Merida

Capitulo 6

ADVERTENCIA: Este capítulo incluye muerte y tristeza.

Estaba comiendo un poco de carne de lagarto dentro de la cueva junto con los caballos. Había pasado horas durmiendo hasta tarde tranquila, sin que nadie me molestara.

Angus y su compañera estaban ahí, sin hacer nada más que estar parados o sentados por lo que cuando terminé de comer, decidí sacarlos a pasear.

Los dos salieron corriendo, como si esperaban ansiosos a que me diera cuenta de que era justo lo que querían. No pude evitar reírme mientras trataba de caminar en la espesa nieve. Llevaba mi arco y mis flechas por si acaso.

Todo era blanco, lo único que se salvaba de ese color eran los troncos de los árboles y el cielo. Este día no habría tormenta, rogaba porque así fuera. El ganado era protegido en días de tormentas, siempre vigilando por si ninguna fuera a morir congelada o se alejara de la manada. Uno que se apartara, era perderla para que alguien la robara para comerse y así complicar la entrega al Capitolio. Muchos se enfermaban en estos climas y morían. La comida escasea y es difícil mantener el calor en nuestros hogares. Quizás es por eso que nos dejaban ir más allá de los límites electrificados.

Todo lo que se tratase del Capitolio, era tan obvio como al mismo tiempo un misterio. Y con un poco de suerte, podría manejar sobrevivir a todo esto sin tener problemas con los agentes de la paz. Quizás conocer a alguien, tener una familia, dedicarme al ganado junto a mi madre… Vivir como una esclava. Apreté mis puños con fuerza y golpeé la corteza de un árbol.

–Jamás… ¡Jamás dominarán mi espíritu! –Grité sabiendo que nadie me escucharía.

Siempre supe que mi actitud era diferente a la que querría mi madre. A veces trataba de fingir que podía vivir así, negar mi existente enojo y tratar de seguir adelante, pero nunca lo lograba. Esto está mal, esto no debería ser llamado vida. Era tortura.

Tomé una de mis flechas y use a un árbol lejos de mí, que tenía dibujado un blanco hecho por mi daga. Disparé y di en el centro. Continué lanzando flechas a varios lugares marcados hasta que se me acabaron. Todos fueron dados en el centro.

Sonreí por un segundo ante otra ronda excelente de mis tiros, pero luego me fastidié. Ahora tendría que buscar todas sus flechas de nuevo. Algunas estaban en lo alto de los arboles por lo que tenía que escalar. La nieve dificultaba todo y siempre caía porque mis manos resbalaban al agarrarse de zonas congeladas. Por suerte, también usaba la nieve como amortiguador cuando eso pasaba.

Solté un suspiro de alivio cuando logré juntarlas todas. Busqué a los caballos pero no encontraba señal de ellos. Puse dos manos en mi boca y los llamé. No hubo respuesta.

– ¡Angus! ¡Erskina! – Grité sus nombres mientras corría hacia el norte. Mi corazón comenzó a acelerarse temiendo lo peor.

La respiración me costaba. El miedo surgió para apoderarse de mí. No quería que eso sucediera… No lo que temía. Con el arco en mano, me mantuve alerta por si alguien más estaba en la zona. Todos mis sentidos estaban despiertos a la espera de alguna sorpresa. Y apareció algo increíble.

Una pequeña luz o llama azul que parecía emitir algo incomprendible con su voz. Recordé enseguida las historias de mi madre. Las luces que te llevarían a tu destino.

Mis ojos se fijaron al suelo para encontrar algunas huellas. Las huellas pertenecientes a un caballo. Sin dudar, corrí siguiendo el sendero pero me detuve escuchar lo que parecía un rechinido.

Me escondí detrás de un árbol y asomé mi cabeza para observar con cuidado. Maldije para mí misma cuando pude notar que eran algunos de los hombres de ayer. No sé porque pero era mucha coincidencia que se trataran únicamente de quienes no habían dudado de matarme. Seguro los otros decidieron dejar la caza por mi cabeza. Pude ver a Erskina junto a ellos pero no a Angus.

