Ejem.

¡Hola a todo el mundo! Se que es un poco tarde (como una semana tarde) pero aquí estoy al fin. Lo único que puedo decir por haber tardado tanto es que el stress es un cabrón sin escrúpulos que echa a patadas a las musas cuando más falta hacen. Espero que el capítulo les merezca la pena.

Gracias por sus maravillosos comentarios, y, por cierto, editora-sama quiere que les comente que el twitter está en construcción, casi listo. Así que dentro de poco podrán amenazarme, preguntarme o simplemente rogarme que no vuelva a escribir sobre estas cosas.

Bueno, ya saben: One Piece es del jefe Oda, mía es la trama, y Zoro es de Robin y a ver quien es el listo que le dice que no.


Capítulo 6: De hermosa rutina y astillas clavadas en la piel

Nami observaba. Observaba con mucho cuidado, analizando cada pedacito de información visual que podía obtener, para después ensamblarla en forma de información lógica en su agudo cerebro. Era un proceso que llevaba repitiendo constantemente durante los últimos veinte minutos, intentando descubrir que era eso que a su mente se le escapaba. Porque estaba convencida de que todo estaba allí, ante ella, y que solo necesitaba un empujoncito (metafórico, por supuesto, ni con un palo me atrevo yo a empujar a Nami) para entender lo que estaba pasando allí.

En la mesa del desayuno, ante sus mismas narices.

¿Por qué Nico Robin llevaba todo el desayuno con la mirada perdida en su plato?

¿Por qué Zoro, es decir, el tigre-Zoro, llevaba todo ese tiempo tendido junto a la pared, sin prestar atención a los comentarios de Sanji ni a las miradas nerviosas y sorprendidas de Chopper?

Y, a todas estas, ¿por qué Chopper miraba de Zoro a Robin como si estuviera viendo un fantasma?

Nami, ignorando los revoloteos del cocinero, centró su atención en el kenshi, buscando algo que la sacara de dudas. El tigre estaba tendido contra la pared, la cabeza recostada sobre las patas delanteras, el cuerpo relajado, su desayuno casi sin tocar… y su ojo sano fijo en Robin. Nami enarcó las cejas. El animal apenas parpadeaba y su mirada no se apartaba en ningún momento del rostro de la arqueóloga, como si… como si…

La navegante tragó saliva y miró a Robin, que seguía sin apartar la mirada de la comida. Su expresión era relajada, extraña, suave, casi… casi como si…

¡No podía ser!

No era eso, ¿verdad? Es decir, Robin era humana, y Zoro pues… en ese momento no tanto. No podía haber pasado nada entre ellos. Era imposible.

¿Lo era?

-¡Nami-swan! ¿Tienes hambre? Puedo prepararte algo más, si quieres.

-No… no hace falta.

Robin y Zoro. Zoro y Robin. Espadachín y arqueóloga. ¿Qué había pasado exactamente?

Nami fijó su atención en Chopper, que picoteaba de su desayuno, apenas consciente de que Luffy lo estaba dejando sin nada que picotear. El renito parecía en shock, y la akage se preguntó que había oído, o visto… u olido, se percató. El olfato del isha era extraordinario, y seguramente le revelaba mucho sobre lo que tenía alrededor. Incluidos esos dos. La navegante frunció el seño. Tenía que hablar con Chopper, y a solas, que no era plan que los cotillas de sus nakama se enteraran de lo que no debían. Porque ella NO era una cotilla. Solo estaba… esto… preocupada por sus amigos.

-Oi, Chopper,- lo llamó, haciendo que se sobresaltara y la mirara retorciéndose las pezuñas,- si ya acabaste de desayunar, ¿podrías revisarme? Me duele un poco la cabeza, creo que podría haber pillado algo en la isla.

