7

Guerra Bajo Cero

Una vez más, el salón de juntas de los Aliados estaba lleno. Todos se miraban de reojo, nerviosos, a sabiendas de lo delicado de la situación, pues al fin y al cabo llevaban más de 70 años sin conflictos y ahora Alemania, otra vez, le había declarado la guerra al mundo.

-Bueno… -Alfred se frotó las manos, muy contento. –Comencemos con lo más importante… las alineaciones. Y… Arthur, tú serás mi apoyo.

-¿Otra vez? –saltó el inglés, agitando un puño en dirección al sonriente estadounidense. -¿Qué no sabes decir otra cosa? ¿Porqué todos tenemos que ser tu apoyo?

-¡Pues porque yo soy el héroe!

-¡No, no lo eres! ¿Y te digo una cosa…?

-Aquí van de nuevo. –murmuró Francia, cubriéndose el rostro como si sintiera pena ajena. Las discusiones entre Arthur y Alfred terminaban todas igual, con ambos gritándose tonterías y, sobre todo…

-¡Y no es learned, es learnt, idiota! ¡Aprende a hablar bien!

-¡Jajaja! ¡Yo hablo como quiero, Arthur!

-¡Idiota, idiota, Estados Unidos es un idiota!

¡PUM! Un fuerte balazo hizo que todos se cayeran de su asiento.

-¿Qué dem…? –comenzó Arthur. Primero dirigieron su vista al sitio del impacto, la pizarra, donde el enorme agujero de la bala estaba justo donde, segundos antes, había estado Alfred; después miraron a la puerta y vieron a María, vestida con su uniforme militar y con un arma de calibre pesado que todavía echaba humo. Francis, prudentemente, retrocedió, no olvidaría nunca la última vez que la vio así de molesta.

-Ho… Hola, María… -saludó Arthur. –Eh… ¿quieres tomar asiento? Yo… no sabíamos que vendrías… -y luego entre susurros furiosos preguntó: -¿Quién demonios le avisó? ¡Quedamos que no la involucraríamos!

-¡Jajajaja!... Eh… creo que fui yo… -respondió Alfred, sonrojándose.

En realidad lo que sucedió fue que, la noche anterior a la junta, María no podía dormir. Escuchaba una serie de explosiones y fuegos artificiales acompañados del himno nacional de su vecino a todo volumen en la frontera y, cansada por el ruido, salió a investigar. Con cuidado se subió a la cerca de concreto y comenzó a gritar con todas sus fuerzas:

-¡Alfredo, hijo de la chingada, bájale al volumen o aquí mismo te descuento tu…! –pero al notar que en la ruidosa celebración había una cantidad anormal de hombres en uniforme, encaramados a tanques y cañones, se desconcertó. -¡ALFREDO! ¡¿QUÉ CARAJOS ESTÁS HACIENDO?!

-¡Jajajajaja! –el aludido apareció en medio de la multitud, con un vaso de champaña en la mano. -¡María, ven y celebra con nosotros!

-¿Estás loco o por fin te volviste completamente idiota? ¿Cómo voy a celebrar contigo?

-¡Pero a ti te encantan las fiestas!

-¡Sí, pero no tus fiestas!...A propósito, ¿qué celebran?

-¡Oh, es nuestro último día en casa! ¡Lo que pasa es que mañana iremos a combatir contra el Eje! ¡Pero tú no digas nada, porque los Aliados me pidieron que no te lo hiciera saber!

María abrió la boca, bien lista para hacerle saber al estadounidense que con eso acababa de violar un secreto de guerra, pero prefirió hacerse la sueca –por irónico que eso sonara, ya que hasta donde sabía Suecia era un hombre serio sin aires de amnesia- y exclamó:

-¡Está bien! ¡No les diré nada!

Volviendo a la realidad, todos los Aliados movían la cabeza de un lado a otro, y Arthur murmuró indulgente:

-Alfred… eres un idiota.

-A mí me gusta que María esté con nosotros. –dijo de pronto Iván, sonriendo. –María puede ganar con nosotros como la última vez.

-Iván… -Francis se acercó discretamente a él. –No dudamos que mademoiselle Marie sea muy fuerte y pueda luchar tan bien como vous o moi… Pero… eh… digamos que no queremos conflictos de intereses…

-El único interés que tengo –gruñó María, de pie tras Francis, que lanzó un chillido de terror –es meterle al macho patatas un cuerno de chivo por la frente.

