Capítulo VI

Candice, ¿dónde estás? - Anthony se levantó cercano a las nueve de la mañana, se había despertado en medio de la cama, desnudo y solo.

¡Buen día, joven Anthony! - Irina el ama de llaves de Candy, lo saludó.

Buenos días Irina, ¿dónde está Candice? - cuestionó al no verla por ningún lado.

Salió a la bóveda con Don Marcello, joven. ¿Se le ofrece algo? - quiso saber Irina.

No nada Irina, me daré un baño y saldré a la oficina - informa el joven, regresando a su habitación.

¿Quiere desayunar algo? - pregunta la ama de llaves, sonriendo pues sabía que ambos jóvenes no eran del agrado del otro.

Sí claro, sólo fruta y café - refiere Anthony, ya que todo lo acontecido anteriormente no le ha dado hambre y sobretodo la noticia de que ella esté con los Rocco, pero tampoco le ha caído bien.

Mi noche era desastrosa, así que regresé a la bóveda, quería verla sin tanto glamour, así que me dirigí hacia allá. Logré dormitar un poco, cuando llegamos, Fred me despertó y me incorporé. Delante de mí, se imponía un edificio grande y en el interior una visión celestial, muchas mariposas suspendidas por armazones metálicos e hilo de acero.

¡Buenas noches! - saludó un hombre.

¡Buenas noches! - saludé sin más.

Mi nombre es Néstor, increíble ¿verdad? - me informó el otro hombre observando la bóveda.

¡Ésta vista es... espectacular! - respondí asombrado.

Está diseñada para eso, pero debería de verla por las mañanas, los resplandores con la luz del sol ¡son fenomenales! - comentó Néstor.

¿En serio? - quise saber, la luz de la luna se reflejaba en varias, pero más en Platea.

Sí - afirmó el hombre como si en verdad fuera así.

Venga mañana por la mañana y me dará la razón - me ofreció Néstor.

¿De quién es este "santuario"? - sabía de quién era, pero quería que él me lo dijera.

De todos, es público, la artista viene casi cada dos meses a colocar una nueva - me cuenta el hombre que tengo al lado.

¡Es impresionante! - me admiro al ver una luz de helicóptero cerca, se dibujan formas cuando pasa.

A mí también me lo parece, buenas noches - responde y se despide.

¿Quién es la artista? - pregunté por curiosidad.

La señorita Candice Andley. ¿La conoce? - ahora el interesado es él.

Digamos que hace tiempo supe de ella - refiero como si nada.

Es sencillamente formidable, que suerte tiene usted de haberla conocido. Mil felicitaciones. Lo esperamos mañana - le deseó cuando terminó saludándolo.

Gracias - respondí extrañado, Néstor pareció ser tan amable y agradecido.

Me quedé mirando cada una de las hermosas mariposas, de pronto vi que Néstor se acercaba a una chica, la saludaba y le decía algo; luego ella caminó al centro y miró hacia arriba, se escuchó un ruido, uno de los hilos que sostenía una mariposa comenzó a descender, ella se alejó un poco y detrás de si apareció la musculatura de un hombre desconocido.

¿Cuánto vale? - cuestionaron al aire.

¡Ay, Dios mío! ¡Puede al menos ladrar para que sepa que usted está aquí! - exclama sin poder creerlo, era Candice.

¿Me ha dicho perro? ¡Qué insolencia! - refirió el hombre indignado.

Bueno, si quiere graznar hágalo, de cualquier manera no puede estar ahí y que no emita ningún sonido. Además he de advertirle que estoy comprometida y que no puedo caer ante usted, soy demasiado como lo diría usted... - ella comenzó a buscar la palabra.

¡Amargada! - sugirió el hombre.

¿Amargada? Sí quizás, tal vez esa sea la palabra, hombres como usted me han hecho fría, algunas veces - se burla de él.

