Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, la historia pertenece a Renee Roszel.
Volví! Ya se que ha sido mucho tiempo desde la ultima ves que actualice, pero estoy segura que este capitulo les va a encantar, las cosas se empiezan a poner interesantes...
Capítulo 6
Era domingo por la tarde y la familia estaba reunida en el salón. James tenía una sonrisa de gato de Cheshire. Bella sabía que esa sonrisa significaba que habría problemas.
A la dos en punto la posada estaba tranquila, ya que los inquilinos que se habían marchado lo habían hecho antes del mediodía y los nuevos inquilinos no llegarían hasta las cuatro. Estaban a mediados de septiembre y hacía un día soleado, aunque en el aire ya se notaba el frío del invierno. La habitación olía a madera quemada y a polvos de talco para bebés, pero Bella estaba preocupada por lo que James pudiera estar tramando.
El hombre permanecía de pie frente a la chimenea con las manos a la espalda. Luego comenzó a pasear por la habitación, dando grandes zancadas como si fuera a comenzar un soliloquio. Estaba mirando a Edward y Bella, que estaban sentados en el sofá con las manos entrelazadas. Bella intentó olvidarse de la mirada penetrante de James y concentrarse en Alice y Jasper, que estaban jugando con las gemelas.
Rosalie estaba sentada en la silla de cuero que había a la izquierda de Bella. Victoria estaba sentada en algún lugar detrás del sofá.
—¿Jamie? —se rompió la paz—. Jamie, creí que íbamos a visitar Mutton Hollow esta tarde. ¿Cuándo vamos a ir?
—¿Has visto alguna mujer más sosa? —le susurró Edward al oído a Bella.
Ella se echó a reír. Después de cómo la había despedido la noche pasada para poder hablar con Juliette por teléfono, a Bella le complacía que volviera a ser amable con ella. Pero la sonrisa desapareció de su boca cuando se acordó del modo en el que Edward se había reído la noche anterior. Cuando recordó el brillo en sus ojos mientras hablaba con su amada. Con esa . Se preguntó por qué se sentiría tan mal cada vez que se acordaba de la expresión de él hablando por teléfono.
—Nos iremos pronto, cariño —contestó James, sin apartar la mirada ni un momento de Bella—. Ya te dije que nos quedaríamos para ver la revista musical…
—Pero Jamie, aquí dice que es un pueblo pequeñito entre los bosques, que se construyó hace más de cien años, con calles pavimentadas con adoquines —dijo ella, leyendo un catálogo que tenía—. También dice que hacen cestas de mimbre y que puedes aprender a hacer mantequilla y a preparar la piel del cerdo.
—¿Y qué hacen con la piel de cerdo? ¿Balones de fútbol?
—No, tonto — Victoria se rió con la broma—. Aquí dice que la piel de cerdo es una comida muy sabrosa. ¡Ah, y también dice que hay conciertos de música country! Cariño, estoy deseosa de verlo. ¿Por qué no salimos ya?
Victoria se acercó y tomó a su prometido de la mano, pero él se soltó.
—Cariño, nos iremos después de que Edward y Bella anuncien lo que tienen previsto —James los miró a los dos con una sonrisa fingida en los labios—. Les agradezco mucho que hayáis confiado en mí para ser el primero en conocer la noticia.
Alice y Jasper apartaron la mirada de las gemelas.
—¿Qué es lo que tenéis que anunciar? —preguntó Alice, que tenía un dedo entre las manos de una de las gemelas.
Bella sintió ganas de echarle a James una mirada indignada, pero finalmente, prefirió mirar a Edward, que la sonrió como si fuera realmente cierto que fuera a anunciar algo.
—¿Crees que debemos decírselo, cariño? —le preguntó Edward, con voz suficientemente alta como para que todos lo pudieran oír. Luego acercó su boca al oído de ella—. Ese canalla está intentando que nos descubramos —le susurró—. Así que debemos seguir con la farsa. Ríete.
A pesar de que no sabía cómo iba a terminar todo eso, Bella le hizo caso y se echó a reír de manera bastante convincente.
