AN: ¡Gracias mary mustang Cullen! Sí… Pobre Daniela. Habrá más movimiento desde el final del capítulo 10, según mis planes. Hasta el capítulo 8 (incluido) será básicamente vida familiar. Espero que esta historia te siga gustando a pesar de eso :)

Capítulo 7: Cumpleaños

No nos paramos de la sala hasta que llegó Carlisle, temprano en la tarde. Se sentó al lado de nosotras y tras tomarme de los brazos de Esme me sentó sobre él y se puso a ver la película que pasaban en ese momento con todos nosotros. Recién cuando ésta terminó Alice se paró, contenta.

–¡Ahora! –Dijo entusiasta.

No entendí, pero Carlisle me paró en el suelo y me tapó los ojos con las manos. Medio empujándome me condujo a mi cuarto a ciegas, y si no fuera porque había visto contenta a Alice habría tenido un poco de miedo.

Cuando abrieron la puerta de mi habitación Carlisle me destapó los ojos y vi que había más muebles en mi cuarto. Era una mesa bien grande, y sobre ella había cuatro paquetes de regalo. Todos comenzaron a cantar "feliz cumpleaños" y eso me distrajo. Me alegré de que no lo hubieran olvidado, aunque hubiera sido tres semanas antes.

–No te pudimos envolver la mesa –me dijo Esme–, pero te la hicimos entre todos.

–Y hay más regalos sobre ella –me recordó Alice, el vivo rostro de la excitación y la impaciencia.

–Gracias –les dije, emocionada–. Yo pensaba que lo habían olvidado –confesé.

–No nos podíamos acercar –me explicó Edward, con pesar–. Te hubieran mandado a cumplir condena fuera de la casa.

–Y papá no consiguió que lo encerraran a él en vez de a ti –me dijo Rosalie.

Me volví hacia Carlisle para preguntarle, y él me sonrió con rostro triste.

–Sólo se lo permiten a los padres humanos –explicó sin dejarme preguntar–. Los vampiros menores no envejecen, por lo que ellos mismos deben pagar. Tú eres el primero al que tienen que condenar, y sólo conseguí que te dejaran cumplir sentencia en casa.

–¡Eres el primer hijo ex convicto entre los vampiros! –Me felicitó Emmett–. Pasarás a los anales de la historia, dejando nuestro apellido cubierto de honor.

Todos se rieron, pero me sentí un poco mal por eso.

–No te preocupes, hija –me dijo Esme–. No tiene importancia.

–Lo siento –murmuré–. No se me ocurrió que pudiera quedar la embarrada cuando me fui a nadar. Sólo estaba enojada y quería relajarme un rato. Y luego me relajé demasiado y se me pasó la hora.

–Lo sabemos, Daniela –me dijo Carlisle, muy serio–. Pero tienes que recordar todo el tiempo que este mundo tiene reglas diferentes a las que estamos acostumbrados. Aunque ir a nadar no tiene en sí nada de malo, en este momento es contra la ley que lo hagas sin pedirnos permiso antes. ¿Está bien?

–Sí, lo recordaré. Lo siento mucho –contesté.

Se produjo un silencio incómodo. Alice se impacientó y se acercó a la mesa.

–Abriré yo los malditos regalos, ya que Daniela los despreció.

–¡No! –Le dije, corriendo y adelantándola. No pensaba dejar que me los quitara. Se hizo a un lado, contenta, y me di cuenta de que sólo había fingido para que yo los abriera de una vez.

Todos se acercaron. Me fijé que la mesa que me habían hecho era muy bonita. Pasé la mano por la superficie y era muy suave. Tenía un friso tallado en los bordes, como una enredadera estilizada.

–Está muy bonita la mesa –les dije emocionada–. Muchas gracias.

–Todos participamos –me dijo Jasper–. Incluso Carlisle ayudó.

