7. Un Piscis para una amazona

Cuando Shaina se despertó por la mañana, se duchó rápidamente. Al salir, abrió la puerta del armario y miró su ropa. Sólo había mallas y pantalones, casi todos en tonos verdes, morados y marrones. El body marrón que solía llevar lo tenía Saga en su bolsa, con lo cual gruñó una maldición pensando que tendría que volver a encararse al caballero de Géminis quien le había liado el día anterior.

Agarró unos pantalones verdes holgados, un jersey marrón y encima se colocó una chaqueta de color lila.

Escuchó unos golpes en la puerta de la cabaña y corrió a abrir la puerta. Al ver a Saga delante se lanzó directa a arrearle un sonoro tortazo.

El hombre soltó la bolsa que llevaba y colocó su mano en la zona afectada.
—¿Pero por qué me pegas?— gruñó dolorido el griego—. Encima de que te traigo la ropa limpia…

Shaina se quedó unos segundos estática, abrió los ojos al máximo y puso una cara compungida.
—¿Kanon?— preguntó dubitativa—. ¿Eres tú?

—¡Pues claro que soy yo, enferma!— gritó el gemelo menor—. ¡Córtate esas garras, me has hecho sangre! Ahora entiendo la insistencia de mi hermano en que te trajera la ropa…

Dándose media vuelta para irse del lugar, Shaina le llamó.
—¡Perdón!— gritó ella—. ¡Creí que eras tu hermano! ¡Como sois iguales!

Pero el gemelo no hizo caso y desapareció. La italiana resopló descontenta por la descortesía de Kanon recogiendo la bolsa con su ropa del suelo.
—Pues que te den a ti también— refunfuñó molesta, mientras veía a Marin acercándose.
—Buenos días— saludó la japonesa—. ¿Qué andas gruñendo ya? No paras de quejarte por todo…¿qué te ha hecho Kanon?

La italiana preguntó que cómo narices podía distinguir a los dos gemelos incluso a distancia.
—No sé— soltó su amiga encogiéndose de hombros—. Supongo que la costumbre de verlos, no sabría decirte. ¿Qué tal ayer? ¿A quién le diste la brasa?

Shaina lanzó una mirada furiosa a su amiga y la hizo meterse en su cabaña, cerrando la puerta de un golpe.
—Al hijo de puta de su hermano gemelo— espetó muy molesta, mientras cogía una pera y le metió un mordisco—. ¿Te puedes creer que me hizo la cobra? ¡A mí!— dijo escupiendo las pepitas de la fruta.

La amazona de Águila rompió en una sonora carcajada cuando escuchó aquello.
—¿En serio? Pero cuenta, qué sucedió— dijo acomodándose lo mejor que pudo en el taburete donde se había sentado.
—Pues nada especial— comenzó a relatar su amiga—, fui a verle al gimnasio, se despelotó delante de mi, luego me desnudé yo también…
—¡Alto, alto, alto!— paró la japonesa— ¿Qué hicisteis qué en dónde?— dijo asombrada ante tales declaraciones.
Shaina resopló. Realmente no tenía ganas de hablar, sólo de ir a partirle la cara a Saga.

—Es muy largo y tedioso de entender, pero no van los tiros por donde te piensas, aunque yo también me quedé sorprendida cuando le vi delante de mi completamente desnudo. Y cuando digo completamente…realmente digo completamente.
—Vamos que se le veía hasta el alma— terminó Marin, dejando escapar una risa—. Pero eso no me sorprende viniendo de él. ¿Te acuerdas cuando Shion se marchó del Santuario y dejó a los caballeros de oro al cargo? Pues cuando él fue Patriarca, fue, como no, a bañarse a las piscina sagrada. Fuimos Aioria y yo a buscarle porque tardaba mucho en acudir al Coliseo y estaba en pelotas. Le lancé una toalla para que tapara su trípode, y va el tío y se la enrolla en la cabeza.

—¿Tú también le has visto la…?— preguntó asombrada, señalando la entrepierna, a lo que la amazona de Águila asintió divertida—. ¿Y por qué hace eso? ¿Es exhibicionista?

