7º capítulo: Danzando con el enemigo.
Un trueno, seguido de un constante chapoteo y un viento frío que entumecía los huesos. Otra pasajera lluvia de verano. N se arrastró por la cueva y asomó la cabeza al exterior, con la boca abierta. Apenas las gotas de agua aterrizaban en su lengua, pero al menos le ayudaban a engañar a la sed que le corroía las entrañas. O eso creía. Resignándose al hecho de que era inútil permanecer mojándose la melena para no recibir trago, se metió de nuevo en la cueva y se acurrucó en posición fetal junto a una roca que le servía de apoyo y de almohada a la hora de dormir. Gimoteó al sentir la helada piedra contra su mejilla y empezó a tiritar. Era verano, pero en cada tormenta bajaban considerablemente las temperaturas hasta tal punto de sustituir la camiseta de manga corta por un jersey fino. Si a eso se le sumaba la respetable yaga sanguinolenta que iba desde el antebrazo de N hasta el codo, el frío se convertía en un enemigo peligroso para su salud. Peligroso y agobiante.
Aguantando a duras penas el dolor que le producía sacarse las vendas, N se deshizo de la cura improvisada para inspeccionar el color de su herida. Estaba roja, palpitante e hinchada, y por los bordes escupía un repugnante pus amarillento que no olía precisamente bien. Volvió a colocarse la venda y con el entumecimiento agarrando sus huesos intentó dormir un rato. El fuego de Reshiram siempre lo había mantenido caliente, y ahora que no estaba con él…se sentía incompleto e inútil.
El hambre le obligó a abrir los ojos. Llevaba varios días sin comer algo especialmente sustancial. Simplemente se llevaba a la boca trozos de pan rancio que le sobraban de la mochila y pasas secas que había comprado una vez a modo de tentempié, pero no las había abierto hasta ahora. Abandonó su lecho y se dispuso a mal-alimentarse con sus escasas provisiones. Su estómago le agradeció el azúcar aportado por la fruta pero rechazó el pan con violentas arcadas. Gruñó, y sacó de un bolsillo de su embarrado pantalón un bote de alcohol etílico. Temblando de angustia y debilidad, se remangó y se deshizo del vendaje de su brazo. La herida lloró sangre al salir al exterior. Con una autodeterminación infundada por su sentido de la lógica y su inteligencia superdotada, destaponó el alcohol y lo derramó sin compasión. Sus músculos se tensaron y aulló de agonía cuando la herida protestó en ardores insoportables ante el contacto con el líquido desinfectante. No quiso alargarlo demasiado y puso casi inmediatamente un pedazo de algodón sobre la cura. Finalmente, la envolvió con vendas nuevas y limpias para protegerla de la suciedad del aire.
Con incontables gemidos, N se quedó inmóvil donde estaba. Le dolía la cabeza a horrores y no sentía los dedos de los pies. Una lágrima se deslizó por su enrojecido pómulo.
El crepitar de un fuego recién hecho atrajo su atención. Frunció el ceño hacia la figura a contraluz que avivaba las llamas con sus propias manos ¿cuándo había llegado? Se puso de rodillas y el instinto le hizo mirar hacia la abertura de la cueva. Vislumbró la luna en el horizonte reinando en el cielo ¿Tan grave había estado para que el tiempo pasase sin que él se diese cuenta? Habría jurado que sólo había pasado un minuto desde que se había hecho la última cura. Se puso de pie y se alegró de comprobar que tenía las fuerzas suficientes para caminar sin temblar a cada paso. Fuera quien fuese aquél muchacho que reposaba junto a la hoguera le había devuelto la energía y el alma. Y le estaba sumamente agradecido.
El joven se volteó cuando N arrastró un pie a causa de un repentino dolor punzante en la rodilla. Justo en ese momento, las renovadas fuerzas de N dieron paso a un agotamiento sepulcral y sus piernas flaquearon. El chico lo sostuvo por la cintura antes de que se desplomara por completo y se dejó llevar hasta el acogedor fuego. N pudo ver que un par de brochetas de Rattata a un lado de las cenizas procedentes de la leña quemada. Estaban medio horneadas.
-Procura no moverte mucho- le dijo el muchacho- Has perdido mucha sangre y todavía estás muy débil. Hice todo lo posible por detener la hemorragia, pero la herida todavía sigue siendo un peligro para ti.
A la luz de la fogata, el joven tenía un talante amable. Sus ojos dorados lo miraban con ternura y preocupación.
