En el interior del pensamiento de Snape, en ese momento se encontraban en el despacho de Dumbledore. El profesor Snape lloraba a moco tendido, no sabía Harry muy bien por qué. Sus padres habían muerto, pero no creía que el odiado profesor llorase por eso.

—Aún tenemos que proteger al niño, Severus.

—Voldemort está muerto... —decía, sin apenas poder articular palabra. El dolor y la pena, algo que Harry no entendía, consumían al profesor.

El director se quedó callado, mirando al joven Snape. Juntó las yemas de sus dedos mientras movía su labio superior, provocando que su largo bigote bailase.

—Severus... ¿te pasa algo?

—Bueno, es evidente. Lily acaba de morir y...

—No... no. Me refiero a que... te veo distinto. Como más joven —el director se acercó a él.

—¿Más joven? Bueno, tengo como veintiún años, naturalmente que debo ser joven, ¿no cree?

El director paseó por la estancia.

—No sé, siempre has aparentado una edad de unos treinta y pico años. Severus, ¿eres realmente tú?

—¿Pero de qué demonios está hablando? ¡Tengo veintiún años, soy todavía muy joven!

—Cierto, cierto... y tu pelo...

—¿Qué le pasa a mi pelo?

—Bueno... es suave y sedoso ¿Qué champú usas?

Severus no parecía comprender.

—Me lo lavo con agua.

—Eso explica muchas cosas. Y tu piel... es suave y aterciopelada.

—¿De qué está hablando? Por cierto, ¿va a darme el puesto o no?

Dumbledore se lo pensó mucho.

—Si te doy el puesto de profesor de Pociones... te echarás a perder, y no quiero eso.

—Oiga, ¿se ha vuelto loco o qué? ¿Va a querer mi ayuda o no?

—Sí, sí... Puedes irte, anda.

Severus se marchó.

—Una lástima —dijo el anciano director —. Tanta poción le volverá el pelo y la piel grasienta... qué desagradable.

Harry, por su parte, se preguntaba alucinado que tenía de importante aquella parte del pensamiento.