Como he dicho antes la escritora de esta hermosa historia es Diana Palmer y yo no pretendo violar ningún derecho de autor solo compartir una historia con mis personajes favoritos de la saga. Espero que la disfruten.
Ultimo cap de la maraton!
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen y la historia tampoco, todo es obra de la maravillosa S.M y de Diana Palmer respectivamente.
Acá las dejo con un nuevo capítulo de esta historia, espero que lo disfruten.
Capitulo 6
Al día siguiente, la operación concluyó poco después de la hora de almorzar. Jasper se quedó hasta que Isabella salió de reanimación y estuvo fuera de peligro. Había contratado una habitación individual y una enfermera particular para que le hiciese compañía durante los primeros días, y tanto la doctora McCarty como el cirujano le dijeron que la señorita Swan descubriría que la vida era mucho menos dolorosa a partir de aquel momento, así que volvió al trabajo sintiéndose mucho más alegre y aliviado.
Edward lo paró en el vestíbulo antes de que hubiese podido entrar en su despacho.
— ¿Y bien? —le preguntó de pronto.
Jasper sonrió de oreja a oreja.
—Todo va a salir bien. El doctor Santos ha dicho que dentro de seis semanas, cuando le quiten la escayola, podrá bailar en un concurso si quiere.
Edward asintió.
—Me alegro.
Jasper contestó a una pregunta que le hizo Edward sobre uno de sus clientes y después, dando por sentado que no quería nada más por el momento, entró en su despacho. Tenía una secretaria temporal, una joven pelirroja de personalidad burbujeante y buena taquigrafía.
Pero, sorprendentemente, Edward lo siguió a su despacho.
—Dime cómo se rompió ese hueso — le exigió.
Jasper se sentó y apoyó los brazos en la mesa.
—Eso es cosa de Isabella, Edward —contestó—. No te lo podría contar aunque lo supiera —añadió, mintiendo como un bellaco.
—Es un rompecabezas —suspiró—. Un verdadero rompecabezas.
—Es una chica muy dulce que se ha llevado muchos golpes — corrigió Jasper—. Pero, pienses lo que pienses sobre ella, no es una chica fácil. No cometas el error de clasificarla como una más de tus habituales conquistas porque lo lamentarás.
Edward miró a su primo con curiosidad.
— ¿Qué quieres decir con que para mí es una chica fácil? —preguntó, enfadado.
— ¿Es que ya te has olvidado? Es lo que tú me dijiste.
Y lamentaba haberlo hecho, así que lo miró impaciente.
—Es evidente que esa chica significa algo para ti y, si tanto cariño le tienes, ¿por qué no te has casado con ella?
Jasper se pasó una mano por el pelo.
—Fue ella quien evitó que me pegase un tiro cuando mi prometida murió en aquel robo a un banco de Houston. Incluso había llegado a cargar la pistola. Ella me la quitó de las manos.
Edward lo miró fijamente.
—No sabía que hubieses llegado a ese extremo.
—No lo habrías comprendido —replicó—. Las mujeres nunca han significado nada para ti, Edward. Nunca has estado enamorado.
Por una vez, el rostro de Edward no ocultó su amargura.
—No le daría ese poder sobre mí a una mujer jamás —declaró—. Las mujeres son taimadas como los zorros, Jasper. La sonrisa no se les cae de la boca hasta que consiguen lo que quieren y, cuando encuentran a su siguiente víctima, pasan por encima de ti. He visto demasiados hombres buenos destrozados por las mujeres a las que amaban.
—También hay hombres malos —puntualizó Jasper.
—Eso no voy a discutírtelo —replicó, e hizo una pausa—. Habría hecho lo que fuera por ti —añadió—. Hemos tenido nuestras diferencias, pero estamos más unidos que la mayoría de primos.
Jasper asintió.
—Es cierto.
— No me imaginaba que estuvieras tan encariñado con Isabella.
—Me siento como si fuese su hermano mayor. Créeme. Si la conocieras, sabrías lo difícil que es para ella confiar en un hombre.
—Creo que te ha puesto una venda en los ojos, así que será mejor que te andes con cuidado. Ella no ha tenido suerte, y tú eres rico.
Jasper hizo una mueca.
— Dios, Edward, no tienes ni idea de cómo es en realidad.
—Ni tú —le espetó—. Pero sé cosas sobre ella que tú desconoces, así que dejémoslo así.
—Quiero que siga trabajando para mí —dijo tras un instante de silencio.
