El sexto día
Merlín no estaba seguro de cuánto tiempo pasaron volando. Más de cuatro horas, menos de un día. Sabía que se había quedado dormido en algún momento, aún en el aire, con las manos entumecidas de estar tanto tiempo atadas con las cadenas. Sabía que se había despertado en algún momento, aún volando, en algún lugar donde hacía mucho frío. En algún punto el dragón había cambiado la garra con la que agarraba a Merlín, y Merlín, con su absoluto cansancio, aparentemente había permanecido dormido durante el cambio.
- ¿A dónde vamos? -preguntó, no por primera vez.
- Al norte -respondió Kilgarrah. Era lo único que Merlín podía sacar de él.
- ¿Quién-
- Mi respuesta no ha cambiado en los últimos diez minutos, Merlín -dijo el dragón-. No te lo voy a decir otra vez.
Lo que dejaba a Merlín colgando y más que un poco dolorido. También estaba aburrido, y Kilgarrah no era un conversador particularmente destacable. Bueno, estaba tan aburrido como se podía estar colgando de las garras del último dragón del mundo, dirigiéndose a un paradero desconocido, destinado a vivir un infierno al día siguinte. Era más aburrido de lo que Merlín habría creído posible. Y le picaba la nariz, y no tenía manera de rascársela. Aún no estaba en el punto, sin embargo, de frotarse la cara contra las escalas de Kilgarrah para librarse del picor, aunque se estaba acercando.
Cuando estaba a punto de volver a empezar a molestar a Kilgarrah, el dragón repentinamente se inclinó hacia el yermo pedazo de tierra bajo ellos. Un páramo, se dio cuenta Merlín, pero no uno que reconociera. Se preguntó cómo de lejos estaban de Camelot. Mientras se acercaban, Kilgarrah le soltó de una manera mucho más brusca de lo que Merlín creía estrictamente necesario. Rebotó ligeramente, pero por algún milagro fue capaz de aterrizar de pie.
Había una figura alta, más o menos de la altura de Merlín, de pie en el páramo. Llevaba una capa oscura con una capucha. Su edad estaba entre la de Uther y la de Gaius, no lo suficientemente mayor para ser viejo ni lo suficientemente joven para resultar juvenil. La mayor parte de su pelo era gris, pero también había algunos pedazos de negro. Merlín se vio asaltado por un golpe de familiaridad.
- Gracias -le dijo el hombre a Kilgarrah-. Sé que no ha sido un viaje corto.
Kilgarrah resopló ligeramente. El hombre devolvió su atención a Merlín, que intentaba rascarse la nariz con las manos atadas.
- Hm -dijo el hombre, inclinando la cabeza ligeramente-. Aún no has aprendido el hechizo de las cadenas, ¿no?
Merlín frunció el ceño.
- ¿Qué hechizo de las cadenas?
- Tomaré eso como un no, entonces -dijo él-. Presta atención, es útil saberlo -murmuró un hechizo. Las cadenas plateadas que rodeaban a Merlín se volvieron cenizas y cayeron al suelo. Merlín empezó a masajearse las manos para devolverles la sensibilidad, intentando evitar su muñeca herida. No funcionó muy bien
- Gracias, Kilgarrah -dijo el hombre, volviéndose hacia el dragón-. Puede irte, yo, er, nosotros ya no necesitamos tus servicios.
Kilgarrah hizo una reverencia -hizo una reverencia de verdad, con el largo cuello inclinándose hasta casi tocar el suelo con la nariz- y después despegó, desapareciendo en el cielo. Merlín y el hombre le observaron irse. El hombre se volvió hacia Merlín, y se limitó a mirarle durante un momento.
- Ah, sí -dijo-. Admitiré que no sé muy bien cómo hacer esto.
- ¿Quién eres? -dijo Merlín.
El hombre se rió.
- Esa es una pregunta divertida.
- No veo como -dijo Merlín, y se repitió-. ¿Quién eres? ¿Por qué te escucha Kilgarrah?
