Holaaaa… Sí, sé que me tarde una millonada de años pero decidí que voy a seguir el fic. Gracias a los que han leído y a los que han dejado review. Aún a los que han vuelto a escribir solo para decirme que siguen esperando que actualice.. jajjaa… Me vino bien eso. No voy a decir mucho más. Solo mil perdones por haberlo abandonado durante tanto tiempo. Aquí les dejo un nuevo capi.

Besos a todos y todassssssssssssssss… XOXO

I'll Take Care Of You

Capítulo anterior:

-Parece que Hiei está de buen humor – espetó Genkai.

-Sí, me alegro por eso. Cuando vino a mi casa no estaba de buen humor sino todo lo contrario – Mio se enderezó y se sentó en el sillón.

-Parece que han comenzado a llevarse bien – agregó Yukina.

-Así parece – estaba segura de que Hiei la había pasado bien.

Sí, ahora que se lo pensaba, Hiei no era tan difícil. Estaba completamente convencida que, a partir de ahora haría todo el esfuerzo necesario por llevarse bien con él. Por aquel momento que habían pasado, valía la pena. Quería que aquel divertido rato se repitiera. Mio suspiró mentalmente. "Su risa es contagiosa y agradable. Tiene una sonrisa encantadora y me escucha cuando le hablo". Haría que, para Hiei, valiera la pena estar con ella.

Esos pensamientos apartaron de su mente, por un buen rato, la visita de aquel nuevo enemigo que además de poderoso era inteligente e intimidante. Tendría que hacer algo al respecto de aquel demonio. Pero pensaría en una solución más tarde. No quería arruinar su alegría y buen humor pensando en el Youkai, y no lo haría, al menos no durante aquel día. Luego pensaría en cómo se lo diría a Hiei. Pues, estaba más que claro que debía decírselo y cuanto antes.

Capítulo VII: Protégeme

-¿Qué fue lo que cambió entre ustedes desde ayer a la noche? – la pregunta de Genkai la volvió a la realidad. La anciana sabía de antemano la respuesta pero quería oír la versión de cómo había sido para la chica la camuflada disculpa de Hiei. Quizás ella vería la situación con otros ojos. La intrigaba saber cómo Mío había tomado la decisión de ceder y decirle a Hiei todo lo que ella misma había oído esa mañana desde el pequeño pasillo.

-Bueno, pues, hoy en la mañana muy temprano, me presenté aquí en el templo. La verdad es que ayer me tomé mucho tiempo para pensar y… llegué a la conclusión de que no había un verdadero motivo para mi comportamiento. Simplemente creo que estaba exhausta y estresada. Lo que sucedió ayer fue enteramente mi culpa. Así que decidí hacerme una pasada y disculparme. Eso dio lugar a que resolviéramos algunas de nuestras diferencias. Creo que eso es todo – concluyó cautelosamente. Si bien no conocía mucho a la anciana sabía, por la forma en que la miraba, que era muy astuta y que sacaría conclusiones apresuradas que Mio no estaba dispuesta a admitir. Apenas hacía un momento había descubierto la razón por la que le molestaba tanto la indiferencia de Hiei. No tenía planeado confesárselo a aquella experimentada e inteligente mujer y también sabía que la anciana había estado en el pasillo oyendo todo esa mañana, pues aunque Genkai había hecho un excelente trabajo al ocultar su energía espiritual, la joven había logrado percibirla sin problemas.

-Me alegro por eso… Mio ¿cierto? – el Hada asintió.

-¿Tu eres la hermana de Hiei?

-Sí. A que nos parecemos.

-Pues… yo no los veo tan parecidos. De hecho, me parecen tan opuestos como el día y la noche.

-Bonita metáfora. Pero aunque no lo creas, sí son parecidos.

-Sólo veo un parecido en sus ojos. Y aun así, el parecido es mínimo, ya que el tamaño de ojos y sus proporciones son bien distintas.

-Eres muy observadora – acotó Yukina.

-¿Tú crees?

Yukina asintió – Y muy detallista también.

A Mio se le pararon los pelos de la nuca – Sí, ya me habían dicho eso antes – recordó con morbosa precisión su conversación con el intimidante Youkai que la había visitado al volver a su casa. Se disgustó consigo misma por permitir que aquel recuerdo cambiara drásticamente su humor. Y en aquel momento se lamentaba y arrepentía de no haberle contado a Hiei acerca del encuentro.

Cuando se lo dijera a Hiei ¿comprendería él la razón por la que ella se había tomado un momento para abordar el tema? Esperaba que sí. No quería que él se molestara con ella por ocultarle el asunto. Debía planear cuidadosamente cómo decírselo. Esperaba que su estrategia de "aún estaba shockeada por la visita" diera resultado, o como mínimo aplacara su enojo.

-Oye ¿te encuentras bien? – Yukina le miró con preocupación al ver que el Hada se había sumido completamente en sus pensamientos.

Mio salió de su ensimismamiento y le dedicó una despreocupada sonrisa – Por supuesto.

-¿Sabes? Aún es temprano. ¿Qué dices si desayunamos algo y luego salimos a pasear un rato?

-¿Pasear? ¿No crees que Hiei se enojaría si salimos del templo? Especialmente si fue lo primero que nos prohibió. ¿Qué sucederá si vuelve y nosotras no estamos donde nos dejó?

-No pasará nada. Estaremos bien, esta es una zona segura. Solo daremos una vuelta por los alrededores. Además, Hiei no tiene por qué enterarse que salimos – Yukina le guiñó un ojo. Mio sonrió cómplice.

La Koorime se levantó del sofá y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno. Media hora más tarde ya estaban listas para salir.

-¿Vienes, Genkai? – cuestionó Yukina.

-No. Creo que me quedaré aquí. Ustedes vayan a divertirse un poco.

-¿Estás segura? - la anciana asintió.

Yukina fue a su habitación y cuando volvió, llevaba dos toallas en una mano y dos trajes de baño en la otra. Mio la cuestionó con la mirada.

-Hay una playa de arenas blancas cerca. Nos sentaría bien tomar algo de sol y relajarnos.

-¡Estupendo! Hace mucho que no tomo sol.

Ambas se encaminaron hacia la dichosa playa.

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En una sala poco iluminada dos Yukais intercambiaban opiniones.

-Mukuro, ¿estás segura de esto?

-¿Crees que mentiría a esta altura, Hiei? – el Jaganshi suspiró vencido.

-No sé qué pensar. Si realmente es como dices, estamos en aprietos.

-Aún no estoy segura, Hiei. Pero voy a intentar averiguar más. Mientras tanto vigílala lo más que puedas. Cuando tenga más información yo misma.

-De acuerdo. Mantenme al tanto – Hiei se retiró a toda velocidad. Debía llegar al Ningenkai cuanto antes.

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-¿Sabes? Nunca he estado con un Hada de verdad. ¿Cuáles son tus habilidades? – Yukina y Mio estaban recostadas en la arena sobre sus toallas cerca de la orilla del mar.

-¿Mis habilidades? Pues, no lo sé. Tengo bastantes – Mio lo meditó un momento – puedo regenerarme a una velocidad pasmosa.

-Perfecto, yo también.

-Déjame ver… también puedo utilizar los elementos. Algunos me agradan más que otros.

-¿De veras? – Mio asintió – Muéstrame.

-¿Crees que debería?

-Por supuesto. No hay nadie más aparte de nosotras aquí.

-De acuerdo – Mio se puso de pie seguida por Yukina – No te alejes de mí – Yukina sonrió emocionada.

A continuación, Mio se adentró en la fresca agua para estar sumergida hasta las rodillas. Tocó la superficie del agua con ambas manos, le agradaba sentirla en sus manos.

De pronto algo comenzó a emerger de aquel mar tan azul. A medida que ascendía, avanzaba hacia la orilla. Yukina quedó boquiabierta. Parecía un Dios griego hacho de pura y cristalina agua. Daba la impresión de ser Poseidón, el Dios de los mares. Aquel golem de agua se detuvo en la orilla frente a Mio. El Dios griego permanecía sumergido hasta las rodillas y aun así medía alrededor de 15 metros. Yukina estaba fascinada. Jamás había presenciado nada más espectacular.

El hombre gigante se agachó y apoyó el dorso de su mano sobre la arena, invitando a Yukina a subirse a su palma. La Koorime miró a Mio pidiendo silencioso permiso, ella asintió y la dama de hielo subió, no muy convencida.