-¿Porqué no mejor una pezuña de oveja? Las ovejas son tan lindas, -aru… -replicó Wang.

-Concéntrense todos. –Arthur apartó con una suave empujón a Alfred, que parecía haberse quedado paralizado tratando de entender lo indiscreto que había sido la noche anterior. –Ahora, ya que los Aliados estamos juntos…

-Espera, Arthur. –María alzó la mano con la que sostenía su arma, y todos retrocedieron por instinto, menos Iván. –Quiero hacerles saber una situación muy delicada.

-¿Y cuál es…? Eh… María, baja tu arma, por favor.

-¿Qué? ¡Ah, perdón! –la joven escondió el arma tras su espalda. –Sucede que algunos de mis medios hermanos quieren participar en la batalla…

-¿Medios hermanos? –preguntaron todos. La mexicana los observó como si fueran todos retardados.

-¡Sí! ¡Mis medios hermanos! Esta mañana Valeria y Manuel me han llamado…

-¿Quiénes?

-Colombia y Chile. ¿De verdad ninguno conoce…?

La cara de los Aliados fue respuesta suficiente. María se sonrojó, sintiéndose avergonzada.

-Mis medios hermanos… todos son aún más jóvenes que yo, en cierto modo… a veces discuto mucho con ellos pero son muy agradables y trabajadores, a pesar de que algunos son pequeños…

-Hmm… Sí… -dijo de pronto Francis. –Creo que recuerdo que Monsieur Antonio me habló sobre sus muchos, muchos hijos… Oh, ése hombre, recibió muchísimo amour… qué conquistador, ¿eh?

-No quiero hablar de eso. –los cortó de pronto María. –El caso es que yo me niego a que mis hermanos participen.

-¿Y porqué no? –preguntó el francés. –Sería lo más conveniente… tendríamos un escuadrón de latinoamericanos… con muchas lindas guerreras…

-Porque entraríamos en conflicto… ¿Saben qué me dijo Manuel? Dijo que, dadas las circunstancias… Eva ya no sería más nuestra hermana. Estaba ya molesto con ella por el asunto de los límites, y ahora… dice que nos ha traicionado a todos. Vaya, hasta Paulo que no es hermano mío está furioso.

-¿Paulo? ¡Ah sí! Hablas de Brasil, ¿cierto, mon cherie?

-Así es. Por tanto les suplico… pase lo que pase no metan a mis hermanos en esto. Yo pelearé sola… con ustedes, claro.

-Sí, opino igual que ella. –interrumpió Arthur. –Mejor concentrémonos en lo que realmente importa ahora…

Una situación similar, pero invertida en peor modo, ocurría en el cuartel del Eje. Se oían unos gritos espectaculares, y en medio, agitando su bandera blanca, estaba Feliciano.

-Eva… por favor… -suplicaba Ludwig. –Vuelve a casa, ¿quieres?

-¡Me niego! ¡No sacrifiqué mi permanente de hoy para escuchar tus tonterías! –gritaba la argentina, vestida con su uniforme militar y tratando de mantener su cabello en orden, pero era todo en vano. -¡Quiero pelear contigo!

-De verdad, no es buena idea. Aquí siempre hemos sido tres…

-¡Pues donde hay tres deben entrar cuatro! Por favor, Ludwig, estoy tan ofendida como tú. Como tu esposa yo también sufro del mismo insulto… déjame defenderme.

-Eva, en verdad…

-Agitar, agitar, agitar, agitar… -murmuraba Feliciano.

-¿Vas a decirme que no sirvo para la guerra, Ludwig? –chilló la argentina con las mejillas rojas.

-Claro que no digo eso, pero… ¿cómo decírtelo?...

-Argentina-chan. –dijo de pronto Kiku, poniéndose de pie. –Sucede que por cuestiones de territorio a usted se le imposibilitaría asistir a los combates. Además, debido a que usted pertenece a las naciones latinoamericanas, entrar en conflicto con países de otros continentes le podría acarrear muchos problemas.

-Seguramente la niña de los chiles participará, ésa no puede vivir un día sin pelearse por otros cuando creen que la ofenden. Así que yo también participaré.

Ludwig palideció. Si María participaba en ésa guerra quién sabe qué pasaría. Esta vez, se dijo, no le caería encima sólo con aviones, sino con la artillería entera; con algo de suerte no deberían enfrentarse directamente, porque si así fuera… a él no le quedaría más remedio que atacarla con todo… y, por más furioso que estuviera, no quería hacerle más daño.

