Disclaimer: La trama le pertenece a G. Showalter y, los personajes, como todos sabemos, son exclusivamente de Meyer.
Hermosas, aquí tienen el capítulo seis y, sé que esta historia esta avanzando un poco lento pero, ya salí de vacaciones de invierno y eso significa que le pondré más atención a esta historia.
Este capítulo es un tanto corto y se trata de la vida de Carlisle junto con sus colegas, aquí descubrirán por lo que ellos tuvieron que pasar en manos de los demonios, creo que se pueden dar una idea de la historia de Edward.
Con respecto al retraso, un familiar muy cercano acaba de llegar hace una semana y, la verdad, se me ha pasado actualizar. Espero ansiosa sus reviews, que me dan una razón para seguir con esta historia, las quiero.
CAPÍTULO SEIS
Carlisle volvió a la nube de Jasper con un expediente sobre la miserable y muy corta vida de Isabella Swan. El nuevo líder del Ejército de la Desgracia, como muchos de sus compañeros habían comenzado a llamarles, lo aceptó con su cortesía habitual. Significado, ninguno en absoluto. Jasper estaba tan frío como siempre, no ofreció ni un murmullo de agradecimiento, pero se despidió con una breve inclinación de cabeza.
A Carlisle, en realidad le gustaba cada vez más la franqueza del guerrero. Le gustaba demasiado Jasper y era un hecho que le impresionaba hasta la médula de los huesos. Él no había formado parte de un ejército real en más de cien años y nunca se habría unido a otro si su Deidad no le hubiera ordenado seguir a Jasper... o a alguien más.
Al principio, Carlisle estuvo furioso.
¿Cómo se atrevía alguien a decirle en qué ocupar su tiempo?
Si quería holgazanear en la cama, seducir a cualquier mujer que le llamara la atención y luchar con cada demonio que encontrara, lo haría. Pero lo que él decidía, sus muchachos lo hacían también. O como los humanos decían, eran uno para todos y todos para uno. Así es cómo funcionaban las cosas entre los tres. Félix, Demetri y él estaban juntos en esto, lo que sea que esto resultara ser. Independientemente del resultado, no permitiría que se rebelaran, porque no podía permitir que sufrieran las consecuencias. Carlisle soportaría todo, menos eso.
Después de tres meses en su nuevo cargo, de repente se alegró de no haberse rebelado. Bueno, se había resistido contra Jasper con pequeños insultos aquí y allá, pero también se unió al ejército en vez de rendirse. Se dio cuenta de que la falta de liderazgo y organización lo habían vuelto un poco rebelde; y que su vida no era más que un lío caótico, que necesitaba orden de alguna manera.
Carlisle voló a la Sala de los Caídos, una casa de placer en la sección del cielo de la Deidad. Durante siglos, más y más ángeles habían sucumbido a las tentaciones de la carne. Habían necesitado un lugar para disfrutar sin juicios de nadie sino de ellos mismos, así que Carlisle les había dado uno.
La Sala de los Caídos le pertenecía. Félix, Demetri y él vivían allí, al igual que las amantes inmortales que tuvieron. Amantes que nunca duraron mucho tiempo, por lo que cada macho prefería una nueva y diferente.
A pesar de esta tendencia, aún no habían alcanzado la caída total, aunque Carlisle sabía que estaban al borde.
Los ángeles de la facción de la Deidad caían en desgracia debido a que daban la bienvenida al mal en sus corazones y porque habitualmente engañaban, robaban y mentían -sí, esto era posible-, o cometían un asesinato a sangre fría. Debido a que sucumbían ante las locuras del odio, la envidia, el miedo o el orgullo, o porque se negaban a alejarse de algún tipo de depravación.
No debían ayudar a un demonio, o buscar venganza contra otro ángel por una supuesta ofensa. Debían llevar sus quejas ante el Alto Concilio Celestial.
Desde la fuga de Carlisle de una prisión demoníaca hace cien años, él y sus chicos habían hecho de todo menos ayudar a una criatura de la oscuridad. No estaba seguro del porqué se les había dado esta oportunidad.
Si fallaban en corregir su conducta, sus pecados finalmente los alcanzarían. Sabía esto. Pero aun así, Carlisle no se atrevería a cambiar. Era lo que los demonios le habían hecho.