La figura de agua se irguió con Yukina en su mano. Yukina comenzó a reír por la emoción y ahogó un grito cuando el hombre comenzó a caminar por el agua. Aquello era fantástico.

Mio sintió otra presencia y giró automáticamente en su dirección. Había alguien escondido en esa playa. El inmenso hombre de agua volvió a la orilla, bajó suavemente a Yukina y se irguió amenazante al tiempo que una torre de agua ascendía hasta su mano, formando un enorme tridente. Mio estaba preparada para la lucha. Solo aguardaba a que alguien saliera de su escondite y le hiciera frente. Yukina se preocupó.

-¿Qué sucede, Mio?

-Hay alguien más aquí – Mio inspeccionó toda la playa con su escrutadora mirada. Nada. Pero sabía que algo o alguien las observaba. Recapacitó. Estaban a salvo en la orilla, siempre y cuando el enemigo no se hiciera ver. Y Mio sospechaba que el acosador no se dejaría ver, por lo que se dio vuelta y sonrió a Yukina.

Se ha ido – la tranquilizó a pesar de saber que no era cierto. El golem de agua se desvaneció de a poco uniéndose al inmenso mar. Yukina suspiró aliviada.

-Menos mal – se agachó para tocar el agua con sus manos, las ahuecó y las llenó con el cristalino líquido, entonces las levantó con fuerza y salpicó la espalda de Mio.

Mio pegó un gritito y corrió para adentrarse en el agua y patearla en dirección a Yukina. El Hada consideró sus opciones. Podía ir a buscar a aquel mirón malicioso y darle muerte, o un buen susto, o podía divertirse un rato y esperar que no fuera en su busca. Se decidió por lo último. Estaría alerta pero por el momento se sentía despreocupada. Se lo estaban pasando bien, se estaban divirtiendo.

Yukina empujó a Mio y esta cayó de bruces al agua. La mujer de ojos rubíes rio a carcajada limpia. Mio se lo hizo pagar y desde donde estaba la arrastró al agua y la obligó a caer. Ambas estaban empapadas y sumergidas hasta el busto y reían como si fuesen mejores amigas. Lo cierto era que, si bien no eran amigas, no faltaba mucho para que lo fueran. Estaban a gusto entre ellas y podían divertirse aún con el mirón repugnante, que permanecía escondido observándolas.

Yukina salió del agua muerta de risa y miró en dirección a Mio. Era una mujer hermosa y encantadora. No comprendía por qué Hiei se llevaba a las patadas con ella, al menos en un principio. Era una mujer que confiaba ciega y prácticamente en cualquiera que la hiciera reír. Yukina sabía que ese aspecto de su personalidad podría traerle la peor de las desgracias y ese pensamiento la llevó a tomar una importante decisión. Tomaría parte activa en aquella misión.

El carácter y la personalidad de Mio la habían llevado a pensar que ella también podía y debía cuidar de ella.

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La mataría, ya lo había decidido. Y se lo tendría bien merecido después de lo que había hecho.

Sabía que no podía confiar en nadie pero nunca creyó que iba a tener que adjuntarla también a ella a aquella extensa lista de personas en las cuales no confiar. Estaba abatido y condenadamente molesto. Si le había ocurrido algo las mataría a las dos. ¡Condenadas mujeres!

Sólo les había prohibido una sola cosa: salir. Y ¿qué fue lo primero que hicieron? Justamente lo que no podían. No comprendía por qué las mujeres siempre hacían lo que se les prohibía. Había ido al templo con la intención de permanecer allí para cuidarla, con la esperanza de que estuviera donde debía y, en cambio, se había encontrado únicamente con la anciana, para enterarse de que habían ido a la playa. ¡Qué demonios! ¿Con qué permiso? La playa era un lugar de lo más propicio para un ataque, ya que no habría hacia dónde correr o esconderse.

Soltó una imprecación. Él hacía todo lo que podía mientras ellas se divertían. Visualizó las figuras sumergidas en el agua. Vio a Yukina salir y a Mio quedarse un momento más.

Yukina miró hacia la arena y vio a Hiei plantado tan cerca de ella que se asustó y retrocedió un paso.

-Hiei… me asustaste – inquirió su hermana con cara de alivio en el momento en que Mio salía del agua y se cubría el cuerpo con una de las toallas.

Hiei le dedicó una mirada asesina a su hermana – Te dije específicamente que no quería que salieran – hablaba entre dientes con voz baja y ronca. Estaba cabreado y mucho. Tenía ganas de gritarle o zamarrearla pero sabía que las personas que hacían eso demostraban, claramente, que habían perdido el control, y él no lo había perdido… aún.

-¿Qué demonios hacen aquí en la playa? – Mio se percató que fuera quien fuese el que las espiaba, había desaparecido con la presencia de Hiei.

-Lo siento – dijo Yukina sorprendida por la actitud de su hermano – pensé que podríamos venir aquí a relajarnos un poco.

-Y ¿la pasaron bien? – dijo él de mal humor.

-Oh, vamos Hiei – suplicó su hermana – no pasó nada. No nos cruzamos con nadie que haya querido matarnos.

-Seguro que no – Hiei afiló la mirada – había alguien aquí escondido vigilándolas. ¿Notaste eso? Desapareció cuando me acerqué.

-Sólo estuvo ahí mirando. Nada sucedió – Yukina puso cara de reproche – Estamos en las tierras de Genkai aún.

-Bueno, siento no ser tan permisivo – dijo cortante – y lamento haberme preocupado pero, hoy, la próxima vez dejaré que las maten y así será más simple, ¿no crees? – jodido sarcasmo.

-Lo lamento pero tú tampoco especificaste – alegó Yukina – si lo que no querías era que saliésemos a la ciudad.

-Ah, bueno – Hiei revoleó los ojos – creí que el "manténganse dentro de la estructura del templo" estaba implícito cuando les pedí no salir.

-Hiei...

-Nada – apuntó con el dedo índice hacia el templo – de vuelta al templo en este momento.

-Pero… - comenzó Yukina.

-¡Ahora!

Mio tomó la toalla que permanecía en la arena y a Yukina de la mano y comenzó a dirigirse al templo pero frenó habiendo alcanzado una distancia prudente del enfadado demonio y se giró para mirarlo.

-Lo siento, Hiei… no volverá a suceder, lo prometo – se volvió y retomó su camino hacia el templo.

Él las siguió por detrás y bastante cerca pero sin unirse a la acelerada caminata. Necesitaba estar un poco apartado para tranquilizarse, de lo contrario las ahorcaría a las dos.

Llegaron al templo y fueron recibidas por la anciana Genkai que prefirió no omitir palabra, dado que había visto a Hiei antes que fuera a buscarlas y sabía que el Koorime no apreciaría ninguna clase de comentarios. El Jaganshi no les dio tiempo ni de sentarse.

-Vayan a cambiarse, no quiero discusiones.

Yukina ya se preparaba para reñir con su hermano pero Mio apretó su mano y la dirigió a la habitación en silencio. Cuando se adentraron en el cuarto Mio la soltó.

-Lo siento, Yukina pero este no es buen momento para discutir con tu hermano. Especialmente porque tiene razón y lo sabes – se dejó caer pesadamente en la cama.

-En eso tienes razón – Yukina tomó asiento en el mullido colchón – a partir de ahora estaremos castigadas.

Mio se levantó, juntó su ropa y se dirigió al cuarto de baño para cambiarse. Cuando volvió a la habitación Yukina ya estaba vestida.

-¿Has oído voces? – preguntó el Hada.

-Sí, al parecer Hiei ha convocado una reunión urgente con el resto del grupo.

-¿Por qué?

-No lo sé pero dijo que te apresuraras. Quiere que estés presente – Mio bufó.

-¿Para qué quiere que esté? ¿Para gritarme?

-Oh, Mio… no dramatices. No creo que vaya a hacerte una escena por lo que sucedió – dijo Yukina.

Mio suspiró resignada y caminó hacia la puerta - ¿Vienes?

Yukina negó con la cabeza – A mí no me dijo que estaba invitada.

-Pero vendrás igual para hacerme compañía ¿cierto?

-No lo creo.

-Vamos, Yukina. Alguien debe defenderme. Ven a hacerme compañía.