Realmente me encantaría saber si usted ¿se ha casado alguna vez? - cuestiona él metiéndose donde no le llaman.

¡Averígüelo! Pero sé que se topará con una gran barrera para descubrirlo - asegura ella desafiante.

No he venido a que me insulte, ¿cuánto me costará? - volvió a cuestionar dejándolo ambiguo.

¿Qué cosa? - quiere saber él.

¿Quiere matrimonio? - pregunta altanero.

¡Ni lo mande Dios, los griegos no son de mi agrado! - exclama ella asustada.

Entonces ¿qué quiere? - el griego sigue insistiendo.

¡Nada, ya le dije que no se la venderé! - informa ella. Néstor ¡súbela! - le ordena al velador.

Sí, señorita - exclama el hombre, accionando un mecanismo.

Mi hija la vio en la mañana, pensó que sería para ella. Le prometí ¡comprársela! - exigió como si se tratase de su propiedad.

¡Qué pena que prometer no empobrezca! ¿Verdad? - responde de la misma forma.

¿Quiere que le ruegue? - preguntó el griego.

¿Me quiere rogar? Me parece que eso sería desagradable hasta para usted. Néstor recoge el paquete que está en mi escritorio y dáselo al señor Nikopolidis - solicitó amablemente.

Pero... - quiso intervenir el griego.

Me voy, buenas noches y que lo disfrute - se despidió saliendo de ahí y subiendo a una limusina.

Nikopolidis no podía creerlo, quizás era la primera vez que alguien lo dejaba con la palabra en la boca, Néstor lo alcanzó mientras Candice se subía a un auto sobre la avenida, ella partió sin volverse atrás. Néstor le dio la caja al griego y se despidió, activando los sensores de seguridad, minutos después aparecen unos láseres rojos entre las mariposas dándole otro color prismático, dejando solamente los ruidos ambientales. Nikopolidis abrió la caja rosa con dorado que tenía al frente, dio unos pasos delante de mí y se quedó asombrado, tenía que ver su rostro para decirle que lo había impactado.

¡Quella donna è una dea! - sonrió para sí y se quedó observando el contenido de la caja que tenía entre sus manos.

Dentro de la caja se encontraba la copia exacta de esa mariposa, la sacó con una de las manos y con la otra admiró los bellos cortes que tenía ese modelo. Había hecho una mariposa idéntica quizás por dos cosas: una quizás para que la niña la disfrutara e hiciera cambiar al padre de parecer sobre su hija, y dos, de alguna manera vio humildad en Nikopolidis.

Debe cuidarla - sugerí asustándolo y traerla hacia si para protegerla.

¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? - pregunta él.

Tiene oro de 24 quilates, es una fortuna, el vidrio no es barato - refiero, si de algo sabía era de adquisiciones, no era un experto, pero reconocía la calidad de los materiales.

¿Cómo lo sabe? - me cuestionó.

¿Créame, sé de estas cosas! - afirmé, de esas y de otras tantas más.

¿Qué hace usted aquí? - me preguntó Nikopolidis.

Casi lo mismo que usted, sólo que mis ataques verbales con ella han sido menos…intensos - aseguré omitiendo el único que he tenido, el de la fiesta.

No suelo comportarme así y menos con una mujer…pero… - gruñe sin poder creerlo.

Pero… lo saca de quicio, a mí también me sucede lo mismo - sonrió al comentarlo.

¡Al parecer los Rocco son inmunes! - refirió tratando de no soltar una carcajada.

La conocen mejor que nosotros dos. Sin embargo, para haber estado casada no parece entender que los europeos somos tan tercos como los griegos - expliqué sentándome en el piso.

¿Casada? - preguntó el griego sin salir del asombro.

Sí, no sé si conoció a Bert y Ferrel Andley - le sugerí como si esto fuese todo.

Por supuesto, fueron días tristes. Ellos fueron sus maridos - inquirió.

