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Tiempo
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Capítulo 7: Pastel
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Los dos cielos miraban disimuladamente al pequeño tutor, quien caminaba delante suya en dirección a la cocina, donde momentos antes había ocurrido la explosión.
Estaban totalmente aterrados del aura asesina que el hitman desprendía, y no eran los únicos. Los demás guardianes también tomaban distancia del niño, por precaución.
No era difícil saber la razón de su enfado. Estaba hambriento, y quería su comida, algo que parecía retrasarse por la inutilidad de los Dame-alumnos.
El hambre del ex-arcobaleno podría acabar con dos vidas en ese momento. Con dos vidas pelirrojas, de hecho.
Pensaban ya en el funeral de los Simon, cuando de repente Giotto pareció recordar algo.
El castaño vio como su antecesor abría los ojos como platos y, de un momento a otro, echó a correr en dirección a la cocina, adelantando a Reborn.
—¡Espera! —gritó Tsuna, corriendo tras él. ¿Qué mosca le había picado?
Los demás, al ver que los cielos aceleraban radicalmente el paso, los imitaron y llegaron al lugar en minutos.
Cuando abrieron las puertas, se encontraron con más de la mitad de la habitación totalmente en llamas.
—¡Enma-kun! —exclamó el castaño, viendo a su pelirrojo amigo en el suelo, inconsciente.
—¡Tenemos que apagar las llamas! —dijo el rubio al ver el panorama.
Los soles y las lluvias iban a traer ya cubos de agua, cuando Tsuna se percató de un detalle.
—Podemos congelarlas —dijo, entrando en su modo hyper.
—¿Pero qué dices? —preguntó Giotto. Entonces se fijó mejor en el fuego que incendiaba la cocina.
Eran llamas anaranjadas junto a unas rojizas con cierto toque amarronado…
Las llamas del cielo y de la tierra. ¿Cómo…?
Decidió pensarlo después. Imitó a su descendiente y empezaron a congelar todo el fuego, corroborando la teoría.
—Bien visto, Dame-Tsuna —felicitó Reborn. Se había dado cuenta antes, pero prefirió ver si sus Dame-alumnos se percataban.
El castaño se acercó a los dos Simon, quienes ya despertaban tras la rápida intervención de los soles extremos.
—¿Tsuna-kun…? —preguntó Enma, intentando visualizar bien a su amigo.
—Enma-kun, menos mal —sonrió, aliviado al verlo bien.
A su lado, Cozart empezaba también a despertar, algo confundido. Tsuna se extrañó al no ver a su antecesor junto a la primera tierra.
—¿Qué se supone que ha pasado? —preguntó G, de brazos cruzados junto a Reborn, quien preparaba el mazo Leon.
—¡No es posible! —el grito del rubio les llamó la atención, y miraron en su dirección.
Había estado descongelando el hielo hasta llegar a una estantería completamente quemada, y en sus manos sostenia un plato con algo que en anterior vida debió de ser comestible.
—¡Mi hermoso pastel! —volvió a exclamar, y miró con rabia a los responsables del incendio.
—Dime que no es cierto —Reborn ya no sabía que esperarse del rubio—. ¿Estás preocupado por un pastel?
—¡Era de chocolate! —se defendió, con lágrimas en los ojos—. ¡Mi pastel!
—Es un pastel. Hay miles de pasteles en el mundo, Dame-Giotto —el hitman empezaba a enfadarse, y el rubio tenía todas las papeletas para ganarse un mazazo.
—¡Tú no sabes nada! ¡No tienes sentimientos! —acusó el cielo, ante la mirada incrédula de los viajeros.
Los de la primera generación ya estaban acostumbrados a los berrinches de su cielo por sus dulces. Era incluso peor que Lampo, y eso era ya mucho decir.
—Permiteme —dijo G cuando vio que Reborn le iba a golpear con Leon.
—Claro —sonrió el hitman, dándole el objeto.
El pelirrojo no tuvo piedad con su cielo, y le golpeó en la cabeza con fuerza, dejándole inconsciente.
—Siempre quise hacerlo —sonrió G devolviendo el mazo, ante la mirada aterrorizada de los presentes, menos de Reborn—. Es muy idiota cuando se trata de sus pasteles.
—Lo he notado —dijo el tutor espartano, convirtiendo a Leon en camaleón.
—¿Es así siempre? —preguntó Yamamoto a Asari, quien sólo suspiró resignado, asintiendo.
—Le compraré uno de disculpa… —dijo Cozart ya totalmente despierto, habiendo visto la escena.
—Volviendo al tema —habló Hayato—. ¿Cómo se supone que habéis incendiado media cocina con vuestras llamas? ¿Queríais suicidaros o qué?
—No es eso, lo que pasa es que la olla estaba muy caliente, y tomé un trapo para cogerla —empezó Enma—. Pero empezó a quemarse y se la tiré a Cozart-san sin querer.
