7
PRISIÓN
(RUKIA)

Aquella noche había sido muy triste, tan triste a pesar de haber pasado uno de los momentos más maravillosos y placenteros que le pueden pasar a toda mujer. A cualquiera menos a mí. Porque lo que acontecería a ese momento, lo que de ahora en adelante ocurriría en la vida de Ichigo, no sería mas que tristeza. Tristeza pura y absoluta. Porque yo sabía que por más ganas que hubiese tenido anoche de ser suya, por mucho que nos quisiéramos, yo no podía estar a su lado. Nunca.

Porque cosas como la felicidad y una vida normal no son algo que una persona como yo pueda tener. No cuando no lo has conocido. No cuando siempre has visto todo desde adentro y nunca el exterior. Personas como yo no nacimos para ello.

Muchas veces había deseado algo así, sentirme amada por alguien, sentirme protegida por alguien, sentirme feliz por estar al lado de alguien. Que él haya sido lo primero que vi al despertar llenó mi corazón de un sentimiento cálido, esperanzador, al igual que el Sol que se filtraba por la ventana. Era un sentimiento que quemaba dulcemente mi frío pecho. Era como tocar el Sol sin morir quemado.

Yo planeaba irme inmediatamente a casa, pero sabía que tras lo acontecido anoche tal vez Byakuya me habría espiado y seguir ahí no era seguro. Ichigo se puso a hacer el desayuno, y yo con desesperación comencé a dar vueltas por la sala, pensando en alguna manera de librarme, de librarlo a él, de lo que pudiera pasar próximamente. Lo único que venía a mi cabeza era huir, lejos, muy lejos.

En ese momento, mientras traté de relajarme viendo la televisión, un sonido me hizo dar un leve sobresalto en el sillón.

Habían tocado la puerta e Ichigo había ido a ver quién era. Pero se estaba tardando. De ser un vendedor o alguien que buscara a su padre, se hubiese escuchado el sonido de la puerta cerrarse. Además de que habían tocado con total frenesí que, pareciera, tumbarían la puerta.

–Ichigo ¿sucede algo? –le llamé desde mi posición en el sofá, pero no obtuve ninguna respuesta.

Me preocupé.

Dejé de prestar atención al Show de Chappy y me encaminé a la entrada para saber qué estaba pasando. Antes de llegar al pasillo, comencé a escuchar forcejeos y golpes. Esto aumentó mi curiosidad.

–Ichi… –le llamé cuando llegué.

Cuando por fin llegué a la puerta, estando a unos cuantos metros de Ichigo, me di cuenta que trataba de evitar que alguien entrara a la casa. Esta persona vestía formalmente, de color negro y gafas oscuras. Algo me decía que no era un vendedor ni mucho menos un paciente del doctor Kurosaki.

De pronto vi su roja cabellera recogida en una trenza. Ya había visto a esta persona antes. Yo conocía a ese hombre.

Renji.

–Él tenía razón –murmuró– Estabas aquí desde el principio…

–¡Rukia, corre! –gritó Ichigo en un momento de histeria y yo, inteligentemente, me quedé congelada ahí donde estaba.

Me di cuenta de la situación en la que me encontraba y entonces me dirigí velozmente hacia las escaleras. No miré mis espaldas y cuando menos lo esperé, Renji ya había entrado a la casa, venía detrás de mí e Ichigo le seguía. Cuando iba a mitad de las escaleras, sentí un tirón en mi brazo izquierdo, era Renji quien me había atrapado y sin pensarlo dos veces, me tomé de la baranda con mi mano libre, pero él era demasiado fuerte, tanto que sentía mi brazo salirse de su lugar, no dudaba que así pasara si aquello continuaba.

–¡Suéltame! –le grité desesperada y adolorida, pero él jamás cedió.

–¡Ni lo sueñes! –me respondió, jalándome aun más hacia abajo–¡Vendrás conmigo quieras o no!