— ¿Cómo quieres que venga a trabajar estando escayolada?
Jasper se recostó en su silla y sonrió.
—Pues del mismo modo que venía yo cuando me rompí la pierna esquiando, hace cinco años. Es algo que ocurre con frecuencia y, además, no necesita los pies para escribir cartas.
Edward se encogió de hombros.
—Como quieras. Pero mantenía lejos de mí.
Eso no iba a ser difícil, pensó Jasper. Edward no era precisamente el amigo del alma de
Isabella. ¿Qué podría pasar si se almacenaba dinamita junto a velas encendidas?
Isabella salió del hospital en tres días y empezó a trabajar al cabo de una semana.
La empresa se hizo cargo de la factura del médico, para sorpresa de ella y de Jasper.
Sabía que Edward lo había hecho porque se sentía culpable, y no era así. A ella le había encantado bailar con él.
El primer día de vuelta al trabajo, entró en el despacho con la ayuda de las muletas y se sentó a su mesa.
— ¿Cómo has llegado hasta aquí? — preguntó Jasper, encantado de verla repuesta—.
Porque no puedes conducir, ¿no?
—No, pero una de las chicas que vive en el mismo edificio que yo trabaja en el centro de Jacobsville y hemos llegado al acuerdo de que yo pago la mitad de la gasolina. Y los días que ella libre, vendré en taxi.
—Me alegro de que ya estés aquí — dijo, sonriendo.
— ¡Ya, ya! —se burló—. Las chicas me contaron lo de Kate Hale cuando vinieron a verme. Tengo entendido que está loca por ti.
Jasper se echó a reír.
—Eso dicen. Pobrecita.
Isabella hizo una mueca.
—No se puede vivir permanentemente en el pasado.
— ¡Mira quién habla!
Apoyó las muletas contra la mesa y se acomodó en la silla.
—Me va a resultar un poco difícil entrar y salir de tu despacho, ¿podrías dictarme las cartas aquí fuera?
—Claro.
Miró a su alrededor complacida.
—Me alegro de estar ya de vuelta — murmuró—. Creía que el señor Cullen iba a buscarse una excusa para despedirme.
—Yo también soy Cullen —puntualizó Jasper—. Edward es perro ladrador nada más.
No va a despedirte.
Ella hizo una mueca.
—No quiero que tengáis problemas por mi culpa —dijo, preocupada de verdad—.
Preferiría marcharme antes que...
—No vas a tener que marcharte —interrumpió, alborotándole el pelo en un gesto juguetón —. Me gusta tenerte aquí. Además, redactas mejor que las demás.
Los ojos se le iluminaron al mirarlo.
—Gracias, jefe —le dijo con una sonrisa.
Edward abrió la puerta justo a tiempo de ver el intercambio de miradas y la cerró de golpe.
Jasper e Isabella dieron un salto.
— ¡Edward, por Dios! — exclamó Jasper—. ¡No hagas eso!
—Y tú no juegues con tu secretaria en horas de trabajo —replicó Edward, y se volvió hacia Isabella, cuya mirada se había enfriado nada más verlo entrar—. De vuelta al trabajo, señorita Swan.
—He de pagar cuanto antes mi estancia en el hospital —contestó con una sonrisa que rayaba en la insolencia.
Edward se mordió la lengua para no contestar y se volvió hacia Jasper.
—Quiero que te lleves a James Witherdale a comer y que averigües qué piensa respecto a la recalificación. Si declaran la tierra que hay junto a la mía como de recreo, me voy a pasar la vida en los tribunales.
—Si vota que sí, será la única —le aseguró—. Ya he hablado con el resto de los miembros de la comisión.
Edwrad se relajó un poco.
—De acuerdo. En ese caso, me gustaría que fueses a Houlihan y que te trajeras mi nuevo Jaguar. Ha llegado esta mañana. Jasper abrió los ojos de par en par.
— ¿Y me vas a dejar conducirlo?
— ¿Por qué no? —le preguntó Edward con una cálida sonrisa, algo que Isabella le veía por primera vez.
Jasper se echó a reír.
—Vaya... gracias. ¡Volveré enseguida! — y salió del despacho a toda prisa—.
— ¡Isabella, haremos esas cartas después de comer!
—De acuerdo —contestó ella—. Puedo entretenerme mientras revisando esos viejos archivos.
Y miró a Edward. Él se guardó las manos en los bolsillos y la miró fijamente a los ojos, para un momento después descender deliberadamente a sus labios. El recuerdo de haberlos sentido entreabiertos, húmedos, hambrientos...