Edward le mordió el lóbulo de la oreja de un modo sensual antes de apartarse de ella. Bella sintió un escalofrío que la recorrió por entero. Realmente, Edward era buen actor. Ese pequeño mordisco había alterado el metabolismo de Bella de un modo curioso.
Ella, en parte para seguirle el juego, y en parte porque estaba irritada por el efecto que había tenido el mordisco de él, le dio un pequeño golpe en las costillas.
—¡Oh, Edward, no seas malo! —siguió con el juego, aunque le echó una mirada que delataba su enfado.
Pero luego, al girar la cabeza hacia James y ver cómo la sonrisa iba desapareciendo de su boca, pensó que quizá mereciera la pena el giro que estaban tomando los acontecimientos.
—Bueno, ¿qué es lo que tenéis que anunciar? —insistió Rosalie—. ¿Es que ya sabéis cuál de las dos gemelas se va a llamar como yo? —preguntó con tono exagerado, para ver si Alice y Jasper le decían lo que quería oír.
Edward se rió.
—Rosalie, parece que sólo puedes pensar en eso, pero hay más cosas que se podrían anunciar en esta familia.
—Pero sólo ésa puede interesarme a mí.
—¿Vais a decirnos de una vez qué tenéis que anunciar? —preguntó Alice, impaciente.
Edward besó la mano a Bella, mientras la miraba a los ojos de un modo tan tierno que ella se emocionó, aunque no se debía de olvidar de Juliette, por supuesto.
—Hemos decidido casarnos el próximo domingo —dijo Edward.
Bella seguía conmovida por el contacto de los labios de él sobre sus nudillos. Edward parecía estar muy metido en su papel de prometido, pero aún así era extraño lo que ella sentía cada vez que él tocaba alguna parte de su cuerpo. ¡Incluso los nudillos!
—Por supuesto que se van a casar el domingo —dijo Rosalie, siguiéndoles el juego recordando sus tiempos de abogado—. Yo ya lo sabía —volvió la mirada hacia James—. Tú no fuiste el primero en enterarte. Mi querida hermana me pidió que fuese su dama de honor. ¿No es así, cariño?
Bella abrió la boca para decir algo, pero Alice se adelantó.
—Y yo también haré de dama de honor y Jasper será el padrino —dijo, dándole una palmada en el muslo a su marido—. Así que creo que no había nadie que no lo supiera.
Bella sonrió, sintiéndose orgullosa de sus hermanas. Las bendijo por la naturalidad con la que habían aceptado la idea de que se fuera a casar con Edward en tan solo seis días. Seguro que James se marcharía ante el giro que habían tomado los acontecimientos. Bella volvió la cabeza hacia su antiguo prometido.
—Parece que te has quedado de piedra… —le dijo a James, con gesto orgulloso. Le era más fácil resistirse a los encantos de ese hombre cuando estaba rodeada de su familia y con Edward a su lado.
—¿Jamie? Creo que me llevaré mi guitarra para ver si puedo tocar. En la guía dice que suelen admitir músicos invitados o que también se puede tocar en la calle. Creo que es una buena oportunidad de mejorar mi estilo —luego volvió la vista hacia Edward y Bella—. Bueno, y a ustedes les deseo felicidad. Hacen muy buena pareja.
—Muchas gracias —murmuró Edward, mientras la pequeña mujer salía del cuarto.
—¿Cuál es el estilo de Victoria tocando la guitarra, James? —preguntó Rosalie con tono de burla—. No me lo digas. Ya puedo ver la noticia en los periódicos de mañana: Mujer muere debido a que el público le arroja tomates y docenas de huevos que llevaban en cestas de mimbre locales. La mujer estaba dando un concierto en Mutton Hollow y la policía no ha presentado cargos contra los agresores, ya que ha considerado que era un caso de autodefensa.
—No sé por qué te burlas de Victoria, Rosalie —dijo James, con gran enfado.
—Pues es evidente que es porque ella te encuentra atractivo. Bueno, ahora voy a ver si Angela ha preparado ya la habitación de los Wilson.
