Los días siguientes fueron una sucesión de fragmentos extraños. Y cuando lo extraño se vuelve una cotidianeidad, Iwaizumi sabía que algo estaba mal.
Nunca se dio cuenta de cuánto tiempo pasaba con Oikawa hasta que dejó de ser una buena compañía. Es decir, nunca sería una mala compañía. Nunca. Pero... El mejor ejemplo era ver una película. Antes era una actividad típica que hacía con su mejor amigo, donde la pasaban bien. Después comenzó a deformarse y ahora, la relación entre los dos era incómoda, triste o forzada. Especialmente forzada. La habilidad que Oikawa tenía para mentir lo impresionaba todo el tiempo hasta llegar a sentir repulsión por aquella sonrisa radiante que escondía un mundo.
Escondía un mundo del mundo, pero no de él. A Iwaizumi no lo engañaba. Sabía que su buen humor era inventado y le molestó percatarse que también lo era cuando veían películas, o dirigía al equipo de vóley, o hacía cualquier cosa donde antes podía descuidar su máscara de perfección para ser Oikawa Tooru, al cual amaba.
Hum. Amor. Esa mierda tan confusa para él.
Había veces donde no podía apartar la mirada de su rostro, de sus expresivas facciones, de todo lo maravilloso que aparentaba (y era). Quedaba completamente encandilado por él, pero después...
Después había veces como la de ahora, donde hablaba como cotorra a su lado sobre superficialidades que ni él creía, pero Kindaichi y Kunimi asentían de acuerdo y le sonreían, animados (y embelesados, e Iwaizumi sabía muy bien lo que era caer en sus encantos). Pero en su mente aparecían comentarios que no podía frenar, tales como "¿También se acostó con ellos? ¿Será así de idiota? No. No lo es. ¿O sí lo es? ¿Con quién más lo hizo?". Repugnante. Sí, era repugnante de parte de Oikawa y repugnante de su parte porque estaba siendo un horrible amigo al pensar así de él. Y más siendo del montón que había sido hechizado por sus encantos. Era tan hipócrita y se odiaba por ello.
Por eso aguantó las conversaciones sobre vaya a saber uno qué artista de moda y sus horrendas canciones. Estaba de un humor de perros porque, cansado y estresado, había fallado más remates que los usuales. Y los usuales en las prácticas eran uno cuanto mucho. La sincronización con Oikawa seguía intacta, pero el día fue irritantemente largo.
Aquel día fue donde comenzaron las situaciones que se volvieron parte de su día a día, que tanto detestaba y secretamente no podía abandonar. No podía. Era débil.
Luego de que todos se fueran, Oikawa regresó parloteando sobre lo distraído que estaba hoy, si acaso había visto su chaqueta. Le dio gracia decirle que no y verlo buscar hasta el último rincón de los vestidores, pero al final Iwaizumi se cansó y, acompañado de un golpe en la cabeza, le hizo notar que la chaqueta la tenía puesta.
Oikawa se rió y lo abrazó en contra de su voluntad, repitiendo el apodo feo que le había puesto hace años pero que tanto le gustaba. Sin embargo, la efusiva muestra de afecto los llevó a estar más cerca de lo que habían estado en mucho tiempo.
Iwaizumi le rodeó la cintura de manera automática y siguió siendo estúpidamente raro. Y lo fue más al sentir que Oikawa hacía peso muerto sobre él y arrastraba la nariz y los labios por su cuello, provocándole un estremecimiento. Y nervios. Frunció el ceño, con la mente en blanco.
Y cuando Oikawa se alejó, aun con la mente en blanco, se besaron. No sabe quién se lanzó sobre la boca de quién, o si ambos pensaron (o no pensaron en absoluto) lo mismo. Besos pudorosos y dubitativos. Como si fueran niños, o peor: como si temieran perder el equilibrio que fingían tener. Y como sucedió, dejó de suceder.
Oikawa se cerró la chaqueta y lo esperó en la puerta, para regresar juntos el trayecto hasta que sus caminos se separaran. Como si nada hubiera pasado. Y no se dirigieron la palabra hasta que Iwaizumi dijo, sin querer, aun con la maldita mente en blanco:
― Nos vemos mañana.
