El departamento donde Peeta vivía, estaba falto de muebles, pues no los necesitaba, ya que pasaba la mayoría del tiempo fuera o en casa de Laura y Andrew. En la habitación principal a duras penas tenía una cama, un sofá y una mesita de noche. Todo de blanco.

Dejó caer las llaves de la motocicleta sobre la mesa con un bufido. Estaba con un humor de perros al no ver a Katniss durante todo el día. Era como si ella se hubiera vuelto su faro en la neblina y la oscuridad del océano, la necesitaba para ser feliz y recordarse que era bueno.

Se recargo sobre la puerta de madera, disfrutando del silencio de la noche. Sin embargo, eso no duró mucho, pues en el edificio donde él vivía había un adolescente de dieciocho años dispuesto a martirizarlo con sus ruidos y música alta.

Sonrió, porque le apetecía hacer algo respecto al adolescente.

— ¿Qué haces con las personas que no están dispuestas a aprender la lección?—se preguntó, pensativo. —. Les das un buen susto.

Esto sería realmente divertido. Tomó el camino al departamento de chiquillo, que estaba justo arriba del suyo. Sabía varias cosas sobre el chiquillo que le servían como ventaja: era claustrofóbico, le temía a las arañas y a las alturas. Material perfecto para trabajar. Llamó a la puerta y segundos después, el adolescente de nombre David salió, pero no había nadie frente a su puerta, no le tomo importancia y la volvió a cerrar. Peeta llamó a la puerta y David volvió a abrir, molesto salió al pasillo para comprobar quien le estaba gastando una broma. No había nadie en el pasillo. Se giró para entrar a su casa, pero al cruzar la puerta algo lo detuvo, como si hubieran colocado una pared de cristal. Retrocedió y su espalda chocó con otra pared. Peeta lo encerró en una especie de caja de cristal.

— ¡Hey! ¿Qué demonios está pasando?— preguntó, sus palabras se escuchaban ahogadas. —. Aquí está algo pequeño.

La caja se fue encogiendo, hasta que David quedó sentado.

— ¡Auxilio! ¡Soy claustrofóbico!

De pronto, algo recorría el brazo de David, una araña peluda y negra caminaba tranquila. David gritó con horror.

— ¡Aah! ¡Sáquenme de aquí!

La araña se multiplicó y ahora no solo había una que recorría su cuerpo. Los arácnidos subían hasta alcanzar su boca y de deslizaban por su garganta. David lloraba y temblaba de horror, mientras Peeta sonreía.

— Vale— exclama una voz femenina detrás de él —, ahora te dedicas a molestar niños.

Terminó la alucinación de David, que se había desmayado y se encontraba tirado en el suelo. Y se voltea hacia la chica que lo escudriña con la mirada y los brazos cruzados.

— Eres la menos indicada para darme una riña por ello, Johanna— gruñe.

— En eso tiene razón— dijo otra voz, pero esta vez masculina, un joven de cabello bronce, extremadamente guapo y musculoso.

Peeta se acercó a David y lo levantó en brazos, entró al departamento y lo aventó en el sofá sin delicadeza.

— Excelente trabajo, bruto. Lo mataste de un susto— exclamó la chica de cabello negro de mechón rojo.

— No seas ilusa, no está muerto— la corrijo Finnick revisando el pulso del muchacho.

— Se desmayó—dijo Peeta.

Salieron del departamento de David y caminaron al de Peeta. Johanna puso los ojos en blanco y harta de la situación le espetó a Finnick:

— Bueno, venimos aquí para informarle o para tratar con el problema de tortura de Peeta.

Peeta rebusco en la nevera algo que tomar y encontró una sola cerveza, la cual abrió y le tomó un gran trago. Los caídos no consumían comida mundana, sólo líquidos como el café o el agua, aunque disfrutaba más de un té sin azúcar, sin embargo, a veces fingían comer frente a las personas para pasar desapercibidos, aunque la comida no supiera más que a tierra. Pero aunque no tuviera el gusto por ella, eso no significaba que no podía cocinarla. A lo largo de todos los años había desarrollado gustos mundanos extraños, como la repostería o la pintura.