Cuando ya estaba en la puerta, Rosalie se volvió.
—A propósito, Edward, aquí en Branson hay que solicitar la licencia de matrimonio con un mínimo de tres días de antelación. Así que deberías de darte prisa en pedirla.
Edward sonrió.
—Sí, mamá.
Al tiempo que la pelirroja salía, Victoria estaba de vuelta con la funda de su guitarra en la mano. Iba vestida como un grunge con vaqueros rotos y camisa de franela, pero además la pequeña morena llevaba un aro en la nariz y un mechón rosa en mitad del pelo.
—¿Estás listo, Jamie?
—Sí, cariño.
—¿Se irán mañana? —Bella miró a su alrededor para descubrir finalmente que la pregunta había salido de sus propios labios. Y lo peor era que su voz había sonado aterrorizada. La idea de ir al juzgado y… bueno, la verdad era que esperaba no tener que llegar tan lejos. ¿Iría en contra de la ley romper un contrato matrimonial cuando uno no desea casarse? ¿Cuando uno quizá no quiera casarse nunca? Bella lo único que deseaba en esos momentos era que James se marchara y que le diera tiempo para pensar.
—¿Irnos? ¿Mañana? —se extrañó James, levantando ambas cejas. Bella se temió lo peor, pero todavía esperaba que pudiera suceder un milagro—. ¿Ahora que empieza la temporada de conciertos para que Victoria pueda aprender música country y mejorar su estilo con la guitarra?
James fingió una sonrisa afectada. Era la sonrisa de una serpiente.
—Además, yo necesito un lugar tranquilo para comenzar a trabajar en mi nueva obra de teatro. Y no tengo que volver a la universidad hasta mayo, así que creo que nos quedaremos aquí hasta entonces.
Bella se quedó sin oxígeno y no pudo decir nada de lo que tenía en mente. ¿Se quedarían hasta mayo? No, seguro que se marcharían antes adonde viviera Victoria. ¡Ojalá que eso fuera en otro planeta!
—Y por supuesto, yo no me perdería tu boda por nada en el mundo, Bella —James miró a Edward con expresión especulativa—. Ten por seguro que no podría perderme ese acontecimiento.
Edward tomó la mano de Bella para darle ánimos.
—Me… alegra mucho —consiguió decir ella.
—Sabía que te alegrarías —el tono de James no consiguió engañarla.
—Oye, James, se me ha ocurrido que podríamos organizar una boda doble. ¿Por qué no se unen a nosotros Victoria y tú? —preguntó Edward, apretando la mano a Bella para tranquilizarla. Parecía que ella comenzaba a sentir ganas de estrangularlo.
—¡Oh, Jamie! —gritó Victoria—. Eso sería maravilloso. Me encantaría casarme en este sitio tan bonito.
La sonrisa de James desapareció por un momento, pero cuando consiguió mirar a su prometida ya había conseguido, casi, recuperar su gesto amable. Tomó la barbilla de ella entre sus dedos índice y pulgar.
—Acuérdate, cariño, tú querías una boda en una iglesia enorme. Y el vestido de tu madre hay que arreglarlo. Y tú familia de St. Louis querría asistir —James soltó la barbilla de su prometida. Luego agarró el aro que llevaba en la nariz y se lo quitó, guardándoselo en el bolsillo—. Piensa en lo mucho que lo sentirían tus padres. Por no hablar de tus tres hermanas o de tus tías y tíos —añadió en un tono paternal—. Tú nunca te lo perdonarías.
La expresión del rostro de Victoria cambió.
—¡Oh, Jamie! No sé cómo se me ha podido ni siquiera ocurrir esa idea. Como siempre, llevas razón —le tomó de la mano—. Venga, ahora vámonos, cariñín.
Una vez se marcharon, Bella se apartó de Edward y lo miró a los ojos.
—¿Cómo se te ocurrió sugerir lo de la boda doble?
—Fue un farol —contestó Edward relajadamente—. Sabía que él no iba a aceptar.
