Capítulo 7: Peligro social

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Se calmó en tres segundos. "Corre" le había ordenado Severus, y eso hizo. Pocas veces había corrido tanto en su vida como esa. La noción del tiempo se le escapó de las manos y ni siquiera supo en qué momento llegó a las verjas flanqueadas por sendos cerdos alados. La reja estaba cerrada con cadena, pero, Albus Dumbledore en persona, con su pelo y barbas blancas brillando ante la luz de su varita y una bata azul con un gorro de dormir, la esperaba dentro.

― ¿Cuál es el patronus de Severus, Merlina?

Merlina se sorprendió por la pregunta, pero no vaciló en contestar.

―Un unicornio.

― ¿Cuántos cursos repetiste en el Instituto?

― Dos años… ¿Cómo lo sabe?

―Uno de mis pasatiempos es averiguar sobre las personas importantes.

Señaló las rejas con la varita y las cadenas desaparecieron. Una reja se abrió en treinta grados, para que justo cupiera la joven.

Las rejas se volvieron a cerrar con un chirrido.

― ¿Por qué las preguntas?

―Nunca se sabe cuando puedes ser un impostor.

Caminaron a paso rápido hasta las grandes puertas de roble. Albus apuntaba constantemente hacia los costados, iluminando los sectores oscuros de los jardines.

― ¿Por qué…?

―En mi despacho conversaremos, Merlina.

La joven suspiró en respuesta. Ni Severus ni Albus la dejaban completar sus preguntas y actuaban de manera sospechosa, como si pudieran estar siendo rastreados por alguien. Si es que estaba sucediendo algo, ella tenía derecho a saber.

El vestíbulo estaba en penumbra, lo mismo que los pasillos y las escaleras, pero, tanto uno como otro, se sabían los caminos básicos de memoria, aunque Merlina se tropezó un par de veces en las escaleras. A lo lejos, Merlina creyó oír las risas maliciosas de Peeves.

― Babosas de gelatina.

Esa era la contraseña actual para que la horrible gárgola, con forma de pájaro, se hiciera a un lado, mostrando una escalera de caracol.

Ascendieron en silencio. Merlina se sentó en un sillón sin pedir permiso. Albus la imitó y la miró sobre sus lentes de media luna, como indicación para que hablara.

― ¿Qué quieres que diga, Albus? Estoy completamente confundida.

― Primero, partamos por el principio. ¿Por qué estás acá? Severus me envió el patronus avisándome con tú llegada… pero no la razón.

Merlina hizo una mueca.

―Pues… es algo extenso de explicar.

―Tenemos todo el tiempo del mundo, adelante.

Merlina relató cómo comenzó con unas extrañas manchas en el cuerpo y la fiebre que la había atacado antes de que le bajara abruptamente la temperatura ―omitiendo los detalles privados e íntimos ―, el altercado en la sucursal de chascos de los Weasley por la explosión ocasionada por el petardo, como tuvieron que huir, el incendio de la casa de Severus por su culpa y la visita a San Mungo.

―Así que… bueno, no teníamos otra opción. Fue mi culpa.

Albus parecía pensativo, con la mirada perdida en el techo.

―Es una de las cosas más extrañas que he oído, y eso que he oído muchas.

―Eso ya lo creo.

―Sin embargo… se supone que estás curada, ¿no?

Merlina se encogió de hombros, pero luego agregó:

―Al menos, no me ha salido humo en los últimos veinte minutos ―comentó como si eso zanjara todo. Luego, frunció el entrecejo ―. En fin. Aparecimos acá por la falta de casa y, cuando lo hicimos, Severus se tomó la muñeca donde tiene la Marca Tenebrosa y desapareció. No sé qué sucedió.

Albus suspiró y se acomodó en su asiento.

― Ese es el medio de llamada de Lord Voldemort, Merlina. Pensé que lo sabías.

―Conozco la Marca Tenebrosa, ―admitió Merlina ―, pero siempre pensé que era sólo un símbolo…

Merlina se sintió estúpida y confundida. Eso ni siquiera se necesitaba aprender, ¡simplemente lo debió haber adivinado!