-Siento no haber llegado antes- se disculpó- Pero desde que el Equipo Plasma te tendió esa emboscada y se llevaron a tu Reshiram he pretendido darles alcance. Han huido demasiado lejos y ha sido cuando he regresado aquí.
-Ese Pidgey maldito…Lugia tenía razón. Debí dejar que lo fulminara de un Aerochorro- resultó ser que el pokémon Pajarito que Reshiram y N rescataron en las proximidades de las Islas Remolino de la furia de Lugia, estaba aliado con el Equipo Plasma y se encargó de arrebatarle personalmente a su Blanco Veraz. N rugió, echándose la culpa por tanta ingenuidad.
-Cualquiera en tu situación habría hecho lo mismo. No era más que un Pidgey indefenso…o eso te hizo creer- razonó el joven, sacando las brochetas del fuego y tendiéndole una a N.
N aceptó la comida en silencio, vacío por haberle fallado de esa manera a su amigo Reshiram. Gotas de grasa resbalaron entre sus dedos y el olor de la carne asada ascendió hasta su nariz. Un instinto irracional despojó a N de cualquier pensamiento, y le hizo devorar al Rattata con tal voracidad que apenas sentía el sabor de los bocados. Nada más terminar, se encontró con otra brocheta sobre sus manos. N miró al muchacho, que le indicó con una sonrisa que continuara con su labor. N no tenía la cabeza para denegar el Rattata del chico; se la zampó con la misma glotonería, calmando su estómago con cada trozo que bajaba por su garganta.
-Descansa- le aconsejó, una vez que terminó- Yo vigilaré y te cuidaré la herida. Mañana estarás mucho mejor.
La verdad era que N no se encontraba en situación de hacer otra cosa que no fuera dormir. Apenas tenía fuerzas para mantener sus párpados abiertos, y la cena había llenado de calor sus venas entumecidas.
-Soy N- se presentó, sin ser muy consciente de que lo hacía. El cansancio había nublado totalmente sus sentidos.
-Yo me llamo Gold
Y N se durmió, con el nombre de Gold retumbándole en los oídos.
Un resplandor blanquecino se coló en sus sueños, mordisqueándole los ojos con su brillo intenso. N se despertó al instante, gruñendo ante la gran cantidad de luz que se había colado en la cueva. Gold podría ser un poco más comprensivo y controlar el fuego de la fogata. Se cubrió los ojos con un brazo, hasta que comprendió que la luz no procedía de la fogata, sino del propio sol que anunciaba la llegada de un nuevo día. N se desperezó y miró al exterior. Había ciertas nubes cubriendo el gran cielo azul, pero no eran suficientes para preocuparse por otra tormenta. Aquello le alegró. Se puso en pie, contento al comprobar que gran parte de sus fuerzas habían regresado a él. Movió el brazo herido. Solamente notó las molestias de la yaga, pero podía manejarlo perfectamente. Gold había hecho un trabajo perfecto. Tenía que agradecérselo de alguna manera. Por cierto ¿dónde estaba?
N bostezó y buscó a Gold con la mirada. Como supuso desde un principio, no estaba en la cueva, y había huellas que se dirigían afuera. Le esperó mientras recogía sus cosas, esparcidas todas por el suelo, signo de su total desesperación de los días anteriores. Un poderoso graznido sobresaltó a N cuando limpiaba los restos de leña usados durante la noche. Un esplendoroso Skarmory apareció aleteando y se posó elegantemente justo a la entrada de la caverna. Gold, su jinete, se apeó con agilidad de su lomo, al tiempo que acariciaba su puntiagudo pico de acero en señal de agradecimiento. Skarmory arrulló y plegó las alas.
-Vaya, qué buen aspecto tienes- dijo alegremente al ver a N empaquetando toda su mochila- ¿Te sientes más renovado?
-Todo gracias a ti- le respondió inmediatamente.
Gold rió y palmeó su hombro derecho.
-Bien, N, no hay tiempo que perder. Tenemos mucho que hacer, así que prepárate- Gold señaló el cinturón que N agarraba en una mano, plagado de pokéball- ¿Tienes algún pokémon tipo Volador?- N asintió, un poco confuso- Pues tendrás que sacarlo, porque nos vamos ahora mismo.
-¿Por qué tanta prisa?