Las estrellas brillaban a su alrededor cuando aterrizó sobre la azotea del altísimo edificio. Había elegido ladrillo y cemento en lugar de una nube, porque había sospechado que demasiados clientes aprovecharían el mando de la nube para realizar todo tipo de cosas ilícitas. Además de que las nubes eran caras. A pesar de que podía permitirse una y podía haber elegido vivir separado del club, se conocía lo suficiente para saber que también, aprovecharía la ventaja.
Dos entradas eran accesibles desde el tejado. Una dirigida al propio club y otra a sus aposentos privados. Dos guardias angelicales estaban firmes a cada lado de ambas. Asintió con la cabeza a la pareja frente a su entrada personal y ellos se movieron a un lado. Una orden mental hizo que las amplias puertas dobles se deslizaran para abrirse.
El lento golpe y chirriante de la música hacía eco desde abajo mientras caminaba por el pasillo vacío hacia la sala de estar donde Félix y Demetri esperaban. Ambos recostados en lujosos sillones de terciopelo y bebiendo a sorbos la bebida de su elección.
Carlisle se detuvo en el mueble bar y se sirvió un vaso de absenta. Se dio la vuelta y se apoyó en la barra de mármol. Este santuario era un estudio de satisfacción, pensó mientras examinaba la habitación. Dondequiera que mirase, veía tesoros que le fueron dados por reyes, reinas, inmortales e incluso algunos humanos. Mesas intrincadamente talladas, enceradas hasta obtener un brillo reluciente. Sofás y sillas cubiertos por lujosos tejidos, cada tono de una joya diferente. Alfombras excepcionales, lámparas de araña enjoyadas con piedras preciosas en lugar de cristales.
—¿Comenzó Jasper ya a follarse a la humana? —preguntó Félix.
Era, tal vez, uno de los ángeles más bellos jamás creado, su piel dorada con todo ese oro y sus ojos como mosaicos de las más caras amatistas, zafiros y turmalinas.
Pero Carlisle recordó un tiempo en el que el guerrero no se había visto tan guapo. Sus captores tenían encadenado a Carlisle al suelo de la mugrienta celda y Félix colgaba por encima de él.
Durante los siguientes días, esos mismos demonios habían despellejado el cuerpo de Félix, meticulosamente, muy cuidadosos de no dañar la carne. La sangre había llovido sobre Carlisle en un flujo constante, empapándolo.
¡Oh! cómo había gritado el guerrero... al principio. Pero al final sus pulmones se habían desinflado y su garganta había sido nada más que pulpa. Entonces los demonios habían regresado, usando la piel como abrigo, riéndose y fingiendo ser Félix mientras realizaban todo tipo de actos lascivos.
Demetri había sido encadenado a la pared frente a ellos, su estómago presionado en la piedra, sus brazos encadenados sobre la cabeza y las piernas levantadas por separado. Fue obligado a escuchar todo lo que fue hecho a sus amigos, pero incapaz de verlo y tal vez eso era peor. Nunca pudo ver lo que sucedía a su alrededor mientras fue azotado y... le hacían otras cosas.
El horror del tiempo pasado en esa celda había borrado todo el color de su una vez pelo castaño y su piel teñida de melocotón, dejándolo tan blanco como la leche. Los vasos sanguíneos habían reventado en sus ojos antes color ámbar, volviendo sus iris rojos.
Ninguno de ellos jamás habló de su encarcelamiento y tortura, pero Carlisle sabía exactamente cómo se sentían sus amigos en realidad. Después de cada pelea, Félix se lanzaba en una espiral fuera de control. Después de cada encuentro sexual, Demetri vomitaba. Pero ninguno dejaría la lucha o los revolcones en la cama.
Carlisle había aprendido a abrazar ese lado de sí mismo.
—Alguien está perdido en sus pensamientos —dijo Félix.
La espiral de esta última batalla todavía no lo había golpeado, pero lo haría. Siempre era así.
—Muérdete la lengua —sugirió Demetri—. Él te responderá, lo prometo.
Le habían hecho una pregunta y no tenía ni idea... sobre Jasper y la humana, recordó.
—¿Qué piensas? —respondió al fin.
—Jasper estaba en su oficina, escribiendo un informe sobre algo. Nuestro rendimiento, probablemente.
—¿Crees que alguna vez se descongelará? —preguntó Félix. Carlisle se estremeció. —Esperemos que no.