―Me crié con muggles casi toda mi vida ―se intentó excusar Merlina ―, mis tíos eran muggles también, nunca me informé bien cuando vine a vivir acá… ―titubeó ― yo… yo no tenía idea de eso y… Siempre lo tomé como una simple marca. ¡Creí que era como un tatuaje! Y nadie se molestó en explicármelo, porque yo asumí que estaba enterada de todo…

―Merlina, tranquila ―la apaciguó Albus, haciéndole entrega de un vaso de agua que había hecho aparecer ―. Entiendo, no tienes porqué pedir disculpas.

―O sea… ¿Severus fue donde Voldemort? ―Albus asintió ― ¿Por qué? ¿Qué pasa? Severus no me cuenta nada, y yo hace tiempo sospecho de que algo extraño está pasando… ¡tú también te comportas extraño, Albus!

―Prefiero que eso lo hables con Severus, Merlina. Yo no sé más que tú.

― ¿Y si no vuelve? ¿Y si muere?

―No va a morir, Merlina.

La seguridad que se denotaba en su respuesta hizo que la joven se tranquilizara en un cincuenta por ciento: Severus iba a estar bien. La preocupación permanecía en que ella seguía desinformada de todo.

― ¿Y qué hay sobre la Orden del Fénix?

― Pues, hacemos reuniones con regularidad para mantenernos informados, aunque sea de cosas que puedan banales.

Hubo un largo silencio que fue interrumpido por unos golpeteos en las puertas dobles.

―Adelante.

La puerta se abrió.

―Lo siento, director, yo… ¡señorita Morgan!

Merlina se paró como una autómata.

―Ah, hola profesora Trelawney. Yo ya me iba ―se volteó hacia Dumbledore ―. Mejor los dejo ―añadió en voz baja.

Pasó por el lado de la profesora fraude de Adivinación ―que, por cierto, últimamente le había hecho una Profecía muy extraña y prácticamente imposible e inentendible― y, sin nada más que hacer, apenas salió del hueco que había dejado la horrible gárgola, se fue hasta su despacho.

Estaba intacto: vacío, como lo había dejado antes de ir a la casa de Severus. Y ya no tenía nada con qué completarlo. Iba a tener que hacer un retiro de oro en Gringotts, e iba a tener que ir personalmente, porque las cartas demoraban mínimo una semana. Tenía que volver al callejón Diagon. Sólo de pasada, se limitaría a retirar una suma considerable… cambiarla a dinero muggle y comprar algo de ropa y algunas cosas necesarias para sobrevivir, como artículos de aseo. Por más que Hogwarts fuera maravilloso, no lo proporcionaba todo.

Se sentó en la butaca. El fuego estaba apagado, y era mejor, por un lado. No quería nada más con él.

De su bolsillo trasero del pantalón sacó la fotografía estática de sus padres y, memorizando su despacho en la oscuridad al camina, la metió en el cajón del escritorio.

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Mientras dormía, tuvo el plácido sueño en el que, Severus, aparecía para despertarla con un beso en el cuello. Por un mínimo instante creyó que era verdad… Hasta que se dio cuenta que, en el sueño, estaba en la cama de la casa del profesor. En la realidad, estaba en la cama de su despacho.

Se despertó temprano, a pesar de haberse dormido tarde. No podía conciliar el sueño otra vez si Severus no llegaba.

Tomar desayuno con Albus era agradable: podía funcionar como el abuelo sabio que cualquiera desearía tener. Desayunar con Albus y Hagrid resultaba una bomba de chistes. Merlina se rebosaba de información animal gracias al semigigante. Pero desayunar con Albus, Hagrid y Trelawney, resultaba espantoso. Trelawney interrumpía constantemente las conversaciones para dar advertencias absurdas, como "tomar zumo de calabaza luego de toser da mala suerte".

No había terminado de comerse su tercera tostada cuando se puso de pie y dijo:

―Debo ir al callejón Diagon. Volveré en unas cuantas horas, Albus…

―Bien, Merlina. Hasta un rato.

Afuera hacía un frío polar para ser verano, pero tuvo que aguantarse. Para entrar en calor corrió hasta la reja, la que se abrió automáticamente al acercarse ella.