-Tranquilo, te pronto te contaré todos los detalles. Pero ahora nuestra mayor prioridad es reunirnos con Crystal en Ciudad Iris. He ido a Ciudad Malva a comprar algunos aperitivos que comeremos durante el viaje, así iremos desayunados.
N seguía sin comprender porque Gold estaba tan apurado, ni sabía quién era esa tal Crystal que había mencionado. Tampoco estaba en condiciones de interrogarle, así que supuso que no tenía más remedio que seguir a Gold hasta Ciudad Malva. Por un lado, presentía que todo aquello tenía que ver con él, y con Reshiram. Confiaba en Gold, porque le había salvado, pero nada le gustaba un pelo. Sin embargo ¿qué podía hacer? Quería recuperar a Reshiram, y quizás Gold le daba la clave para ello.
N agarró la pokéball de Archeops. Decidió que era el más adecuado para el viaje por su resistencia. Lo liberó fuera de la cueva. El pokémon Protopájaro pirueteó en el aire, antes de posarse ante su entrenador, feliz de verse fuera de la pokéball. N le acarició la cabeza y comprobó que estaba en plena forma. Gold miraba al Archeops con ojos muy abiertos, asombrado por la rareza de la especie, nada común en Johto. Gold no acostumbraba a alejarse de su región y le preguntó a N dónde lo había conseguido. N le contó su procedencia, y los motivos que le llevaron a irse de Teselia. Le habló de White, de Ghechis, de cómo venció a Mirto. Y N se sintió terriblemente pesado al recordar su pasado. Gold no pareció entender completamente toda la historia.
Montó cada entrenador en su respectivo pokémon Volador y ambos emprendieron el vuelo hacia Ciudad Iris. N se sintió incompleto mientras Archeops aleteaba con fuerza para ganar altura y alcanzar al Skarmory de Gold. Siempre hacia travesías aéreas en el lomo de Reshiram. Archeops era más pequeño y mucho menos fuerte que el Blanco Veraz. N notaba en cada aleteo de su pokémon el esfuerzo que tenía que dedicar a elevarse. Reshiram hubiese dado alcance al alejado Skarmory con tan solo despegar del suelo.
La maestría de Gold entrenando pokémon inmediatamente se hizo notar cuando se estabilizaron y volaron en línea recta. Skarmory era sumamente rápido y se manetenía perfectamente firme en las corrientes de aire. Su piel metálica brillaba como si estuviera hecho de oro blanco y sus garras tenían el ángulo perfecto para desgarrar a sus enemigos. N lo seguía detrás, a pocos centímetros de su cola, con los pesados aleteos de Archeops retumbándole en el cráneo.
Ciudad Iris era muy tradicional. Las casas tenían un ligero toque asiático y las calles estaban pobladas de cerezos en flor, cuyo aroma invadía la atmósfera de la villa. N distinguió a lo lejos el Gimnasio Pokémon, pero no recordaba el nombre de su líder. Más allá de la ciudad, una torre tan alta como un rascacielos vigilaba Ciudad Iris bajo su sombra. Más allá del esbelto pilar, había otra torre, quemada y destruida, que antaño seguramente hubiese representado la grandiosidad de Iris y que ahora no era más que cenizas y cimientos. N sabía de qué torres se trataba, porque había leído la leyenda que precisamente caracterizaba a la ciudad. Él y Gold se dirigían hacia Torre Hojalata, dejando Torre Quemada a un lado. A medida que se acercaban, pudo distinguir una figura femenina en la cima, mirando hacia el cielo. N volado directamente hasta allí, pero Gold insistió en aterrizar en la entrada a la torre y subir a pie.
-¿Es necesario?- preguntó, visiblemente molesto por lo que iba a suponer una pérdida de tiempo, mientras se apeaba.
-Hazme caso. "Él" no aprueba que se llegue arriba en vuelo. Tiene que saber que realmente haríamos lo que fuera por estar en su presencia. Y eso sólo se consigue recorriendo la torre- explicó pacientemente, guardando a Skarmory.
-¿Quién es "él"?
Gold lo miró con seriedad y pronunció lentamente:
-Ho-Oh.
N no dijo nada, por una parte dudando de la veracidad de Gold. ¿Ho-Oh? Era sencillamente imposible, una pesada broma de mal gusto. Entraron en la torre.
-Gold ¿qué está pasando aquí?- interrogó, cortante, N.