-¿Entonces, Ludwig? ¿Podré pelear?

-Yo… no lo sé. –el alemán dio media vuelta y salió de la sala, seguido por Eva, quien lo abrazó fuertemente.

-Ludwig… ésa idiota se aprovecha de ti… te echó de su casa cuando más ayuda necesitabas y ahora se atreve a insultarte y a echar a perder tu felicidad… No soporto que nadie te trate así, mucho menos una muerta de hambre aduladora y chantajista como ella. Por favor… por favor, déjame luchar a tu lado… nada me haría más feliz.

-Eva, yo… -Ludwig tomó las manos de su esposa entre las suyas. –Está bien, te dejaré pelear. Pero no te separes de mi, y si algo malo me pasara…

-¡No hables así, te lo ruego!

-Seamos realistas, Eva, si algo me pasara, tú debes huir, ¿entendiste?

-Nunca huiré. Si mueres, moriré contigo.

-Eva, por favor…

-¡Ludwig! –la argentina lo silenció con un beso. El hombre la abrazó con fuerza, sintiendo un nudo en la garganta.

Antes que los batallones y las armas, llegó el invierno. En pocos instantes, Alemania estaba sumida en una tormenta de nieve brutal, que cubría los caminos y sellaba las casas; ésa nieve helada no era normal, y Ludwig comenzó a sospechar que sabía muy bien su procedencia…

-Iván. –gruñó por lo bajo mientras, de pie al lado de una antigua carretera cubierta de nieve, trataba de hacer avanzar sus tanques.

Del otro lado, bien abrigados y mirando a través de sus miralejos, los Aliados disfrutaban del triste espectáculo.

-Idiota… -se burló Arthur. –Tardará horas en avanzar aunque sea un kilómetro. Buen trabajo con ésa tormenta, Iván.

-Hmm… no me des las gracias a mi, sino al General. –sonrió el aludido. –La nieve es tan bonita… ¿saben porqué? Porque es como una cama blanca donde puedes morir…

-¡No digas ésas cosas! –sollozó Francis.

-¡Shhh… vienen más personas, -aru!

Era cierto. En medio de la tormenta se vislumbraban dos personajes que avanzaban hacia Ludwig.

-Ve… tengo mucho frío… ve… quiero pasta caliente… -gimoteaba Feliciano, bien cubierto con un abrigo de color azul oscuro.

-Invierno en primavera… oh, qué cosas tan raras les pasan a los occidentales. –comentó Kiku. –Señor Ludwig, aquí estamos.

-Ya era hora. –gruñó. –Ayúdenme con los tanques, tengan. –les entregó dos palas. –Quiten toda la nieve del camino, y dense prisa, el enemigo no debe estar muy cerca…

-¿Qué hacen ahora? –preguntó Francis, entrecerrando los ojos.

-Están cavando para quitar la nieve del camino. –explicó Arthur.

-¡ITALIA! –se escuchó exclamar a Ludwig. El aludido replicó con un agudo "¡Ve…!" -¿Qué estás haciendo?

-Ve… quito la nieve, Ludwig.

-¡Pero no hagas muñecos de nieve con ella enfrente de los tanques! Y… ¡¿Porqué los estás vistiendo con mis cascos?!

-Son Alemanias de nieve…

-¡ITALIA, CON UN DEMONIO!

Hubo carcajadas generales entre los Aliados. Sólo había alguien que no reía, de pie al lado de Iván y vestida con un abrigo verde oscuro y los ojos entornados.

-¿Ya podemos atacarlos?

-María, no es necesario, mon cherie… ya sufren bastante con la helada.

-Quiero zanjar este asunto ya.

-¡Esperen! –exclamó Arthur, enrojeciendo de pronto. -¿Quién demonios es ése?

-¿Quién? –preguntaron todos al unísono, colocándose los miralejos y tratando de enfocar una silueta pequeña, envuelta en pieles falsas, que avanzaba hacia los tres hombres que discutían.

-O sea… ¡Feliciano! ¡Dame esa pala ya! –exclamó una voz femenina, y vieron que el italiano iba a estrellarse contra uno de sus Alemania-de-nieve mientras la recién llegada cavaba tan rápido como podía.

-No lo puedo creer, -aru. ¡Es Argentina!

Segundos después oyeron el sonido característico de una granada que era abierta. Todos miraron hacia atrás y vieron a María, con los ojos encendidos de rabia, lanzando una granada con todas sus fuerzas hacia el otro lado del campo.