La japonesa no supo responder. Se limitó a encogerse de hombros y sacudir la cabeza, incitando a su amiga a continuar la historia.

—Bueno, el caso es que le hice una serie de preguntas respecto a mi físico, y él me dijo que yo no estaba mal, pero que debería dejar de gritar y debería cambiar de ropa.

Marin se mesó los cabellos pelirrojos observando a su amiga.
—Lo de gritar te lo he repetido miles de veces y sigues sin hacerme caso, por lo que doy por perdida esa guerra— musitó la japonesa—; respecto a la ropa, igual sí deberías ir a comprarte algo nuevo y más femenino, porque la verdad…

Acto seguido la amazona de Águila se incorporó y abrió el armario de su amiga, señalando su ropa.
—Me parece bien que para entrenar uses ropa cómoda, pero fíjate…es que está raída— dijo recogiendo unas mallas moradas, con evidentes signos de desgaste y numerosos retales cosidos—. Si piensas ir por ahí como una pordiosera, tú misma. Pero no es muy agradable ver a una mujer con ropa tan desgastada y anticuada.
—¿Y con la ropa que llevo hoy? Apenas me la pongo, está bien— indicó la amazona de Ofiuco.

Pero su compañera negó con la cabeza.
—¿Una mujer con pantalones de pinza verdes? ¿Y ese jersey marrón de cuello vuelto con una cazadora lila que te queda enorme? Aunque no esté muy gastada, tienes que cambiar. Ya no se lleva ese estilo…

Shaina suspiró y arrojó los restos de pera a la basura, sentándose en la cama.
—Es que me da tanta pereza ir a comprar ropa…fui una vez con June y era horrible, porque se paraba en todas las tiendas, me aburre— musitó—. Si al menos hubiera un hombre que me llevara directamente a lo que le gusta…porque yo no tengo ni idea de qué tipo de ropa le agrada a los hombres…

Marin chasqueó los dedos y sonrió.
—Lo tienes muy fácil, Afrodita no se negará a acompañarte.
—¿Afrodita?— preguntó la italiana confusa—. ¿En serio?
La japonesa asintió.
—Te sorprendería la paciencia que tiene para estas cosas y siempre aconseja bien, no te hará ponerte algo que sepa que te va a quedar mal. Estarás en buenas manos. Además, es un hombre muy tranquilo y caballeroso, igual te lleva a una cafetería exclusiva a tomar algo…

Shaina se dirigió entonces a la mesa y leyó el nombre del caballero de Piscis. Tachó el de Saga y repasó el de Afrodita.
—Hecho. Iré al templo de Piscis a preguntarle si tiene un rato para mí.

—¡Oye!— exclamó la amazona de Águila—. Que no me has terminado de explicar lo de Saga…

La italiana levantó la vista del folio.
—Que es un cabrón— resumió ella—. Me puso cachonda para luego dejarme sin más. Y a mí eso no se me hace. Si se me calienta, se me consume.

Dicho esto, se colocó la máscara, salió de la cabaña y cerró de un portazo.

Marin prosiguió dentro un rato más hasta que pudo calmar la risa que no cesaba.

Por otro lado, Shaina se dirigía hacia las escaleras que daban a los templos de oro. Sólo pensar que tenía que atravesar todos hasta llegar a Piscis le daba una enorme pereza, pero se sacudió de encima aquel vicio y comenzó a subir.

Evitando a toda costa al resto de inquilinos, la muchacha consiguió alcanzar su destino final. El templo de Piscis.

Agarró la aldaba con forma de pez pero al recordar lo que había sucedido con la de Aries, decidió golpear con los nudillos.

Nadie salió a abrirla. Impaciente al ver que no pasaba nada, fue tratando de dar un rodeo al templo, pero el precipicio a los lados impedía un camino seguro. Regresó al punto de partida y volvió a llamar a la puerta, con más insistencia.

Y de nuevo, solo el eco de los golpes retumbando, sin que el caballero de Piscis se dignara a aparecer.

