Thranduil abandona Erebor, pero Thorin debe ocuparse de otros infortunios que le acontecen antes de partir a Mirkwood.
El cielo comenzó a tornarse de un claro color púrpura. El inicio del día estaba cerca. Thorin no había dormido el resto de la noche, y ni siquiera lo intentó. Permaneció sentado en una de las sillas de hierro de la mesa de la terraza, abrigado con una gruesa capa de piel lobuna negra, para soportar aquellas bajas temperaturas nocturnas.
Se levantó de la silla y llamó a sus criadas para que le prepararan el baño. Las tres atendieron al llamado de inmediato, a pesar de que la hora habitual de servicio aún no llegaba. El Enano pidió que el agua estuviera un poco más caliente esta vez, el hecho de haber pasado tanto tiempo fuera le había helado hasta los huesos.
Su sumergió en el agua placenteramente caliente y cerró los ojos.
Thranduil se iba aquella mañana, bajo los primeros rayos del sol, y como habían acordado por decisión de Thorin, el Enano partiría a Mirkwood una semana después, con otro grupo de mercaderes que se dirigían a las tierras del Este a lo largo del Anduin.
Al terminar, una de las Enanas lo secó con una toalla, enrollándola luego sobre la cintura del príncipe. Salieron del baño y las ropas estaban ya sobre la cama. Esta vez se trataba de una túnica sencilla color morado con detalles dorados, acompañada de un grueso cinturón de cuero negro con cintas también doradas. Mientras le secaban el cabello, uno de los guardias irrumpió en el recinto.
- Mi señor, el rey Thrór requiere de su presencia en la sala privada del rey, de inmediato.
Thorin se sorprendió por aquella llamada, pero se apresuró a terminar de vestirse y salir de sus aposentos. Mientras avanzaba, las preguntas y conjeturas brotaban de su cabeza como si se tratara de una fuente. ¿Por qué su abuelo quería hablar con él?... ¿era mera casualidad que le mandara a llamar a la mañana justo después de su encuentro con Thranduil?... Sus piernas le fallaron un par de veces. El guardia que le acompañaba lo observó con extrañeza, por lo que Thorin trató de controlarse en lo que faltara del camino.
Los Caballeros de la guardia real le abrieron las pesadas puertas de oro a los aposentos de su señor abuelo y estas se cerraron en un sonido pesado tras de sí. Su corazón latía desenfrenado dentro de su pecho, pero caminó a paso decidido hacia la sala privada del rey.
Al abrir, no encontró a nadie y aquello no hizo más que incrementar su nerviosísimo. Le tomó unos momentos el decidirse si esperar o retirarse; pero reparó que no soportaría permanecer en un solo sitio demasiado tiempo, no en aquella situación, por lo que se inclinó por la segunda opción; no obstante al dirigirse a la salida, las puertas no se abrieron. Trató de empujarlas varias veces, pero estaban bloqueadas desde afuera. Airoso, llamó a los guardias, ordenándoles que le dejaran salir, y desde las afueras, pudo escuchar como uno de los caballeros contestaba: - El rey Thrór ha ordenado que permanezca aquí hasta que concluya la salida de la compañía del rey Thranduil.
Aquello lo heló de pies a cabeza.
Lo sabía. Thrór lo sabía.
Después del golpe, trató de mantener la calma y no alarmarse más de lo necesario. Thranduil había notado algo en aquel instante, pero sea lo que sea que fue no pudo estar lo suficientemente cerca para verlos entre la penumbra, o de lo contrario, la poderosa vista del rey élfico le hubiera detectado de inmediato.
Regresó a la sala privada del rey y se sentó en una de las sillas del costado derecho, cerca del sitio de su abuelo. "No tengo nada que ocultar" se dijo para sus adentros "No tengo nada que ocultar" repitió.
"Esto es lo que debo creer cuando lo enfrente."
Esperó alrededor de dos horas, lo que le ayudó a recuperar la cabeza fría y la compostura. Sea lo que sea que viniera, lidiaría con ello.
Finalmente, las puertas principales se abrieron. Thorin escuchó el sonido pesado de unos pasos. Eran dos pares de pies. Al instante, su abuelo y su padre entraron a la sala. Thrór fue directo al asiento principal y Thráin ocupó el suyo junto a su padre.
Ambos observaron directamente a Thorin. Las miradas fueron duras, hasta cierto punto acusadoras.
- ¿Qué ha sucedido? – preguntó el joven Enano, con un exitoso tono de voz áspero y levemente molesto, típico de él.
- Las cosas han comenzado a ponerse misteriosas por aquí, Thorin. – comenzó su abuelo, con gravedad. – Nada de lo que acontece dentro de las paredes de mi castillo se me escapa de las manos. Asumo que estás consciente de ello.
Thorin lo observó sin parpadear. No sabía hasta qué punto su abuelo estaba al tanto de la situación; y ya conocía muy bien aquel truco que utilizaba para obtener información, cuando sus presas, victimas del nerviosismo, el temor o la culpa, confesaban sus crímenes a un juez que los ignoraba por completo o solo conocía la mitad de ellos.