-¿Defenderte? – Yukina la miró con desaprobación – Hiei no es una persona violenta que vaya a hacerte ninguna clase de daño…

Mio se permitió sonreír un momento – No lo decía en serio, Yukina. Ya me di cuenta qué clase de persona es tu hermano. Sólo fue una broma. Únicamente quería resaltar que necesitaré compañía para afrontar lo que Hiei pueda llegar a decirme, porque sé que va a regañarme y no quiero estar sola cuando lo haga – se acercó a la Koorime y la arrastró hasta la puerta.

-Te admiro, eres muy fiel a tu hermano aun sabiendo que también va a regañarte a ti por lo que pasó.

-Sí, lo quiero mucho. Siento haberte dicho eso pero no me gusta que la gente piense mal o juzgue a Hiei solo por ser un poco gruñón – sonrió.

Salieron de la habitación sonriendo solo hasta que llegaron al living y divisaron la cara de preocupación de todos los presentes. Tomaron asiento junto al resto y esperaron a que les dijeran qué ocurría. Había tensión y mucho silencio. Un ambiente bastante incómodo. Por algún motivo que ella creía desconocer todos estaban muy pensativos.

De pronto vino a su mente el fresco recuerdo de la reciente visita de aquel Youkai que se había aparecido en su casa esa misma mañana. ¿Sería una mala decisión aprovechar esta oportunidad para contarles aquello? Probablemente Hiei la regañaría, se irritaría con ella y hasta le gritaría por ser tan imprudente. Pero se había estado mortificando parte de la mañana por habérselo ocultado. Además de tener a favor el hecho de que había decidido decírselo.

Hiei se dirigió a Mio – Parece que el humano que quiere atraparte, además de sirvientes, tiene aliados muy poderosos que están dispuestos a rebajarse lo suficiente como para ayudarlo. Aún no sabemos cuántos aliados tiene pero hemos investigado y al parecer… uno de ellos va a traernos grandes problemas.

Bien, ahora era el momento. Debía decirlo antes que fuera tarde para contarlo.

-Hiei… - pero fue interrumpida.

-Aún no he terminado…

-Ya me di cuenta pero hay algo que necesito decir.

Mio estaba demasiado seria. Hiei olió problemas. ¿Qué podía querer decir? Ni siquiera le había dicho aun quién era el aliado.

El Koorime dio con la mirada del Hada. La miró. Con aquellos asombrosos océanos de sangre que tanto decían pero tan poco revelaban. Tan misterioso, tan reservados, tan solitarios. Tantos secretos, tantas verdades ocultas tras aquella mirada tan fría y calculadora. Mio comenzó a preguntarse si él sería capaz de amar a alguien más aparte de su hermana; lo único que quedaba de su sangre.

De pronto se vio observada por todo el grupo. ¡Claro! Había dicho que tenía algo importante que decir y se quedó callada. Fue entonces cuando se dio cuenta. Todos la miraban esperando que hablara pero Hiei era el único que la veía de forma diferente al resto. ¡La estaba estudiando! A este paso, adivinaría lo que ella iba a decir sin darle oportunidad de revelarlo por cuenta propia. Él afiló la mirada.

-Me mentiste – afirmó sin preámbulos - ¿En qué? – la miró asesinamente.

Oh, Inari. Iba a enojarse mucho cuando se lo dijera. Se había dado cuenta que le había mentido… ¿Cómo?

-Mio… - ella tomó aire y se aclaró la garganta.

-Sí, te mentí. Lo siento – carraspeó discretamente – Esta mañana. Cuando te dije que tenía recados que hacer, no fue esa la razón por la que me fui. De hecho, esa excusa no estaba ni cerca de la verdadera razón por la que quería estar sola – Bajó la mirada. No quería cruzarse con los ojos de Hiei – Desde que me levanté esta mañana, sentí un Youki que no conocí pero que sabía que era muy poderoso. Por algún motivo sentí que, fuera quien fuese, venía a por mí. Así que decidí ir a enfrentarlo yo sola. Sabía que era peligroso y le tuve miedo, aun lo tengo. Me amenazó y me dijo que Fumma le había ofrecido un trato a cambio de mis poderes o mi cabeza, en lugar de no conseguir lo primero – intentó seguir hablando pero la presión del miedo que había sentido en aquel entonces no se lo permitió.

Hiei respiró con fuerza. En parte con alivio de que no hubiese sucedido nada y en parte con enojo contenido porque se había enfrentado sola al demonio, no lo había llamado y se lo había ocultado. Su mirada reflejaba ira contenida.

-¿Por qué no me llamaste si le tenías miedo? – profirió él.

-Iba a hacerlo, entonces él me desafió a que llamara, fue ahí cuando desistí… soy muy orgullosa.

-¡¿Y para qué mierda crees que estoy aquí?! – Había perdido los estribos - ¡Mierda! ¿Qué acaso estoy pintado aquí o soy florero? ¡Con un demonio, Mio! – se acercó al Hada con una expresión de desprecio. La tomó con fuerza por las solapas de la femenina camisa y la obligó a levantarse – Yo me preocupo por que estés bien en un lugar seguro ¿Y tú te vas a pasear por ahí y a enfrentarte al enemigo sola? ¡Vete al cuerno! A partir de hoy te cuidas sola… y ojalá te atrapen. Te lo tendrías más que merecido - la soltó violentamente y se alejó hasta la puerta decidido pero vaciló por un momento. Se dio media vuelta para verla a la cara, esperando su reacción.

Mio mantenía la mirada gacha. No quería que viera sus ojos levemente empañados. Se sentía terriblemente angustiada, de haber sabido que Hiei iba a reaccionar así, no se lo habría dicho. Realmente todo lo que hacía, lo hacía mal. Y ahora él la odiaba y se lo tenía más que merecido. Levantó la mirada y observó a Hiei hasta que sus ojos se cruzaron.

El Koorime la veía aún con ira pero había algo de remordimiento también. ¿Había sido demasiado duro con ella? Pero eso de ocultarle cosas y enfrentarse al enemigo sola… como si estuviese buscando que la mataran deliberadamente.

-¿No tienes nada que decir a tu favor? – preguntó Hiei con decisión.

-No. Estoy absolutamente de acuerdo con todo lo que dijiste – apenas sí pudo pronunciar esas palabras. El llanto comenzaba a agolparse en su garganta y tuve que usar toda su fuerza de voluntad para no exteriorizarlo. Ante aquel comentario al Tantei le dieron ganas de matarla.

-Estoy segura que el Youkai que me visitó era Yomi, uno de los conquistadores del Makai.

-Sé quién es - la interrumpió él cortante.

-Lo siento, Hiei. Sé que te hice un montón de promesas y aún no he cumplido ninguna, de hecho, las he roto todas. Por eso entiendo y estoy de acuerdo si prefieres salirte. Solo quería que supieras que nada de lo que hago, lo hago con mala intención. No voy a rogarte que te quedes porque no tengo ese derecho.

-Bien – Hiei salió del templo y comenzó a caminar sin rumbo fijo.

-Mio ¿por qué le ocultaste eso? – cuestionó Kurama despacio.

-Porque habría respondido de la misma forma sin importar cuán ni en qué momento se lo contara. Las cosas pasaron tan rápido esta mañana que no tuve tiempo de pensar en las consecuencias. Sé que él está para protegerme pero Yomi se me antojó demasiado poderoso y tampoco pretendo que le hagan daño a Hiei. Este Youkai me aterra pero le hice frente y estaba sola, y volveré a enfrentarlo si la situación se repite. No estoy arrepentida de haberlo enfrentado sino de no haber confiado lo suficiente en Hiei como para contárselo antes de ir a por él – Se levantó del sillón decidida – Ya he causado bastantes problemas y he alterado la vida de todos pero aún estoy a tiempo de impedir que arruinen sus vidas. Me iré a casa y a partir de ahora creo que lo mejor será cuidarme sola – comenzó a caminar hasta la puerta de entrada. Se detuvo y giró su rostro solo un poco para poder verlos – y ustedes harían bien en seguir los pasos de Hiei. Las cosas han comenzado a complicarse demasiado y no pretendo que ustedes sufran las consecuencias por quién soy. Eso solo me corresponde a mí. Gracias por todo lo que han hecho, por dar de su tiempo y esfuerzo, sin ustedes quizás me habría rendido a esta altura ya. Continuaré sola desde aquí – les sonrió a modo de despedida y se fue.

