Capítulo 11
Pasé todo el resto de la noche con Esme. Ella se tendió conmigo en mi cama, y me acompañó hasta que dejé de tiritar. No me dijo nada más sobre lo que había pasado, y se lo agradecí. Me acarició mucho la cabeza, y eso también me gustó. Me hubiera gustado poder dormir para descansar un rato. Pero ya no podía.
-Cierra los ojos tesoro –me dijo Esme después de un rato-. Intenta no pensar en nada y vas a relajarte.
Le hice caso, y es cierto que algo descansé. Podía oír a los otros, siguiendo con sus vidas en la casa, pero eso no me sacó de mi estado de relajo.
Cuando el día comenzaba recién a aclarar, Carlisle llamó a la puerta despacito y entró.
-Ya son las siete y media –nos dijo-. Los que trabajamos debemos irnos.
Esme agarró un cojín de mi cama y se lo reventó en la cara a su esposo. Volaron las plumas. Carlisle se rio con ganas, y comenzó a sacudírselas cubriéndonos a nosotras con buen parte de ellas.
-¿Cómo que "los que trabajamos"? –Lo retó Esme, indignada pero de broma-. ¿Y mantener esta casa limpia te parece poco?
-Era broma amor –le dijo, e inclinándose le dio un beso en la boca. Al lado de mí. Qué asco. Intenté escapar.
Carlisle resopló divertido y me agarró antes de que consiguiera bajarme de la cama.
-Aunque conozco a una floja a la que no le haría ningún mal hacer algo durante el día –agregó.
No había que ser un genio para ver que se refería a mí.
-Alguna ventaja que tenga ser la menor –me defendí-. Porque el resto son puras desventajas.
Carlisle me dejó sobre la cama cubierta de plumas. Miró a su esposa, que asintió levemente y salió cerrando la puerta. Cuando nos quedamos solos, él hizo a un lado unas plumas con la mano y se sentó a mi lado.
-Daniela, te he dejado escoger qué hacer con tu tiempo por tres años. Pero últimamente pasas la mayor parte del día viendo telenovelas.
-¡Eso no es cierto! –Me defendí-. ¡También dibujo! Y hago otras cosas, con su esposa. ¡Pregúntele a ella si no me cree!
-¿Cuántas telenovelas estás siguiendo en este momento? –Me preguntó con calma.
-Un par… -Respondí, evasivamente.
-¿Estás segura de que no son cinco? –Me preguntó sonriendo un poco.
Conté rápidamente en mi mente.
-¿Cómo lo sabe? –Respondí, picada. Me molestaba mucho que él tuviera razón.
-¿Y de verdad te gusta pasar día tras días viendo telenovelas? –Me preguntó sin responder a mi pregunta.
-Sí –le aseguré-. ¿Y a usted qué le importa, por lo demás?
Carlisle me agarró una oreja y me tiró un poco el lóbulo. No fue fuerte, pero la amenaza estaba ahí.
-Ok, lo siento -le dije, intentando que no se notara lo asustada que me sentí de pronto-. Veo telenovelas porque me gusta escuchar gente hablando en español, aunque no sean chilenos.
Carlisle asintió una vez, y me soltó la oreja. No me dolía, pero me dejó en todo el cuerpo una sensación de tensión.
-Puedes escoger una y seguirla viendo -me dijo-. Pero no quiero que veas más televisión que eso. ¿Entendido?
-Sí –murmuré-. Lo que usted ordene, mi líder.
Carlisle suspiró y cerró los ojos unos segundos. De pronto me agarró, me sentó sobre sus piernas, y me abrazó brevemente. Luego volvió a abrir los ojos.
-Llevas tres años torturándote a ti misma –me dijo-. Pensé que si te dejaba encontrarías tú misma un equilibrio. Pero está claro que no sabes cómo. Y ya no te dejaré intentarlo sola.
-Me siento feliz cuando estoy viendo telenovelas –argumenté.
-No eres feliz, sólo te evades. De ahora en adelante mi esposa y yo te guiaremos. Harás lo que te ordenemos, y te puedo prometer que, aunque al principio nos odies, al final vas a sentirte mucho mejor.
-No soy su perrito. No quiero andar todo el día obedeciendo órdenes y moviéndoles la cola.