Pronto apareció Ichigo y se acercó furiosamente a Renji, se lanzó encima de él y con ello logré librarme. Pero cuando Ichigo quiso alejarlo todavía más de mi, Renji evadió sus golpes y lo derribó fácilmente sin la necesidad mínima de esfuerzo. Vi que Ichigo rodaba por las escaleras de forma brutal hasta el suelo. Su cabeza se golpeó con el último escalón y yo me petrifiqué ahí, a media escalera, en pánico, viendo que no reaccionaba.

–¡Ichigo! –intenté acercarme a él, pero una gran fuerza me tomó por la cintura y me levantó.

–Hora de irnos–le escuché decir tranquilamente, eso me hizo enojar a un más y a querer liberarme con más vehemencia.

Pero por más que patalee, que lo golpee o me agarrara de algún mueble, no me soltó. Renji me sacó a rastras de la casa, tapándome la boca para que no gritara. Una vez en el pórtico, cerró la puerta y lo vi sacar una especie de pañuelo blanco de su bolsillo.

–Lo siento, Rukia–me dijo–sólo sigo órdenes.

Tapó mi nariz con aquel pañuelo, el cual estaba humedecido con alguna sustancia que al hacer contacto mi fuerza empezó a disminuir, los parpados me pesaban más de lo normal y mi respiración se hizo lenta, y más lenta…y más lenta… hasta que cerré los ojos.

Lo último que recuerdo antes de desfallecerme fue la cara de Renji en ese momento. Parecía tan avergonzado de sí mismo, tan triste que hasta daban ganas de llorar.

Cuando desperté, estaba en un lugar un poco acojinado, aunque el cuero sintético sobre el que estaba acostada se sentía algo duro y frío. Sentía movimiento, pero no era yo, era el lugar donde me encontraba. Vi arriba de mi cabeza una ventana, donde las copas de los árboles pasaban a gran velocidad y fue ahí donde me di cuenta de que estaba dentro de un auto. En la parte trasera para ser exacta. Me senté y sentí un ligero mareo, supuse que debía ser un efecto secundario de haber inhalado aquello que quién sabe qué era y que Renji me dio a respirar en ese pañuelo.

–Veo que ya despertaste.

Escuché otra vez esa voz familiar, era su voz, era Renji quien conducía aquel auto y me observaba por el espejo retrovisor.

–¿Cómo te sientes? –me preguntó.

Su tranquilidad me hacía encolerizar, ganas no me faltaron para jalarle el cabello o moverle el volante para así chocar el auto y salir corriendo a donde no me encontrara. Pero me contuve, al ver por las ventanas que estábamos en la carretera, rumbo a quien sabe dónde.

–¿Qué cómo me siento? –le respondí con indignación– ¿Esperas que después de jalonearme, drogarme y prácticamente secuestrarme te diga que estoy bien?

–Créeme que esa no era mi principal intención–contestó en un suspiro–. Pero tú y aquel idiota se pusieron bastante neuróticos.

Entonces recordé la figura inconsciente de Ichigo tirada al pie de la escalera de su casa.

–Ichigo… ¡Ichigo! ¡Renji! ¡¿Qué pasó con Ichigo?! ¡Regresa o llama una ambulancia! –entré tanto en pánico que salté al asiento del copiloto y casi hago que Renji se descontrole.

Cabe aclarar que aunque al principio quise hacerlo, después no me agradó mucho la idea.

–¡Oye, oye oye! ¡Tranquila! –me gritó una vez sentada en el asiento del copiloto–¡Tranquilízate o nos matarás a ambos!... –ya más calmado, siguió–Ese chico está bien, ya debe estar despierto pero con mucho dolor de cabeza.

–¿Y tú como puedes estar tan seguro? –inquirí molesta, esa tranquilidad no era normal en Renji y eso me fastidiaba.

–Porque luego de que te desmayaras y te dejara en el asiento de atrás, regresé a la casa para revisar sus signos vitales–contestó– El chico sigue vivo, suerte o desgracia, quien sabe.