Los que quedaron en el templo mantuvieron el silencio sin saber qué decir.

-Bueno, esta vez no puedo darle la razón a Mio – la anciana rompió el silencio.

-Creo que Mio se equivocó pero Hiei también. No sé por qué explotó así tan de repente, él no es así, nunca pierde el control y menos por una misión – habló el Youko demasiado calmado.

-¿Qué haremos ahora? – inquirió Kuwabara. Todos se miraron.

-No lo sé. No sé cuál es el procedimiento en casos como este – dijo Yusuke.

-Lo mejor sería mantener vigilada a Mio y esperar a que Hiei se tranquilice, quizás cambie de opinión – agregó Yukina.

-¿Crees que vaya a cambiar de opinión? – quiso saber el Mazoku.

-No lo sé, lo vi muy cabreado pero siempre existe la posibilidad – agregó el Youko – Y mientras esperamos que nuestro malhumorado Youkai de fuego se calme, iré al Makai a arreglar cuentas con Yomi – se despidió de todos y se fue.

-Bueno – dijo Yusuke – yo volveré a lo mío, si reciben noticias de Hiei, Kurama o Mio me avisan – siguió los pasos del Youko. Kuwabara prefirió permanecer en el templo con Genkai y Yukina.

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Hiei había encontrado un rumbo al cual dirigir sus pasos; el Makai. Sabía que ese sería el único ligar donde podría tranquilizarse para poder pensar con claridad. Todo lo que había dicho a la onna era cierto pero aunque así fuese, no había dicho fuera de sus cabales. ¿Por qué demonios se había enojado tanto? Al fin y al cabo se lo había confesado unas horas después de que hubiera sucedido ¿no? ¡Maldita sea! Con lo que le costaba preocuparse por la gente. Y aun así se había preocupado por aquella maldita onna y la muy descarada le había mentido.

Dejó de pensar en aquello cuando se adentró en la base de Mukuro. Fue directamente a su encuentro, debía decirle lo que había averiguado. Entró en la sala principal y la encontró dando órdenes e indicaciones. En cuanto ella lo vio dejó todo lo que estaba haciendo, despachó a sus subordinados y se dirigió hacia él.

-Hiei – dijo sorprendida – es demasiado pronto para que estés aquí. Aún no he conseguido más información que la que te di y ¿no deberías estar cuidando de la chica?

Él le profirió un gesto de desagrado.

-Olvídate de eso – le dijo cortante – siéntate, tengo algo que decirte – el Koorime le contó la visita de Yomi a Mio y la amenaza que había dejado tras su aparición.

-Entonces sí era Yomi después de todo – dijo Mukuro pensativa - ¿Qué planeas hacer?

Hiei la miró de soslayo – Absolutamente nada – ella lo interrogó con la mirada – No me mires así, Mukuro – él se levantó – ya no tengo interés en participar de esta estupidez.

-¿Por qué viniste a contármelo si no pensabas hacer nada?

-Para que dejaras de quemarte el cerebro – comenzó a caminar hacia la salida.

-¿Por qué discutieron ahora? – quiso saber ella.

-No es asunto tuyo.

-Hiei – lo llamó la conquistadora con autoridad. Él se detuvo.

-Discutimos porque ella es una idiota, por eso.

-¿Por qué no me cuentas? – Agregó la mujer – Quizás eso te ayude a descargar la evidente bronca que llevas.

Hiei lo meditó por un momento, se volvió y tomó asiento cerca de ella. Le contó el motivo de la pelea y la razón por la que ya no colaboraría.

-Hiei… qué crío. No creo que debas pedirle perdón porque claramente quien metió la pata fue ella, pero sí creo que no debes abandonar este asunto. Dado que también te compete a ti, salirse sería contraproducente.

-Pues no me interesa – dijo calmado – se lo merece, yo me preocupé ¿sabes? Hago todo lo que puedo para mantenerla segura, a salvo y ella no lo valora. Ya estoy harto de ella.

-Deja de comportarte como un crío resentido y aunque sea piensa en los demás. Mucho se perderá si te abres de esta misión. Eres mucho más necesario de lo que piensas.

-Ya no seguiré meditando ni reconsiderando nada. Si la matan será problema de ella y si la capturan y le quitan los poderes será culpa suya. Soy lo suficientemente orgulloso como para mandarla al cuerno si lo merece. Y no voy a retractarme de haberlo hecho.

-¿No fue el orgullo lo que impidió que Mio te llamara?

-Eso es diferente. Lo que yo hago ahora es culpa enteramente suya.

-De todas formas pienso que deberías calmarte y reconsiderarlo.

-Estoy calmado.

-Hazme caso. Piénsalo aunque sea.

-Lo haré – se levantó y se fue. Le gustaba deambular por el Makai, lo tranquilizaba. Y si necesitaba pensar, entonces era el mejor entorno para hacerlo.

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Un demonio de robusta contextura se acercó a Yomi.

-Yomi sama, el señor Kurama ha aparecido y pide reunirse con el señor de estas tierras.

Yomi frunció el ceño. ¿Qué podría querer Kurama en aquellos momentos? Quizás venía a pedirle ayuda. Sonrió ante aquel pensamiento, sabía que vendría a pedir su ayuda en algún momento.

-Hazlo pasar.

-Señor, Kurama ha pedido hablar con usted a solas.

-No hay problema. Señores – dijo Yomi dirigiéndose a los Youkais que estaban en el salón; sus consejeros – continuaremos más tarde, tengo asuntos que atender – automáticamente los Youkais se levantaron y se retiraron. Unos segundos más tarde Kurama hizo su incursión en el salón.

Yomi volvió a fruncir el ceño. Había algo raro en su antiguo compañero, podía sentirlo. Kurama se mantuvo de pie cerca de Yomi pero sin acercarse a la mesa tras la que permanecía el demonio.

-Yomi ¿qué harías si un antiguo colega, al cual castigaste por desobedecer en un momento, comienza a intentar fallarte una segunda vez? – Yomi lo reconoció. No era Kurama quien le hablaba parado al otro lado de la mesa. Era el antiguo Youko.

-Todo depende – respondió con una sonrisa socarrona.

-¿De qué crees que depende?

-De en qué te falle esta vez – Yomi agregó - ¿sigues considerándolo un colega? O mejor aún ¿sigue él considerándote un colega?

-No, él ya no es un colega – dijo el Youko con voz ronca y grave – aunque estoy dándole una última oportunidad para redimirse de lo que hizo antaño.

-¿Consideras que él quiere redimirse?

-Le conviene que sí.

-Y ¿qué fue lo que hizo esta vez exactamente?

-Está metiendo sus narices en donde no debe. Y aparentemente pretende hacerme creer que se mantiene al margen pero da la casualidad que sus intentos de discreción son muy pobres y amenazó a la única persona que se me pidió proteger – Youko lo miró de soslayo - ¿Crees que debería hacer que escarmentara una segunda vez?

-No. Considero que deberías dejarlo ser. A esta altura ya no es el ordinario ayudante subyugado por su líder. Ahora él es el líder, no te será fácil doblegarle, zorro – el mencionado se rio. La burla impregnaba cada risotada.

-Voy a ser directo, Yomi – y su voz se tornó amenazante – No olvides que fui yo quien te sumió en la oscuridad total – su actitud pedante encrespó los nervios del conquistador.

-No fuiste tú quien me cegó sino ese demonio de cuarta – le contestó con desprecio.

-Con más razón, Yomi – volvió a hablar el Youko con tono soberbio – Ni te imaginas lo peor que estarías si me hubiera rebajado a castigarte personalmente, probablemente ni estarías aquí. Considérate afortunado, muchos son los que habrían deseado estar en tu lugar. Fui condescendiente contigo.

-No me provoques, Youko – habló Yomi irritado – porque ni te temo ni te respeto.

-Oh, claro que lo haces. Me respetas, por eso estamos teniendo esta ridícula y aburrida conversación. Y me temes, por eso tiemblas de irritación, porque sabes que si intentaras cualquier cosa en este momento terminarías empalado en uno de los estandartes de la entrada a tus propios dominios.

Yomi se levantó violentamente, completamente enfadado.

-No te atrevas a amenazarme en mis tierras, Youko porque saldrás mal parado.

