Jae-Ha los ve caminar de regreso a través de la ventana. Observa a Yona, su Yona, parloteando sin cesar sobre alguna cosa, el rostro encendido por la caminata y balanceando como una niña pequeña las cestas vacías que trae. Hak, a su lado, camina en silencio, mirándola de tanto en tanto y su boca se curva hacia arriba en una media sonrisa.
Jae-Ha suspira y se pregunta, no por primera vez, si hizo lo correcto al atarla a él… Ah, el amor te vuelve egoísta, es cierto… ¿Pero era justo para ella?
Al final, abre las puertas de la terraza y sale a recibirlos.
—¿De dónde vienen ustedes dos? —pregunta, con ese despreocupado aire que le era tan propio.
—¡Has vuelto! —exclamó ella, corriendo hacia él. Él abrió los brazos, bien dispuesto, pero entonces Yona se detuvo en seco y dio un paso atrás, las cestas delante como un escudo. Jae-Ha ladea la cabeza, un tanto extrañado.
—¿Me das permiso para abrir un pozo? —preguntó ella, a media voz.
—¿Un pozo? —repitió Jae-Ha, y le lanzó una mirada interrogativa a Hak, que puso los ojos en blanco, y se colocó junto a ella.
—Sí —respondió Yona—, quiero llevar agua a… —Pero Jae-Ha la interrumpió.
—Yona querida, no necesito explicaciones —En su voz hay más alivio del que quisiera admitir—. Eres la señora de estas tierras… Como si quieres llenarlas de agujeros…
Ella le sonríe entonces, con esa sonrisa que podría iluminar una habitación, radiante y llena de la luz de la alegría verdadera, y a Jae-Ha el corazón le da un vuelco en el pecho. Siente —sabe— que sería capaz de hacer cualquier cosa con tal de ver de nuevo esa sonrisa.
Hak también.