–Ahora, cada vez que la mires, podrás recordar que fuiste el primero de nosotros que estuvo en la cárcel –se burló Emmett. Resoplé, divertida, pero vi que a los otros no les había hecho gracia.

–El primero y el último –dijo Carlisle. Nos miró a todos por turno, con una clara advertencia en su expresión–. Ahora dejaremos ese incidente atrás, es una orden –agregó serio.

–Sí papá –respondimos.

Todos se veían serios, aunque Alice me miró fijo y luego dirigió su mirada hacia mis regalos. Sonreí.

Agarré un paquete con forma de caja. Al levantarlo sonó su contenido, y lo agité un poco, contenta. Adiviné que era un rompecabezas, y por lo pesado debía tener muchas piezas. Lo abrí. Era una imagen espacial, con unas especies de nebulosas. Tenía nada menos que siete mil quinientas piezas.

–Es bonito, gracias –les dije–. Aunque costará una brutalidad armar el fondo oscuro –me quejé.

Oí gruñir a Emmett, y tras meterse una mano al bolsillo le puso unos billetes a Jasper en la mano.

–Te lo dije… –canturreó Alice. Emmett me miró un poco molesto.

–Tenías que quejarte… –Me dijo, ofendido.

–¿Tú lo escogiste? –Le pregunté.

–No, lo escogimos entre todos –explicó Rosalie–. Nos quedamos con ése porque pensamos que te sorprendería más que no fuera un paisaje, o que no hubiera animalitos. Pero Jasper apostó a que te quejarías de todas formas, y Emmett fue lo suficientemente ingenuo como para creer que sólo te pondrías muy contenta.

Me sentí mal. En realidad había sido feo de mi parte quejarme por el regalo, cuando se notaba que se habían esmerado tanto en sorprenderme y alegrarme.

–No debí quejarme –les dije–. Gracias por el rompecabezas, está muy lindo. Y gracias Emmett por ser el único que me creyó capaz de no quejarme.

–De nada –me dijo contento–. Pero no volveré a apostar por eso –agregó picado.

El siguiente paquete era deforme, y al apretarlo un poco sentí que era blando. Lo abrí contenta, pensando que Alice me habría escogido algo que me gustaría mucho seguramente. Me horroricé cuando saqué un vestido lila clarito, con blondas y cintitas.

–¿Es broma? –Pregunté, asqueada.

–No –dijo Carlisle, muy serio–. Y no se te ocurra romperlo, porque te lo enviaron mi jefe y su esposa. ¿Entendido? Quiero que les escribas una nota luego agradeciéndoles su regalo.

Me volví, incrédula, pero parecía estar hablando completamente en serio.

–¿Es una cámara oculta? –Insistí, mirando alrededor con desconfianza. No vi ninguna cámara, y mis ojos se detuvieron en Emmett–. ¿Se te ocurrió a ti? –Le pregunté.

–No fuimos nosotros, te lo juro –me dijo muy serio–. Si quieres matar a alguien ve por Charles y su familia.

–Nadie matará a mi jefe –insistió Carlisle, dirigiéndole a Emmett una mirada ceñuda. Tomó el vestido y se lo pasó a Esme–. Mejor guárdaselo en nuestro cuarto, amor –le pidió.

Esme lo agarró y se lo llevó. Oí abrir y cerrar su armario y volvió rápido.

–Eso, sáquenlo de mi vista –murmuré agradecida, agarrando el siguiente paquete. Era mucho más pequeño, y por la forma pensé en un juego del sistema de realidad virtual. Lo abrí, y había acertado: Era una versión SIM–In del juego. ¡Guau!

–¡Sabíamos que ése te gustaría! –Dijo Alice, radiante.

–¡Claro que me gusta! –Le dije contenta–. ¿Fue tu idea?

–No, fue de Carlisle –confesó.

–¿Es broma? –Pregunté, volviéndome nuevamente hacia él–. ¿Tú escogiste un regalo que me gustara Carlisle?

