Hola, bellezas. Aquí... casi a tiempo... unos minutitos nomás. Estoy muy contenta de que se hayan divertido con el capítulo anterior y la lucha de gemidos. El capítulo de hoy es muy importante para la historia, pero el próximo será... OMG. Hoy odiaremos a Veggi pero en el próximo nos volveremos a enamorar... promesa de scout.

En el capítulo anterior, Bulma y Vegeta reaccionan de una manera extraña tras el beso que se dieron. En lugar de acercarse más, se esfuerzan por alejarse uno del otro. Eso en mi país se llama «cagazo» y en el resto de Latinoamérica creo que le dicen «miedo». La intervención inocente y desafortunada de Gokú convence a Vegeta de que Bulma está teniendo sexo con Tapión en su departamento, y él, para demostrarle que es un macho alfa en toda su extensión (algo corta, a decir verdad), se enfiesta con dos (sí, con dos) mujeres que ni siquiera le gustan.

Cada uno tiene la férrea intención de alejarse del otro... pero parece que mientras más lo intentan... menos funciona.


POV Bulma

«Karma». Esa palabra que se usa para definir a una de las primeras leyes que rigen el universo; aquella que asociamos con términos como causa y efecto, justicia infalible y equilibrio divino, y que básicamente significa: «el puto destino te cobrará cada una de las que hiciste y en la misma puta moneda».

Y ahí estaba Bulma, descalza, con un corto short de chándal, una musculosa blanca y sin sostén, tratando de decidir cómo enfrentaba esta tan inesperada atracción por su vecino de piso, mientras desayunaba un tazón de fresas y cereales, sin yogur porque se había olvidado de comprar y no quería salir hasta haberse asegurado que no se encontraría él en el pasillo, en el ascensor o en el hall de entrada.

Necesitaba aclarar su mente. Necesitaba hacer algo, pero hacerlo ya. No le gustaba la idea de andar huyendo como una cobarde, y además, ella era Bulma Brief, la gran Bulma Brief. Eran los hombres quienes debían de temerle, y no al revés; eran ellos quienes deberían luchar por aplacar el deseo que tenían por ella, y no al revés; era Vegeta Ouji quien debería estar arrodillado a sus pies pidiendo perdón por todas las veces que la había insultado, llamado «zorra» y menospreciado por su manera de vivir el sexo, y no ser ella la que estaba cuestionándoselo todo.

«Basta. Se acabó. Toda mi vida evitando enamor… que alguien me afectara de esta forma, y lo hace el más jodido cabrón de todo el puto planeta.»

Jodido karma.

Quería pensar en otra cosa. Necesitaba pensar en otra cosa. Necesitaba… no pensar… y sabía cómo hacerlo.

Se fue hasta la habitación y buscó en su mochila un disco compacto y sus zapatillas de baile.

No quería toparse con nadie al salir (y sí… con nadie se refería a Vegeta Ouji o a alguno de sus idiotas amigos), pero desgraciadamente no tenía un equipo de audio y en su celular tampoco tenía cargada ninguna lista de reproducción de música. Tendría que recordar pedirle a Tapión que le bajara música a su celular, así no tendría que salir… y no era que estuviera huyendo de… nadie en particular. Simplemente… estaba guardando distancias hasta acomodar su cabeza. Nada más.

Esa misma noche iría al club, aunque no le tocara trabajar. Vería si se encontraba con algunos amigos y hablarían, reirían y se divertirían como siempre, y con un poco de suerte reentrenaría a su cuerpo para que dejara de anhelar a ese idiota pelinegro de pelos en punta. Pero ahora… volvería al que fue y siempre sería su primer y único amor: el ballet.

Bulma se asomó al pasillo y se quedó unos segundos en silencio. Al no escuchar ningún ruido sonrió y rápidamente se encaminó hacia las escaleras con rumbo al gimnasio. Allí, junto a las máquinas de ejercicio, había un gran salón con un hermoso espejo que cubría toda la superficie de una de las paredes. Y allí mismo, un equipo de música que envidiaría cualquier bar o club nocturno, incluido «Estado Salvaje».