- Creo que te refieres a mi reunión con el rey Thranduil, la noche del banquete. – se aventuró, desafiante. Thrór arqueó una ceja, Thorin no estuvo seguro si había revelado la información equivocada o si su abuelo estaba sorprendido de que el príncipe admitiera su "delito" tan abiertamente.
- ¿De que se trató todo eso? – preguntó Thráin, quien no podía disimular su creciente enfado.
Sin embargo, antes de que Thorin pudiera comenzar a procesar a mil por hora su respuesta, Thrór levantó la mano, en indicación de que no había terminado de hablar. Thráin se levantó y salió de la habitación. El silencio que reinó mientras su padre estuvo fuera fue acuchillante, su abuelo mantenía su vista fija, como tratando de encontrar las respuestas a preguntas que solo él conocía.
Al momento, se escucharon dos pares de pies que se dirigían a la sala. Thorin se sorprendió al ver a Elim, el Enano de cabellos rojos, entrando justo detrás de Thráin.
Las cosas de hecho estaban comenzando a ponerse misteriosas para el mismo Thorin. Temió que su primera respuesta hubiera sido demasiado apresurada y que todo el asunto se tratara de algo completamente diferente y ahora acababa por darle a su abuelo otra cosa más por la cual interrogarlo.
Cuando se hubieron sentado (Elim justo enfrente de Thorin, quien evitó el contacto visual), su abuelo continuó – cuéntame de tu reunión con Thranduil. – ordenó.
- Nos encontramos en el pasillo, cuando yo salí a tomar aire. – dijo mientras su cerebro trabajaba una respuesta satisfactoria. – Aparentemente coincidimos en la necesidad de un respiro.
Thrór no dijo nada, dejándole en claro que aquello no era suficiente.
- Me abordó para discutir el asunto del trato que planteó en un inicio. – dijo entrando en pánico cuando se dio cuenta que de hecho no estaba haciendo más que improvisar, y aquello podía fácilmente hacerle caer en su propia trampa– Me dijo que no quería ni necesitaba dos mil guerreros Enanos, debido a que eso no haría más que entorpecer los intentos de restablecer las relaciones entre nuestros reinos, dado que según sus palabras "tantos Enanos amenazarían mi buena cordura y la de mi gente.", por lo que consideraba que las cosas debían hacerse mucho más despacio y mi presencia en Mirkwood sería un buen comienzo.
Thrór mantuvo su vista fija en su sobrino y con esto, el pánico de Thorin no hizo más que acrecentarse, dado que las pocas ideas se le escapaban o eran absolutamente inservibles; sin embargo el rey finalmente tomó la palabra.
- ¿No estás obviando nada, Thorin? No me gustaría pensar que te estás atreviendo a mentirme.
Thrór hizo un ademán en dirección a Elim, y este rebuscó en una de sus bolsas laterales. Los ojos azules del príncipe siguieron el camino de la mano que sostenía la pinza de plata, hasta que fue colocada al centro de la mesa. El corazón se le disparó. ¿Cómo fue posible? ¿Cómo fue posible que hubiera cometido semejante error?
- Lo encontré en uno de los escalones que van hacia las terrazas del norte. Lo reconocí de inmediato. Usted llevaba sujeto el cabello con esto. – Dijo el Enano de barbas rojas mirando al príncipe. – Mientras se desarrollaba el banquete, noté que tuvo una riña con el rey Thranduil en el estrado, y eso le obligó a usted a marcharse… momentos después, el rey también se levantó y salió por la misma puerta que usted… asumí que trataba de seguirlo. – Thorin observaba fijamente al atractivo Enano de barbas rojas. No era capaz de culparlo ni de enfadarse tanto como lo merecía, puesto que no parecía que quisiera perjudicarlo de algún modo, más bien, lucía preocupado, y eso le dio la respuesta que necesitaba. – Me tomó mucho tiempo seguir el rastro sin que me descubriera… por lo que cuando encontré la joya temí lo peor. Pero me embargó el más grande sentimiento de alivio al llegar a sus aposentos y ser notificado que usted estaba dentro, sano y salvo. – Dijo Elim.
- No cometas el error de creer que no me di cuenta cuando Thranduil se levantó del estrado y se marchó – interrumpió Thrór, enviándole una mirada que denotaba sospecha - nunca estaría lo suficientemente tranquilo compartiendo el mismo salón con ese brujo… sin embargo, no imaginé que su salida tuviera que ver contigo. – el viejo rey se levantó y comenzó a caminar lentamente alrededor de la mesa. – Seis mil años caen sobre la espalda de Thranduil, y no en vano, aunque su apariencia no lo manifieste. De su boca no salen más que artimañas y encantamientos que llevan a sus presas a hacer lo inimaginable solo por complacerlo. Antes te dije que Thranduil tenía objetivos más oscuros que los que se atrevió a manifestar… y ahora no me cabe duda de eso. - dijo el astuto rey deteniéndose justo detrás de Elim, al frente de Thorin - ¿Qué es lo que te ha propuesto a ti, mi amado nieto, que no has tenido la suficiente prudencia y sabiduría para contármelo?