Él se rió otra vez.
- Llegaremos a eso en un momento. Y, por mucho que me gustaría continuar con esto, no tenemos tiempo. Tenemos mucho que hacer y muy poco espacio para hacerlo. Lo primero, debes tener hambre.
- ¿Qué? -preguntó Merlín, y su estómago rugió traidoramente. Pensando, se dio cuenta de que no podía recordar la última vez que había comido. El hombre -que le resultaba conocido, pero no podía ubicarlo- extendió una bolsa.
- Creo que Morgana cogió tus provisiones, ¿no? -preguntó-. Las confiscó cuando te capturó.
- ¿Cómo sé que puedo confiar en ti?
- No lo sabes. Pero créeme cuando te digo que si no puedes confiar en mí, nunca podrás confiar en nadie -dijo él, y le lanzó la bolsa a Merlín, que la cogió con un poco de dificultad. Dentro había una hogaza de pan y un frasco. Merlín abrió el frasco y lo olfateó con curiosidad. Agua. Miró otra vez al hombre.
- ¿Por qué te escucha Kilgarrah? -repitió Merlín-. Tenía la impresión de que yo era el único señor de dragones que quedaba.
- Oh, lo eres -dijo el hombre-. Come, y después hablaremos.
El hambre de Merlín le pudo, y devoró el pan y después acabó con el agua. Con una risita ligeramente maníaca, se preguntó si le iba a entrar hipo cuando volviera a Camelot.
- ¿Terminaste? -preguntó el hombre.
Merlín asintió.
- Bien, pasemos a los negocios. Solo hay una persona que pueda enseñarte lo que necesitas saber en el tiempo que tenemos -dijo el hombre, estirándose y haciendo crujir sus huesos-. Y por suerte para ti, está dispuesto a enseñarte. De hecho, ha hecho un camino muy largo solo para eso.
- ¿Quién es? -preguntó Merlín.
- Yo.
- ¿Y tú eres...?
- Tú -dijo el hombre-. Bueno, el futuro tú, al menos. El tú en el que te convertirás. ¿Tiene sentido? No, claro que no lo tiene. Recuerdo pensar que era absoluta basura de dragón. ¿Entiendes por qué preguntar quién soy es divertido?
Merlín le miró fijamente. Miró los ojos azules, el pelo que era más gris que negro. Se fijó en las orejas del hombre -demasiado amplias para el resto de su cara- y las arrugas alrededor de los ojos. Una vez más, Merlín fue golpeado con esa impresión de familiaridad, pero, reflexionó, tendía sentido si el hombre era realmente él en el futuro. Merlín le miró durante bastante tiempo. El hombre mayor le devolvió la mirada.
- Um -dijo Merlín. ¿Cómo es esto posible?
- Buena pregunta -preguntó el Merlín mayor-. Y es una que te va a llevar al borde de la locura durante bastante tiempo. Podría decírtelo, pero me sentiría mal porque es como hacer trampas. Recomiendo a Gaius como punto de partida. Ni siquiera te molestes con Kilgarrah, solo te mirará y se reirá un poco si preguntas.
Merlín se pasó una mano por el pelo, y dejó escapar un resoplido por la nariz.
- ¿Hay algo que te pueda llamar para evitar confusión? Para que después, cuando Gwaine esté medio borracho y crea que me he vuelto loco cuando le cuente esto-
- ¿Gwaine? -dijo el otro hombre, sonriendo de repente, con la sonrisa de Merlín. Merlín se sintó algo estafado al ver su propia sonrisa dirigida a él, como si su futuro yo se la hubiera robado-. El bueno de Gwaine. No le he visto en, oh, deben ser tres años ya. Se marchó con los otros a buscar el Santo- pero eso no es importante, Merlín. Oh, qué raro es decir eso. Pero me desvío. Lo que es importante es que estas en una encrucijada, ¿no?
Merlín asintió.
- Y, a juzgar por las estrellas, ¿es el día seis?