Sanji chilló, aterrorizado, y se lanzó hacia ella, dispuesto a proteger a su dama de, bueno, un virus microscópico (es Sanji, y con eso lo aclaro todo), pero su senchou se interpuso en su camino, levantándose de golpe y sobresaltando a los demás, que miraron, espantados (porque aquello era, sin lugar a dudas, una señal del apocalipsis) como dejaba la carne en el plato y colocaba su mano izquierda sobre la frente de una sonrojada, pero muy sonrojada, navegante.

-¿Te sientes mal?

Nami no podía articular palabra. La expresión de Luffy era de absoluta seriedad al preguntarlo y la mujer solo pudo notar como se le calentaba la cara, eso y el suave toque de la mano del moreno sobre su frente. El capitán la miraba con preocupación, paseando los ojos por su rostro sonrojado.

-Si te sientes mal tienes que decirlo, Nami.- y por el tono, la akage no sabía si era una petición o una orden,- antes de llegar a Arabasta no lo dijiste, y podría haberte pasado algo malo, ¿te acuerdas? – De pronto, Luffy sonrió ampliamente, como solo él sabía, bajando la mano de la frente de la navegante hasta su hombro, al que le dio un ligero apretón,- y yo no quiero que vuelva a pasarte nada de eso, Nami.

Tras ella, la navegante escuchó un ruido que bien podían ser las mandíbulas de Franky, Usoop y Brook chocando contra el suelo, y una especie de chillidito de chica que tenía que ser de Sanji, porque Robin estaba demasiado ocupada sonriendo divertida ante la repentina timidez de su amiga.

-Sí, claro,- en circunstancias normales, Nami hubiera golpeado a su senchou hasta la inconsciencia, pero aquello distaba mucho de ser normal. Apenas notó como el renito la agarraba de la mano y tiraba de ella hacia la consulta, no sin antes dirigirle a Luffy una mirada preocupada.

-Oi, Luffy, ¿tú no quieres que te revise también?

-¿Nani? ¿Por qué?,- el mugiwara se había vuelto a sentar y ya se estaba metiendo de nuevo en la boca todo lo comestible que tuviera a mano, que era básicamente todo lo que había en la mesa, ya que sus nakama seguían demasiado aturdidos para reaccionar,- ¿me pasa algo?

Bueno, falsa alarma, no se acerca el apocalipsis. Sigue siendo el mismo Luffy de siempre.

-Kuso de goma…

-Pero Sanji, ¿Qué hice?

El cocinero se limitó a gruñir, mientras Chopper y Nami desaparecían en el interior de la consulta.

.

.

Mientras, al otro lado de la isla, un barco destartalado, casi una pieza de museo, se mantenía a flote por pura fuerza de voluntad. Y en él, un hombre también sobrevivía por pura fuerza de voluntad.

Las heridas que el tigre le había causado eran algo más que terribles. Casi lo había partido en dos. Tenía un brazo roto, el hombro del otro tan destrozado que lo más seguro era que no pudiera volver a usarlo, y el vientre prácticamente convertido en carne picada. Sus compañeros no le daban más que unas horas, como mucho unos días de vida. Y eso los optimistas.

-Jodidos mugiwara…

Es una de las expresiones más habituales en el Shin Sekai últimamente, sí. El jefe de los caza recompensas no era precisamente un tipo original, pero captaba la esencia de las cosas. Los piratas tenían un tigre con ellos, una mascota muy violenta, que había casi matado a uno de los suyos. Peor, lo había hecho cuando casi habían atrapado a Nico Robin, cuya recompensa les habría valido un par de meses de vida cómoda.

-Jodidos niñatos…-, no, tampoco es una expresión muy bien pensada. Pero, con una cadena y un cuchillo de kairoseki en la mano, resulta muy convincente.

Iban a pagar por lo que habían hecho.

-¿Quieres venganza, caza recompensas?