Demetri frotó la cicatriz sobre su cuello. Todos asumieron que su inmortalidad le había fallado y por alguna razón había terminado por parecer un rompecabezas mal unido, pero la verdad era que su cuerpo siempre estaba simplemente en el proceso de curación del daño que constantemente se causaba.
—Maté a dieciséis demonios en la institución —dijo.
Este era el único tema de conversación que disfrutaba.
—Veintitrés —dijo Félix, un hilo de oscuridad en su tono.
Carlisle hizo un recuento mental, él nunca olvidaba una matanza.
—Sólo diecinueve para mí.
Félix sonrió, pero no había luz en su expresión.
—Yo gano.
Demetri se burló.
—Tan mal perdedor —Carlisle chasqueó la lengua—. Ahora también una niñera. Entonces, ¿dónde está el caído que te ha sido encargado custodiar? No le has mencionado ni una vez desde que asumiste su cuidado y alimentación.
Vio un destello de pánico en aquellos ojos carmesí, rápidamente enmascarado.
—Está encadenado en mi habitación.
El pánico casi rompió el corazón de Carlisle, ya que sabía que Demetri nunca retendría voluntariamente a nadie, salvo a un prisionero demonio.
—¿Qué vas a hacer con él?
—Yo... no lo sé... Comprar una nube, supongo. Mantenerlo encerrado allí.
—No lo recomiendo, amigo. Si piensas que es capaz de cuidar de sí mismo, nunca podrás echarle un vistazo —su culpabilidad no le dejaría.
—¿Y el problema con eso?
—Los caídos son prácticamente mortales. Él podría decidir privarse de comida,
consumirse. —tú sólo te culparías.
Demetri enfrentó directamente a Carlisle, la determinación irradiando de él.
—Tienes razón.
—¿No la tengo siempre?
—Lo dejaré aquí por ahora.
—Compruébalo una vez al día. Oblígale a comer si es necesario. Mientras estás en ello, háblale —sugirió Félix—. Averigua por qué cayó.
Sus dos chicos sabían que era sólo cuestión de tiempo antes de que también perdieran las alas y la inmortalidad. Retrasarían lo inevitable durante tanto tiempo como pudieran, de ahí su cooperación ahora, pero al igual que Carlisle, nunca se desviarían del camino sobre el que estaban.
Los demonios se habían asegurado de esto.
Carlisle apuró el resto de la copa, se sirvió otra y la vació también. El potente alcohol bajaba quemando, pero para cuando llegó al estómago, paso del frío a una dulce y embriagadora calidez.
Y sin embargo, la agradable sensación no hizo nada para disminuir la tensión interior.
—¿Nos encontraste chicas para la noche? —preguntó a nadie en particular.
—Lo hice —respondió Félix—. Nos esperan ahora.
—¿Qué es la mía? ¿Vampiro? ¿Cambiante? —no es que le importara. Una mujer era siempre una mujer.
—Una Fénix.
Bueno, tal vez le importaba. La excitación se unió a la tensión que siempre le zumbaba por dentro, encendiéndole de dentro hacia fuera. Tantas razas inmortales caminaban sobre la tierra y por varios reinos del cielo. Arpías, hadas, elfos, gorgonas, sirenas, cambiantes, Griegos y Titanes dioses y diosas -o por lo menos lo que les gustaba llamarse a sí mismos, cuando en realidad no eran más que reyes y reinas que habían permitido que el orgullo exaltara la opinión sobre sí mismos-; y muchos otros. El Fénix era el segundo más peligroso.
Los serpes eran los primeros.
Sin embargo los Fénix eran crueles y ávidos de sangre, obteniendo regocijo de la destrucción.
Vivían y prosperaban en el fuego, podían obligar a los muertos a levantarse de sus tumbas y aquellos que se levantaban eran entonces obligados a servirles, esclavizados durante el resto de la eternidad.
Carlisle dejó la copa vacía sobre la barra y se enderezó.
—No quiero dejarla esperando por más tiempo.
Félix y Demetri estaban de pie. Seis largos pasos y se colocó entre ellos. Siguieron hacia adelante, luego dividiéndose, en dirección a tres dormitorios distintos. Sólo el silencio emanaba de él. Tenía las manos sorprendentemente firmes cuando empujó para abrir las puertas dobles. Luego cerrándolas.