Bulma entró al spa y se sintió feliz al notarlo vacío.

«Genial. Una buena para mí. Aunque era obvio. Ya eran las 8:30 y todos los dizque megaempresarios seguramente ya estarían en sus lujosas oficinas comprando y vendiendo países o almas al mejor postor.»

Caminó feliz al gran salón dando unos giros descalza para poder calcular las dimensiones y la textura del piso.

Perfecto.

Se calzó las zapatillas de punta y se dirigió hacia el equipo de música. Sacó el disco con la colección de Ígor Stravinski y eligió la canción número 4: «El pájaro de fuego».

A continuación se posicionó en el centro del salón, hizo una reverencia como si estuviera en el escenario del Teatro alla Scala de Milán, ante un auditorio lleno de amantes del arte, del ballet y de la música clásica.

Con el control remoto presionó el botón de reproducir para después tirar el control sobre unos amplios sillones blancos que habían sido colocados elegantemente en una de las esquinas de su ahora pista de baile.

La música empezó a sonar fuerte y melodiosa, y Bulma se dejó llevar… como hacía siempre que permitía que su cuerpo, y no su mente, dirigiera los sus movimientos, el ritmo y la dirección.

«Quizá debería volver a confiar en mi cuerpo. Él nunca se ha equivocado. Es un maldito kamikaze; le encanta el peligro y siempre ha sido así. Solo espero que esta vez sepa lo que hace.»


POV Vegeta

Maldita sea. Estaba retrasado y encima había olvidado los malditos documentos que debía presentar a su padre. Lo peor de todo es que no podía culpara a nadie. Ni al idiota de Kakaroto que le había informado de la importancia de que llevara esos papeles a la reunión, ni al idiota de Turles que se lo había recordado con un mensaje de texto a las 7 de la mañana y al que había mandado al diablo diciéndole que él no era ningún estúpido capaz de olvidar calzarse la cabeza encima de los hombros, ni al idiota de Broly que se lo había recordado cuando estaba a menos de 100 metros de llegar a la empresa de su padre.

No podía culpar a nadie, excepto a la zorra de su vecina y a la clara obsesión que tenía por ella y que lo estaba volviendo un zombi idiota.

Y es que no lograba sacársela de la cabeza ni un puto momento: mientras entrenaba en el gimnasio, mientras se duchaba, mientras conducía, mientras veía al estúpido de Yayirobe sonreírle cómplice como si fueran los mejores amigos.

Se estaba volviendo loco, y lo peor de todo es que no había una puta cosa que pudiera hacer al respecto.

La idea de follarla hasta cansarse, por más atractiva que pareciera, era jugar con fuego.

No… ni siquiera era jugar, porque jugar implicaba alguna chance de ganar, y con la maldita peliazul esa oportunidad estaba descartada de plano. Ella ganaría… pasara lo que pasara lo tendría a su pies arrastrándose y babeando como un bulldog.

Eso no era jugar con fuego. Eso era encerrarse en una casa en llamas y tirar la llave.

No, definitivamente esa idea quedaba descartada. Si un beso lo había dejado hecho un majadero, no quería ni pensar en el adefesio en que se convertiría por ella, por una zorra, una mujerzuela que se gana la vida bailando desnuda y excitando a un montón de pervertidos, una zorra que tiene sexo con hombres con la misma frecuencia que un hombre, y que se comporta al respecto como si fuera uno.

«No... Eso no tenía lógica y era sexista.»

Las mujeres se podían acostar con quienes quisieran… pero no ella… ella era una zorra porque le gustaba que la vieran, le gustaba exhibirse y mostrar cada parte de su cuerpo sin ningún pudor, sin vergüenza, y eso… eso… eso era algo delicioso de ver… en sí, era uno de los actos más eróticos y provocativos que hubiera visto nunca

Ella era una zorra porque sí… así fuera él quien estuviera con ella en las vitrinas… así fuera él quien la hiciera jadear… así fuera él quien se bebiera el delicioso néctar de su sexo… era… era… una zorra, una maldita zorra sexy.