Cuando caes, tus sentimientos y emociones son arrancados, excepto por el odio y el enojo, eres como un bebé: aprendes a amar con el tiempo, a conocer la felicidad y el cariño.

El cariño lo había aprendido con Melodie, al igual que la felicidad. Le recordaba una ligera extrañeza de combinación de paz y arrepentimiento. Laura junto con la pequeña Olivia le habían enseñado a proteger a los que quieres. Y Katniss, le había enseñado a amar.

Hasta ahora lo comprendía, Melodie no había sido la causa de esa emoción, solo había ablandado su corazón, había causado pequeñas grietas en la capa de hielo que rodeaba a su corazón, pero Katniss había logrado derribarlas.

— Informarme sobre qué— exigió, con un sorbo a su cerveza después de hablar.

— Bueno— inició Finnick, con vacilación —, el padre de Katniss está en la ciudad...

— ¿Y qué se supone que haga con eso?— lo interrumpió de mal humor, aunque tal vez eso explicaba porque no había visto a Katniss, ni a Prim hoy en el campus.

— Déjame terminar— pidió—. He hablado con él esta mañana. Peeta, Katniss y la pequeña Prim ya lo saben.

— ¿Qué has hablado con él?

— Es lo que dijo ¿no?— contestó Johanna aburrida de la situación — Escucha, Katniss ya lo sabe.

— ¿Se lo dijo su padre?

— Obviamente— contestó Johanna.

Se suponía que ese era su trabajo. Informar a Everdeen sobre lo que era y enseñarla a controlarse, joder. Dejó caer la botella de cerveza sobre el fregadero con la bebida sin terminar y tomó las llaves de su motocicleta.

— ¿A dónde vas?— pregunta Johanna

— A buscarla ¿no es obvio?— Tomó el picaporte con tanta fuerza para abrir que este se rompió. Genial, su departamento se quedaría sin seguro.

— Lo es, idiota— resopló molesta.

— ¿Qué piensas hacer?—preguntó Finnick.

— En todo caso ¿qué le vas a decir?—preguntó Johanna.

— Ya veré cuando esté allá— contestó, apretando los dientes queriendo arreglar la puerta — ¡Al demonio!— gritó harto, con prisa la arrancó de las bisagras la puerta y salió disparado hacia la motocicleta.

— Oh, claro. Porque eso siempre te ha salido tan bien— murmuró Johanna sarcástica.

— ¡Te alcanzamos!— gritó Finnick mientras lo veían desaparecer.

El cielo de medianoche estaba lleno de nubes grises, entre ellas se asomaba la luna llena brillante en tono azulado. Desde mi ventana observaba el exterior, las enredadas ramas de los árboles y un solitario búho volaba en círculos.

Ya no era ignorante con mis sentidos, era como si por primera vez escuchaba el cantar de los grillos en la hierba y sentir el movimientos de las hojas de los árboles bailar con la brisa. Por años, me había preguntado si todos esos libros que leía, tenían algo de verdad en las historias, ahora podía comprobar que sí. Con toda la emoción, no era capaz de dormir y tampoco me era suficiente observar desde la ventana. Había algo en la soledad y oscuridad del bosque que me llamaba, ¿qué había de atrayente en ella para mí?

Mire la cama de Prim y duerme profundamente, así que sin pensarla dos veces, me trepe sobre la cornisa de la ventana y salte hasta el jardín cayendo perfectamente sobre los dos pies.

— Ventajas de ser una nephilim— murmuro, encantada sobre lo que acababa de hacer.

Una parte de mi quería que esta locura se quedará en mis libros de fantasía sobre ángeles que había leído porque siempre pasaba algo malo a lo que enfrentarse y por otra parte... por otra parte... esto era algo asombroso.

Mi madre quería que me quedara en casa hasta que estuviera lista, que justificaría mis faltas en el campus y podría realizar mis trabajos y tareas en casa, así que si se enterase de que estaba afuera, probablemente le daría un ataque, pero ¿cómo estar adentro con una noche tan maravillosa?