―Bien, Merlina… ya te has aparecido antes, y el frío no va ser un impedimento para hacerlo… Esta es una situación que requiere atención.

Se frotó las manos y se puso en posición. Hizo los pasos, algo tambaleantes, pero los logró dar y despareció con un chasquido.

Cuando se materializó, entre el callejón Knockturn y el callejón Diagon, se dio con la pared de ladrillo en la cabeza por avanzar a ciegas.

― ¡Mierda! ―farfulló sobándose la frente y avanzando, furiosa.

Aún allí hacía frío, así que corrió hasta el torcido edificio blanco llamado Gringotts. Entró más aliviada: el ambiente estaba tibio. Se aproximó a uno de los duendes. Éste analizaba un enorme diamante blanco sin pulir entre sus manos.

―Buenos días.

―Buenas días ―contestó éste con una voz astuta.

―Vengo a retirar oro.

― ¿Su llave?

―No tengo la llave.

―No tiene su llave ―reiteró el duende de manera burlona.

―No la tengo ―corroboró Merlina, dando un aplauso, exasperada.

― Me temo que no podrá hacer ningún retiro.

―Mire, mi cámara es la doscientos veintiocho. Mi nombre es Merlina Morgan, eso debe bastarle.

― Eso no es suficiente para mí ―replicó el duende, volviendo a mirar el diamante y pasándole una larga uña encima.

Merlina cerró los ojos un momento: estaba bien, ellos tenían medidas de seguridad, y la varita que estaba en su mano no le ayudaría para nada. Resopló y volvió a mirarlo. Era obvio por dónde tenía que partir.

―Mi casa se incendió. Lo perdí todo, y la llave debe estar bajo escombros a los que es imposible volver.

―O derretida ―añadió el ser, con una sonrisa horrible. Sus ojos tenían un brillo extraño.

―Y bien. Eso es todo. Necesito sacar dinero para comprarme ropa nueva.

―No hay problema, señorita. Mog lo llevará a su cámara ―repentinamente había cambiado de parecer, y eso que aquella historia sonaba de lo más descabellada. En ese momento supo que, siempre que estuviera en apuro, un relato como ese resultaría muy veraz de su parte―. ¡Mog! ¡Lleva a esta señorita a la cámara doscientos veintiocho! No tiene llave, ¡así que usa tu uña!

El duende, llamado Mog, la llevó en el carrito apenas dos pisos más abajo, donde estaba su cámara, muy poco protegida, por supuesto, pero el oro no era demasiado como para que a alguien le resultara tentador robarlo. No obstante, el viaje fue suficiente para dejarla verde.

― Cámara doscientos veintiocho, ¿no?

Merlina tomó aire y lo señaló con una mano mientras tomaba aire, agachada, con una mano en el estómago.

―Deme un segundo.

Dio una arcada. Cálmatecálmatecálmate. Calmada. Uf.

―Sí ―contestó finalmente.

El feo ser pasó la más larga uña que tenía por la superficie de la puerta de hierro: la del índice de la mano derecha. Merlina ya estaba preparada para taparse los oídos, pero no chirrió.

La cámara era bastante grande. Tal vez demasiado grande para los cuatrocientos galeons amontonados en el rincón izquierdo, al principio, con unos pocos sickles y knuts tras tantos años de trabajos miserables en el callejón, y dos de celadora en Hogwarts. Pero podía ser peor. Con cincuenta galeons le sobraba para mucho más que ropa, pero eso llevaría.

―Eh… ¿tiene una bolsa?

El duende se metió una mano en el pequeño bolsillo y extrajo una bolsa de gamuza de tamaño considerable. Aún así los grandes galeons cupieron apenas, y la bolsa pesaba como medio kilo.

Merlina, al volver al vestíbulo, se acercó al mismo duende.

―Bien, necesito cambiar treinta y cinco galeons a libras esterlinas…

Dejó quince en la bolsa y lo demás lo esparció en la tarima de trabajo del duende. Él le dirigió una mirada despectiva. En el callejón Diagon, Merlina ya se había acostumbrado a ser mirada con desprecio.