No sabía si aquello debía hacerme sentir mejor o más culpable de lo que ya me sentía. Por mi culpa casi pongo en riesgo la vida de Ichigo y ahora lo abandono. Incluso después de lo que acaba de pasar entre nosotros…

–¿A dónde me llevas, Renji? –le pregunté y por lo visto, mi cambio de actitud le sorprendió.

–A Tokyo, a tu casa ¿a dónde más?

De pronto algo en mí se desconectó, dejándome perpleja, viendo a Renji como si yo fuera una figura congelada. Él actuaba como si nada y yo no sabía qué sentir en ese momento, había rabia, angustia, tristeza, desesperación, confusión, todo en mi ser se revolvía como los ingredientes para una pócima en el caldero de una bruja, volviéndose un liquido homogéneo.

—¿Cómo que a Tokyo? ¡A Tokyo!—exclamé encolerizada- ¿Qué se no se supone que me tendría que ir de Tokyo por mi recuperación? ¿Quién autorizó esto? ¡Yo no, Renji! ¡Así que te ordeno que me regreses de inmediato…!

—Byakuya lo hizo—fue su respuesta, interrumpiendo entonces mis gritos—Él ya vendrá hacia acá en unas horas, con todo y mudanza.

—¿Mudanza?—yo ya no podía controlar más mi ira reprimida— ¿Me estás diciendo que él también regresará a la casa de Tokyo? ¿Por qué haría eso?

—Principalmente porque su trabajo está aquí, Rukia—contestó él—Y porque… recuerda que tiene negocios que atender.

Aquella frase me lo decía todo. Él sabía lo que yo trataba de hacer marchándome de Tokyo con el pretexto de mi recuperación, sabía perfectamente por qué quería ir a Karakura, sabía incluso la clase de "negocios" que tendría que atender mi cuñado aquí. Un negocio en el que yo estaba involucrada. O mejor dicho, un negocio donde yo era la mercancía.

—Me niego—fue mi única respuesta, mientras me cruzaba de brazos y desviaba la mirada de Renji.

—Aunque te negaras, yo sólo sigo órdenes—respondió en un suspiro—Qué más quisiera yo que dejarte en algún otro lado y no ver…

—Renji—le interrumpí—Cállate, ni lo menciones.

—No, está bien—contestó rápidamente—Lo siento.

Él era Renji, uno de los muchos trabajadores de mi cuñado "padre". Renji y yo nos conocimos desde niños, cuando mi hermana y yo entramos a la casa de los Kuchiki por primera vez. Aquel día recuerdo a un chico flacucho que usaba un overol y se amarraba su cabello en una coleta, ese es el único rasgo que no ha cambiado en él desde que lo conozco, pues aun mantiene su cabello largo. Renji desde niño trabajaba para la casa de los Kuchiki como un repartidor del mercado que proveía de alimentos a la casa. La primera vez que lo vi fue en la cocina, mientras tomaba una manzana de la despensa. Él se quedó callado al verme, pues según dijo nunca había visto niños en la mansión desde que comenzó su trabajo de repartidor.

En aquel entonces, la cocinera de la mansión nos preparaba la merienda a los dos, porque yo le insistía que se quedara a jugar, ya que la casa por ser tan grande era muy solitaria. Renji era más grande que yo por tres años, pero desde que lo conocí se volvió mi mejor amigo. Él y yo jugábamos a trepar árboles en el jardín trasero, incluso colgamos cuerdas en uno y armamos un columpio que hasta la fecha estoy segura que sigue ahí. Renji estuvo trabajando ahí hasta los quince años, pues vivía en un orfanato en donde además de hogar le daban educación. Dejó ese trabajo porque mi hermana, después de casada, lo había convencido de que terminar sus estudios era más importante. Y a pesar de que se retrasó un par de años por sus calificaciones, cuando salió del orfanato a sus dieciocho, entró a la academia militar. De ahí en adelante, comenzó a acercarse más a la familia Kuchiki, pero alejarse un poco más de mi, porque ahora con quien congeniaba más era con Byakuya en las reuniones de veteranos de guerra y futuros miembros del ejercito.

