¡Hola Todos! ¿Cómo están? Espero que hayan tenido un buen inico de año.

Aquí tenemos otro buen capítulo. No hay escenas fuertes aquí.

Hetalia No me pertenece.

Disfruten su lectura


— ¿qué te ha parecido hasta ahora todo esto? —preguntó el Ángel.

—Bueno, al parecer tanto Turquía como Veneziano están dándolo todo en esta guerra. Que por lo que veo a durado varios siglos. Pero, la causa de Veneziano se está perdiendo. Romano no es lo que era.

— ¿qué harías tú en su lugar?

—Yo haría lo mismo. No puedo decir que hiciera algo diferente, tal vez incluso hiciera cosas peores para recuperar a Romano.

—Lo sé, ¿seguimos?

— ¿Tengo otra opción?

—No, no la tienes. —sonrió—. Volvamos al Prusia pelando zanahorias ¿te parece?

Prusia estaba peleando zanahorias en la cocina, cuando de pronto Sacro Imperio Romano entró de golpe a la casa, por la puerta que daba al jardín.

— ¿Dónde está Veneziano?

—No lo sé, ¿en la biblioteca?—respondió Prusia sin alzar la vista—. ¿Nos dieron el crédito?

—No, y no me hables de esa chupa sangre ahora.

— ¡Hey!—dijo Rumania saliendo de una puerta que abría la bodega—, sabes que odio que se refieran así a alguien.

—Sin ofender tu folclore Rumania, esa mujer es una exprimidora...— dijo Sacro Imperio Romano, tomando una manzana y literalmente destrozándola en su mano y respirando agitadamente.

— ¿mi folclore? Vlad Draculea fue un héroe nacional, los ayudo a expulsar a los turcos y lo redujo a un "folclore" —Murmuró Rumania mientras caminaba por la habitación.

Prusia suspiró cansado, mientras Rumania se paraba detrás de él, más que asustado estaba cansado de verlo así. Al inicio sí, admitía que le daba un poco de miedo, pero luego eso se le pasaba tal como vino. Esa irá fugaz venía bien en el campo de batalla, pero en casa causaba pleitos y problemas, esos ataques de ira contenida se manifestaban en daños inmediatos a los muebles, vajilla, flores, y comida. El único que podía calmarlo era Veneziano, le tenía una gran paciencia.

— ¿Mejor?—preguntó Prusia después de que el rubio se calmará.

—Sí, mucho mejor. Debo hablar con Veneziano sobre una nueva condición que puso esa bruja desalmada.

—Si buscas a Veneziano, está descansando—dijo Rumania.

Sacro Imperio Romano se sorprendió, Veneziano trabajaba mucho, tanto que pasaba días sin comer y sin dormir. Desde hace varios decenios atrás empezó a decir que "no descansaría hasta ver a su hermano fuera de las garras del Imperio Otomano". Y muy rara vez se sentaba o acostaba a dormir.

— ¿de verdad? Eso es excelente. ¿Está en su habitación?

—No exactamente, se quedó dormido mientras jugaba al té con la pequeña Liechtenstein—dijo Rumania tragando saliva.

— ¿QUE?—gritó Sacro Imperio Romano mientras salía corriendo a la habitación de la pequeña.

—Oí, no regañes a la pequeñita—dijo Prusia parándose y sacándose el delantal —, ella no tiene la culpa de nada. Oye... —dijo al seguir a su hermano por los pasillos.

Sacro Imperio Romano, no sentía mayor simpatía por la pequeña nación, varias veces había mencionado arrepentirse el haberla encontrado. No había tiempo de que una niña jugara por ahí, se vivían tiempos difíciles. No había suficiente comida, ni recursos para todos los países involucrados en esta guerra interminable que ya llevaba casi cuatro siglos. Y no le perdonaba a la pequeña nación ese comportamiento tan indigno. Aunque Austria tal vez pensara que su rabia contra la pequeña se debiera a que Veneziano le prestaba más atención a ella que a él.

Finalmente el rubio entró en la habitación, sorprendiendo a Liechtesntein que estaba pintando a lado de Veneziano quien como Rumania lo había mencionado estaba dormido, la ojiverde le había arropado con una de sus pequeñas mantas. Al notar a la nación más grande imponer su presencia enseguida su mirada se ocultó de la vista del mayor.