El duende se dio el trabajo de contar los treinta y cinco galeons y se los entregó al mismo Mog, que desapareció tras una puerta dorada. Luego reapareció con un fajo de libras esterlinas, con ciento setenta y cinco, para ser exactos. Estaban atados con un hilo plateado, mágico, que sólo podía desatarlo el nuevo dueño del dinero.

Merlina lo recibió y lo metió en la bolsa. La dobló y la ocultó dentro de su remera, cruzándose de brazos para que no se notara el bulto.

― ¡Gracias! ―Exclamó antes de salir corriendo.

Fue hasta la tienda de Madame Malkin para conseguir seis nuevas túnicas. Tres de color negro, una de verano y dos de invierno. En esos momentos, no parecía ser verano, de todos modos. Se puso una túnica gruesa de inmediato y metió su dinero y varita en cada bolsillo.

―Así estamos mejor ― farfulló para sí, saliendo de la tienda. Qué bien se sentía estar abrigada.

Tomó rumbo hacia Gringotts nuevamente, para ir en la dirección opuesta. Pues, lamentó haberlo hecho: no pasó por alto la Botica de la señora Lita. Aunque, estaba cerrado y las ventanas estaban tapiadas con tablones de madera. Nunca había sido un lugar muy lujoso, pero estaba en peor condición que antes. No había otra opción: la señora Lita había fallecido.

Sin embargo, eso no fue lo que le llamó la atención. Entre uno de los tablones se agitaba un papel con una fotografía en movimiento. Merlina, sin ver con claridad, ya sabía lo que era. Tironeó el papel y lo miró con terror. Craig la miraba a través de esos claros ojos en blanco y negro y esa sonrisa maquiavélica adornada con sus sucios dientes. Era una de las imágenes que habían quedado de cuando habían comenzado su búsqueda el año anterior.

Si ella hubiese sido Harry, lo más probable es que le hubiese ardido la cicatriz al observar la imagen. Pero ella era Merlina Morgan, así que sólo sintió una terrible punzada de asco y la temperatura le subió un poco.

Él estaba muerto. Craig jamás volvería a molestarla. A menos que existiera un método para poder hacerlo. Y ella, no conocía ninguno posible.

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Ni siquiera gastó todo el dinero en la tienda muggle. Siempre existían ofertas en los lugares menos exclusivos. Y es que, Merlina, jamás se había comprado ropa de marca.

Al castillo llegó muy cargada de bolsas, cerca de las cinco, mediante aparición. Ya lograba confiar en ella misma como para practicarlo ilegalmente. Además, si podía hacerlo Severus, ella también podía, pensó enfadada.

Severus tampoco había llegado: aprovechó de ir a mirar las mazmorras cuando fue a dejar su cargamento a su despacho. Luego se dirigió al despacho de Dumbledore, donde se quedó de piedra afuera. Oyó una voz que se le hizo extrañamente familiar. Esa persona estaba hablando… ¿hablando? Discutiendo con una voz suave y desagradable. No era la de Severus, por supuesto. La de Severus era melodiosa para ella. Ésta era chirriante.

Por un instante, dudó tras la puerta doble que daba al despacho del director. Pero, luego, se decidió a entrar como un Elfo por su casa.

―He vuelto, Albus ―anunció, cerrando la puerta tras sí y fingiendo no ver a la señora regordeta y muy pequeña que estaba sentada en la silla frente a Dumbledore, en el escritorio.

― ¡Pero si la Señorita Problemas ha llegado!

Eso sonó demasiado Snape. Pero hasta a Snape le salía un tono menos… ofensivo. Y más "Snape", por supuesto.

―La estaba buscando, Merlina Morgan ―declaró la mujer.

Y, entonces, por primera vez, la miró a la cara. Sus ojos eran redondos y saltones. Su boca, maquillada por un rosado muy aniñado, era larga y flácida. Jamás había visto su cara, pero le recordaba a alguien. Su pelo castaño, rizado y corto, estaba adornado por una cinta color musgo.

Al ver la expresión de desconcierto de la joven, Dolores Umbridge formuló una sonrisa de satisfacción.

―Dile a qué vienes, Dolores, pero Merlina no irá a ningún lado.