-¡María, no! –exclamaron, pero fue muy tarde. Una detonación les anunció que la granada había dado en el blanco.

-¡Ve… ve… Alemania… nos atacan! –lloraba Feliciano. El alemán, sacudiéndose la nieve de las ropas y con el rostro oscurecido por la dinamita que voló en uno de sus camiones por culpa de la granada, tomó su arma y apuntó sin saber muy bien a dónde.

-¿Dónde están? ¡Aparezcan, cobardes!

-Ahí voy… -murmuró María, lanzándose hacia adelante. Pero Arthur, Francis y Alfred la atraparon al vuelo y la obligaron a ocultarse. -¡Oigan!

Se escucharon disparos, y notaron cómo algunos de ellos volaban peligrosamente cerca.

-¡Aparezcan, he dicho! –gritaba Ludwig.

-¿Y ahora qué hacemos? –preguntó Francis, temblando.

-Pues… ni modo… Tomen sus armas. –Arthur sacó su revólver, Alfred corrió para encaramarse a su moderno tanque de guerra, Iván enarboló sonriente su llave, Wang sacó su enorme cazo, Francis, todavía temblando, sacó una escopeta, y María tomó su adorada bazuca, regalo de Gilbert el día que se graduó.

-¿Listos? –dijo Arthur. -¡Ahora! –los Aliados se precipitaron, lanzando un bramido furioso, hacia el camino aún cubierto de nieve.

-¡Listos todos! –bramó Ludwig, tomando inmediatamente cartuchos para su metralleta. Kiku desenfundó su espada, y Feliciano se subió a uno de los camiones, agitando enloquecido su bandera. Ambos bandos corrieron a su encuentro y empezaron a atacarse. Por un lado, Kiku peleaba a la vez con Wang y con Iván, y del otro lado, Ludwig combatía contra Arthur y Francis. María, en medio del campo, disparaba hacia los tanques alemanes, recitando en voz baja su "kiímil… kiímil…" hasta que…

-¡Alfred! ¿Qué carajo haces?

Riendo a carcajadas, Alfred dirigía su tanque hacia el camión donde Feliciano se había ocultado. El italiano sollozaba, agitando su bandera con más fuerzas; María estaba paralizada, si le disparaba a Alfred la llamarían traidora, pero si no lo hacía, le pasaría por encima al pobre y aterrorizado Feliciano sin ninguna consideración.

-¡Ve… ve… socorro! ¡Sálvenme! –sollozaba Feliciano, arrodillándose para echarse a rezar en latín.

-¡FELICIANO! –gritaron a la vez Ludwig y María. La mexicana cerró los ojos, no quería ver lo que estaba a punto de pasar. Pero las carcajadas de Alfred se interrumpieron bruscamente cuando una fuerte explosión hizo temblar el campo entero.

-¡Argentina! –exclamó Arthur. María se atrevió a abrir los ojos, y encontró a Eva, de pie junto a Alfred que estaba tirado en el suelo, apuntándole con una pistola de calibre pesado.

-Tus últimas palabras, yanqui. –le dijo, sonriendo ufana. El estadounidense parecía estar demasiado sorprendido para reaccionar. La argentina puso un dedo en el gatillo y se aprestó a disparar… -¡Ouch!

Cayó al suelo. María la miraba con las mejillas encendidas de furia.

-Es de mala educación apuntarle así a un enemigo caído… pero bueno, ya sé que te encanta abusar de tu situación para intimidar a otros. –le dijo la mexicana. Eva también enrojeció de furia.

-¡María! –exclamó. Momentos después, le dio en el estómago con la culata de su pistola. La mexicana se llevó ambas manos a donde había recibido el golpe, pero reaccionó a tiempo para evitar el disparo que iba directo a ella. Las dos mujeres se lanzaron sobre la otra, dispuestas a hacerse lo que durante años habían querido hacerse luego de acumular tanto rencor y odio.

Los hombres se detuvieron, en parte porque se habían quedado sin municiones, y en parte atraídos por el grito de Feliciano que, aún oculto en el camión, observaba el espectáculo que tenía enfrente y decía:

-¡Ve… México y Argentina están peleando!