-¿Por qué? ¿Llamarás a tus guardias para que intenten hacerme lo que tú no tienes ni el poder ni las agallas para hacerme? – Kurama sonrió satisfecho, sobrante – Voy a darte una última advertencia, Yomi. Mantente al margen o esta vez te dejaré peor que con una simple ceguera. En esta ocasión no te enseñaré a obedecerme, te obligaré a hacerlo. Esta vez haz el intento de mantenerte más leal de lo que fuiste aquel día tan nefasto para ti. Y quizás entonces, yo me permita ser más considerado de lo que mereces y te conceda la posibilidad de continuar viviendo unos años más.

El conquistador apretó la mandíbula con impotencia. Sí, el Youko siempre había sabido cómo manejar a Yomi y esta vez lo había puesto en su lugar más que gustoso.

Kurama dio media vuelta y se retiró más que satisfecho. Le había dejado bien en claro que no le convenía llevarle la contraria. Una vez el zorro se hubo ido Yomi se dejó caer en su asiento. Sonrió para sí mismo. Lo había provocado para que perdiera el control y lo había logrado. ¡Cómo detestaba a ese maldito zorro! En un desafortunado desliz se había convertido, por un momento, en el antiguo joven e imprudente demonio que había sido una vez y que se había prometido a sí mismo no volver a ser. Y se había dejado llevar por el enojo, la ira, la frustración… odiaba al zorro. En tan solo unos minutos, el Youko había sacado a la luz lo que a él le llevó tantos años controlar y ocultar. Aun así Yomi había aprendido a jugar bien sus cartas. El Youko se llevaría una sorpresita.

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Se alegraba de haber vuelto a casa. Sentada en el cómodo sillón de su tranquila sala de estar, pensaba. ¿Cuántas eran las veces que Hiei la había insultado y denigrado desde que se conocieron? Hasta parecía que la misión de Hiei fuera maltratarla. ¿Cómo se había dado cuenta que le había mentido? ¿Intuición? No. "Los hombres no usan la intuición". Y hasta había llegado a pensar que los hombres no tenían intuición. Suspiró exasperada. ¿Cómo demonios se le había pasado por la mente mentirle al Koorime y ocultarle cosas? Era muy estúpida.

Estaba tan concentrada en sus cavilaciones que no notó los Youkai en la parte trasera de la casa. Se levantó del sillón y se dirigió a la cocina para tomar algo. Antes de llegar a la cocina se percató del movimiento tras la ventana del jardín trasero. Se concentró rápidamente en las energías, eran tres. Salió sigilosamente por una puerta de la cocina que daba al jardín. Los encontraría de frente y acabaría con ellos. No eran lo suficientemente fuertes como para representar una amenaza. ¿Para qué los habían enviado? Era ridículo.

"¿Que acaso estoy pintado aquí o soy florero?" Aquella frase la asaltó repentinamente, tanto que se detuvo bruscamente. ¿Por qué se había acordado de eso en este preciso momento? No, no podía pensar en eso ahora. Hiei la había dejado "A partir de hoy te cuidas sola… y ojalá te atrapen". Sí, estaba sola, no podía ni quería permitirse pedir ayuda ni siquiera debía pensarlo.

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El zorro tenía razón, pensar no estaba bueno. Se había devanado los sesos desde que dejó a Mukuro y aún no había dado con una solución satisfactoria. No importaba bajo qué contexto viera la situación, no podía decidirse. Sabía que, aunque decidiera seguir adelante como miembro del equipo Urameshi y participar en esta misión, si Yomi participaba activamente tendrían muchos problemas. ¿Qué si aún había más como él? Estarían perdidos y ella no tendría oportunidad de salir viva. Sí, su equipo era poderoso pero no tanto. Hiei era realista. Había pocas probabilidades de salir victoriosos. "Odio pensar".

Lo sintió. Era sigiloso pero Hiei podía reconocerlo aunque ocultara su Youki. Podía olerlo. Bajó de su árbol predilecto y se sentó al pie del mismo.

-¿Qué quieres, Kurama?

-¿Sabes? Me es muy fácil encontrarte.

-¿Qué quieres? – preguntó cansinamente.

-Vengo de hablar con Yomi – dijo colocando ambas manos en los bolsillos del pantalón. Hiei le prestó atención.

-¿Qué averiguaste?

-Que tus sospechas eran correctas, que Mio dijo la verdad – Kurama tomó asiento al lado de Hiei.

-¿Qué te dijo?

-Absolutamente nada – Kurama puso cara de fastidio – tuvimos una charla ambigua y se hizo bien el tonto, hasta que me cansé de jugar y le puso los puntos.

-¿Le pusiste los puntos?

-Sí – el Youko rio - le advertí que si se metía en todo este asunto, le patearía el trasero.

Hiei sonrió – Tienes agallas.

-¿Qué, tú no lo hubieras hecho?

-No, yo le habría pateado el trasero ahí mismo. ¿Para qué esperar?

Kurama lo codeó amistosamente. Miró hacia abajo y comenzó a juguetear con el césped – Hey –

-¿Qué? – Hiei se la veía venir.

-Lo que dijiste en el templo… - lo miró - ¿hablabas en serio?

-Por supuesto que hablaba en serio – se giró para verlo – sabes que no me gusta bromear y menos con cosas tan serias.

-¿Crees que era para tanto?

Hiei lo miró con mala cara.

-Cierto. Tienes razón – Kurama volvió a sonreír – pero creo que de veras estaba arrepentida.

-¿Y?

-¿No vas a darle otra oportunidad?

-¿Sabes, Kurama? Creo que la onna ya tuvo suficiente oportunidades. Pero sacando eso de lado, yo no debería ser el único que la deje sola. Ustedes deberías hacer lo mismo. Le dediqué mucho tiempo y sobreestimé la situación. Si ella quiere vencerlos y hacer algo por las vidas que se perdieron por su causa, creo que debe hacerlo sola. Esto ya no se trata de salvar a nadie. Es solo un obstáculo que debe superar sola como la encontramos. Pienso que fue por eso que no recurrió a ninguno, quiere convencerse de que puede hacerlo sola, sin ayuda de nadie y me parece que lo que hizo estuvo bien. Solo que si tenía planeado hacerlo tendría que haberlo dicho antes.

-Lo hizo, Hiei. Muchas veces.

-Cierto.

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Estaba por hacerles frente, dejarse ver. Entonces los sintió. ¿Cómo habían aparecido tan rápido y sin que ella lo notara? ¿Cuántos eran, 20? Sí, más o menos. Habían aparecido de un momento a otro y no podía descifrar cómo. ¿Un portal? Era probable. Fumma acababa de aparecer. No estaba segura de poder con todos. Si Fumma no estuviera ahí otra sería la historia. Había bajado la guardia y la habían sorprendido.

No podía retroceder. Estaba segura que podía vencer a Fumma por su cuenta ¿pero con 20 demonios respaldándole? Eso era un problema. Sus manos comenzaron a sudar, se las restregó en los laterales del pantalón y lo sintió. Cerró los ojos con fuerza, metió la mano en el bolsillo derecho y sacó el comunicador espiritual. Lo miró con angustia. No, no podía hacerlo…

En el lateral derecho del aparato había tres botones. Ella tenía el comunicador de Kuwabara, eso significaba que los botones pertenecían a los comunicadores de Kurama, Yusuke y Hiei. Mio retrocedió rápidamente y volvió a entrar en la casa. Dentro de la cocina inspeccionó su espacio con la mirada, se refugió en una esquina y volvió a mirar el comunicador. Si iba a hacerlo, debía ser ahora, de lo contrario debía levantarse y pelear. El miedo la asaltó y no supo exactamente por qué, hacía tanto que no experimentaba el miedo que le entró la desesperación.

Presionó el primer botón y esperó unos segundos… nada. Presionó el segundo y volvió a esperar, no había señales de vida en la pequeña pantalla. Revisó si tenía baterías. Sí, las tenía. Quizás no funcionaba. Quizás habían tomado en cuenta sus palabras y habían desistido de ayudarla, y no los culpaba por ello. Era la primera vez en más de tres años que tenía miedo de Fumma y esta vez nadie iría a socorrerla. Sus ojos se empañaron.

Tenía que tomar una decisión, idear un plan. No se le ocurría nada, su mente estaba en blanco. Desvió su vista hacia el último botón, no perdía nada con intentarlo.

