Disclaimer: The story doesn't belong to us, the characters are property of S. Meyer and the plot belongs to Elise de Sallier. We just translate with her permission.
Disclaimer: La historia no nos pertenece, los personajes son de S. Meyer y la trama de Elise de Sallier, solo nos adjudicamos la traducción.
Restoration
By: Elise de Sallier
Traducción: Emotica G. W
Beta: Melina Aragón
Capítulo 7
Cortar madera no era una de las tareas favoritas de Bella. Si todo el tiempo que había pasado frotando, limpiando y levantando hubiera añadido alguna musculatura perceptible a sus brazos podría haberlo encontrado más fácil, pero permanecieron obstinadamente delgados. Después de una hora de balancear el hacha, también dolían. Con el trineo cargado tanto como se atrevió ―algo más y no sería capaz de devolverlo al refugio― tomó un descanso. Después de arquear su cuerpo para aliviar la tensión en sus músculos cansados, escaneó los árboles y arbustos cercanos. Sin una tormenta de truenos conveniente para cubrir el sonido del hacha estrellándose contra madera, su presencia sería conocida para cualquiera en las cercanías. Su esperanza era que cualquiera que pudiera estar allí afuera no se molestaría en investigar, asumiendo que era un cortador de madera trabajando o una cazadora reponiendo sus reservas antes de que cayeran las primeras nevadas. Pero no había garantías.
No sería la primera vez que Bella hubiera atraído la atención de hombres peligrosos, sus pies rápidos y el conocimiento de los senderos tortuosos del bosque salvándola de la captura en el pasado. La lejanía de la ubicación era una especie de protección, ya que pocos viajeros se aventuraban a esta profundidad en el bosque. Pero el hijo y heredero del rey había desaparecido. De seguro había soldados recorriendo los senderos que se alejaban del río, algunos decididos a rescatar, otros decididos a capturar y algunos para liquidar a Edward.
Una rama se quebró y Bella se tensó pero cuando no oyó nada más que el susurro del viento en las hojas, soltó el aliento que estaba conteniendo.
Un grupo de hombres a caballo había pasado a un tiro de piedra de ella en el viaje desde el refugio. Había tratado de obtener un vistazo de ellos sin ser vista pero el matorral en el cual se había refugiado había sido demasiado denso. Había una posibilidad de que fueran hombres del rey pero el riesgo de encontrar enemigos mortales en lugar de amigos dudosos ―soldados conocidos por no hacer preguntas antes de atacar― la había disuadido de darse a conocer. La única apuesta segura era esperar hasta que Edward fuera capaz de caminar antes de que se aventuraran juntos, así él podría anunciarse a sus aliados u ocultarse con ella de sus enemigos si era necesario.
Pasarían días antes de que su tobillo fuera lo suficientemente fuerte para emprender el viaje al pueblo más cercano, días durante los cuales los dos estarían encerrados en el interior del refugio solos.
Volviendo a cargar el hacha, se dispuso a dividir el último tronco en leña, una tarea más agradable que cortar las ramas espesas del árbol caído. Al menos, esa era la excusa que se daba por la sonrisa que seguía curvando sus labios… labios que pronto estarían besando a Edward. Un temblor de anticipación la atravesó al pensarlo. ¿Sus labios se sentirían tan suaves como parecían? ¿Tan cálidos? ¿Él sabría tan dulce como olía… bueno, dulce y salado con un toque de almizcle? Era un hombre, después de todo.
Lo imaginó rozando los dedos por su mandíbula como lo había hecho aquella mañana, ahuecando su mejilla con la mano antes de bajar la cabeza hacia la suya. Definitivamente envolvería los brazos alrededor de su cuello de nuevo, abrazándolo cerca para poner sus cuerpos en contacto.
Bella hizo una pausa y abanicó su cara, el recuerdo de sus curvas suaves presionando contra las duras y planas de Edward calentaba su sangre más que sus labores. Si el hormigueo en sus dedos era debido a blandir el hacha o por la espera de pasar sus dedos por los rizos que se acurrucaban en la nuca de Edward era incierto pero ansiaba sentirlos de nuevo.
