Don't even try to hold it back
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Yurio había bajado al local al día siguiente.
Se había hartado de estar todo el tiempo encerrado en su habitación cual tigre enjaulado, Plisetsky no es de quedarse en su habitación viendo la televisión con el sedentarismo brotando de cada poro de su piel. Él debía de moverse para sentirse bien. Además de que su pie ya dolía mucho menos que al principio.
Cubierto de pies a cabeza, bajó por las escaleras detrás del escenario y se escabulló por la puerta trasera para que nadie lo viera. Celestino se pondría como loco si se enterara que salió aún cuando su pie no se encontraba completamente sano, y no iba a soportar el sermón del viejo.
Recorrió la entrada de aquel callejón en el que le era normal pasarse cuando salía de su hogar sin adentrarse en sus profundidades, viendo las cegadoras luces de la calle que daban a la puerta principal del local que brillaba en colores neón bajo el manto oscuro del cielo.
Dejó que la helada brisa a la que estaba tan acostumbrado que proporcionaba esa noche lo calmara.
Soltó un suspiro de sus delgados labios que liberó una tenue nube de vaho. Se sentía bastante pensativo, pateaba las piedras que se encontraba en su camino de manera inconsciente a la vez que sus ojos veían la nada y su mente pensaba en todo.
Estaba aburrido y, aunque sonara absurdo, no tenía amigos a quienes llamar y con los que pasar el rato, ni siquiera tenía un teléfono y dudaba que Celestino le prestara el del local con el que se comunicaba con sus clientes.
Desde hace años que le importaba poco las amistades o el querer contactarlas… específicamente desde que su abuelo, lo único que le quedaba de familia y quien lo crió, murió.
Sus padres nunca se hicieron cargo de él. Su abuelo fue una mejor figura paterna que cualquiera de sus ambos padres.
"Tenemos trabajo", "Hay mucho que hacer", "viaje de negocios".
Puede que piensen mal, pero Yurio no soltó ni una sola lágrima cuando le dijeron que el avión de sus padres chocó contra un cerro saliendo de lo que en ese entonces era la capital de Corea.
Él pensaba en esos sujetos como meros conocidos. No se sintió mal, no los necesitaría y nunca los necesitó, sólo quería a su abuelo.
Y su abuelo falleció cuando Yurio más lo necesitaba.
Sí, le había dejado una casa en su nombre, pero sin dinero para mantenerla. Por ese motivo, Yurio dejó sus estudios, vendió aquella preciada casa que albergaba tantos recuerdos y se fue a trabajar, primero como barista hasta convertirse en bailarín exótico.
Al decirle adiós a la casa de su abuelo, sintió que también se despidió de él. Y lo extrañaba tanto.
No le interesaba ser visto por varios hombres depravados cada día, deseando su cuerpo, manoseándolo de vez en cuando a su antojo, lanzándole piropos desagradables.
Se podía decir que Yurio murió con su abuelo… pero por alguna razón, Viktor le hizo revivir.
Plistetsky no era tonto en comparación a "unos". Él sabía desde un principio que algo andaba mal entre ese grupo que iba cada jueves.
Y así era, no le tomó por sorpresa saber que eran de la mafia. De hecho le pareció más interesante.
Quería algo con el mismísimo jefe de la mafia. Quería enamorar a Viktor Nikiforov y hacerlo obedecer a cada una de sus ordenes por más idiotas que sean.
Quería dominarlo, quería poseerlo. La sed de poder le trajo sentido a su existencia de adolescente moribundo que cayó en el lugar equivocado.
No se iba a detener hasta-
—Te he dicho millones de veces que no te acerques a mi hermana —escuchó una voz al final del callejón en donde se encontraba, seguido del sonido de una puerta cerrándose con fuerza, probablemente del local.
Yurio alzó una ceja, estaba seguro que había escuchado esa voz en algún lado mas nada se le venía a la mente.
—No me le acerqué —esta vez escuchó la voz de Emil—, no le he hablado en semanas —dijo un poco triste.
Yurio no era de las personas que les interesaba mucho la vida de las demás personas, no era chismoso, en pocas palabras… pero ver a su compañero de trabajo en media riña con un importante miembro de la mafia italiana era verdaderamente entretenido.
Sabía que Michele tenía una relación de odio con el hombre del bar en su local, no era una sorpresa para nadie que a Emil le gustara la hermana Crispino, y sobre todo que ella gustara de él.
No era nada nuevo el estar viendo las peleas de un futuro cuñado y el novio de tu hermana.
—Pues no deberías de hablarle nunca más —le dijo con fiereza.
