vestía una cazadora ligera gris con unas delgadas líneas blancas y debajo traía puesta una camiseta de igual color, ésta dejaba ver un poco su escondido cuerpo atlético. Eso, con sus pantalones negros lo hacían ver como un modelo de revista europeo.
Mi corazón casi entra en paro cuando volteó a verme y me lanzó una preciosa sonrisa torcida. Dios por favor, no me hagas tropezar ahora pedí en mi mente. Caminé lentamente hacía aquella fea pero gloriosa mesa de mis recuerdos, no pude hacerlo mejor. Con una gracia extraña en mí, me paré al lado del asiento y él hizo lo mismo. Como si fuera una pluma, tomó el banco que estaba arriba de la mesa boca abajo poniéndolo en el suelo para mí.
—Aquí tienes—dijo con su voz cautivadora.
La blusa sí que es mágica me dije a mi misma casi creyendo que la blusa de Maddie me traía la mejor de las suertes. Tenía la sospecha de que Edward era un caballero pero ahora lo comprobaba de primera mano.
Me limité a darle las gracias, luego me senté como bulto a esperar al Sr. Banner. No tenía ni idea de cómo coquetearle a alguien, mucho menos a alguien como él. Probablemente si fuera Mike sería demasiado fácil: sólo risitas tontas y toqueteos de manos lo tendrían rendido ante mí. Con Tyler sería lo mismo, pero, ¿con Edward? Las probabilidades de que saliera corriendo si se enterara de que pretendo conquistarlo serían enormes. Por eso es que me olvidé de todo, comencé a golpear la mesa con los dedos.
Edward me observaba con sus ojos melancólicos. Yo por fuera estaba indiferente, pero por dentro mi corazón iba de arriba abajo por las palpitaciones. Mis mejillas se llenaron de color sin poder evitarlo. Decidí saludarlo al fin con una chispa de alegría rara en mí.
—Hola Edward—
—Hola—contestó tímidamente ladeando la cabeza sin siquiera verme a la cara.
Se quedó callado por un rato y cambió su postura para el lado contrario a mí. Otra vez era el Edward que conocí la primera vez. Me sentí terrible por su indiferencia. Tontamente creí que ese día, él sería diferente, sobre todo por lo que había dicho en el hospital.
De golpe supe lo que en realidad quería decir. Ya no tengo la fuerza para estar lejos de ti significaba que ya sabía que yo lo acosaba y que dejaría de ser amable conmigo o algo así. Pero entonces ¿porqué acomodó el banco por mí con tanta caballerosidad? obviamente porque eso es lo que él es sin importar si soy la Reina Isabel o no. Juraba que estaba a punto del desmayo. El entusiasmo con el que ese día había amanecido, caía por un desfiladero lleno de decepción y tristeza. Contuve las lágrimas, ya que me sentía humillada.
Incómodamente Mike nos miraba como queriendo averiguar qué era lo que pasaba en aquel duelo silencioso entre Edward y yo. Parecía que quería asesinar a Edward con la mirada.
Ya era tarde y el Sr. Banner no llegaba. Era extraño porque era muy puntual.
Justo cuando pensé en la tardanza de mi profesor, la Sra. Cope entró al salón. Ella era la encargada en la oficina del Director y apurada dijo que nuestro profesor no asistiría a clases ese día así que tendríamos esas horas libres.
Todos brincaron en sus asientos, estaban felices ante la noticia. Yo era la única que no compartía su alegría. No estaría junto a él ni siquiera en clase el día de hoy. Cómo si eso me hiciera sentir mejor en estos momentos.
Enojada, por toda la situación, comencé a meter de nuevo mis libros cuando la bocina del salón sonó.
Estaba a punto de dar un anuncio.
Todos se quedaron callados, atentos para escuchar un mensaje que ya esperaban.