― Sí. Nos vemos mañana ―repitió Oikawa como si estuviera en las nubes, tirando de sus labios para forzar una sonrisa de despedida.
Y después de un tiempo, volvió a ocurrir. Por más insólito que fuera, la siguiente vez tuvo lugar en el pasillo del colegio. Oikawa quiso bromear y darle un beso en la mejilla con toda confianza, pero no contaba con que Iwaizumi fuera un idiota que corrió la cara en ese momento. Y sus labios no se encontraron sin querer, pero la cercanía los incitó a hacerlo a propósito. Por más que no pasó de ser un mimo de labios, que se repitió dos veces más antes de que giraran los rostros avergonzados porque aun estaban en el medio del pasillo y, vacío o no, aunque nadie los haya visto, no dejaba de ser vergonzoso.
La tercera vez fue más que uno que otro besito ocasional. Resulta que la película que Oikawa trajo ya la habían visto, pero como solo conocía la traducción japonesa del título, al verla en su inglés original pensó que era una que nunca vieron. Y no era especialmente buena, así que de alguna manera, terminaron besándose.
La boca de Oikawa siempre era caliente y estaba bien dispuesta a recibirlo. Aun sabía al dango que habían comido de postre y eso hacía mucho más irresistible pasarse de la raya, a pesar de lo que charlaron. Sabía que debía hacerlo, pero Oikawa no parecía tener ningún problema con esto, después de todo, solo era un beso (o dos, o tres, o miles). Y al final pasaron más de la mitad de la película prestando más atención al juego de lenguas que a los viajes en el tiempo de una retorcida trama de ciencia ficción.
La cuarta vez fue similar, a excepción que la película no era tan aburrida, sino que tenían asuntos más interesantes para tratar. Iwaizumi no se atrevía a ir más allá y Oikawa tampoco, pero en su fuero interno lo deseaba tanto. Deseaba pasar las manos por esos muslos suaves, deseaba verlo retorcerse de placer debajo de él, deseaba arrancarle sonrisas sinceras. Deseaba tanto su culo como que las cosas volvieran a la normalidad. Solo amigos. ¿Era tan difícil? Sabía que no pasaría. Haberse acostado con su mejor amigo fue lo peor que pudo hacer. O lo peor que no evitó, porque si es por hacer o no hacer, Iwaizumi no fue consciente de lo que hacía, entregado total a la seducción y naturalidad con que se dieron las cosas.
A Iwaizumi no le molestaba la idea de tener sexo con Oikawa. Lo que le molestaba de ese día es que él perdió la virginidad con él. Y el problema no era haberlo hecho con su mejor amigo... bueno, sí, pero el mayor problema que, a pesar de ser un cliché de lo más idiota, le hubiera gustado que su primera vez fuera con alguien que ama y viceversa. No con alguien que se acostó con medio colegio. Eso era decepcionante.
Y con todas sus convicciones, sus certezas y firmezas, Iwaizumi no podía negarle ni un solo beso a Oikawa. No sentía correcto desperdiciar la oportunidad de acariciar su rostro, su piel era suave no importaba qué parte del cuerpo fuera. Su fuerza de voluntad era un chiste cuando trataba de negarse, porque estrechar a Oikawa entre sus brazos y adorar su cuerpo hermoso a besos se estaba volviendo el hobbie más problemático que podía tener.
Pero era inevitable.
(O no quería evitarlo).
A fin de cuentas, solo eran niños jugando a los enamorados.
No obstante, había momentos donde no eran niños. Donde se replanteaba permitir que lo invadiera la lujuria, donde debía disimular de alguna forma la erección, donde realmente necesitaba hacerlo con Oikawa. Pero no lo hacía. Eso sería demasiado.
Y en esos momentos era imprescindible recurrir a toda la fuerza de voluntad que tenía, a repetir mentalmente sus convicciones, certezas y firmezas para no hacer nada, no podía, no debía, (pero sí quería) lanzarse sobre Oikawa.