—Pues eso fue mucho suponer, amigo —Bella seguía enfadada.
Alice se echó a reír, mientras sostenía a una de las gemelas en sus brazos.
—Bueno, en cualquier caso, ahora tenemos que planear una boda —dijo, asintiendo en dirección a Edward. Luego, giró la cabeza hacia su hermana y le hizo un gesto reprobatorio a su hermana, como si estuviera diciéndole: «¿Es que no quieres que él se entere de que están destinados a casarse?».
—¡No te atrevas a decir nada, Alice! —la avisó Bella, que había entendido el mensaje silencioso de su hermana.
—¿Atreverse a decir qué? —preguntó Edward. Jasper se comenzó a reír entre dientes.
Por la noche, cuando Bella se dirigía a su habitación, vio a Rosalie en el vestíbulo.
—¿Te pasa algo?
—¡Ah, eres tú! —Rosalie se volvió hacia ella—. Estaba esperando a James.
—¿Sí? ¿Y para qué?
Rosalie miró a su hermana, mostrando una vulnerabilidad inhabitual en ella.
—No puedo soportarlo por más tiempo. No quiero que siga aquí ni un día más haciéndote daño. Todo esto ha llegado demasiado lejos. Nunca pensé que tuviéramos que llegar a planear una boda. Voy a pedirle que se marche mañana mismo.
Bella se sintió ilusionada ante la idea de que todo pudiera terminar al día siguiente con la partida de James. No sabía cómo iban a arreglar lo de la boda, pero imaginaba que Edward encontraría alguna excusa.
—¿Y por qué este repentino cambio, Rosalie?
La pelirroja agarró a su hermana por los hombros.
—Eso no es cierto. Yo no me he sentido bien desde que me enteré que James iba a venir. Lo que sucede es que he estado disimulándolo, pero ahora ya no les puedo pedir a Edward y a ti que sigan con esta farsa —en ese momento la puerta se abrió, y entraron James y Victoria—. Tienes que irte, Tinsley. ¡Quiero que te vayas mañana mismo!
Bella se quedó esperando a que James reaccionara. Pensaba que se enfadaría y comenzaría a discutir, pero no lo hizo. Se limitó a apoyarse contra la puerta y a sonreír de un modo afectado.
—No creo que tú desees eso de verdad, Rosalie.
—Esta posada es mía, e insisto en que debes marcharte. Tú sólo tienes pagada esta noche, así que…
—Me parece que estás equivocada.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Rosalie, con el ceño fruncido.
Bella estaba expectante por saber qué habría planeado la retorcida mente de James. Sin duda, era un hombre muy astuto.
—Deberías de revisar las reservas. Ayer, Angela estaba atendiendo la recepción. Creo que me dijo que tú estabas en una reunión de negocios en la ciudad. En cualquier caso, ayer pagué nuestra estancia aquí hasta abril.
Rosalie palideció ante la sonrisa de triunfo de James.
—Y como antiguo abogado, sabes que no podrás echarme fácilmente. No he hecho nada malo y tengo pagada la habitación. Así que no te recomiendo que intentes echarnos —luego tomó a Victoria de la mano y se dirigió hacia las escaleras—. Vamos, cariño, ha sido un día muy largo.
Y sin mirar atrás, él y su novia de aspecto extraño desaparecieron escaleras arriba.
—¿Rosalie? —susurró Bella en voz baja—. ¿Tiene razón?
Rosalie miró a su hermana con expresión triste.
—Podría demandarlo, pero cuando comenzara el juicio él ya se habrá ido y lo sabe. También sabe que no tengo tiempo que perder en la burocracia necesaria para ello, ni el dinero. Además, él también me demandaría —la muchacha hizo una pausa y dio un suspiro resignado—. Lo siento, Bella. Debería de haberlo echado antes. No sabía que era tan canalla.
Bella tomó la mano de su hermana.
—No es el fin del mundo —murmuró Bella, tratando de animar a su hermana—. Lo superaremos.
Rosalie se limpió las lágrimas que amenazaban en sus ojos.
