Capítulo 6
La chocolatería había resultado ser un lugar bastante acogedor. Un pasillo, a cuya derecha se encontraba el mostrador, conducía a un espacio más amplio donde se encontraban dispuestas las mesas. El mostrador contaba con una vitrina donde se exponían los deliciosos pasteles que elaboraban en el recinto.
En una de las mesas del fondo, una joven de rizos negros como el carbón le hizo una seña. Nigel sonrió y se acercó.
- Sydney no ha podido venir, dijo que tenía otras cosas en mente, la verdad, no sé a qué puede referirse porque…
La camarera se acercó y le interrumpió.
Buenas tardes, ¿qué va a tomar?
El inglés echó una ojeada a la mesa, a su izquierda estaba la carta, la cogió.
- Si no es molestia, quisiera ver la carta primero, ¿podría volver en un rato?
La camarera sonrió y se marchó.
- Oh, vamos, ¿no irá a tomarse un té, verdad?- dijo la estudiante, viendo que el joven se paraba en la página dedicada a tés e infusiones.
- Bueno…- se excusó Nigel-, soy inglés… y son las cinco.
- Venga, un chocolate es mucho mejor, verá- la joven hizo una seña a la camarera, que se acercó-. Tráigale el chocolate especial de la casa.
- Muy bien.
- ¿El chocolate….?- comenzó a protestar Nigel, pero la camarera ya se había ido.
- Por cierto, soy Samantha Edwards, pero puede llamarme Sam.
- Muy bien Sam, tú dirás.
- Aquí lo tiene, mi trabajo- la muchacha le tendió un conjunto de hojas encuadernadas.
- Bonita presentación- advirtió el británico viendo la portada, donde un montaje fotográfico mostraba las caras actual y antigua del Convento.
La camarera regresó con una humeante taza que depositó frente al inglés, éste le dio las gracias con un gesto y la mujer se fue. Nigel miró a Samantha, que prosiguió.
- Verá…
- Puedes tutearme- interrumpió Nigel cordial, no soportaba que le tratasen de usted, pues le hacía sentirse demasiado serio.
- ¡Caray, gracias!- se ilusionó la niña-. Pues, verás, a pesar de paralizar el trabajo, yo continué buscando información, me interesó muchísimo. Es una pena que no nos dejen ir a vuestro cursillo a los de 3º, yo quiero ser como Sydney y tú, dedicarme a buscar reliquias. Imagino que se deben correr tantas aventuras…
En fin, podría llamarse así- dijo Nigel, con resignación-. Antes hablaste de un incendio.
- Vaya, vamos directos al grano, ¿eh? Pues sí, en el tercer piso, creo que se originó en el cuarto donde dormía un esclavo recién liberado, corría el año 1867.
- ¿1867?- preguntó Nigel, sin poder creérselo.
- Sí, después de la Guerra. Durante las batallas, las familias cuyas casas corrían peligro o habían sufrido daños se alojaban en el Convento, los "señores" en un lado, y los esclavos, en otro.
- Seguro que es el esclavo que tenía el brazalete- murmuró Nigel, ¿por qué Sydney se había empeñado en encontrar ese brazalete vudú? Con el vudú no se debía jugar sólo mantenerse alejados.
- ¿Decías algo?
- Eee… no, sólo que le echaré una ojeada a tu trabajo, se lo enseñaré a Syd y veremos si nos sirve.
- ¿En serio se lo enseñarás a Sydney Fox? ¡Guau!, ¡esto es genial!
Nigel no pudo evitar sonreír ante el entusiasmo de la muchacha. Asintió y se levantó.
- Es más, se lo enseñaré ahora mismo. Déjame invitarte al chocolate, muy buena elección, por cierto. Nos veremos por el Convento.
La joven sonrió viendo alejarse al inglés. Esta vez no fallaría su misión.
- Y bien… ¿Qué te parece?
Nigel no apartó la vista de la pantalla de su ordenador portátil, donde buscaba febrilmente datos relacionados con el incendio. Detrás de él, Sydney leía el trabajo de Samantha sentada sobre la cama con las piernas cruzadas.
- Muy bueno- contestó la cazatesoros mordiendo la manzana que minutos antes, su asistente le había llevado-. Realmente es mucho mejor que muchos de los que hacen algunos alumnos de la Universidad. ¿Seguro que lo ha hecho ella?
Nigel se giró para ver a su jefa.
- No lo sé, pero la veo muy ilusionada con todo eso- dijo señalando el conjunto de hojas.
- Al principio creí que sólo se trataba de una adolescente que trataba de ligarse a un guapo profesor inglés- bromeó Sydney. Nigel reaccionó con timidez.
- ¿Cómo dices? P…p…pero Syd…
La cazadora de reliquias rió divertida.
- Nigel, Nigel, siempre tan tímido…- dijo antes de reanudar su lectura. El joven la miró sin comprender y luego volvió a centrarse en el ordenador. Al cabo de un rato, se recostó en la silla. Sydney la miró extrañada.
- ¿Ocurre algo?
- Ocurre que, sin una fecha más concreta, no hay forma. ¿Tú sabes la de periódicos que se escribieron en 1867? Y si busco por "Incendio" y el nombre del Convento, no aparecen resultados.
- Pero Samantha sabía que hubo un incendio… a no ser…
- Que se lo haya inventado- completó el inglés- ¿es eso lo que crees?
Sydney se levantó y se acercó a su asistente.
- En su trabajo sólo cuenta que en ese año hubo un incendio, no dice la fecha exacta ni nada que nos aproxime a ella. Lo siento, Nigel.
- No te preocupes por mí, supongo que eso significa que tenemos que seguir por nuestra cuenta.
- Al menos, el trabajo de Samantha nos va a ayudar en una cosa- Sydney cogió las hojas y enseñó un plano a su asistente-. ¿Lo ves?, así era el Convento por aquellos años, y el despacho de la Madre Superiora sigue siendo el mismo.
- No estarás pensando lo que yo creo que piensas…
- ¿En echar un vistazo? Claro, en cuanto de la medianoche.
- ¿No hay otra hora menos… fantasmagórica?
- ¿Desde cuándo te asustan los fantasmas, Nigel?
- Desde que empezamos a meter las narices en el vudú- reprochó el inglés. Luego miró el plano con detenimiento-. ¿Ves esto, Syd? Creo que este "pequeño defecto" en la escala oculta algo.
- ¿Defecto en la escala?
- Sí, aquí, justo detrás del despacho de la Madre Superiora hay una especie de desnivel, o algo así. ¿Lo ves? Parece un fallo, pero quizás sea…
- ¡Un pasadizo! ¿Lo ves, Nigel?, no podemos dejar de ir.
El inglés suspiró.
- ¡Qué remedio…!