Byakuya Kuchiki como tal no es un soldado, a pesar de que es indispensable que un miembro de su familia deba tener el mismo entrenamiento que todos los antepasados, según me contó una vez. Él más bien se dedica a la producción y comercialización de equipo militar, como protección y armamento. Pronto Renji cambió no sólo físicamente, puesto que había crecido, abandonando la apariencia del muchacho flacucho que conocí, su cuerpo se había vuelto musculoso sin dejar su figura esbelta, se había tatuado hasta la cara y sus ojos se hicieron más fieros. Cambió también en el sentido de que todas sus conversaciones ya eran con mi cuñado y los miembros de la empresa o de su propia división. Cuando terminó su preparación, poco después de mi incidente, Byakuya le ofreció trabajo como guardaespaldas, mi propio guardaespaldas. Mi sombra andante. Lo hizo porque sabía de su cercanía conmigo.

Él me acompañaba a las terapias, me sacaba a pasear en auto o al jardín, con tal de que yo olvidara lo que había pasado en esa horrible excursión. Pero nada de lo que me dijera o lo que hiciera por mi funcionaba. Fue entonces que decidí salir de la escuela a la que asistía, convencí a mi cuñado de que quería irme de la ciudad a un lugar más tranquilo, para no tener que estar cerca de los recuerdos que me atormentaban. En pocas palabras, quería huir.

Pero mi propósito realmente había sido otro, por una parte.

—Ya llegamos—dijo Renji, sacándome de mis recuerdos.

Entramos a la mansión después de que una reja negra de más de dos metros se abriera. La mansión estaba casi a las afueras de la ciudad, pocos kilómetros antes de salir a la carretera. El camino que daba inicio a los terrenos de los Kuchiki era muy amplio, era un camino rodeado de bambús, que al final dejaban ver una casa antigua, pareciera pertenecer a la era feudal del Japón antiguo, pero muy bien conservada. Con muros blancos alrededor, tejas azules y ventanales de madera. Renji paró el auto y quitó los seguros de las puertas para que yo pudiera salir. Todavía no me daba cuenta que aun tenía puesta la pijama que me había prestado Ichigo.

Ichigo… Si tan sólo me hubiese despedido de él.

Al entrar a la casa, las sirvientas me recibieron para encaminarme al baño y limpiarme. Estuve buen rato dentro del agua caliente, deseando poder ahogarme o tener un tostador ahí y arrojarlo a la tina para morir dramáticamente. Deseaba algo que me librara de mi prisión. Pronto me sacaron de mi baño y una de las sirvientas me dio una yukata de color lila con obi azul. Una vez limpia y vestida, salí a buscar a Renji. Instintivamente lo busqué en la cocina, pero no se encontraba ahí.

Salí por la puerta trasera hacia el jardín, cruzando el puente del lago de peces koi que tanto le gustaba a Byakuya, adentrándome más hacia la parte de los árboles, y ahí lo encontré, sentado en el viejo columpio, mordiendo una manzana.

—El lila te queda muy bien—comentó con una sonrisa, mientras se levantaba y me cedía su lugar.

Yo me senté en la tabla de madera sostenida por las cuerdas y Renji me miró desde arriba con una sonrisa, triste y nostálgica, como si yo hubiese tenido un accidente y ahora estuviera en el hospital, como si estuviese tratando de compadecerme. Se terminó la manzana y tiró al pasto el corazón ya sin fruta, se sacudió las manos y comenzó a empujarme en el columpio, haciéndome subir y bajar, mientras yo reía cada vez que lo hacía con más fuerza y sentía que si seguía así tal vez me caería al suelo desde muy alto. Él comenzó a reír también, pasaron varios minutos así hasta que pedí que se detuviera, él accedió y comenzó a disminuir la velocidad de las cuerdas, hasta dejarme inmóvil, con mis pies tocando la tierra.

—Todo lo que sube debe de bajar ¿no?—pensé en voz alta, y sólo escuché el sonido de su voz pronunciar un leve "sí".