¿Cómo lo abordarían? De pie sería un problema con su tobillo, pero la silla era demasiado endeble para soportar el peso de ambos. Sugerir que se tumben en la cama sería terriblemente atrevido, a pesar de que tenía sentido y no era tan extravagante ya que él había sugerido algo similar antes de que ella se hubiera ido a conseguir la madera. El fuego se habría apagado cuando regresara y el refugio tardaría en calentarse. Podían acurrucarse juntos como lo habían hecho la noche anterior, como lo habían hecho frente al fuego, pero esta vez tendría cuidado con su tobillo. Edward seguro tenía hambre, así que probablemente debería preparar su desayuno antes de que hicieran algo... más.
La sonrisa de Bella se desvaneció, su conciencia ―y una dosis latente de sentido común― luchando con sus deseos sobre la moralidad y los riesgos involucrados en seguir su plan. Un beso era una cosa pero ¿algo más? Sin importar lo que ocurriera o no ocurriera entre ellos, saborearía el beso. El beso de Edward. El primer hombre con el que podía imaginar ser íntima sin temor ni repugnancia. No fue tan sorprendente. Era joven, guapo, la miraba con bondad y curiosidad, como si quisiera conocerla a ella, Bella, no solo tomar lo que podía independientemente de sus sentimientos o deseos. Luego estaba su intención de liberarla del control de Victoria. ¿Cómo no podía adorarlo?
La sonrisa de Bella regresó, dando paso a una gran sonrisa. ¡Una vida de su propia elección! Bueno, tanta elección como una chica en su posición podía esperar. Una fuente independiente de ingresos, una opinión sobre si tomaba un marido o no, aunque se alejó de esa posibilidad, su mente demasiado llena de pensamientos del joven esperando su regreso para contemplar siquiera abrir su corazón a otro.
Si las cosas iban como esperaba, tendría opciones, pero no ilimitadas. No podía elegir una vida con Edward, por supuesto, no una respetable.
Inclinándose para recoger la leña y colocarla en un saco, Bella trató de ignorar el pensamiento insidioso que se abrió camino en su mente pero se negó a ser apartado.
"Príncipes y reyes mantenían queridas" o así había oído. ¿Edward lo haría?
―Esa no es una opción ―murmuró, colocando la bolsa en el trineo con los troncos que ya había apilado en su sitio―. Edward es un buen hombre, honorable, decente. ―Él podría ser influenciado para echarse con ella, aunque tenía sus dudas, pero él no traicionaría a su esposa una vez que estuviera casado―. No tienes derecho a contemplar tal cosa ―añadió con más firmeza.
―¿Y a cuál Edward no debería estar contemplando, muchacha?
Al oír la voz de un hombre detrás de ella, Bella se lanzó por el hacha. Agarró la empuñadura con ambas manos, pero antes de que pudiera balancearla, el pie enfundado en una bota del intruso bajó con fuerza, sosteniendo la hoja en su lugar firmemente. Levantando la mirada y se encontró a centímetros de la punta de una espada muy puntiaguda. Muchacha estúpida. Atrapada en una fantasía tonta, no había oído el acercamiento del hombre alto, rubio.
―Hable con sinceridad y no saldrá herida. ―Su tono razonable estaba en desacuerdo con su postura agresiva. Hizo un gesto para que ella se pusiera de pie y Bella lo hizo, gateando hacia atrás en el proceso. Lanzó una mirada a cada lado, pero sus rutas de escape estaban bloqueadas por otros hombres, soldados a juzgar por sus apariencias. Uno estaba sosteniendo una ballesta, su flecha apuntaba directamente a su corazón. Un gemido escapó de sus labios y sus rodillas amenazaron con ceder.
―No hay necesidad de tener miedo ―dijo el primer hombre―. Solo díganos lo que sabe y la dejaremos en paz.
Bajo las circunstancias, Bella no estaba dispuesta a creerlo.
―¿De quién son hombres? ―preguntó, decidida a no traicionar a Edward, sin importar lo que le hicieran.
―Nosotros haremos las preguntas. ―El hombre que llevaba la ballesta avanzó a zancadas y la agarró por el brazo―. Ahora díganos lo que sabes.
