Los chicos no tenían ánimo de festejar. Sin embargo, debían ayudar con los preparativos para el agazajo de despedida. Sólo Astrid se sentía animada con la partida de Annie. Pensaba que, con el tiempo, Hipo la olvidaría y se enamoraría de ella, como debía ser. Tenía que confesar que le molestaba el hecho de que sus amigos no le apoyaran, y que se sintieran tristes por el destino de la jovencita.

No es justo…-se lamentaba Patapez- … si tan sólo pudiéramos hacer algo…-

Pobrecilla. No tuvo elección.- Dijo Brutilda mientras ayudaba a su hermano a llenar sendas jarras con espumeante cerveza.- No quisiera estar en sus botas.-

¿De qué están hablando? ¡Ha tenido más suerte que cualquier otra chica de Berk! ¡Tal vez, de todas las chicas vikingas!- Aseguró Astrid. Lo decía como si se tratase de lo más obvio del mundo. Se sentó sobre la mesa que Brutilda estaba arreglando y tomó un par de higos que habían servido para los invitados.- Se irá Roma, se casará con un general y vivirá rodeada de lujos que ni siquiera podemos imaginar. Para no tener elección, a mí me parece que ha sido afortunada.-

Pues, ¿por qué entonces no te casas tú con él?-

Era Annie. Había llegado al salón sin que la notaran. Los chicos se alegraron de verla. Menos Astrid, por supuesto.

La feroz vikinga rió con desdén.

Verás, Annie, yo tengo otros planes para mi vida. Berk espera grandes cosas de mí, y no voy a decepcionar a mi gente. Algún día, Hipo y yo formaremos una familia, él será jefe de la aldea y yo estaré a su lado como su esposa. Tu deberías hacer lo propio y servir a tu gente como es de esperar.-

Annie levantó las cejas en señal de sorpresa.

Qué extraño, –le dijo con sarcasmo, tan propio de Annie cuando se trataba de enfrentar a sus enemigos- no recuerdo que estuvieras tan interesada en Hipo hasta antes de que se convirtiera en entrenador de dragones. Es más, recuerdo muy bien cómo lo llamabas inútil y le ridiculizabas frente a todos. Veo que tienes una gran capacidad para calcular los beneficios que te significa cambiar tan rápido de parecer.-

Hay personas puede cambiar, Annie-

Y hay otras que siguen siendo patéticas el resto de sus vidas. – Le respondió. Los chicos trataron de disimular las risillas, pero eso hizo enfurecer aún más a Astrid. Bajó de la mesa y se acercó peligrosamente a Annie.

Vas a lamentarlo, princesita –Amenazó.

Sí… mmmmh, de veras, no lo creo- Le respondió, sosteniendo la mirada.- De hecho, puede hasta que lo disfrute.-

Astrid se puso roja de ira. Quedó sin palabras. Su respiración se agitó y parecía que explotaría en cualquier minuto. Annie, al notarlo, sonrió con sutil sorna, triunfante.

¿Ves? Tenía razón-

Los gemelos rieron a carcajadas. Patán, que siempre había sentido especial interés por Astrid, no pudo aguantar y se unió a ellos.

¡Voy a romperte la cara, entrometida!-

¡Basta ya, Astrid!- Gritó Patapez.- ¡Ya fue suficiente!-

Annie la miró desafiante. Daba un poco de miedo cuando endurecía el rostro.

Inténtalo, y veremos cómo te va.-

La rubia ya no soportó más. Por un momento pareció como si de verdad fuera a golpearla, pero en vez de eso, dio media vuelta y se alejó corriendo.

Los chicos se quedaron pasmados. Nunca habían visto que alguien le hiciera frente a Astrid, ni menos que la vencieran en su propio juego.

