Incendio en la Azotea
Sintió la boca de Edward estrellarse con fuerza sobre la suya y notó el sabor a lluvia en sus labios. El ansia de aquel beso hizo que su cuerpo respondiera con un deseo tan intenso, que la desconcertó.
Su autocontrol desaparecía cada vez que estaba junto a aquel hombre. No sabía por qué, pero la frustración que había sentido mientras trataba de localizarlo sin éxito había servido para intensificar su efecto.
Aquella persecución se había convertido en algo personal. En algún momento durante las últimas veinticuatro horas, atrapar a Edward no había sido tan importante por el hecho de guiarla hasta Volturi, sino por el simple hecho de saber qué paso había dado él y qué paso tendría que dar ella a continuación. Y el empeño de demostrarle lo que era capaz de hacer, aunque no sabía qué era lo que tenía que demostrar.
Debía recordar que ella era la buena y él el malo. Blanco y negro. Competir con él era sólo la manera de conseguir que cooperara. En su cabeza, todo parecía perfectamente lógico, pero cuando Edward la rodeó con sus brazos y le dio la vuelta alejándola del borde del tejado para llevarla a la pared interior de la azotea, el deseo se apoderó de ella y no pudo pensar nada más.
Rodeados por el sonido de la noche, de la lluvia y del viento, no había manera de negar aquel deseo. Sólo quedaba el recuerdo del placer que había encontrado en sus brazos y un ansia puramente física.
No podía resistirse a la tentación.
Su plan había sido convencerlo de que cooperara con sus dotes de seducción. Quizá no fuera muy ético, pero en aquel trabajo Bella estaba acostumbrada a hacer todo lo que fuera necesario para conseguir el éxito en cada misión. Pero esa vez no era así. Su total incapacidad para controlar el modo en que todo su cuerpo reaccionaba ante Edward había hecho que todo aquello fuera mucho más que trabajo.
No sabía por qué, sólo sabía que el impulso de abrazarlo y dejarse llevar era demasiado fuerte como para negarlo a pesar de que el cielo parecía estar cayéndoles encima. Por muy insensato que fuera, lo único que pudo hacer en aquel momento fue rendirse al deseo; ponerse de puntillas y pegarse a él tanto como le fue posible.
Él le puso una mano en la nuca e intensificó el poder de su beso dejando que su lengua explorara el interior de la boca de Bella hasta que ella pudo sentirlo por todas partes. Estaba claro que su deseo era tan intenso e incontrolable como el de ella.
Bella sintió una especie de fuego que corría por sus venas, un ardor en el centro de su cuerpo que pedía a gritos revivir el recuerdo de un placer que seguramente era demasiado bueno como para ser cierto. Sin duda durante las largas horas de persecución había magnificado en su imaginación la pasión ardiente que provocaba en ella un desconocido y no un desconocido cualquiera, sino uno al que jamás debería haberse acercado tanto.
Y sin embargo, ahora volvía a sentir el mismo efecto arrollador; el estómago se le encogía y su sexo, empapado de excitación, suplicaba su atención. Edward debía de haberse dado cuenta porque justo en ese momento se inclinó lo suficiente para separarle las piernas y apretó su erección contra la entrepierna de Bella, justo contra el punto donde ella más lo necesitaba.
Bella no habría podido dejar de mover las caderas ni aunque el edificio se hubiera hundido bajo sus pies. Él también las movía convenciéndola de que merecería la pena mandar el mundo entero a paseo sólo para poder pasar varios días con aquel hombre y sin salir de la cama.
—Quiero tocarte —le dijo sin dejar de besarla ni un momento.
Apenas pudo oír su voz con el sonido de la lluvia, pero la vibración de sus palabras fue suficiente para hacerla estremecer.
Ella también quería tocarlo a él.
Hundió la cara en su cuello y comenzó a besar su piel mojada a modo de silenciosa invitación. Mientras, fue bajando las manos por su espalda, sintiendo cada músculo y cada centímetro de su piel mojada. Él respondió con una ligera risa que al principio la hizo preocuparse, hasta que se dio cuenta de que en realidad parecía satisfecho con sus caricias. Mientras, él se entretenía acariciándola con la lengua; parecía ansioso por saborearla, por tocarla.
Y lo hizo. De pronto sus manos estaban por todas partes. Debajo de la blusa, en sus pechos…
La pequeña parte de su cerebro que seguía alerta la advirtió del peligro que corría si se abandonaba a él, pero el instinto negaba a la razón. La mera idea de desnudarse ante él allí mismo, en aquella azotea bajo la lluvia, servía para excitarla aún más.