Otra vez, Merlín asintió.
Su yo mayor suspiró.
- Querrás saber lo que pasará cuando salga el sol, entonces -dijo, y el corazón de Merlín se aceleró, palpitándole en los oídos. Estaba demasiado asustado para hablar, para asentir e indicar su confirmación. Su yo mayor sonrió con tristeza-. No te lo puedo decir. Aunque pudiera, no lo haría. Debes escoger tu destino. Sé cómo actué yo, cómo reaccioné a lo que va a venir. Pero no somos el mismo, Merlín. El futuro no está fijado. Lo que pasará aún depende de ti.
Merlín parpadeó para retener lágrimas. No se había dado cuenta de lo mucho que deseaba el Viejo Merlín le diera respuestas.
- ¿Entonces para qué estás aquí? -preguntó, sin preocuparse por lo cortante e insultante que sonaba-. ¿De qué sirves si n puedes ayudarme?
- ¿No recuerdas nada? -dijo Viejo Merlín-. Soy el único que puede enseñarte lo que necestas saber en el tiempo que tienes para saberlo. Estoy aquí para darte lo que tengo.
- ¿Y qué, exactamente, es eso que tienes?
Algo puro, antiguo y danzante volvió los ojos de Viejo Merlín distantes.
- Poder -dijo-. Poder absoluto, conocimiento absoluto.
El pelo de Merlín se puso de punta y le recorrió un repentino escalofrío.
- Pero no quiero poder absoluto -dijo Merlín. Cosas, cosas oscuras, se movían por la parte de atrás de su mente. Sueños que había tenido, de ríos volviéndose rojos y noches eternas, parpadearon en su cabeza. Esto es miedo, pensó, esto es miedo, y estás asustado.
Viejo Merlín sonrió, pero no con alegría.
- Recuerdo esto -dijo-. Dios, parece que fue ayer. Lo que te voy a decir, no te va a gustar, porque si tu Arturo ha estado actuando como el mío, ya te has dado cuenta. Solo que aún no te lo has admitido a ti mismo.
- ¿Qué? -dijo Merlín, el miedo afilado y real y metálico en su garganta-. Dímelo. Solo... solo dilo.
- Dices que no quieres poder absoluto -respondió Viejo Merlín, con esa mirada antigua y encantada aún en los ojos-. Pero ya lo tienes, dentro de ti.
Sudor frío y pegajoso empezó a recorrer el cuerpo de Merlín y se estremeció. Viejo Merlín le observó de cerca.
- Lo sé -susurró. Pero eso no me dice por qué estás aquí. Por qué estás hablando conmigo.
- No, supongo que no -dijo Viejo Merlín-. Estoy aquí para desbloquearlo, porque has puesto tantas paredes que Dios mío ya no puedes derribarlas. Estoy aquí para enseñarte de lo que eres capaz. Las cosas, chico, oh, las cosas que puedes hacer. Que harás. Que nunca harás. Toda la magia, extendida ante ti, esperando. Tuya para que le dés órdenes.
- ¿Y si no la quiero? -preguntó Merlín-. No la quiero. Encuentra a alguien más, yo no lo haré. ¿Qué sucede si ahora me marcho?
Viejo Merlín torció la cabeza ligeramente.
- Entonces todos paramos. Todos mueren. No solo Arturo y sus caballeros. No solo Morgana y su odio. Todos y todo se destruirán unos a otros hasta que no queden más que desiertos.
- ¿Y si... y si lo convierto todo en desiertos de todos modos? -dijo Merlín, y le falló la voz. Sintió sus lágrimas, que llevaban días acumulándose, resbalar por su cara. No le importaba. Se sentó delante de su futuro yo y lloró como un niño aterrorizado-. ¿Y si no puedo manejar el poder y me vuelvo loco? ¿Y si lo destruyo todo, y solo dejo detrás muerte y destrucción? ¿Y si-
- ¿Y si no lo haces? -respondió calmadamente Viejo Merlín-. Estás asustado, y créeme, lo sé. Pero por cada acto oscuro y terrible que puedes cometer, piensa en las cosas buenas y maravillosas que podrías hacer. Si te metes en esto convencido de que emergerás distinto a como eres, asegurarás que eso pase. Eres una persona amable, Merlín, una buena.