La mujer más sexy que hubiera visto nunca… y eso lo estaba matando… no tenerla lo estaba matando… saber que desde que la conoció se había acostado con el calvo y el pelirrojo, cuanto menos, lo estaba matando.

No se reconocía a sí mismo: posesivo con una mujer a la que solo había besado, por más que ese beso hubiera sido… intenso. Tenía que ponerle un alto a todo eso. Tenía que terminar con ella, con desearla, con soñarla y con estar idiotizado por su cuerpo.

«Se acabó. Era una zorra y se lo repetiría a sí mismo hasta que se convenciera, y se lo diría a ella y a todo aquel que quisiera escucharlo.»

–¡Buenos días, señor Ouji! ¿De vuelta tan temprano?

–¡Ya cállate, Yayirobe! Olvidé unos papeles.

–Ya que está aquí… quizá quiera darse una vuelta por el gimnasio. Esta ideal para un poco de ejercicio…

–Eres idiota, Yayirobe. Te estoy diciendo que volví porque olvidé unos papeles. No tengo tiempo para nada.

El ascensor llegó por fin y un Vegeta más enojado, si eso era posible, se subió y apretó el anteúltimo piso, el noveno, el último piso con departamentos antes del spa terraza.

Cuando llegó al noveno piso salió apresuradamente con las llaves en las manos, pero antes de que las pusiera en la cerradura de su puerta, una melodía de música clásica lo hizo detenerse.

No tenía tiempo que perder. Seguramente ya lo estaban esperando y su padre le echaría la bronca del siglo por su retraso, pero no lo pudo evitar. Era su cuerpo el que se sentía atraído hacia esa música; su cerebro había quedado en stand by, y sin siquiera razonarlo o sopesar las consecuencias, subió sigilosamente las escaleras.

Él no era un asiduo asistente al teatro, y menos al ballet, pero su madre era una gran conocedora de la danza y la música clásica, y en más de una oportunidad había tenido que acompañarla a galas y funciones benéficas que eran organizadas por una de las tantas fundaciones que tanto ella, como Gine, la madre de Kakaroto y Raditz, organizaban.

A pesar del malhumor inicial por tener que ir a ese tipo de eventos, no podía no aceptar que algunas presentaciones lo habían conmovido, especialmente al ver la emoción en los ojos de su madre.

Mirando alrededor a sus acompañantes era fácil diferenciar quién asistía para figurar y quién lo hacía por disfrutar el espectáculo, y había sido la propia Brassica Ouji quien le había dicho una gran verdad a su hijo: «Cualquiera viene a estas galas a donar dinero, pero solo un alma sensible se retira a la intimidad a escucharla o sentirla».

Y ahí estaba él… a punto de girar la puerta de acceso al spa para ver a… –abrió la puerta y se asomó–… el motivo de su insomnio, de su ansiedad y de su falta de concentración.

«Diablos.»

La maldita mujer vestía un short cortísimo que dejaba apreciar un hermoso trasero y unas torneadas piernas que terminaban en unas zapatillas de baile. Una ajustada musculosa dejaba más que a la vista sus atributos de diosa: sus pechos erguidos y generosos, sus pezones duros y tan… deseables.

Sintió su miembro endurecerse y empezar a latir con fuerza, reclamando la atención de su necesidad. Sintió un nudo en el estómago, otro en la garganta y otro más en la nuca.

Tendría que ver a un quiropráctico, y si no lograba controlar las reacciones que esa mujer provocaba en su cuerpo, pronto necesitaría un kinesiólogo, un psiquiatra o un maldito exorcista.

Le costaba respirar, le costaba moverse. La mujer terminó de elongar y se dirigió hacia el blanco sillón de la sala. Tomó el control remoto y buscó una nueva canción: «Apollon», también de Stravinski. Apretó reproducir y caminó hacia el centro del salón.