Ludwig creyó morir al ver lo que sucedía. María y Eva, tiradas en el piso, habían abandonado las armas para pelear como sólo las mujeres sabían; Eva tiraba de los cabellos de María, le lanzaba mordiscos y pataletas, trataba de arañarle el rostro o de darle un golpe en algún lugar delicado, pero para desgracia suya, en cuanto a pleitos callejeros se refiere, la mexicana estaba mejor parada, y la atacaba con puñetazos bestiales y patadas terribles; en unos momentos, las dos mujeres estaban manchadas de nieve y sangre, y sólo se detuvieron para tomar aliento. María estaba llena de rasguños sangrantes y tenía un corte en la ceja derecha, pero Eva estaba cubierta de moretones y un hilo de sangre corría por su labio.

-¡Peleas como una vulgar! –le gritó, furiosa.

-¡Al menos yo sí sé pelear, princesita! –respondió María.

-¡No lo creo, con las veces que el yanqui te ha invadido!

-¡Cállate, estúpida! –y la lucha continuó, cada vez más agresiva y aterradora. Los demás miraban, expectantes, la batalla, incluso Francis, en medio de la tensión, trataba de imaginarse la misma escena pero con lodo en vez de nieve y con las dos latinas vestidas en bonitos trajes de baño. Pero su fantasía se interrumpió gracias al grito de Ludwig.

-¡Basta! ¡Basta las dos!

María, sentada sobre el estómago de su enemiga y lista para darle un último puñetazo, se desconcentró al oír la voz del alemán. Eva aprovechó y le lanzó un puño de nieve a la cara, cegándola por unos momentos, cosa que aprovechó para quitársela de encima y derribarla de un puñetazo. La mexicana apenas lanzó un quejido de dolor antes de rodar por el suelo, manchando todo de sangre.

-¡Eva! –Ludwig se adelantó, acercándose a la argentina y tomándola en sus brazos. De inmediato la furia se disolvió en el rostro de la mujer y comenzó a quejarse por sus heridas.

-¡Ay, Ludwig, me duele mucho mi ojo derecho…!

-¡Tú! –María se había repuesto, y se lanzó de nuevo hacia Eva. Ludwig, rápidamente, lanzó a su esposa tras él y con ambas manos atrapó los puños de María.

-¡Detente! –le ordenó. La mexicana alzó una pierna y le dio una patada justo en medio, lo que hizo que todos los hombres exclamaran un "¡Ouch!" bastante sincero. Ludwig gritó, pero se recuperó al instante y trató de contestar con un codazo. La táctica no funcionó, María se colgó de su brazo con fuerza tal que sólo necesitó dar una vuelta en círculo para torcerle el brazo a Ludwig.

-¡Ay, María…!

-¿Qué te pasa, no que muy sabroso?

-¡BASTA YA!

Ludwig se inclinó hacia adelante, llevándose con su peso a María, quien dio una fea voltereta en el aire. En medio de ésta, el alemán logró atraparla de las muñecas y con cuidadosa destreza la estampó en el piso, pero con tan mala suerte que la mexicana se sujetó a él con las piernas y los dos terminaron cayendo al suelo, con Ludwig encima de ella.

-¡Suéltame, tarado! –le gritaba ella, retorciéndose.

-¡No lo haré!

-¡Te digo que me sueltes!

-¡Que no!

-¡Suéltame, chingado, y no te metas en mis peleas nunca más!

-¡Y tú no te pelees con mi esposa!

-¡Ay sí, la nenita necesita que el macho patatas la proteja!

-¡Y tú necesitas ir a un psiquiatra, estás demente! ¿Cómo se te ocurre venir a pelear, eh? ¿Qué tal si te lastiman?

-¡No creo que te importe, estúpido, ya que estamos en bandos distintos! ¡Además a ti jamás te ha importado lo que me pase!

-¡Claro que me importa y mucho! ¡Tú me importas mucho!

-¡Mentiroso! ¡Eres un mentiroso!

-¡María…! –los dos se miraron fijamente a los ojos, jadeando por el esfuerzo. –Por favor… ésta guerra no tiene que ser tuya… vete a casa…

-Esta guerra es mía, Ludwig. Y te voy a ganar…

-¡María, por favor! No…

-¿Qué, tienes miedo de perder ante mí?

-No quiero...

-¿O te da miedo que a tu linda esposita le quiebren su naricita y quede desfigurada para siempre?

-¡No quiero que te hagan daño! –susurró Ludwig con la voz rota. María parpadeó, desconcertada. Hacía mucho, mucho tiempo que no veía al alemán tan desolado, y recordó el día fatal en que… en que lo echó de su casa. –No quiero que te lastimen… Y no quiero ser yo quien lo haga.

