Capítulo 5
—¿Cómo? ¿Lo has dejado? —le preguntó Caroline.
Emma asintió lentamente y luego volvió la atención a la olla con agua a punto de hervir que tenía al fuego. Le echó sal y, a continuación, metió los espaguetis.
—Vamos. Tienes que contarme más. ¿Qué te ha llevado a tomar esa decisión? Estaba empezando a pensar que te ibas a labrar una carrera como confitera o algo así.
—Hablas como Regina —murmuró Emma. Los ojos de Caroline se entrecerraron.
—¿Has dejado el trabajo por ella? Suelta prenda, muchacha. Me estás ocultando cosas sobre la reunión de esta mañana, ¡y me está volviendo loca!
Emma vaciló y luego cerró la boca. No podía contarle a Caroline lo del contrato, ni nada referente al encuentro con Regina. Si iba a acceder —y aparentemente lo estaba considerando seriamente— no quería que los detalles de su vida privada —con Regina— se supieran, ni siquiera por su mejor amiga. Pero tenía que decirle algo, así que se decidió por lo más inofensivo de las dos cosas.
—Me ofreció un trabajo —dijo Emma.
Los ojos de Caroline se agrandaron.
—Espera. Te besó, te amenazó con follarte en la terraza, ¿y todo porque quería que trabajaras para ella?
Sí, a Emma también le pareció una triste excusa, pero no le iba a decir ni una maldita palabra sobre el contrato.
—Bueno, podría haber más, pero por ahora solo quiere que sea su asistente personal. Cree que estoy malgastando mi talento trabajando en La Pâtisserie.
Caroline sirvió dos copas de vino y le ofreció una a su amiga. Removió la salsa para los espaguetis y, brevemente, también la pasta.
—Pues en eso sí que estoy de acuerdo con ella. No has estudiado un posgrado para servir café y ofrecer cruasanes a la gente —dijo Caroline secamente—. ¿Pero su asistente personal? Creo que le da todo un nuevo significado a la palabra «personal».
Emma se quedó en silencio sin morder el anzuelo.
—Entonces si has dejado el trabajo en la cafetería es porque has aceptado el puesto que te ofrece Regina, ¿no es así?
Emma suspiró.
—No he decidido nada todavía. Tengo hasta el lunes para pensarlo.
Caroline se encogió de hombros.
—Yo creo que está claro. Es rica, está buenísima y te desea. ¿Cómo puedes dudar con algo así?
—Eres incorregible —replicó Emma con exasperación—. El dinero no lo es todo, ¿sabes?
—Y eso lo dice la que está mimada por su hermano mayor, quien parece tener más dinero que Dios.
No podía negar que David era tan rico como Regina, ni que había hecho muchísimo por ella. Le había comprado el apartamento, aunque no le gustaba que caminara veinte manzanas hasta el trabajo sola con bastante frecuencia. Emma no necesitaba una compañera de piso, pero Caroline necesitaba un sitio donde quedarse y a ella le gustaba la compañía. Pero con todo y con eso, no le gustaba depender solo de David. Emma no era extravagante, y, de hecho, había aprendido a ser bastante frugal con sus escasas ganancias.
—Creo que estoy más intrigada que otra cosa —admitió—. Regina siempre me ha fascinado, he estado pillada por ella desde que tengo uso de razón.
—Estar intrigada es una razón válida por la que empezar a salir con una mujer—dijo Caroline—. ¿Cómo vas a saber si son compatibles si no te lanzas?
Lanzarse sonaba apropiado, solo que no iba a ser un simple saltito hacia delante, no. Iba a ser una inmensa caída libre desde lo alto de un precipicio. Emma se moría de ganas de sacar otra vez el maldito contrato para poder leerlo una vez más, pero no podía hacerlo delante de Caroline, así que tendría que esperar hasta más tarde para revisarlo. Partió la pasta con el tenedor y le dio un mordisco.
—Ya están listos. Cógete un plato mientras escurro el agua de los espaguetis.
—Iré a por más vino —se ofreció Caroline—. Eres una cocinera excelente, Emma. Ojalá yo tuviera tus conocimientos y tus habilidades; a todos les encantan esas cosas.
Emma se rio.
—Como si tú tuvieras problemas para encontrar hombres.
Y era verdad. Caroline era muy guapa, un poco más alta que Emma pero con muchas más curvas que le realzaban la figura y que atraían a los hombres como moscas. Tenía un pelo pelirrojo precioso con reflejos rojos y dorados de varias tonalidades, además de unos ojos marrón intensos llenos de calidez. Era una mujer guapísima con una personalidad alegre que se hacía querer por todo el mundo que la conocía.
—El problema es encontrar al chico adecuado —dijo Caroline con melancolía.
Emma se encogió, arrepentida de haber pronunciado esas palabras tan descuidadas. No, Caroline no tenía problemas para encontrar hombres, pero el último al que atrajo no había sido precisamente lo mejor que le había ocurrido en la vida. Emma levantó su copa de vino en un esfuerzo por suavizar su desliz y dijo:
—Brindo por eso.