Lo que sucedió a continuación solo se podrían calificar como «sublime».

Era… exquisita. Toda ella. Cuando giraba, cuando se inclinaba, cuando se erguía y su cuello se veía aún más largo de lo que era. Cuando sus brazos oscilaban con la cadencia de la melodía y con todo su cuerpo contaba una historia: cómo Apolo instruía a Calíope en el arte de la poesía.

Era tan buena que emocionaba. Su técnica, o como sea que se llamara, eran majestuosas. Aunque él no era un experto, no podía haber movimientos más perfectos, más armoniosos, más delicados. Se encontró a sí mismo admirándola. No solo deseándola, como venía haciendo ya desde que la había conocido, sino deslumbrado por su gracia, embelesado por su sincronía y maravillado por su agilidad… esa que seguramente usaba también para el sexo.

«¡Plaf! Cachetada de realidad.»

No era una excelsa y culta bailarina de ballet. Era un vulgar zorra bailarina exótica que vendía su cuerpo al mejor postor… y lo había hecho 67 veces, se había acostado con 67 hombres y tendría… ¿cuántos?... ¿23 años?

«Doblemente zorra.» «Triplemente zorra.п

Azotó la puerta para llamar su atención. Bulma se sobresaltó por el fuerte golpe, se desconcentró en medio de un movimiento y cayó al piso, dándose un duro golpe en el coxis.

Instintivamente Vegeta quiso lanzarse a ayudarla, pero la mirada de odio de la peliazul seguida de una mueca de dolor lo persuadió. En su lugar, una sonrisa burlona apareció en su rostro.

Ella no dijo nada. Como pudo se puso de pie, se dirigió a buscar el control remoto y apagó la música. Caminó hacia el reproductor y quitó el disco. Mientras lo guardaba de nuevo en la caja Vegeta se debatía.

¿Qué debía decirle? Quería alejarse de ella pero cada vez que la tenía cerca, esa necesidad de interactuar con ella, de lograr de ella alguna reacción, la que fuera, podía más que su decisión original de mantenerse a salvo de su embrujo, de esa mirada que lo hipnotizaba y de esa voz que le apagaba los sentidos.

Odiaba sentirse así. Odiaba la debilidad, y al lado de esa mujer se sentía un insecto al que ella podría aplastar con un solo dedo.

–No lo haces mal.

Bulma detuvo la marcha que había emprendido hacia la salida del lugar.

Pero él no la dejaría irse así nomás, tan campante, mientras él se quedaba archivando en su memoria nuevas y hermosas imágenes de ella bailando toda elegancia y majestuosidad. No la dejaría ganar. No esta vez.

–Pero claro... obviamente el ballet no paga tanto como la prostitución.

Pudo notar cómo los hombros de Bulma se tensaban, los vellos de su nuca se erizaban y los puños en sus manos se apretaban hasta que logró sentir el sonido de la caja del disco quebrarse.

–Es una lástima. Las bailarinas son escasas, pero las putas abundan.

De espaldas a él, la vio levantar la cabeza y pasar las manos por sus ojos, como quien seca una lágrima.

«¡Qué diablos!»

La peliazul se dio media vuelta y caminó directamente hacia él.

Vegeta podía ver la furia en su mirada. El odio y… algo más… ¿dolor?

Ok. Se había pasado un poco… pero así era como funcionaba aquello. Él la llamaba «zorra», ella «mono arrogante» o algo por el estilo, y se miraban con desprecio… y deseo, aunque ahora no era eso lo que veía en su cara.

Ok. Quizá sí se mereciera esa cachetada.

¡Plof!

«Qué mierda.»

Se había preparado para una cachetada, un débil puñetazo o un comentario mordaz e inteligente, pero no, nunca en toda su vida, había esperado un terrible rodillazo en su ingle, y por Kami que nunca lo habían golpeado allí y no tenía la más puta idea de lo mucho que dolía.

