Capítulo Siete: Tiempo.
—Natalia, espero que no te moleste, pero me he tomado el atrevimiento de comprarle algo a tu bebé —le informó Nina, una vez que entró al salón 13, donde Natasha estaba dando clases.
La mencionada se volvió apenas escuchó su nombre, y bajó la vista hasta la bolsa que traía la castaña, y de donde salían un par de orejas de conejo.
—No te hubieras molestado —murmuró, regresando a lo que estaba haciendo, viendo los disfraces que se usarían en un pequeño recital.
—Lo vi y no me pude contener
—Podías, ¿eh? —le recriminó, dándole una mirada de advertencia.
Nina puso los ojos en blanco, y le tendió la bolsa. —Deja de regañarme y toma.
Natasha sonrió y aceptó la bolsa. Nina no era tan fastidiosa, como pensó las primeras semanas de su trabajo. Incluso, la había estado ayudando con la preparación del recital que exigía su cronograma, y como Dmitri se había ido de viaje, ni siquiera sabía de su embarazo el cual ya iba por el quinto mes, pues recordaba haberlo escuchado en el hospital, pero Nina le había dicho que tuvo que irse por otras razones.
— ¿Qué piensas hacer en el recital? —le cuestionó la joven.
— ¿Lago de los cisnes? No lo sé, no tengo ni idea —respondió guardando sus cosas.
—Con esos disfraces se podría hacer una versión muy corta del libro de la selva.
— ¿Crees que se pueda?
—Sí, estoy segura que sí. Podemos escoger una parte en específica, y la hacemos.
—Nina, un baile es mucho más fácil que un recital.
—Entonces, dejémoslo a votación y ellas deciden.
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Natasha tiró el bolso en el sofá, y vio algo correr hacia la ventana. Rápidamente, tomó la pistola en su cinturilla y disparó al vidrio, rompiéndolo en miles de pedazos. Escuchó un quejido, y sintió como su corazón se iba al piso. Había olvidado por completo que había adoptado a un gato, y vivía en el viejo sofá. Salió al patio, y le vio tirado intentando moverse. Estaba sangrando, por lo que se preocupó. Lo tomó en brazos y examinó su herida, solo fue un rozón, pero de igual manera, lo llevó dentro para curarlo.
—Mierda, Natasha. Debes tener más cuidado —se reprendió a sí misma.
Curó al gatito de grueso pelaje, y le dio una triple ración de comida. El animal no se iría de su casa, lo sabía, pero quería asegurarse de tener compañía cuando solo tenía a su Steve Jr. -así le llamaba al bebé en su cabeza-. Después de hacerse la cena, se sentó frente al televisor y vio telebasura por un rato.
Últimamente, no estaba haciendo nada después de sus clases. Y eso se debía a que no podía hacer mucho.
El doctor le había revisado hacia una semana, y le dijo que su bebé era niño, como también le había dicho que estaba fuera de peligro, pero que de igual manera tenía que cuidarse.
Dio un mordisco a su sándwich americano, y pensó en qué estaría haciendo Steve y si estaría a salvo, escondido como ella. O S.H.I.E.L.D. lo habría encontrado. Buscó su ordenador, y lo encendió. Dudó en acceder a la red de S.H.I.E.L.D., pero las ganas de saber dónde estaba el padre de su hijo le ganaron.
Pasó las barreras de la agencia con facilidad, y puso una pantalla de humo para que no vieran lo que hacia ella, además ocupó el cronómetro, tenía 1 minuto para investigar.
BuscóRogers, Steven en el sistema, y apareció una actualización del día anterior. No dudó en abrir el archivo, y comenzó a leer.
Nombre: Steven Grant Rogers.
Alias: Capitán América.
Nacimiento: 4 de julio de 1918
Estado: fugitivo.
Ultimo lugar visto: Kiev, Ucrania.
Sintió su corazón acelerarse. Estuvo en Kiev, cerca de ella. Pero, ¿haciendo qué? El cronometro se puso en rojo, y antes de que llegase a cero, cerró todo. Su pregunta se repetía una y otra vez, ¿Qué hacía Steve en Kiev? Decidió ocupar el internet, y buscó Kiev en el Google. En los primeros links solo aparecían noticias y fotos de la ciudad, pero en cuanto bajó un poco más, se encontró con que habían descubierto un barco lleno de armas chinas, incluyendo dos bombas de alta magnitud. Ella sintió una corriente helada por su columna vertebral, y puso una mano donde sintió a su hijo moverse.
—Cálmate, Natasha —murmuró, tomando varias respiraciones profundas—. Nada de emociones fuertes.
Cerró los ojos un instante, y controló su cuerpo. Sabía que Steve Jr. podía sentir todo lo que ella, por lo que debía permanecer tranquila, pero el hecho de saber a Steve cerca de ella, la hacía temblar. No estaba preparada para verlo, quizá nunca lo estaría, pero tenía la mínima sospecha de que el destino se encargaría de volver a juntarlos.
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—Entonces, tenemos las bombas, las armas más peligrosas, y las flechas. ¿Faltó algo? —dijo el hombre poniéndose las manos en la cintura.
—Mi bocadillo —protestó un hombre moreno, sentado en un viejo sofá.
La mirada que le dirigió quien tenía las manos en la cintura le hizo reír.
—Son ricos, eh.
Se echaron a reír los ocupantes del sótano del edificio.