- Pero también he matado -dijo Merlín, tragando e incapaz de parar de llorar-. He matado a gente. Como al cazador de brujas, y dioses, me reí de ello después, con Gaius. Pensamos que era divertido.
- Tenemos oscuridad dentro de nosotros -dijo Viejo Merín-. Nadie puedo negarlo. Pero la magia se trata de equilibrio. Para reconocer la luz debemos caminar en la oscuridad. Es imposible apreciar algo hasta que nos abandona. Noche y día. Sombras y luz. Ratas de alcantarilla y pájaros cantores.
Merlín seguía llorando, pero empezó a frotarse la cara con la manga en un desesperado intento de parar.
- Tómate un momento para recomponerse, ahora -dijo Viejo Merlín-. Querrás tener tus plenas facultades cuando hagamos esto.
Merlín se obligó a cerrar los ojos, dando inspiraciones bruscas pero regulares. Su corazón iba lo suficientemente rápido como para llegar a doler un poco. Todo su cuerpo estaba agitado, y nunca se había sentido más vivo que en ese momento. Pensó en su padre, su madre. En Gaius y Freya, Gwen y Lancelot, Gwaine y el dragón, Arturo. ¿Qué diría Arturo si pudiera ver a Merlín ahora, de pie en los bosques, sollozando, y hablando consigo mismo? Merlín, deja de portarte como una chica, diría, poniendo los ojos en blanco y cruzado de brazos, Tienes trabajo que hacer. Hazlo.
Merlín respiró profundamente, y asintió una vez hacia Viejo Merlín.
- Cr-creo que estoy listo -susurró, aún temblando, aún petrificado.
- Siento esto -dijo Viejo Merlín-. Te diría que no va a doler, pero lo recuerdo, y sí que dolía.
Merlín se echó hacia atrás cuando la mano callosa se posó sobre su frente. La otra mano de Viejo Merlín salió disparada hacia delante para agarrar su brazo y mantenerle en su sitio. Merlín sintió el familiar calor de la magia presionando detrás de sus propios ojos cuando los de Viejo Merlín brillaron con oro.
Después, el mundo explotó.
Todo se volvió blanco, antes de pasar a negro, y entonces rojo, luego dorado, azul, amarillo, violeta, verde, blanco otra vez, y distantemente Merlín podía oírse a sí mismo gritando en agonía. La mano sobre su brazo se apretó como un cepo, reteniéndole en su lugar. Sus venas estaban ardiendo, él estaba ardiendo, las llamas le recorrían desde la cabeza a la punta de los pies antes de volverse hielo y volver a subir hacia arriba. Hechizos e imágenes y palabras rugieron por su mente, cortando y apuñalando como cuchillos, recuerdos de cosas que habían pasado y que pasarían y que no pasarían nunca. Se estaba rompiendo en un millón de direcciones distintas, con la magia a su alrededor y dentro de él y haciendo agujeros en su ser. Era demasiado, no podía con ello. Sus oídos rugían con canciones medio recordadas y gritos y conversaciones y sueños, susurros en la oscuridad y risas en el sol.
Después, hubo silencio. Era casi peor que la cacofonía anterior.
La mano soltó su brazo.
Oscuridad.
La batalla continuó durante todo el sexto día, hasta la noche. Era poco después de que el sol se hubiera puesto y la luna salido que Arturo fue golpeado por una flecha. Gritó más en sorpresa que dolor real, y Percival -sin perder un momento- se echó a Arturo por encima del hombro y corrió a buscar a Gaius. Todo el tiempo, Arturo le golpeó en la espalda, berreando.
- ¡Por todos los dioses, bájame!
Gaius alzó la vista cuando entraron.