—Tú eres una buena persona, hermana. No te merezco.
Bella le dio un abrazo, incapaz de decir nada debido al nudo que sentía en la garganta. Todo había sido inútil, el matrimonio iba a seguir su curso.
Bella vivía aquellos momentos con la sensación de estar atada de pies y manos. En ese momento se encaminaba, con expresión aturdida, hacia la habitación de Alice y Jasper para llevarles un fax que acababa de llegar.
—Pasa —dijo Alice, al oír la voz de su hermana—. ¿Qué te pasa, Bella? La expresión de tu cara no puede ser más triste.
Incapaz de poner en palabras sus pensamientos, Bella simplemente le dio el fax.
Alice lo tomó y leyó el artículo, a continuación miró a su hermana con los ojos abiertos de par en par.
—¡Caramba! —exclamó, volviéndose también hacia Jasper, que estaba dando de comer a una de las gemelas—. Mira, cariño, parece que la noticia de la boda de Bella y Edward ha saltado a todos los periódicos de Kansas City. Esto lo ha mandado un amigo abogado de Rosalie.
Jasper leyó el artículo y luego lo devolvió, mirando a Bella con una mueca.
—Parece que es una gran noticia que un hombre rico como Edward Cullen pida una licencia de matrimonio.
Bella se dejó caer en una de las mecedoras que había al lado de la puerta.
—No sabía que iba a ocurrir esto —aseguró, poniéndose las manos en las sienes para mitigar el latido que sentía en ellas—. ¡Esto es terrible!
—No es tan terrible, Bella —afirmó su hermana, acariciando a su hermana—. Es el destino. Después de todo Edward es tu destino y…
Bella agarró a Alice de un brazo y la sacudió con brusquedad.
—No se te ocurra decir una palabra a Edward sobre la leyenda, ¿me oyes? Lo primero, Edward tiene una novia. Me dijo que amaba a alguien y lo vi en sus ojos cuando hablaba con ella por teléfono. Así que no menciones el tema delante de él —cuando se dio cuenta de que estaba haciendo daño a su hermana la soltó—. Perdóname, sé que Jasper y tú creéis en la leyenda por la manera en que os conocisteis, pero… pero…
La muchacha se levantó y comenzó a caminar alrededor del cuarto, luego volvió a acercarse a su hermana.
—Ni siquiera estoy segura de sí creo en el amor. Odio a James y aún así hay veces… —los labios le empezaron a temblar y tuvo que esforzarse por no ponerse a llorar—. No me entiendo a mí misma, no sé lo que para mí significa el amor ya. Él ha hecho que deje de confiar en todo… —la muchacha tragó saliva—. Escuchen, Alice, Jasper, seré sincera con vosotros: el matrimonio es para mí una palabra vacía de significado en este momento y no sé si alguna vez conseguiré volver a creer en ello.
La puerta se abrió y se volvieron todos para ver a Edward con expresión preocupada. Miró hacia el pasillo y luego entró y cerró la puerta.
—Dilo más fuerte, Bella, James se acerca por el pasillo.
Bella se acercó a él con cara de espanto.
—¿Qué has oído? —preguntó. Lo último que quería era avergonzar a Edward con todo el tema de la leyenda.
Él tomó su mano y la apartó de la puerta.
—Calla —aconsejó, poniéndole un dedo en los labios.
Luego acercó el oído a la puerta como para escuchar. Se oyó una puerta en el vestíbulo y entonces soltó a Bella.
—Bella, por favor, asegúrate siempre de que las puertas están cerradas antes de gritar que no crees en el matrimonio.
Ella frunció el ceño. Al parecer no había oído nada de lo dicho anteriormente y simplemente estaba preocupado por lo que James pudiera oír.
—Yo… —comenzó, avergonzada, recordando el artículo del periódico—. Ahora tenemos problemas más grandes. Lee esto.
Edward miró el artículo y se puso serio.
—Ya lo sé. Mi secretaria me ha llamado hace un rato. También aparece en los periódicos de Nueva York.