Emil vio al Crispino con enojo. No entendía la obsesión por quitar a su hermana de su camino, ¿qué era lo que le pasaba para que no los dejaran tener una relación? ¿De verdad no era digno de tener a alguien tan hermosa y amable como Sara a su lado?
—Eres un maldito posesivo —escupió el rubio mientras veía al moreno.
—Sólo creo que Sara se merece algo mejor que un maldito barista como novio —lo miró de arriba abajo—, eres muy poco para ella.
Plisetsky estaba tan absorto en la conversación. Parecía la escena de un programa de televisión, esto era malditamente increíble. Sabía que si lo descubrían habría serias consecuencias, pero no podía apartar la mirada.
Yurio se impresionó bastante al escuchar un golpe sordo. Volteó a ver del otro lado de la pared. Michele tenía de la camisa a Emil y ambos se hallabn en el piso, parecía que en cualquier momento se iban a moler a golpes, podía ver la furia en los ojos del rubio.
Pero la acción de Michele confundió a los dos rubios de la situación.
Michele Crispino había besado a Emil con fuerza.
Mientras el rubio forcejeaba para deshacerse del amarre del moreno, Michele seguía besándolo, pasando su lengua por los labios de aquel barista.
Movía los labios con fiereza y pasión, dejando salir todo lo que llevaba dentro y transmitiendo miles de emociones. Yurio podía ver la saliva mojando los labios de ambos.
Emil había dejado de forcejear en cierto punto para poner ambas manos en las piernas al lado de su cuerpo, acariciando lentamente al contrario y posicionando su cabeza en otro ángulo para mayor comodidad.
Para ser un beso forzado, ninguno parece disgustado, pensó Plisetsky.
Michele se separó del rubio y rompió el momento tan íntimo en el que habían sido absortos, susurrando quedito a sus labios algo que Yurio no pudo escuchar con claridad: —No quiero que seas de mi hermana, porque quiero que seas mío.
Alguien tomó del brazo de Yurio sacándolo de aquel lugar lleno de tensión, sabía que no estaba bien espiar, pero maldita sea, se estaba poniendo buena la situación. No podía caminar bien, de repente se caía y el extraño que tomó su brazo lo entendió en seguida.
Saliendo del callejón en donde la luz podía entrar a la vista de ambos, vio a aquel chico con peinado moderno mirarle con su cara seria de siempre.
Yurio había olvidado su nombre.
—No debes de ver cosas que no te incumben —le regañó.
Un escalofrío pasó por la espalda del menor, su voz era aún más grave cuando no había ruido que la obstruyese.
El alto vio el pie con vendas de Yurio.
—¿Necesitas ayuda para ir a algún lado? —le preguntó escondiendo ese pequeño toque de coqueteo que le salió sin pensar.
Plisetsky lo miró con una ceja alzada. No quería volver al bar, de verdad no quería. Odiaba sentirse encerrado. Volteó a ver al hombre que le acompañaba.
—En realidad prefiero estar afuera unos minutos —miró una banca que estaba cerca.
Caminó con dificultad pasando de alto al otro chico. No lo había ignorado, de hecho quería que le siguiera el paso, pero Otabek era demasiado distraído como para creer que eso era una invitación a sentarse con él en la banca.
Creyó que le estaba dando a entender que quería que se fuera.
Al final no se fue, pero tampoco se sentó en la banca.
Se fue directo con el chico, parado a un lado del asiento de madera, disfrutando del silencio que había en la calle.
Yurio no sabía que decir, el silencio era bastante cómodo. Había empezado a llover y podía escuchar las gotas que caían lentamente como lo hacía el rocío en la mañana.
Ninguno de los dos tenía un tema de conversación, ninguno de los dos se conocía lo suficiente como para hablar de cualquier tema trivial, pero por alguna razón, Plisestky abrió la boca para hablar.
—La lluvia me agrada —llamó la atención de Otabek —, cuando era pequeño mi abuelo me decía que era lo que llenaba los océanos, por eso estaban tan grandes —sonrió de lado.
Altin alzó una ceja, no sabía el porqué le estaba diciendo eso aunque no se quejaba. Un tema crucial para comenzar una conversación, eso alegró el corazón de kazajo, porque en el fondo de su alma sabía que eso significaba un "Me interesa que estés aquí".
—Mi abuela me decía que la lluvia llenaba de estrellas el cielo —siguió Otabek —, las gotas de lluvia que eran demasiado preciadas se quedaban pegadas en el cielo nocturno —dejó salir una pequeña sonrisa.
Yurio dejó rebelar un sonrojo, ni siquiera se había dado cuenta de que le había hablado a un extraño de alguien tan personal como lo era su abuelo…
Fue un simple reflejo al ver la lluvia, se puso nostálgico y quería expresarlo. Pensó más cuidadosamente qué decir a continuación.