―Pues, ella no tuvo problemas para ir a Gringotts a sacar algo de oro para reemplazar sus pertenencias quemadas… ―susurró como si lo sintiera en el alma, pero en cada letra se marcaba la burla con lo que lo decía.

― ¿Qué? ¿Cómo sabe que yo…? ¿Cómo sabe…?

―Ésta es Dolores Umbridge, Merlina. Trabaja en el Ministerio de Magia en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional, y le encanta estar al tanto de las desgracias de las personas en otros países, sobre todo, tener contactos en otros lados, como el duende que te atendió en Gringotts ―replicó Albus echando chispas por el azul de sus ojos.

―Siéntate, querida.

―No.

―Siéntate ―reiteró Umbridge con sus pequeños dientes afilados apretados.

―Aquí, en el castillo, un "NO", sigue siendo un "NO" Dolores. Te doy diez minutos del tiempo de mi celadora.

―Tú no manejas los horarios de la chiquilla, Dumbledore.

¿"Chiquilla"?

―Ella revalidó el contrato ayer, cuando llegó ―si no fue imaginación de Merlina, Dumbledore le había guiñado un ojo―, así que éste es su horario de trabajo. Y que no haya estudiantes, no significa que no haya nada que hacer.

Umbridge dio un brinco, enojada, y de su cartera de cuero roja extrajo un pergamino enrollado, estirándolo con violencia.

―Sólo leeré lo importante, señorita Morgan, para no quitarle su preciado tiempo ―miró el papel y continuó― "…causando graves daños a la sucursal de Sortilegios Weasley y al vestíbulo del Ministerio de Magia de Escocia, los que casi han sido graves…"

Volvió a enrollar el pergamino y lo introdujo en su bolso.

―Cuando me enviaron esto, Morgan, me sentí muy avergonzada de la persona que lo había hecho, pero más temí no encontrar al responsable. Luego, me entero que la morada del Profesor Snape se había incendiado ―sonrió con saciedad ―. No supe si era usted, por supuesto, ni siquiera lo sospeché, porque no tenía idea de que el profesor Snape pudiera tener pareja ―eso lo dijo con crueldad, y Merlina sintió piquetes de escozor en la piel ―. Sin embargo, yo ya había dado el aviso en muchos lados de que, a la primera mención de fuego, se me avisara. Lamentablemente, allí llegaron los bomberos, así que tuvimos la impresión de que la causa podría haber sido muggle. Era poco probable que un mago no pudiera apagar un incendio. Pero, luego, me llega un informe del sanador Edelberth, diciendo que tenía una sospechosa llamada Merlina Morgan, y que habías narrado una historia de una extraña reacción que tenías cuando te emocionabas demasiado ―Merlina abrió la boca, incrédula ―. Sí. Bueno, el punto es que, luego, Luke, el duende que te atendió en Gringotts, me envía una lechuza hablándome de ti y tu razón del retiro de oro. Y aquí estás, y efectivamente eras tú.

―Yo no causé el altercado en la tienda de los Weasley ―se defendió Merlina, mas antes de que continuara, Umbridge la interrumpió.

―No me interesa la sucursal de los Gemelos, señorita. Eso me da exactamente igual. Lo mismo que el Ministerio de Escocia, y la casa del profesor Snape. Aquí el problema es otro.

―Edelberth se lo dijo ―pronunció con odio, colocándose roja como tomate ―, no podía controlarme. Fue algo totalmente ajeno a la magia involuntaria, si es que es eso lo que piensa.

― ¿Tiene algo de cerebro, Morgan?

Dumbledore se paró con brusquedad e imponencia.

―No permitiré que te burles de mis colegas como lo has hecho con anterioridad, Dolores.

Umbridge estaba igual de roja que Merlina, pero aún así, dijo con descaro:

―Mírate como te hierve la cabeza. ¿No te da terror causar daño aquí?

Merlina respiró profundamente, aunque confiaba en que no iba dañar nada. El idiota de Edelberth era un bocón. El duende era un bocón, los de Escocia eran bocones. Y ella poco tenía de culpa, siendo sincera. Y la vieja estaba tratando de sacarla de sus casillas.