Bella sintió como si le hubieran dado un golpe en el estómago y gimió.
—Es estupendo.
—Lo siento —dijo él.
—¿Por qué tienes que ser rico y famoso?
—La vida puede ser así de cruel —dijo Jasper, con ironía.
Bella miró a su cuñado, que continuó dando de comer a su hija.
—Confía en mí, Bella —dijo Edward, tomándola de las manos—. Podemos decir que será una ceremonia íntima en la posada y que no permitiremos entrar a la prensa.
La sonrisa de Edward era irresistible para Bella, cuyo enfado se evaporó por completo. Después de todo, ese nuevo problema estaba causando a él más dificultades que a ella. Él era alguien famoso.
—¿Cómo se lo vas a decir a Juliette? —preguntó.
Edward frunció el ceño y Bella no le culpó por ello. Le tomó de la mano.
—Si quieres puedo decírselo yo. Puedo asegurarle que…
—No, yo hablaré con ella.
—¿Es de la que me hablaste, Edward? —preguntó, sabiendo que se estaba metiendo en un terreno peligroso.
Edward la miró dubitativo.
—¿Por qué preguntas?
Ella se encogió de hombros.
—Simple curiosidad. El otro día lo pensé, por la manera en que hablabas con ella por teléfono.
Edward la observó durante unos segundos con el rostro serio. Ella esperó. Sin saber por qué, quería que la respuesta de él fuera negativa, que afirmara que la tal Juliette era una aventura pasajera, una manera de satisfacer su libido masculina.
Después de lo que pareció para ella una eternidad, él asintió.
—Digamos que podría ser.
Entonces, Bella sintió que su tristeza aumentaba. Por alguna razón, pensaba que a ella no le iba a gustar Juliette, que el estilo de mujer francesa no estaba a la altura de él. Edward no iba a ser feliz con alguien egoísta y caprichoso. Edward necesitaba una mujer más sólida y sensible. Una que pudiera construir un hogar acogedor para él, además de dos o tres hijos con ojos de color verde…
—¿Pasa algo, Bella? —preguntó, interrumpiendo sus pensamientos.
Ella lo miró, con aire ausente, al tiempo que observaba el cuerpo alto y fuerte de aquel hombre encantador.
—Oh, no… creo que es fabuloso —consiguió decir, esforzándose por sonreír.
La vida amorosa de Edward no era de su incumbencia.
—No tienes por qué coser ese botón de mi camisa, Bella —comentó Edward, al tiempo que fingía revisar la correspondencia y algunos documentos para que la cercanía de Bella no le volviera loco.
Ella alzó los ojos desde el sofá que servía a Edward de cama. Iba con unos vaqueros y un jersey de manga corta de color rosa. Edward deseaba tomarla en sus brazos y hacerle el amor, pero siguió con expresión impasible.
—Es un placer. Sabes que me encanta coser.
Él simplemente hizo una mueca.
—Bueno, eres muy amable, pero no es necesario. En la lavandería lo hacen.
—No, mientras esté yo aquí —aseguró, humedeciendo el extremo de una hebra de hilo.
Aunque Edward se esforzaba por ignorarla, a veces le era muy difícil. La muchacha bajó los ojos para enhebrar la aguja y él intentó apartar la vista. Miró la correspondencia, pero no vio nada. Sólo era capaz de notar la presencia de ella. Fingir frialdad cuando ella estaba sentada tan cerca, le era casi imposible.
El teléfono sonó en ese momento.
—Es para ti —gritó Rosalie desde las escaleras.
—Gracias —dijo, agarrando el auricular que Rosalie había puesto allí hacía unos días, desde que Edward comenzara a recibir llamadas de Juliette a diario—. ¿Sí?
—¿Qué se dice en los periódicos de que vas a casarte? —dijo una voz, al otro lado de la línea.
—Bueno, ha sido una sorpresa para mí —contestó, tratando mantener la calma.
—¿Edward? —dijo Bella.
—Un momento —dijo, tapando el auricular—. ¿Qué quieres, Bella?
—¿Es privado?