Cuando sus manos por fin le tocaron la piel, las caricias de Edward se hicieron más frenéticas. Recorrió sus costillas, su cintura y su estómago como si tratara de memorizarla. Ambos tenía la respiración entrecortada.
La situación empezaba a escaparse de su control. Bella no recordaba la última vez que había sentido algo semejante, no recordaba haberlo sentido nunca.
Trató de recordar que Edward no era más que el medio para conseguir un fin, pero al sentir que le estaba desabrochando el sujetador, los pensamientos volvieron a esfumarse de su mente. Lo que sentía, lo que ambos sentían era tan real, que no pudo detenerlo cuando comenzó a quitarle la ropa empapada para dejar su piel expuesta bajo la lluvia. El agua caía sobre ellos, provocándole a Bella mil y un escalofríos.
Se sentía vulnerable ante aquel hombre y ante la situación; la tormenta sobre sus cabezas, la policía barriendo las calles cercanas y la incertidumbre de no saber si Edward utilizaría esa vulnerabilidad para traicionarla.
Después de todo, él era uno de los malos.
Y sin embargo en su mirada encontró una expresión que la hizo sentirse segura. Lo vio quitarse la camisa y se quedó hipnotizada por la belleza de ese cuerpo que iba hacia ella.
De pronto se encontraban piel contra piel. Sus brazos le sirvieron de apoyo en el momento en que arqueó la espalda hacia atrás. Quería sentirlo en cada rincón de su cuerpo, saciar la necesidad que sentía entre las piernas; necesitaba satisfacer la curiosidad de experimentar todo lo que pudiera hacerla sentir, abandonarse a la promesa de lo que podría ser estar juntos.
Él también temblaba bajo sus manos y le hablaba al oído con una voz profunda y rasgada por la excitación. Bella saboreó el poder que le daba el saber lo que le hacía sentir, pero enseguida fue él el que la hizo sentir a ella.
De pronto sintió su boca en el pecho, su lengua jugando con el pezón y se le cortó la respiración.
Edward siguió lamiendo sus pechos y ella gemía una y otra vez, agradecida de que el viento y el sonido de la lluvia ahogara el sonido de su placer. Porque no quería que Edward percibiese que tenía tanto poder sobre ella, que se sentía incapaz de resistirse a él. Pero eso era exactamente lo que ocurría y lo supo con total seguridad cuando sintió su mano bajo las braguitas y se dio cuenta de que jamás en su vida se había sentido tan indefensa. Ya no había marcha atrás.
Y ahí estaba el peligro. No quería echarse atrás.
Aunque sabía que lo único que quería Edward era hacerla llegar al clímax y demostrar que tenía el control de la situación, Bella estaba perfectamente dispuesta a rendirse a su poder.
Edward exploró su interior con maestría, primero con un dedo y luego con dos y le hizo sentir un placer desconocido, inimaginable.
En aquel momento no le importaba nada, sólo le importaba que Edward no se moviera porque sus manos y su boca estaban exactamente en los lugares en los que debían estar. Bella se movió ligeramente para hacer la unión más intensa, para conseguir la fricción que necesitaba para alcanzar el clímax.
Se deshizo en sus brazos, explotó de tal forma que se le quedó la boca seca. Él la sujetó y la acunó sabiendo que se había quedado completamente sin fuerzas.
—Déjame hacerte el amor —le susurró él suavemente.
Bella no podía negarse cuando su cuerpo aún estaba sintiendo el placer que él le había dado.
—Sí.
Una décima de segundo después, sus bocas habían vuelto a unirse y no se separaron mientras Edward la liberaba de las braguitas. Bella estaba destrozada, pero al mismo tiempo le emocionaba que una sola palabra pudiera satisfacerlo tanto.
Probablemente eso le daba cierto poder.
Aunque el poder ya no importaba. Bella había ido demasiado lejos como para detenerse. Había demostrado la atracción que sentía por él, había intentado utilizarla, pero había perdido el control por completo.
Así pues, se rindió a sus besos con total abandono, pero él no utilizó lo que sabía de ella en su contra, en absoluto. Sólo se limitó a devolverle la misma pasión.
Entonces se separó de ella y echó mano al bolsillo trasero del pantalón… ¿la cartera? Con enorme asombro, Bella vio aparecer un paquetito que identificó de inmediato.
¿Un preservativo?
Si hubiera podido reírse, lo habría hecho.
Estaban en la azotea de un edificio, empapados por la lluvia después de haber huido del personal de seguridad y de la policía, pero aquel hombre tenía la frialdad necesaria para acordarse de los preservativos.