—¿Pero dónde estará este hombre?— se preguntó la joven, volviendo hacia un lateral del templo. Caminó unos pasos, cerca de la pared. A sus pies, el precipicio que resultaría en una muerte segura.
La italiana inspiró profundamente y se quitó los zapatos amarillos, atándolos entre ellos por las cintas y colgándoselos alrededor del cuello. Después, se pegó lo más que pudo contra la pared, intentando que sus pies se agarraran al edificio, más sólido que la tierra. Pasito a paso, Shaina comenzó a avanzar, sin querer mirar abajo. El mero hecho de pensar en el abismo le provocaba sudores fríos, pero necesitaba hablar con Afrodita.

Con las uñas se agarraba a los recovecos en la pared. Hasta que al final atravesó el duodécimo templo por fuera. Bordeándolo. Quién lo hubiera imaginado.

Shaina jadeaba por el esfuerzo requerido. Su corazón palpitaba con un ritmo frenético. A pesar de haberse duchado hacía apenas una hora, tenía los cabellos verdes pegados alrededor de su rostro.
Sentía que sus piernas temblaban y se retiró la máscara para abanicarse con ella. Lo último que vio fue el jardín de rosas.

Al abrir los ojos, sintió que estaba tumbada boca arriba en un lugar blando. Parecía una cama. De hecho ERA una cama. La del propio Afrodita, que se acercó al escuchar el ruido que hizo la joven al despertarse.
—¿Qué ha pasado?— preguntó con voz trémula la joven—. ¿Me he muerto?

El caballero de Piscis le pasó la mano por la frente y negó con la cabeza, esbozando una sonrisa dulce.
—No— dijo suavemente—. Sólo te has desmayado. Te encontré fuera del jardín, tirada en el suelo.

Acto seguido, tendió a la joven un vaso de agua fresca, que Shaina no tardó en apurar.
—¿Qué hacías allí?— preguntó él—. No te vi entrar por la puerta principal.

La italiana arrugó el gesto y solicitó un poco más de agua.
—Quería hablar contigo. Llamé a la puerta muchas veces pero no me abrías, por lo que crucé el templo por fuera.
El sueco casi dejó caer la jarra de agua con la que rellenaba el vaso que sostenía su compañera.
—¿Has bordeado pegada a la pared mi templo?— preguntó sorprendido—. ¡Podías haberte matado! Shaina, la puerta de Piscis, aunque aparentemente esté cerrada, no tengo echada la llave. Sólo cierro para que no de corriente a mis rosas. Pero puedes entrar sin problema.

La amazona se quedó unos segundos sujetando el vaso con cara de circunstancias.
—¿Me estás diciendo que podía haber empujado la puerta sin más?
—Sí— contestó Afrodita, ofreciéndole unos bombones—. Toma, te sentará bien comer algo de azúcar. Pero no lo pienses más, lo que has hecho es una hazaña…sé que hay historias de invasores que han tratado de atravesar los templos sin querer enfrentarse a los caballeros de oro, pero todos han caído al precipicio. Incluso recuerdo una historia que me contó mi maestra Galatea sobre unos sátiros al servicio de Pan, que hace muchos siglos atrás trataron de invadir el Santuario. Y consiguieron saltar a los tejados de los templos…pero resbalaron inevitablemente…

La joven se recostó en la cama, tratando de poner orden en su cabeza y no prestando atención a la historia que había comenzado a relatar. Escuchaba al caballero de Piscis hablar, pero nada más. Cerró los ojos hasta que una pregunta hizo que se sobresaltara.
—Pero dime, ¿para qué me buscabas? ¿Qué era eso tan importante para ti como para arriesgar tu vida?

Shaina miró a su compañero, quien esperaba una respuesta. Afrodita tenía muy buena planta. Más esbelto que sus compañeros, pero tenía una elegancia y porte que le salían naturalmente. Además, su cabello celeste brillaba y parecía tener un tacto muy sedoso. A pesar de que tenía unas facciones ligeramente andróginas, que ocultaba su verdadero nombre tras el de la diosa griega, que adoraba las rosas, que no se sabía a ciencia cierta si prefería carne o pescado, pero sin lugar a dudas aquel hombre era muy hermoso. De una belleza delicada y angelical, pero que no ocultaba su fiereza guerrera si se lo proponía.