El hombre asintió, encogiéndose de hombros.
Ella prendió la aguja en la camisa, que dejó sobre el sofá, y se levantó.
—Iré a ver a las gemelas.
Una vez que ella se hubo ido y cerrado la puerta, Edward continuó hablando.
—¡Jacob Black, qué alegría oírte! ¿Hay algún problema con el equipo deportivo que he donado a la iglesia?
—No, todo está bien —contestó Jacob, riendo—. Y no sé bien qué pensar, pero la delincuencia ha bajado en el distrito un veinte por ciento desde que llegó. Creo que entre tu dinero y mi sudor, vamos a cambiar a estos chavales. ¿Y cuándo vendrás a oír uno de mis sermones?
—La próxima vez que vaya a Chicago cuenta conmigo. ¿Cómo está Leah?
—Leah está maravillosa. Ha comenzado ya a trabajar en la obra de teatro, que se presentará en julio. Pero no cambies de tema. Creo que estás en un grave problema, amigo. No puedo creerme que vayas a casarte y yo no sea el que oficie la ceremonia. Eso me duele, Edward.
Los dos hombres eran muy amigos, y aunque la voz de Jacob no sonaba demasiado triste, Edward sabía que era natural que él quisiera darles las bendiciones.
Se habían conocido de niños y ambos habían tenido algún problema con la ley. Afortunadamente, los dos tuvieron suerte y conocieron a gente que les hizo cambiar de ambiente y de vida.
—Escucha, Jacob, no es que no quiera que tú…
—No hace falta que me lo expliques. Te perdonaré cuando llegue allí. Sólo hay un problema: hoy es jueves y voy a mandar a algunos de los muchachos a un campamento, pero no podré tomar un avión hasta el sábado por la mañana. Así que, confío en que me esperes para la ceremonia.
—Pero, Jacob…
—Ah, y felicidades. Sé que hace mucho tiempo que la amas. Me alegro por ti, amigo. Te veré pronto.
—Pero, Jacob, yo…
La línea se cortó y Edward maldijo entre dientes. Jacob sólo tenía un fallo, y es que nunca te dejaba terminar la frase. Edward se preguntaba cómo educaría a sus feligreses. Probablemente les diría que miraran hacia adelante y mantuvieran la boca cerrada.
Edward cerró los ojos. Una vez que le explicara la situación, Jacob entendería. Por otro lado, el viaje no costaba mucho dinero y así se verían.
A continuación, comenzó a revisar la correspondencia. Había una carta dirigida a Jasper que Angela había incluido, por error, entre las suyas, así que se levantó y se dirigió hacia la planta de arriba.
Antes de llegar al dormitorio de Alice y Jasper, escuchó voces. La puerta estaba entreabierta. Se pasó la mano por el cabello y dio un suspiro, al recordar que aquella noche James había llevado a Victoria a un concierto. Afortunadamente, no había peligro de que oyeran algo indebido.
Cuando se acercaba escuchó la voz de Alice.
—… pero, Bella, no estoy de acuerdo contigo. Edward tiene todo el derecho a conocer la leyenda.
Edward, al que no le parecía educado escuchar tras las puertas, llamó, a pesar de que ésta estaba medio abierta.
—¿De qué leyenda hablan?
Ambas mujeres se volvieron, desde el cochecito doble que servía de cama a las gemelas, como si hubieran sido atrapadas con las manos en la masa.
Alice fue la que primero reaccionó.
—La puerta no estaba cerrada, ¿no?
Edward negó con la cabeza, entrando.
—Traigo esta carta de Jasper. ¿Dónde la dejo?
Alice señaló la mesilla de noche.
—Allí, él volverá enseguida —contestó, mirando a Bella de una manera que intrigó a Edward.
—¿Qué pasa? ¿Qué leyenda tengo el derecho de conocer?
Bella estaba todavía inmóvil, con la expresión asustada y los ojos muy abiertos. Se estiró y miró a su hermana de reojo.
Alice tapó a las gemelas, ambas dormidas; luego miró hacia Edward.
