Cerca de las cuatro de la tarde, Draco llegó a la biblioteca del colegio. Se había retrasado un poco, a pesar de querer llegar antes y dar la sorpresa a Granger para demostrar lo puntual que era, pero no contaba con que debía responder la lechuza de su padre, confirmando que ese fin de semana iría a su propia fiesta de compromiso. Esperaba poder tener un minuto a solas con Astoria Greengrass para saber qué pensaba acerca de todo lo que estaba ocurriendo. En algún momento le había dicho que el matrimonio no era para ella y, si ambos estaban de acuerdo en que esa unión no se llevara a cabo, sería más fácil dejar todo nulo.
Además, eso no era todo lo que tenía en mente. Con Granger le pasaban cosas bastante insólitas. A decir verdad, jamás imaginó soñar con ella y que cada vez que sus miradas se encontraban, él comenzara temblar, haciéndolo dudar de sí mismo, cual si se tratase de un quinceañero inexperto y proclive a mostrarse indefenso ante una mujer. Porque a pesar de saberse seguro, sentía que en la presencia de esa chica sus defensas minaban y que todo el muro erigido a su alrededor era de papel… Sentía que su mente lo transportaba a un futuro o a un pasado en donde todo estuvo ligado a ella. ¡Tonterías! Eso no era cierto. De seguro estaba sufriendo algún tipo de estrés post traumático a causa de la guerra. La mente humana era infinitamente enigmática, de seguro él estaba pasando por uno de esos periodos en donde la confusión hacía mella de su vida.
Pero nada le ganaba a Draco Malfoy, menos unas tontas presunciones que brotaban de vez en cuando en la noche. ¡No se podía mostrar endeble ante la muchacha que nunca había sido de su agrado! ¿Temas de linaje? ¡Eso no! Lo de la estupidez de la sangre había que dejarlo en las vetustas escrituras de Voldemort y sus sectarios. Para él, esa prosapia y el estatus social, poco y nada importaban. Había otras cosas por las cuales no toleraba a Granger… su inteligencia, por ejemplo ―demasiado para su gusto—, valiente y astuta… ¡Ahí estaba la respuesta! ¡Por eso él se sentía extraño con ella! Sí, debía ser eso… no cabía otra explicación.
—Pensé que ya tendrías los libros elegidos para la tarea.
Una voz conocida escuchó en su espalda. ¿Desde dónde ella le seguía los pasos? Estaba tan absorto en sus pensamientos que no advirtió que Granger venía tras sus pasos. Se detuvo y la miró, pero ella siguió de largo directo a la biblioteca. No le dijo nada, simplemente apresuró sus pasos para darle alcance.
Hermione saludó a la señora Prince, quien se hallaba tras un rimero de pergaminos y libros, para luego dirigirse al lugar en donde estaban los libros de defensa contra las artes oscuras.
—¿Cómo sabes qué libro buscar? ―preguntó Draco dejando su bolso sobre una mesa.
—No lo sé. Solo leo los dorsos y si algún título me llama la atención, lo saco, busco en el índice y listo. A veces resulta ―respondió en forma espontánea. Draco asintió, era lo que él también, generalmente, hacía.
—¿Y no será mejor usar la varita?
—Sí, claro y es más rápido… pero, según mi parecer, se pierde la magia de buscar en los libros y…
A Draco no le gustaban esas niñerías soñadoras del olor de los libros y todo eso, que su madre siempre decía. Dio un suspiro y sacó su varita, hizo un par de arabescos en el aire y un libro, de un estante un poco apartado, llegó hasta sus manos.
—¿De dónde viene ese libro? ―preguntó Hermione, curiosa.
—De allá ―indicó Draco, apuntando a una estantería un poco apartada.
—Esos son libros que supuestamente fueron escritos por muggles y que hablan de una especie de magia alternativa o algo por el estilo…
—¿Magia alternativa? ¿A qué le llaman así los muggles?
—A la homeopatía, ¡ja, ja, ja! ―pero Draco no rió porque no entendió la broma. Hermione rodó los ojos al notar el poco sentido del humor de su compañero. Se puso seria, le quitó el libro y se sentó a leer.
Al cabo de cuarenta minutos, cuando ya habían avanzado bastante en el pergamino con la tarea sobre las perlas de defensa que les había dejado Constantine. Draco se echó atrás en su silla y la miró, con la intención de preguntarle lo que hacía rato daba vueltas en su cabeza. Pero algo lo interrumpió, otra vez notó una presencia extraña en la biblioteca. Granger, al parecer, no se había dado cuenta, pues en ese preciso momento le hizo una pregunta:
—¿Conoces a alguien con el nombre de Annie? —Draco se sorprendió porque esa era la pregunta que él quería hacerle. Frunció el entrecejo, pues no sabía qué responder. ¿Le decía? No, porque si lo hacía no se la podría sacar de encima. Conociéndola como la creía conocer, ella indagaría para saber el origen de ese nombre y por qué a ambos les sonaba familiar. Y él no tenía ni tiempo, ni ganas para soportar a Granger pululando cerca de él, intentando encontrar respuesta a algo que realmente no le interesaba… ―¿Me escuchaste? Te acabo de hacer una pregunta.