- ¿Que ha sucedido? -preguntó, acercándose de inmediato.
- Solo un rasguño -dijo Arturo, mirando a Percival con fijeza. El enorme caballero se encogió de hombros, y se apartó-. Estoy bien.
- Traeré los materiales -dijo Gaius, y se marchó apresuradamente. Arturo encontró un odre de agua siendo colocado a la fuerza en sus manos, con un poco de comida. Lo tomó ansiosamente. Gaius volvió.
Arturo hizo una pausa en la inhalación de su comida, lo justo para permitir a Gaius envolver una venda alrededor de su brazo y poner una nueva copa de agua en su mano. Alzó la vista hacia el viejo médico, y preguntó:
- ¿Merlín?
Las manos de Gaius se detuvieron, y miró por la ventana, observando la noche durante varios tensos momentos. Después, volvió la vista a Arturo.
- No está aquí, sire -dijo, y dio unos golpecitos en el vendaje ya atado-. Pero seréis el primero en saberlo cuando aparezca.
- ¿Cuando? -preguntó Arturo-. Crees que está vivo, entonces.
- Merlín es muchas cosas -dijo Gaius-. Afortunado es una de ellas. Cabezota es otra. Encontrará la manera de volver.
- Me lo dirás si- cuando vuelva, ¿no?
Gaius le dirigió la sonrisa más forzada que Arturo había visto en su vida.
- Dudo que tenga que hacerlo.
- ¿Estás seguro? -preguntó Arturo. Sí, Merlín tendía a gravitar hacia Arturo durante una emergencia, pero seguro que iría a ver a su guardián antes.
Gaius suspiró.
- Casi puedo garantizarlo, sire.
Arturo se puso otra vez de pie.
- De vuelta a ello entonces -dijo, y fue a la salida. Mientras se abría paso entre la gente que correteaba en el pasillo, se detuvo de repente. Parecía como si alguien hubiera tirado ligeramente de su brazo. Sacudió la cabeza, y le echó la culpa a estar cansado. Empezo a caminar otra vez, y-
Arturo.
Se dio la vuelta de golpe, buscando por el pasillo. Todo el mundo a la vista tenía prisa, completamente despreocupados por la presencia del príncipe. No había nadie con aspecto de haber dicho su nombre. Después, la voz sonó otra vez.
Arturo, por aquí.
Hubo otro tirón en su brazo. Esta vez, Arturo lo siguió. Sacó a Excalibur de su vaina, y se escabulló por los pasillos internos del castillo. Podía oír a sus hombres peleando fuera. Todos sus instintos le decían que volviera y se les uniera.
Pero se sentía arrastrado, incapaz de parar. No quería hacerlo.
Date prisa, Arturo. Sígueme.
Entró en la vacía sala del trono. Caminó hacia delante, cuidadosamente, hasta estar en el centro de la habitación.
- ¿Hola? -dijo en voz alta.
La puerta se cerró detrás de él, y el sonido hizo eco. Lo que fuera que había estado gobernándole desapareció. Se giró para encontrar a Morgana recostándose contra la puerta cerrada, de brazos cruzados, con una sonrisita.
- Arturo -dijo.
Realmente has picado de lleno esta vez, Pendragón, pensó Arturo.
- Morgana -respondió.
- Debo admitir que me sorprende que vinieras aquí solo -dijo ella, inclinándose hacia delante, aún sonriendo. Arturo volvió a ajustar su agarre en su espada, y tuvo que obligarse a no retroceder-. Normalmente tendrías a tus caballeros contigo. A Merlín, por lo menos.
Arturo no dijo nada. Solo la miró.
- ¿Cómo está Merlín, de todos modos? -preguntó ella, torciendo la cabeza-. No le he visto desde ayer, y, si puedo dar mi opinión, no tenía muy buen aspecto.