―Relájate, Demetri. ―El hombre con la espada dio un paso hacia adelante―. Podría ser capaz de ayudar.
Bella se estremeció pero el agarre de Demetri, el de cabello oscuro, no se relajó. Parecía más severo que el caballero de cabello rubio, que estaba vestido demasiado bien para un simple soldado. Con su capa oculta de su vista, no podía decir si era uno de los hombres de Cayo afuera para terminar lo que habían comenzado, aunque algo en sus ojos le dio un rayo de esperanza.
―Libérala ―dijo él y el soldado lo hizo después de darle a su brazo una sacudida. Bella apretó la extremidad dolorida con su otra mano y los miró a ambos con cautela.
―Soy el barón Whitlock, leal al nuevo rey de Volterra, Carlisle. ―Bajó la espada y dio un asentimiento breve―. Ahora cuéntame de este Edward del que hablaste.
―Muéstreme una prueba. ―Bella levantó la barbilla, agradecida de que su falda ocultaba sus rodillas temblorosas aunque probablemente todos estaban demasiado conscientes de lo aterrorizada que estaba. ¿Qué esperanza tenía una joven contra los hombres grandes?
―¿Prueba? ―Demetri levantó una mano y ella se encogió ante la expectativa de ser golpeada―. ¡Cómo se atreve a hablarle al barón de esa manera! Estamos buscando al hijo del rey, el príncipe Edward, y nos dirá lo que sabe.
―Relájate. ―El barón Whitlock agarró el brazo de Demetri―. Vivir bajo el gobierno de Aro le habrá enseñado a ser cautelosa. ―Volviéndose hacia Bella, llevó su capa por encima del hombro así ella podía ver la insignia, un león rojo, no el dragón negro de Caius―. El príncipe Edward es mi amigo y tengo temores graves por su seguridad. Encontré su capa cerca del río, rasgada con un agujero de flecha. Por favor, dinos lo que sabes.
Influenciada por la sinceridad de sus ojos azules y esperando que no estuviera cometiendo un terrible error, Bella dio un asentimiento errático.
―Al príncipe le dispararon en la espalda, uno de los hombres de Cayo. Un capitán.
―El maldito idiota… ―Demetri se volvió y caminó de un lado a otro unos cuantos metros―. ¿En qué diablos estaba pensando irse a caballo solo?
―Quería proteger a su hermano y compañeros ―dijo Bella en defensa de Edward―. Conocía el sendero a través del paso y pensó que podía huir de los caballos de los atacantes.
―¿Has hablado con él? ¿Está vivo? ―Los ojos del barón Whitlock brillaron―. ¿Dónde está?
―Está en mi refugio, herido... pero no es de gravedad ―añadió ella cuando él palideció―. Su espalda solo está magullada, ya que la flecha se alojó en su bolso, pero se torció el tobillo en la caída.
―Llévanos a él. ¡Inmediatamente! ―demandó Demetri. Era el más volátil de los dos y había herido su brazo, pero Bella estaba dispuesta a perdonar su manera feroz a la luz de su evidente preocupación por Edward.
―Muy bien. ―Dio un paso vacilante hacia el trineo, alcanzando las cuerdas con las cuales tirar de él.
―Deja eso ―ordenó el barón Whitlock, haciendo un gesto para que ella lo siguiera hacia el sendero―. Nos moveremos más rápido a caballo.
―No puedo. ―Ante la negativa de Bella, él levantó una ceja―. El fuego se habrá apagado. Dejé a Edward en la cama para tratar de mantenerse caliente, pero el refugio estará congelado.
Ambos hombres la miraron fijamente por un momento antes de que hablara el barón, su tono teñido de confusión.
―Tienes nuestro agradecimiento por cuidar al príncipe Edward, pero tenemos que movernos con rapidez. El palacio se encuentra en un alboroto.
Bella se encogió de hombros.
―Sea como sea, no sé lo rápido que será capaz de moverse con sus heridas y todo lo que ha tomado de desayuno es una manzana. Le prometí una comida cocinada a mi regreso.
