Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.
-Capítulo 6-
Poco después decidimos que ya iba siendo hora de entrar al local, y a pesar de que ya estaba algo más relajado después de haber comprobado que los amigos de Alice no me trataban de un modo diferente, aún me sentía algo nervioso. Hacía mucho tiempo que no salía a pasar el rato a un lugar como aquel y, por un momento, cuando estuve dentro del local repleto de luces de colores, recordé con gran nitidez mis años de desfase. Los años que pasé en la universidad sucedieron entre fiestas repletas de alcohol cada semana, por no hablar de las chicas con las que había coqueteado e incluso intimado.
Sacudí la cabeza cuando mi mente comenzó a recordar cosas negativas, y me dije a mí mismo que aquél había sido un día demasiado especial y positivo como para amargarme en aquel momento.
–Hey, Jazz, ¿te gusta el sitio? –escuché que me preguntaba Alice al darse cuenta de que me había detenido justo a la entrada.
Observé detenidamente a mi alrededor y me di cuenta de que el local era extremadamente moderno, con algunas zonas muy iluminadas y otras no tanto. Esas zonas tan sombrías, supuse, las usaban las parejitas que querían tener algo de intimidad, pero como estaba claro que yo no las iba a usar, las ignoré. Cerca de la barra se encontraba la pista de baile en la que ya había algunas personas moviéndose al ritmo de la música, y un poco más al fondo, en una de las zonas iluminadas, estaban las mesas donde ya se habían sentado los amigos de Alice.
–Sí, está bien –le respondí con una leve sonrisa.
–Oye, cuando quieras que nos marchemos, dímelo, ¿vale? No quiero que estés aquí si realmente no lo deseas.
Fruncí el ceño al escucharla.
– ¿Acabamos de llegar y ya quieres irte? –bromeé, consiguiendo que Alice sonriera. –No te preocupes. Me lo pasaré bien.
–Eso ni lo dudes –me aseguró. –Así que venga, vamos con ellos.
Comenzó a caminar delante de mí hasta que se detuvo delante de la mesa, para después sentarse en una de las sillas vacías. Me di cuenta de que habían apartado una para que yo pudiera colocar la mía, y lo agradecí en silencio.
– ¿Qué os apetece tomar? Nosotros ya hemos pedido –comentó Emmett levantándose de su silla, por lo que supuse que haría el favor de ir a la barra a pedir lo nuestro.
–Mmm… Yo quiero una Piña Colada –le respondió Alice, y fue entonces cuando Emmett me miró a mí.
Durante un segundo me quedé en blanco, pero al final me decidí por lo primero que se me pasó por la cabeza:
–Un vodka negro con kiwi.
–Oído cocina.
Emmett se alejó de nosotros para ir a la barra y entonces me uní a la conversación que estaban manteniendo los demás. La hora siguiente la pasamos entre charlas y risas, y me sorprendí gratamente al darme cuenta de que me lo estaba pasando realmente bien. Incluso, durante un rato, había olvidado que era diferente a ellos y que mi vida ya jamás podría ser como la suya. Por eso, cuando Alice se levantó e incitó a Ángela y a Rosalie para que hicieran lo mismo, fruncí el ceño.
–Nos vamos a bailar un rato –nos comentó con una amplia sonrisa que me contagió.
Me limité a asentir con la cabeza y me obligué a continuar con la conversación que estaba manteniendo con Emmett y con Ben sobre fútbol; sin embargo, mis ojos se desviaron más de una vez hacia la pista de baile. A pesar del lugar en el que me encontraba, no pude evitar pensar que me resultaba increíble lo mucho que había cambiado mi vida desde que Alice llegó a ella. Una semana atrás ni siquiera me habría planteado el hecho de ir a un local a pasar el rato, y en aquel momento me encontraba en uno, rodeado por personas que apenas conocía pero que ya me caían bien, y observando bailar a mi vecina sin poder evitarlo. Aunque bueno, eso último no era nada nuevo, en realidad.
– ¿Hola?
Me sobresalté ligeramente cuando la mano de Emmett se movió delante de mi rostro, y ladeé la cabeza con nerviosismo, sabiéndome descubierto.
–Lo siento. Estaba… distraído.
Emmett se carcajeó y me dio unas palmaditas amistosas en el hombro.
–No hace falta que lo jures, ya nos hemos dado cuenta –comentó haciéndome sonrojar. Agradecí el hecho de que las luces del local impidieran que mis compañeros se diesen cuenta de ello. –Así que… Alice y tú, ¿eh?
Fruncí el ceño, fingiendo no entender lo que estaba claro que me decía.
– ¿Qué?
–Vamos, está más que claro. Hay algo entre vosotros.
–No, sólo somos amigos y vecinos.