—Hum… —quiso quitar la conversación de los abuelos y se acomodó un mechón de cabello detrás de su oído— ¿por qué están ustedes aquí? Normalmente vienen sólo los jueves.
El kazajo se sentó al lado de Yurio, dejando sus manos en los bolsillos mientras suspiraba.
—No sé porqué Michele está aquí —habló desinteresado, encogiéndose de hombros—, yo tengo trabajo.
El rubio alzó una ceja para mirarlo confundido.
—¿Trabajo? — preguntó.
Otabek acomodó su cabeza en el respaldo de la banca, mirando como el cielo goteaba de poco en poco, una gota cayó en su mejilla.
—Soy guardaespaldas —confesó.
El ruso quiso reír por la ironía que eso implicaba. Dejó salir una sonrisa burlona.
—¿Guardaespaldas? —repitió—, se ve que haces de maravilla tu trabajo —se burló con aquella voz que, pensaba él, se escuchaba ruda y agria.
Ahora que lo pensaba, era él… era él aquel chico que los jueves no se sentaba a pedir una bebida, simplemente se quedaba de pie sin hacer nada, viendo los bailes que se presentaban cada noche sin mucho interés.
—Entonces eres parte de la mafia —asumió Yurio después de un tiempo de haber estado en silencio.
Otabek se giró a verlo con una ceja alzada, un poco confundido pero pensando en su respuesta.
—Algo así —respuesta que no quiso decir por completo.
Era obvio que era parte de la mafia, no podía fingir que no era verdad, a pesar de que su puesto no era muy alto y él lo sabía.
No quería decir con una seguridad orgullosa que de verdad estaba en la mafia, no le era de su tipo el decir que estaba cob la bratva, no le parecía que era correcto ni lo que hacían ni de lo que se jactaban, pero era la vida que le tocó llevar. Otabek se mantenía fiel al ser humano que era, y, sobre todo, a sus principios.
La moral no existía cuando estabas en la mafia.
Yurio lo miró con el ceño ligeramente fruncido, "¿a qué se refiere con algo así?, ¿estás en la mafia o no?"
—No tengo un rango tan alto como para dar ordenes, pero tampoco tengo un rango tan bajo como para ser un simple sirviente —explicó tras ver la expresión del rubio—, estoy en el medio… sin muchos problemas, pero tampoco con pocos. Soy un simple guardaespaldas —dejó que su mente vagara a sus recuerdos pasados.
Aquellos en los que aún era pequeño y Viktor le enseñó lo que era arrebatar de otros sin piedad.
Y con el tiempo ya no le importaba. Sabía que estaba cometiendo un delito al robar el último aliento de alguien, sabía que eso estaba mal y su parte moral le decía que eso no era lo que su abuela le había enseñado con tanto esmero.
Pero por alguna razón no le importaba.
No sentía arrepentimiento por haber matado, simplemente sabía que estaba mal.
Otabek fue contratado como guardaespaldas de Viktor, porque era el mejor asesino de Rusia. Bueno, Viktor lo declaró así… cuando se enteró que el pequeño Otabek de tan sólo siete años de edad acabó con la vida de sus mismos progenitores.
Pero después entraremos en detalles.
—Entonces, ¿de quién eres guardaespaldas? —preguntó Yurio después de unos minutos, mientras le miraba con una pequeña sonrisa.
Otabek no pudo evitar sentirse un poco encantado con aquella mirada brillante y sonrisa traviesa que el ruso solía tener de vez en cuando.
—De Viktor Nikiforov —susurró embobado con la cara del rubio.
La sonrisa de éste se esfumó por completo. Era el guardaespaldas de su mayor deseo sexual, pero… si era guardaespaldas de ese hombre eso significaba que estaba en el local.
¿Por qué?
—¿Está en el local? —preguntó con una voz llena de desagrado.
—Sí —respondió seco el kazajo sin importar que estaba viendo de más al menor.
No, Yurio no quería pensar que estaba en el bar porque había querido ver al cerdo, no lo quería imaginar, se negaba a abordar cualquier tipo de pensamiento extraño que tenga que ver con esos dos juntos.
—Creo que debo regresar —se levantó de la banca.
Iba a vigilar si esos dos idiotas no estaba coqueteando por algún lado. Yurio no lo permitiría.
—Te acompaño, creo que yo igual debo de regresar —se levantó de igual manera el alto, mirando desde arriba la cara del menor en duda.
"Es verdad" pensó Yurio. Miró al mayor con curiosidad.
—¿Cuál era tu nombre? —preguntó.