El hombre se sobresaltó, mientras ella se situaba a su lado. Había sido esa bruja quién les había dicho dónde encontrar a los piratas en primer lugar, y explicado como contrarrestarlos. De hecho, estaba casi seguro de que ella había tenido algo que ver con que pudieran entrar en la base de la marina y robar el kairoseki para ello. Pero esa maldita mujer no les había dicho nada del tigre que casi le había costado la vida a uno de los suyos.

-No sé como tienes la cara de aparecer por aquí, bruja del demonio.

-No seas tan desagradecido, niño, que la que debería estar enfadada soy yo,- la mirada oscura de la mujer envió escalofríos por la espalda del caza recompensas.- ¿qué parte de atrapar a Nico Robin no entendiste? Lo único que tenías que hacer era atarla y llevarla a la base de la marina para cobrar la recompensa, y resulta que ni eso puedes hacer.

-¡Fue por el tigre!,- furioso, el hombre apretó los dientes hasta hacerlos crujir, como si en cualquier momento fueran a hacerse polvo dentro de su boca,- ¡Esa bestia nos atacó y ahora uno de mis hombres está al borde de la muerte por su culpa!

-¿A punto de morir? – la sonrisa siniestra de la mujer hizo retroceder al delincuente. No se explicaba como una mujer así podía llegar a ser tan aterradora, pero lo era. Cada vez que lo miraba, sentía como si estuviera hurgando en su cerebro, buscando la manera de acabar con él,- ¿y tus hombres intentan salvarlo?

-Mi médico hace todo lo que puede por él.

-Que deje de hacerlo,- no era una petición. Era una orden tajante que hizo que el caza recompensas abriera los ojos como platos.

-No puedes…

-Nadie lo va a atender. Déjalo,- la bruja avanzó un paso y el hombre retrocedió de forma instintiva. La risa de la mujer hizo eco en la cubierta del viejo barco, provocando las miradas aterradas de los hombres a su alrededor, que habían asistido a la conversación sin atreverse a decir palabra-. Hay cosas que hacer. Prepara a tus hombres para moverse.

-¿Pero quién…?

Por toda respuesta, la mujer puso un estuche algo pesado en sus manos, con tanta fuerza que el hombre se tambaleó. Miró de aquello a la mujer unos segundos antes de palidecer.

-Esto es…

-Lo que va a matar a Nico Robin.

.

.

-Nami, siéntate en la cama. Voy a…

-Chopper, estoy bien.

El pequeño médico la miró confundido, con el estetoscopio en la mano.

-Pero dijiste que te dolía la cabeza.

La navegante suspiró. ¿Cómo sacaba el tema sin poner nervioso al renito? Bueno, Chopper era como un niño, y tenía la lengua muy suelta, pero si lo presionaba demasiado se pondría nervioso y no soltaría prenda. Además, la cosa podía ponerse peor si implicaba a Robin y a Zoro. Nami no era ciega y no pasaba por alto esa especie de familia que formaban los tres.

-Quería preguntarte una cosa, Chopper, pero no voy a obligarte a contestar si no quieres.

El pequeño retrocedió, sin apartar la vista de la sonrisa amable de la navegante, y se aupó para subir a la silla de escritorio que había tras él. El médico se retorcía las pezuñas, tembloroso, pero no dejaba de mirar a la akage, como si estuviera en un interrogatorio.

-Chopper-, Nami se inclinó y atrapó entre sus manos las del renito, intentando tranquilizarlo,- solo quiero saber si has notado algo raro en Zoro y Robin esta mañana.

-¿Raro?- el reno soltó una risita falsa, poniéndose colorado al momento,- ¿Qué voy a notar yo de raro? ¡No me hagas reir!

-Chopper…,- Nami inclinó la cabeza, esbozó una sonrisa macabra y…

-¡Cuando llegamos le cambié los vendajes a Zoro, luego él se fue a ver a Robin, y cuando volvió olía igual que ella!

La sonrisa de la navegante se amplio.

-Explícame eso de que olía igual que ella, por favor, Chopper.