La joven amazona rememoró las películas que había visto ambientadas en el siglo XVII. Seguramente Afrodita hubiera sido feliz en aquella época. Pudo imaginarlo llevando aquellos atuendos tan típicos de la corte de Luis XIV, disfrutando de un baile a medianoche en el palacio de Versalles. Seduciendo a una dama de alta alcurnia con una rosa en los labios…

—¿Shaina estás bien?— preguntó el caballero de Piscis, preocupado por el leve desvanecimiento de la joven, dándole palmaditas en las mejillas para espabilarla.

Ella despertó completamente y miró al sueco a los ojos.

—Afrodita, quiero salir contigo— soltó de improviso ella. Aquella declaración provocó la sorpresa del hombre, quien no supo cómo reaccionar.
—¿Pero qué dices pequeña?— susurró Afrodita—. ¿Dónde quieres ir conmigo?
—De compras. Que me eches una mano con mi forma de vestir— acertó a decir la italiana, ya más serena—. Ayer Saga me aconsejó que cambiara mis atuendos, y Marin me recomendó a ti.

Afrodita suspiró aliviado. Ejercer de "personal shopper" le parecía algo extraño, pero un reto divertido.
—¿Y eso por qué? ¿Cómo es que Saga te dijo eso?— preguntó extrañado—. Pero bueno, sí creo que sería necesario darte un cambio…— a lo que la joven le pidió que cesara las preguntas y que ya se lo contaría más tarde.

Sin tiempo que perder, ambos se pusieron en marcha y descendieron hacia la salida del Santuario y Shaina aprovechó para poner al día al sueco, quien escuchó asombrado toda aquella historia que había sucedido y de cómo ella deseaba atraer a los hombres.

—Lo primero que debemos hacer es ir a ver ropa— musitó el caballero de Piscis, agarrando a la joven y metiéndola en una tienda. El hombre ordenó a la muchacha a meterse en los probadores y fue pasándole trapos que iba encontrando.

—¿Por qué me pasas un vestido?— preguntó Shaina desde detrás de la puerta del probador—. No pienso ni probármelo.
—¿Qué problema hay?— preguntó Afrodita—. Antes me dijiste que querías lucir más femenina, ¿y qué hay más femenino que un vestido?

La italiana abrió la puerta y lanzó una mirada desaprobatoria, arrojándole el vestido a la cara.
—Vestidos no— dijo cerrándose en banda—. Pero los vaqueros que me has pasado me gustan, ¿pero no los hay en verde?

Tras mucho insistir con algunas prendas, Afrodita al fin pudo convencer a la joven a cambiar de estilo y convencerla de que llevara otra gama de colores que no fueran siempre los mismos. Ropa sencilla, pero más femenina, entre los que destacaban vaqueros azules, blancos y negros; unas camisetas entalladas, con escote en pico, redondo y barco, de rayas y colores suaves. Además, aprovechó para comprarle unas botas marrones y unos tacones negros. De paso, la amazona se llevó unos manguitos de color morado, para reponer los viejos suyos, a pesar de que Afrodita se negó en un principio.

Una vez listos, salieron de la tienda y el caballero de Piscis propuso a la joven a ir a tomar algo a una cafetería gourmet.

Los dos se dirigieron hacia el lugar y se sentaron en una terraza, rodeados de celosías con hiedras y otro tipo de plantas trepadoras. Parecía un pequeño jardín, muy propio de Afrodita.
—¿Y cómo es que quieres encontrar novio?— disparó rápidamente el caballero de Piscis, nada más pedir la consumición—. Entre los caballeros de oro, ni más ni menos…

Shaina resopló molesta por aquello y se reclinó hacia atrás.
—No— dijo suavemente—. No exactamente. Lo que busco son consejos de cómo atraer a los hombres, qué os gusta de las mujeres y todo eso. No es que busque pareja. Marin así lo quiere, para poder salir en plan parejas, pero yo lo que quiero es que alguien me ame por como soy.

La camarera se acercó a depositar los tés fríos de ambos guerreros y una bandeja con pastas de diferentes sabores.
—Eso no cuadra entonces con lo que me has pedido— dijo el sueco, añadiendo un poco de azúcar en su bebida—. Primero me pides que quieres cambiar de forma de vestir porque Saga te lo dijo, y ahora me dices que lo que quieres es que te amen tal y como eres. ¿En qué quedamos? Si quieres que realmente te quieran tal y como eres, no necesitas cambiar, ¿verdad?

