Los siguientes días fueron algo melancólicos. La despedida de Killian había dejado un sentimiento agridulce dentro de ella, que al parecer no tenía intenciones de irse por mucho tiempo. Pero continuó caminando, y lo hizo a un buen ritmo. Siguió su camino pero no podía dejar de pensar en Killian, todo lo relacionaba con él y el corto tiempo que habían vivido juntos. También por momentos se encontraba imaginando que estaría haciendo él, o que estaría pasando si él habría unido a su camino o si ella si habría unido a su gira. A los tres días de dejar León llegó a Foncebadón, pueblo asentado sobre el monte Irago. Allí conoció a otra mujer de su edad llamada Elsa, que también estaba haciendo el Camino a Santiago sola. Decidieron quedarse en una habitación compartida en el albergue más barato, y cenaron juntas intercambiando sus aventuras a lo largo de la caminata.
- ¿Te encontraste con un hombre llamado Walsh en el camino? – Preguntó Elsa.
- Si, lo hice hace varios días, un poco antes de llegar a Cartojeriz. – Respondió Emma recordando los consejos de aquel hombre castaño y su especie de arrogancia ante lo mucho que caminaba por día.
- Abandonó. – Dijo Elsa.
- ¿Qué? – Preguntó Emma sorprendida.
- No pudo continuar, dijo que iba a volver a intentarlo el próximo año. – Informó Elsa.
- ¿Walsh abandonó y yo sigo aquí? – Preguntó Emma sin poder creerlo. – Saludo por eso. – Dijo chocando su vaso de gaseosa contra el de Elsa.
- ¿Te sientes sola? – Preguntó Elsa con curiosidad, después de un largo silencio.
- Mmm, honestamente ya estoy acostumbrada, durante toda mi vida estuve sola. – Respondió Emma con sinceridad. – Extraño a los únicos amigos que tengo, pero no es como si tendría personas esperando por mí. – Dijo algo meláncolica. - ¿Y vos? ¿Por qué estás aquí? – Cuestionó.
- Mi hermana menor va a casarse y eso me hizo sentir sola. Siempre estuve sola porque tengo una personalidad dura y fría. Sentí que necesitaba un cambio y esto pareció adecuado. – Contestó Elsa tímidamente. – Creo que necesitaba encontrarme conmigo misma, y el camino es bueno para eso. – Explicó con calma.
- Mi mamá solía decir algo que me volvía loca, decía que hay un amanecer y atardecer todos los días, y podes elegir estar ahí si lo deseas. Podes ponerte en el camino de la belleza. – Relató Emma recordando a Ingrid.
- Mi clase de mujer. – Comentó Elsa con una sonrisa.
Al otro día Emma siguió camino, mientras que Elsa decidió que iba quedarse un día más para conocer las ruinas del pueblo. Cuando volvió a emprender camino sintió unas emocionadas ganas por llegar de una vez, pero por otro lado también se sintió aterrada ante eso. Cuando terminara no iba a tener nada más que su nombre y lo que llevaba con ella, cuando terminara iba a tener que volver a empezar a vivir y no sabía si estaba lista para hacerlo.
Emma llegó a Sarria una tarde de fuerte lluvia. Ante el temporal encontró que todo estaba cerrado. Fue albergue por albergue, pero todos estaban cerrados. Cuando llegó a su última opción, encontró que un hombre estaba cerrando todo y tenía la camioneta lista para irse.
- Por favor, espere. – Pidió Emma corriendo hacia allí.
- Lo siento, pero ya estamos cerrados. – Se disculpó el hombre.
- Por favor, necesito un lugar donde pasar la noche. – Insistió Emma.
- Bien, pero luego cenamos juntos. – Propuso el hombre.
- De acuerdo. – Aceptó Emma.
El hombre era rubio y alto, se llamaba Víctor. Aparte de trabajar en el albergue era un doctor. Le dio una habitación y ropa de baño. Emma se dio una ducha y se puso ropa seca, luego bajo a tender la ropa mojada en la sala común. Cuando lo estaba haciendo, entraron tres hombres todos mojados.
- ¿Eres Emma? – Preguntó uno de ellos.
- Si. – Asistió ella.
- ¡Dios mío! ¡Un placer conocerte! – Exclamó otro de ellos estrechando su mano con la de ella.
- Al parecer mis escritos en los diarios peregrinos son famosos. – Bromeó ella.