El renito suspiró, sabiendo que había sido completamente derrotado. Miró al techo de la consulta, notando como se ponía más y más colorado. ¿Eso como se explicaba? Él era un animal, no tenía vergüenza ni entendía muy bien porque se cortaban los humanos con esas cosas… o más bien no solía entenderlo antes de esa mañana. Era vergonzoso porque eran Zoro y Robin, eran sus nakama y no podía decirlo así como así, ¿verdad? Pero Nami no lo dejaría en paz hasta que se lo explicara.

-Cuando entraron a la cocina, los dos olían igual. A jabón… al jabón de Robin.

¿Eso es todo?, Nami bufó, decepcionada. Eso no la ayudaba en nada para descifrar el enigma.

-Y… también…-, el renito tragó saliva-, olían como… Robin olía como…

-¿Sí?,- lo apuró la navegante, esperando información útil.

-Olían a apareados,- la última palabra la dijo tan bajito que Nami tuvo que acercarse para escuchar.- como los animales cuando están cerca de sus parejas. Como si estuvieran en celo, Nami. Además,- continuo el médico, ignorando la expresión de sorpresa de la akage,- Robin olía a la piel de Zoro, no parecido, sino igual, y Zoro… olía a Robin, por todas partes. Los confundí cuando entraron por la puerta de la cocina.

-¿Quieres decir…?

-Como si se hubieran apareado, pero un poco distinto. No tan fuerte. Y Zoro,… él dijo algo, Nami, nada más entrar a la cocina…

-¿Dijo algo?

-Era… sonó como un tigre…no como Zoro, como un tigre…- casi lloró el renito. La akage sintió dispararse todas sus alarmas. ¿Zoro se estaba convirtiendo en un tigre salvaje?

-¿Qué dijo, Chopper?

-Ella es mía.

Nami miró a Chopper un segundo. Pero antes de que pudiera decir nada, el Sunny dio una sacudida y ambos acabaron estrellándose contra la pared de la enfermería.

Lo único que se escuchó fue un rugido.

.

.

Atención, pregunta: si tuvierais que elegir, ¿que mugiwara no entendería un rollo sexual ni aunque le bailara desnudo delante de su azul nariz de reno?

No, no es Luffy. Pero casi.

Retrocedamos en el tiempo… unas dos horas, como media hora antes de que nuestro atareadísimo Sanji llamara a sus bellas damas para servirles el desayuno (los demás lo sabían por los gritos desesperados de Luffy desde la mesa de la cocina).

Mientras los mugiwara se repartían por el barco, cada uno a su rollo, en el baño del Sunny se sucedía lo que podríamos definir como una escena… eh… perdón, ¿alguien podría definirme esto?

Nico Robin permanecía con los ojos cerrados. El agua caliente seguía saliendo de la alcachofa de la ducha, cayendo directamente sobre ella, pero la arqueóloga no era capaz de mover un músculo. Nunca se había sentido más avergonzada que en ese momento, ni siquiera cuando era una niña tímida y frágil que se paseaba por Ohara con ropa desgastada y un libro más grande que ella.

Pero, para su desesperación, tampoco se había sentido nunca más segura, protegida… más querida que en aquella extraña situación en la que se encontraba. Una situación que ella misma, en medio de un arrebato pasional, había provocado.

Porque a su lado, dejando que el agua lo empapara, Roronoa Zoro permanecía muy quieto, tanto que solo su respiración, calmada y regular, le decía que seguía vivo. Apretado contra su costado, como invitándola a recostarse contra su cuerpo, el tigre había dejado caer la cola sobre sus caderas y no había vuelto a moverse. Su ojo derecho estaba entrecerrado, somnoliento, y cada músculo bajo el agua estaba relajado.