–Sí hija –me dijo, con una gran sonrisa.

–¿Dónde está mi libro? ¿Dónde está mi padre? –Pregunté, burlona–. ¡Llévense a este impostor!

Todos se rieron.

–Hubiera preferido que me dieras las gracias en vez de insultarme, Daniela –me dijo, riendo. Lo abracé.

–Gracias papá… Me encantó tu regalo.

–Hay otro –me dijo, algo burlón.

Agarré el último paquete, que tenía forma de caja y era grande. Lo moví, y adentro sonó algo pesado. Lo abrí, intrigada, y me dieron ganas de golpear a alguien cuando vi que dentro de la caja había un montón de libros empaquetados juntos. ¡Era una serie de textos de estudio para aprender alemán! Eran muchos, guatones, y en resumen una verdadera pesadilla.

–Qué canallas… –Murmuré–. ¿Fue idea de Esme?

–No, fue de Carlisle –respondió Esme, levantando las manos con cara de "yo no fui".

Me volví hacia él, para decirle cuánto lo odiaba, pero me sentí mal y me arrepentí. Preferí ser diplomática.

–Ok, no me gusta como regalo pero entiendo el mensaje. Gracias.

–Podrás jugar con tu nuevo juego en la medida que vayas avanzando con los libros –me dijo, pasándome la mano por la cabeza.

–Ya me parecía que era demasiado bueno para ser verdad –comenté amargada–. No podía ser más que un soborno.

–No es un soborno, tesoro –me dijo–. Es un estímulo.

Resoplé, y no fui la única. Edward, Bella y Alice habían tenido la misma reacción que yo.

–Podríamos hacer huelga nosotros también –dijo Jasper a sus hermanos, divertido–. Así podríamos recibir sobornos también.

–Si se les ocurre darle más problemas a Esme recibirán otra clase de estímulo –le dijo Carlisle, riendo, aunque me dio la sensación de que no hablaba en broma.

–Bueno, nosotros seis también somos tus hijos y no te desvives por regalarnos cosas –le respondió Rosalie en tono práctico.

–¿Cómo que no? –Alegó Carlisle, sorprendido y un poco ofendido–. ¡Les compramos prácticamente todo lo que quieren!

–Quiero un coche –le dijo Rosalie, mirándolo fijo.

–No se puede –respondió él con rotundidad–. Legalmente ninguno de ustedes puede conducir. Pero si quieres puedes comprar el simulador de conducción que vimos.

–¡No es lo mismo! –Se quejó Rosalie–. ¡Lo probé en la tienda y es un chiste!

–A mí me gustó el simulador espacial –dijo Edward–. Si pudiera llegar a ser adulto me gustaría ser astronauta.

–Compra ese juego simulador si quieres –le ofreció Carlisle–. Te dije, ese día, que si querías podías llevarlo.

Edward se encogió de hombros. Parecía triste.

–Como dijo Rosalie, no es lo mismo –murmuró bajito con gesto amargado.

Me dio pena. Estábamos todos clavados con edades que en el mundo actual nos ataban de manos y pies.

–Pueden jugar con el mío si quieren –ofrecí. Rosalie y Edward resoplaron, pero el resto de mis hermanos sonrieron.

–Gracias Daniela –dijo Alice con amabilidad–. Pero, en realidad, no nos parece muy entretenido tu juego.

–Tal vez el mundo cambie en algunos años y por fin se acabe esta lesera de gobierno central –dije, con la intención de consolarlos, pero todos se pusieron tensos. Carlisle puso una mano en mi boca y se agachó frente a mí.

–Hija, el mundo está en perfecto orden ahora, y todos tenemos que cooperar para que así siga siendo. ¿Lo comprendes? –Me dijo muy serio, mirándome fijo.