Sólo Bert - respondí sonriente cuando él hubo hecho lo mismo.

En serio, ¿cómo? Si no comparten nada - exclamó riéndose.

Tenemos la misma información - solté pensando en que no tendríamos mayor información que esa.

Entonces ¿por qué no usa su apellido de casada? - preguntó el griego, pensando en que White no era de ella.

¡No me lo pregunte a mí! - exclamé alegremente.

Bueno, me retiro, mi hermosa Cassie querrá ver este regalo - aseguró él, levantándose y caminando hasta la salida.

¡Hasta luego! - respondí sin más, viéndolo salir.

Me retiré de ahí y en el silencio de la noche partí a mi casa. En el camino supe que tenía más información que hacia tan sólo unos días. Cuando llegué, mi nana me recibió y no comentó nada al pasar apesumbrado a su lado. Había sido un día difícil para mí, tanto que no dejaba de pensar en ella, decidí dormir, pero miles de recuerdos se agolparon en mi memoria, me levanté y fui a la biblioteca, encendí mi computadora y busqué nuevas fotos en las memorias guardadas. Efectivamente, entre ellas encontré un video de una fiesta en casa de Ferrel, era impresionante como era Bert cuando ella estaba cerca, cambiaba totalmente y eso me sorprendió. En el video aquel par se encontraba en la pista bailando y besándose, no era un beso lleno de pasión, más bien parecía tierno.

Ni en mis remotos sueños pretendía saber que Bert resultaría ser tan… tierno. Si antes entendía poco, ahora nada. Sería mejor que esperara a la fiesta el fin de semana, quizás ahí podría esclarecer cualquier cosa que fuera. Eso sí, a primera hora de mañana iría a la bóveda, quería ver las mariposas a plena luz del día.

Me había levantado tarde, pensando durante el trayecto a la bóveda, me encontraba absorto y muerto de sueño, debido a mi insomnio que días después me lo cobraría amargamente. Tan pronto llegué, salí disparado hacia el interior, sin cerrar la puerta del auto; sin poder creerlo, todo el lugar estaba cubierto de rosas y una Candice entre encantada y furiosa se agarraba el tabique de la nariz esperando que alguien le explicara lo que sucedía. Al centro, donde ella se encontraba se formaba una estrella de cinco picos y una niña iba directo a ella, junto a un gran perro de peluche, que apenas y podía cargar. Candice levantó la vista y cambió la mirada.

Señorita, señorita, gracias por mi mariposa - se acercó la niña, sonriendo.

¿Has sido tú? - preguntó Candice, intentando acercarse a ella.

Éste se lo traje yo, mi papá hizo todo lo demás, le agradece la mariposa que me ha hecho - le informó muy contenta acercándose hasta ella.

Candice se agachó y al hacerlo la niña le tomó las puntas de los dedos, haciendo que Candice comenzara a soñar despierta; la manecita de la niña se encontraba sobre la palma de su mano como hubiera sido con Andrea, pero ahora no podía darse ese lujo, ella no podía tener una pequeña mano así...no podía ser así...

No deberías…no debió hacerlo. No puedo aceptarlo… no puedo - Candice se alejó rápidamente, no podía quedarse allí, la mano, su mano paso de ser sostenida por Albert, a ser la que acariciara su vientre a ser la que le quemara una pequeña y linda mano de una niña que jamás sería suya.

Señorita, regrese, su perro - le dijo Cassie, asustada por lo que había sucedido.

No entendía qué sucedía, apenas y pude comprenderlo o era la chiquilla o era la sábana de rosas que se encontraba cubriendo todo el espacio libre de la bóveda. Tenía que alcanzarla, debía hacerlo. La busqué en la dirección por la que había salido, corriendo y completamente llorosa, al final la encontré, escondida en su oficina al parecer.

¿Candice? - la llamé cuando oí su llanto, era tan triste.

Sr. Grandchester, ¿qué se le ofrece? - me preguntó tratando de serenarse.