De pronto, sentí un leve picor en mi nuca. Según mi padre, el picor lo sentiría cuando un nephilim o un caído estuvieran cerca, así que comencé a cuestionarme si había sido buena idea salir. Comienzo a caminar a la puerta para entrar a casa.

— Katniss—me llama alguien.

Me relajo en cuanto reconozco la voz y siento un vuelco en el corazón y me doy cuenta de lo que su ausencia en el día me había hecho extrañarlo. Me olvide del picor.

— Katniss ¿estás bien? — Se veía preocupado y que no había descansado muy bien—. No te vi durante el día.

Por alguna razón, el que se preocupara por mí, me hizo sonreír

— Es bueno verte —digo—. Le das un poco de normalidad a mi día.

Él también sonríe — ¿Ah sí?

—Sí.

Camino hacia él sonriendo para abrazarlo, preguntándome cómo es posible que una persona se vuelva parte importante en tu vida en tan poco tiempo. Tal vez porque Peeta era amable y las personas amables se ganan un lugar en mi corazón muy rápido.

El picor comienzo de nuevo en mi nuca, tanto que pienso que mi padre está detrás de mí.

— ¿Qué pasa?—pregunta Peeta.

—Pensé que mi papá estaba…

Vuelvo la vista hasta Peeta, que ahora lo rodea un brillo tenue, igual que a mi padre. Mi expresión cambia, al igual que la de Peeta.

No era posible que todo a mi alrededor no era como pensaba que era. Más que asustada, estoy enojada por todas las mentiras de mis padres y ahora la de Peeta.

— ¿Ocurre algo?—pregunta.

Se acerca a mí y decido retroceder.

—No te acerques—le ordeno — ¿Por qué todos me ocultan cosas?

— ¿A qué te refieres?

—Eres uno de ellos... de nosotros— me corrijo, sin poder acostumbrarme a los hechos.

—Katniss, te aseguro que mi intención solo era cuidarte.

— ¿Eres un nephilim?

Peeta sin poder evitarlo suspira.

—Soy un Ángel caído, Katniss— dice entre dientes, como saboreando cada palabra. —Caí hace más de cien años.

Hace más de cien años… las palabras se quedan flotando en mi mente, y no tengo ni palabras para contestar.

De pronto, un coche de color plata se estaciona cerca de nosotros, me cubro los ojos con la mano para evitar el polvo que levantaron las llantas. Finnick sale del coche junto con otra chica, que al verla bien, me doy cuenta que es Johanna.

— ¡Peeta! —grita Finnick acercándose.

Me alegro de ver al menos una persona normal, aunque sean las tantas de la madrugada.

— Finnick— le llamo, mientras camino hasta él.

—Katniss—dice Finnick.

— ¡Johanna!—se llama a sí misma Johanna con burla y pone los ojos en blanco. —. No sé si esto no les parezca raro, pero son las tres de la madrugada. Peeta, ella es una de nosotros ¿qué más tienes para decirle?

— ¿Nosotros?—pregunto.

Veo a Finnick a mi lado y a la chica, Johanna. Los dos tienen el leve brillo y mi nuca pica. Retrocedo de su lado ¿cuántas personas más resultarán ser caídos o nephilim?

—Tú también eres uno de ellos—afirmo, apuntando a Finnick —. Y tú—señalo a Johanna.

—No eres muy lista—murmura Johanna—. Déjame decirte que no es un placer volver a verte.

Suelto un grito desesperación al darme cuenta que estoy rodeada de tanta gente mentirosa.

—Quiero que se vayan, los tres—les digo.

—Pero Katniss...

—Tienes que dejar que te expliquemos—interrumpe Peeta.

— ¿Es normal que actué como una descerebrada? — pregunta Johanna burlándose de mí.

—No quiero ninguna explicación, para eso está papá, quien por cierto resulta que también es uno de ustedes, todos son unos mentirosos.

—Katniss, necesito...

— ¡No necesitas nada! —interrumpo a Peeta —. La única que necesita algo es yo: que se vayan.