-Ludwig… -musitó ella. Su cuerpo entero se relajó, y Ludwig la soltó con cuidado de las muñecas, mirándola.

-Tú… -comenzó. –Tú… tienes sangre en la nariz.

-No es nada…

-Lo siento…

-No fue tu culpa…

-¡HEY! –exclamó Arthur. -¡Estamos en guerra, idiotas!

Ludwig se incorporó, le tendió una mano a María para ayudarla a levantarse pero ella lo rechazó enérgicamente. Sacudiéndose la nieve y limpiándose la sangre de la nariz, la mexicana volvió al lado de los Aliados.

-¿María está bien? –preguntó Iván, acercándose a ella y tomándola en sus brazos.

-Da. –contestó la aludida, sonriéndole con ternura.

-Alto al fuego. –anunció Arthur, y el grupo se alejó, con Alfred todavía ofuscado.

-Perdí mi tanque… mi lindo tanque… -repetía.

Kiku, Feliciano y Eva se aceraron a Ludwig.

-¿Está bien, señor?

-Ve… Ludwig, tuve mucho miedo…

-Amor mío, vamos a descansar, ¿sí? Estás muy lastimado…

Pero él no contestó. Seguía con la mirada a Iván, que protegía a María y trataba de limpiarle la sangre de la cara con mano torpe. Apretó los puños, hubiera querido cruzar de pronto la línea enemiga, molerlos a todos a golpes, tomar a María en brazos y… ¿Y luego qué?

-Ludwig. –Eva le dio un apretón en la mano, mirándolo con súplica. –Vámonos ya. Llamaré a los otros latinoamericanos, y tal vez ellos se nos unan… ¿sí? ¿Te parece?

Ludwig suspiró, volviendo pesadamente a la realidad.

-Vayamos a descansar. Seguiremos quitando la nieve mañana.

Los cuatro se alejaron, dejando tras de sí el camino cubierto de nieve, sangre y pólvora.

Breves notitas históricas, sí, me temo que a Argentina le llueve sobre mojado. Tiene serios conflictos con Chile debido al conflicto del Beagle, donde ambas naciones se disputaban la posesión de ciertas islas y su respectivo eje marítimo, llegando al final a un tratado de paz después de que las tropas argentinas ocuparan todas las islas (medio abusiva Eva, ¿eh?). Y tampoco Brasil le tiene mucha estima por causa de una disputa territorial allá por 1825 y por el asunto del Mercosur.

Ahora, otras breves notas. En primer lugar, ¡GRACIAS! a quienes están leyendo y comentando este fanfic. Espero no decepcionarlos y que sigan gustando de mis otros relatos.

Rincen, la honestidad es lo mejor, y sí, mis summarys diario son una bendita porquería XD México es tan… fiestera, gritona, exagerada… sí, ella y Alemania son un yin y un yang.

Chocolat Bunny, yo también adoro a Ludwig y me cuesta hacerlo sufrir tanto pero… hombres son hombres, aunque sean naciones. Y hacerlo odioso es mi deber…

Shald120, pues espero que este capítulo no te decepcione, soy nuevecita en esto de redactar batallas así que si ves un fail ya sabes porque XD

Piper Miko, uuuh, a mi me encantan los reviews laaaaargos X3 Bueno, Arthur no tiene una historia muy limpia que digamos, ni siquiera con México. Aunque la haya reconocido antes que nadie como nación independiente fue por su culpa que tuvo conflictos con Estados Unidos en la WW2, ya que unos informes de espionaje alterados le hicieron creer al bobo Alfred que había nazis al por mayor en el país y trataron de hacer intervención.

Lady Carmilla Bathory, en primer lugar, gracias por el dato de los buques. Aunque no me creas había algunas cositas que ignoraba, y lo de la incautación es una de ellas. Y en segundo lugar, sí a mí también me divierte el slash pero para mí, México tiene que ser mujer y por eso me gustan más los fanfics donde es una chica x3 jajaja yo también soy forever alone.

Guest, muchas gracias por tu review y espero que te siga divirtiendo mi sarta de disparates. Oresama!

Flannya, como diría el buen pervertido de Francis, c'est l'amour y hay que dejar que siga su curso… aunque sea a catorrazos.

En fin, próximamente el siguiente capítulo, donde… no, por desgracia no habrá chicas en lucha de lodo (lo siento por Francia XD) pero sí mucho drama y angst al por mayor. Y sigan dejando reviews, por cada review que dejan una neurona nace en el cerebro de Alfred (que bien la necesita el pobre u_u).