Era por eso, más que ninguna otra cosa, que Robin no se atrevía a moverse. Mientras permaneciera quieta y con los ojos cerrados no tendría que dar explicaciones, que darse explicaciones, de cómo habían llegado a esa situación. No físicamente. La explicación que temía dar no tenía que ver con su posición, sino con el anhelo de ceder y acurrucarse contra el costado del animal que permanecía a su lado. Con el deseo de decirle…

Robin se obligó a respirar hondo y abrir los ojos, ignorando esa vocecita interior, incómodamente parecida a la de Nami, que le rogaba que dijera aquella frase que quería escaparse de su boca. Bajo la mirada, negándose a dirigirla hacia el tigre, y la clavo en eso que le rodeaba la cintura. Porque no era él, era un eso. Un algo que NO estaba unido a ningún cuerpo, no señor, y menos al cuerpo de un tigre que en realidad no era un tigre, sino el nakama con el que tenía sus más tórridas fantasías eróticas, y frente al que, por supuesto, NO acababa de tocarse.

Y ahora voy a hacer un inciso en la historia, niños y niñas, para deciros que no neguéis la realidad ante vuestras narices como está haciendo Robin. Porque podríais acabar como ella. De culo en el suelo.

Sí, porque nuestra querida morena de infarto se intentó levantar de golpe ignorando eso que le rodeaba la cintura. Pero eso no iba a ignorarla a ella. En lugar de moverse, el kenshi tensó la cola y se aferró con más fuerza al cuerpo de la morena, haciéndola trastabillar a medio intento de levantarse y consiguiendo que su trasero se estrellara contra el suelo del baño.

Robin boqueó y miró por primera vez al kenshi, que había abierto por completo el ojo derecho y la miraba con lo que, de haber sido humano, sería una expresión burlona. La morena, sentada bajo la ducha, compuso una de esas falsas sonrisas que normalmente adornaban su cara, intentando ocultar un nerviosismo que amenazaba con convertirse en pánico.

-No deberías haber hecho eso, kenshi-san, me podría haber hecho daño,- la sonrisa tembló un momento, traicionándola, y la arqueóloga sintió la fría garra del miedo en la boca del estómago, pero se obligó a continuar-. Por favor, suéltame. Quiero ducharme y vestirme.

El tigre ronroneó suavemente y apartó su cola de la cadera de la morena. Robin intentó disimular su alivio, no solo porque él estaba dispuesto a dejarla marchar, sino porque parecía no haber captado aquel pequeño momento de titubeo por su parte. Se levantó, bajo la atenta mirada del tigre, con la intención de ducharse de nuevo.

-Lo de hace un momento…- Robin trató de sonar despreocupada, y se felicitó a si misma por ser tan buena en ello,- fue solo un arrebato, kenshi-san. Por favor, no lo interpretes como…

Pero no llegó a terminar la frase. Zoro se incorporó y apoyó la cabeza contra el costado de la morena. Paralizada a media frase, la arqueóloga solo pudo notar como el enorme animal la rodeaba con su cuerpo. Era tan grande que su cabeza le llegaba justo al nacimiento del pecho, donde notó su aliento mientras uno de sus hombros le acariciaba el vientre. La cola que un minuto antes le rodeaba la cintura se enredaba en sus piernas.

-¿Kenshi-san?

Ahí estaba. Un ligero temblor en su voz, por el que se odió al instante. No podía ser débil. No podía mostrarse débil ni ceder ante lo que él le provocaba. Porque ella era Nico Robin y todo lo que llegaba a amar acababa destruido. Y él era, al menos para ella, demasiado fácil de amar.

Pero si quería conservar las distancias, nunca debió haber bajado la vista.

Él la miraba. Directamente a los ojos. Y Robin creyó que moriría bajo esa mirada, porque nadie nunca la había mirado así. Como si fuera algo precioso. Sin miedo, sin rencor. Como si lo entendiera, eso que se la estaba comiendo por dentro. Cada segundo de dolor y de miedo. Cada deseo que no decía en voz alta. Y esa frase que le quemaba la lengua y que retenía a la fuerza en su boca.

