Capitulo VI

"The daughter of evil"

-Oh ho ho ho ho. Ahora, arrodíllense-

Gakupo I tenía 32 años de edad cuando fue coronado rey y gobernó el País Amarillo por 28 años, hasta su muerte por enfermedad. Gakupo II tenía 40 años cumplidos cuando fue coronado rey y gobernó únicamente por diez años, antes de morir en un accidente a caballo durante una visita al campo de batalla. Su hijo, Gakupo III fue coronado a los 18 años de edad, terminó con las guerras que su abuelo inicio al cumplir los 25 años y su gobierno duro otros 6 años hasta su misteriosa muerte en la región de Sia. Rin I fue coronada reina de País Amarillo a la corta edad de 6 años, convirtiéndose en la monarca más joven en la historia de ese país y la segunda mujer en reinar ahí.

Sus tutores fueron los hombres de confianza del rey Gakupo III; el consejero real Hiyama Kiyoteru y el general, y mano derecha del difunto rey, Misawa Kurogane. Ambos se encargaron de educarla y asesorarla desde su coronación hasta el día en que cumplió doce años, edad en la que consideraron, era prudente dejarla gobernar por si sola.

En los seis años que estuvo bajo la tutela de Hiyama y Misawa, su gobierno se caracterizó por ser idéntico al de su padre; manejaron una política expansionista, conquistando diversas regiones al sur del País Amarillo hasta llegar a las costas del Mar Naranja y las Islas Blancas; también continuaron los altos cobros de impuestos, pero tal como Gakupo III lo hizo, estos se cobraban por espacios de cinco a seis meses. No cabía duda alguna, el temor de Luka se había vuelto realidad: Hiyama y Misawa controlaban a la joven Rin para que actuara igual a su padre.

Pero los peores años estaban por venir. Apenas la ahora reina Rin tubo la conciencia del gran poder que poseía, comenzó a abusar del mismo. Día a día, se volvía más exigente hasta el punto de desarrollar manías extrañas que resultaban costosas. Caprichos tales como cambiar los muebles de todo el palacio cada mes, no comer en el mismo plato más de una ocasión, tener vestidos hechos de finas telas y elaborados en otros reinos o comprar cuanto caballo podían ver sus ojos; eran las principales exigencias de la joven reina.

Y a pesar de que las guerras habían terminado por fin, siendo la ultima intervención militar en la región de Sia con los fines de apresar a Lady Conchita, sospechosa de los muertes de los reyes, aunque sin éxito alguno, pues al llegar al palacio encontraron el cadáver de la extraña mujer, faltándole todo un brazo y un pie; la situación económica de los súbditos del País Amarillo no hacia más que empeorar. Los impuestos se habían mantenido altos y afectaba a toda la clase trabajadora, además de que los campesinos debían proporcionar al palacio de sus alimentos sin cobrar nada; y si el dinero llegaba a escasear en el palacio, la reina inventaba un cobro nuevo. El descontento del pueblo se hace mayor conforme pasaban las semanas; algunos habían ideado derrocar a la reina, pero siempre los detenían antes de estructurar un plan, y otros tenían el valor de pedir una audiencia frente a ella para explicar su precaria situación, cosa que a ella no le importaba y terminaba echándolos del castillo en el mejor de los casos. Otra de las excentricidades de la reina Rin I era el hecho de que en cada una de sus presentaciones en publico, debía hacerse notar su presencia y en cuanto bajaba del transporte que le llevaba tenia que soltar una aguda y burlona carcajada seguida de la frase "ahora, arrodíllense" y más les valía a las personas obedecerle o tendrían que enfrentarse a los guardias reales.

Únicamente había cuatro personas que se podía decir cercanas a la reina. El consejero Hiyama Kiyoteru, quien siempre se cuestionaba las decisiones de Rin aunque nunca se lo expresara, principalmente, por temor a que las represalias cayeran sobre su pequeña hija Yuuki de nueve años de edad; el general Misawa Kurogane, quien estaba de acuerdo en todo lo que la reina decidía y era el primero en defender sus posturas; la sirvienta Megurine Luka, mujer que desde su llegada se encargó de los cuidados de Rin, además, la joven monarca sentía cierto cariño hacia ella; y un joven que siempre vestía de traje, de cabello rubio y ojos azules, similares a la reina, que respondía al nombre de Megurine Len. Era también, el sirviente personal de la soberana del País Amarillo y según se contaba, siempre estaban juntos.