—Wanda, ¿Cómo vamos? —La mencionada levantó la vista del ordenador, y vio en dirección al único rubio.
—Cinco minutos, Cap.
—Esa niña aprendió de Nat lo que yo nunca hice —bufó Clint, sonriendo a medias.
Steve le vio, y bajó la mirada a sus zapatos. Natasha, pensó; ¿dónde estarás? Sintió una punzada en la cabeza, y vio a Wanda, ella le ofreció una sonrisa.
—Listo. Sam, un nombre —pidió, viendo al hombre moreno.
—Alejandro Magno —soltó, volviendo a hacer reír a los hombres de la sala.
La única mujer ocupando la sala tecleó en el ordenador. — ¿Clint?
—Franco Novakov.
Ella volvió a repetir la acción, y vio a Scott que jugaba con algo en sus manos.
—Scott.
—Jessie Lee.
Escribió el nombre y vio al Capitán. — ¿Cap? —preguntó por último.
—Nathan Roosevelt —Soltó, viendo a sus amigos.
—Listo, niños —A pesar de ser la más pequeña, Wanda les decía niños y a ellos no les molestaba, era mejor que cuando Nat les decía ancianos, y eso en sus mejores días, porque en el entrenamiento los solía llamar hasta bebés llorones.
Steve asintió. —Manos a la obra —ordenó.
Todos comenzaron a recoger sus pertenencias, y dejar el lugar tan intacto que ni siquiera los mejores criminólogos notasen que estuvieron allí.
— ¿Listos para aprender Irlandés? —les cuestionó Clint, pasando un brazo por los hombros de Wanda.
—En Irlanda también se habla inglés. —La castaña puso los ojos en blanco, riendo.
—Ya lo sabía —replicó, haciendo puchero.
Siguieron riendo. Steve tomó las llaves de la SUV, incluyendo sus identificaciones y tomó el volante del auto. Todos se subieron, y comenzaron a bromear sobre los irlandeses. Rogers se mantuvo en silencio, pensando en Natasha, y cuánto la echaba de menos. Extrañaba el hecho de verla a su lado, sonriendo o debatiendo cualquier decisión suya, molestándole con sus bromas y besándole con fuerza.
Ellos habían tenido una relación estupenda, no comprendía por qué había huido de esa manera, y le había dicho tales palabras.
Hay cosas que deben sanar, había dicho. ¿La había lastimado? ¿Cómo? Sabía que no podía pretender que Natasha saliera ilesa de la guerra, pero tampoco creyó que iba a huir en cuanto todo se calmara. Sabía que era una fugitiva, pero tenía la certeza de que se quedaría con ellos. Quizá no ella no lo veía de esa manera, pensó.
—Natasha no lo veía de esa manera —le dijo una voz a su lado.
— ¿Otra vez leyendo mis pensamientos? —recriminó Steve, con un poco de molestia.
—Natasha necesita tiempo y espacio —murmuró, ignorando el regaño del Capitán—. Todo lo que sucedió...
—Lo sé. No puedo pretender que no le afectó —cortó antes de que siguiera.
—Steve, dáselo. Ella es la más afectada en todo este asunto.
— ¿Y qué hay de ti, de Clint?
—Yo estoy con ustedes, y eso no es lo que me gustaría, pero es mejor que ver como se rompe tu familia y no hay manera de juntarla. Natasha vio como todo se desboronaba en sus manos, y no pudo hacer nada para detenerlo.
El Capitán se quedó en silencio y asintió. Nunca pensó en el hecho de que Natasha los viera como una familia, cuando se mostraba tan hostil con respecto a todos.
Incluso, con él, que aunque pasaban noches increíbles, ella nunca le contaba de qué trataban sus pesadillas, ni que pasaba por su cabeza cuando se quedaba en silencio. Él siempre le preguntaba qué sucedía, y ella solo formaba una línea con sus labios y mantenía el silencio. Se decía a si mismo que ella se debatía en contarle, pero siempre su parte insegura ganaba. Natasha guardaba demasiados secretos, y por alguna razón, Steve la imaginó como una cebolla; demasiadas capaz que hacían llorar cuando empezabas a quitarlas. Cada vez que lo pensaba, se reía de sí mismo.
—Ella siempre se mostraba tan dura con nosotros —murmuró el Capitán, sin darse cuenta.
—Sí, pero eso no quita el hecho de que sintiera algo hacia nosotros. Muchas veces pensaba que era un error, y no debía aferrarse a nada, pero cuando se convenció de que las cosas iban a estar bien...
—Arruiné todo —completó, recostando su cabeza en el asiento. Steve suspiró —. Justo cuando ella estaba dispuesta, todo se fue a la mierda.
—Lenguaje —rió Wanda—. Pero, sí. Eso sucedió.
— ¿Cómo sabes todo eso?
—Natasha tenía barreras mentales con respecto a su pasado, y quería saber que había pasado en algunas misiones que tuvo, entonces empezamos a tener sesiones y supe todo eso.
— ¿En serio? —Su asombro fue notorio, y la castaña solo asintió.
—Ella pasó por mucho —afirmó.
—Si...
Se quedaron en silencio. Wanda comenzó a jugar con un hilo en su chaqueta, y pensó que había hablado de más sobre Natasha. Pero, cuando quiso saber si lo había hecho registrando entre los pensamientos de Steve, llegaron al puerto donde se embarcarían para ir a Irlanda por otra serie de armas y bombas.
