|Razones para Odiarte


Razón número VI
Es lo más ridículamente orgulloso que existe.

Kagome levantó la vista y lo buscó con la mirada. Inuyasha se hallaba con los brazos cruzados y en su habitual pose india sobre un árbol cercano, con la mirada ausente hacia el cielo.

Y ella suspiró. Últimamente se la pasaba así y estaba poniéndola histérica, literalmente. Tras la última charla que habían tenido (que involucró a la sacerdotisa Kikyō) se mostraba ausente y poco menos que quisquilloso (extraño, a vista de todos).

Le había preguntado a Miroku sobre el tema unos días atrás, pero el monje solo se encogió de hombros y revolvió la sopa. Después de un rato lo único que le dijo fue «Señorita Kagome, Inuyasha es un ser complicado».

Kagome, lo único que logró pensar, fue que era un idiota (él, y ella misma también, en gran medida). Le estaba costando horrores convencerse de que lo odiaba, cada vez más. No importaba cuantas veces recordara todas las cosas que le hacía sentir mal… de todos modos, algo en él la deslumbraba.

—Kagome —murmuró el hanyō, bajando del árbol hasta pararse enfrente. Ella levantó la vista, aturdida.

Seguía pensando en lo dicho por Miroku y, dadas las pocas veces que habían cambiado palabras desde su gran y estúpido discurso, no esperaba que Inuyasha la llamara.

—¿Sí?

Él miró el suelo un momento, hasta que volvió a alzar la mirada al cielo.

—¿Acaso estás enfadada?

Kagome parpadeó, como si con eso su cerebro encontrara el porqué a la pregunta.

Agradecía que sólo se encontraran ellos ahí, sin ninguna mirada curiosa de sus amigos sobre ambos (que, misteriosamente, habían decidido marcharse un momento).

—No. Para nada, Inuyasha.

Pasó a mirarla con un extraño fulgor en sus ojos dorados, que logró que algo en el interior de Kagome se removiera inquieto.

—¿Segura?

Kagome lo observó otro momento, algo sonrojada. Los mechones de cabellos plateados se movían de un lado a otro ante la brisa nocturna. Intentó no hipnotizarse con algo tan absurdo.

—¿Por qué debería estarlo?

El hanyō miró hacia un costado, visiblemente nervioso.

—Por todo lo último. Por… Kikyō —murmuró. Kagome bajó la mirada hasta posarla en sus manos—. Es increíble que aparezca siempre que nosotros… Me refiero —carraspeó, molesto, y frunció el ceño—. Siempre que nosotros estamos bien. —La miró contrariado y Kagome no supo si empalideció o se sonrojó más.— Sabes que… nosotros estamos bien, ¿cierto?

La chica asintió, un tanto aturdida.

—Aunque ella haya… ¿no hay…? —bufó, sonrojándose—. No tiene nada que ver, lo sabes, ¿no? Que ustedes son completamente distintas. Lo sabes. Y que solo hablamos,… no pasó nada. Y que tú y yo… Nosotros…

—Estamos bien —sonrió.

Aunque se sentía horrible.

Y no entendía de qué iba todo y por qué le decía lo que le decía. No entendía por qué después de tanto tiempo se molestaba en decirle aquello. O a qué se refería con sus palabras, porque no lograba captar ni línea.

Después de lo que ella le había acusado... Se sentía tan estúpida ahora.

—¿Ya vas a dejar de estar triste?

Ella parpadeó, una vez más.

¿Triste? ¿Ella estaba triste? Él era el que se mostraba ausente, no ella. Ella no… sí, bueno, sí estaba triste, pero no era algo de… ¿acaso se notaba?

Kagome reconocía que el tema de Kikyō era algo que llegaba a dolerle mucho y siempre venía con un plus cuando las palabras salían de la boca de Inuyasha. Sin embargo, esa vez era distinto. Parecía que Inuyasha intentaba decirle que las cosas estaban bien con Kikyō, pero estaban también bien con ella. Y eso era bueno, ¿no?

—No estoy triste —contradijo, frunciendo el ceño. Él alzó una ceja y sonrió de costado, casi irónico.

—Por supuesto —musitó. Kagome infló las mejillas. Odiaba que la tratara así, como si fuera una niña o una loca y tuviera que darle la razón.

—No lo estoy —repitió, incorporándose. Sentía el trasero y el cuello entumecidos por la posición en la que mantuvo conversación, pero lo ignoró. Inuyasha seguía mirándola con una sonrisa extraña. Ella se sentía nerviosa.

Estaba oscureciendo, un frío viento los envolvía y sus amigos no habían vuelto. Kagome se sintió tonta y él pareció algo absorto.

Estaba detestando la situación, no le encontraba nada de sentido.

—Ten —farfulló, tendiéndole su haori. Lo colocó sobre ella sin mucho cuidado (o eso pareció) y se quedó callado a su lado, tal vez esperando a que ella dijera algo.

—Gracias —fue lo único que murmuró, de manera casi imperceptible; de todos modos, él lograría escucharla.

Se miraron. Ella intentó no ponerse más colorada, aunque no creía que con pensarlo funcionara, y él no sabía muy bien qué decir.

—Que bueno —musitó, y Kagome no supo de qué hablaba—. Deberías dormir —agregó, y se sentó contra el árbol. Ella lo observó desde su altura—, saldremos mañana temprano y necesitas descansar.

Kagome asintió, volvió a su lugar y simuló dormir. Intentaba encontrarle el sentido a las palabras del hanyō. Y eso tardó más de lo que suponía.

Pensar es una bendición... y también una maldición.