En ese instante fue Ben el que se rió.
–Pues cualquiera diría que no os gustáis. Sólo hay que ver cómo la miras –decretó moviendo las cejas sugerentemente.
Me encogí de hombros, intentando quitarle hierro al asunto.
–De verdad que no hay nada. Y aunque lo hubiera por mi parte, no importaría.
–Mira, Jasper, –comenzó a hablar Emmett acercando su silla a la mía. Ben hizo lo mismo, hasta que estuvieron sentados a mis lados con las cabezas inclinadas como si estuviéramos conspirando. –hace poco que nos conocemos, pero a Ben y a mí nos ha quedado claro que te gusta Alice. Ni siquiera te molestes en negarlo, porque sabemos de lo que te estamos hablando –me aclaró señalándome con la cabeza a sus respectivas parejas. Fue entonces cuando agaché la cabeza, desanimado, al darme cuenta de que tenía razón. Lo más probable era que ellos hubiesen pasado por la misma situación en la que yo me encontraba.
–Oye, no te vengas abajo –intervino Ben. –Alice también te mira de la misma forma.
Alcé de nuevo la cabeza, sorprendido a más no poder.
– ¡Por supuesto que no! –casi exclamé, consiguiendo que ambos se sobresaltan. –Mirad, chicos, agradezco que intentéis animarme respecto a este tema, pero… –me encogí de hombros. –Ya me he hecho a la idea de que voy pasar la vida solo.
–Pero no tiene por qué ser así. No, si no quieres –me dijo Emmett dándole un sorbo a su bebida.
–No voy a dejar que ninguna chica destroce su vida por estar conmigo –decreté firmemente.
Un segundo después las chicas estuvieron de vuelta a la mesa, pero no se quedaron, sino que Ángela cogió a Ben de la mano y casi lo arrastró hasta la pista de baile. Rosalie, en cambio, no tuvo ni que pedírselo a Emmett, pues éste se levantó y, dedicándome una sonrisa y guiñándome un ojo, caminó hasta que se reunió con sus amigos. Alice se había quedado a mi lado y ocupó la silla en la que antes había estado Ben.
– ¿Cómo vas? ¿Qué tal con los chicos? –se interesó.
–Muy bien. Son muy simpáticos. Bueno, todos, en realidad.
–Me alegro de que lo pienses. ¿Te lo estás pasando bien?
–Sí. ¿Y tú?
–Estupendamente, aunque me duelen los pies un poco –comentó con una risita.
–Puedes ir a bailar con ellos, si te apetece.
–No te voy a dejar solo.
La observé con una ceja alzada y con una sonrisa en el rostro.
–Te he dicho muchas veces que no necesito que me cuiden.
–Y yo te he dicho muchas veces que me da igual lo que digas. Además, no te estoy cuidando, sólo quiero estar contigo.
Aquella última frase consiguió estrujarme el corazón, pero me dije a mí mismo que no lo decía en el sentido que a mí me hubiera gustado.
–Me alegro mucho de que hayas venido –me dijo Alice consiguiendo que, finalmente, se me detuviera el corazón durante un segundo.
Quise decirle que yo también me alegraba de haber aceptado su propuesta, pero cuando la miré a los ojos y vi cómo me miraba, se me olvidaron las palabras. Nadie me había mirado así jamás, y por eso mismo no sabría explicar cómo lo hacía. Fue una sensación muy extraña, pues consiguió incluso ponerme los pelos de punta.
Una hora después decidimos que ya era hora de marcharnos. Emmett me hizo prometerles que nos veríamos pronto y que la próxima vez que salieran me uniría a ellos. Me sorprendió que los demás quisieran incluirme en sus planes, y también se lo agradecí a todos, pues hacía años que no mantenía ninguna amistad con nadie. Después de varios abrazos y despedidas, Alice y yo regresamos a nuestros respectivos edificios por el mismo camino que habíamos tomado unas horas antes.
–Mañana no me levantaré hasta el mediodía, por lo menos –me comentó con una risita. – ¿Y tú? ¿Tienes planes?
–No. Supongo que me pasaré el día leyendo o durmiendo. Quién sabe.
Alice se rió, y fue entonces cuando me di cuenta de que ya habíamos llegado a su edificio.
–Pues nada, ya estamos aquí –comentó. –De verdad que me ha encantado que hayas venido, y a los demás también.
Asentí con una sonrisa cansada. Después de tanto tiempo sin apenas moverme de casa, estaba seguro de que el trote que había llevado aquel día me pasaría factura.
–Y yo os agradezco que me hayáis invitado. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien.
–En ese caso, ya sabes. Estás invitado a venir con nosotros siempre que quieras –me respondió.