Y él le había prometido un beso. Lágrimas absurdas picaron la parte de atrás de los ojos al darse cuenta de que había perdido su oportunidad. Debería sentirse aliviada porque esos hombres no estuvieran decididos a hacerle daño, y lo estaba, pero no pudo evitar desear que otro día ―o dos― hubieran pasado antes de que hubieran sido encontrados.
Sin querer tener que volver más tarde, Bella enderezó sus hombros caídos.
―Si me ayudan con el trineo, no tardaremos en llegar al refugio.
El barón Whitlock la miró por un momento antes de asentir.
―Muy bien. ―Hizo un gesto hacia el soldado que estaba de pie a un lado y el hombre se acercó y agarró las cuerdas del trineo.
―Señor ―protestó Demetri―. No tenemos tiempo para esto.
Girando la espalda, el barón Whitlock condujo a Bella hacia el sendero.
―Vamos a montar y dejar un rastro. La muchacha ha tenido un montón de problemas y no suena como si el príncipe fuera capaz de moverse rápidamente, de todos modos. ¿Qué estabas planeando cocinarle? ―le preguntó a Bella con una sonrisa curvando su labio.
―Panqueques ―dijo ella, casi corriendo para seguir el ritmo de sus zancadas largas. Cuando llegaron al sendero, otro grupo de soldados esperó con los caballos. El barón se sentó de un salto en su corcel y se inclinó por la mano Bella.
―Puede montar detrás de mí ―dijo él antes de emitir órdenes a sus hombres para dividirse en dos grupos, uno para acompañarlos y el otro para seguir detrás con su tesoro de troncos partidos. Todo parecía un poco incongruente para Bella cuando se encontró encaramada en la parte de atrás del enorme caballo negro, como algo salido de un cuento extraño.
Pero no un cuento de hadas, se recordó en el viaje de regreso al refugio. Ni siquiera iba a llegar a tener un beso de su príncipe.
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Edward no podía esperar más. Luchó con sus calzones y medias y estaba a punto de tirar de su única bota buena, decidido a ir tras Bella, sin importar lo tonto del compromiso, cuando escuchó el sonido de jinetes acercándose. Su mano derecha alcanzó su espada en su lugar habitual en su cadera izquierda, pero luego recordó que se había perdido en la caída. Su cuchillo tendría que servir, pero no calificaba muy altas sus posibilidades en combate cercano y con solo una pierna en la que pararse. Escondiéndose detrás de la puerta, esperó, el corazón martillando en su pecho. No caería sin pelear y si quién sea que lo hubiera encontrado había herido a Bella juraba que le haría pagar.
La puerta se entreabrió. El sonido de voces apagadas llegó hasta él y se esforzó por oír lo que estaba siendo dicho.
―Shhh ―regañó la voz de una mujer―. Podría estar durmiendo.
―Bueno, ¡es hora de que esté malditamente bien despierto! ―exclamó una voz masculina.
¿Bella? ¿Demetri?
Edward abrió la puerta con fuerza y Bella cayó en su abrazo. Ella chilló al ver el cuchillo que instintivamente había llevado a su garganta y él lo tiró a un lado.
―Gracias a Dios que está bien. ―Él envolvió sus brazos alrededor de ella y la abrazó estrechamente―. Estaba preocupado porque algo le hubiera pasado.
―Algo sí pasó. ―Ella lo miró a los ojos, su hermosa sonrisa llena de tristeza―. Sus hombres me han encontrado. Han venido para llevarlo casa.
Edward alzó la cabeza para ver las expresiones aturdidas en las caras de sus rescatistas. Haciéndose a un lado así Jasper y Demetri podían entrar en el pequeño refugio, él aun así mantuvo su brazo firmemente alrededor de la cintura de Bella.
―Espero que no la asustaran o le hicieran daño de ninguna manera ―dijo él, su mandíbula tensándose ante el pensamiento―. Bella me salvó la vida.
―La cual no habría estado en peligro si no hubieras intentado hacerte el héroe. ―Demetri frunció el ceño y le echó un vistazo, tomando nota del pie que él sostenía en alto. Rodando los ojos por el tono típicamente áspero de su escolta, Edward cojeó hacia la cama con la ayuda de Bella. Una vez que se hubo sentado, la joven por la que había estado listo para pelear... y morir... a su lado, se enfrentó a sus amigos.