―Yo ya no pierdo el control…

―Eso no lo puedes asegurar. Eres un peligro social.

― ¿Peligro social? ¿Yo? ¡No sea ridícula, señora! De todas maneras, siga diciéndome pesadeces y probemos lo que puedo hacer. Ahí se dará cuenta de si soy un peligro social o no. Pero ahora, que estoy bastante furiosa como para echar humo por las orejas, no lo estoy haciendo.

―Te irás conmigo al Ministerio a zanjar el problema ―repuso Umbridge, avanzando hacia la puerta y tomando a Merlina del brazo, pero ésta se resistió.

―Ya oyó lo que dijo Dumbledore: tengo que hacer mi trabajo. No hay nada que zanjar. ¿Quiere que pague los daños hechos a Escocia? Le doy todo el maldito poco oro que me queda en la cámara.

―Ya oíste, Dolores. Lo tomas o lo dejas.

―Ya dije que lo de Escocia no me interesaba ―recalcó la mujer, ofendida de pies a cabeza. Dio varios pasos cortos hacia la puerta y se fue, dando un portazo tan fuerte, que llegaron a temblar los extraños objetos de plata que tenía el anciano en una de sus mesas.

Merlina miró al director y se dejó caer como un saco de patatas en uno de los sillones.

―No puedo creer lo que acaba de pasar.

―Yo sí ―contestó el director volviendo a su asiento en el escritorio―. Muy típico de Umbridge. Pero, no tienes de qué preocuparte, tarde o temprano se termina rindiendo. Finge ser peligrosa aprovechándose de su poder político, pero no es más que una máscara para intentar pasar por alto lo pequeña y débil que es. De todos modos, la envía el Ministerio; están desesperados por atrapar gente y enviarla a Azkaban, sólo para demostrar que son eficientes en su trabajo.

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Merlina pensó que, durante los días siguientes, no recibiría ninguna buena noticia. No obstante, apenas tres días después, le llegó una carta de Ginny invitándola para la quincena de Julio a pasar el resto de las vacaciones. Debió haberse sentido alegre, pero preferiría estar con Severus…

Dos días antes de su viaje a la Madriguera, dejó lista su maleta (la que compró en el mismo Hogsmeade) por puro aburrimiento. Le cobró la palabra a Dumbledore en cuanto a recibir paga por hacer aseo en el castillo, pero con algo de magia y sin nada de estudiantes, éste permanecía impecable, con algunos cuantos ratones, un poltergeist molestoso y fantasmas.

Sólo Peeves la sacaba de la rutina a veces, con sus bromas pesadas, pero en vez de causarle gracia, le hacían enojar.

Se comenzó a poner ansiosa y deseó irse inmediatamente, así que se durmió cerca de las cinco de la mañana. Se despertó a las tres de la tarde del otro día, pero no sola.

Es difícil sentirse observado cuando se está con los ojos cerrados, pero, ella, tenía la sensación de tener dos ojos de águila en constante vigilancia de su cara. La mano que tenía sobre el edredón fue cubierta con una más grande que la suya, lo que le hizo que se sobresaltara en sueños.

Había otra respiración aparte de la suya en la habitación, y la parte derecha de la colcha estaba hundida. Ah. Lo sabía antes de abrir los ojos.

Despegó los párpados lentamente y, en vez de dirigir la mirada hacia Severus, la desvió hacia el techo para limpiarse los ojos con la mano libre.

―Supe que Umbridge estuvo aquí…

― ¿Cuándo llegaste? ―Interrumpió Merlina, sin mirarlo aún.

― Hace media hora.

―Ya.

―Estás enojada.

Merlina sonrió dulcemente, observándolo por primera vez. Pensaba decirle "¡Cómo estarlo contigo! Me encanta cuando desapareces de pronto y no apareces en días.", pero se contuvo al ver las ojeras en los ojos de Severus y su expresión de cansancio. Abrió la boca.

― ¿Estás bien?

Severus asintió sin sonreír.

―Te ves cansado.

―Lo estoy. Trabajar para el Señor de las Tinieblas no son diez horas con pago de tiempo extra, Merlina.

― ¿Está todo…?