Con los ojos traté de localizarlo pero era difícil cuando me tapaban la vista dos hombres. Y como si me leyeran el pensamiento, esos se apartaron dejándome espacio para ver algo en el suelo. Llevé una mano rápidamente a mi boca para evitar gritar cuando supe que era.

El cuerpo de Angus estaba ahí en el suelo, sin vida.

Mis ojos empezaban a picarme, sentía como la primera lágrima corría por mis mejillas. Mi fiel amigo yacía ahí por mi culpa. Todo porque me distraje por un momento. Las manos me temblaban y mi sangre hervía por mis venas.

Sólo recuerdo que agarré con fuerza el arco y luego, todo se volvió en blanco. Para cuando recobré la consciencia, me encontraba entre medio de todas las personas muertas y Erskina respirando a mi hombro. Yo los maté a todos.

Si alguna vez les dije que odiaba más que nada en todo el mundo al Capitolio, olvídenlo. Había encontrado algo peor… Yo misma.

Había llorado por unas horas desenfrenadamente, sólo con el consuelo de un caballo a mi lado. Lo que había hecho era imperdonable. Querer matar a un agente de la paz era una cosa, pero el haber matado a mi propia gente de Distrito…

Me llevó toda la mañana preparar sus tumbas y orar por sus espíritus pero quien más se gano mis lagrimas fue Angus. Querido amigo y fiel, siempre tan miedoso en cuando había mucha oscuridad. Erskina se acercó a mí, como queriendo decirme que comprendía mi perdida. Acaricié su lomo y la llevé hacia el refugio con el silencio reinando a cada momento.

Desde lo ocurrido, no me despegué del caballo ni un solo centímetro. Siempre con el ojo puesto en ella, cuidando su futuro bebe. Mis flechas y mi arco hubieran pasado al olvido de no ser que debía usarlas para cuidar a un posible intruso. Erskina era lo único que me quedaba del recuerdo de Angus.

Suponiendo que había eliminado a los que podrían delatarme. Decidí juntar todo el alimento posible para el caballo e irme a casa. Debía comer algo también pero no tenía apetito.

Cerrando la cueva y cubriéndola de nieve, caminé hacia mi distrito. Mi supuesto amado hogar.

Todo era silencio, la gente a medio día deben estar almorzando. Si tenían para comer. Por las calles, veía a niños sentados en el suelo con ojos vacíos. Sin esperanzas. Maldije al darme cuenta de que debí traer alimento al menos para darles a ellos. Quería mejorar esta horrible imagen de vida que teníamos.

Al llegar a la puerta de mi casa, tomé un poco de aire y entré. Toda mi familia estaba reunida para comer un pedazo de conejo para cada uno. Había otras carnes sobre la mesa por lo que seguro fue mi padre a cazar. Extraño si me lo preguntan porque no me topé con él en ningún momento.

Decidí pasar de largo y caminar a mi habitación. No hice contacto visual con ninguno de ellos.

Arrojé mis botas al suelo, mi abrigo sobre una silla y me tiré directo a la cama. No era cómoda pero era mejor que dormir en el suelo. Cerré los ojos con ansias de querer olvidar todo por un momento y descansar pero escuché pasos viniendo hacia mí. Era mi madre.

–Merida… ¿Qué pasó? – Sentí como se sentó en mi cama. Yo seguía sin querer hablar– ¿Fue algo demasiado malo?

La imagen de Angus muerto en el suelo se me vino a la mente y no aguantando más, me incorporé para abrazar a mi madre. Ella acariciaba mis cabellos y las lágrimas surgieron de mis ojos de nuevo.

Mi padre apareció junto con mis hermanos para verme. Entre sollozos les conté lo que sucedió. Ninguno dijo nada y todos nos encontramos en un abrazo. Pese al infierno del que vivíamos para sobrevivir, aún había amor. Y por ellos, pude dormirme con absoluta paz.