—Son leyes básicas de la física—fue su única respuesta—Pero que bajes no significa que tengas que caer.

—¿Byakuya aún no llega? –le pregunté, cambiando de tema.

—No, llegará más tarde. Tal vez hasta la noche.

Apenas eran pasadas las tres y sentí que el día me era eterno, no sentía ganas de estar en otro lado más que aquí, o con Ichigo, pero sabía que ninguna de esas dos opciones era posible. Sentí que Renji bajó sus manos a mis hombros, y yo por instinto tomé una de ellas, pero no me giré a verlo, sólo le sostuve una mano.

—Rukia… Lo siento—dijo casi en un susurro—Si tan sólo pudiera hacer algo por ti…

—Está bien, Renji—apreté más fuertemente su mano, pero él me soltó y se puso de rodillas frente a mi—Es algo que tengo que hacer, ya me resigné a que ese será mi destino.

—No tiene por qué ser así—dijo apretando mis manos contra su frente—Si tu me lo pides, aun tenemos tiempo, puedo sacarte de aquí, huir contigo, salvarte de todo esto. Tú y yo sabemos que no deseas…

—Y tú y yo sabemos que no puedo verte de la misma forma en la que tú me ves, Renji—le interrumpí, y él sólo agachó la vista.

—De eso estoy más que consciente—respondió serio—Pero me refiero a que no debes aceptar que otra persona maneje tu vida como si tú no tuvieras tu propia voluntad.

—Tengo que agradecerle de alguna manera lo que ha hecho por mi—ni siquiera yo pude creer lo que decía—Aunque sea un poco, debo hacer algo por Byakuya.

—¡Es que no es justo que él te haga esto!—Renji entonces explotó y se apartó unos cuantos pasos de mi, él siempre hacía eso para no hacerme daño—Ahí quédate, estoy bien… —dijo al ver que yo trataba de acercarme—Es sólo que… Tú sabes lo mucho que te quiero, que te amo, aunque no sea correspondido. Pero no por eso voy a permitir que pases tu vida al lado de una persona que no conoces y por lo tanto de la que no sientes absolutamente nada. Incluso si me dijeras que el chico de aquella casa es con quien quieres estar, lo aceptaría, sino tuviera esta maldita soga al cuello llamada Byakuya Kuchiki. Todo por verte feliz. Por eso, Rukia, si tú aun deseas, estamos a tiempo…

—No, Renji—me acerqué a él y le tomé las manos—No hay tiempo de nada. Se acabó. No puedo estar con Ichigo.

—¿Por qué no?

—Porque ya lo involucré más de lo que debería en este asunto, sin darme cuenta. O mejor dicho, está más involucrado de lo que yo debería saber.

—Pero ¿por qué lo dices?—preguntó estupefacto— ¿Por qué está más involucrado? Entiendo que huiste de tu casa en Karakura y que era tu amigo y tu vecino. Pero no estarás diciendo que…—entonces se quedó mudo.

—Perdóname—fue todo lo que pude decir.

—Él y tu… Ya entiendo. Entonces sí lo hiciste—se llevó una mano a la cara y se masajeó las sienes—Mierda, si Byakuya se entera… Si él se entera…

—No fue planeado, pero el resultado está hecho—contesté segura—Y aun así, es bueno, ya que esto podría librarme de todo este circo.

—Rukia, es más que eso. Es peligroso. Si Byakuya o si el otro sujeto se entera de que…De...

—Dilo, Renji—lo reté—Di que ya no soy virgen.

—¡Shhh! ¡Idiota!—me cerró la boca y volteó a ver a nuestro alrededor— ¡Las sirvientas te pueden oir!

—No me importa, además creo que a estas alturas, después de lo que he hice ayer, Byakuya ya debe sospecharlo. Y decirlo a mi prometido me salvara de todo ese teatro que se traen él y mi cuñado.

—¿Qué tan segura estás de eso?—volvió a mirarme con esos ojos tristes y preocupados.