-Antes de nada, te diré que ni yo sé exactamente lo que está ocurriendo realmente- Gold se detuvo, pensativo y su semblante cambió radicalmente- Pero tanto tú como yo estamos implicados. Te vi, N, te vi en Ciudad Olivo. Te vi con tu Reshiram volar hacia las Islas Remolino. Y poco después se lo llevan…Esa gente, el Equipo Plasma…
-¿Los conoces?- preguntó N, demasiado sorprendido.
-Me tocan mucho las narices- respondió, con cierto humor negro e ironía- El Equipo Plasma es un grupo muy fuerte. Poseen un cierto tipo de pokémon antiguos, llamados Athe, que tienen un poder inimaginable. Tú mismo lo has comprobado con ese Pidgey. Por alguna razón que desconozco han cogido a Reshiram. Y, obviamente, querrás recuperarlo.
-¿Acaso lo dudas?
-No- respondió tajantemente- Por eso te vienes con nosotros. Además- su voz fue bajando de tono hasta hacerse casi inaudible- tu conexión con Reshiram es…un tema de preocupación.
N ignoró las últimas palabras de Gold porque no las comprendió en absoluto. Subió las últimas escaleras. Se dio cuenta de que realmente estaba fatigado ¿cuánto habían subido? La conversación había aligerado notablemente la travesía, y lo que seguramente fueron decenas de pisos se convirtieron en unos meros escalones. Estaban frente a una gran puerta de madera, brillante y con la imagen de un gigantesco pájaro con una cola esplendorosa grabada a mano. Gold accionó el picaporte y con un sutil empujón, la puerta se abrió en dos. N se tambaleó con la llegada repentina de una ráfaga de viento y vio el cielo en todo su esplendor en el hueco dejado por la puerta. Gold le hizo un gesto con la mano de seguirle y N la atravesó detrás de él.
El aire en aquellas alturas era lo suficientemente fresco para hacer tiritar, pero N estaba demasiado nervioso para que le afectase lo más mínimo. Habían dado a un patio totalmente cuadrado y lo suficientemente espacioso para que se posara un helicóptero. N se asomó cautelosamente al borde y sus ojos admiraron Ciudad Iris y parte de las Rutas que daban a ella. La vista aérea era hermosa.
-¿N? Te presento a mi colega Crystal- mencionó Gold, atrayendo a N del brazo hacia la mujer que le esperaba en el centro del patio.
-Encantada de conocerte al fin, N- Crystal le tendió una mano amable.
N le sonrió, y Crystal se echó hacia atrás mientras hurgaba en su bolsillo. Gold asombrosamente la imitó.
-La tengo, Gold ¿tú tienes la tuya?- dijo la entrenadora, mostrándole una preciosa pluma que cambiaba de color si la movía.
-Afirmativo, querida- y en respuesta le enseñó la suya: una pluma plateada que titilaba a la luz del sol.
Crystal y Gold alzaron las plumas enganchadas entre sus dedos y dejaron que el viento bailase alrededor de ellas. En un acto increíble, las plumas brillaron en todo su esplendor y dispararon un rayo de luz, plateado y dorado que acabaron por entrelazarse, hacia el cielo despejado. En el punto donde se desvanecieron ambos haces, comenzaron a descender dos figuras titánicas y magníficas. N retrocedió y, en un acto instintivo, desenfundó la pokéball de Archeops con la intención de liberarlo desesperadamente. Gold le agarró inmediatamente la muñeca y negó con la cabeza. Las dos figuras voladoras estaban ya a media altura, descendiendo en perezosos círculos. A esa distancia, N ya pudo distinguir a uno de los pokémon que aleteaba con tanta elegancia. Imponente, regio, plateado como la luna, Lugia tomó tierra frente a Crystal. Emitió un suave canturreo musical y plegó las alas. El segundo pokémon no tardó en aterrizar. Era del mismo tamaño que Lugia pero más colorido, como si hubiese nacido de la esencia de un arco iris. A primera vista, el pokémon con aspecto de ave era de color rojo intenso, pero a cada paso que daba, destellos de otras tonalidades se podían apreciar en las puntas de las plumas. Su cola, dorada como una cascada de oro líquido, se abría como un abanico, cubriendo casi todo el paisaje tras él. N sabía que no se equivocaba al suponer que ese gran pájaro era Ho-Oh. Había visto retratos de Ho-Oh en todos los libros de leyendas que había leído en su palacio, pero ninguno de ellos había logrado representarlo a la perfección. Era una tarea imposible, admitió N para sí, porque la gracia de ese pokémon era sobrenatural.