Porque, aunque Robin no lo supiera, Zoro lo sabía. Lo que ella callaba y no podía decir. Había sentido el timbre del miedo en su voz, el temblor de su sonrisa. En algún momento tras tanto observándola, había llegado a ver la diferencia entre la máscara y la mujer real. Y Él no la forzaría a nada. Él no le pediría nada. Estaría allí hasta que ella pudiera decir lo que no podía decir ahora. Hasta que pudiera oírlo de su boca.

-Kenshi-san…

Algo enorme y pesado se rompió dentro de Robin. Él estaba allí con ella y no se iría, ¿verdad? Él no permitiría que nadie se lo llevara. Zoro era lo bastante fuerte para resistir.

Y fue esa idea la que consiguió que, aterrorizada como estaba, Nico Robin rodeara con los brazos el cuerpo del tigre y sonriera.

.

.

La morena se duchó, bajo la atenta mirada del kenshi, que no dudó un segundo en seguirla a su camarote. En cuanto entraron el animal se subió a su cama, tendiéndose cuan largo era y clavó el ojo en ella, golpeando el colchón con la cola alegremente. Robin rió.

-¿Vas a quedarte mirando, kenshi-san?

Robin se quedó muda cuando el tigre asintió con la cabeza lleno de entusiasmo. La morena se mordió el labio inferior, intentando contener una risa nerviosa. Al final, viendo que Zoro no pensaba moverse decidió ignorarlo. Al fin y al cabo, en la última hora él había visto cosas mucho más personales que un simple cambio de ropa.

Si le hubieran preguntado a Zoro no habría estado de acuerdo. Lo que había pasado en el baño había superado algunas de sus mejores fantasías, pero aquello… nunca había visto nada como eso, y le encantaba. Había algo extraordinariamente tierno y sensual en todo aquello. El cuidado y la calma con la que la morena se vestía, la forma en que sus dedos se deslizaban sobre la seda de la ropa interior. Solo con las delicadas bragas de encaje puestas, Robin examinaba su armario y escogía la ropa. Acariciaba el tejido de las prendas, las examinaba buscando la que deseaba ponerse. La dejaba sobre el sofá de la habitación y se iba al tocador. Zoro no fue capaz de apartar la mirada mientras ella se peinaba, hipnotizado por el movimiento continuo del cepillo en su pelo. Solo ya peinada y lista, la mujer terminó de vestirse, ajustando la parte superior del conjunto de ropa interior y el pequeño vestido blanco que llevaría ese día, casi una pieza de encaje más, sobre su cuerpo lleno de curvas. Sacudió ligeramente su melena suelta y se sentó para calzarse las sandalias. No usó ni una sola mano fleur durante todo el proceso, y el kenshi, completamente relajado sobre la cama, no pudo evitar pensar que era algo que no le importaría presenciar cada día de su vida.

-Ya estoy.- El tigre se sobresaltó ante el sonido repentino y Robin sonrió sin poder evitarlo. - ¿vamos a desayunar, kenshi-san?

Llegaron juntos a la cocina, Robin apenas unos pasos por delante del tigre. En cuanto atravesó la puerta, Sanji empezó a revolotear a su alrededor, y Zoro no pudo evitar sentirse irritado. Hombre, tigre o mico, Sanji lo ponía de los nervios. Y con Robin de por medio, la cosa era incluso peor.

-Ella es mía.

Sabía que el cocinero no lo entendía, pero era más un recordatorio para sí mismo que otra cosa. Robin era suya, igual que él era suyo, y Sanji no podía evitar ser un completo baka. Eso sí, en cuanto volviera a tener pulgares oponibles y cuerdas vocales iba a tener una charla con el cocinero sobre límites para con Robin. Él no era celoso, lo que le molestaba era que Sanji no fuera ni capaz de ver lo incómoda que podía llegar a sentirse Robin con sus chorradas.