«Mierda.» «Mierda.» «Mierda.»

Miro a su alrededor. Había perdido la noción de dónde estaba… y con quién.

Levantó la vista y lo pudo ver. Estaba arrodillado, sobándose la entrepierna y seguramente con los ojos vidriosos.

–Sabía que algún día te vería así, Ouji. Llorando como una niña y arrodillado a mis pies. No sé qué tipo de mujeres acostumbras tratar, mono estúpido, pero la próxima vez que se te ocurra llamarme «puta» te arrepentirás. Recuerda este dolor, Vegeta Ouji, porque querrás volver a sentirlo antes que la agonía que soy capaz de causarte.

Vegeta se quedó de piedra. Quería insultarla… diablos, si hasta quería ahorcarla, pero la promesa de un dolor superior a este que ahora sentía lo estaba conteniendo de decir o hacer otra cosa. Bulma sonrió burlona, se dio media vuelta y salió de la terraza, dejando al pelinegro intentando ponerse de pie, pero sin éxito. El dolor seguía siendo aún muy fuerte.

Sacó su celular para pedir ayuda pero lo pensó mejor y lo volvió a guardar. ¿Qué diría? ¿Que su vecina le golpeó la entrepierna por llamarla «zorra»?

No. Ni en un millón de años les daría material para que esos idiotas se burlaran de él a sus espaldas, ya que nadie era lo suficientemente suicida como para decirle algo en la cara, en especial últimamente, y en especial si tenía algo que ver con la peliazul.

Bulma Brief. Esa mujer se las pagaría. Pagaría por ese rodillazo y por cada humillación que le había proferido. Y ya no se rebajaría ante ella. Dejaría de pensar en ella y de obsesionarse con su cuerpo. De pensar dónde estaba y con quién. De imaginarla, soñarla y añorarla.

–¡Señor Ouji! ¡Señor Ouji!

«Maldición. El estúpido que faltaba.»

–¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llamemos al médico?

–¿Un médico? ¿Para qué? –dijo tratando de disimular el dolor irguiéndose lentamente.

–Los golpes en esa zona –dijo Yayirobe señalando la entrepierna– duelen como los mil demonios… lo sé porque…

Vegeta lo miró estupefacto.

«¿Cómo sabía…?».

En el acto miró por encima de la puerta del spa. Cámaras de seguridad.

Genial. No solo el idiota de Yayirobe había presenciado en vivo y en directo una nueva humillación de la perra azul, sino que además ésta estaba grabada y guardada en video.

Maldijo para sus adentros. Cuando pensaba que no podía caer más bajo… llegaba el estúpido gordo con una pala para cavar un par de metros más profundo.

–Yayirobe. Una palabra de esto a alguien y te mataré. Primero te mataré y después te echaré a alguna zanja de la periferia.

–No se preocupe, señor Ouji. No diré una palabra.

Vegeta comenzó a caminar hacia la salida del lugar. Tendría que ir a su departamento por un poco de hielo y esos estúpidos documentos que tantos problemas le habían causado. Pero antes de traspasar el umbral de la puerta se detuvo en seco.

–Elimina los videos de seguridad del spa de la última hora y…

–¿El baile de la señorita Bulma también?

Vegeta lo pensó unos momentos. A pesar del odio que sentía por esa mujer y de que quería estrangularla con sus propias manos, la idea de volver a verla bailar, con esos gráciles movimientos, con esas piernas tan magnificas y especialmente con esa sexy musculosa le hizo estremecer, pero eso sería seguir alimentando su deseo por ella. Quería volver a verla bailar, lo quería más que cualquier cosa, pero el miedo a lo que ese deseo implicaba decidió por él:

–Elimínalo todo, y no te atrevas a sacarle copia, porque si me entero de que hay una cinta de esa mujer dando vueltas por ahí, sabré que fuiste tú y no querrás estar cerca de mí en ese momento.