El corazón seco de Altin casi se desborda de su lugar como una hoja en pleno otoño al saber que su amor platónico no se sabía su nombre. Bueno, supongo que era obvio ya que que no hablaban mucho.
—Altin —comenzó—, Otabek Altin — respondió, quería hacerse ver el interesante, así que preguntó el nombre que el menor tenía a pesar de ya saberlo —, ¿cuál es el tuyo?
—Yuri —respondió. En seguida lo invadieron las ganas de corregirse, ya no le gustaba ese nombre que tenía gracias al maldito cerdo—, q-quiero decir Yura —la cagó—. ¡No! ¡Yurio, Yurio está bien!
Otabek sonrió de lado. Acarició la cabeza del menor, como si se tratara de un pequeño gato haciendo rabietas.
—Ya veo… Yura —le llamó. Un sonrojo en las mejillas del ruso se hizo presente al igual que la sangre en la nieve —, volvamos.
El mayor se fue caminando lento, esperando por el paso del rubio.
Las ganas de llorar estrujaron su pecho, porque nadie, además de su difunto abuelo, solía decirle Yura.
Viktor aplaudió al japonés delante de él con entusiasmo y una sonrisa brillante adornando sus facciones.
—Esta vez lo hiciste bastante bien, Yuuri —ronroneó como de costumbre—, mejoraste mucho a comparación del baile de ayer, hoy no te ves para nada nervioso, estoy feliz de ello —le sonrió amable. Yuuri podía sentir su corazón agitarse de alegría —. Aunque, me gustaría que te acercaras un poco más —le sonrió de lado, con un brillo indescriptible en su mirar.
Katsuki, quien se encontraba satisfecho con su trabajo, le sonrió amable. Giró la cabeza, mientras se acercaba un poco más a la orilla de la plataforma para poder estar en la cercanía que le pidió Viktor.
—¿Así esta bien?
El peli plateado casi quiso reír por lo que había hecho el asiático. Se acercaba tan poco que parecía un animalito asustado.
—Estar arriba de la plataforma no debería ser parte del privado, al menos entre tú y yo ¿sabes? —le miró con aquellos ojos zarcos resplandecientes en malicia, como si supieran algo que él no.
Yuuri le miró con un poco de nervios.
Se bajó de la plataforma que venía incluida con un pole. Se bajó con la delicadeza de una bailarina, dejando sus pies descalzos en el mismo piso que el ruso.
—Un poco más —ronroneó de nuevo el mayor con una voz profunda.
Yuuri sintió sus nervios brotar a flor de piel. No sabía que se debía de estar tan cerca de los clientes cuando estás dando privados.
Avanzó unos cuantos pasos, quedando a unos centímetros lejos de las rodillas de Viktor.
—Así… ¿Así esta bien? —el sonrojo que Yuuri tenía en sus mejillas era adorable.
Aquel traje de esmoquin con medias y chaleco le hacía lucir tan hermoso que hasta parecía más joven de lo que normalmente aparentaba su edad.
Viktor quiso reír de nuevo por la inocencia de aquella carne a la que quería probar.
—¿Alguna vez has ido a un privado en America? —le preguntó coqueto el mayor.
Yuuri negó. Ni siquiera tenía el dinero suficiente para regresar a casa y quería que fuera a América a ver un privado. Le dolió en toda la pobreza.
—Ya veo —le sonrió—, veras, cuando una chica hace privados, normalmente se mantiene así de cerca del cliente.
Tomó a Yuuri por aquella regordeta cadera, y la acercó a su pecho con fiereza. Rozando ambos cuerpos y causando escalofríos en el par, Yuuri se sentía ciego por tanta cercanía, podía oler el caro perfume que Viktor estaba usando, podía sentir su respiración en su hombro. Las manos del peli plateado podían envolver su cintura con tanta facilidad que le parecía imposible que lo estuviera tocando.
—Entonces, a la próxima, mantente así de cerca, ¿quieres? —le susurró con coqueteo.
Era obvio que Viktor quería enloquecer los sentidos del asiático de cualquier manera posible. Porque se veía tan inocente y lleno de amor que sería bastante divertido corromper sus sentidos.
Imaginarse los gemidos de placer que daría al momento de por fin tenerlo postrado en su cama era su fantasía favorita y en la que pensaba a diario para que su pecho no duela cada vez que esté lejos del chico.
Porque eso era, ¿verdad? Un dolor de egoísmo al querer usar el juguete nuevo que tanto esperabas… necesitaba que le dijeran que era sólo eso.
—Escuché bien… Viktor.
Hoy tuvimos Otayuri, Viktuuri y Emil x Michele
Bamoz vien
Fannynyanyan1912: Oremos por la salud de nuestro querido katsudon