Oyó el suave chasquido de las puertas de sus amigos, que, como él, consideraban pronto hacer una próxima conquista.
La mujer estaba apoyada sobre la cama con un montón de almohadas en la espalda. Estaba gloriosamente desnuda, cabello de oro y escarlata como las llamas crepitantes, caían sobre un hombro. Incluso a esta distancia, Carlisle podía sentir su calor, la calidez lamiéndole. Delgadas cadenas forjadas por un herrero inmortal rodeaban sus muñecas y tobillos, volviéndola esclava a las órdenes de su captor. El metal de algún modo, la obligaba a obedecer las órdenes.
Félix debía haberla comprado en el mercado sexual.
—¿Quieres esto? —exigió—. ¿Me quieres? Di la verdad.
Ella se lamió los labios.
—Oh, sí.
—¿No te sientes forzada? —había sólo una línea que Carlisle no cruzaría en el dormitorio y era, violar a otro—. No importa lo que suceda entre nosotros, serás libre de abandonar este lugar.
—No, no estoy siendo forzada. Me dijeron que me pagarían.
Ah. Ella quería el dinero, no a él. Estaba completamente de acuerdo con eso, había tenido que seguir este camino antes.
—Lo serás.
—Entonces, ¿por qué me marcharía, cuando la riqueza me espera si me quedo? —preguntó, enganchando un mechón de pelo detrás de la oreja.
Una oreja que terminaba en punta.
—Excelente pregunta.
Ella sonrió y él vio que tenía dientes con colmillos como los de los vampiros. Su cuerpo era un santuario de belleza, una abundancia de sensualidad. A pesar de no poderle ver la espalda, sabía que estaría cubierta de tatuajes que llevaban la marca de su tribu.
—¿Te dijeron lo que necesitaría de ti? —preguntó.
—Sí, lo que significa que con toda esta conversación, sólo estás perdiendo mi tiempo y tu dinero.
—No queremos eso.
Con un simple tirón, la túnica se apartó del cuerpo, dejándolo desnudo. El material era tan ligero que no hizo ruido al aterrizar en el suelo.
Carlisle avanzó lentamente sobre el colchón, el borde hundiéndose con el musculoso peso. Un momento después la mujer estuvo sobre él. Durante mucho tiempo no se enteró de nada, salvo de la quemadura de sus uñas y el roce de sus dientes. Entonces pequeñas gotas de fuego comenzaron a filtrarse a través de los poros, ampollándole perfectamente y escapándosele exquisito gemido tras gemido. Le gustaba tanto como lo odiaba.
Ella realizó cada acto terrible que él necesitó, sin vacilar; y él jugó con la idea de mantenerla mucho más tiempo de lo que nunca había mantenido a otra. Por lo general, era suficiente tras dos o tres revolcones, no queriendo ver repugnancia ardiendo en los ojos que deberían estar llenos de deseo. Porque, después de un tiempo las mujeres siempre daban paso al asco. Ellas pensaban sobre lo que habían hecho, lo que él les había hecho y se arrepentían de todo. Pero esta mujer se reía con auténtico placer de lo que le hacía y estaría dispuesto a apostar que siempre lo haría. Su codicia por el dinero no permitiría nada menos.
Cuando todo terminó, Carlisle se quedó quieto, tratando de recobrar el aliento, disfrutando de la sensación ardiente por todo el cuerpo.
A través de la pared de la izquierda -deliberadamente delgadas de modo que él y sus chicos se escucharan si fuera necesario-, captó el eco desgarrador de las arcadas de Demetri en el inodoro, tal como hacía siempre después del sexo.
Quería más para su amigo. Lo mejor. Pero no tenía idea de cómo ayudarlo.
Se vistió y dejó a la Fénix agotada en la cama. Félix ya estaba en el salón, sólo, mirando sin expresión un vaso nuevo de vodka.
Carlisle se dejó caer en una silla. Félix nunca levantó la vista, demasiado perdido en su cabeza, en la oscuridad que por último había llegado a él.
Demetri salió de su habitación, pálido, tembloroso y evitando la mirada de Carlisle. También se dejó caer en una silla.
Carlisle amaba a estos hombres. Lo hacía. Con mucho gusto moriría por ellos, pero no les dejaría morir. No así. No en la miseria.
Habían escapado de aquella mazmorra juntos y de alguna manera, los sacaría de su autoimpuesto infierno.