Entonces, y sin que yo me lo esperara, Alice se inclinó hacia mí y me abrazó con fuerza, con mucha fuerza. Le devolví el abrazo con algo de torpeza a causa del desconcierto y al instante sentí que mi corazón se aceleraba.
–Buenas noches, Jazz –musitó. Antes de separarse de mí me besó en la mejilla, y sin que pudiera decirle nada, se dio la vuelta y entró en su edificio.
Permanecí unos minutos en la calle, sorprendido a más no poder y sin entender nada de nada. Después, cuando percibí que hacía bastante frío como para quedarme en la intemperie, le di la vuelta a mi silla y me dirigí hacia mi casa, deseando ser capaz de comprender algo de lo que estaba sucediendo a mi alrededor.
Me desperté a causa de los leves temblores que recorrieron mi cuerpo. Abrí los ojos con dificultad y me pasé una mano temblorosa por el rostro, deseando que el dolor que invadía mi cuerpo entero desapareciera. Respiré hondo un par de veces y, cuando estuve seguro de que no me marearía en cuanto me incorporara, apoyé los codos en la cama e intenté sentarme mínimamente. Me encontraba realmente mal, y sabía que mi estado se debía a los excesos de la noche anterior. Mi cuerpo no estaba acostumbrado a permanecer tantas horas en movimiento, y estaba seguro de que me tocaría pasar un día horrible.
Volví a respirar hondo y me coloqué la mano en la frente. Tal y como me temía, tenía fiebre, y tanto la espalda como los brazos me dolían horrores. Suspiré, cansado, y como pude me coloqué en mi silla. Después de mucho esfuerzo me preparé un buen desayuno a base de zumo de naranja, tostadas y galletas para recuperar energía, y a pesar de que sabía que necesitaba reposo, me di una ducha. Tardé el doble de tiempo de lo que tardaba normalmente, y una vez hube terminado, me percaté de que me encontraba muchísimo más fatigado que antes.
Cuando estuve listo, me dije que tal vez leer un rato me despejaría, pero una vez que entré en el salón y abrí las persianas y las ventanas, vi a Alice en su casa. Parecía recién levantada, y sonreí ampliamente al ver que el reloj marcaba las doce. Al final sí que se había levantado al mediodía. Alzó los brazos, estirándolos, y después bostezó largamente y con los ojos cerrados, haciéndome sonreír de nuevo. Cuando abrió los ojos de nuevo me pilló mirándola, como solía ocurrir siempre, pero como de costumbre, me sonrió y me saludó efusivamente con la mano. Le devolví el saludo y casi me obligué a despegar los ojos de ella al cabo de unos segundos. Me dije que me tocaba leer un rato después de haberme pasado la semana con ella. Por eso no podía quejarme, desde luego.
No obstante, cuando me acerqué a mi pequeña biblioteca para elegir algún libro que me apeteciera leer, mis ojos se desviaron de nuevo hacia la ventana. Por el rabillo del ojo pude ver que Alice estaba toqueteando su teléfono móvil, y al cabo de unos segundos el mío sonó encima de la mesa. Fruncí el ceño y moví mi silla lentamente para ver si era una coincidencia que mi teléfono sonara justamente en el momento en el que Alice usaba el suyo. Obviamente, no lo era, y no pude evitar sonreír al ver su mensaje:
¡Buenos días! ¿Tienes mucha resaca? ¡Espero que no! ¿Te molestaría mucho si me paso un rato por tu casa? Xo
Una vez leído volví a observar a través de la ventana, y la vi al otro lado con su móvil en la mano indicándome que le respondiera. Negué lentamente con la cabeza con una sonrisa y, a pesar de mi malestar, le contesté:
No tengo resaca, gracias, aunque no me encuentro demasiado bien. Me encantaría que vinieras a hacerme compañía un rato.
No supe si quedaría muy extraño enviarle un beso y un abrazo, así que opté por no hacerlo. La vi leer mi mensaje mientras en su rostro iba apareciendo una lenta sonrisa que me encantó y, cuando terminó, volvió a mirarme y me enseñó su pulgar para después mostrarme la palma de su mano. Supuse que estaba diciéndome que tardaría cinco minutos, por lo que asentí y me dediqué a esperarla. Aquél día tampoco leería, estaba claro.
Diez minutos después Alice estuvo plantada en mi piso con cara de preocupación.
– ¿Te encuentras mal? –me preguntó cuando cerró la puerta a sus espaldas y se agachó hasta que quedó al mismo nivel que yo.
–No es nada. Sólo tengo algo de fiebre y me duele todo el cuerpo, pero ya está.
–Ah, ya está. Tienes fiebre, pero ya está –casi me riñó observándome con el ceño fruncido.
–He tenido fiebre otras veces.
–Claro, pero ahora la tienes por mi culpa.