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-Bueno, Hiei – Kurama se levantó del suelo – iré al Ningenkai a informar a Yusuke. ¿Me prometes que lo reconsiderarás? – El Koorime asintió – Bien, nos vemos – el Youko caminó apenas unos pasos cuando ambos escucharon el leve pitido del comunicador. Hiei frunció el ceño y miró a su compañero.

-¿Trajiste tu comunicador, Kurama? – Shuuichi negó con la cabeza igual de confundido que él.

Hiei revisó rápidamente sus bolsillos y sacó su comunicador. La lucecita roja parpadeó. Él presionó el botón contestador y la pantalla se iluminó. Abrió los ojos grandes como platos al visualizar el rostro del Hada.

-¿Mio?

Las pequeñas lágrimas surcaron su rostro con un recorrido ocioso. De los tres, él había sido el único en responder a su llamada de auxilio.

-Hiei…

-¿Qué sucede? – preguntó con desconfianza.

-Lo siento, Hiei. Nada de lo que hice fue a propósito – dijo entre suaves sollozos.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué Mio estaba llorando y por qué lo había llamado a él? Se oyó un estruendo y reconoció el sonido del cristal rompiéndose. Mio se sobresaltó.

-¿Qué fue eso? – quiso saber él.

-Están entrando – dijo desesperada – Han venido a por mí – Hiei comprendió.

-Mio, te dije claramente que…

-Que te llamara si venían a buscarme. Lo estoy intentando, Hiei.

Hiei respiró con fuerza. Justo cuando había decidido hacerse a un lado. Kurama estaba en silencio esperando que el Koorime tomara una decisión.

-¿Dónde estás?

-Mi casa.

Hiei se lo pensó un momento. Ya estaba listo para darle instrucciones y sabía que esta vez Mio obedecería.

Mantente escondida hasta que yo llegue, Kurama está conmigo. Si el enemigo te encuentra quiero que corras, no hacia la ciudad sino hacia el bosque. Si debes correr vas a tener que ocultarte en el bosque. ¿Cuántos son?

-Como 20 y Fumma está aquí.

El Koorime se puso de pie – Haz lo que te dije, Mio – ella asintió del otro lado de la pantalla. El Jaganshi cortó la comunicación y miró al Youko. Este le devolvió la mirada y sonrió.

-Hay un portal a tres kilómetros – sentenció Hiei.

Ambos se dirigieron al mundo humano a toda velocidad. Cuando llegaron al portal y antes de entrar, el Youko le preguntó.

-Creí que te ibas a hacer a un lado. ¿Por qué cambiar de opinión ahora?

-Porque pidió la ayuda, y yo no se la niego a nadie que la pida. Y ella lo ha hecho con lágrimas – corrieron por el Ningenkai – Pasaremos por Yusuke.

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No comprendía por qué el miedo se había arraigado en ella con tal vehemencia. Los oyó registrar la casa. Se dirigían a la cocina, no podía permitir que la encontraran. Guardó el comunicador que aún aferraba con fuerza, era hora de correr y ocultarse.

Se levantó y caminó hacia la parte de atrás de la cocina. Un demonio abrió la puerta principal de la habitación de donde Mio pretendía escapar. La vio.

-Con que aquí estabas, zorra.

Mio volteó la mesa de la cocina contra el Youkai y salió disparada por la parte trasera hacia el bosque. El hecho de tener que correr y ocultarse provocó que le entrara más miedo del que ya tenía.

Corrió, corrió como si le fuera la vida en ello. Se detuvo frente a un árbol ubicado bien dentro del frondoso bosque. Lo escaló con desesperación y dificultad. Tenía mucho follaje, eso la ayudaría a ocultarse. Esperó un cuarto de hora. Se había ocultado bien. Los Youkais comenzaron a acercarse al árbol que ella había escogido como escondite.

-Busquen en los árboles, está cerca. Puedo oler su miedo – Fumma sonreía satisfecho, la había obligado a correr y esconderse como una rata asustada. Mio experimentó la adrenalina que viene junto con la ira. Tenía ganas de bajar y arrancarle la cabeza pero le había hecho una promesa a Hiei.

Sus ojos se abrieron como platos ¿había oído que registrarían los árboles? Iban a encontrarla. Debía bajar del árbol y encontrar otro escondite. Comenzó a bajar con cuidado y sin hacer ningún ruido. Con un pie rozando el suelo, sus manos resbalaron y cayó estrepitosamente sobre el césped crecido. Uno de los demonios giró su rostro en dirección a ella y la vio. Corrió sin pensarlo tras el hada. Ella se levantó con rapidez y corrió en zigzag entre los árboles, necesitaba perderlo. Corría con el Youkai pisándole los talones, si la alcanzaba estaría perdida. Le entró la preocupación… la iba a alcanzar.

-¡Hiei! – gritó a todo lo que daban sus pulmones. Dos brazos la interceptaron por el lateral izquierdo - ¡AH! – ella forcejeó con su apresor.

-Estate quieta, Mio – ella se giró para verlo de frente. Se encontró con dos brillantes esmeraldas, y se abrazó a su pecho.

El Youkai los alcanzó y se abalanzó sobre ellos. Kurama reaccionó con naturalidad, sacó su látigo y despojó a la criatura de su cabeza, sin tener que soltar a la chica. A ellos se unió Yusuke.

-¿Y Hiei?

-No lo sé, Yusuke – Kurama guardó su látigo – Debe andar por ahí con Kuwabara – se desembarazó de Mio - ¿Estás bien? – Ella asintió – Ya no tienes que preocuparte, estamos aquí.

Oyeron un ruido en los arbustos y giraron en esa dirección. Kuwabara se dejó ver.

-¿Dónde estabas? – preguntó Kurama.

-Con Hiei, encargándonos de la basura – dirigió su mirada a Mio y le sonrió - ¿Cómo estás? – Mio solo sonrió para indicarle que se encontraba bien.

-Me alegro de que llamaras.

-Oh, qué tierna reunión – todos giraron en dirección a la voz.

-Fumma… - balbuceó ella.

-Recuerdas mi nombre. ¡Qué halago! – se rio burlón – Si no quieres perder a tus queridos amigos aquí, será mejor que vengas conmigo en este preciso instante, onna – le profirió agresivo.

Mio lo pensó un momento. No tendría sentido haberlos llamado para que acudieran a ayudarla y después retirarse en manos del enemigo por voluntad propia. Ellos estaban con ella, así que estaba a salvo.

-No – dijo con firmeza. Fumma le dirigió una mirada amenazante.

Eres muy valiente cuando están a tu lado, pero seamos realistas. Apestas a miedo. Sabes que si ellos no hubieran venido a "rescatarte" estarías muerta – le dedicó una sonrisa burlona – No me obligues a ir hasta así y tomarte por la fuerza. Compórtate como niña buena y acércate. Prometo que si lo haces no lastimaré a los detectives.

Ella vaciló. Necesitaba pensar en la mejor forma de que ellos salieran ilesos. No podía permitir que les hicieran daño después de venir a rescatarla. Pero no podía pensar en nada. Sabía con seguridad que Fumma era muy poderoso. Si quisiera, se desharía de todos en un abrir y cerrar de ojos. Pero ¿no estaba subestimando a los detectives? Por supuesto que sí. Ellos también eran fuertes, tenían fama de invencibles.

Fumma dio un paso al frente y se detuvo con el filo de una katana ensangrentada en su garganta. Miró fiero al atacante. Hiei negó lentamente con la cabeza.

-Ni se te ocurra – le dijo con una mirada envenenada. A Mio se le subió el corazón a la garganta. La amenaza física y verbal de Hiei había cabreado a Fumma, ella lo sabía. Yusuke suspiró con cansancio.

-Escucha, imbécil castrado, mejor vete a soplar pollas a otro lado. Deja ya de perseguirla porque no te irá bien. Más te vale hacerte a un lado y dejarla en paz de una buena vez o harás que me cabree y, mierda que no te conviene – el Mazoku estaba molesto.

-¿Cómo te atreves, maldito? – contestó el humano con ira.