—Y se me ocurrió que, como eran llamas de Giotto, pues quizá se apagarían con las mías —prosiguió la primera tierra.
Un silencio sepucral se instaló en la habitación. Intentaban asimilar la estupidez que acababan de escuchar por parte del Simon.
—Cozart, piensa —habló G, tratando de no matarle—. ¿Cómo demonios apagas llamas con otras llamas? ¡Si ni siquiera tienes las de la lluvia! ¿Dónde está la lógica en eso?
Todos se preguntaban lo mismo.
—Lo sé —rió nervioso Cozart, poniéndose una mano detrás de su cabeza—. Pero era lo primero que se me ocurrió.
—Una persona normal pensaría en apagarlo con agua —dijo Reborn, preguntándose cuán Dames podían llegar a ser esos dos—. Dame tenías que ser.
—Luego se cayó al suelo y al ser todo de madera… —no hacía falta que Enma siguiera la historia, todos se lo imaginaban.
—¿Y por qué no pidieron ayuda? —preguntó Asari.
—Lo íbamos a hacer, pero estaba tan nervioso por el fuego que sin querer me choqué contra Cozart-san y quedamos inconscientes —respondió la décima tierra.
El silencio sepulcral se volvió a instalar en la habitación. Reborn no sabía ya cómo matarles. Necesitaban un entrenamiento más que espartano.
—¿Y ahora qué comemos? —preguntó Lampo, más preocupado por su estómago.
Los dos Simon no se libraron del mazo de Reborn por ser tan Dames y dejarle sin su comida. Estaban ya pensando en ir a comer fuera, dado que la cocina estaba inutilizada, cuando una voz femenina resonó en la habitación, haciendo voltear a todos hacia la puerta.
—¿Hay alguien? Vi humo de camino aquí y… —la mujer se interrumpió al ver a tanta gente, y a la primera generación se le alegró el rostro al reconocerla.
Era una rubia con orbes azules cual cielo, un rostro que los invitados conocieron en unas circunstancias desfavorables.
—¡Elena! —exclamó Lampo, corriendo a abrazarla.
—Lampo, ¿cómo estás? —sonrió ella, y el adolescente se separó para mirarle con orbes llorosos.
—¡Tengo mucha hambre! —exclamó.
—Vaya, ya veo que alguien ha tratado de cocinar, aunque nunca he visto que se pudiera congelar todo en el intento —rió Elena, viendo la helada cocina—. Menos mal que os he traído comida, sabiendo lo desastrosos que sois, me esperaba algo así.
Todos miraron a la mujer como si fuera una diosa a la cual adorar.
—No me esperaba que tuvierais invitados, pero creo que alcanzará —les sonrió ampliamente—. Oh, no me he presentado —se percató—. Soy Elena, encantada.
Uno a uno, los viajeros se fueron presentando. Cozart y Enma ya se habían incorporado, aunque sus cabellos estaban algo negros y sus ropas medio quemadas, cosa que provocó la risa de los presentes.
—¿Y qué hace Giotto ahí? ¿Qué le ha pasado? —preguntó la rubia al ver a su amigo tirado en el suelo.
—Simplemente está echándose una siesta —sonrió el sádico tutor, despertando al mencionado de una patada.
Era divertido aplicar sus tortu… ejem, tutorías en el primer cielo. Sin embargo, nunca sería mejor que "tutorizar" a Dame-Tsuna.
—¡Eres un niño maldito! —sollozó Giotto al chocar contra la congelada pared.
—¡Reborn! ¡No te pases! —exclamó un preocupado Tsuna, ayudando a su antecesor a levantarse.
—¡G! ¡Pensaba que eras mi amigo! —acusó Giotto, mirando al pelirrojo que le había golpeado.
—Y lo soy, pero ponte en mi lugar —sonrió la primera tormenta—. Aguantar tus payasadas agota, y es lo más rápido para evitarlas.
Giotto parpadeó y miró con sospecha a Reborn.
—¡Te ha poseído! —apuntó al ex-arcobaleno del sol aterrorizado, y se escondió tras el castaño—. ¡Lo sabía! ¡Es el demonio!
—¡Giotto! ¡No le hables así a un niño! —reprochó Elena, abrazando a Reborn—. ¿No ves que puedes herir sus sentimientos?
El rubio no la había oído llegar, pero en ese momento era lo de menos.
—¡No te acerques a él, Elena! ¡Te poseerá! —advirtió, poniéndose al lado de Tsuna.
—No seas tonto —dijo, apretando a Reborn contra su pecho.
El niño tampoco oponía mucha resistencia, se divertía mucho con la situación.
Giotto miró incrédulo la escena. Maldito fuera, se hacía el inocente a ojos de ella.