–Por supuesto que no. ¿De dónde has sacado eso?
Alice se incorporó y caminó hasta mi sofá, en el que se sentó lentamente. Yo me limité a seguirla en silencio, esperando que respondiera.
–Ayer estabas perfectamente, y en el poco tiempo que llevo trabajando en el hospital he aprendido que la gente parapléjica se fatiga más fácilmente cuando fuerza demasiado su cuerpo.
Rodé los ojos y suspiré.
–Es cierto, pero no te voy a echar la culpa porque me lo pasé asombrosamente bien. Como hacía tiempo que no me lo pasaba.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Alice.
– ¿En serio?
–Sí.
–En ese caso me alegro, pero para compensarte tienes que dejar que te cuide.
– ¿Cómo?
–Hoy seré tu enfermera, ¿vale?
–Ya lo eres durante unos cuantos días a la semana.
Alice rodó los ojos.
–Bueno, pues hoy también. Así que… ¿te apetece tumbarte un rato para descansar?
–No.
–Estupendo, eres un gran paciente –comentó con una risita. –En fin, entonces, ¿qué quieres hacer?
Pasamos la mañana viendo la televisión y comentando los programas que se estaban emitiendo. A la hora de la comida, le pedí a Alice que se quedara para acompañarme, y así lo hizo. Yo no quería que se marchara, y al parecer ella no quería marcharse. Por la tarde, a eso de las cinco y media, comencé a encontrarme mal de nuevo. Me ardían las mejillas y me escocían los ojos, por lo que Alice me obligó a tumbarme en la cama para que descansara de la silla.
–Estoy bien, de verdad –insistí cuando me arropó con las mantas y se aseguró de que estuviera en una buena postura.
Me quedé inmóvil cuando posó la palma de su mano en mi frente y después en mis mejillas para comprobar mi temperatura.
–Estás ardiendo de fiebre –me dijo con preocupación. – ¿Dónde tienes el termómetro?
–En el cajón de esa mesita –le indiqué, notando que me costaba mantener los ojos abiertos. Pero no quería dormirme. No mientras Alice estuviera en mi casa.
Me puso el termómetro cuando lo encontró y a continuación esperó unos cuantos minutos. Durante ese tiempo pude ver cómo se sentaba a mi lado y sujetaba una de mis manos entre las suyas, como si en vez de tener fiebre estuviera a punto de morirme. Era cierto que no me molestaba en absoluto que me tocara, pero creía que exageraba un poco. Además, no quería que se preocupara tanto por mí.
–Veamos –dijo cuando me quitó el termómetro y le echó una ojeada. –Treinta y nueve con dos. Buff, Jasper… ¿Qué te tomas en estos casos?
–Tengo unas pastillas para bajar la fiebre. Están en el cuarto de baño, en una cajita naranja.
No tardó nada en encontrarlas, y cuando las tuvo a mano me entregó una, me ayudó a incorporarme y me ayudó a tomármela con un poco de agua.
–Gracias –murmuré cuando volví a estar tumbado. Me estaba muriendo de frío, por lo que me tapé todo lo que pude con las mantas.
Volví a sentir la mano de Alice en mi frente, y después la deslizó por mi sien hasta mi mejilla.
–Otro día haremos una actividad que sea más relajada que ir a un local de fiesta, ¿de acuerdo? –no supe si bromeaba o no, pero aún así asentí con una leve sonrisa y con los ojos entrecerrados.
Mis párpados me obligaban a cerrarlos, pero no quería porque no quería dejar de mirar a Alice. Quería decirle que no se preocupara, que al día siguiente estaría como nuevo, pero el frío que me invadía me lo impidió, aunque no pude evitar ponerme a tiritar.
–Alice –la llamé débilmente, sin saber exactamente qué quería decirle.
– ¿Qué?
– ¿Te vas a quedar conmigo? –mi boca fue más rápida que mi mente, pero en mi estado febril no era muy consciente de lo que decía.
La vi meditar durante unos segundos su respuesta, y después asintió firmemente y con una sonrisa en el rostro.
–Claro. Me quedaré contigo.
Y eso fue lo único que necesité para quedarme tranquilo y para abandonarme al sueño.
¡Aquí me tenéis de nuevo! Ya veis que la relación avanza viento en popa a pesar de la negatividad de Jasper. Quizá le falte algo de acción a la historia, pero en mi opinion Jasper ya tiene bastante acción en su vida (y más ahora que tiene a Alice alrededor todo el tiempo xD), así que las cosas se irán dando poco a poco (me repito más que un loro, lo siento)
Espero que os haya gustado el capítulo de hoy y que me lo digáis con un review. ¿Nos leemos en el siguiente?
¡Hasta pronto! Xo