Doy la media vuelta y los dejo a los tres con sus explicaciones. Sé que soy algo terca, pero sí hay algo que me moleste, son las mentiras, sobre todo en asuntos serios como estos, ¿creen que no soy capaz de entender? o ¿por qué me lo ocultan?

Cuando voy a subir los escalones, algo salta frente a mí y hace que retroceda. Es la chica de hace días, con la misma ropa, de coleta alta y su sonrisa de dientes afilados.

—Tú— la señalo con los ojos entrecerrados.

—Ah, me recuerdas—dice sonriendo aún más.

Escuche que la grava crujió detrás de mí y supongo que Peeta ya está a mi lado.

—Enobaria—gruñe.

—Hola, Peeta.

— ¿Qué haces aquí? Te dije que no te acercaras a Katniss. —dice Peeta.

—Todo esto es por tu culpa—le reprocho a Enobaria—. ¿Qué le hiciste a mi madre la otra noche?

— Esto es una junta nephilim ¿o qué? —Pregunta inocente dirigiéndose a Peeta, ignorándome por completo mientras Finnick y Johanna se acercan.

— Enobaria—dice Peeta en tono de advertencia. —. ¿Qué hacías la otra noche aquí?

—Bueno, sabía que no tendrías el valor para decirle lo que ella era, así que vine a terminar el trabajo por ti—explica.

—Eso no te correspondía a ti— dice Finnick.

—Como les encanta a las perras buscar protagonismo donde no lo hay— agrega Johanna con voz calmada, hasta parece casi aburrida.

—Oigan, tranquilos. Si yo no fui la que le dijo, yo solo influí cierto poder sobre su madre para que lo descubriera.

—Katniss ¿qué está pasando? — dice mi padre, que nos ve sobre la puerta de entrada.

Enobaria se tensa al escuchar la voz de mi padre.

—Zacarías—murmura.

Frunzo el ceño viendo a Enobaria con atención.

—Katniss ¿qué estás haciendo afuera?

—Papá, yo no podía dormir.

Enobaria parece tomar un gran respiro y voltea a ver a mi padre. Sus ojos se abren por completo y ahora parece sorprendido.

—Enobaria—dice.

Ahora me sorprende que sepa su nombre.

— ¿Se conocen? — pregunto.

—Sí—contesta Enobaria con las manos en la cadera, volviendo a sus aires de superioridad.

— ¿Cómo?—pregunta Peeta.

— El padre de Kathia era todo un galán mucho antes de casarse con tu madre. —explica tomando su tiempo— Nunca imaginé que serías su hija. Aunque debí notar el parecido en los ojos y la piel.

—Es Katniss—la corrijo.

— ¿Qué es lo que haces aquí? —le pregunta mi padre en tono duro.

— ¿Qué historia hay entre ustedes? —los interrumpo antes de que ella conteste.

Ahora mi madre se ha despertado y aparece detrás de mi padre asomándose por sus hombros.

— ¿Qué está pasando aquí? ¿Finnick?

—Hola, Merrill—saluda Finnick con una sonrisa.

Mi madre sonríe a Finnick y parece fulminar con la mirada a Peeta y Enobaria.

— ¿Qué pasa, Zacarías?

—Ash, estaba por contar la historia de cómo Zacarías y yo nos conocemos. —contesta Enobaria desesperada.

— ¿Se conocen?—pregunta mi madre con sorpresa.

— ¡Acabo de decir que nos conocemos!

—Cállate, Enobaria—le dice mi padre.

La situación no solo se estaba volviendo extraña, sino también incomoda. Mi padre suspira con pesar, como no teniendo más remedio comienza a explicar:

—Lo que hubo entre Enobaria y yo, no significo nada para mí—dice, sintiendo la necesidad de ver a mi madre a los ojos —. Fue mucho antes de conocerte Merrill, nada paso cuando estábamos juntos.

Enobaria suspira con pesar —Es una lástima, tu padre era tan buen amante en la cama.

Y no pude controlarme con lo que dijo, no enfrente de todos, no iba a permitir que humillara a mi madre, así que no lo pensé y cuando me di cuenta ya estaba encima de ella.