―Está todo bien, Morgan ―sonó algo bruto, pero fue el efecto que le dio al ponerse de pie ―. No hay nada de qué preocuparse.

Merlina asintió sin saber qué decir. Lo más natural hubiera sido un beso, un abrazo, una caricia como saludo. Pero nada. Él se fue hasta la puerta, pero antes de que desapareciera tras ella Merlina le soltó:

―Mañana me voy de vacaciones con los Weasley.

Severus se giró y la contempló.

―Me alegro.

Y se fue.

Y Merlina se quedó inmóvil, tranquilizándose. No podía llorar, no podía enojarse, sólo hacer como que Severus no había ido… no, que ni siquiera había llegado. No, Severus no había llegado y no le había dicho absolutamente nada. Para fingir eso, almorzó y cenó en las Cocinas, con los elfos, enfurruñada e intentando no pensar en eso, pero mientras más lo intentaba, peor salía.

Cerca de las once de la noche, fue al despacho de Dumbledore para avisar de su partida.

―Mañana me voy.

―Lo sé, ayer me lo dijiste, Merlina.

―Bien, me voy a primera hora, a las siete de la mañana.

―Las rejas estarán abiertas para ti. ¿Viste a Seve…?

―No lo he visto. Gracias, Albus.

Portazo.

―Maldita sea, Merlina, contrólate. Tal vez realmente te conviertas en un peligro social.

Con la luz apagada y los ojos cerrados se puso a cantar, acostada en su cama, hasta conciliar el sueño. Aunque, nunca supo si durmió algo, porque a los cinco minutos, o eso creyó, sonó el despertador que había comprado.

A las seis y media estuvo bañada, vestida y peinada, y a las seis cuarenta y cinco había robado un pastel de la cocina. A las siete menos tres ya estaba saliendo de los terrenos de Hogwarts con su enorme maleta, quitada de peso mediante magia.

Se puso en la posición ridícula que ocupaba para la desaparición, y pensó con fuerza en la Madriguera, recordando sus aromas, sus lugares, el bosque, la casa torcida…

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Eran las nueve cuando pasó por su despacho para hacerle la sencilla pregunta de a qué hora se pensaba ir.

Pues no la encontró, y antes de buscarla en cualquier otro lugar, fue a su lugar de consuelo: Dumbledore.

Éste estaba en bata, sirviéndose una taza de chocolate en su escritorio.

―Buenos días, Severus.

―Se fue sin despedirse.

― ¿Quieres chocolate?

―Demonios, ¡no! ¿Se despidió de usted, señor?

―No, pero anoche vino. Se fue muy temprano, a las siete, según dijo.

Severus miró los ruidosos objetos de plata de Dumbledore, y sintió unas ganas terribles de lanzarlos todos por la ventana.

Cuando Dumbledore se sentó en su silla, él lo imitó, colocándose frente a él.

― ¿Por qué diablos no se despidió?

Albus se quedó unos segundos callado.

―No sé para qué vienes a preguntarme ese tipo de cosas, Severus, si lo sabes más bien que yo. Estás construyendo tu propia muralla de la indiferencia.

― No me queda otro camino.

―Entonces, no sé por qué te enojas tanto ―dijo el director con dureza, dejando la taza encima del plato, rompiéndolo.

Severus se sobresaltó. Pocas veces el director se enojaba así.

― No soporto que esté enojada conmigo de esa manera.

― ¿Por qué no le dices la verdad, Severus? ¿Por qué no le dices que vas a tener que huir dado un momento, luego mostrar tu fidelidad verdadera y que, el resultado más probable de cumplirse en esa situación, es tu muerte? Sería mucho más simple.

―No quiero hacerle daño.

Albus sonrió a medias.

―Créeme que ya se lo has hecho tratándola con tanta frialdad e ignorancia.

―Eso sería peor, se lo juro. Es mejor que esté… enojada… a que esté destrozada.

―Has lo que quieras, Severus. Pero ya te dije: no sé por qué siempre recurres a mí para esto, si es con ella donde deberías estar. Y lo único que sé es que, si pasas por alto su cumpleaños de esta manera tan cruel, eso sí que va a ser terrible para ella. Recuerda que ése fue el día en que sus padres fallecieron.