Entendí: había metido la pata diciendo algo demasiado subversivo. Asentí, completamente seria, para que se tranquilizara. Me sacó la mano de la boca y me dio una palmadita en el trasero. No me dolió, pero entendí el mensaje.

Se produjo un silencio desagradable.

–¿Puedo ir a probar mi juego? –Pregunté.

–Sí –dijo Carlisle–. Pero sólo treinta minutos.

–¡Qué poco! –Me quejé.

–Ya sabes –me dijo, sonriendo satisfecho–. Quiero ver avances.

Me encaminé a la sala, pero me atajaron.

–Pusimos el sistema de realidad virtual en otro cuarto –me explicó Esme–. Al fondo a la derecha.

–¿Por qué? –Pregunté con curiosidad.

–Porque Rosalie y Jasper casi rompen el piano cuando pelearon después de un partido de luchas –explicó Alice–. Mamá consideró que mejor poníamos el juego en un lugar donde hubiera menos cosas que romper.

–De todos modos, ya saben –los amenazó Esme–: si alguien quiebra una ventana, o le hace daño a un muro, clausuraré ese cuarto con el juego adentro y todos se quedarán sin él.

–Eso es injusto –reclamé.

–Dile eso a mamá… –Se burló Emmett.

Ese cuarto era muy bonito, con ventanas que daban al norte y al este. Pensé que era un desperdicio usarlo sólo para un juego en el que uno estaría con la vista tapada por los lentes, pero luego razoné que en realidad daba lo mismo.

Puse mi juego, entusiasta, y me costó menos de un minuto descifrar el menú manual. Escogí un personaje verde, como mi Juanito Caresapo, y la media hora pasó volando. ¡Apenas había comenzado a armar mi casa!

–Hija –insistió la voz de Carlisle, mezclándose con los ruidos del juego–. Salva ahora tu avance porque contaré hasta tres y te lo apagaré.

Con rabia, escogí "guardar" en el menú y me saqué los lentes.

–No alcancé a hacer casi nada –reclamé–. ¡Media hora es un tiempo demasiado corto para jugar a esto!

–Ya sabes… –Me dijo Carlisle, ufano.

–Camina y atraparás la jugosa zanahoria –se burló Emmett, fingiendo que intentaba tentarme moviendo una verdura frente a mi cara. Los demás, que se habían quedado a mirarme jugar a pesar de que no verían nada, se rieron.

–¿Quieres ir a ver las otras novedades? –Me preguntó Alice.

–¿Qué novedades? –Pregunté.

–Puerta cruzando el pasillo… –Me dijo con una voz misteriosa y algo tenebrosa.

Salí al pasillo y abrí la puerta del cuarto frente a ése. Adentro había mesitas individuales y sillas. En el muro junto a la puerta había una estantería con varios libros.

–¿Así que Esme siguió con su idea de hacer una sala de clases? –Pregunté, volviéndome hacia Edward. Él asintió, y se encogió de hombros.

–¿Te gusta? –Preguntó Esme, contenta. La miré, y me dio pena decirle lo que de verdad pensaba.

–Quedó muy bonito –mentí–. Aunque con los muros de piedra y las ventanas antiguas se ve algo arcaico. Pero supongo que cumple el objetivo. ¿No te tincó ponerle un pizarrón, con tiza y todo, como para completar el cuadro prehistórico? –Me burlé.

–Ella quería, pero se lo prohibimos –explicó Jasper, riendo.

–Bueno, supongo que es lo mismo –respondí, sin darle importancia–. Aquí o en la sala… El tedio será el mismo.

–Es bueno separar las áreas –insistió Esme–. Aquí hay menos distracciones, y cuando estemos en la sala nos olvidamos del estudio.

–¿Y cómo va el curso de carpintería? –Pregunté.

–¡Oh! Ése acabó hace casi tres semanas –dijo Esme–. Nos tomó muy poco tiempo aprender lo necesario. Te enseñaré yo, a partir de mañana.