Yayirobe asintió nervioso y se dispuso a salir detrás de su jefe, pero éste no se movió.

–Otra cosa –agregó Vegeta sin mirarlo–. No quiero saber más nada de esa mujer, nada de lo que haga me interesa.

«Ya veré yo cómo hago que me las pague todas juntas.»


POV Bulma

–¡Maldito imbécil! No puedo creer que te haya dicho todo eso. Perdóname, B. Perdóname por insistir en que te dieras una oportunidad con ese idiota. No importa lo guapo que sea, lo bien que bese o lo salvaje que parezca follar con él; es un estúpido que no se merece ni siquiera una mirada tuya. Lo siento, cariño. Ojalá pudiera estar contigo en estos momentos. ¡Odio haberte dejado sola en este momento!

–Tranquilo, Tapión. Estoy bien. Todo esto me sirvió para darme cuenta de cómo son las cosas. Lo que pude empezar a sentir por él ahora es solo un recuerdo de lo idiota que puede llegar a ser una si solo sigue los impulsos de su estúpido corazón.

–No, B. No lo hagas. No te cierres a sentir solo porque el imbécil de Ouji sea un ciego incapaz de ver la asombrosa mujer que eres.

–No me cierro, cariño… pero de verdad me dolieron sus palabras. No es la primera vez que me llaman «puta», y seguramente no será la última, pero de verdad… y en el contexto que lo hizo. Sabes lo emotiva que me pongo cuando estoy bailando, cómo me duele no haber cumplido mi sueño de seguir haciéndolo. Es el único momento en que me permito ser vulnerable para que afloren todos y cada uno de mis sentimientos… y me agarró así, con la guardia baja. Me siento una tonta…

–El tonto es él, preciosa, que se perdió la oportunidad de conocerte. Te amo, B. Eres la persona más hermosa que conozco. Amo tu forma de ser, tu fuerza, tu entrega y sobre todo tu enorme corazón. Ya vendrá ese hombre que te vea como eres, como yo lo hago, y que pueda ganar tu corazón.

–Si, cariño… pero… ¿si también es gay?

Tapión rio.

–¡Estúpida! Si es gay me lo quedó yo y listo. Tampoco me vendría mal algo de acción depravada y sudorosa.

–No. Es verdad. Ya te está tocando… ja ja. Y dime… ¿has hecho algo distinto? No todos los días uno viaja a la ciudad del amor. Además, dicen que el porcentaje de homosexuales en París es muy superior a la media.

–Que vistan bien y hablen como si tuvieran una papa en la boca no quiere decir que sean gays. Solo… que tienen estilo y muy mala dicción. Pero ya estoy aburrido. París no es lo mismo sin ti, sin mi compañera de andanzas.

–Pero lo que tú necesitas no son andanzas, sino un buen culo donde guardarla un rato.

–Sabes… para tener una boquita tan linda y sexy, eres muy vulgar.

–Ja ja ja. ¿Y cuándo vuelves?

–El viernes. Así que no hagas planes para después del club. Tú y yo iremos a algún boliche gay donde puedas bailar guarramente como te gusta sin que los tipos se te tiren encima.

–Ok. Llamaré a Milk para avisarle.

–¿Milk? Pero ella odia esos lugares…

–Lo sé, pero créeme que después de volver de la Montaña Paoz será muy feliz con cualquier tipo de aglomeración humana.

–¿Qué se fue a hacer en medio de la nada?

–Se fue ayer y vuelve pasado mañana. Creo que era algo como el nacimiento de no sé qué animalejo de los que ella y su padre crían.

–¿Y por qué no fuiste con ella?

–¿A ver animales ensangrentados salir de las vaginas de otros animales? No gracias.

–Los animales no tienen vagina… tonta.

–¿Ah, no? ¿Y que tienen entonces?

–Pues… no sé… pero… ¿acaso tendré que volver a explicarte el ciclo de la vida?

–Quizá… pero otro día. Ahora me voy al club.

–¿Te toca cubrir a alguien?