Eran los primeros días del mes de marzo y ya comenzaban los preparativos para una de las tradicionales fiestas del País Amarillo, y con ella, una nueva alza a los impuestos. Se trataba del baile de las rosas amarillas, que el mismo rey Gakupo III había declarado como una fiesta que se celebraría el día 25 de marzo para conmemorar el inicio de la primavera y el florecimiento de todos los árboles del reino, pero el verdadero motivo era celebrar un aniversario más de su boda con Lily. La situación en el palacio era tensa, como solía pasar en esa temporada; todos los sirvientes trabajaban más de lo acostumbrado, preparando las mesas, tejiendo los manteles, atendiendo los cientos de rosales amarillos en los jardines reales y buscando los ingredientes para todos los platillos que se servirían, los cuales cambiaban a diario, incluso el menú había sido totalmente modificado tres veces. Y no solo la comida era lo que cambiaba, también las decoraciones era rechazadas varias veces, porque a los ojos de la reina tenían defectos, aun por pequeños que estos fueran.

-¡No! ¡No, no, no y no!- se escuchaban los gritos de una joven de cabello corto y rubio. La reina Rin. –Esas rosas están mal hechas, no tienen los pétalos iguales. ¿Crees que podemos usar esto en el baile? Háganlas de nuevo y bien hechas- gritaba a un grupo de sirvientes.

-Si su alteza- respondieron mecánicamente al unísono y se retiraron del lugar al instante.

-En serio, parece que la única persona en todo este reino que es detallista soy yo.- se quejaba la reina con el joven sirviente que le acompañaba. -¿Qué voy a hacer Len? El baile será un desastre.

-Tranquila mi reina- le decía él mientras delicadamente tomaba su mano. –Todo saldrá bien, la celebración será perfecta, ya lo vera. Yo mismo procurare que así sea.

-Oh gracias Len. Se que puedo confiar en ti y que nunca me fallaras. Ahora, ¿crees que deba cambiar el postre de nuevo? No estoy segura de que a los invitados les agrade mucho el flan.

-Mi reina, tranquila por favor- dijo con una gran calma Len. –Lo que sea que elija para dar de comer a los invitados es perfecto, si no les gusta, es problema de ellos. Ahora que lo pienso, la he visto muy nerviosa estas fechas mi reina.

-Tienes razón, estoy siendo consumida por los nervios.- le respondió.

-¿Y a que se debe ese nerviosismo?

-No lo sé Len, me preocupa el hecho de no dar una buena fiesta; la ultima vez siento que no lo hicimos bien. Pero ahora tiene que ser perfecta. ¡Tengo que hacerlo por él!

-Aaaa, con que por "él" ¿Y quien es "él", mi reina?

-¡Len! Guarda silencio- le ordenó asustada. Lo tomo de la mano y se lo llevó a un rincón, lejos de los demás criados. –Len… debes prometerme guardar el secreto, ¿entendido?

-Sabes que puedes confiar en mí, Rin.- dijo serenamente el joven. –Rin esta enamorada, Rin esta enamorada.- comenzó a cantar. -¿A quien has decidido entregar tu corazón?

-Len, no hables así, me da pena.- respondió ruborizada la joven monarca.

-Lo siento, creí que te resultaría gracioso.

-No importa- dijo. Dio un suspiro y se llenó de valor para confesarse. –Es el príncipe Kaito del País Azul. Desde que vino la última vez al baile me pareció un hombre tan apuesto.

-Así que es el príncipe Kaito. Pero… ¿no tiene fama de ser un… exhibicionista?

-¡Eso no importa! Aun así es guapo, amable, caballeroso…

-Mi reina- interrumpió Misawa, provocando que Rin gritara por el susto causado. –Disculpe mi intromisión pero, hay una persona que espera una audiencia con usted.

-Que espere, tengo asuntos importantes que atender ahora mismo.