- Lo son, eres como nuestra heroína. – Asistió el último de ellos riendo.
- Conocimos a Elsa y ella nos contó sobre ti, así que es un gusto conocerte. – Dijo el que tenía un acento que le hacía acordar a Killian.
- Estamos cerrados. – Dijo Víctor apareciendo e interrumpiendo el momento.
- Solo necesitamos una habitación. – Dijo uno de ellos.
- Lo siento, pero solo abrí por ella. – Dijo Víctor seriamente.
- Dale Víctor, es solo darles una habitación para que no pasen toda la noche bajo la lluvia, por favor. – Pidió ella sintiendo compasión hacia los otros caminantes
Víctor terminó aceptando y les dio una habitación para compartir. Los hombres le agradecieron y se presentaron, se llamaban Eric, Graham y Arthur. Por suerte ellos se unieron a la cena, y así Emma no tuvo que comer solamente con Víctor. Después de cenar Víctor se fue a su casa, y ellos se acomodaron en la sala común a tomar un par de cervezas y relajarse antes de ir a dormir.
- ¿Cómo haces para tolerar la soledad? – Preguntó Graham a Emma.
- Nosotros nos aburriríamos mucho caminando solos. – Dijo Eric.
- Lo he estado llevando muy bien. No quiero ponerme a pensar en ello ahora, pero hay muchos motivos por lo cual está bueno hacer el camino solo. – Dijo Emma pensativamente.
- ¿Las mujeres no tienen necesidades? – Preguntó Arthur, haciendo que sus amigos se rían.
- Eso no es algo apropiado para hablar delante de una mujer. – Comentó Graham revoleando un almohadón a su amigo.
- ¿Tienes un nombre de caminante? – Preguntó Eric a Emma.
- ¿Qué? – Preguntó Emma confundida.
- Ya sabes, como un apodo. – Explicó Eric.
- No, no tengo. – Negó Emma.
- Bueno, nosotros tenemos uno para ti. – Informó Jefferson. – La salvadora. – Dejo saber lo que se le había ocurrido.
- Eso es ridículo. – Dijo Emma riendo.
- La Reina del Camino a Santiago. – Sugirió Graham otra opción.
- Uno peor que el otro. – Dijo Emma sacudiendo su cabeza.
- No, no lo son. Hay tantas historias sobre como distintas personas te han ayudado a lo lardo del camino dando vueltas, sin embargo a nosotros nunca nadie nos ayuda. – Expresó Eric la elección de los apodos.
- Su majestad si necesita algo no dudes en llamarme y pedirme lo que sea. – Comentó Arthur imitando la voz de Víctor.
- Su majestad implicaría que él venga a ayudarme sin que tenga ir a buscarlo para pedírselo. – Dijo Emma siguiendo el juego y haciendo que todos rían.
- Por favor deja de tararear eso, sino vamos a tener esa canción pegada todo el día de mañana. – Pidió Graham a Eric, quien estaba muy concentrado tarareando una canción.
- ¿Prefieren que cante? – Preguntó Eric.
- No. – Respondieron Graham y Arthur al mismo tiempo.
Eric se puso a cantar y sus amigos a protestar. De repente empezaron a correrlo alrededor de toda la sala, revoleándole almohadones y pegándole patadas. Emma se acostó con una sonrisa en su cara esa noche, esos hombres le habían recordado la familiaridad de lo bien que se sentía ser parte de un grupo de amigos. Se durmió pensando en August y Ruby, deseando que estén felices sin importar lo que estuvieran haciendo.
Al otro día la lluvia seguía cayendo, pero Emma decidió seguir su camino de todas maneras. Un poco de lluvia no iba a detenerla. Antes de irse del pueblo fue al poste de los peregrinos, y dejo un escrito para no perder la costumbre que la estaba haciendo reconocible frente a otros caminantes.
"Deja que la lluvia lave todas las heridas y el dolor de tu pasado."
Emma.
La lluvia siempre había tenido algo de melancólico y mágico a la vez para Emma. Le gustaba la lluvia, le gustaba el olor que esparcía al mojar la tierra, le gustaba que el agua caiga sobre ella haciéndola sentir viva. Pero la lluvia continuó casi toda la semana, y eso ya se estaba empezando a volver un inconveniente. Tener toda su ropa mojada mientras caminaba el día entero no era para nada cómodo. Sin embargo eso no la detuvo, una pequeña lluvia no iba a hacer que deje de hacer las cosas que quería hacer.