–No. Sin ti y sin Milk me aburro. Voy a divertirme un rato y ver si me encuentro con algún amigo.

–¿Un amigo para el sexo?

–En principio, no… pero veremos.

–¿Y por qué no llamas a alguno? Seguro que si le dices que irás al club tendrás una fila esperando otra oportunidad.

–No quiero que den por sentado que estoy dispuesta para el sexo, porque aún no estoy segura si…

–¿Si lo estás? ¿Tanto daño te hizo ese imbécil?

–No. No se trata de Ouji. Pero no sé si me siento de ánimos… y si le digo a alguien que lo espero en el club asumirá que quiero sexo y…

–Nadie asumirá esto, B. Te conocen, y te quieren. Te quieren más allá del sexo, y lo sabes. No lo cuestiones todo alrededor por un tipo que no lo merece.

–Tienes razón, Tapión. Toda la razón. Pero eso te amo tanto. No sé qué haría sin ti.

–Y no tendrás que averiguarlo, preciosa. Porque estaré siempre para ti. Me voy porque Gero ya me debe estar esperando para la cena con los inversores. A propósito… ¿has decidido que vas a hacer con el departamento? ¿Te irás o no?

–No. No me iré. Después de lo que pasó esta mañana Vegeta Ouji ya no es un peligro para mí. Lo detesto tanto y en tantas formas que por mí puede ir y volver del mismísimo infierno. No huiré de él. No le temo. Mas bien es él quien debería andar con cuidado.

–¿Y eso por qué?

–¡Ah! Olvide contarte. Después de que me dijo esa pesadez de pocas bailarinas y muchas putas, pues… le di un rodillazo en las pelotas que lo deje llorando y de rodillas.

–¿Qué? OMG. Le golpeaste la entrepierna a Vegeta Ouji… a Vegeta Ouji, tu vecino… el idiota más sexy de la ciudad.

–Sí. Al mismo que viste y calza. Supongo que se lo pensará dos veces antes de volver a insultarme.

–Ja ja ja. ¡Por Kami, Bulma! Ja ja ja. Cómo me hubiera gustado verle la cara… Oh… pero puedo imaginarlo sin problemas… y es una imagen hilarante. Eres el puto karma, preciosa. Eres la jodida justicia.

–Karma… sí. Supongo que sí.


El club estaba abarrotado de gente. Casi ni parecía martes. Había llegado temprano y ayudado a los barman con las botellas, a las bailarina con algunos pasos, e incluso había hablado con Uranai sobre la fiesta por el aniversario del club.

Cuando la gente fue llegando Bulma enseguida divisó a unos amigos y se puso a conversar con ellos divertida y a recordar anécdotas.

No todo era sexo en «Estado Salvaje». Había una gran camaradería entre los habitúes, mucho respeto y en algunos casos verdadera amistad, y en ese círculo Bulma era tan deseada como querida y respetada.

–Y entonces, preciosa. ¿Bailarás para nosotros?

–Hoy no puedo. Todas las chicas han venido y necesitan el dinero que ustedes, cerdos, guardan en sus bragas, pero ya saben… viernes, sábados y domingos, la medianoche del salón «Oasis» es toda mía.

–Y es lo que eres, encanto… un oasis de belleza y sensualidad en medio de un desierto desabrido.

Al escuchar esa voz el semblante de la peliazul cambió, y se puso pálida al girarse y encontrarse con la verde mirada sádica de Zarbón.

Todo su cuerpo se tensó y un escalofrío le recorrió la espalda como le sucedía cada vez que ese hombre se le acercaba.

–Hola, encanto. ¿No me saludas?

–Hola, Zarbón. Hace tiempo que no te veíamos por el club.

–Sí… necesitaba poner distancias para… tú sabes… lamer las heridas de mi corazón, las heridas de un corazón roto por la única mujer que de verdad he deseado con locura.

–Si… locura… de eso no tengo dudas, Zarbón. ¿Sabes que no deberías estar aquí hablando conmigo, verdad?