El teléfono de la oficina de Regina sonó pero no contestó y siguió escribiendo el memorándum en el que estaba inmersa. Ya era tarde, así que nadie debería estar llamando a su oficina. El despacho se quedó en silencio, pero entonces, unos segundos más tarde, su teléfono móvil comenzó a sonar. Le echó un rápido vistazo para ver quién le llamaba y por un momento contempló la posibilidad de dejar que saltara el contestador. Con un suspiro lo cogió y descolgó. No podía ignorar a su madre aunque ya supiera por qué lo estaba llamando.
—¿Sí? —dijo.
—Regina, por fin. Pensé que aún estabas en la oficina. Has estado trabajando tanto estos días… ¿no vas a tomarte nunca unas vacaciones?
Regina tenía que admitir que la idea tenía su atractivo, pero más atractiva era la de llevarse a Emma con ella. ¿Estar unos cuantos días desconectados del mundo para iniciarla en el suyo? Eso, sin duda, sí que era algo que podía considerar.
—Hola, mamá. ¿Cómo estás?
Pregunta que sabía que era mejor si no la formulaba, pero que siempre hacía. El problema con preguntarle a su madre que qué tal estaba era que ella nunca la respondía cortésmente con un «bien, gracia». como todo el mundo hacía, independientemente de estarlo o no.
—No me puedo creer lo que está haciendo —dijo con clara agitación—. Nos está haciendo quedar mal a mí y a sí mismo.
Regina suspiró. Tras casi cuarenta años de matrimonio, su padre se había ido, le había dado a su madre los papeles del divorcio y parecía estar completamente decidido a estar con tantas modelos jóvenes y desconocidas como pudiera y tan rápido como estas le dejaran.
Su madre no lo estaba llevando bien, como era de esperar, y, desafortunadamente, Regina era su consejera. Ella quería a su padre, pero se estaba comportando como un completo imbécil. No lo entendía. ¿Cómo se podía estar con alguien durante tanto tiempo y, de repente, levantarse una mañana y decidir dejarla? Regina no estaba segura de que hubiera sido capaz de llegar a pedirle el divorcio a Daniela. De hecho, fue ella la que la dejó.
Quizás el permanecer en una relación en la que ya no había amor ni un afecto real no había sido lo mejor, pero ella le habría evitado todo el dolor y la humillación que trae consigo un divorcio. Sin embargo, Daniela no había sentido lo mismo, y no es que se lo estuviera echando en cara; a lo mejor ella tendría que haber hecho algo más antes de permitir que la situación llegara a donde había llegado. No se había dado cuenta de que Daniela era tan infeliz, y lo único que le echaba en cara era la forma en la que se había divorciado de ella.
—Es vergonzoso, Regina. ¿Has visto los periódicos esta mañana? ¡Tenía una mujer a cada brazo! ¿Qué es lo que iba a hacer con dos mujeres?
Ni de coña iba Regina a responder a esa pregunta. Le entraban escalofríos de solo pensar en su padre… No, no iba a entrar ahí.
—Mamá, deja de leer la sección de sociedad —dijo Regina con paciencia —. Sabes que solo te va a hacer daño.
—Lo está haciendo a propósito para castigarme —siguió despotricando
— ¿Por qué te iba a castigar? ¿Qué le has podido hacer tú?
—Me está enseñando que, mientras yo me quedo en casa llorando la muerte de mi matrimonio, él está ahí fuera viviendo los mejores días de su vida. Me está diciendo con más que palabras que ha pasado página y que ya no ocupo ningún lugar en su corazón.
—Lo siento, mamá —dijo Regina con delicadeza—. Sé que esto te duele, pero ojalá salieras e hicieras algo. Tienes amigos y muchísimas causas a las que donas importantes sumas de dinero y a las que dedicas tu tiempo. Aún eres joven y guapa, cualquier hombre se sentiría afortunado de llamar tu atención.
—No estoy lista para pasar página —dijo con cabezonería—. No sería respetuoso que fuera detrás de un hombre tan pronto tras el divorcio. Solo porque tu padre esté actuando como un cabrón sin clase no significa que yo vaya a actuar con tan poco decoro.
—Tienes que preocuparte menos por lo que la gente piense y más en lo que te hace feliz —dijo Regina bruscamente.
Hubo un largo silencio y luego su madre suspiró. Regina odiaba verla tan triste, le dolía verla con tanto dolor dentro. Ella intentaba quedarse fuera de los problemas de sus padres, pero últimamente había sido más bien imposible. Su madre la llamaba día sí y día también para criticar lo que su padre hacía, mientras que este estaba demasiado ocupado intentando presentarle a su nueva novia. El problema era que iba con una mujer diferente cada vez que Regina lo veía; estaba muy empeñado en llenar ese hueco que existía entre ambos para buscar lo único que le estaba intentando sacar por la fuerza: aceptación. Quería que Regina lo perdonara y lo aceptara, y aunque este pudiera perdonarlo —después de todo no podía echarle en cara sus decisiones, era su vida y su felicidad— no podría aceptar a otra mujer en el puesto que su madre había ocupado durante la mayor parte de su vida.