— ¿Cuantas veces te he dicho que no interfieras en el trabajo Liechtenstein?

— Herr Sacro Imperio, verá, Herr Veneziano pasó por aquí y me vio jugando sola y luego se unió y...

—Pero nada, ¡ESTAS DISTRAYENDOLO, ESTAMOS EN UNA SITUACIÓN DIFICIL Y NO ES MOMENTO PARA JUGAR!—

— pe-pero...

—Deja de gritar—dijo Veneziano despertándose.

—Veneziano, no la defiendas—dijo él regresándola a ver—. Ella tiene que ponerse a trabajar y ayudarnos en esto.

— ¡Es una niña!—volvió a gritar Veneziano—, déjala mientras tenga la oportunidad. Además terminé temprano y decidí acompañarla en todo caso fui yo quien se acercó a jugar—dijo Veneziano poniéndose de pie, desafiando a su amigo a decir una sola palabra más.

*argh* De acuerdo, de acuerdo, me calmo. No diré más, solo te digo que tenemos que hablar— dijo saliendo de la habitación.

—De acuerdo; principessa, luego continuaremos con la fiesta del té—le susurró Veneziano a Liechtenstein al salir.

Ella solo le sonrió y lo vio partir, ella quería mucho al señor Veneziano. Desde que llegó a esa casa sentía que no encajaba al inicio. Prusia se hizo cargo de ella, le enseñó muchas cosas básicas, a leer, escribir, dibujar, cocinar, y de vez en cuando le regalaba uno que otro juguete. Austria en cambio era un poco estricto pero enseñaba bien cosas más complicadas como el comercio, diplomacia, y etiqueta; sin mencionar que su cocina mejoraba cada vez más. Rumania, era muy devoto, era un poco complicado hablar con él, pero de algo estaba segura, le enseñaba a defenderse sola, no le gustaba que otros se acercaran a ella sin buenas intenciones, en realidad a ninguno de los tres. Grecia se tomaba muy enserio la tarea de enseñar, sus pensamientos filosóficos le hacían pensar cosas muy difíciles para su pequeña mente, aunque debía admitir que en alguna cosas tenía sentido, otras no tanto. Ay, pero Veneziano, le daba algo que ninguno de ellos lo hacía: cariño.

Prusia llegó poco después, preocupado.

— ¿todo bien pequeñita?—

—si—contesto ella—. Bruder ¿puedo pedir algo para mi cumpleaños?

—Por supuesto que sí pequeñita, ¿qué quieres?— dijo Prusia pensando en que muñeca habría visto en la tienda.

—Quiero casarme con el señor Veneziano— dijo susurrándole al oído.

Prusia se congelo y empezó a buscar en su cerebro millón de respuestas a esa afirmació no se le ocurrió nada hasta que se le ocurrió algo realmente brillante.

—Tienes que pedirle permiso a Austria, y Veneziano tiene que pedir tu mano, una niña no elige con quien casarse así como así.

—Eso no tiene sentido, pero si así son las cosas— dijo ella pensativa—, pues en ese caso iré a hablar con el señor Austria.

—Que inocente—dijo España, sonriendo por primera vez en este día.

— sí, una linda niña. Sin embargo ella lo dice enserio.

—Jajaja. ¿Cómo crees que puede decirlo enserio? Liechtenstein en edad humana tendrá qué unos 6 años, queriendo decir que solo tiene uno o dos siglos, mientras Veneziano tiene ya unos 15 años humanos, lo que en siglos sería aproximadamente unos 17 a 19, la misma edad que le calculo a Sacro Imperio Romano.

—Que gracioso, no sabía que las naciones se calcularan la edad como si fueran perros—comentó el Ángel bromeando.

—No lo hacemos, estoy sacando un promedio al ojo, es incluso más complicado.

—Está bien, no te molestes, pero te lo digo, la niña lo dice en serio, mira.