-No se trata de obedecer como un perrito, Daniela, sino de intentar vivir una vida lo más normal y equilibrada posible.
-Ok, lo que usted diga –le respondí en tono frío-. Déjeme la lista de lo que quiera que haga y terminemos con esto. Ambos sabemos que es imposible que yo gane.
Carlisle no me contestó, volvió a cerrar los ojos, y me comenzó a pasar la mano por la espalda. Pasó un minuto. Otro minuto.
-¿Me va a dar una lista escrita o me la va a decir antes de irse a trabajar? –Le pregunté al final.
-No soy tu enemigo, Daniela –me dijo.
-Lo sé –le respondí en forma práctica-. Es el líder del aquelarre, y como soy el único miembro improductivo piensa remediar eso. No quiere flojos en su grupo.
-Siento haberte llamado floja, perdóname por favor.
-No hay nada que perdonar. Es verdad que no hago nada –le respondí encogiéndome de hombros.
-No debí dejarte sola todos estos años. Es culpa mía que te encuentres en este estado.
-Pues yo preferiría que usted se fuera a su trabajo y nos dejara a mi estado y a mí en paz. Ya debe estar comenzando una de mis telenovelas y por su culpa me la estoy perdiendo.
-Eres imposible -me dijo serio, y me puso de pie frente a él-. Te castigaría aquí y ahora por tu falta de respeto, si no fuera porque yo mismo dejé que las cosas llegaran hasta este punto. Pero esto se acabó, Daniela. Si vuelves a faltarme el respeto te voy a pegar.
Admito que en ese momento sentí un mareo, como si me hubieran movido las tablas del piso bajo mis pies. Los murmullos de los otros en la casa me parecieron muy muy lejanos. No sé con qué cara lo miré, pero calmó su expresión al verme.
-No puedes ir a la escuela todavía, pero vas a estudiar con mi esposa todos los días. Vas a aprender inglés aunque no te guste, y leerás todo lo que te pida que leas, y escribirás todo lo que te pida que escribas, y harás todos los ejercicios que te indique, y te aprenderás todo lo que te ordene. Ni ella ni yo vamos a castigarte ni a premiarte en base a tus avances pero, si me entero de que no le obedeces, lo vas a lamentar. ¿Entendido Daniela?
No me sentí capaz de articular palabra, pero asentí. Debo confesar que me sentía aterrada en ese momento, y con ganas de estar a kilómetros de ahí.
-Respóndeme Daniela.
-Si Carlisle –murmuré. Y me puse a llorar. Como una maldita cobarde.
-No tengas miedo –me dijo, y me puso una mano en la mejilla-. Si esto no es el fin del mundo. Estoy haciendo esto por tu bien, para que logres ser feliz. Sólo necesito que admitas que no estabas intentándolo, y que nos dejes ayudarte. Sé que no te gusta leer, menos estudiar, pero necesitamos darle un poco de orden y sentido a tu vida.
-No tiene sentido que estudie –le dije, sin conseguir dejar de tiritar-. Nunca voy a llegar a una edad en la que pueda trabajar, o seguir una carrera. Y nunca me gustó el colegio de todas formas, estaba contenta de al menos haberme librado de eso. ¡Pero ahora ni eso me dejas!
-Confía en mí, Daniela. Esto será lo mejor, aunque ahora no logres verlo. Y volveremos a concentrarnos en tu control frente a los humanos. Te he dejado a tu suerte por demasiado tiempo, y ya es tiempo de que te adaptes. Y, si todo sale bien, tal vez cuando nos mudemos hasta seas capaz de ir a la escuela con los demás.
-No quiero ir –murmuré-. Por favor Carlisle. Odié el colegio toda mi vida humana, pero al menos sabía que en unos años se acabaría. No me tortures por el resto de mi existencia.
Carlisle pareció dudar. Se puso de pie junto a mí y me abrazó.
-Confío en que, cuando vuelvas a estar lista, te guste un poco más. Por tu edad es lo que deberías estar haciendo. Ha sido cruel de mi parte mantenerte encerrada en casa por tres años con tu madre.
-Esme no es m…
-Lo sé, tesoro –me interrumpió, y me dio unas palmaditas en la cabeza-. Y yo no soy tu padre. Ambos lo sabemos. Pero, te guste o no, cumplimos ese rol en esta familia. E intentaremos hacer las cosas correctamente de ahora en adelante, en lo que se refiere a ti.