-Eres un jodido cobarde – agregó Yusuke - ¿Por qué no viniste solo? ¡Claro! – Chasqueó sus dedos – Has perdido las pelotas en el camino. Siempre vienes a buscarla con una horda de Youkais porque sabes que venir solo implicaría una retirada con una pateada de trasero. Ya te habías dado cuenta que tú solo no puedes contra ella, por eso siempre apareces acompañado. Pues bien, estaré más que encantado de dejar que te enfrentes a ella tú solito. Eso, claro, cuando encuentres el par de huevos que te falta. Nos veremos entonces – Yusuke se giró para ver a sus amigos.

Por poco a Fumma se le cae la quijada al suelo. Nadie nunca, jamás de los jamases, se había atrevido a hablarle así. Haría que ese maldito detective se mordiera la lengua.

-Kuwabara ¿nos harías el favor? – Todos estaban conteniendo la risa, inclusive Hiei, menos Mio que no podía creer lo que Yusuke había dicho.

El mencionado estuvo a punto de estallar en la carcajada más sonora que en su vida había soltado. Sacó su espada espíritu y la blandió con una soberbia que Mio jamás le había visto. Hizo un corte en el aire y éste se abrió con un fondo negro. Yusuke se giró para ver al Koorime.

-Hiei – el mismo le dedicó al humano la sonrisa más burlona que había portado en toda su existencia y envainó su espada. Caminó hacia sus compañeros con una tranquilidad tan sobrante que el humano se puso rojo de furia. Yusuke le había pedido a Hiei ser el primero en adentrarse en el agujero pero antes de hacerlo, miró a los ojos de Fumma. Su rostro se tornó serio de un momento a otro.

-Tu sola presencia me saca de mis casillas. Me he contenido de hacerte un tajo en la garganta porque me pidieron que lo hiciera. Pero la próxima vez que te acerques a ella te dejaré más que la marca de mí katana en tu desagradable cuello. ¿Soy claro? – le dedicó una última mirada de desprecio y se hundió en la oscuridad del agujero.

Peor ¿qué estaba pasando? Todos estaban amenazando a Fumma como si fuera a asustarse y salir corriendo. ¿Acaso era ella la única qué tan fuerte y poderoso era aquel hombre? Kurama la tomó de la muñeca y tiró de ella hacia el agujero.

"Qué extraña habilidad, la del humano". Fumma se lo pensó seriamente. "Una espada que corta dimensiones". La había oído antes pero nunca la había visto. Era impresionante. Esa era, definitivamente, una habilidad que debía ser suya. Sería fácil vencer al humano y arrebatarle aquel don.

Aprovechando que Mio ya se había ido, Yusuke volvió a hablar.

-Ríndete ahora, humano, y me apiadaré de ti. Esto no es una amenaza, es una última oportunidad.

-No me intimidas, detective – Fumma lo miró con determinación.

Yusuke se molestó aún más. Bien, si no quería rendirse lo mataría allí mismo. El Mazoku liberó su energía descontroladamente. Su Youki y su Reiki se unieron creando una presión difícil de soportar.

-¿Quieres que cierre el agujero? – preguntó Kuwabara. Fumma rió descaradamente.

-No será necesario. No pelearé con ninguno de ustedes, sería una pérdida de tiempo. Mi interés no recae en los detectives espirituales. Solo me interesa la onna.

-Nunca llegarás a ella.

-No estés tan seguro.

Yusuke levantó un brazo y disparó el Reigun sin pensarlo. Fumma levantó una mano y lo absorbió por completo. El Mazoku no se inmutó. No había disparado fuerte. De hecho, solo había tirado del gatillo para medir la fuerza, la resistencia y la capacidad del humano. Sabía que era poderoso, solo quería comprobar cuánto. Ahora que había balanceado las posibilidades, sabía que no sería fácil. Aunque no había disparado fuerte, no cualquiera podía detener su Reigun, mucho menos absorberlo. Pero confiaba en sus habilidades y en su equipo. Fumma no podría contra todos, y tenía planes para Mio. Estaba seguro de que lo vencerían. Su energía se disipó.

-Vámonos, Kuwabara – Yusuke desapareció dentro del agujero. Kuwabara miró a Fumma.

-Que conste que estás avisado – se hundió en el hueco negro que se achicó hasta desaparecer tras él.

Estaba rabioso. Le habían faltado el respeto de la peor manera. ¿Imbécil castrado? ¿Sopla pollas? ¿Cobarde? Y él no había perdido las pelotas. Le enseñaría una lección a ese maldito imbécil, por malhablado.

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-¿Por qué tardaron tanto? – Preguntó Mio muy preocupada cuando Yusuke y Kuwabara aparecieron ante ellos – ¿Les hizo algo?

-No, Mio. No te preocupes, solo intercambiamos unas palabras – ella asintió.

-Tengo una pregunta para ti, Kuwabara – agregó mirándolo con angustia - ¿No podrías habernos dejado en las puertas del templo? Detesto subir estas condenadas escaleras.

Kazuma rió – Yukina me dijo que esta mañana la pasaste bastante bien subiendo estas escaleras. Dijo que entraste muerta de risa. ¿O es que las escaleras solo son divertidas si está Hiei? – Mio sonrió con desgano.

El comentario de Kuwabara le había recordado la divertida mañana pero también el resto del día. El sol ya se estaba hundiendo en el horizonte y lo único bueno de ese largo día había sido el trayecto desde su casa al templo, con Hiei a su lado. Aquel recuerdo parecía tan lejano ahora. Comenzó a subir las escaleras cansada. Kurama se apresuró y se posicionó a su lado. Los demás los seguían a paso lento.

-Creí que querías que te dejáramos sola – le dijo el Youko.

-¿Piensas que hubiera sido mejor que no los llamara?

-No, me alegra que lo hicieras – Kurama le sonrió - ¿Por qué a Hiei y no a Yusuke o a mí? Entiendo que quizás querías hacer las paces con él ¿me equivoco?

-Estás bromeando ¿cierto? – Shuuichi negó – Presioné todos los botones del maldito comunicador. Hiei… fue el único que contestó.

-¿Tuviste miedo? – ella pensó su respuesta un momento.

-Mucho.

-¿Por qué? – quiso saber él.

-No lo sé – ella suspiró – Quizás porque por primera vez en mucho tiempo me di cuenta que realmente estaba sola. Quizás porque al fin me doy cuenta que no soy y nunca fui lo suficientemente fuerte para enfrentar a Fumma. O porque reconocí que necesito y quiero relajarme por un momento y saber que alguien cuida mi espalda. Ya me cansé de luchar contra mi destino, en realidad, nunca quise luchar. Me fue impuesto ¿sabes? A veces dudo de si vale la pena todo lo que yo hago. Si sirve de algo, o si debo dejarme hacer y que él gane… otra vez. Me gustaría poder decidir lo que quiero para mí y para mi vida sin ser coaccionada por terceros a abandonar todo lo que siempre quise y me importó, para dar todo de mí para que otros obtengan lo que yo no puedo porque no estoy destinada a ello. Estoy cansada física y emocionalmente. Quiero abandonar, Kurama. Tú sabes, tirar la toalla.

-No debes abandonar nada. Ahora ya no estás sola. Y en lugar de dejarlo todo para cuidar de otros, quizás ahora puedas relajarte un momento y permitir a los que quieren ayudarte, darte un respiro.

Mio se sumió en el silencio. Lo que Kurama le había dicho era un leve bálsamo para su alma. Pero no quería creerlo. Quizás él pensaba así que no los demás, y ella no quería engañarse a sí misma creyendo que podía sentarse a descansar para darse cuenta con desilusión que la realidad era otra. Podía aceptar lo que el Youko le decía pero prefería ser cautelosa y no creerlo.

Llegaron a la cima. Mio no quería entrar, no después de la escena que le había hecho a Hiei unas horas antes. Se sentía ridícula. Además, les había dicho que a partir de ese momento quería continuar sola y lo primero que había hecho había sido llamarlos. Iban a pensar que era una idiota. Probablemente ya lo pensaran.

Kurama abrió la puerta invitándola a pasar. Pero Mio se había vuelto de piedra y tenía los pies clavados en el suelo. Se estaba comportando como una tonta.

-Mio…

Yusuke le pasó un brazo por los hombros y la sostuvo firme para obligarla a moverse. Entraron en la sala aunque Mio estaba reticente a hacerlo.

El living estaba vacío y silencioso. Vaciló un momento y se adentró en la habitación. Tomó asiento en uno de los sillones y se sintió desfallecer. ¿Cómo era posible que el miedo le hiciera tanto daño? No recordaba haber tenido tanto miedo y ahora que recordaba la desesperación con la que había actuado, se avergonzaba de sí misma. El resto del grupo entró en la sala y se sentó en los alrededores, menos Hiei, que permanecía de pie cerca de la entrada.