—¡Pero me ha golpeado! ¿No lo has visto? —preguntó, intentando buscar argumentos para su defensa.
—Lo he visto, pero por cómo lo tratas, lo entiendo —le dirigió una mirada de reproche—. ¿Tú crees que es bueno llamar "demonio" a un niño tan pequeño?
—Pero… —el rubio tenía la boca abierta a más no poder.
Sintió una mano que se posaba en su hombro y miró a su derecha, descubriendo a su predecesor con una mirada resignada.
—No vale la pena —habló—. Para las mujeres, Reborn es la cosa más adorable del mundo.
—¿Cómo lo hace? —preguntó, volviendo su mirada a su amiga y el niño demonio, que conversaban acerca de algo que no llegaba a oír.
—Ya te lo he dicho, es Reborn —sonrió Tsuna.
—Giotto, ¿dónde está Daemon? ¿No estaba contigo? —preguntó Elena al percatarse que el ilusionista no estaba ahí.
—Está… durmiendo —sonrió nervioso el rubio.
—¿Durmiendo? Será vago —murmuró—. Oh, es cierto, ¿tienes nuevas esculturas en tu jardín?
—¿Eh? No, ¿por qué?
—He visto de camino a dos esculturas muy parecidas a Alaude. Parecían de cristal, porque brillaban mucho…
—¿Los has dejado ahí? —preguntó Giotto a Tsuna, sabiendo que se refería a los dos guardianes de la nube.
—No tenía razón para moverlos —sonrió Tsuna nervioso.
El rubio suspiró resignado, y se dispuso a explicarle quienes eran esas "esculturas". Sin embargo, su nariz captó un dulce olor proveniente de la mujer.
No tardó en comprender qué era.
—¡Elena! ¡Te quiero, amiga! —fue corriendo hacia la rubia y la abrazó—. ¡Has traído pastel!
Todos se sorprendieron ante la afirmación del cielo. Ninguno había podido oler algo dulce, pero ahora que lo decía, se sentía un cierto aroma.
—¡Pastel de fresa, chocolate y nata! ¡Gracias! ¡Gracias! —los presentes, excepto la primera generación, se quedaron atónitos. ¿Cómo sabía el tipo de pastel por el olor?—. ¡El insensible de Cozart me ha dejado sin mi tarta de chocolate!
—Lo siento —se disculpó el acusado.
—Un olfato tan bueno como siempre, Giotto —sonrió ella, dejándose abrazar—. Pero es para todos.
El amante de los pasteles hizo un puchero.
—Tienes suerte de que Daemon no esté aquí, Giotto —dijo Asari, riendo tranquilamente al ver los rostros de los viajeros—. Ya te habría atormentado a ilusiones por abrazar a Elena.
El rubio se separó de la mujer rápidamente, asustado. Había probado una vez lo que era mostrarse cariñoso con ella delante de la niebla, y no era precisamente bueno.
—Eres la mejor, Elena —le dijo Giotto con ojos brillantes.
—Ya te he dicho que es para todos —rió la rubia al ver sus intentos de que le diera la tarta.
—Pero… —puso su mejor cara de perrito abandonado.
—Si la señorita dice no, es no —recibió un mazazo Leon por sus intentos.
—¡Eso duele! —se quejó.
Todos rieron al ver la cómica cara del primer cielo.
—Anda, vamos al comedor y preparemos todo para comer —dijo Elena—. O creo que aquí dos se morirán de hambre.
Las tripas de Lampo y de Reborn rugían como leones.
—Está bien… —se resignó el rubio, aparentemente.
Todos se encaminaron a otra sala distinta a la anterior, donde habían hecho los guardianes su desastre, para poder comer tranquilamente.
Giotto veía la cesta que portaba la rubia con atención, elaborando en su mente un plan.
Debía conseguir ese pastel como fuera
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¡Salut! ¿Cómo estamos hoy?
Bien, bien, espero que os haya gustado el cap. Respondo a los hermosos reviews~
Vi-chan, si, ya te lo he dicho por allí también. Me funciona el apodo para ambos, asi que he acertado XD.
Fiz-chan, pues aquí tienes la respuesta XDDD. Soy como un pelín cruel con los pobres no?
Ki-chan. TARTITAAAAA *-*. —se la esconde bien, no vaya a ser que cierta persona se la robe—. Si, use las llamas de encendedor, que así no se complicado uno la vida XD. Yo pienso que es muy util. A ver, si te pierdes en el bosque siempre estarás calentito XDDDD.
Y please. Las nubes y las nieblas siempre serán congeladas. Esta en la normativa ni escrita de los fanfics Khr (?) XDDD.
Grache por leer a todos~
Bieen. ¿Merezco un review? ¿Un disparo? ¿Tartita choco? (a ser posible, comestible XD)
¡Au revoir! Nos leeremos pronto~.