Wooooow, Annie –exclamó Brutacio- Recuérdame hacerte enojar más seguido, ¡eso estuvo increíble!-

Una pelea de chicas, ¿eh?... no habría estado nada mal… ¿verdad, Patapez?-

No lo hubiera permitido jamás. –Respondió con seriedad- No dejaría que se hicieran daño.-

¡Bah! ¡Aguafiestas!-

Annie no prestó mucha atención a los chicos. Tenía la cabeza en cualquier otra parte en esos minutos. ¿Dónde estaba Hipo? Esperaba que apareciera de un momento a otro con alguna alocada idea que lograra sacarla del lío en el que estaba metida.

Los invitados comenzaron a llegar. Habían asistido más por compromiso que por verdadera voluntad. La mayoría había traído obsequios de matrimonio para la futura pareja, como la tradición lo dictaba, pero ninguno mostraba mayores señales de alegría, ni menos se acercaron a felicitar a Marcus. Sabían que no era un mal muchacho, pero le tenían resentimiento por llevarse a uno de ellos casi como un botín de guerra.

Se acercó a Annie, la que se encontraba mirando por la ventana, como si esperara a alguien.

Hola –Saludó.

Annie le devolvió el saludo distraída.

¿Estás esperándolo?-

No sé por qué tarda tanto…- respondió sin pensarlo. Cuando se dio cuenta de que se había delatado, se sintió avergonzada.

Marcus sonrió con tristeza. Había acertado.

Tú sabes que yo sólo quiero lo mejor para ti. No quiero que te arrepientas de esto, pero si sólo pudieras darme una oportunidad de hacerte feliz…-

Annie lo miró como si se tratase de un niño pequeño que no había recibido el obsequio que esperaba para navidad. No quería herirlo, pero esperaba de todo corazón que algo increíble sucediera para evitar ese matrimonio.

Eres un buen chico, Marcus, y quisiera corresponderte, pero no puedo obligarme a sentir algo que no…- Dudó- … ya sabes.-

Nadie te forzó a aceptar mi propuesta de matrimonio, Annie.- Dijo herido Marcus, al tiempo que tomaba su mano. Sabía que no podía hacer que dejara de pensar en Hipo, pero le estaba costando trabajo darse por vencido.

Eso es un poco injusto de tu parte, ¿no crees? Decir que no estuve forzada a aceptar… Tú y yo sabemos que es algo difícil negarse a la voluntad del César.-

Aún así, te pido una oportunidad.-

La muchacha lo miró en silencio y suspiró.

Craso se encontraba en la mesa de honor junto a la comitiva romana y a Estoico. Bocón llegó hasta ellos para hacerles compañía.

Debo decir que el César estará más que complacido con la elección de Danielle. Si bien, tardó un poco más de lo que esperaba en aceptar, tomó la decisión correcta. – Se acercó a Estoico como si fuera a confesarle algo. – Es un bello ejemplar, un bello ejemplar. Se puede decir por su contextura que le dará muchos hijos a nuestro general.-

Estoico frunció el ceño molesto.

Hablas de ella como si fuera un animal de reproducción, Craso. Te recuerdo que Annie ha sido como una hija para mí desde que sus padres murieron.-

¡Vamos, vamos! – respondió Craso quitándole importancia al asunto- ¡Ha sido una broma, Estoico, amigo! En Roma nos encargaremos de cuidarla y tratarla como es debido.-

Eso espero, Craso. No me gustaría saber que Annie lo está pasando mal.-

Te preocupas por nada. –Dijo el senador tomando su jarra de cerveza y dándole un gran sorbo.- No podría estar en un lugar mejor. Verá la ciudad, gente de todas partes del mundo. Será educada en la música y en las artes. Presenciará la historia de primera mano y tendrá la ocasión de servirle al César. No me imagino mejor destino para una muchacha de su edad.-

Estoico no respondió. Poco a poco se había ido sintiendo un poco culpable de la situación de Annie. No esperó que aceptara casarse así de rápido, pero supuso que la niña había evaluado la situación y había concluido que eso era lo mejor para su gente.