E Iwaizumi jamás olvidará la prueba más grande que tuvo que enfrentar en la vida. Nunca se esforzó tanto por mantener el control de sí mismo más que en esa anoche.
Estaba adormecido pero parte de su cabeza seguía pensando en esa teoría que formuló Oikawa sobre una serie que ambos seguían. Vieron el episodio estreno antes de ir a dormir y se encontraba muy intrigado como para pegar un ojo. Por su silencio, asumió que su mejor amigo estaba durmiendo profundamente hace tiempo. Ya no se tocaban en la cama, ni por amistad ni por accidente. Oyendo la respiración de Oikawa, pensó que estaría teniendo alguna pesadilla o algo. Sonaba agitado, así que se debatió si debía o no despertarlo. Qué inocencia. No tardó mucho tiempo en darse cuenta que no era una pesadilla, sino que... No, no sería tan descarado. No sería capaz de masturbarse estando a su lado.
¿O sí?
A cada minuto, la respiración de Oikawa se volvía más pesada e irregular. Las sábanas no se agitaban por lo que debía estar calculando lentamente cada movimiento, pero de vez en cuando se oía el sonido familiar de la piel contra la piel. ¿Tan caliente estaba que no podía aguantar? Iwaizumi sintió asco. Pero no, era una mentira. También sintió calor, tanto en sus mejillas como en su entrepierna.
Hizo un pacto mental consigo mismo. Más por orgullo que razón, se dijo que no caería tan bajo como para reducirse a lo que hacía Oikawa.
Y minutos después lo lamentaba. Ah, como le gustaría no hacerse caso. Nada le gustaría más que reducirse a lo que hacía Oikawa, porque masturbarse no es ningún crimen y por favor, cuánto quería tocarse. Pero se mantuvo inmóvil, oyendo los deslices sonoros que cometía Oikawa, dejándolo escuchar algún sonido que lo delatara. Se sorprendió al no captar ni un solo gemido. La vez que habían estado juntos, fue especialmente ruidoso...
No podía creer que estaba en esta situación. No podía creer la clase de pensamientos que abarrotaban su mente. No podía creer lo duro que estaba.
Piensa en tu padre. Piensa en el vecino obeso cuando corta el césped sin camisa. Piensa en la profesora vieja de historia. Piensa en las piernas peludas de la tía. Piensa en... oh, ugh. No funcionaba por más que lo intentara. Intentó ponerse a contar y concentrarse en los números, pero fracasó cuando acompasó los números a las respiraciones de Oikawa. Y finalmente, se rindió.
Imaginó lo desesperado que estaba Oikawa (sintiéndolo en piel propia). Imaginó los problemas que estaría teniendo para controlarse a sí mismo, para no gemir ni retorcerse. Qué sucio. A Oikawa le encantaba ser el centro de atención y esforzarse por lo contrario debía ser tan difícil. Y por otro lado, estaría encantado con la idea de estar tocándose a escondidas. Quizás en sus fantasías, Iwaizumi estaba despierto como en la realidad y eso lo excitaba más. Voyeurista, ni más ni menos. Bastante pervertido y fetichista, rogando para sus adentros venirse de una vez antes de ser descubierto.
Iwaizumi se perdió dentro de sus propias fantasías, intentando contenerse física pero no mentalmente. Apretó los puños, tenso y nervioso. Cerró los ojos, dejando que las imágenes sobre Oikawa fluyeran, rememorando su sensualidad contrastante con el libre salvajismo que demostró cuando lo hicieron.
Porque era hermoso. No hablaba solo de lo físico, porque a nadie le cabían dudas de que era hermoso. Pero había algo en él, algo propio que no tenía nadie más. Eran sus movimientos, sus expresiones (las naturales), su voz cuando era calma, su risa y, por sobre todas las cosas, su sonrisa. Y si podía sexualizar todo, Iwaizumi estaba seguro que podía descubrir cómo acabar sin tocarse.
Oikawa emitió un ruido que parecía ser un gemido ahogado. Y después, todo cesó.
Esa fue la noche más incómoda que tuvo que pasar en su vida entera.