—Porque el trato de mi compromiso era que si yo no me mantenía casta hasta la fecha de la boda, se anulaba—suspiré—Y lo que pasó con Ichigo, al principio, lo pensé como una posibilidad. Cuando lo conocí planeaba usarlo a mi favor, intenté seducirlo y funcionó… Pero ahora… No sé que haré, Renji… Me encariñé con él más de lo que debí… Mi plan funcionó, pero… Siempre algo me sale mal.

Comencé a sollozar, traté de taparme la cara cuando noté que las lágrimas no se detenían, Renji me tomó del hombro y yo por instinto lo abracé con fuerza. Él frotaba mi espalda y mi cabeza para consolarme, aunque realmente no me lo merecía. Si tan sólo no hubiesen pasado tantas cosas, entonces yo podría ser una persona normal, alguien común y corriente, que podría disfrutar de una vida tranquila, sólo con las preocupaciones básicas como la escuela, el trabajo, la familia y la pareja. Nada más. Pero desde el inicio yo no era normal. Esta casa no era normal. Yo no podía tener aquello que nunca tuve, una familia, un amor, un hogar. Las personas sólo pueden expresar lo que se les ha demostrado, sólo pueden tener aquello una vez tuvieron y quisieron.

Desde el inicio, cuando vi a Ichigo por primera vez, me pareció un muchacho muy solitario, muy indiferente a todo lo que ocurría a su alrededor, por una parte igual a mi. Investigué a través de Byakuya, quien ya había interactuado poco con el loco padre del chico, cuál era su nombre. "Ichigo, Kurosaki Ichigo", fue la respuesta de Byakuya. Un nombre muy raro, con un apellido que extrañamente me sonaba algo conocido, pero le resté importancia. Lo que yo necesitaba en Karakura era algo, o mejor dicho a alguien que me ayudara a salir de ese horrible compromiso en el cual yo no estaba para nada de acuerdo. Tenía que haber alguna forma de anularlo, así me tuviese que convertir en una puta. Traté de convencer a mi cuñado de que estar ahí era una buena idea, a pesar de que él tuviera que trasladarse desde Karakura a Tokyo y viceversa todos los días, le hice creer que lo necesitaba para sentirme más tranquila, para recuperarme de lo acontecido con Kaien-dono.

Al principio, planeaba usar a Ichigo, o alguno de sus amigos, alguien tenía que servir. Después de eso, tendría pruebas de lo que haría, pero nunca fui buena para congeniar con nadie. Y el sólo hecho de pensar hacerlo con alguien a quien no quería o que no conocía era lo mismo a hacerlo con la persona con la que me casaría. Abandoné esa idea, lo hice cuando comencé a encariñarme con Ichigo, cuando vi que no éramos tan iguales. Él luchaba por lo que quería, yo me conformaba con lo que tenía. Él era amable y gentil con las personas a pesar de su dura apariencia, yo al contrario siempre me apartaba de los demás, era como un ermitaño deseoso de volver a su montaña. Él era como luz para mí, para alguien que siempre sintió haber vivido en oscuridad. Él era cálido como la mañana de verano, no debería involucrarlo con alguien tan frío y sin sentimientos como yo, alguien que sólo se fue de su casa para usar a otra persona.

Desistí de mis planes cuando supe otro detalle, aquello que pasé por alto desde el comienzo. Yo nunca había visto a su padre, pero la primera vez que lo vi fue una tarde, cuando volvía del mercado con el ama de llaves. A lo lejos, casi llegando a la entrada de nuestra casa, lo vi. Un hombre alto, de edad pero no parecía viejo, al contrario, se veía muy bien conservado a pesar de que le calculé unos cuarenta o más. De cabello negro, tez morena clara, ojos oscuros y un poco de barba. Con una colorida camisa que desentonaba con su bata de médico. El hombre estaba fumando afuera de la clínica, y al ver a la sirvienta a un lado de mi le saludó, pero no notó mi presencia. Cuando me vio, su expresión cambió totalmente, pasó de estar sonriente a estar estático, asombrado, mirándome. Yo me quedé igual.