Pobre chiquilla…

La fiesta se desarrolló en medio de un ambiente enrarecido. No habían muchos ánimos de bailar ni de deleitarse con los magníficos manjares que se habían dispuesto para la ocasión. Sólo la cerveza se había acabado antes de lo presupuestado, y los anfitriones habían tenido que recurrir a sus reservas para seguir atendiendo a los comensales.

Annie comenzaba a impacientarse. ¿Hipo se habría arrepentido? Tal vez no se le hubiera ocurrido nada para rescatarla, pero aun así, debería haberse aparecido. Se sintió un poco dolida y decepcionada. A lo mejor tendría que partir esa misma noche sin siquiera haber podido despedirse.

En medio de las cavilaciones de la joven, Craso se levantó repentinamente de su asiento y se dirigió hacia los presentes.

Queridos amigos- comenzó- Si hubo un momento de mayor fraternidad y paz entre nuestros pueblos, no puedo recordarlo. En unas pocas semanas estaremos de vuelta en Roma, y celebraremos una boda sin igual entre estos dos jóvenes. En nombre de mis hombres, quiero agradecerles toda su hospitalidad y preocupación. Sabemos que les hemos causado mucho trabajo… -los oyentes rieron con sarcasmo- … y esperamos poder retribuirles toda su gentileza cuando nos visiten en Roma. Ahora, Marcus y Annie- les dijo buscándolos entre la multitud- Creo que ya es hora de prepararnos. Nos espera un largo viaje de vuelta a casa…-

La puerta del gran salón se abrió de golpe, dejando entrar un viento gélido. Todos voltearon para ver quién llegaba tan tarde a la fiesta.

Annie está en casa- Dijo desde el umbral un muchacho de cabellos castaños. Cargaba una espada ajustada en el cinto y lucía muy seguro de sí mismo- Y no se irá hasta que escuchen lo que vengo a decirles.-

¡Hipo!- Exclamó Annie sorprendida. Había comenzado a perder las esperanzas…

¿Pero qué…? –Craso se volteó en busca de Estoico?- ¿Qué significa esto?-

Estoico siquiera lo miró. Sus ojos se posaron en Hipo. Un escalofrío de terror le recorrió la espalda.

¡Hipo! – Bramó el jefe- ¿Qué está sucediendo aquí?-

Lo siento, papá. Pero no permitiré que Annie se vaya de Berk.- Avanzó hasta el centro del salón y profirió con voz firme. –He estado pensando los últimos días en algo que me tiene muy confundido, y quería saber si el Senador puede ayudarme a resolver esta duda… ¿Senador?-

¿Qué quieres, mocoso impertinente?- Profirió ofendido.

Ustedes quieren llevarse a Annie para desposarla con Marcus, ¿no es cierto? Y lo hacen para fortalecer los lazos de amistad que unen al pueblo vikingo con el romano…-

Así es.-

…y considerando que Annie es tan vikinga como romana… -Dijo Hipo caminando lentamente hacia la mesa de honor.- …qué respondería usted si le pregunto sobre qué pesa más… ¿la sangre de mis ancestros o la sangre de los suyos?-

El Senador golpeó la mesa con violencia.

Mi pueblo ha construido un Imperio que se extiende por todo el mundo conocido. Ha dominado salvajes y ha derramado su sangre por la gloria del César. Persas, cartagineses y bárbaros se han arrodillado frente a nuestros ejércitos, humillados ante el poder de nuestras espadas. ¿Que qué sangre pesa más? Pues te diré, chiquillo insolente, ¡la romana!-

Un grito ahogado de asombro y de afrenta recorrió el salón. El Senador había sacado las garras finalmente.