Austria tenía a la pequeña en su regazo, y hacia esfuerzo para no atragantarse con la galleta que se había llevado a la boca al oír su petición. La condición de Prusia tenía sentido, pero ninguno de ellos pensaría en que eso se podría cumplir. Prusia había pensado pronto en una respuesta ingeniosa, que les daría unos cuantos años para que la pequeña desista de esa tonta idea, y cuando creciera un poco más lo más probable fuera que cambiara de idea. Ahora el albino estaba parado en un extremo de la habitación, con la mirada le decía lo obvio.

—Bueno—tragó finalmente la galleta...—Liechtenstein, el matrimonio entre naciones es muy complejo, y diferente a los humanos. Muy, muy diferente del de los humanos.

—Entiendo, me lo explico hace unos meses atrás, es para reforzar nuestros lazos políticos y comerciales.

—Si algo así—dijo Austria, pero enseguida tomo la dirección a la que quería llegar—. Dime que tienes que puede gustarle a Veneziano, para que aceptara ser tu esposo, si se diera el caso.

—Tengo muchas cosas: un terreno perfecto para la defensa, tierras que tienen un potencial perfecto para ser explotadas, buen comercio, y...

—De verdad lo dice enserio—dijo España sorprendido al oír a la pequeña enumerar todas sus cualidades que la hacían digna para alcanzar dicho puesto.

—Sí, bien adelantadita la niña ¿no?—dijo el Ángel suspirando—Hay pero que estamos haciendo deberíamos ver lo que dicen los dirigentes de esta guerra.

España solo sintió el apretón en el brazo, y fue transportado hacia la biblioteca, la cual se había convertido no solo en el cuartel general de la guerra, sino también en el despacho de Veneziano, el cual estaba muy desordenado. No era que no hubiera una mínima coincidencia con su realidad. No ninguna.

—Y eso fue lo que dijo— terminó su explicación Sacro Imperio Romano.

—Tiene sentido que ella se asegure de esa forma.

—Se me ocurren varias cosas que le podrían servir, como cargamento de trigo, cebada u otro cultivo por varios años, o material metálico de nuestras minas o...

—Démosle Venecia.

— ¿QUÉ?

— ¿QUÉ? Veneziano está loco.

—No lo está, está pensando como un hombre de negocios, que siempre fue.

—Me escuchaste perfectamente, ella quiere algo valioso, con lo que has nombrado no tendrá el efecto que buscamos. No se me ocurre algo más que eso.

—Pero Vene, si no recuerdas esa ciudad es tú corazón. Si algo le llega a pasar a esa ciudad tú no la vas a contar. No te arriesgues.

—Estoy al corriente de todo lo que has dicho, Sacro Imperio. Agradezco tu preocupación. Pero si no nos arriesgamos con esto no podremos avanzar con la siguiente etapa de esta batalla. Lo recuperaremos de todas formas, escribiré el documento, y se lo daremos enseguida.

—No me gusta esto, te estas entregando demasiado.

—No sabría otra forma de hacerlo, si fueras tú harías lo mismo ¿verdad?

Sacro Imperio solo suspiró y escuchó a alguien venir corriendo hacia ellos. Era Rumania, quien abrió la puerta sin llamar, ni tampoco se detuvo a dar sus motivos, se dirigió directamente donde Veneziano, y le dio el sobre de papel que tenía en la mano.

—Es de Romano—fue lo único que le dijo.

—déjenme solo por favor—Veneziano palideció.

Rumania, le dio un apretón en el hombro deseándole suerte, y salió. Sacro Imperio demoró en salir.

—No creas lo que te dice. Puede ser una trampa.

—No te he pedido consejos Sacro Imperio, sal por favor.

—Sé que no me has pedido consejos, pero tenía que decírtelo, si quisiera ayudarnos ya lo hubiera hecho hace años.

—No lo repetiré otra vez. Sal.

—Reflexiona bien...

— ¡QUE SALGAS!

—Haz lo que quieras.

— ¿Qué fue eso?

—Un grito.

—No, es en serio. Conozco a Veneziano lo suficiente y jamás en la vida lo había visto reaccionar así.

—Créeme cuanto te digo que ustedes subestiman demasiado a Veneziano. Creen que siempre está llena de sonrisas, que por poco vomita arcoíris. Pero ustedes no lo conocen a fondo.

