Hola a todos y a todas! Ando dejando esto por aquí, me llegó un poco de inspiración y decidí sentarme un rato en la pc. Espero que pueda ser de su agrado.

También agradecerles por los lindos comentarios en el chap anterior! Les envío un abrazo de oso enorme! Nos leemos muy pronto :D

En el próximo Chap conoceremos más sobre los Tsukishiro y la familia de Sakura.

Disclaimer: Los personajes de ésta historia les pertenecen al grupo CLAMP.


MIEL Y CHOCOLATE

Capítulo 7

Orígenes

China, Macao 1908.

Ieran había terminado de prepararlo todo y sólo faltaba una cosa para que todo estuviera perfecto, una cosa muy importante para cuando Hien llegara de trabajar esa tarde. Hoy se cumplía un año desde que se fugaran de Hong Kong juntos y se casaran, y para Ieran era un acontecimiento importante, porque amaba a su esposo con tanta intensidad como el primer día, porque quería lo mejor para él y porque habían luchado mucho porque su amor siguiera adelante aun teniendo que luchar contra toda su familia; quería hacerle un regalo especial que le demostrara lo mucho que lo amaba y que no le importaba estar viviendo en una casa con vistas al cielo gris de las fábricas y la oscura dársena del puerto de Macao.

Hien y ella se habían amado desde los diez años, y cuando se hicieron adultos y sus familias quisieron separarlos, resolvieron abandonar Hong Kong y viajar hacia otra ciudad. Aunque el amor sustentase su felicidad, no les daba de comer ni les ofrecía cobijo en noches de lluvia y la determinación del comienzo flaqueó cuando llegaron a Macao, donde decidieron asentarse. Hien se arrepintió de haber arrastrado a Ieran en su locura juvenil, pero ella estaba muy feliz de estar con él y no le importaba en absoluto pasar algo de hambre siempre que estuvieran juntos, además estaban esperando a su primer hijo. Hien Li había estudiado en la Universidad y eso le ayudó a encontrar un trabajo. No era gran cosa, pero con el dinero consiguieron una pequeña casa, la planta baja de un edificio de viviendas con un salón, una cocina, un baño y una habitación cuya ventana ofrecía vistas a un puerto gris plomizo, un cielo gris y unos barcos grises.

Había logrado convertir el anodino salón de su casa en un rincón acogedor, con sus manteles rojos, sus cortinas bordadas, muebles barnizados y unos cuadros con motivos florales que ella misma había dibujado. Ieran permanecía ociosa durante la jornada laboral de su marido y eso era mucho tiempo libre. Pasaba el tiempo de tienda en tienda, caminando durante horas para comprar las cosas más baratas, pero de buena calidad. Había aprendido a encontrar pequeñas cosas a precios pequeños que nadie quería por el simple hecho de que estaban pasadas de moda o ya no tenían valor por tener pequeños defectos; incluso había recogido una mesa de té de la calle que había quedado perfecta tras un par de arreglos. Por supuesto, nunca le dijo nada de esto a Hien, porque eso podría hacerle sentir culpable. Su esposo ya tenía bastantes preocupaciones con su trabajo y con la idea de no tener dinero como para encima herir su orgullo.

Era su pequeño secreto, su pequeño sacrificio; Ieran estaba dispuesta a todo porque Hien fuese también feliz. Él se esforzaba mucho por hacer que todo saliera adelante, porque ella sabía que la amaba.