―Parecía lo correcto de hacer en ese momento.
―¡Lo correcto! ―explotó Demetri, cerrando la boca de golpe cuando Jasper puso una mano restrictiva en su brazo.
―Edward, tu padre está fuera de sí y en cuanto a tu madre... ―Jasper negó con la cabeza.
Edward hizo una mueca de dolor, confortándose por la forma en que Bella acariciaba su espalda con la mano. Se había preocupado por su hermano pero no había pensado demasiado en cómo su desaparición afectaría a sus padres.
―¿Emmett está ileso? ―preguntó, soltando un suspiro cuando Jasper, su mejor amigo de muchos años, asintió brevemente.
―Pero la alianza está en terreno inestable. El rey Marcus no estaba demasiado impresionado cuando fue señalado que el príncipe Emmett era el siguiente en la fila. Quiere una mano sobria, restrictiva sobre los reinos duales, no a un mujeriego que le gusta salir de fiesta hasta tarde y tomar libremente... Sus palabras, no mías. ―Jasper levantó una mano cuando Edward trató de hablar en defensa de su hermano―. Tienes que indemnizar seriamente a la princesa Rosalie, que parecía igualmente indiferente a los intentos de tu hermano de consolarla en su dolor.
―¿Dolor? ―Las cejas de Edward se alzaron―. Ella solo me ha visto una única vez y, si mal no recuerdo, parecía que le agradaba mucho más Emmett. ¿Qué diablos estaba haciendo él acurrucándose con mi futura prometida?
―Tendrías que preguntarle eso. ―Jasper miró con atención hacia el brazo que Edward había envuelto alrededor de Bella―. Sí, ten en cuenta que mucho puede suceder en un día y que la gente a veces actúa inusualmente cuando están bajo coacción.
Edward resopló.
―¿Qué, exactamente, sería inusual con mi hermano buscando encantar a una mujer hermosa? Aunque habría pensado que esperaría hasta que mi muerte fuera confirmada de verdad para hacer su movimiento. ¿Parecía en absoluto afligido por mi desaparición?
Jasper se encogió de hombros.
―Él es el único que no ha entrado en pánico o llorado una tormenta, bueno, él y Rosalie, como él dijo, él habría sabido si hubieras sufrido daños graves. No estoy segura de cuál es la excusa de ella, aparte de que no creo que esté demasiado impresionada por ninguno de los príncipes de Volterra. Pero cuando se trata de actuar inusualmente, estaba refiriéndome a ti. ―Cruzó los brazos y volvió a mirar hacia Bella―. Aconsejaría no entrar en demasiados detalles sobre tu estancia en el bosque a tu regreso.
Con un rubor manchándole las mejillas, Bella se levantó y cruzó hacia el fuego o lo que quedaba de él. La temperatura en el refugio no había bajado demasiado desde que las llamas se apagaron pero cayó en picada ante las palabras de Jasper. Edward había estado tan ansioso por el regreso de Bella, la reavivación del fuego, un desayuno cocinado y luego acurrucarse con ella en la cama mientras esperaban que la habitación se caliente. Bajó la cabeza. Cómo quería ese beso, y más, pero había sido sacudido de vuelta a la realidad como un soñador recibiendo un golpe doloroso en la cabeza.
―¡Maldición! Si Marcus se entera de esto, seremos arrojados a las paredes. ―Demetri empezó a caminar de un lado a otro, solo logrando dos pasos antes de tener que volverse.
―No hay nada de qué enterarse ―interrumpió Edward antes de que su escolta volátil pudiera continuar, sin ánimo de sermonear―. Bella vino a mi rescate cuando había sido golpeado hasta la inconciencia, me ayudó a escapar antes de que los hombres de Cayo pudieran regresar para terminar el trabajo y me ofreció amablemente abrigo durante la tormenta de ayer. Eso es todo.
Demetri hizo un sonido de indignación y Jasper levantó una ceja, pero la atención de Edward estaba enfocada en Bella. Odiaba que sus hombros estuvieran encorvados, su mirada fija apartada cuidadosamente de la de él mientras ella preparaba algún tipo de masa en un tazón grande.