— ¿Cómo lo sabes? ¿Es porque los Ángeles lo ven todo?

—Sí y No. Solo podemos ver lo que corresponde a nuestro protegido. Su Ángel de la guarda me ha contado infinidad de cosas, que ahora no vienen al caso.

—Piden una tregua—fue lo que dijo Veneziano después de reunir a todos, para informarles del contenido de la carta.

— ¿Con que motivo?—preguntó Prusia.

—El comercio ha declinado mucho, para ambas partes. Romano ha sugerido al Imperio que cese el conflicto para que todos nosotros nos repongamos de la crisis—acotó Veneziano.

—Al fin, está haciendo algo para ayudarnos— dijo Sacro Imperio, bufando molesto.

—Además quiere reunirse conmigo,para hablar—continúo Veneziano obviando el comentario de Sacro Imperio, y a la vez esbozando una sonrisa llena de esperanza.

—Debes tener cuidado, puede ser una trampa—dijo Austria.

—Tranquilo, Babbo, no pasara nada.

—Hay algo que me molesta.

— ¿Y eso qué es España?

—Desde ya hace varios años, recuerdos, no sé cómo definir estas imágenes que estoy viendo; pero bueno al punto es que, Veneziano ha llamado Austria Babbo.

— ¿sabes lo que significa?

—Sí, algo así.

—si sabes lo que significa, ¿qué te molesta, exactamente?

—La relación de Austria y Veneziano en mi mundo es terrible, ambos se toleran en público. Pero aquí al parecer su relación es muy diferente.

—Lo sé, pero no adelantes conclusiones. —El Ángel sonrió—. Adelantémonos al encuentro.

Veneziano se estaba vistiendo, de una manera muy elegante para lo que lo había visto usar últimamente. España abrió su boca por cuarta vez, viendo las terribles cicatrices en la espalda y pecho de Veneziano. Demonios eso debió haber dolido. Pero lo que más le conmovió fue la extrema delgadez que ostentaba. Sacro Imperio a su lado parecía más entallado y hasta con un poco de sobrepeso, comparado con Veneziano. Sacro Imperio se dio la gran tarea de ayudarlo a vestirse, ambos con ojeras en sus ojos, pero Veneziano más pálido de lo normal. Aun así escogió su mejor vestimenta.

— ¿cómo me veo?

—He de admitir que te ves excelente, pero no me gusta esta idea.

—Ya empezaste—murmuro Veneziano sonriendo—. Tranquilo, il mio fratello no hará nada para lastimarme.

— ¿cómo estas tan seguro? Desde que Hungría se lo llevó lo han mantenido aislado de ti. Quien sabe que podría estar pensando ahora.

— Estoy seguro de eso. Es mi hermano.

—sí, lo mismo dijeron Rusia y Bielorrusia de Ucrania, ahora hay que ver sino se matan cuando se vean.

—Eso fue un malentendido, Ucrania dijo cosas que no debió, es todo. Polonia dijo que no fue nada grave.

— ¿Nada grave? Lituania me contó que Polonia casi se tira al cuello de Ucrania para que parara de hablar.

—*Suspiro* Entiendo tu punto Sacro Imperio, solo confía en mí.

—Por supuesto que confío en ti, pero no me pidas confiar en él, ni en nadie más.

—Sacro Imperio, déjame ir; tengo que ir, desde que esto empezó no lo he visto.

—Solo ten cuidado, prométeme que regresaras con bien.

—Lo haré.

— Sacro Imperio está exagerando. Es Romano, no le hará nada a su hermano menor—dijo España al ver el extraño comportamiento que tenían todos hacia Romano. Aunque un poco justificado con lo poco que había visto.

—Te recuerdo, España, que no es el Romano que tú criaste, a este lo crio Turquía, es otra persona totalmente distinta.

—He visto que a pesar de lo diferente que puede ser este Romano con mi mejillas de tomate, ambos tienen una cosa en común.

— ¿Y eso qué es?

—Ambos quieren a su hermano menor.

—Si tú lo dices, pero ten presente que todo puede cambiar, y jamás terminas de conocer a una persona.

—Antes de que te vayas Vene, ¿qué hay del documento de la garantía?