Ahora estaba angustiada, porque había llegado ese momento en el cual el dinero no era suficiente. Había sacado la caja donde guardaba los ahorros y, después de contarlo varias veces, el número de monedas seguía siendo el mismo: disponía de quince yuanes solamente. No era mucho, pero tal vez pudiera encontrar en el mercado algo bonito para Hien. O eso esperaba ella. Cogió la capa, su bolsa para el dinero que se ató a la muñeca y con los dos quince yuanes salió a la calle. Ieran suspiró, hoy parecía que el día no acompañaría, las nubes amenazaban tormenta. Un gato escuálido y despeluchado se le quedó mirando sobre el cubo de basura; tenía una cicatriz muy fea en su cara gatuna y se le veían los colmillos incluso con la boca cerrada, lo que le daba el aspecto de estar riéndose burlonamente. Ieran odiaba a aquel gato con toda su alma, porque por las noches maullaba y hacía escándalo entre la basura peleándose con otros gatos, arañaba sus cortinas y a veces se le colaba en la casa para comerse la poca comida que tenían. Pensó que era mala señal, pero lo ignoró y se lanzó a la búsqueda de un regalo para su esposo.

Tres horas después, no encontró nada que costase quince yuanes que mereciera la pena comprar. Había visto algo muy bonito, una cadena de oro para el reloj de bolsillo que tenía él; pero costaba más de setenta yuanes, ochenta y cinco yuanes y sólo tenía quince, le seguían faltando setenta y eso era imposible de conseguir en tan poco tiempo. Tendría que esperar un mes para poder comprarle aquello. Sentada en un banco en medio del puerto el cielo pareció simpatizar con su estado de ánimo, porque las nubes se oscurecieron y empezó a llover. Ieran tuvo ganas de llorar y se le empañaron los ojos ante la decepción de no haber encontrado un regalo digno para su amado Hien. Quería regalarle algo especial, pero no tenía dinero para comprárselo. Siempre la misma historia: no tendría que haber comprado tantos caprichos, la pintura para los cuadros no era importante, ni tampoco lo eran las cortinas, ni los jabones para su cabello… Su cabello.

Ieran se aproximó a un escaparate y se miró en el reflejo, tocándose el cabello. Había tres cosas que Hien apreciaba especialmente, cuatro si se contaba a ella misma. Una era su anillo y su reloj de oro, unas joyas familiares que habían pertenecido a su tatarabuelo, después a su abuelo, luego a su padre y por último a él; esos objetos eran lo único que había conservado de su familia cuando se fugaron y le tenía mucho cariño, siempre decía que se los regalaría a su primer hijo o hija. Una vez quiso venderlos, pero Ieran logró convencerlo para que no lo hiciera, porque era un símbolo de distinción de su Clan y él era un hombre importante para su clan...pero lo había dejado todo por estar con ella y eso no la dejaba dormir tranquila. Lo tercero que apreciaba Hien era el cabello de su esposa, una hermosa melena oscura que lo tenía fascinado y a veces, cuando estaba intranquilo, le cepillaba el cabello porque aquello lo sosegaba y lo ponía de buen humor.

Hien siempre le decía lo guapa que estaba cuando por las mañanas se levantaba con la cabeza enmarañada y cuando hacían el amor le enredaba los dedos entre los mechones. Por eso ella cuidaba mucho su cabello, porque era lo que más le gustaba a él. Pero estaba decidida y tenía que tomar una decisión. Resuelta, se dirigió a la barbería que había al comienzo de la calle y entró apresuradamente.

- Disculpe, tengo una pregunta, ¿es cierto lo que dice el cartel de la puerta, que compran cabello? ¿Cuánto pagan?

- Antes tengo que verlo – le dijo el barbero. Ieran se quitó apresuradamente las horquillas del pelo y se soltó la melena. Una enorme mata lacia de cabello negro azabache cayó en cascada por su espalda hasta la cintura. Estaba limpio y brillante, porque lo cuidaba muy bien y el barbero no lo dudó cuando le dijo el precio – cien yuanes.

- ¡Rápido! Corte todo lo que necesite.

Una hora más tarde, Ieran regresaba a casa feliz, con frío en las orejas y una cadena dorada entre las manos para el reloj de su esposo. Al mirarse en el espejito de la habitación observó su cabello. Su aspecto no era tan distinto al que tenía cuando se cogía un moño, pero ya no podía enredar los dedos en su pelo como antes y sintió una punzada en el corazón. Volvería a crecer, se decía. Sólo era cuestión de tiempo que volviera a lucir su perfecta melena azabache. Escuchó la puerta de la entrada, su esposo había llegado. De pronto le empezaron a temblar las manos y el corazón se le aceleró. ¿Qué reacción tendría cuando viera que se había cortado el cabello? Aquel había sido su pequeño sacrificio por él.