―Tengo la intención de asegurarme de que ella sea recompensada por su hospitalidad ―agregó él, queriendo tranquilizarla porque no había olvidado su promesa.
―Pagar por su silencio quieres decir ―murmuró Demetri al salir por la puerta, volviendo con un brazo lleno de leña. Después de depositarlo en la caja de madera, se volvió hacia Edward―. Esperaré afuera con los hombres y me aseguraré de que establezcan un perímetro seguro. Dudo que enfrentemos un asalto directo, ya que somos demasiados en número, pero no lo pondría más allá de los hombres de Cayo intentar derribarnos uno por uno desde los árboles.
Bella se estremeció, su mirada fija sobresaltada buscando la de Edward.
―Todo está bien ―dijo, cojeando hasta arrodillarse a su lado―. No dejaré que le pase nada, pero tendrá que venir con nosotros cuando nos vayamos. Aquí ya no es seguro.
―No, supongo que no lo es. ―Ella lo honró con una sonrisa trémula antes de volver su atención de regreso a atender el fuego―. El desayuno no tardará mucho ―agregó―. Debería volver a la cama y levantar el pie mientras pueda, ya que dudo que el viaje sea fácil para usted. Barón Whitlock, puede ocupar la silla.
Edward hizo lo que ella sugirió pero no estaba interesado en entablar una conversación con su amigo. Muy pronto sería arrojado en el ámbito de la política y la responsabilidad. Por ahora, solo quería observar a Bella, la forma en que su cabello colgaba en una onda caoba por su espalda, la forma en que su silueta ágil se movía hábilmente desde el fuego a la mesa y viceversa, la forma en que sus manos capaces preparaban una verdadera montaña de panqueques, evidencia de su generosidad y un grado de consideración por otros que encontró difíciles de aceptar. Sobre todo, no quería perderse de ni una sola mirada tímida que le enviaba. Atesorando cada una, se preguntó cómo, en el nombre de los tres reinos, iba a sobrevivir a su despedida.
La comida de panqueques calientes y té caliente estuvo deliciosa, Bella sorprendió a Edward con un tarro de miel que compartió voluntariamente, pero el ambiente era tenso. Mientras ella limpiaba los platos y empacaba sus escasas pertenencias, él se puso su bota no arruinada, lamentando el hecho de que tendría que renunciar a su oferta de regalarle el par.
―¿Nos darías un momento? ―le preguntó a Jasper, haciendo un gesto con una sacudida de su barbilla hacia la puerta.
―¿Estás seguro de que eso es prudente? ―Su amigo había captado la indirecta de Edward hablando solo de asuntos inconsecuentes y en su mayoría permaneciendo en silencio. Pero ante la mirada fulminante de su príncipe, se dio cuenta de que había cruzado una línea con su comentario―. Muy bien, me voy a ir. ―Levantó las manos y retrocedió hacia la puerta cuando Edward se levantó como pudo de su asiento, con sus manos en puño por su propia cuenta.
Encarando a Bella de frente, Edward esperó que ella se encontrara con su mirada fija.
―Me disculpo por sus insinuaciones. Me aseguraré de que nada de lo que sea dicho pueda perjudicar su reputación.
―Oh, bueno, eso no viene al caso. ―Bella agachó la cabeza―. Solo soy una criada, aunque probablemente sería mejor si mi tutor no estuviera al tanto de... ―Batió sus manos antes de juntarlas.
Cerrando la distancia entre ellos, Edward las separó suavemente y unió sus dedos.
―No he olvidado mi promesa, Bella. Podría tomarme un tiempo arreglarlo, pero me aseguraré de que sea cuidada, no… la olvidaré.
―Ni yo tampoco a usted ―susurró ella, sus ojos marrones encantadores llenos de algo que él sospechaba podría ser anhelo. Si la expresión de ella reflejaba de algún modo sus propios deseos, entonces lamentar su separación inminente y su hambre por lo que podría haber sido no era sino una pequeña parte de lo que ella estaba sintiendo. Gimiendo, tiró de ella hacia él. Ella llegó de buena gana, apoyando la cabeza contra su pecho mientras él la rodeaba con los brazos.