-Nos habéis llamado, entrenadores, y aquí estamos- pronunció, señalando con un ala multicolor a su compañero Lugia- Oh, sí, la oscuridad que de antaño se apoderó de este planeta vuelve a brotar en los corazones de los pokémon más inocentes. Después de tantos años…
Lugia giró su cabeza para mirar directamente a Ho-Oh y al hacerlo se encontró con la mirada estupefacta de N.
-Vaya, vaya, vaya, mira quién tenemos aquí- dijo, con un tono tan despreciativo que N se encogió- Nuestro "gran salvador". Veo que no estás montado en tu querido Reshiram traidor, mocoso ¿Es que por fin has abierto ya tus ojos cubiertos de tontería?
-Lugia, basta- le reprendió el Arco Iris- El chico hizo lo que en una situación normal hubiese sido lo correcto. Entonces no sabía nada de los Athe, hasta ahora- lo miró con cierto interés- ¿No es cierto?
N tragó saliva y se tranquilizó. Era absurdo pensar que estaba hablando con un pokémon legendario, ya que él mismo poseía uno, o eso desde hace muy poco, desde que…N se tensó imperceptiblemente por el recuerdo repentino del secuestro de Reshiram.
-Gold me lo explicó todo, y pido disculpas, Lugia. Reshiram y yo no conocíamos lo grave del asunto, y actuamos por principios humildes- N realizó una tentativa de reverencia que resultó ser demasiado pobre.
-Bah, los humanos no veis más allá de vuestras narices.
Crystal se adelantó, interponiéndose entre N y Ho-Oh. Mostraba frenética preocupación. N pudo percibir las agallas de Crystal a través de esa capa de inquietud. Era una chica fuerte, sin duda, capaz de afrontar todo lo que le pusieran delante. Gold se le parecía, pero N pensaba que era de aquellos que actuaban más por impulsos que con la cabeza.
-Lugia, Ho-Oh, os suplico vuestra ayuda. Tanto Gold como yo hemos intentado erradicar con nuestras propias fuerzas a los Athe. Han hecho mucho daño a muchos entrenadores, y a sus pokémon. Pero no podemos, es demasiado para nosotros. Os lo juro- sollozó y se agarró ambas manos- Por eso hemos acudido hoy a vosotros, los legendarios, nuestra última esperanza.
Lugia no respondió, demasiado molesto con los humanos en general. Ho-Oh arropó a Crystal con un ala acogedora y cariñosa. Cloqueó y N pudo notar como hinchaba sutilmente el plumaje.
-Para eso estamos aquí, joven- Ho-Oh suspiró- Lo siento en cada pluma. Los pokémon caen ante la oscuridad. Se vuelven peligrosos…Debemos actuar de inmediato- de pronto, Ho-Oh pegó las plumas al cuerpo y graznó suavemente- ¿Escucháis? Los problemas llegan hasta Ciudad Iris. Saben que estamos aquí.
Gold, Crystal y N se miraron y corrieron a asomarse al borde de la torre. A simple vista, toda la villa que constituía Ciudad Iris estaba tranquila y apacible, pero un zumbido en la nuca advertía a N que realmente algo no iba bien. Crystal y Gold hubiesen dudado si los legendarios no hubieran afirmado que algo malo pasaba. N fue el primero en sacar a su pokémon volador, Archeops. Gold y Crystal le imitaron inmediatamente, sacando a Skarmory y a Noctowl, respectivamente. Los tres se colgaron de las patas de sus pokémon y descendieron hacia Iris. A media altura ya se podían escuchar gritos y golpes. Crystal señalaba con la cabeza una cabaña que destacaba de sus vecinas por ser más grande y voluminosa.