- Hola.

Entró en el salón, con las manos entrelazadas y miedo en sus ojos de ciervo. Hien dejó la bufanda en la percha de la puerta, se quitó el abrigo, dejando escurrir el agua antes de volverse hacia ella. Al principio no lo notó, pero tras un segundo, cuando se acercó a ella para darle un beso, se fijó en su cabello y se quedó paralizado. Ieran aguantó la respiración.

- Tu cabello.

- Sí, lo he cortado – dijo tocándose la nuca despejada, las orejas y el escaso flequillo que ahora tenía.

- ¿Por qué? – preguntó. Había mudado su expresión, ponía esa cara desprovista de emociones cuando estaba enfadado o afligido, un gesto impenetrable. Ieran tuvo ganas de llorar, lo último que quería era que se pusiera triste o se enfureciera.

- ¡Volverá a crecer! – defendió. De pronto no pudo dejar de hablar y se mareó por culpa de su estado – Tenía que hacerlo, lo siento mucho, pero es que no tenía dinero para comprarte un regalo y he visto que en la tienda compraban cabello y he ido y me lo he cortado para poder conseguir dinero y… Por favor, dime algo, no te quedes callado, te quiero… - sollozó con un hilo de voz – Lo he hecho porque te quiero… No me digas que ya no te gusto porque me he cortado el cabello… -Ieran sabía por experiencia familiar que cosas así habían ocurrido. Él reaccionó por fin a sus palabras y lanzó una risa breve y fresca, no con burla sino con diversión. Ella se quedó aturdida, sin saber qué estaba pasando, muerta de miedo, preocupada, insegura. Hien se acercó a ella y la abrazó, besándola con ternura y el terror desapareció. - ¿Cómo podría dejar de quererte por que te hayas cortado el cabello? – le dijo sin perder la sonrisa, acariciándole la cabeza. Le limpió las lágrimas y del bolsillo de su chaqueta sacó un pequeño paquete envuelto en papel – Te amo con todo mi corazón Ieran Li, mi amor, no me importa tu cabello; había comprado esto para ti, feliz aniversario.

Ieran abrió el paquete y lanzó una exclamación de sorpresa antes de que las lágrimas volvieran a rodar copiosamente por sus mejillas. Entre las manos tenía el regalo de Hien, dos pequeños broches dorados y ornamentados con piedras preciosas. Unos hermosos adornos para su hermoso cabello. Dos hermosos pasadores que debían haberle costado una fortuna.

- Volverá a crecer – gimió ella – Volverá a crecerme el cabello y entonces me los pondré, te lo prometo.

- Estoy desando que vuelva crecer para verlos puestos – le aseguró él, acariciándole los cortos mechones, besándola con amor. Ella lo abrazó, feliz.

- ¡Tu reloj! – Chilló Ieran de pronto – Dame tu reloj, rápido, tengo tu regalo aquí mismo – se apartó de él y le mostró la cadena dorada – Vamos, sácalo. Ahora parecerás un hombre más respetable que antes.

Pero él no hizo nada, solo mirarla con una sonrisa entrañable en el rostro.

- No tengo el reloj – le confesó. Ella no entendió lo que quería decir.

- ¿Cómo que no tienes el reloj? ¿Te lo han robado? – exclamó horrorizada. Pero él negó con la cabeza y siguió mirándola con aquel brillo amoroso en los ojos.

- No, mi amor, no me lo han robado. Lo he vendido.

- ¿Vendido? Pero, ¿por qué has hecho eso? Es tu reloj, es importante para ti, ¡No tendrías que haberlo vendido! – se horrorizó ella.