"No tengo nada que ocultar" se dijo, desafiando la mirada del rey. "No tengo nada que ocultar".
- Lo que te he dicho a sido la verdad. La pinza no tiene nada que ver con el rey Thranduil. Luego de que nos reunimos y él me planteó su punto de vista, caminamos juntos hacia una de las terrazas… del norte. – Puntualizó dedicándole una mirada severa a Elim – pero fue ahí donde nos separamos. En el camino no hablamos más, el rey buscaba quietud y silencio, y eso fue lo que obtuvo. La pinza debió haberse resbalado en algún punto, simplemente no lo recuerdo. - dijo con tono molesto, ofendido, y no le fue difícil, puesto que de verdad se sentía así. Siempre que hablaba de Thranduil con su abuelo, le volvían a embargar las mismas dudas. ¿Por qué no creer en la palabra de Thrór cuando decía que el elfo no buscaba más que satisfacer sus propios fines? que era el más diestro en las mentiras y la manipulación. – En cuanto a la supuesta riña entre el rey y yo – continuó, observando a los ojos a Elim – se dio porque te atreviste a interrumpir nuestra incomoda y obligatoria conversación con tus obsequios. Él quiso saber la razón de tu detalle y el significado de tus palabras.
Elim se sonrojó como pocas veces lo había visto hacerlo y bajó la mirada, susurrando– ruego por el perdón.
Thorin observó a su abuelo. Podía notar la duda en sus ojos. Si algo definía a Thrór era la desconfianza, y ni siquiera su nieto era la excepción. Sin embargo, retornó a su asiento y luego de un breve silencio, resolvió – Tomaré tu palabra como un hecho, Thorin. Pero quiero que recuerdes lo perjudicial que puede ser para ti si lo que has dicho han sido mentiras. La justicia del rey caerá sobre ti con la misma ira, aunque seas de mi propia sangre.
Y con esto, pidió a todos que dejaran la sala de inmediato, a excepción de su hijo, Thráin.
Thorin y Elim salieron juntos de los aposentos reales.
- Mi señor… - dijo el Enano mientras caminaban por el pasillo – ruego que me perdone, por el inconveniente que he causado. Sin embargo y aunque no intento excusarme, fue el temor y la preocupación autentica la que me llevó a actuar de esta manera.
- Pudiste haber hablado conmigo en vez de ir a contárselo al rey. – contestó sin contener su molestia. – Fue entrometido. Y me diste problemas.
Elim no dijo nada y Thorin sintió una repentina compasión por el Enano. Ninguno de los otros tres eran tan devotos y resueltos como Elim, quien siempre había demostrado mucho más que obligación en sus actos. Thorin permitió que caminara con él hasta sus aposentos.
- Por favor… - exclamó, invitándole a pasar a las estancias. El Enano con hebras de fuego se sorprendió, pero acató rápidamente la orden. – No es la primera vez que haces tonterías apresuradas, Elim. – dijo Thorin, esta vez con una mueca en la cara, casi como una sonrisa. – Quiero que entiendas de una vez, que soy perfectamente capaz de cuidar de mi mismo, no necesito que lo hagas por mí. – continuó, dirigiéndose a la terraza.
- Estoy profundamente avergonzado, mi señor. – contestó el Enano. Ambos observaron la ruidosa ciudad a sus pies – Pero supongo que son acciones desesperadas… - continuó, dirigiendo sus ojos cobrizos a los azules del príncipe – realmente deseo unirme a usted… pero la competencia es ardua, y eso exaspera mi corazón…
Thorin lo observó unos instantes. ¿Por qué no pudo ser así de sencillo? Aquí estaba su lugar, pero su corazón lo denegaba. Sin embargo, Thorin sabía que era algo que tenía que hacer...
- No lo es, Elim. – contestó, luego de la breve pausa – Tú siempre has estado a la vanguardia.
Thorin observó como los ojos cobrizos se abrían como platos. Se sintió terrible por expresarle su decisión en aquel momento, en las vísperas de su visita a Mirkwood… pero necesitaba algo que le obligara a regresar… algo que le recordara que su lugar estaba en Erebor…
- Te he elegido a ti como mi pareja… - dijo tomándole de las gruesas manos envueltas en cuero – Sé que tuve que haberlo hecho desde hace mucho tiempo, pero no deseaba apresurar mi decisión, no sin antes estar seguro.
Observó aquellos cálidos y apasionados ojos rojos, y se prometió mantenerlos en su mente mientras durara su viaje... serían la razón que necesitaba para regresar, sin importar lo que allá aconteciera, el honor le haría volver y cumplir con su promesa.
Elim se acercó lentamente y posó sus labios sobre los del príncipe. En otros tiempos, el beso hubiera sido bien acogido, pero en aquel momento no resultó más que frío e insípido.