—Está en esa carpeta—dijo Veneziano señalando un sobre de cuero en la mesa de noche a la izquierda de su cama—, firmado y sellado. Solo debemos entregarlo.

—Mandare un emisario—dijo Sacro Imperio tomando la carpeta, abriéndola y viendo el documento, cerciorándose de que todo estuviera bien —; aunque pensándolo bien, lo haré yo mismo. Con esa bruja todo puede esperarse.

Veneziano se rio un poco con el comentario de Sacro Imperio, aunque no le gustaba que irrespetara a Bélgica, ya que a pesar de ser una avara terrible y tal vez mala persona era una dama. Y a las mujeres se las respetaba, se quiere o no. Pero bueno, Sacro Imperio siempre se había encargado de tratar con ella. En cuanto se disponía a salir, se escuchó una vocecita, la cual se hacía cada vez más fuerte conforme lo alcanzaba. La dueña de dicha voz lo seguía desesperada y por el apuro hizo que Sacro Imperio tropezara, a la vez este tiró uno de los jarrones favoritos de Austria , haciendo que la pequeña resbalara con un pedazo de vidrio, en consecuencia ambas naciones germánicas cayeron al suelo, ambos a la vez soltaron lo que llevaban en sus manos. La corona de flores, y las hojas llenas de dibujos llegaron a los pies de Veneziano. Sacro Imperio, furioso, recogió las hojas del suelo y sin siquiera mirar las guardó de nuevo. Liechtenstein solo tomo sus cosas y evitó mirarlo.

— ¡Liechtenstein! —dijo en tono grave Sacro Imperio al pararse.

— ¡Sacro Imperio!—dijo Veneziano ayudándolos a levantarse—. No le grites que fue un accidente.

—Lo lamento mucho— dijo ella dirigiéndose a su mayor, luego giró la cabeza hacía Veneziano—. Esto es para su hermano—extendiéndole la corona de flores, Veneziano la tomo en sus manos—, el estará más contento de verlo si le lleva un regalo, las flores siempre son bienvenidas— argumentó tímidamente.

—Buena idea, pequeña, gracias, —respondió el sonriendo—, pero il mio fratello no le gustará saber que una principessa se quedó sin su corona—dijo mientras le ponía la corona en la cabeza, haciendo que la pequeña nación se sonrojara.

—Pero entonces...

—No te preocupes estaremos bien—dijo, después levantó la vista y señaló la carpeta con su mirada—. Ten cuidado con eso, regresaré en la noche, no peleen mientras yo estoy fuera.

—No lo haremos—dijeron ambos.

Veneziano desapareció de la casa, Sacro Imperio miró a Liechtenstein y se despidió formalmente. Salió de la casa y se dirigió directamente a ver a Bélgica, la cual no había cambiado de posición desde la última vez que habían entrado a su oficina.

—Vaya, vaya. Esto es eficiencia. ¿Me traes la garantía?—dijo Bélgica sonriendo como gato.

—Veneziano te está entregando lo más importante que tiene así que te pedimos que lo cuides.

—No me digas, lo más valioso. Espero que no sea ninguna pintura horrible, lo único que valdría la pena sería Venezia—dijo ella mirándolo a los ojos, al ver que no hubo respuesta sus ojos se llenaron de emoción—. ¿Me dará Venecia?

—Te recuerdo que es solo temporal, la vamos a recuperar. Es lo más preciado que tiene Veneziano.

—Y tú también. Tu amorcito se sentirá vacío sin esto. —Bélgica tomó la carpeta en sus manos, y la acarició con sus mejillas, la apretujó contra su pecho y hasta la olió—. Qué maravilla.

—Puedes revisar que todo esté en orden.

—No, la única razón por la que les he prestado tanto dinero es porque confió en ustedes. Hasta ahora son los únicos que tienen mi voto de confianza. ¿No te parece agradable eso?

—Me alegraría más si dejaras de cobrar más de lo que prestas.

—Yo no cree el sistema, adorado Sacro Imperio. En seguida les daré el dinero, espero recuperarlo lo más pronto posible.

—Si todo sale bien, lo tendrás. Siempre lo tienes y será el cuádruple con tus absurdos intereses.