Hien rodeó a su esposa entre sus brazos y la besó con ternura. Sobre sus labios, habló.

- He vendido el reloj para poder comprarte tu regalo…

A ella se le llenaron los ojos con renovadas lágrimas de alegría.

- Te amo – sollozó.

- Pero yo más – respondió él.

A pesar de que durante los primeros años de su matrimonio su situación económica no era la más favorable, supieron salir adelante. Tuvieron a su primer hijo que resultó ser una preciosa niña a la que llamaron Shiefa. A los ocho meses de nacida, los esposos se enteraron que serían padres nuevamente. Grande fue su sorpresa al tener un par de hermosas niñas más. La familia estaba creciendo rápidamente y esto obligo a Hien Li a tomar decisiones al respecto. Con lo que ganaba en su trabajo en Macao no podría mantener a una familia numerosa aunque quisiera. Por eso, decidió regresar a Hong Kong y enfrentar a su familia, eran ellos los que se oponían a su relación con Ieran pues ella no descendía de algún clan importante. Ieran era la hija de su maestro de artes marciales. Ella siempre lo acompañaba, fue su amiga y compañera durante muchos años y la amó desde entonces.

Tenía que enfrentar a su familia si quería ser feliz y sobre todo si quería que su esposa y sus hijas vivan felices. Lo haría por ellas...


China, Hong Kong 1933.

No podía entender, y mucho menos comprender la magnitud de las palabras de su suegra. La noticia la atrapó tan de golpe que se quedó helada tratando de procesar lo que acababa de oír...

¿Muerto?

¿Su esposo estaba muerto?

No, no...Tenía que ser una broma sí, eso...una broma.

Cuando miró fijamente a los ojos de la anciana, desbordaban lágrimas de pena y rencor. Un horrible agujero y un dolor punzante empezaron a alojarse en su pecho. Dolía, dolía demasiado el sólo pensar aquello. Sentía como se le desgarraba el corazón con cada segundo que pasaba.

Su esposo, Hien Li...estaba muerto.

Hace dos meses que había partido en un viaje a Japón en donde finalizaría unos negocios sobre compra de caballos, su esposo los amaba. Con los años se convirtió en un gran jinete y entrenador y había enseñado a sus hijos, de los cuales su hijo mejor había heredado aquellos gustos.

Shaoran, su pequeño Shaoran.

¿Cómo podría continuar? ¿Cómo seguir ante el dolor y la pérdida de la persona más especial de su vida? ¿Sin aquel que se lo dio todo?

Cuando se lo dijo a sus hijos, fue una conmoción; nadie lo creía, nadie lo entendía. Sus hijas estaban totalmente fuera de sí pero su hijo, su hijo mejor no había dicho nada...permanecía en silencio, observando como todo se derrumbaba a su alrededor. Conocía a su hijo lo suficiente como para saber que estaba sufriendo como ningún otro, pero era tan callado, tan serio y reservado que se contenía, que trataba de parecer fuerte para ellas. Porque ellas lo necesitaban.

Con el paso de los días y sin noticias albergaban una pequeña esperanza de que todo haya sido un invento, una mentira de unos malditos japoneses. Pero cuando el féretro llegó a su residencia en Hong Kong, el verdadero infierno empezó.

Nada fue igual, nada volvió a funcionar igual entre ellos. Sus cuatro hijas eran muy unidas, la respetaban mucho y siempre estaban a su lado. Pero pronto cada una haría su camino, ya eran adultas y muy hermosas, lo mejor era que encontrasen el amor y vivieran su propia historia, como ella la había vivido.

Pasó un año, un año sin su esposo; sin contemplar esos hermosos ojos ámbares que tanto adoraba; los mismos ojos que había heredado su Shaoran. Shaoran era una copia exacta de su fallecido padre.