—Yo no soy quien te lo tengo que contar —dijo, sentándose en la cama y cruzándose de brazos—. Mis labios están sellados.
—¿Bella? —preguntó entonces, confundido.
Ésta tragó saliva y sus mejillas enrojecieron.
—No es nada.
Él levantó las cejas, en una expresión incrédula.
—Si no es nada, entonces puedes decírmelo.
Edward pareció ponerse serio y miró a Alice.
—¡Dios mío! ¿Está alguien enfermo?
Alice miró a su hermana, luego se volvió hacia Edward.
—Bella, lo siento, pero creo que el destino ha hecho que Edward venga en este momento.
Bella se giró hacia su hermana.
—¡Le ha traído una carta! ¡Ha sido todo fruto de la dislexia de Angela!
Alice se levantó de la cama y se acercó a Edward, al que tomó de las manos.
—Edward, te lo contaré yo. Hay una leyenda relacionada con la Mansión D'Amour. Se dice que cualquier mujer que duerma allí, en una noche de luna llena y además en su cumpleaños, se casará con el primer hombre que vea al despertarse —Alice apretó la mano de él entre las suyas y miró a su hermana compungida, que, en ese momento, miraba por la ventana—. Bella durmió allí en luna llena y era su cumpleaños, y tú fuiste el primer hombre al que vio —la muchacha dejó escapar un suspiro—. Ya está. Ya lo sabes y me siento mejor —volvió a mirar a Bella—. Y ahora, contrata a Rosalie para que me demande.
Bella se apartó de la ventana y miró a Edward.
—No le hagas caso, está en época de lactancia y sus hormonas están alteradas. No sabe lo que dice —replicó la muchacha castaña, saliendo de la habitación apresuradamente.
—¡Caramba, Edward, vaya cara que has puesto! He hablado demasiado, ¿verdad?
Edward la miró, sin saber qué pensar.
—Tienes una cara terrible —insistió ella, agarrándose las manos—. Bella decía que te avergonzaría, pero yo pensé que… quiero decir, que como se van a casar pensé que era el destino y, y… —la muchacha se mordió el labio inferior—. Bueno, así nos conocimos Jasper y yo. Nosotros sí creemos en la leyenda —aseguró, pasándose la mano por el pelo—. ¿He dicho algo malo, Edward?
La importancia de lo que Alice acababa de revelar le había dejado inmóvil. Frunció el ceño, aturdido. Todo parecía una señal: el amor que sentía por Bella desde años atrás, el haber querido continuar con el falso matrimonio, a pesar de saber que ella no estaba preparada todavía para oír su declaración de amor. Luego Jacob, que lo llamaba para ir a casarlos y, finalmente, conocer la leyenda…
¡Caramba! Él amaba a Bella en cuerpo y alma, habían sacado un permiso verdadero para casarse y un sacerdote verdadero iba a oficiar la ceremonia. Tenía que salir todo bien. ¡Tenía que ser el destino! Aunque Bella todavía no estuviera preparada para ello.
La irreversibilidad de los hechos llenó el aire como una corriente de alto voltaje, haciéndole difícil respirar. ¿Se atrevería él a seguir el plan absurdo que su corazón deseaba?
—¿Edward?
El hombre miró a Alice, todavía con expresión seria. Sentía una mezcla de culpabilidad y satisfacción, que no le permitía articular palabra.
—Di algo —insistió Alice, mirándole como si tuviera miedo a hablar demasiado alto.
Edward decidió en ese momento hacer lo que Jasper le había dicho una semana antes. Bella descubriría que lo amaba tanto como él la amaba a ella. Edward sólo tenía que hacer su papel.
Después de todo, ¿no acababa de descubrir que él estaba hecho para ella?
—He olvidado mencionarlo, pero he encontrado a alguien que va a hacer de sacerdote. Será perfecto —fueron sus palabras.
¿Que les pareció?
Aquí Jacob será completamente diferente, pero importante en la historia!
Espero que les haya gustado, quizá solo quizá nos leamos el martes!
Besos
Lucy