Shaina dejó de masticar la pasta de chocolate que se había metido en la boca. Lentamente fue saboreando, no sólo el dulce, sino aquellas palabras. Tragó.
—Cierto…— musitó ella—. Pero resulta que siendo tal y como soy, los hombres huyen de mí. ¿Tengo que fingir algo que no soy para atraer a los demás?

Afrodita comenzó a reírse y se llevó el té a los labios, dando un sorbo. Pensó en Cassios.
—Nena, lo peor que puedes hacer es cambiar tu forma de ser por agradar a los demás. Si quieres cambiar algo, que sea porque realmente no te sientes cómoda con tu actitud y deseas cambiar. Dime, ¿piensas que todo lo que te han dicho tus compañeros es necesario? ¿O que tampoco es para tanto?

Las dudas afloraban aún más en ella, quien se vio enredada como aquella hiedra trepando por la celosía.
—No lo sé…— contestó ella angustiada—. Hay cosas que sí entiendo que debo cambiar, pero otras…que realmente no las considero.
—Dime otra cosa más— susurró Afrodita—, ¿y no será que hay alguien que realmente te interesa y quieres cambiar para agradarle?

La joven se ruborizó inmediatamente.
—¡No!— soltó ella rápidamente—. No, no me gusta nadie. No me interesa nadie— dijo tratando de apagar aquel repentino sofocón, que provocó una sonrisa aviesa en la boca de su compañero—. Pero no me líes, y dime qué cambiarías de mí, por ejemplo.

Afrodita terminó de beber el té y cogió una pasta que llevaba una guinda en el centro.
—Eres tú y sólo tú quien debe valorar primero si quiere cambiar, segundo si puede cambiar y tercero si realmente será más feliz realizando esos cambios.

Sabiendo que no obtendría más respuesta que aquella, Shaina se dio por vencida y apuró la bebida, para marcharse de allí nada más terminar de pagar la cuenta, a cargo de Afrodita.

De vuelta al Santuario, la joven agradeció la invitación del caballero de Piscis, así como su ayuda prestada.
Afrodita la dejó a las puertas del recinto de las amazonas, y antes de marcharse, hizo brotar entre sus dedos una rosa de color amarillo, la cual enredó entre los cabellos de la joven.
—Ya que te gusta tanto este color…—dijo él acariciando a la muchacha, antes de darse la vuelta y dirigirse hacia las escaleras que daban a los templos.

Shaina se quedó allí, viendo como se alejaba el caballero de Piscis, desapareciendo cuando comenzó a subir hacia el templo de Aries.

Retiró la rosa amarilla de entre sus cabellos y la observó dándole vueltas entre sus dedos.
—¿Cambiar? ¿O no cambiar?— musitó ella—. Esa es la cuestión…


NOTAS:

Disculpad el retraso en publicar este capítulo. Tengo un examen la semana que viene y ando más pendiente de ello que de andar retocando los capítulos.

A todos los que dejáis comentarios en mis fics, muchísimas gracias por tomaros vuestro tiempo, así como para leerlo.

Gracias también a los que seguís la historia o la marcáis como favorita. Sólo deseo que sea de vuestro agrado.

Sslove: Pobres señoras, pero realmente son desquiciantes encontrarlas en los gimnasios. A mi me pasa igual que a Shaina, odio la gente que va al gimnasio a hacer el vago. Para eso que salgan a pasear, en lugar de ocupar sitio xD Muchas gracias por tu comentario y por tomarte la molestia de leer el capítulo. ¡Pasa una buena semana!

Guest: y tú me has alegrado el día al saber que te he alegrado el día con el anterior capítulo :D Espero que este capítulo haya sido de tu agrado, aunque sea más reflexivo. ¡Gracias por el comentario y por leer! ¡Que tengas una buena semana!

Laura milena: me alegra saber que te hizo gracia el capítulo de Saga. ¡Gracias por pasarte y dejar la huella! ¡Feliz semana!

¡Que tengáis una buena semana y hasta el próximo capítulo!