Su hijo no volvió a sonreír, no volvió a ser el mismo; cambió drásticamente. Se refugió en las salidas, en el alcohol, en las mujeres. El odio y el rencor que contenía su mirada se lo decía todo. Hasta que un día al ingresar a la habitación de su hijo para poder hablar con él al respecto encontró una carta sobre su cama. Una carta en donde le explicaba lo que tenía pensado hacer. Viajaría a Japón, a Tomoeda y desenmascararía al o los culpables de la muerte de su amado Hien.

Shaoran quería venganza, y sintió que se le oprimía el corazón. Ya había perdido al hombre de su vida, no quería perder a su pequeño niño...como ella lo llamaba.

Ella se hizo cargo de la enorme mansión, con los años y gracias al esfuerzo de su esposo y el suyo propio pudo ser reconocida como una dama distinguida y al fallecer su suegro. Su esposo lo sucedió en el cargo de líder del Clan Li, uno de los clanes más poderosos y antiguos de China. Cuyas posesiones iban desde industrias textiles, negocios comerciales hasta refinerías de petróleo.


Actualidad 1938

Hace cinco años que su hijo había decidido irse hacia Japón, lo extrañaba demasiado. A pesar de que mantenía comunicación mediante cartas cada dos o tres meses. No era lo mismo...se moría por saber de él, por verlo, por cuidar de él como en antaño.

Ya sus hijas se habían casado, sus cuatro hermosas y risueñas hijas ya no alegraban su hogar, a pesar de que la visitaban constantemente; el recuerdo de su amado esposo aún estaba presente en su vida. Cada día y cada noche...su luto jamás terminaría y es por eso que siempre vestía de blanco. La última carta que había recibido de Shaoran la había dejado intranquila...le había comunicado que pronto podría dar con el paradero del asesino, que se hallaba muy cerca de la verdad, y que también lo más seguro después de eso es que regresara a Hong Kong a su lado. A pesar de que era la mejor noticia que recibía en años, también estaba angustiada. ¿Y si le hacían daño? ¿Y si no regresaba?

Su corazón de madre no estaba tranquilo.

Si tan sólo Hien Li cumpliera su palabra y se comunicaran mediante sus sueños...así como habían quedado una noche en el calor del lecho matrimonial.

Flashback

- Hien, mi amor...desierta - Estaba desnuda y recostada sobre su fuerte pecho, su cabello azabache había crecido nuevamente y ahora rozaba sus muslos.

- Mmmmm duerme cariño - Él la abrazó cariñosamente - Duerme un poco antes de que se despierte el niño.

- Oh, nuestro Shaoran es idéntico a ti - Ella le sonrió y besó sus labios. Como amaba a ese hombre.

- Lo sé, será un digno sucesor...eso tenlo por seguro, sé que estaré muy orgulloso de él. Prométeme algo Ieran - La miró fijamente cogiéndole el mentón - Prométeme que si algo me sucediese tú vas a guiarlo, vas a hacer de él, el mejor hombre.

- No necesito prometerte eso mi amor, sabes que lo haré...pero no digas esas cosas, tú vas a estar con nosotros en cada momento, ¿Verdad? - Se aferró a los fuertes brazos de su esposo con ternura.

- Sabes que sí - Él le sonrió - Yo siempre velaré por él, ambos...los dos juntos.

- Prométeme algo tú a mí - Ésta vez ella lo miró - En el absurdo caso de que algo nos suceda, a ti o a mí, prométeme que seguiremos unidos; que nos seguiremos comunicando - Su semblante se notaba serio.

- ¿Cómo haremos eso mi amor? - Le sonrió divertido tratando de continuar con sus promesas - Podremos hacerlo mediante sueños, ¿No crees?

- ¡Sí! ¡Nos comunicaremos mediante los sueños! - Ella se recostó sobre el pecho de su esposo, aspirando su atractivo aroma.

- Sí mi amor, ahora duerme...duerme mi pequeño clavel - Se acomodó con ella sobre su pecho y cerró los ojos, con la imagen de aquella hermosa mujer en su mente. Aquella preciosa mujer...

Clavel...

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