Al sentir que mi cansancio se había ido, abrí mis ojos lentamente; pude ver a mi madre abriendo mi closet. Ella sonreía, sus ojos iban de un lado a otro y a veces soltaba pequeñas risas. Seguro recordaba mi infancia con mis pocas ropas de bebé que ella me obligaba a guardar. Luego, su rostro estaba triste y podía adivinar que era lo que le llamaba su atención. Mi vestido de gala para la elección de tributos.

Me quedé inmóvil, fingiendo estar dormida. Deseaba evitar ese momento en que nos debíamos probar los vestidos y todos los sentimientos que venían con ello.

Mi madre soltó algunas lágrimas y cerró el closet. Con silencio pero con una clara prisa, salió de mi habitación. Hace unos años, le había tocado a un chico que era amigo de la familia y desde el principio al final, rezábamos para que saliera con vida. Todo terminó al contrario.

El sentimiento de la familia llegó a tocarnos a la nuestra, y esa fue, la primera vez que sentimos cerca el sufrimiento que traían los Juegos del Hambre.

Me levanté en silencio y fui a la cocina, tomé un trozo de pan y caminé de nuevo para mi cuarto. Era una casa pequeña así que llegué en segundos pero escuché voces en la puerta de al lado. Me detuve y apoyé mi oreja para escuchar detenidamente.

–Fergur, no podemos seguir así. No puedo seguir así –Reconocí la voz de mi madre–.Tener que aparentar que estoy bien, querer demostrar esto como una vida para seguir adelante.

–Te entiendo, Elinor– La voz de mi padre se escuchaba apenas pero podía entender lo que decía–. Hace dos días me encontré con unos hombres, dialogaron conmigo para que los siguiera fuera de aquí.

– ¿Qué? Pero eso es imposible, no podemos escapar de aquí.

–Al parecer ellos sí, o eso decían– Me sorprendí por lo que acababa de escuchar. ¿Podían huir? –. No pensaba arriesgar a nuestra familia por una simple suposición. Ni siquiera a nuestro distrito.

–Lo sé Fergus, lo entiendo y has hecho una buena elección. Si nos atrapaban, no solamente estaríamos muertos nosotros sino toda la gente como paso con el distrito 13.

El distrito 13 fue bombardeado por revelarse al Capitolio. Se dice que toda la gente era incontrolable y no toleraron más su comportamiento. Algunos otros rumores dicen que hubo gente que escapó y andan sin rumbo por las afueras, otros que nadie sobrevivió y por eso sus espíritus se podían escuchar por los bosques.

Ya creyendo escuchar demasiado, me alejé y continué el día encerrada en mi habitación. Solo quedaba mirando el techo, imaginando libertad.

El gran y menos esperado día llegó. La Cosecha para los Juegos del Hambre era en unas horas. Todos debían estar presentes con ropa formal. El que mi madre le hacía llorar cada vez que lo veía en mi ausencia.

Me puse el vestido con ayuda de mi madre. No mencionó una palabra hasta después de terminar. Me miré al espejo y pude ver a otra yo. Una que mostraba no pasar hambre ni torturas. Mi cabello iba desparramado como siempre en desorden en mi espalda y por encima de mis hombros. "Estas hermosa, hija." Me mencionaba mientras yo estaba perdida en mi aspecto.

–Por suerte, sólo lo tengo que usarlo un rato cada año para que me veas como una princesa– Bromeé para aliviar el ambiente.

Ella sonrió y luego, junto con mis hermanos, nos fuimos a el lugar designado para la formación. Los trillizos iban haciendo locuras a cada momento, por lo que no pude evitar reírme en el trayecto.

Para presentarnos en la lista nos debían extraer sangre. Un poco pero suficiente para que todos nuestros datos aparecieran. Para mi desgracia, tuve que hacerlo yo sola en otro lado porque estaba dentro de la edad para el sorteo. Por un lado era traumante pero me relajaba saber que ninguno de mis tres hermanos estaba conmigo.

Veía como estaban las formaciones, en filas de menor a mayor, tanto en edad como en altura. A mi lado tenía a un niño de 12 años, con una sonrisa impecable que iba dirigida a mí.