¡Ven conmigo, no puedes quedarte aquí! - le ordené aunque pensaba que solo se lo había solicitado.

¡No sé de qué hablas! - alzó la voz, seguía llorando.

Estás llorando, ¿cómo puedes decir que no tienes nada? - le pregunté. enfadado.

Me entró una basurita en el ojo. ¿Quiere usted algo? - se volvió hacia mí, volviendo a su fría actitud de no pasa nada.

¿Por qué llorabas? - le cuestioné, digo para no ser nada el maquillaje había sufrido un gran chubasco.

¡Ya le dije que no lloraba! - me gritó.

¡Por Dios, no estoy ciego! Dime ¿por qué estás tan triste? - queria entenderlo, de alguna forma.

Porque así soy, debo irme - salió de donde estaba y comenzó a caminar hacia la salida, aun lloraba, ya no tan frenéticamente, pero lo hacía.

¡No, no lo harás en ese estado! - afirmé ya que no la dejaría irse así.

Se me hace tarde para mi trabajo, el coche me ha quedado lejos - resolvió tomando su bolso y sus llaves.

¿Pretendes manejar en este estado? ¡Por supuesto que no, te llevaré! - le insistí.

¡No, no lo harás! ¿No puede dejarme en paz? - me preguntó sintiendo esa tristeza que ella sentía.

No te irás sola y no manejarás a tu trabajo - volví a insistir.

¿Eso es lo que usted piensa? - me preguntó enfadada.

Sí - respondí, Dios, estaba estresado y ese estado no era bueno para mí.

Bueno, pues entonces, haremos lo que usted quiere. Bueno... - vi como se relajaba y tomaba su teléfono de su bolso.

¡Hola bonita! ¿Qué tienes? Te oyes triste - preguntaron desde el otro lado de la línea.

¡Es Nino! ¿Puedes venir por mi? - solicitó sin importarle la mirada que en esos momentos le echaba.

Enseguida salgo, estaré ahí en seis minutos - le aseguró colgando y comenzando a manejar.

¿Qué has hecho? ¿A quién le has hablado? - la tomé de las muñecas, quería decirle tantas cosas, estaba como energúmeno y si eso quería, pues era hora de cumplírselo.

Es un código ultra secreto, mi novio viene por mí, así usted estará más tranquilo y yo me sentiré "protegida". Ahora si me disculpas, debo hacer algunas cosas antes de irme - me dijo ella, burlándose y riéndose de mí.

¡No, no las harás! - la amenacé tomándola del brazo.

¿Quiere apostar, que sí? - me preguntó.

Eso lo quiero ver - la reté.

Si usted lo prefiere - se rió y de un salto, me empujó haciéndome caer en el piso, tomándome desprevenido.

¡Candice ábreme! - le ordené, cuando me levanté me di cuenta de que ella me había cerrado la puerta, así que comencé a pegar y gritar.

¿Qué es todo esto? - le preguntó alguien del otro lado de la puerta.

Néstor guarda el perro y regresa a la niña con su padre. Luego te explico, ¿podemos irnos? - le preguntó a alguien.

¿Qué te sucedió? ¿Qué ha pasado? - preguntó Marcello.

¡Candiceeee! - grité desesperado.

Por favor quiero conservar mi cabeza, podemos irnos se me hace tarde para el trabajo - sugirió ella apresurada.

¿Qué me quisiste decir? ¿Qué hace Terry aquí? - le preguntó él molesto.

Te cuento en el camino, ¡vámonos! - lo jaló ella apresurándolo.

¿Qué has hecho? - le preguntaron.

Quería consolarme por el perro que me dio la niña y me limité a dejarlo encerrado en la oficina - respondió Candice sonriendo.

Eso no impedirá que te busque hasta debajo de las piedras. ¿Se propasó? - Candice pensó que solamente por eso había ido por ella, para averiguar si Terry se había propasado.