Bélgica hizo trabajar a varios de sus hombres, y en varios carros de metal puro, tirados por caballos relucientes y fuertes dio a Sacro Imperio varios cofres con la cantidad que el necesitaba. Sacro Imperio, agradeció el gesto con un mero apretón de manos, antes de irse firmó una formalidad pequeña. Después, varios hombres uniformados formaron una comitiva para proteger el tesoro que sería transportado hasta la casa de Austria. Solo se preguntaba qué pasaría con Veneziano.

Veneziano, llegó temprano al puerto si conocía bien la marea y el viento del mar adriático, lo cual lo hacía a la perfección, el barco que transportaba a su hermano atracarían en el puerto a las 10h00. Era mejor deleitarse con el espectáculo de ver soltar el ancla y las amarras de una galera antes que llegar tarde a su encuentro. Y fue así, a la hora indicada la Galera se asomó en el horizonte, bajo sus velas, y maniobró para atracar, el sonido del ancla caer al mar, el poco viento hizo que los trabajadores pudieran amarrar y asegurar la gran embarcación a la fila de concreto del puerto. El puente finalmente se bajó. Los primeros en bajar fueron guardias armados, quienes hicieron una especie de recibimiento a Veneziano. Después de estrechar varias manos, Romano finalmente se asomó por la cubierta, se despidió del capitán ybajó del barco.

Habían pasado casi 4 siglos en los que no se habían visto. Romano había crecido, estaba vestido con una combinación sencilla blanca, y un turbante en su cabeza, tal vez solo eran impresiones suyas, pero Veneziano juraría que su hermano había engordado un poco, pero no le importaba. Veneziano también había crecido, su ropa elegante le hacía ver altivo, con esa combinación sobria de colores azul oscuro con botas negras y calzones blancos. Lo que no le gusto ver a Romano fue que Veneziano estuviera muy delgado, pero no podría hacer nada al respecto.

Romano se paró a escasos 10cm de su hermano menor, y saludo a la manera islámica. Veneziano respetó el gesto, e hizo una simple seña de asentimiento con la cabeza. La guardia disolvió filas y los dejó solos. Al verse finalmente libres de alguien que pudiera vigilarlos, Romano fue abrazado por su menor; sorprendido por el gesto el empezó a reír y alzó un poco a su hermano del suelo, realmente contento por verlo de nuevo.

—Te he extrañado un montón, fratello.

—Yo también Vene, no tienes idea de cuánto.

—Me alegra que estés aquí.

—Me quedaré por aquí mientras arreglamos los planes para la nueva batalla que se nos avecina.

—No esperaba más, fratello, pero ahora no hablemos de la guerra.

— ¿de qué hablamos entonces?

Veneziano lo llevó a una góndola, el clima era cálido y fresco, hermosa seña de la primavera. El navío avanzó lentamente dejándolos con una hermosa vista de la ciudad de los canales, la cual se encontraba en pleno ajetreo mañanero. De la emoción Veneziano empezó a narrar todo lo nuevo que tenía la cuidad, y una que otra cosa mucho más interesante, anécdotas desconocidas para Romano.

—Y hace unos años en ese puente llevaron a Casanova hacia la prisión.

—He oído de tu famoso puente de las lágrimas y de ese Casanova. ¿Por qué fue que lo arrestaron?

—Sus cargos eran demasiados, pero los más graves eran simplemente charlatanería. Tenía una lengua que no te imaginas.

—Entiendo, me hubiera gustado conocerlo, y saber cómo usaba exactamente esa lengua.

— ¿a qué te refieres?

—A nada en específico.

La góndola avanzó por los canales, Veneziano dejó que su hermano viera la ciudad y la disfrutara. Romano había estado muy callado, comparado con el Romano escandaloso y gritón que era cuando niño, parecía como si nadie estuviera a su lado. Tanto silencio, tanta calma, tanta paz.

—Vene, la cuidad está más hermosa de lo que recordaba.

Silencio.

— ¿Vene? ¿Veneziano? —Al no escuchar respuesta Romano regresó a ver y vio que su hermano había cerrado sus ojos y se había quedado dormido—. ¡Ay! Vene—dijo Romano intentando ser lo más delicado posible para no despertarlo, y acomodarlo de una mejor manera.