–¿Y es entretenido? –Pregunté.

Alice, Rosalie y Edward arrugaron un poco la nariz.

–Tiene su mérito –dijo Bella–. Pero es un poco sucio.

–Les quedó linda mi mesa –les dije a todos, recordando los regalos de cumpleaños.

–Gracias hija –dijo Esme.

–¿Quién hizo el tallado del borde? –Pregunté.

–Yo –respondió Rosalie, sonriendo–. Había un tallado similar en un mueble en mi casa humana –explicó.

–Es muy bonito –le dije–. Gracias. Le da un toque. Tengo ganas de comenzar el rompecabezas y estrenar así la mesa.

–Primero ve a darte un baño –me ordenó Esme, sacándome de la sala de clases–. Llevas un mes con esa ropa y todavía tiene pasto pegado.

Le hice caso, y fue un gusto ponerme ropa limpia y no tener tierra ni en la piel ni en el pelo. Salí renovada del baño, y me encontré con que casi todos se habían ido.

–¿Dónde están todos? –Les pregunté a Bella y a Edward, que leían en la sala.

–Carlisle sacó a pasear a mamá –explicó Edward–. Ahora salen todos los días. Los demás están afuera.

–¿Y a ustedes se los cagaron cuidándome a mí? –Les pregunté, empática.

–Estamos castigados por un año, Daniela –confesó Bella–. Por lo que te hicimos. Y recuerda no decir palabrotas.

–¿Un año? –Pregunté, incrédula, sin hacer caso a la llamada de atención.

–Sí –dijo Bella–. Esme y Carlisle se enojaron mucho con nosotros, y no tenemos permiso para salir del patio hasta el nueve de junio del año que viene.

–Y somos tus niñeros por defecto –agregó Edward–. ¿Quieres jugar a algo?

Miré al pasillo, en dirección al cuarto con el sistema de realidad virtual.

–No, eso no –dijo Edward–. Carlisle dijo sólo media hora.

–No tiene cómo saberlo si no se lo decimos –le dije en tono práctico.

Ambos negaron con la cabeza.

–Daniela… –Me dijo Bella, algo exasperada–. Cada uno de nosotros tiene un dispositivo de rastreo adentro. Carlisle puede revisar por dónde nos hemos movido en cualquier momento.

–Pero podemos jugar a otro juego, ¿no? El juego que me regalaron es sólo uno de los que podemos jugar.

–No Daniela –explicó Edward–. La verdad es que Esme y Carlisle pusieron el juego en un cuarto aparte para controlar que no jugáramos sin autorización. Ahora sólo podemos usarlo cuando nos den permiso.

–¡Eso es muy egoísta de parte de ellos! –Alegué–. ¿Y si los llamamos y les pedimos permiso?

–Edward y yo no tenemos permiso para usarlo nunca –confesó Bella–. Hasta que se cumpla el año.

–¿Y para qué te ofreció entonces el juego ese, el simulador espacial? –Pregunté a Edward, sin entender.

–Porque una cosa no quita la otra –Explicó Edward encogiéndose de hombros–. Él piensa que si quiero el juego puedo tenerlo y que podré esperar hasta usarlo.

–Que cruel… –Murmuré.

–Lo que te hice fue cruel, Daniela –me dijo Edward–. Estoy de verdad muy arrepentido.

–Sí, ya me lo dijiste. No te preocupes –le dije, restándole importancia–. Yo fui una estúpida de ir a nadar al lago. Debí recordar lo del chip.

–Ahora Carlisle revisa todo el tiempo dónde estamos y por dónde nos hemos movido –confidenció Bella–. En su trabajo causó revuelo que uno de los hijos de la "familia perfecta" se arrancara de su casa –agregó, poniendo los ojos en blanco.

–No estaba arrancando –expliqué nuevamente–. Sólo me piqué, quise salir también, me dieron ganas de ir a nadar, y como una tarada me fui a meter al lago y se me olvidó volver a tiempo.