—Lo siento, Regina —dijo su madre en voz baja—. Sé que debes odiarme cuando te llamo, porque lo único que hago es quejarme de tu padre. No debería hacerlo, sin importar lo que haya hecho, ya que él sigue siendo tu padre y sé que te quiere.
—Cenemos juntos este fin de semana —dijo Regina en un intento de subirle el ánimo—. Te llevaré al Tribeca Grill.
—Seguro que estarás muy ocupada.
—Nunca estoy demasiado ocupada para ti —dijo—. Siempre tendré un hueco para cenar con mi madre, así que ¿qué dices?
Regina casi pudo oír la sonrisa en su voz.
—Me encantaría. Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que salimos.
—Bien. Cogeré el coche y te recogeré.
—¡Oh, no tienes por qué! —exclamó—. Puedo coger un taxi hasta la ciudad.
—He dicho que voy a ir a recogerte —insistió Regina—. Podemos hablar en el camino de vuelta y le diré a mi chófer que te lleve a casa después de cenar.
—Estoy deseando que llegue —dijo con genuino entusiasmo en la voz.
Había pasado bastante tiempo desde que Regina la hubiera visto tan emocionada por algo. En ese momento se alegraba de haber hecho el esfuerzo de sacarla de su exilio autoimpuesto. Necesitaba salir, enfrentarse al mundo y descubrir que este no se había acabado solo porque su matrimonio hubiera terminado. Ya le había dado el tiempo suficiente para llorar y esconderse en la casa de la que su padre se había ido, ya estaba bien. Incluso a lo mejor podía convencerla para que vendiera la casa en Westchester y se mudara a la ciudad. Ya no tenía sentido que se quedara allí, tenía demasiados recuerdos dolorosos. Lo que ella necesitaba era empezar de cero. Y Regina sabía bastante sobre el tema.
Tras su divorcio, había estado sumida en un estado parecido al de su madre en el que quería que todos lo dejaran en paz. Lo entendía, pero también sabía que cuanto antes saliera y empezara a vivir, antes iba a estar preparada para pasar página.
—Te quiero, hija —le dijo con la voz llena de emoción.
—Yo también te quiero, mamá. Nos vemos el sábado por la noche. Cuídate.
Colgó y, a continuación, miró la foto que aún adornaba su mesa: sus padres en su trigésimo noveno aniversario. Se los veía tan felices… pero era toda una mentira. Dos semanas después de haberles hecho esa fotografía, su padre se había largado y se había ido a vivir inmediatamente después con otra mujer. Regina sacudió la cabeza. Cada vez estaba más convencida de que no casarse era lo más seguro. Un divorcio le podía ocurrir a cualquiera. Pero sin lugar a dudas, nadie estaba preparado para el trastorno emocional que acarreaba una separación.
Además de la pérdida financiera que una ruptura implicaba. De hecho, un divorcio salía muchísimo más caro que un matrimonio. Regina estaba completamente contenta con la forma en que llevaba ahora sus relaciones personales: sin involucrar riesgos financieros ni emocionales, sin egos dañados ni sentimientos heridos… sin traiciones.
Bajó la mirada hacia su teléfono y abrió la foto que le había hecho a Emma hacía tan solo unas semanas antes. Ella no sabía siquiera que se la había hecho, no la había visto y tampoco sabía que había estado ahí. Ella salía de una tienda en la avenida Madison justo enfrente de donde ella se encontraba y se había quedado prendada ante la imagen que veían sus ojos: Emma de pie en la acera con el pelo revoloteando a su alrededor por culpa del viento mientras llamaba a un taxi. Se había quedado paralizada y llena de lujuria, y no es que no lo hubiera sabido entonces, pero en ese momento se dio cuenta de que tenía que hacerla suya. Había algo en ella que Regina encontraba completamente irresistible; su fascinación por ella rayaba ya en la obsesión.
Le estaba haciendo una fotografía sin que ella fuera consciente por el simple motivo de poder mirarla cuando quisiera y verla siempre como la había visto ese día. Joven y vibrante, guapísima. Y esa sonrisa… cuando sonreía el mundo se levantaba a su alrededor; no sabía cómo alguien podía mirar más allá de Emma cuando ella se encontraba presente. Era… cautivadora. No sabía qué la hacía tan especial, y quizá no era más que la naturaleza prohibida de su relación, ya que era la hermana pequeña de su mejor amigo. Tenía catorce años menos que ella y debería dejarla en paz. Pero lo que debería hacer y lo que iba a hacer eran dos cosas completamente diferentes. Ella quería a Emma, y haría lo que fuera por poseerla.