Reconocí su cara, pues la había visto en una fotografía que Kaien-dono tenía en su escritorio de la sala de maestros. Eran un cuadro de cuatro personas. De izquierda a derecha, pude notar a un muchacho de unos veinte a treinta años, de complexión robusta y cara cuadrada, a la derecha, una mujer voluptuosa de cabello negro, que lo abrazaba del cuello, la mujer tenía ojos azules con espesas pestañas, pero tenía una prótesis en su otro brazo, el cual abrazaba a Kaien-dono. Él con su siempre eterna sonrisa y sus ojos azules, abrazaba al último miembro del cuadro, un hombre más alto que él, más maduro, el mayor de entre todos ellos, de cabello más corto, una naciente barba y ojos cafés.

—¡Ah! ¡Es bonita esa foto, eh!—me dijo cuando me había acercado a verla. Entonces la tomó y me la dio en las manos para mirarla más detenidamente—Son mis hermanos. El de la izquierda es Ganju, el más chico, estamos ordenados de acuerdo a la edad. ¿Muy complicado eh? –bromeó él en ese entonces—Mayor a él es mi hermana, Kujaku, luego yo y al final Isshin, él es el más grande. A diferencia de nosotros, vive en Karakura, con su esposa. Esa foto fue tomada hace varias fiestas de año nuevo. Tenemos mucho que no nos juntamos otra vez en familia…

Era él. El hermano mayor de Kaien Shiba. Él hermano de mi maestro. El hermano del hombre que maté. Y ahora me estaba viendo a los ojos, haciendo temblar mis piernas y que casi soltara las bolsas de traía conmigo. Era obvio que me había reconocido. Él era el doctor Kurosaki, nuestro vecino. El padre de Ichigo. Isshin.

Aquella vez sólo pude apresurarme a entrar a la casa, ya que el hombre se quedó en su lugar, viéndome desaparecer. Sin embargo, no dijo nada, no me siguió, no habló ni siquiera con Byakuya después de eso. Lo cual lo volvía más raro. Fue ahí cuando supe que tal vez no debería involucrarme tanto con Ichigo como pensaba, tenía que descartarlo completamente de mis planes antes de que los dos saliéramos lastimados. Pero al final, eso no me importó.

Me quedé un rato hablando con Renji hasta que atardeció, le conté todo lo que pasó en Karakura desde que había llegado y mis locos de planes de zafarme del matrimonio, así como de lo que descubrí cuando me encontré con el papá de Ichigo. Para él eso complicaba más la situación, pero entonces Renji sólo atinó a decir:

—Si Ichigo de verdad te ama como dice… Entonces debería ser capaz de aceptar que lo que pasó con su tío Kaien, al cual no recuerda, no tiene nada que ver con él.

—Creo que en vez de correr debí haber pedido una disculpa—fue mi respuesta mientras me encogía en mi posición fetal, sentada en la hierba.

—Si así fuera, entonces tendrías que disculparte con toda la familia Shiba.

—¡Renji!—él rió por mi reacción, pero parte de su broma tenía razón. Algún día tendría que enfrentar a quienes no vi en el pasado.

—Claro, todo dependerá de lo que tú quieras, no de lo que otros te digan que hagas…

Me quedé callada, sin decir nada, viendo cómo el sol poco a poco se escondía. Comprendía a donde quería llegar Renji, pero por más que yo deseara salir de la prisión a la que me habían metido, mi vida pendía de un hilo si no hacía lo que me ordenaban. De repente, él también se quedó callado, lo cuál me resultó raro en él, que siempre en estos momentos cuando estaba deprimida o acongojada trataba de animarme con cualquier comentario absurdo.

—¿Por qué estás tan callado?—le pregunte.

—¿Acaso no puedo hacerlo?—me miró desafiante, pero luego se relajó—Sólo pensaba…

—¿En qué? –volví a interrogar.

—En una tontería, o eso es lo que vas a decir—me giré a verlo confundida, y sólo suspiró—Me puse a pensar en qué estaría haciendo ese idiota de Ichigo en ese momento. Y lo más seguro es que te estará buscando.