―Bella ―murmuró él su nombre, encontrando imposible imaginar un momento en que ya no rondaría en sus labios. Ella levantó la cabeza y él la miró fijo a los ojos, sabiendo que perseguirían sus sueños.
―¿Está mal de mi parte querer que también cumpla su otra promesa? ―preguntó ella y él inclinó la cabeza hacia un lado―. ¿Besarme? ―añadió, pronunciando las palabras con el suspiro más débil.
Edward no necesitaba que le fuera preguntado dos veces. Bajando la cabeza, él capturó sus labios, los arcos de cupido rosados que le habían obsequiado las más dulces de las sonrisas. Eran suaves, tan suaves, y sedosos. Quería saborearlos, apreciarlos, adorarlos con caricias delicadas y toques suaves, provocadores, pero Bella tenía otras ideas. Los brazos de ella subieron alrededor de su cuello, sus dedos enhebrando a través de su cabello mientras ella lo abrazaba y presionaba su boca en la de él. Otro gemido resonó en su pecho y él le respondió con igual pasión, saboreando, buscando, devorando su boca con los labios. Al mismo tiempo él recorrió y memorizó su cuerpo flexible con las manos.
Amenazado con la pérdida de su equilibrio, él descansó su pie lesionado en el suelo y fue obligado a sofocar una mueca de dolor. Bella se alejó, pero Edward no estaba teniendo nada de ello. Sin levantar su boca de la de ella, él los maniobró hacia atrás, la corta distancia hasta la cama y luego se sentó en el borde, tirando de ella sobre su regazo.
Ella lo apretó con fuerza, retorciéndose en su regazo mientras trataba de acercarse.
Él tiró de ella contra él, pero nunca podría ser lo suficientemente cerca.
Sus bocas se movían juntas como una, los gemidos suaves de ella disparando el deseo en sus entrañas. Cuando él trazó sus labios con la lengua, ella se abrió a él, su reacción a la invasión de él, de su boca tentativa pero acogedora. Su sabor, menta, miel y algo indefinible, algo únicamente Bella, abrumaba sus sentidos. Mientras él acariciaba los huecos de su boca, ella respondió del mismo modo, vacilante al principio, luego con más confianza. La combinación de sus respiraciones compartidas, lenguas entrelazadas y la contorsión sinuosa de ella en sus brazos amenazaban con deshacerlo.
Edward estaba seguro de que este era el primer beso de Bella, evidenciado más por la pura maravilla de sus respuestas que por su inexperiencia. Podría haber sido su primer beso también, porque todos los que existieron antes palidecían en comparación, en insignificancia.
Él nunca... de los nunca... quería que terminara.
Un ruido de afuera arrastró a Edward de vuelta al presente y se obligó a suavizar el beso.
―Bella, Bella ―cantó su nombre contra sus labios, sus palabras en una oración, una dedicación, una súplica. ¿No había manera de que estuvieran juntos?
―Oh, cómo deseo… ―Ella hizo eco de sus pensamientos, apartándose para mirarlo a los ojos. Soltando el agarre en sus hombros, las manos de ella llegaban a tomar su rostro―. Es tan preciado para mí ―susurró ella―, y solo quiero su felicidad.
Edward sacudió la cabeza, reflejando sus acciones y colocando suavemente las manos a cada lado de su cara.
―Pero, ¿cómo puedo ser feliz sin usted?
Bella no tenía respuesta para él, su mirada fija, suave y triste cayó a su boca. Su corazón se sentía como un peso de plomo en su pecho, pero Edward no vaciló en conceder su petición tácita. Ese beso, su último beso, fue más dulce que el primero. Infundiendo su toque con ternura, él rozó sus labios sobre los de ella primero de un lado luego del otro. Bella siguió su ejemplo, sus labios aferrándose y acariciándose, con los ojos cerrados, la respiración llegando en jadeos suaves. Hasta que se separaron y juntaron sus frentes.
―¿Su Alteza? Es hora de que nos movamos.
Edward sofocó una maldición. La realidad hizo señas, indeseables pero inevitables. El tiempo para fantasear había terminado.
Su primer y su último beso… Me da tanta pena que tengan que separarse. ¿Ustedes qué creen? ¿Qué les ha parecido este capítulo?
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