¿Qué te hizo ponerte triste? La niña ¿verdad? - preguntó encontrando el motivo por el cual ella había repetido su tristeza.

¡No lo puedo evitar, me sentía abrumada! Luego me dirigí a mi oficina y ahí me encuentro con Terry exigiendo mis secretos - le contaba la rubia cuando siguieron corriendo, saliendo de la bóveda y entrando a la limusina.

¡Te lo dije, a Terry le gustas! - soltó el, enojado.

A mí me gustas tú y... - se interrumpió porque ella no quería decirle que había hecho el amor con Anthony.

Lo mismo pienso, pero en realidad ¿me amas? - cuestionó serio como si el agarrar el volante fuera el cuello de Anthony o el de Terry, sabía la respuesta.

Eres un buen amigo y lo sabes - afirmo ella, observando el paisaje desde su asiento de copiloto.

Por supuesto - aceptó refunfuñando.

Cuando Néstor me abrió, no había rastro de Candice ni de la persona que hubiese llamado, así que regresé a mi casa y en la sala se encontraba Benedetti, esperándome.

Benedetti, ¿has estado mucho tiempo aquí? - le pregunté enfadadamente.

No realmente, pero ¿qué te pasa? ¿Estás enfadado? - me preguntó contrariado.

¡La encontré! - exclamé sorprendido.

¿Dónde? - cuestionó esperando a mi respuesta.

En la bóveda, ¿crees que esté pasando información? - le pregunté colérico.

¡Paranoico! ¡Oye de dónde vienes a las 12:30 de la noche! - expresó él extrañado por la hora.

De una bóveda muy lejos de aquí, tenía que calmarme, pero ni la media botella de whiskey que me tomé fue suficiente - le expliqué sin tener en realidad idea del ¿por qué estaba enojado?

La bóveda… ¿la de las mariposas? ¡Ah, mi Mariposa! - exclamó con añoranza.

¿Qué has dicho? ¿Cómo que "mi Mariposa"? - reclamé no con buenos ojos.

Hace unos años estuve locamente enamorado de ella, pero lo que no sabía es que se había casado con Bert - explicó, teniendo que aceptarlo.

¡Ah eso, pobre diablo! Si nos hubiese dejado un manual de conquista, nos hubiese ahorrado mucho trabajo - respondí y Benedetti sonrió por el comentario.

Ni tanto, dicen las malas lenguas que sus noches eran todo... menos aburridas - Benedetti confirmó y yo me preguntaba cómo lo sabía.

¿Por qué lo dices? - le pregunté.

Eso dicen, pero quién sabe bien que pasaba con ellos detrás de la puerta de su habitación, era Anthony - me lo tenía que recalcar.

Nikopolidis, se atrevió a poner una sábana de rosas en su bóveda y al acercarse una niña con un perro salió corriendo y llorando, a veces nadie entiende a las mujeres, primero romanticismo, luego casamiento y al último sexo - solté sin tener cuidado con lo que decía.

Sí claro… - Benedetti sonrió y se alejó del reconfortadle sillón en el que estaba para posicionarse en la ventana.

¿Qué pasa? - pregunté.

Recuerda Terry que Candice ya perdió a una niña, quizás eso le traiga tristes recuerdos - me dijo muy serio.

Me lo había olvidado, lo siento Benedetti - sí, efectivamente, se me había olvidado y en ese momento el sentimiento de culpa abolió al del enojo y ambos nos quedamos completamente meditabundos.

De ahí es que ella tiene esa actitud, quiere no sentir, al no sentir que ama cuando lo pierde no le duele, ya que no lo ama... - al decir Benedetti esa frase, me sorprendió, tenía que tomar en cuenta que si Anthony y ella dormían juntos, no era por amor sino por simple deseo físico, por necesidad como cualquier humano y eso, tan sólo eso, me dio una esperanza.

Continuará...