Bella se alegraba de que al menos él lo hubiera hecho, porque ella estaba tan entregada al momento, que lo único en lo que podía pensar era en tenerlo dentro de sí… qué loca.
Pero el chico malo los había salvado a los dos, lo cual resultaba irónico.
—¿Siempre llevas preservativos o es que esperabas utilizarlos conmigo? —Bella se preguntó por qué quería saber algo así si ni siquiera podría creer lo que él le contestara.
Le quitó el paquetito de las manos y lo abrió con la intención de ponérselo ella para demostrar que ejercía al menos el mínimo control en la situación. Mientras, él se había bajado los pantalones y había dejado al aire unos magníficos atributos.
Sólo con verlo con el torso desnudo y los pantalones bajados, Bella sintió que la excitación volvía a surgir dentro de ella con fuerza renovada.
Incapaz de esperar por más tiempo, Bella agarró aquella escultural erección y sonrió ante su sobresalto.
—¿Te diviertes? —preguntó él.
—No pienso contestar hasta que tú contestes a mi pregunta.
Edward resopló antes de hablar y Bella se preguntó por qué titubeaba tanto.
—Digamos que después de lo de anoche tenía esperanza de necesitar los preservativos.
Buena respuesta. Claro que también podía estar regalándole los oídos con una mentira. Pero Bella siempre confiaba en sus instintos, aunque a veces la condujesen a situaciones extremadamente peligrosas e insensatas como aquélla, y lo cierto era que no quería creer que le estaba mintiendo. Le gustaba saber que Edward quería hacerle el amor, era la prueba de que ella no era la única cuya pasión se había descontrolado. Con un poco de suerte… y si alguna vez conseguía volver a concentrarse en el trabajo, quizá haber entrado en un terreno tan personal con Edward le sirviera para arrastrarlo hacia su lado del juego.
Así que le colocó el preservativo mientras pensaba lo estúpido que era intentar pensar en el trabajo teniendo en las manos tan hermosa erección.
Un segundo después, se encontraba de nuevo en sus brazos. Edward le puso una mano en el trasero y ella le echó las piernas alrededor de la cintura para sentir aquella erección en el sitio en el que debía estar.
Y volvió a tener la misma sensación.
Quizá fuese por el modo en que Edward se había parado a mirarla, pero la había dejado sin aliento, preguntándose de nuevo por qué aquel hombre le causaba aquel efecto. No sabía por qué, pero lo hacía.
Edward no se esforzó por disimular, le lanzó una rápida sonrisa y se sumergió dentro de ella. Bella observó las emociones que se reflejaban en su rostro y no pudo evitar apretarse bien a él, dejarse derretir alrededor del miembro que la llenaba por completo.
—¡Dios… Bella! —susurró al tiempo que posaba su boca sobre la de ella.
Y empezó a moverse. Sus cuerpos se habían unido sin esfuerzo y no hicieron falta más que dos movimientos para que Bella se diera cuenta de que los dos orgasmos que había tenido con él no habían sido más que la promesa de lo que podía sentir, la promesa de lo que iba a sentir a continuación.
Edward se movía despacio, exploraba la unión de sus cuerpos mientras ella le acariciaba el pecho y el cuello. Los gemidos anunciaron el cambio de ritmo, un ritmo que ahora impedía que Bella se concentrase en nada que no fuera sentir. Ya no podía acariciarlo, sólo podía seguir sus movimientos cada vez más rápidos y fuertes.
Bella no comprendía cómo podía mantenerse en pie y seguir aguantando su peso y sin embargo cada vez la agarraba con más fuerza, clavándole los dedos en el trasero. Y cuando finalmente alcanzaron el clímax, sus cuerpos estallaron juntos y sus gemidos se fundieron en uno solo.
Edward tuvo que sujetarse en la pared para no perder el equilibrio.
—No te muevas —le pidió con un tono desgarrado que la hizo sonreír.
O casi.
Habría querido disfrutar de la sutil admisión de que apenas podía seguir sujetándola, pero eso ya no le importaba. Así que apoyó el rostro en su cuello y agradeció que al menos él pudiera seguir en pie.
OMG, alguien más se ha quemado¿? jejejejeje... estos dos no pueden estar juntos sin estar pegados...jejejeje. me encanta! espero que les guste... jejeje. en fin nos leemos guapas... besotes... ya estoy trabajando en una nueva historia... a alguien le gustan los tejanos rudos y celosos! jejejeje. si es que si disfrutaran con la nueva historia... por cierto gracias por sus RW... sus alertas y favoritos... son de lo mejor. y espero seguir subiendo historias que les gusten! muakis