-¿Es un castigo por haberme escapado ayer? –Le pregunté.
-No, claro que no –aseguró-. Pero el hecho de que todavía quisieras escapar me obligó a dejar de hacer la vista gorda. Es evidente que has estado todo este tiempo sin encontrarle sentido a tu nueva vida, y asumo mi error al permitirlo. Pero ya no volveré a dejarte sola.
-¿Dejarás de trabajar? –Le pregunté asombrada.
Hizo una mueca.
-Sólo si no consigues auto-controlarte e intentas escapar o contactar a tu familia. Pero confío en que lo conseguirás, y en que no tendremos que llegar a esos extremos.
¿Extremos? Me separé de su abrazo.
-Tú sólo inténtalo de verdad –insistió-. Quédate cerca de Esme si crees que puedes caer en la tentación. No volveré a restringir tus movimientos. Pero te pido que en serio, realmente en serio, lo intentes. Y también te pido que no nos vuelvas a faltar el respeto, incluyendo no decir palabrotas, y que confíes en nosotros que lo que estamos haciendo es para que seas feliz.
-Te obedeceré en todo, porque no me queda otra Carlisle –le aseguré-. Espero que tengas razón. Me gusta poder moverme con libertad, y eso te lo agradezco. Pero te odiaré por el resto de mi existencia por obligarme a ser una estudiante, sabiendo cuánto me desagrada.
Carlisle pareció triste.
-Bueno, espero que en la medida que te vayas sintiendo mejor también comiences a odiarme menos.
-.-
Cuando desaparecieron el jeep con los tres escolares y el todoterreno con Jasper y Carlisle, me quedé con una sensación de miedo y vértigo en el estómago. Por casi un minuto fui incapaz de despegarme de la ventana de mi cuarto, ni de despegar la vista del camino.
Sentí los pasos de Esme subir desde el primer piso, acercarse por el pasillo a mi cuarto, y dudar unos segundos frente a mi puerta. Sabía que desde ese día en adelante las cosas no serían lo mismo, y estaba aterrada. Recordé cuando recién me había despertado en la casa del bosque, en el sur, y el temor que sentí esos primeros días. Desde entonces mi vida con los vampiros había sido más o menos una rutina conocida, incluso luego de venirnos a Canadá. Y me daba miedo que esa rutina cambiara.
Esme finalmente se decidió y entró a mi cuarto. Se acercó a mí casi sin hacer ruido. No me volví a mirarla, pero sentí su mano en mi hombro. No me atreví a girarme. No quería que se diera cuenta de lo asustada que estaba.
Después de unos segundos avanzó, se paró frente a mí, y se agachó.
-¿Estás bien? –Me preguntó. Parecía genuinamente preocupada, y no logré odiarla a pesar de que me lo había propuesto cuando Carlisle salió de mi cuarto tras leer su sentencia.
Negué con la cabeza.
-¿Tienes pena? –Preguntó.
Le hice un signo de más o menos con la mano.
-¿Miedo? –Preguntó insegura.
Le iba a hacer un signo de más o menos otra vez, pero me puse a tiritar. La triste verdad era que hace mucho que no sentía el tipo de miedo que estaba sintiendo, concretamente desde los primeros días de mi cautiverio. Había sentido miedo al fuego, junto al jeep, miedo al rechazo, cuando había metido las patas, miedo al castigo, cuando había sacado de sus casillas a Carlisle. Pero el terror que sentía en ese momento era diferente. Algo había cambiado, y le tenía miedo al futuro.
A pesar de que ya no tenía el bloque, por lo que ya no era necesario, Esme me tomó en brazos. Me cargó hasta el primer piso, hasta la biblioteca, y se acercó a una estantería. Agarró un libro, y me llevó al comedor. Ahí me dejó en el suelo.
-No necesitas tener miedo –me dijo-. Sólo vamos a leer un rato. ¿Te parece?
-¿Tengo elección? –Le pregunté evitando su mirada.
-Confía en mí –me dijo sin responder-. Siéntate.
Nos sentamos, y me mostró el libro. Era de cuentos. Y estaba en castellano.
-Vamos a leer por turnos, para relajarnos –me dijo-. Una página tú, una página yo. ¿De acuerdo?