—Sí, es una tontería—fue lo único que respondí.

Cierto o no, tontería o no, Ichigo no debía involucrarse más conmigo. Su trabajo ya estaba hecho, según mis planes iniciales. Y por más que me doliera aceptar que lo iba a seguir queriendo, no podría seguir demostrándolo. No mientras no saliera de este teatro tan absurdo.

Byakuya llegó por la noche, pero así como llegó se volvió a ir a Karakura. Yo no hablé con él, ni siquiera me miró a la cara, y la verdad es que no me sorprendí de su desprecio. Con quien habló fue con Renji, y cuando se marchó, Renji me comentó que se quedaría unos días más en Karakura, aparentando que nada estaba pasando, hasta que pasaran unos días, volvería, mientras tanto, la mudanza estaría trayendo nuestras cosas. Por ejemplo, esta noche habían llegado unas cuantas cajas, la mayoría con mis pertenencias dentro, las cuales Renji ayudó a llevar a mi habitación. Mañana desempacaría, mientras tanto, sólo quería dormir.

—Por cierto—dijo Renji antes de retirarse—Me dijo otra cosa…

—¿Qué te dijo?—le pregunté, pero tardaba mucho en responderme, se mordía el labio, tratando de no decirme nada, pero era su deber—Renji, te ordeno que me lo digas. Ya.

—Volverás mañana a la escuela—soltó y después suspiró, aquello no parecía tan malo, pero por su expresión, eso no era lo peor—Y eso no fue todo… Dijo que tan pronto como esté él aquí, tu prometido vendrá y se quedará unos días antes de la boda… Te casarás en dos semanas.

Me quedé hecha piedra en mi lugar, hubo un eterno silencio en el que parecía que iba a morir. Deseaba estar en un abismo en ese momento para nunca más salir de ahí, Renji trató de acercarse a mí, de nuevo para consolarme, pero lo aparté de mi, le dije que no me tocara, y que me dejara sola. Parecía una completa neurótica en ese momento, porque le arroje mis sandalias de madera, pero esta chocó con el marco de la puerta, justo en el momento en el que Renji la corrió.

Me tiré a llorar al piso, sentada, apoyada en la cama, deseando que mi hermana aun estuviese conmigo para poder ayudarme, sacarme de mi situación, o estar con ella en donde quiera que ella estuviera. Que me abrazara cuando era niña y lloraba. Quería un abrazo. Quería un abrazo de Ichigo. Quería volver a estar con Ichigo. Sólo una vez más.


-HO-LA, QUERIDOS SERES LECTORES! Tenía mucho que no actualizaba. De hecho más de un año. Jejeje y discúlpenme por eso. Esta historia me gusta bastante, pero lamentablemente desde hace un par de años me es casi milagroso poder actualizar.

Hikari: Ya di mejor que casi imposible.

-Bueno, referente a la historia. Suplico que no me odien por todos los enredos que estoy haciendo desde hace dos capítulos. Pero es que sin eso no hay trama. Esta vez hice el capítulo contado desde la perspectiva de Rukia y al parecer salió mejor de lo que esperaba. El siguiente volverá a ser contado por Ichigo. No se preocupen, no habrá confusiones. En caso de cambiar de opinión, el nombre del personaje que relatará la historia estará en el título.

Hikari: ¿Ya superaste tus crisis existenciales?

-Ja! Eso jamás! Ni en un millón de años luz.

Hikari: Pobres de tus lectores.

-Hay repertorio del cual entretenerse.

Hikari: Repertorio del que no estás muy satisfecha que digamos. ¡Hasta estabas pensando en borrar tus fics anteriores! ¡Sin siquiera reescribirlos! Y eso que tienen más visitas y más reviews que este.

-Lo sé. Gajes del oficio, pero bueno. Espero que este capítulo les guste. Ya saben que pueden comentar en el cuadrito de aquí abajo o darle un bonito clic al botón de favoritos. Nos leemos la próxima.