Camino a Arzúa el camino se complico un poco, repleto de subidas y bajadas, y extensos tramos de bosque. Estaba algo distraída, maldiciendo nuevamente cuando la lluvia empezó a caer, cuando se sorprendió al encontrar una llama. Emma se acercó a la llama, la agarró de las riendas que tenía, y empezó a acariciar su cabeza suavemente.
- Lo atrapaste. – Dijo la voz de una mujer llamando su atención. – Gracias. – Agradeció acercándose a ella.
- ¿Tiene nombre? – Dijo Emma dirigiendo la llama hacia la mujer.
- Cobra. – Contestó un niño de aproximadamente nueve años.
- Lindo nombre. – Dijo Emma con una sonrisa.
- Soy Regina, y él es mi hijo Henry. – Informó la mujer a podo de presentación.
- Soy Emma. – Dijo Emma con una sonrisa. - ¿Disfrutando tu caminata del día de hoy? – Preguntó al niño.
- Es un momento maravilloso, muchas gracias por preguntar. – Respondió Henry.
- Eres muy educado. – Dijo Emma apreciando los modales del niño.
- Todos los fines de semana caminamos, sea con lluvia o no. – Explicó Regina.
- Mi mamá dice que no debo hablar con extraños sobre mis problemas. – Comentó Henry.
- No tienes que hablar sobre ellos si no quieres. – Aseguró Emma intercambiando una mirada preocupada con Regina. – Aparte todos tenemos problemas, yo también tengo problemas. – Dijo para calmarlo.
- ¿Qué clase de problemas? – Preguntó Henry con curiosidad.
- Bueno, por ejemplo nunca conocí a mis padres, ellos me abandonaron. – Respondió Emma. – Pero los problemas no son problemas por siempre, podemos convertirlos en otra cosa si queremos. – Agregó, intentando convencerse a ella misma de eso.
- ¿Por qué te abandonaron? – Preguntó Henry.
- Yo… no lo sé. – Respondió Emma con sinceridad.
- ¿Te gustaría que te canté una canción? – Propuso Henry.
- Si, claro. – Asistió Emma.
From this valley they say you are going. We will miss your bright eyes and sweet smile. For they say you are taking away the sunshine, which has brightened our pathways a while. (En el valle dicen que te estás yendo. Extrañaremos tus ojos brillantes y tu sonrisa dulce. Dicen que te estás llevando la luz del sol, que ha iluminado nuestros caminos por un tiempo.)
Come and sit by my side if you love me, do not hasten to bid me adieu. But remember the Red River Valley, and the boy that has loved you so true. (Ven y siéntate a mi lado si me amas, no te gastes en despedirte. Pero recuerda el Valle del Río Rojo y el chico que te amó con tanta verdad.)
Cuando Henry terminó la canción se despidieron y siguieron camino. Emma dio a penas unos pasos para alejarse de ellos, y cuando estuvo a gusto con la distancia se dejo caer en la tierra mojada a llorar. Un fuerte dolor había invadido su alma, y no podía contenerlo en su cuerpo. El encuentro con ese niño le hizo pensar que habría pasado si no hubiese perdido su embarazo, que habría pasado si ahora tendría un hijo o una hija con ella. Sintió dolor porque ella había amado esa pequeña vida que se estaba formando dentro de ella, había amado a su hijo/a y había estado dispuesta a hacerse cargo de él a pesar de que Neal la había abandonado y dejado en prisión. Ni siquiera lo había tenido, y lo extrañaba. Extrañaba esa vida creciendo en su interior, extrañaba la vida que podrían haber tenido, extrañaba la familia que podrían haber sido.
Llegó a Predrouzo y escribió en el diario de los peregrinos:
"No hay forma de saber porque pasan las cosas, que es lo que nos lleva a que; que es lo que destruye algo, o hace que florezca, o que se muera, o que tome otro rumbo."
Emma.
Ya había caminado setecientos cincuenta y seis kilómetros. Solamente le quedaban veinte más y finalmente llegaría a Santiago de Compostela. Sintió una mezcla se sentimientos contradictorios en su interior. ¿Estaba lista para seguir? ¿Estaba lista para qué termine? Se acostó en la cama del albergue y se convenció a si misma que lo mejor iba a ser no pensar, sino dejar que todo siga su curso y que suceda lo que tenga que suceder.