Apenas se fijó en el leve saltito de Chopper en su asiento, antes de tenderse contra la pared y centrar toda su atención en Robin. No tenía hambre. Ella era todo lo que ocupaba su cabeza y, dejando de lado ese momento en el que realmente creyó que les habían cambiado a su capitán por un gemelo idéntico o un clon alienígena, apenas prestó atención a nada de lo que ocurrió en el desayuno.

Robin no es que estuviera mucho más atenta a lo que pasaba a su alrededor. La emoción y los nervios impedían que hiciera algo más que revolver su plato de forma compulsiva. Al fin. Por fin. Había iniciado algo. Y estaba aterrada… y emocionada, y esperanzada. No eran las mejores circunstancias (con eso de Zoro siendo un tigre y tal) pero, de alguna manera, ella no creía que hubiera podido ser mejor. Y cuando él volviera a ser humano…

Entonces solo le quedaría tirarse a la piscina. Y rezar porque fuera profunda.

De todas formas, tenía la impresión de que había avanzado más que Nami, que parecía a punto de desmayarse un segundo antes de que Chopper la arrastrara a la enfermería.

Robin saltó de su lugar en cuanto terminó el desayuno (más bien en cuanto Luffy se lo terminó por ella, muy a gusto) y salió de la cocina sin decir palabra. Sabía que el tigre la seguiría sin que tuviera que pedírselo.

Él estaba a su lado en cuanto se sentó en la cubierta de césped. El kenshi se sentó a su lado y la morena no pudo resistir la tentación de apoyarse contra su cuerpo.

-Hola.

El tigre ronroneó, complacido, e inclinó la cabeza para rozarle el pelo con el hocico. Se quedaron así unos instantes.

-Tengo miedo,- Robin alzó la cabeza, captando la atención del peliverde,- yo… no sé qué va a pasar, kenshi-san. Y aunque estemos bien así…

El tigre bufó y Robin sonrió.

-¿Primero conseguimos que vuelvas a tener pulgares y luego decidimos en que vas a usarlos?-, adivinó la morena, consiguiendo que el tigre pusiera el ojo en blanco. Robin sonrió, melancólica,- Porque esto… en realidad no es nada, ¿verdad? Solo una especie de…

Zoro no le dejó acabar la frase. Empujó a la morena, haciéndola caer de espaldas y lanzándose sobre ella para hacerles cosquillas con los bigotes. La risa de la mujer inundó la cubierta, mientras Zoro ronroneaba feliz. Desde luego, en cuanto fuera humano de nuevo se aseguraría de que Robin tuviera claro lo que sentía por ella.

Mientras, en la cocina Franky se felicitaba de nuevo por sus manos enormes, porque si no, no podría sujetar de nuevo a Sanji para evitar que se hiciera una alfombra de pelo de tigre. Luffy, por otra parte, observaba a sus nakama con una sonrisa complacida. Sí, porque Luffy es lento, no tonto. Y esto lo entendía hasta él.

-Robin también cree que Zoro mola más de tigre.

A su manera, diablos, lo entendía a su manera.

Cuando el kenshi al fin paró Robin estaba sin aliento, abrazada al enorme animal. La morena escondió la cabeza en el pecho de su nakama, aspirando el olor a acero y sake que, incluso como tigre, le impregnaba la piel.

-Kenshi-san, yo…

Pero, de nuevo (y mira que se han repetido situaciones en este capítulo) la morena no pudo terminar la frase. El Sunny dio un bandazo y de no haber sido por la rápida reacción del tigre, que la rodeó con sus patas, la mujer hubiera salido despedida de la cubierta.