Me encogí de hombros.
-Ok, partiré yo –respondió sonriendo. Abrió el libro con su mano izquierda y con la otra me tomó una mano. Y comenzó a leer.
No resultó tan desagradable. Esme tenía una voz dulce, agradable, como la de todos los vampiros en realidad. Cuando se detuvo, deseé que hubiera continuado leyendo ella. Dio vuelta la página hábilmente con su única mano libre y acercó el libro a mi mano derecha.
-Sigue tú –me dijo-. Retoma en la frase que yo no terminé.
No me soltó la mano izquierda, la que me tenía tomada, y me la apretó para darme ánimos. Le hice caso. Resultó más agradable leer con ella sola en la casa que cuando Carlisle me obligaba y estaban los otros cerca.
Cuando terminé mi página me sentí un poco más tranquila, y empujé el libro hacia ella. Lo tomó hábilmente y continuó leyendo. Y seguimos así, hasta que se terminó el primer cuento. Me apretó la mano, que seguía sin soltarme.
-¿Otro? –Me preguntó con una sonrisa.
-¿Qué pasa si digo que no? –Le pregunté, aunque sonriendo para que viera que no buscaba ser pesada con ella.
-No pasa nada, sólo dejaremos este libro de vuelta en su estantería, tomaremos otro que tengo listo para ti, y comenzaremos por fin a aprender inglés –me dijo sonriendo.
-Entonces escojo leer otro cuento –le respondí con más seguridad.
-Está bien, leeremos un segundo cuento –me respondió-. Pero después de ese, de todas maneras, comenzaremos a trabajar en forma más seria.
Le puse mala cara. No pude evitarlo. Me sonrió algo triste, me soltó la mano, y volvió a abrir el libro de cuentos en el segundo cuento.
-Toma, tu turno para comenzar –me dijo.
Comencé a leer, y no me volvió a tomar la mano. Nos fuimos pasando el libro, pero no fue tan relajante como el primero, ahora que sabía lo que venía después. Cuando terminó ella la última página, sentí algo desagradable en la guata.
-¿Otro? –Le pregunté, riendo en forma un poco nerviosa.
-Mañana si quieres –me dijo.
Se puso de pie, agarró el libro de cuentos y caminó hacia la puerta. No me pidió que la siguiera, pero cuando sentí que atravesaba el vestíbulo me sentí ridícula y me fui tras ella.
De un cajoncito de un mueble de la biblioteca sacó un libro de esos para aprender inglés. Tenía muchos monitos en la tapa. No era el que me habían regalado cuando cumplí 15, ya que ese yo misma lo había roto, página por página, en Chile. Carlisle y Esme no me habían retado por eso. De hecho, se habían hecho los tontos. Me sentí un poco mal al recordarlo.
En el mismo cajoncito había un cuaderno en blanco, un lápiz mina, una goma, y un diccionario pequeño.
-Tenías todo listo, ¿no? –Le pregunté resignada.
-Fueron algunas de las primeras cosas que compré cuando llegamos aquí –admitió.
-¿Tienes esto aquí hace dos años? -Le pregunté sorprendida.
Asintió.
-¿Sólo por si yo decía que bueno?
-Sí –admitió.
-Ok, admiro tu paciencia Esme… –Le dije riendo-. Y pensar que si no hubiera habido un accidente en la carretera ayer, yo podría estar ahora feliz viendo mis telenovelas.
Esme soltó una carcajada.
-Bendito coche –dijo contenta-. Sólo necesitó chocar contra un pino. Ni siquiera hubo heridos. Al final llamaron una grúa ellos mismos.
-Arrancaré ese árbol a patadas –Le dije.
-Y yo tomaré cada una de sus piñas y las plantaré, para asegurar su descendencia, como muestra de gratitud –aseguró ella, aunque en tono de broma.
Nos quedamos calladas unos segundos. Esme, aún sonriendo, agarró el contenido del cajón y salió de la biblioteca. Pensé un momento en hacerme la difícil y no seguirla, pero al final sabía que vendría a buscarme. Y no encontré en mí la energía ni las ganas de seguir luchando contra ella. Se había comportado de forma bastante decente. La oí entrando al comedor y fui hacia allá.
Cuando entré estaba sonriendo, seguramente contenta de que yo no estuviera atornillando al revés.
-.-