Apretó los dientes. No podía volver a pensar en eso.
— Esos archivos pueden esperar — dijo—. Mi secretaria no ha podido venir hoy porque uno de sus hijos está enfermo, así que necesito que trabajes para mí. Que la señorita Hale se ocupe de los asuntos más urgentes de Jasper.
—Sí, señor —contestó ella tras una pequeña duda inicial.
—Tengo que hablar con Henderson sobre una de las nuevas cuentas. Te espero en mi despacho dentro de treinta minutos.
—De acuerdo.
Se miraron como lo habrían hecho los adversarios en el cuadrilátero, hasta que
Edward dio media vuelta y se marchó.
Isabella pasó unos minutos revisando el correo, y pasó un poco más de media hora sin que se diera cuenta. Alguien carraspeó junto a la puerta de su despacho y, al levantar la mirada, se encontró con que Edward la esperaba con impaciencia.
—Lo siento. He perdido la noción del tiempo —se disculpó, dejando a un lado el correo. Se levantó, se colocó las muletas y recogió su cuaderno—. Cuando usted quiera, señor Cullen.
Él la miró molesto, pero ella se las arregló para sonreír.
El despacho de Edward quedaba al final del pasillo y tenía un enorme ventanal desde el que se dominaba el centro de Jacobsville. La mesa era de caoba, enorme y sólida, y estaba abarrotada de papeles. Había una silla de piel al otro lado de la mesa, un par de enormes sillones y un sofá, todo en granate, iluminado generosamente por la luz que entraba por las altas ventanas. La alfombra era beige, mullida y gruesa, y las cortinas lisas. Sobre la chimenea había una fotografía enmarcada de alguien que se parecía vagamente a Edward; y cerca de la chimenea, una mesa y dos sillas en las que el jefe y sus visitas compartirían una taza de café.
Edward la vio examinar el entorno a hurtadillas y cerró la puerta antes de invitarla a sentarse en una de las sillas que había delante de la mesa. Aún tenía dolor, pero la aspirina era suficiente para adormecerlos. Estaba deseando que le quitaran la escayola y poder volver a caminar con normalidad.
Él se había acomodado en su sillón, tenía los pies sobre el borde de la mesa y la observaba con los ojos entornados. Isabella llevaba un amplio traje de chaqueta con pantalón color beige, adornado en el cuello con un pañuelo estampado, y la pernera izquierda la había descosido para poder acomodar la escayola. Aparte de eso, iba como siempre, cubierta de pies a cabeza.
Era curioso que no se hubiera dado cuenta antes de ese detalle.
— ¿Cómo va la pierna? —le preguntó con sequedad.
—Mejor, gracias —contestó—. Ya he hablado con contabilidad para que me retengan la cuarta parte del sueldo en...
El se incorporó con tanta rapidez que el golpe de sus botas contra el suelo sonó como un tiro.
—Soy yo quien debe ocuparse de eso —le espetó—. Has sobrepasado tus atribuciones. No vuelvas a hacerlo.
Ella cambió de postura en la silla, moviendo la pierna escayolada también.
—Lo siento, señor Cullen.
Su voz sonó tranquila, pero la mano con la que sostenía el cuaderno temblaba. Él se levantó y se dio la vuelta para mirar por la ventana.
—Le dijiste a Jasper que Tanya te llamó la noche antes de que te llevásemos a urgencias y que te hizo unos cuantos comentarios muy desagradables —dijo, y al volverse, se encontró con su expresión de sorpresa—. Tanya me ha dicho que no es cierto.
Su expresión no cambió. Ya le importaba un comino lo que pensase. Y tampoco dijo ni una sola palabra en su defensa.
— ¿Y bien? —preguntó él un momento después, frunciendo el ceño.
— ¿Qué quiere que diga?
—Pues podrías empezar por disculparte —replicó—. A Tanya le afectó mucho que hubieras sido capaz de decir algo así de ella. Y eso no me gusta —añadió deliberadamente, esperando que ella reaccionase.
Isabella apretó el lápiz entre los dedos. Iba a ser peor de lo que se había imaginado. No podía despedirla, según le había dicho Jasper, pero eso no significaba que no pudiera conseguir que ella se marchase por voluntad propia. Si se lo ponía muy difícil, no podría quedarse.
Y, en aquel momento, no estaba segura de que el esfuerzo mereciese la pena.