Al no poder dormir, se quedó atento hasta que, esta vez, estuvo cien por ciento seguro de que Oikawa estaba dormido (hasta susurró su nombre en la oscuridad para comprobarlo) para levantarse con cuidado y ocuparse del problema en sus pantalones en la privacidad del baño. Nunca se sintió tan desesperado. Siempre hay una primera vez para todo. También fue la primera vez que tuvo que limpiar semen de las baldosas del baño. Qué vergonzoso, haber terminado sin descuido...
Y después de esa vez, la mayoría de las veces que se tocaba, pensaba en Oikawa. Y le gustaba pensar en la palabra "mayoría" porque era una aproximación, para no tener que admitir que en números redondos daba "todas". "Todas las putas veces que te masturbas piensas en tu mejor amigo" no sonaba como un buen resultado. La mayoría quedaba más lindo.
Desde esa vez que rompieron la tensión con un beso en los vestidores del club habían pasado más de dos meses. Por romper, uno se refiere a agregar la palabra sexual a la tensión. E Iwaizumi conocía a Oikawa mejor que a la palma de su mano, y sabía con certeza que él también sentía toda esa porquería de (super-extra-mega-grande) tensión sexual que existía entre los dos. Como también sabía que si hubiera querido hacer algo al respecto, ya lo hubiera hecho o, por lo menos, intentado. Sabía que si se animaba a dar un paso adelante, había probabilidades de ser rechazado. Porque Oikawa podía ser increíblemente cerrado con tal de protegerse.
Pero eso estaba bien e Iwaizumi no tenía derecho a juzgar las decisiones que creía correctas. Porque él estaba usando la misma estrategia.
Si alguien daba el siguiente paso, todo se iría al carajo. Y las cosas no estaban precisamente bien.
Los dos lo sabían bien. Y se conformaban con besos y una buena amistad, que a pesar de todo, no perdía su solidez. Después de todo, podían conservar los fragmentos como un buen rato. Podían con eso y estaban contentos, por más extraño e incomodo que fuera a veces.
E Iwaizumi no podía estar más equivocado.
Sabía que la situación le iba a estallar en la cara en cualquier momento. De un segundo a otro, alguno de los dos cometería el error de mencionar el tema, de hacer un roce demás, de negarse. O peor, de ceder completamente. Otra vez.
Y, mientras tanto, Iwaizumi no podía dejar de deslizar sus dedos por la línea de piel que quedaba descuidadamente obscena entre la camiseta y el pantalón, era imposible no adorar sus labios con un impropio fervor, era irracional ese deseo que sentía al estar cerca de él.
Con el tiempo no hacía más que empeorar. Si creyó alguna vez que pasaría, como podía aburrirse al jugar múltiples veces al mismo videojuego o escuchar todos los días la misma canción, si de verdad alguna vez fue tan ingenuo de creer que llegaría a aburrirse de Oikawa, si fue tan estúpido como para creerlo, entonces se seguía equivocando. Un mes habrá pasado desde que la regla tácita de los besos se estableció entre los dos como una especie de rutina, y no había manera de que pudiera hartarse de ello. Ni siquiera una sola vez que pudiera disgustarle.
Iwaizumi se encontraba peligrosamente atraído a Oikawa. Era un maldito problema.
Necesitaba alejarse de él lo antes posible, pero cuantas más veces se lo repetía, mas descabellado le parecía. Todo su ser se reía ante la idea de ser racional. Y en aquel mes, su convicción se fue deformando hasta desaparecer. Pronto, no quedó nada de un pensamiento coherente respecto a lo que estaban haciendo, y cuando supo que todo se había ido a la mierda, ya no podía hacer nada.
El día en que Oikawa se rompió, ya era demasiado tarde para prevenirlo.
Hay personas que le están tomando bronca a Iwaizumi, según leo en algunos comentarios. No lo hagan. El amor es complicado y más cuando hay una amistad de por medio.
Bueno, el próximo sería como el último capítulo, ya que el ocho es una especie de epílogo/bonus.
Sus comentarios son hermosos, muchas gracias~