—No, no conozco a nadie con ese nombre. ¿Se trata de una alumna de Hogwarts? ―preguntó con la intención de no darle importancia.
—No, es un nombre que… posiblemente… ―Hermione quiso morderse la lengua, tal vez había hablado de más y ahora Draco se burlaría de ella. Ojalá no utilizara la legeremancia con ella, sabía que los algunos mortífagos eran expertos legeremantes, y si se daba cuenta de que se trataba de un sueño, estaba perdida…
—Tal vez lo leíste en algún lado. Suele suceder.
—Sí, es posible.
—Aunque realmente yo no recuerdo a ninguna autora con ese nombre. Bueno, uno por lo general se acuerda de los apellidos, ¿no?
—Pues sí.
—Bueno Granger, creo que hemos terminado. Es tarde. ―agregó poniéndose de pie.
—Sí, sí. Tienes razón ―Hermione también se puso de pie y comenzó a echar sus útiles a su bolso.
—¿Por qué siempre había pensado que tú dormías en la biblioteca?
Ella lo miró y sonrió, y esa sonrisa para Draco fue como recibir una porción de miel. Era hermosa, ¿por qué no lo había notado? Claro, en medio de la guerra y de la sarta de estupideces que solía escuchar en casa al psicópata de Voldemort y, sumado a las tareas que le encomendaban, ¿en qué tiempo podía haberse dado cuenta de aquello?
—Pues ya ves que no. Tengo mi cama en la torre de Gryffindor. Pero ¿sabes?, creerás que estoy paranoica pero hace rato que siento que no estamos solos… bueno, a parte de la bibliotecaria y de los otros alumnos... pero, bueno… ―le dijo sin pensarlo, tal vez no fuera mala idea decirle lo que hacía rato la estaba importunando y desconcentrando.
—¿Te refieres que posiblemente nos vigilen o algo así? ―Hermione asintió―. Sí, yo también lo he sentido. Llegué a creer que el Ministerio había puesto una especie de detector… ya sabes por lo que fui antes… ―no quiso entrar en mayores detalles pues ella ya lo sabía de memoria.
—Si gustas, yo puedo averiguar… no es común que ambos sintamos que nos vigilan…
Si Draco hubiese tenido un látigo, él mismo se habría dado de golpes, lo que menos quería era tener cerca a Granger. Lo acababa de pensar, y ahora resulta que ella quería buscar el origen de esa estupidez que pensó solo él sentía. Aunque si lo pensaba bien, si alguien lo vigilaba, era mejor saberlo.
—Sí, si puedes, investiga. No estaría de más saber si estamos paranoicos o realmente algo ocurre. Este día ha sido bastante anómalo…
Hermione sabía de qué estaba hablando Draco. Debía ser por lo ocurrido en el salón de clases a lo que ella debía agregarle ese sueño tan extraño.
—Bien, andando.
Hermione se giró para tomar el libro y dejarlo en el estante de donde Draco lo había sacado. Pero ese rápido movimiento provocó que sus manos casualmente rozaran con las de él, durante breves instantes… Ese momento ambos sintieron que sus cuerpos se adormecían, sus miradas se encontraron y ambos escucharon lo mismo:
—No entiendo por qué contigo me pasa… me es difícil entrar en tus pensamientos. Pero escuché ese nombre hoy y ahora tú lo repetiste. ¿Quién es Annie?
—Annie Granger es... es mi hija, Draco.
—Cuando llegaste con Michael, creí entender que no tenían hijos.
—No, no tenemos hijos. Ella es sólo mía.
Ese diálogo al parecer entre ellos, solo sonó en sus mentes… otra vez el nombre que ella había soñado y que a Draco también le resultaba familiar… volvía a aparecer. Esta vez les quedaba claro de quién se trataba.
Hermione pestañeó y sintió un suave mareo. Draco, sin mayor análisis, la tomó de la cintura para evitar que cayera al piso. Ella apoyó una palma en el pecho de él y lo miró nuevamente los ojos.
Draco estaba serio, no iba a negar lo que acaba de escuchar, porque estaba seguro que ella también había oído el mismo diálogo. Eran sus propias voces hablándoles a ellos mismos.
—No me preguntes, Granger qué fue eso… yo también lo escuché ―dijo Draco apartándose unos centímetros pero no la soltó.
—Ahora ya sabemos quién es Annie… ―agregó Hermione sin comprender qué significaba todo aquello.
—Alguien está jugando con nuestras mentes, Granger. Eso está claro.
—Creo que tienes razón. Es todo muy extraño…
Ella se soltó del agarre de Draco para tomar sus cosas, era hora de irse lo más rápido posible. Necesitaba poner distancia entre él y ella. No quería pensar en nada más. Todo resultaba demasiado extraño, debía investigar, pero no ahora, ni con él cerca…
Draco dejó que Hermione se alejara, también necesitaba estar solo.