-Pero su majestad, ya tiene cuatro horas esperándola.

-¿Tanto tiempo y no se ha retirado?

-Dice que es muy importante, que necesita toda su ayuda, mi reina.

-De acuerdo, lo escuchare. Len, vamos.

-Si su majestad.- respondió.

Los tres caminaron desde el salón principal, pasaron por un pasillo que les llevó al vestíbulo y pasaron por debajo de las escaleras, donde una puerta los conducía al salón del trono. Cruzaron la estancia, al fondo estaban cuatro guardias reales rodeando a un hombre de pobre aspecto.

-Todos de rodillas- vociferaba Misawa, adelantándose a la joven reina –Están ante la presencia de nuestra reina, Rin I.

Los guardias y el otro hombre obedecieron y así permanecieron hasta que ella se sentó en el trono. Tomó un abanico negro con detalles de oro, lo abrió y poniéndolo frente a su rostro comenzó a hablar.

-Así que, tú has pedido una audiencia frente a mí- dijo con soberbia. –Debes saber que es difícil convencerme de algo, nunca he accedido a nada. Tal vez sea mejor que te vayas y evitemos hacerme enojar, pero si te sientes capaz de lograrlo, comienza a hablar.

-Su majestad, mi reina. Vengo desde la provincia de Ro, donde todos somos campesinos. Mi familia apenas tiene dinero para vivir y con los nuevos impuestos cada vez nos es más difícil mantenernos- decía el hombre con una voz un tanto nerviosa. –Mi hija esta enferma y no tenemos dinero para poder curarla. Le pido su ayuda, mi reina, no quiero que mantenga a mi hija, solo que ya no vayan a cobrar a mi casa durante un tiempo.

-¿No cobrar los impuestos únicamente a su familia?- dijo con un tono de ironía la reina Rin. –Pero eso no sería justo para las demás personas que pagan impuestos. Por ejemplo tus vecinos, imagina las envidias que causarías entre ellos por no pagar nada.

-Por eso no debe preocuparse, he hablado con mis vecinos y me apoyan, no habrá problemas con ellos.

-Tal vez no con los vecinos, pero si alguien más llegara a enterarse seria terrible, no solo para ti, sino para mi y todo le reino. Podrías ser el causante del fin del País Amarillo.

-¿Su majestad?

-No puedo hacer lo que me pides. Capitán Sakine, sáquelo de aquí.

-Pero mi reina- replicó el capitán. –Por favor, ayúdelo.

-Capitán… nunca había defendido a nadie, no entiendo porque lo hace ahora. Sáquelo de mi palacio.

-¡No! No puedo hacerlo. Tiene que ayudar a este hombre.

-¡Sakine! ¿Cómo te atreves a contradecir a nuestra reina?- rugió furioso Misawa.

-¡Este hombre es mi hermano! Le dije que usted podría ayudarlo, le di mi palabra. ¡Haga algo!

-Silencio Sakine. ¿Cómo osas desafiar mi autoridad? Conoces el castigo por tu atrevimiento.

-¡Pero mi hermano!

-¡Ni una palabra mas! General Misawa, lleve al capitán a las mazmorras y ustedes tres, saquen a este hombre de mi palacio.

-Como ordene mi reina- respondieron los guardias y Misawa. Cada quien tomó a su objetivo y lo llevó a donde lo había ordenado la reina.

Se quedaron solos ella y su sirviente. Él tomó la mano de la joven monarca, quien aun escondía su rostro detrás del abanico.

-Rin… ¿no fuiste muy dura esta vez? Su hija esta enferma.

-Tal vez si, Len. Pero todo sea por mantener el orden del reino. Se que mis padres hubieran hecho lo mismo en mi lugar.

-Si es lo que crees correcto.

-Lo es Len, se que hice bien. He salvado al País Amarillo.

En una puerta lateral, una figura femenina los observaba. Megurine Luka había visto toda la escena y el escuchar las últimas palabras de la reina Rin, unas lágrimas rodaron por sus mejillas. "Es como su padre" pensó. Cerró la puerta sin hacer ruido y se fue caminando hasta su habitación.