–Tu cabello es muy rebelde, ¿verdad? – Yo sonreí ante la inocencia que me estaba dando. Cuando iba a responderle, la promotora apareció para dar el anuncio más odiado por todos.

– ¡Bienvenidos sean todos! ¡Como todos sabrán, estoy aquí presente para anunciarles que los honrados Juegos del Hambre se iniciarán nuevamente este año como es, fue y será siempre! –Rodé mis ojos con cada palabra que decía.

La promotora era una mujer muy elegante, con un vestido rojo de seda que al ser alumbrado un poco por el sol se podía ver como si fuera brillo lo que tuviera a su alrededor. Su túnica negra la cubría Su cabello negro era llamativo, tenía rulos por todos lados y con gran volumen. No como el mío por suerte.

Parecía hablar con tanta autoridad, pisoteándonos con la mirada, algo que era común para las personas del Capitolio. Era patético que quisiera hablar de este evento de la muerte como si fuera algo de tener plena bendición por ello. Miré para todos lados, a cualquier cosa que no sea esa mujer, ignorando por completo su discurso hipócrita.

– ¡Y como siempre es debido, por acto de puros modales, se elegirá al tributo mujer primero! –Ahora tenía la atención de todos.

Se alejó del micrófono y se acomodó su túnica. Pude ver que sonreía, una sonrisa de pura maldad.

Aquellas mujeres cuyos nombres estaban en esa urna tenían la vista fija hacia el escenario, incluyéndome. Sentí mis manos temblar poco a poco cuando la mujer daba cada paso. Empecé a sudar y a maldecir en mi interior, esa promotora perdía el tiempo jugando con nuestros nombres. Nombres que si llegaba a salir el tuyo podía maldecir tu vida para siempre.

Me asusté por un momento cuando sentí el tacto de alguien al agarrar mi mano. Miré hacia un costado, era ese mismo niño que elogió mi cabello. Tenía todavía una sonrisa en el rostro, queriendo tranquilizarme.

Era una escena tan triste. Pese a que ese niño también podían elegirlo, estaba tan despreocupado por si mismo que lo hacía por mí. Agarré su mano también para devolver de paso, una sonrisa. Me sentía tranquila, las posibilidades de que salieran nuestros nombres era de cien a uno.

Devolví mi mirada hacia el escenario con una confianza que nunca pensé sacar para estas cosas. No lo tomen como que nunca la tengo, simplemente que ya no era como antes cuando eligieron a alguien tan cercano a mi familia hace unos años atrás.

Por fin, la mujer sacó un nombre… El nombre. Las mujeres estaban a la expectativa, con el miedo reflejado en sus caras. Me sentí como una loca siendo la única que sonreía.

Pero esa sonrisa no duró mucho cuando después que esa promotora se haya acercado al micrófono para decir…

– ¡Merida DumBroch!

…mi propio nombre.

Mi mente no procesaba lo que acababa de pasar y el silencio que había no ayudaba mucho. Hasta la sonrisa del niño había desaparecido. Pudo darse cuenta que era yo. No quería imaginar cómo estaba mi familia.

– ¿Dónde está mi querido tributo femenino? Acércate al escenario.

Estaba segura que las cámaras estaban fijas en mí. Lo sentía y antes de que los agentes de la paz me obligaran a caminar, tragué aire y me enderecé. El juego acaba de empezar.

– ¡Aquí estoy! –El asombro de todos fue indiscutible cuando me escucharon gritar con fervor, incluso hasta un grito que supe de quien era– ¡Yo, Merida DumBroch, acepto mi puesto!

Caminé hacia el escenario, hacia mi destino, con pasos seguros de sí mismos y con la frente en alto. El mensaje oculto era claro para mi familia, "no se metan".

El resto… Fue puro silencio y yo, iba a participar en los Juegos del Hambre.

NA: Y... Merida ya es un tributo para los juegos del hambre. Me puse triste en este capítulo mientras lo escribía. Espero que les haya gustado!

Antermaris fuera!