El rugido furioso del tigre llenó la cubierta. Lo que había impactado contra el Sunny era un barco destartalado, que tras el golpe había quedado convertido en un montón de astillas. Y de entre esos restos empezaron a surgir hombres, a una velocidad increíble, llenando la cubierta del Sunny. Debían ser varias docenas, y en menos de un minuto Zoro y Robin estaban completamente rodeados. La mujer se incorporó y se colocó espalda contra espalda con el tigre, oyendo como un susurro amenazador empezaba a surgirle del pecho, amplificándose y congelando a los hombres en su sitio. Una lenta sonrisa se extendió por su propio rostro, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Por encima de ellos se escuchaban los gritos alarmados de sus nakama, pero ni kenshi ni arqueóloga les prestaron atención.

-¿Qué me dices, kenshi-san? ¿Yo una mitad y tú la otra?

Con un rugido de triunfo, Zoro se lanzó sobre los caza recompensas. Robin rió, complacida. Y los brazos empezaron a surgir de los cuerpos de los aterrados cazadores, quebrando columnas como si fueran ramitas. El Zoro-tigre se movía con agilidad entre ellos, usando las garras como si fueran katanas. Cortando sin matar, destrozando lo que se pusiera por delante. Saltó por encima de media docena de hombres para caer sobre uno que iba a por Robin, mientras sabía que a sus espaldas otros dos caían con todos los huesos rotos antes de llegar a tocarlo. Se movían uno alrededor del otro, como dos satélites atraídos por sus fuerzas de gravedad respectivas.

Y desde la cocina, los mugiwara los miraban como si estuvieran viendo un espectáculo de ballet. Y si quitamos la sangre, las tripas y los alaridos de dolor, se parecía bastante. Tengo que aclarar que una parte de los alaridos de dolor era de Sanji, que…

-¡ROBIN-CHWAN! ¡¿POR QUÉ CON ESE KUSO NEKO?!

Perfectamente compenetrados, tigre y mujer estaban acabando con todo lo que se les ponía por delante. Sin dejar de cubrirse las espaldas, dedicándose gruñidos, carcajadas, y hasta roces y caricias en medio de la batalla.

Tú junta a un par de morbosos enamorados en medio de una batalla y verás lo que pasa.

Y tan concentrados estaban el uno en el otro, y en esa extraña complicidad (par de sádicos, dios) que ninguno lo vio hasta que fue demasiado tarde.

Un hombre alto, delgado y extremadamente tembloroso y pálido surgió de entre los restos del barco. Las instrucciones de la bruja habían sido claras. Lo único que importaba era matar a la mujer. Su barco, la vida de sus hombres, su propia vida, carecían de importancia.

Estrella tu mierda de barco contra el suyo. Despístalos. Envía a tus hombres a por ellos, distráelos. Que piensen que están ganando. Y entonces, solo entonces, con los mugiwara incapaces de reaccionar a tiempo…

De pie sobre la barandilla del Sunny, el jefe de los caza recompensas fijó su mirada en la mujer morena que luchaba junto al tigre. Y levantó el arma que la bruja le había entregado.

Un solo chasquido. Fue el único sonido que hizo el lanza arpones antes de dispararse. La gruesa lanza de kairoseki se dirigió a la mujer, pasando entre los hombres heridos, bajo los gritos desesperados de los mugiwara.

Y nunca llegó a su destino.

Un cuerpo se interpuso. El tigre no hizo sonido alguno cuando la lanza lo atravesó de parte a parte, dejándolo clavado en el aire durante un instante, con el cuerpo alzado sobre las patas traseras.

Fue el golpe del cuerpo contra la cubierta lo que devolvió a Robin a la realidad. Y el resto de sonidos se apagaron ante el grito de terror de la morena al correr hacia el tigre.

-¡ZORO!

Robin cayó de rodillas junto al enorme tigre, rodeando su cabeza con las manos. A su alrededor la batalla seguía, sus nakama se habían lanzado sobre la cubierta a derribar todo lo que aún se sostuviera en pie, pero a ella ya no le importaba.

-Zoro, por favor… por favor…

No importaba.

Porque el tigre no respiraba.