Bien, bien, eso pensé que diría.- Dijo con tranquilidad Hipo.- Por la misma razón, ¿cómo es que podrían verse fortalecidas las relaciones entre ustedes y nosotros si una princesa, de sangre romana tan densa como usted señaló, se casa con otro romano?-

Todos guardaron silencio, pensativos. Hipo tenía un punto. Annie miró a Marcus con desconcierto, mientras el joven general no le sacaba la vista de encima a su rival. El Senador, sospechando lo que se venía por delante, apretó los dientes con furia. Volvió a mirar a Estoico, esta vez con un gesto de impaciencia en el rostro, buscando que éste pusiera a su hijo en el lugar que le correspondía.

Tiene razón… - Dijo el jefe para sí mismo.

¿Qué quieres, miserable salvaje?- Preguntó Craso con el rostro congestionado.

Por la paz y la concordia entre nuestros pueblos, pido ante los representantes de Roma y los de mi gente, que se me conceda en matrimonio la mano de Annie… de Danielle –corrigió.- De esa forma, un vikingo y una romana verdaderamente se unirán para la gloria y la prosperidad de nuestra amistad... si es que algo queda de ella después de cómo usted, señor Senador, nos ha tratado -

Del otro lado del salón, Astrid se sintió como si la hubieran abofeteado. Sin que nadie se diera cuenta, salió del lugar.

Annie se quedó con la boca abierta. Sentía cómo la sala le daba vueltas y vueltas y vueltas. Sólo podía escuchar las exclamaciones de sorpresa y júbilo a su alrededor. El cuerpo entero le temblaba y sentía el rostro enrojecido por la emoción.

Tenía razón. Craso había cavado su propia tumba. Nunca pensó que un chiquillo escuálido e insignificante como Hipo podría haberlo puesto en aquella situación. Hervía de furia ante tamaña provocación. Pero no se saldría tan fácil con la suya, si es que eso era lo que estaba pensando. No. Se acababa de meter en un gran problema, él y a toda su gente.

Danielle ya aceptó a Marcus. No puedes hacer nada contra eso.-

Es cierto, es cierto… - dijo Hipo- Pero nunca importó mucho que lo hiciera. De todas formas se saldrían con la suya. No era necesario obligarla. Bastaba con recordarle todo lo que dependía de su decisión. –

¡Estoico! –Bramó Craso- ¡Estoico, pon a tu hijo en su lugar! ¡Exijo que lo hagas!-

Está en el lugar que le corresponde, Senador.- Respondió Estoico a su demanda. Ya había aguantado suficiente. Apoyaría a Hipo aun así tuviera que declararle la guerra a Roma.

Hipo buscó a Marcus en el salón. Encontró su rostro impertérrito entre la gente. No parecía enojado, sino más bien reflexivo. Sabía que nunca podría luchar contra el amor que el vikingo y Annie se tenían.

Marcus –Le llamó- Resolvamos esto de manera justa. –

¿Qué propones?- Preguntó, sin mover un solo músculo de la cara.

El entrenador de dragones enterró su espada en el suelo.

Te reto a un duelo. Por la mano de Annie.-

¡Hipo! ¡No!- Exclamó Annie tratando desesperadamente de avanzar entre el gentío para acercarse al muchacho.

¡Hijo!-

Le van a arrancar la otra pierna- Sentenció Brutacio sin poder salir de la sorpresa.

Si tiene suerte… - Dijo Patán- … Marcus los va a despedazar.-

Craso estalló en una carcajada.

No estarás hablando en serio, muchachito. ¿Tú, un alfeñique lisiado que apenas puede cargar con esa daga, contra un general romano que ha regado de sangre los campos del enemigo? ¡Es lo más divertido y absurdo que he escuchado en años!-

¿Qué dices, Marcus?- Insistió Hipo, sin darle importancia a las palabras del Senador.

Marcus clavó su espada en el suelo, aceptando el reto.

De acuerdo, si eso es lo que quieres-

Tomaron sus espadas y salieron del salón en dirección a la plaza de la aldea. Todos los presentes se precipitaron a la puerta para poder alcanzarles. Sería todo un espectáculo.

Vamos a necesitar un nuevo entrenador de dragones- Dijo Brutilda en medio de un largo suspiro.