— ¡Estoy despierto! —dijo Veneziano en cuanto sintió que le tocaban el hombro.

—Te noto cansado, fratellino. Tal vez deseas parar a descansar.

—No, estoy bien. Solo que no he dormido por la emoción de verte.

—Sin embargo, las marcas debajo de tus ojos cuentan otra historia.

—No les des importancia—dijo mientras se topaba los ojos con fingido desconocimiento.

Veneziano decidió entonces cambiar el destino, así que bajaron de la góndola en un restaurante, y se sentaron en una de las mesas con mejor ubicación del lugar. En seguida, el camarero llegó y tomó nota con lujo de detalles de la comida que la representación de Venecia, en persona, le indicaba. El mesero regresó minutos después, con platos y platos llenos de deliciosos majares. Comieron una de las más deliciosas pastas de toda la ciudad, el paladar de Romano se deleitó con ese sabor tan especial que casi olvidaba. No obstante, de tanto en tanto regresaba a ver a su hermanito menor, y se fijaba en su expresión cansada y su desanimo para comer; pareciera como si con dos bocados se hubiera llenado. Romano sabía de sobra que no comer pasta era como una blasfemia para su hermano menor, a la vez y muy esporádicamente, Veneziano empezó a cabecear y a la vez se notaba que estaba haciendo un enorme esfuerzo para no dormir.

—Vene, ¿seguro que no quieres descansar?—preguntó Romano tomando la mano de su hermano —. Podemos parar la visita ahora, si así lo deseas.

— ¡NO!— gritó Veneziano obligándose a despertar, lo que le causo una terrible jaqueca—. Admito que no he estado durmiendo bien últimamente. Pero estoy bien, te lo aseguro.

—Esta guerra te está agotando, querido hermanito. No me gustaría que te debilitaras así.

—Lo que sea para sacarte del control del Imperio Otomano.

—Vene yo no tengo problemas. Jamás los he tenido con él, te lo aseguro yo he estado bien. Mejor de lo que pude haber estado jamás.

— ¡Eso es mentira! —gritó España indignado.

—Y cómo saberlo tú no estuviste.

—Pero es que...

—Sigamos viendo lo que pasa.

—Romano, te han aislado de mí desde que comenzó está guerra. No he visto ni escuchado que tomes tus propias decisiones, tal vez tengas razón y no tengas problemas, y es básicamente porque tú no escoges tu camino, mereces ser libre y equivocarte. Jure que no descansaría hasta verte libre.

—Entiendo tus intenciones pero has exagerado mucho.

—No, he trabajado buscándote tu libertad, descansare cuando seas libre, o cuando muera. Se lo jure a Dios hace tiempo.

— ¿Antes de o después de que te excomulgaran?

—Eso no tiene nada que ver.

—Vene, nunca quise que el Vaticano te hiciera sufrir. Si tan solo... voy a luchar contra el Imperio Otomano, me iré en contra de sus decisiones, para parar con esta terrible guerra.

Veneziano derramó lágrimas de felicidad al oír eso. A petición de Romano, el viaje terminó. Veneziano insistió en acompañar a Romano a donde se hospedaría. Y por insistencia de Romano, Veneziano fue enviado a su casa con un escolta, era una forma de decir que de verdad estaba preocupado por su salud.

—Se lo agradezco mucho—dijo Veneziano al bajarse del carruaje, se tambaleo un poco al bajar. El cochero, su escolta, y uno de los pajes se abalanzaron a sostenerlo—. Estoy bien. No se preocupen.

—Por favor, entre y descanse, el señor Romano nos ha pedido que lo dejáramossano y salvo en su hogar—respondió el escolta.

—Gracias, estaré bien.

Entró a su casa, camino varios pasos por el pasillo, con cada paso su visión se hacía cada vez más borrosa, y para evitar caer, inconscientemente su mano se posó en la pared como un vago intento de mantenerse en pie.

—Estoy bien—se repetía así mismo—. No es nada, solo tengo que entrar a la biblioteca y todo estará bien.

Pero antes de darse cuenta, a penas a metros de alcanzar la puerta de la biblioteca, su visión se oscureció y cayó en frente de la cocina.


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