N aterrizó justo en la puerta y leyó el letrero que colgaba pobremente encima de ella: Teatro de Danza. Una explosión en el interior le hizo tropezar y el letrero cayó frente a sus pies, rompiéndose en dos mitades. Gold y Crystal se apresuraron a entrar, y N los siguió. Aferraba su cinturón con las pokéball más fuerte que nunca. Cuando atravesaron la puerta, una espesa capa de humo los sorprendió. N intentó distinguir las figuras de sus compañeros pero no podía ver ni siquiera la mano que agitaba instintivamente para guiarse. Gritó el nombre de Gold pero fue una mala idea y tragó una gran bocanada de humo negro. N tosió, ahogándose en aquella atmósfera gaseosa. Alguien le agarró del hombro y le puso un pañuelo en la boca. N respiró más tranquilo y dio un vacilante paso adelante. Aunque no veía más que oscuridad, sí que escuchaba ciertos ruidos: gruñidos, arañazos, golpes. Oyó un grito de horror y a continuación otra explosión que tiró a N al suelo y revolvió todo el humo alrededor. Angustiado por verse totalmente desorientado y sin poder ayudar, giró sobre sí mismo y descubrió una de las paredes del edificio. Palpando con cuidado, fue siguiendo la longitud de la pared hasta que su pie chocó con un escalón. N sonrió y dobló la rodilla con el propósito de subirlo, pero por más que levantaba la pierna no lograba encontrar el final del escalón ¿desde cuándo una escalera tenía semejantes peldaños?
-¡Noctowl, Despejar!- gritó Crystal en algún lugar muy alejado.
N escuchó un aleteo distante y un segundo después todo el humo se disipó, revelando una estancia que distaba mucho de ser un teatro dedicado a la danza: el suelo de madera estaba completamente levantado y astillado; del techo pendían lámparas japonesas fundidas y con el papel rajado; el telón que ondeaba, recogido, a ambos lados del escenario (lo que N pensó que eran unas escaleras) estaba hecho trizas. Sobre él, cinco mujeres se enfrentaban a una sola. Sin embargo, era la mujer solitaria la que se mantenía firme e impasible. De las cinco chicas, únicamente una de ellas se sostenía débilmente en pie. El resto estaba de rodillas, sollozando y acunando a sus pokémon los cuales todos eran evoluciones de Eevee. N corrió hacia ellas. Sin lugar a dudas eran los pokémon los que en peores condiciones estaban. Hecho polvos, heridos y semiinconscientes, utilizaban las pocas fuerzas que le quedaban en transmitir su dolor con temblorosos aullidos. Las entrenadoras tampoco permanecían intactas: varias lesiones y magulladuras recorrían sus frágiles cuerpos y sus vestimentas, hermosos y coloridos kimonos, estaban para el arrastre total y poco ocultaban. N trató de mirarlas fijamente a la cara, pero era imposible no ver por el rabillo del ojo ciertas virtudes que las jóvenes no pretendían tapar, debido a la conmoción de ver a sus criaturas en tal estado.
Hubo un chisporroteo seguido de un golpe seco. N contempló a la chica que todavía resistía a las heridas. Luchaba con un Jolteon cansado y lacerado. El pokémon tipo eléctrico se enfrentaba a un Scrafty en perfecta salud. N hubiese dado por supuesto que el Scrafty acababa de salir de la pokéball si no fuese porque su cuerpo soltaba pequeños haces de electricidad. Un claro signo de que sufría los percances de la paralización.
-No creas que este cambio de estado me asusta- comentó la entrenadora del Scrafty- Mi pokémon es fuerte, muy fuerte, y los ataques normales no podrán acabar con él.
N sintió como la bilis le ascendía por el estómago. Acababa de reconocer a aquel individuo, con sus ropas tan medievales: era una soldado del Equipo Plasma.
-Jolteon, usa Chispa- ordenó la chica del kimono, haciendo caso omiso a las palabras de la villana.
Jolteon se rodeó a sí mismo de un aura electrizante que a cada segundo ganaba más intensidad. Cargó contra el Gamberro a una velocidad impresionante debido a sus sangrantes llagas. Scrafty no hizo nada por esquivar el movimiento. Dejó que Jolteon impactara directamente contra su pecho y le transmitiera toda la poderosa corriente eléctrica que emanaba del pelaje del Relámpago.
Scrafty ni siquiera parpadeó. Alzó el brazo y propinó un Demolición a la cabeza de Jolteon. Jolteon quedó inconsciente al momento. La entrenadora del tipo eléctrico soltó un grito ahogado y N pudo ver como dos lágrimas silenciosas bajaban por sus mejillas acaloradas.
-Se acabó, Sakura- dijo la soldado Plasma- Dame la Campana Oleaje.