-¿Por qué? – Habló el Koorime con la mirada aguzada – Te he estado estudiando desde que te encontramos hace un mes y aún no lo entiendo. Has luchado contra ese humano desde que naciste. Estuviste presente cuando te arrebató lo más importante que tenías y estoy seguro de que lo odiaste y aun así lo enfrentaste. Todo el camino desde el bosque hasta aquí no has sido más que un manejo de nervios y me sorprende que mientras subíamos la escalinata no hubieras caído escaleras abajo con los constantes, deliberados y hasta inesperados espasmos que se asían de tu cuerpo. Si has sobrevivido hasta ahora a todo eso y le has hecho frente a todo, entonces ¿por qué? – Hiei se acercó - ¿por qué el miedo se apoderó de ti con tanta intensidad allá afuera? ¿Por qué ahora, Mio?

Ella lo veía sorprendida y enfadada. La había descubierto. ¿Era acaso el único que se había percatado de todo aquello, de todos los cambios? Pero tenía razón, el miedo la había azorado tan intensamente que la había obligado a perder la calma y la había obligado a pedir ayuda con un llanto tan repentino como inútil. Subió los pies al sillón hasta que sus talones tocaron su trasero. Se abrazó a sus piernas y escondió la mitad inferior de su rostro, hasta la nariz, entre sus rodillas. "¿Por qué?" Repitió mentalmente aquella pregunta, inmediatamente dio con la respuesta. Ya se lo había dicho a Kurama en las escaleras. Estaba harta de estar sola y por primera vez en mucho tiempo tenía temor a fallar. Y también estaba… "Yomi". Eso también la asustaba. Se le erizaron los pelos de la nuca y le dio un ligero temblor en la espina. Ella conocía la fuente de su miedo, sin embargo guardó silencio.

-Mio ¿no vas a responder? – Hiei la veía con la misma mirada de preocupación e inseguridad con que la había mirado el Youko momentos antes de que entran al templo.

-Quizás no tenga una respuesta, Hiei – Kurama intentó quitar esa sofocante atención de ella. El Koorime se obligó a mirarlo un momento pero volvió su vista hacia Mio.

-Sí que la tiene. Acaba de encontrarla – se acercó un poco más para estar a su altura - ¿Mio?

Tuvo ganas de llorar. ¿Por qué era tan insistente? Quería que la dejaran en paz. No más preguntas, no más inmiscuirse en sus asuntos, en su vida. Solo quería estar un rato sin que alguien la presionara para que hiciera algo o para que respondiera a un interrogatorio. Levantó el rostro y soltó una palabra confusa.

-Yomi – La había pronunciado tan suave que Hiei tuvo que detenerse a meditarlo unos segundo para asegurarse de que había escuchado bien. Yomi no era el único motivo de tu miedo pero era uno de ellos. No quería decirlo todo, al menos por el momento ellos se enfocarían en el Youkai y dejarían de escarbar en su mente y sus emociones.

-¿Le temes a Yomi? – preguntó para asegurarse.

-¿Tú no? – respondió ella alterada.

-No, yo no le temo – respondió Hiei simplemente.

-Por supuesto que no. No fue a ti a quién amenazó con ambas manos sobre tu cuello aplicando tanta fuerza que se te cerraron las vías respiratorias y tu cara se volvió completamente morada – los ojos de Hiei se encendieron en ira – y estuviste al borde de la desesperación al darte cuenta que morirías si no cogías una bocanada de aire lo antes posible, sin contar que debías aparentar tranquilidad para que no notara tu frustración y tu miedo y se divirtiera con ello.

El Jaganshi se enderezó bruscamente y miró a Kurama, que reflejaba la misma furia contenida que él y el resto de sus compañeros. Habló con los dientes apretados.

-Habría que ir a darle una paliza a ese imbécil.

Mio no comprendía aquella repentina ira hacia Yomi, creía que estaba enfadado con ella.

-¿Por qué el miedo a Yomi se trasladó a Fumma? – Quiso saber Yusuke.

-Al parecer, soy la única que realmente conoce las capacidades de ese humano. Dime, Yusuke. ¿Solo intercambiaron palabras? Te conozco poco pero sé que no fue eso lo único que hicieron. Si has tenido un instante para estudiar cuán poderoso es… ¿Han luchado? – el Mazoku guardó silencio – Sé que ya has llegado a la conclusión de que no ha venido acompañado hoy porque tiene miedo de perder contra mí. Imagina ese poder en una verdadera batalla y a eso súmale a Yomi. Creo que es razonable haber trasladado el miedo a Fumma. Todos los que estén de su lado representan una potencial amenaza hacia mi persona.

-Me parece que hace unas horas, te salteaste la parte en que Yomi casi te mata, en tu relato – pronunció Hiei en tono de reproche.

-No me pareció lo más importante. De hecho, me soltó cuando percibió tu energía acercándose.

Hiei suspiró cansado y se sentó en la pequeña mesita de vidrio situada en el centro entre los sillones. Volvió a mirarla con un dejo de arrepentimiento.

-Lamento… - se mordió la cara interna de la mejilla para no mostrar el desacuerdo que sentía por disculparse – lo que dije hace un rato, antes de irme.

Mio levantó el rostro y achicó los ojos sintiendo desagrado ante lo dicho por el Koorime.

-¿Me tienes lástima por lo que acabo de contarte? No necesito tus disculpas… no las quiero. Guárdatelas para quien te las pida – escupió demasiado molesta.

Hiei se mordió la lengua antes de contestar con una agresión verbal.

-Estuve, todo este tiempo, pensando en lo que dije y llegué a la conclusión que no eran el modo ni las palabras ni la forma en que debería haber expresado lo que quería. Sabes de sobra que tenía razón en lo que dije, cuando lo dije. No, te tengo lástima por lo que te hizo, estoy molesto por lo que te hizo y va a pagarlo. Pero eso no tiene nada que ver con mi precaria disculpa. Somos grandes y esta mañana habíamos acordado que si digo o hago algo que no corresponda, debo disculparme. Así como hace un rato trataste de cumplir con lo que dijiste más temprano, yo puedo hacerlo también.

Mio volvió a enterrar el rostro entre sus rodillas.

-No tienes que disculparte – dijo suavemente – me lo merecía.

-Estoy de acuerdo, lo merecías. Sin embargo, no tendría que haber expresado mi enojo mientras estaba enojado, eso suele ser contraproducente y ocasionó que te fueras.

-No te preocupes, ya lo superé – le sonrió estoicamente.

-¿Estamos en paz? – le tendió una mano.

-Claro – imitó su gesto y se dieron un amistoso y reconciliador apretón de manos. Hiei soltó la mano del Hada y se dirigió a Yusuke.

-¿Y ahora?

Yusuke que le dicó un gesto de aceptación.

-Lo siento, Mio pero a partir de ahora y hasta que todo este asunto esté solucionado, tendrás que dejar de trabajar y de estudiar. Ya no hay sitios seguros para ti – Ella estuvo a punto de protestar pero se contuvo. Estaban haciendo todo su esfuerzo para que ella estuviera a salvo y debía valorar eso y respetar las decisiones del Tantei si quería sobrevivir.

-Y lo lamento pero ya no vivirás en tu casa. Ya hablé con Genkai hace algunos días y vas a quedarte momentáneamente aquí, en el templo. Te mudarás aquí lo antes posible con tus pertenencias, ropa y todo lo que creas relevante. ¿Estás de acuerdo? – Mio asintió en silencio – Sé que no es fácil abandonarlo todo pero, por el momento, es la mejor solución y protección que puedo darte – ella le sonrió comprensiva.

Sería difícil comenzar a vivir con gente que conocía poco y nada pero tendría que hacer el esfuerzo y lo haría.

Continuará…

Este capi me quedó un poco lorgo.. jejeje… pero me gustó. De a poco va tomando forma y me encanta escribir esto… tengo problemas de constancia para transcribir los capis a la compu para subirlos. Pero quiero que sepan que el fic ya está terminado. Solo falta subirlo…

Los quiero a todos, gracias por seguir el fic, los que aún lo hacen, y por los comentarios. Ja ne!