De pronto recordé que todos parecían cuidar lo que hacían y decían y tuve una duda.

"¿Pusieron cámaras y micrófonos aquí en casa?" pregunté a Edward en mi mente.

–No, el castillo sigue limpio –dijo Edward–. Pero debemos acostumbrarnos a no decir cosas que nos causen problemas. Carlisle dice que, para estar seguros de no meter las patas cuando importe, tenemos que esforzarnos todo el tiempo en controlar lo que decimos.

–¡Ah! Que alivio… –Les dije con franqueza–. ¿O sea que si digo que el nuevo orden es un cerro de mierda nadie se enterará?

–Carlisle se enterará que lo dijiste, si nos pregunta –explicó Edward, con cara de disculpa.

–No le dirás, ¿no? –Le dije preocupada.

–No si no me lo pregunta –declaró–. Pero se supone que nosotros mismos debemos decirle cuando tengamos un desliz, y no intentar ocultarlo cuando él nos pregunte.

–Sabe cuándo le mentimos –aclaró Bella, muy seria–. Y nos pidió que no lo hiciéramos. Piensa que, ahora que ya hay casi ochenta vampiros leales en la fuerza de paz, ya no lo necesitarían a él, y que sería fácil deshacerse de nosotros si damos problemas. Cree que sólo nos mantienen con vida porque somos conocidos y gustamos a la opinión pública. Pero teme que si alguno de nosotros comienza a parecer "enemigo del orden" decidirán hacernos desaparecer.

Me quedé callada. Sonaba aterrador.

–Carlisle nos prometió hacer cuanto estuviera en su poder para mantenernos a salvo, pero pidió nuestra cooperación –explicó Edward–. Y tú eres el eslabón más débil, ya que tiendes a olvidarte del peligro. Todos juramos ayudar, aunque eso signifique acusarnos entre nosotros.

–Ok, controlaré mi boca –les prometí–. Gracias por contarme.

–Es mejor que lo sepas –declaró Bella.

–¿Y los demás vampiros? –Pregunté.

–Son vigilados de cerca –dijo Edward–. Carlisle supone que, en la medida que los vampiros civiles vayan cometiendo errores, el gobierno central aprovechará la excusa para irlos eliminando.

–¿O sea que en teoría todos moriremos salvo la fuerza de paz? –Pregunté asustada.

–No si nos mantenemos callados –dijo Bella, en tono práctico.

–Calladitos y bonitos –me burlé.

–Evita precisamente ese tipo de comentarios sarcásticos, Daniela –me dijo Edward, enojado.

–Ok. Lo siento –contesté–. A lo mejor debería fingir que soy muda de ahora en adelante.

–No sería mala idea –dijo Edward, pensativo–. ¿Y si probamos?

"Puedo hablarte a ti, y tú traduces sólo lo que sea correcto, como un filtro" le dije en mi mente.

–Podría funcionar –me dijo–. Al menos para cuando estemos fuera del castillo.

–¿Qué dijo Daniela, amor? –Le preguntó Bella, un poco molesta por haberse quedado fuera de la conversación.

–Piensa hablar en su mente y que yo traduzca –le explicó Edward–. Y podría funcionar cuando estemos frente a extraños.

–No funcionará –dijo Bella en tono práctico–. Las personas saben que no es muda, y se preguntarán por qué no habla. Podrían llegar a la conclusión que se lo prohibimos, y entonces comenzarían a especular por qué se lo prohibimos.

–Bella tiene razón, no es buena idea –coincidí–. Mejor tengo cuidado y listo.

–Carlisle piensa que nos puede ayudar a quitarnos el hábito –dijo Bella, algo nerviosa–. Ya castigó a Rosalie la semana pasada por decir que estaba harta de este gobierno.

–Ok, me queda claro –respondí tensa–. Tendré más cuidado de ahora en adelante.

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