La joven de nombre Sakura se estremeció y dudó. Lanzo una mirada rápida a su abatido Jolteon y sacó de un bolsillo oculto de su kimono un objeto esférico del color del mar en un día soleado. Cuando Sakura se lo ofreció a la soldado Plasma con una mano temblorosa, el objeto repiqueteó con una suave y prolongada nota musical que imitaba la brisa marina. N observó bien el rostro de la soldado, pero finalmente admitió que no la había visto nunca. Ese hecho le sorprendía, porque creía que, cuando de antaño tenía el control de toda la organización Plasma, conocía a todos sus integrantes. Pero esa mujer, de ojos tan claros como el hielo, era totalmente desconocida para él.
Un borrón oscuro pasó como una flecha entre Sakura y la soldado. Sakura se echó hacia atrás gritando y con las manos en alto. La soldado no pareció alarmarse, pero su rostro había cambiado ligeramente. Arrugaba con sutileza el labio superior. N entendió inmediatamente la razón. El borrón resultó ser el Noctowl de Crystal, que se posó suavemente en su hombro. En el pico agarraba la Campana Oleaje.
-No te hará falta- dijo Crystal, con un toque de ira en su voz- Lugia está de nuestra parte.
La mujer de ojos gélidos no pronunció palabra. Por otro lado, Scrafty atacó sin previo aviso a Noctowl con un Patada Salto Alta que lo envió fuera del teatro. La Campana Oleaje se desprendió del pico del Búho y rodó lejos de él. Scrafty corrió a cogerla. Gold y Crystal se abalanzaron hacia el Gamberro, pero Scrafty los esquivó sin ninguna dificultad. N abandonó al resto de conmocionadas chicas con kimono y fue tras el pokémon tipo lucha/siniestro, aún siendo consciente de que era completamente inútil alcanzar a un ser tan ágil y veloz.
-¡Lugia!- gritó, sin saber exactamente por qué.
Scrafty rozaba con las yemas de sus diminutos dedos la campana cuando un inmenso alarido lo espantó y se echó hacia atrás con los ojos en blanco. El colosal cuerpo plateado de Lugia cayó sin miramientos sobre la Campana Oleaje, provocando un ligero temblor que sacudió los cimientos del Teatro de Danza.
Lugia gruñía y miraba a Scrafty con ojos cargados de furia, con las alas extendidas, preparado para atacar. Scrafty se convirtió en pura luz roja y regresó a la pokéball de la soldado. Gold y Crystal estaban sentados en el suelo, impresionados por la bruta e inesperada aparición de Lugia. N, en cambio, se sentía sorprendentemente tranquilo ante la presencia del legendario plateado. La soldado observó cada uno de los rostros de los entrenadores. Se esmeró un buen rato en el de N, pero él no se dejó intimidar y la fulminó con la mirada. La mujer sonrió, y sus ojos árticos se volvieron muy luminosos. Sacó una segunda pokéball y liberó a un Sigilyph al cual se agarró a los apéndices inferiores. Sigilyph echó a volar, y N no se movió hasta que se perdió de vista.
-Lugia…-llegó a musitar.
-Me has llamado- pronunció con voz queda, visiblemente impresionado- He escuchado tu llamada porque en verdad necesitaste que viniese.
N registró el hecho de que Ho-Oh no estaba cerca. Sólo había acudido Lugia ¿sería porque su conciencia lo había relacionado automáticamente con la Campana Oleaje? No, no era por eso. N se llevó una mano al pecho. El corazón le latía a un ritmo normal, a pesar de todas las emociones de aquel día que empezaba a tocar su fin. Sin embargo, los ojos rojizos del pokémon Buceo no reflejaban la confianza ni la tranquilidad que la figura del gran legendario inspiraba inexplicablemente en N, sino más bien inseguridad y desaprobación.
Gold le manoseó un hombro y tiró de él. N, aturdido, miró hacia el grupo de chicas heridas que reposaban junto a sus pokémon.
-Tenemos que ayudarlas, amigo- dijo, apremiándole aún más a que las socorriese.
N asintió y buscó a Crystal. La encontró arrodillada a los pies de Lugia y abrazaba a su Noctowl con pena y dolor. El pokémon Buceo la arropó con una gigantesca ala plateada. Inconscientemente, N proyectó su mente a la del Búho…y la percibió como una luz a punto de apagarse. Apenas brillaba, pero estaba ahí, y cada vez cobraba más fuerza. N podía sentirlo. Noctowl no estaba muerto, y pronto se recuperaría. Mientras N incorporaba a una de las muchachas junto a la pared y le vendaba un par de heridas, pensó que la última vez que había conectado con la mente de un pokémon había sido en Pueblo Terracota, con el Snivy de White.