Estaba muy cansada, y Tanya le había hecho daño, no al contrario. Estaba agotada de tener que vivir día a día con el peso del pasado a la espalda, y soportar el tormento de
Edward Cullen era la gota que colmaba el vaso.
Alcanzó las muletas y se levantó.
— ¿Dónde crees que vas? —preguntó él, sorprendido de que fuese a rendirse sin pronunciar una sola palabra.
La vio encaminarse hacia la puerta y llegó allí antes que ella, lo cual no era nada difícil teniendo en cuenta el ritmo al que avanzaba.
—Jasper me ha dicho que no puede despedirme sin su consentimiento —confesó—, pero puede hacerme la vida imposible hasta que me vaya voluntariamente, ¿verdad?
Él no contestó. Estaba inmóvil.
— ¿Te vas a rendir tan fácilmente? —la desafió—. ¿A dónde ibas a ir?
Ella bajó la mirada, y vagamente reparó en que tenía una mancha de barro en un zapato. Tenía que quitársela.
—He dicho que a dónde vas a ir —insistió él.
Ella lo miró por fin.
— Comprenderá que, en todo Texas, hay más de un puesto de secretaria, ¿no?
Apártese, por favor. No puedo salir.
Y Edward se movió, pero no como ella se esperaba. Le arrebató las muletas y las dejó junto a la puerta antes de sujetarle la cara entre las manos.
—No —le dijo ella, y en su voz la tensión era palpable.
Edward se acercó más. Olía a loción del afeitado y a café, y el calor de su cuerpo le recordó cómo se había sentido cuando la había acariciado en su habitación.
Él estaba recordando lo mismo, pero no con complacencia, porque le ponía enfermo sentirse tan atraído por aquella mujer en la que no podía confiar.
—Me dijiste que no te gusta que te toquen —le recordó con deliberado sarcasmo, y bajó una mano hasta ponerla sobre su pecho.
Ella contuvo la respiración y lo miró con todos sus miedos brillándole en los ojos.
—Por favor, no... —susurró—. No soy ninguna amenaza para Jasper, ni para nadie.
Déjeme marchar. Desapareceré sin dejar huella.
Y seguramente sería así, y eso le molestó. Aquella mujer le estaba amargando la existencia. ¿Por qué tenía que despertar en él aquellos sentimientos tan amargos, cuando él intentaba siempre ayudar a los demás, y especialmente a las personas que tenían problemas físicos como el de ella?
—A Jasper no le gustaría —contestó.
—Jasper no tiene por qué saber nada — dijo ella—. Dígale lo que quiera.
— ¿Es tu amante?
—No.
— ¿Y por qué no? No te importa que él te toque.
—Es que no lo ha hecho nunca de... ese modo.
Estaba siendo cruel, y apartó la mano de su pecho, pero empujándola suavemente por la barbilla, le hizo levantar la cara y mirarlo. Tenía los ojos nublados, turbulentos.
— ¿Con cuántos pobres incautos has puesto en marcha el truco de la inocencia, Isabella? —le preguntó con frialdad.
Estaban tan cerca que pudo ver con claridad las pequeñas arrugas de Edward, más numerosas de lo debido, teniendo en cuenta su edad. En sus ojos brillaba la amargura de demasiadas traiciones, los años pasados sin amor, e inesperadamente levantó un brazo y le acarició el pelo en un gesto de compasión parecido al que Rose había tenido con ella.
Eso lo puso furioso, y la apretó con fuerza contra él, reteniéndola prisionera. Ella intentó soltarse, pero solo consiguió empeorar la situación, y se sonrojó.
Todo volvía a ser como aquella noche. Era lo mismo que había hecho Mike: restregarse contra ella y reírse al verla ruborizarse. Había dicho cosas, había hecho cosas delante de sus amigos que aún le daban ganas de vomitar.
Edward la empujó por la cadera mientras con una pierna separaba las de ella. Isabella se quedó inmóvil, paralizada, invadida por los dolorosos recuerdos de otro hombre, otro encuentro que había empezado exactamente así. Ella creía querer a Mike hasta que él la convirtió aquella noche en objeto de su lujuria, riéndose de su inocencia, anticipando las delicias que iba a extraer de su cuerpo delante de sus amigos, congregados en torno a ellos mientras le arrancaba la ropa del cuerpo.
De pronto se vio inmersa de nuevo en aquella situación, en aquella tortura, en la vergüenza, tumbada en el suelo, las piernas sujetas por dos de los amigos de Mike drogados hasta las cejas, mientras Mike se desnudaba para después tumbarse sobre ella...