El corazón de Arturo se detuvo ante esas palabras. Se las había arreglado para engañarse a sí mismo y creer que Merlín había conseguido no ser capturado por Morgana, que estaría corriendo por los bosques hablando con druidas y regateando por la seguridad de Camelot como algún tipo de héroe torpe y patoso de cuento infantil. Que estaba a salvo, y la dríade se había equivocado en ese punto de la semana. Después de todo, era Merlín. Merlín no tenía permitido ponerse en peligro de muerte cuando Arturo no estaba a una distancia a la que le pudiera oir. Pero ahora, aquí, Arturo se veía obligado a admitir que todo habían sido solo pensamientos. La prueba estaba de pie delante de él.
- ¿Qué has hecho? -preguntó Arturo, luchando por mantener cualquier tipo de emoción fuera de su voz-. Morgana, ¿qué has hecho?
- ¿Yo? Yo no hice nada -dijo Morgana-. Pero debo decir que estoy sorprendida; estoy segura de que tú también lo habrás estado, por supuesto. Nuestro querido Merlín, todo este tiempo.
Arturo frunció el ceño mientras ella hablaba, intentando desesperadamente predecir cómo iba a terminar esa conversación.
Morgana hizo una pausa, y dijo:
- Oh, pero tú no lo sabes, ¿verdad? Él no estaba mintiendo. Estaba segura de que te lo habría contado.
- ¿Qué le has hecho? -repitió Arturo.
- Aunque bueno, no es tan raro que no lo sepas -dijo ella-. Mírate. Nunca podrías ver lo que hay delante de tus narices. Lo repetiré una vez más, despacio. Solo para ti. No le hice nada a tu mascota hechicero. Al menos nada de lo que no se vaya a recuperar con el tiempo.
Los pensamientos de Arturo se detuvieron de golpe ante la palabra hechicero. Después, igual de abruptamente, su mente comenzó a dispararle rápidas imágenes. Merlín empujándole fuera del camino de aquella daga. Merlín sabiendo demasiado sobre magia para el gusto de Arturo. Merlín irrumpiendo en la sala del trono y gritando que tenía magia. Merlín bebiendo el veneno, la bola de luz brillante. Merlín tartamudeando una excusa a medio hacer. Merlín escabulléndose en las criptas. Merlín sabiendo que Catrina era un troll. Merlín siendo estúpida, increíblemente sabio. Merlín dejando de confiar en Morgana. Merlín apareciendo en el castillo del Rey Pescador. Merlín desapareciendo durante largos espacios de tiempo durante los desastres para reaparecer agotado y sucio y con escasas o ninguna explicación. Merlín, Merlín, Merlín.
- Oh -dijo, en lo que no fue el momento más elocuente de su vida-. Oh.
Morgana se rió.
- Y si piensas que esa es sorprendente, espera por esta. Es un señor de dragones, también. ¿Sabías eso?
Arturo apenas registró que ella había hablado, la palabra 'hechicero' aún resonaba en su cabeza.
Entonces Morgana entrecerró los ojos mirando hacia las ventanas, y se movió para pararse delante de ellas.
- Ya casi ha llegado la mañana, Arturo -dijo-. Emrys está viniendo. ¿Cómo crees que va a actuar?
Espera, Merlín. Morgana no le había visto desde ayer, y había preguntado dónde estaba. Eso quería decir que ella tampoco lo sabía. Eso quería decir que quizás, solo quizás, aún tenían una oportunidad en todo esto.
- Mira, Arturo, el sol está saliendo. Aquí... vamos -dijo ella-. Ven, observa como tu cielo se vuelve negro y todo lo que Uther ha construido se derrumba. Mira. ¡Mira!
La más ligera sombra del amanecer apareció sobre los árboles.
Y empezó el séptimo día.
N/T: Enero ha consistido en exámenes seguidos de exámenes seguidos de más exámenes interminables. Sé que mi palabra no vale nada porque nunca la cumplo (*llanto*) pero intentaré acabar con esta historia cuanto antes ahora que solo quedan un par de capítulos.
Siento ser tan horrible actualizando ToT