–Han pasado seis meses, Bulma. La orden de restricción ya no tiene validez. ¿O la renovaste?

Bulma lo miró con preocupación.

–Lo imaginé. Te he dejado en paz, encanto. No te he molestado para nada. Solo me gusta venir aquí de vez en cuando, y hoy es martes… no se supone que tú estarías aquí, así que no puedes pensar que te estoy siguiendo o acosando, ¿verdad?

–No… por supuesto que no lo pienso.

–¿Bulma? –terció Neil, uno de los amigos que estaba divirtiéndose con ella antes de que Zarbón se acercara– ¿Está todo bien?

–Sí, Neil. No te preocupes. Todo está bien.

–Sí… –completó el hombre de cabellos y ojos verdes–. Ahora todo está bien. Ha sido un placer verte de nuevo, encanto. Sabes cómo ubicarme si me necesitas. Sabes que siempre estaré esperándote.

Bulma tragó un nudo de tensión en su garganta y lo saludo con un asentimiento de cabeza.

Zarbón saludó a todos y se dirigió hacia la salida del club. Bulma lo siguió con la mirada hasta que el cuerpo de ese hombre se perdió en el exterior del local, y fue recién entonces que volvió a respirar.

–Cariño, ¿estás bien? –le preguntó una de las mujeres del grupo, la acompañante de Neil–. Te pusiste pálida. ¿Quién era ese tipo?

–Un… «admirador» que no tolera bien los límites ni acepta un «no» por respuesta.

–¡Cabronazo! –exclamó otro de los chicos del grupo.

–Pero, ¿estás bien? ¿Quieres que te acerquemos a tu casa?

–No. No se preocupen. Le diré a Roshi que me llame un taxi. Pero no se preocupen… sigan disfrutando la noche y los espero el fin de semana.

Bulma saludó a todos con un beso. Caminaba hacia la trastienda cuando Neil la tomó del brazo.

–Bulma. Enserio. No hay problema. Puedo llevarte a tu casa y después volver. No me gustó nada ese tipo, y menos después de lo que nos has dicho.

–Tranquilo, Neil. Estaré bien. Saldré por detrás. No me verá.

Bulma lo besó en agradecimiento y siguió su camino dejando preocupado a su amigo.


–Tu taxi te está esperando, Bulma –le dijo Cassandra mientras llegaba corriendo al camerino que compartían el resto de las bailarinas.

-Ok. Gracias, Cas. Mucha suerte, chicas. Las veo el viernes. Vengan una hora antes y les entregaré la coreografía para el show del aniversario.

Todas asintieron agradecidas.

Bulma salió por la puerta del personal, no sin antes saludar cariñosamente a Roshi, a Uranai y a cada uno de los trabajadores del club.

Al salir al exterior pudo ver como el taxi que la estaba esperando de repente arrancaba y se iba sin ella.

–¡Taxi! ¡Pero qué diablos! –bufó molesta sin comprender qué había pasado.

–¿Te llevo a algún lado, encanto?

«Oh, no.»


Quienes leen «Pequeña» saben que prometí algo de drama para el capítulo de hoy. Y si son buenas atando cabos, se darán cuenta de que algo no muy bueno le espera a nuestra querida peliazul. Pero no se asusten... no será para tanto. Odio que mi Bulmis sufra así que será algo leve... pero con consecuencias para el resto de la historia.

Espero les haya gustado este capítulo. Calculo que estamos a la mitad de la historia, pero aún falta mucho. Espero que el estúpido de Vegeta se dé cuenta de qué tipo de persona es Bulma, o me enojo y la caso con otro... así de fácil.

Nos vemos el lunes, chiquis. Antes del domingo publicaré un nuevo drabble sobre Mirai Bulma. Seguramente será un capítulo extra de «Pañuelo rojo», con reflexiones de Vegeta (sí... el actual de DBS) sobre la muerte de la Bulma de la otra dimensión. Espero les guste. Besos all.