Lapis parecía una estatua tras ella. De pronto dijo:
—Voy a llamar a tus vecinas.
No lo retuvo. No tenía fuerzas para ponerse de pie.
La casa se llenó de gente. Todos apreciaban a la señora Son.
En medio de la confusión, nadie se fijó en el hombre que de pronto irrumpía en la casa. Parecía sofocado, sudoroso, y lloraba.
Lapis, de pronto lo vio. El hombre miraba desconcertado de un lado a otro, bañado su rostro por las lágrimas.
—¿Qué desea?, le preguntó Lapis.
—Busco al doctor Diecisiete.
—Yo soy.
El pobre hombre asió al médico por el brazo.
—Venga —pidió ahogadamente—. Mi hija… mi pobre hijita…
—Pero… ¿de dónde viene usted?
—De la comunidad próxima, señor.
—¿Y dice que su hija?...
—Está muy enfermita.
—Vamos allá.
Sin despedirse de nadie salió.
Regresó a las ocho de la mañana, cuando todo parecía tranquilo en la casa. Entró y buscó a Pan. Parecía súbitamente envejecido. Había gotas de sudor en su frente y el frío era intensísimo. Manchado de lodo y mojado por el agua que caía incesante, atravesó la casa.
—¿Y la señorita Son?, preguntó a dos vecinas.
—Junto al cadáver, señor.
Pan todavía estaba allí, arrodillada en el suelo, con la cabeza hundida en el pecho ya frío de su madre. La tocó en el hombro. Pan levantó la cabeza muy despacio. Tenía la cara enrojecida, con unos ojitos llorosos. Al verlo, sólo supo decir:
—¡Lapis, oh, Lapis!
—Ven un momento.
Fue entonces cuando se fijó en su transfigurado semblante.
—¿Qué ocurre, Lapis?
—Algo muy grave. Tenemos que actuar sin demora. Te necesito.
Pan sintió compasión por esos ojos azules.
—Pero… señaló el cadáver de su madre.
—Ha muerto, Pan. Ya nada se puede hacer. Pero hay muchas otras vidas en peligro. Creo… —parecía otro hombre— que estamos al borde de una epidemia.
La joven se estremeció y fue poniéndose en pie muy lentamente.
—No digas nada, Pan. No hay nada que alarmar. Sería terrible.
Un sudor frío le bañaba la frente. Sus ojos febriles buscaban a Pan incesantemente, como si en ella pudiera hallar ayuda.
—Lapis… —dijo Pan—, ocurre algo… sumamente grave. No te conmueves por poca cosa.
—Viruela.
Pan se estremeció y hubo de agarrarse al brazo de un sillón. Una densa palidez cubría su semblante.
—Estoy aterrado. En este rincón perdido entre montañas. ¿Te das cuenta? He aislado al enfermo, he dado parte… pero no creo que la ayuda llegue antes de tres días, eso suponiendo que el transporte pueda pasar con esta tempestad —se pasó la mano por la cabeza—. La línea telefónica está dañada. Para entonces la epidemia se habrá extendido y nos será difícil atajarla.
—Pero… ¿no te habrás equivocado?
Él movió la cabeza.
—¿Y qué vas a hacer, Lapis? Tú y yo solos, con la pobre ayuda del doctor Gero. ¿Qué podemos hacer los tres en un caso así?
—Aislar a los enfermos. Cuando hayas dejado a tu madre en su última morada, ven a mi casa.
Sin esperar respuesta huyó.
—¿Ocurre algo, Pan? —preguntó una vecina—. El doctor parecía turbado.
—No, nada.
—¿Está usted segura?
—Sí, creo que sí.
Respondía como un autómata, se dirigió a la alcoba de su madre con paso indeciso. Esperó. No, no pudo llorar. Era mucha su amargura, pero algo había que la borraba; para centrarla en todo es que iba a ocurrir, peor aún, que ya estaba ocurriendo.
—Lapis… descansa un rato. Llevas seis días sin dormir.
Lapis agitó la cabeza. Pan le puso una mano en el hombro.
—Y yo que te consideré un egoísta…
—Lo soy —gritó exasperado—. Pero estas personas que angustiosamente me piden ayuda y a quienes no puedo ayudar… Pan, ¿qué he sido yo hasta ahora? —pregunto mirándola estremecido.
—Calla, Lapis… —volteo la cara.
—¿De qué sirve callar, Pan? Estamos tú y yo solos. Ya ves lo que le ocurrió al pobre doctor Gero. Quizá porque era muy viejo o tal vez porque Dios nos prueba a ti y a mí. Vamos —se paró—. Nos toca el turno.
—Yo lo haré —dijo Pan enfrentándolo.
—¿Tú, pobre muchacha, que llevas cuatro días sin dormir?
—Tú seis, Lapis —le respondió firmemente.
—Seis… y mi vida entera si fuera preciso —dijo Lapis con un habitual mirada seria.
No era posible que aquel hombre fuera el mismo.
—¿Te fijas, Pan? Ya ni siquiera nos acordamos de nosotros mismos. Tú no tuviste tiempo de llorar por tu madre, yo no tuve tiempo de decirte que me siento desfallecer —bajo la mirada cansado.
—Hay que superarlo, Lapis.
—Eres una gran chica. Pero no creo que tu bondad y mi esfuerzo logren nada. Ayer han muerto seis muchachos. Hoy, siete.
—Pronto llegará ayuda.
Pan mantenía una actitud con positivismo y valor, heredada por sus fallecidos padres y, sin excepción, de su abuelo.
—No creo que nadie sepa lo que ocurre aquí. Siguen las lluvias, crece el río. El transporte no pasa por la colina. Los teléfonos no funcionan. No nos mandan un helicóptero porque deben calcular que mi alarma ha sido infundada. Todo se viene sobre nosotros, Pan.
Ella lo miraba con un brillo de esperanza y él con ese mismo brillo, poco a poco, apagándose.
Robert Mac Dowall se presentó a la clínica, gritando como loco.
—¡Doctor Diecisiete, doctor Diecisiete!
Pan, que atendía a un enfermo, salió despavorida.
—¿Quién grita de ese modo? —al ver al señor Mac Dowall, se tranquilizó—. ¿Viene a ayudarnos, señor Mac Dowall?
—Vengo a buscar al doctor. Mi hija se muere.
Lapis apareció en lo alto de la escalera con barba de tres días.
—¿Qué ocurre ahí?, preguntó, bajando presuroso.
Robert se abalanzó sobre él.
—Doctor, mi hija…
Lapis no se alteró.
—¿No se han ido ustedes a la finca que tienen en las afueras?
—Naturalmente. ¿Cree posible que yo expusiera a mi familia?
—No puedo abandonar veinte enfermos por su hija. Tráigala aquí y se hará lo que se pueda. Le advierto que podrá hacerse muy poco.
Lo dejó plantado en mitad del pasillo. El padre trató de abordar a Pan, pero ésta estaba más agotada aún que su amigo.
Giró en redondo y se perdió en la sala. Llevó la mano a la frente.
Uno de los convalecientes preguntó:
—¿Se siente mal, señorita?
—No… no es nada.
Pero lo cierto es que se sentía angustiada. Náuseas, frío… Trató de calmarse. Tal vez fuera la desesperación y la impotencia.
En ese momento alguien llegó gritando.
—¡Señorita, señorita! Llegó un equipo sanitario.
Vio que Lapis pasaba presuroso. Oyó mucho revuelo y la voz aguda de alguien pidiendo ayuda.
Después, nada.