Edward se dio cuenta demasiado tarde de que Isabella estaba inmóvil como una estatua, los ojos desmesuradamente abiertos, pero sin verlo. El corazón le latía desbocado, y toda ella temblaba, pero no de placer.
Con el ceño fruncido, la soltó y retrocedió. Ella volvió a temblar, pero fue más una convulsión que otra cosa. Mike también había retrocedido al oír aquel ruido que parecía el del atizador de la chimenea al caer al suelo. Pero no había sido el atizador, sino un disparo. Una bala le había atravesado de parte a parte y después había ido a parar al muslo de Isabella. Mike parecía sorprendido. Recordaba bien sus ojos azules antes de que la vida desapareciese de ellos y cayera pesadamente sobre ella. Su madre gritaba e intentó disparar otra vez. Isabella le había robado a su novio y ella quería matarlos a los dos. Se alegraba de que Mike estuviera muerto, ¡y se proponía matar también a su hija!
Isabella se recordaba a sí misma tirada en el suelo, con la sangre manando a borbotones de la herida, tanto que supo que iba a desangrarse allí antes de que llegase la ayuda...
— ¿Isabella?
Era la voz de Edward, pero lejos, muy lejos. De pronto, todo se quedó a oscuras y después, nada.
Cuando recuperó el conocimiento, Jasper estaba a su lado poniéndole una toalla fría sobre la frente.
— ¿Jasper? —murmuró
—Sí. ¿Cómo estás?
Parpadeó varias veces y miró a su alrededor. Estaba tumbada en el sofá de piel del despacho de Edward.
— ¿Qué ha pasado? —le preguntó—. ¿Me he desmayado?
—Eso parece —contestó Jasper—. Mira que te he dicho que era demasiado pronto para que volvieras a trabajar. No tendría que haberte hecho caso.
—Pero si estoy bien —protestó ella, incorporándose. Tenía el estómago revuelto y tuvo que tragar saliva antes de volver a moverse —. Debo de estar un poco débil aún, pero eso es todo —añadió, intentando sonreír—. Y además, no he desayunado.
—Mira que eres... —replicó él, sonriendo.
—Estoy bien, de verdad. Dame las muletas, ¿quieres?
Fue a buscarlas junto a la puerta e Isabella vio de refilón a Edward, que estaba allí como una estatua. Se colocó las muletas bajo los brazos y dio un paso.
— ¿Te importaría llevarme a casa, Jasper? —le preguntó—. Si puede ser, me gustaría tomarme un día más de descanso.
—Claro —le aseguró—. No hay problema, ¿verdad, Edward?
Él asintió con un solo movimiento de la cabeza y, tras mirarla una vez más, salió del despacho.
El alivio que experimentó Isabella casi la dejó sin fuerza en las piernas. Recordaba perfectamente lo ocurrido, pero no iba a decirle nada a Jasper. No quería estropear la relación entre los primos. Precisamente ella, una persona que no tenía a nadie en el mundo excepto una madre que la odiaba, respetaba más que nadie a la familia.
Dejó que Jasper la llevase a casa intentando no pensar en lo que había ocurrido en el despacho de Edward. Sabía que, a partir de aquel momento, siempre que lo viera acudiría a su memoria aquel suceso en casa de su madre cuando solo tenía diecisiete años. Si tuviese algún sitio adónde ir, se marcharía de inmediato, pero por el momento estaba atrapada, víctima de un pasado del que ni siquiera podía hablar y a merced de un hombre que lo tenía todo.
Jasper volvió a la oficina decidido a sacarle la verdad a Edward. Sabía instintivamente que el desvanecimiento de Isabella se debía a algo más que unas simples palabras, y estaba decidido a poner fin a lo que Edward estuviese haciendo antes de que fuera demasiado tarde.
Pero cuando llegó al despacho de su primo se lo encontró vacío.
—Ha dicho que se iba a Victoria a hablar con un señor sobre una propiedad, señor Cullen —dijo una de las secretarias—. Se ha ido a toda prisa en su Jaguar nuevo. Iba a toda velocidad. Espero que no lo estrelle por ahí nada más estrenarlo.
—Yo también —contestó Jasper.
Y volvió a su despacho intrigado por aquel extraño comportamiento de Edward, pero aliviado también al no tener que enfrentarse a él en aquel mismo instante.
Voy a subir la nueva adaptacion dentro de un rato! Espero que les guste! Besooos! :)
Allegra Salvatore
