Buno primero queria decirles que gracias a sus coments y que pues se que no me tomo la

delicadeza de responderlos cada uno pero la verdad es que estoy muy ocupada si los leo

y me gustan mucho

Un nuevo capi!

con cariño

Nessa


Capítulo 8

Bella no leyó los periódicos hasta después de llevar a Sam al colegio al día siguiente. Se había quedado dormida y recordó ponerse su anillo de compromiso tras vestirse con otro modelito nuevo de ropa.

Despertó a su hijo y bajó a la cocina a preparar café… con un enorme diamante brillando en su dedo como una estrella. Se preguntó si alguien se percataría de él en el colegio. Hacía tiempo, en el centro escolar, las ricas madres que iban a dejar a sus hijos la habían evaluado y le habían dejado claro cuál había sido su estatus… y aquélla era la razón por la que ella se relacionaba mayormente con las niñeras.

Trató por todos los medios de no reaccionar cuando Edward entró en la cocina, saludando con una mano mientras que con la otra estaba teniendo una conversación telefónica en francés por su teléfono móvil. Pero no era fácil. Se preguntó si lo que había ocurrido en la limusina lo había dejado a él tan preocupado como a ella, que no había sido capaz de dormir durante la mayor parte de la noche.

—Está hablando con un banco de París —tradujo Sam mientras se servía miel sobre sus gachas—. Y está muy enfadado.

¡Bella pensó que no se necesitaba la destreza que tenía su hijo con los idiomas para adivinarlo!

Pero, en realidad, Edward podía haber estado cantando en suahili ya que ella no le estaba prestando atención. Estaba demasiado ocupada tratando de no comérselo con los ojos.

Iba vestido con un traje, pero ni siquiera el diseño formal de aquella ropa era capaz de ocultar la sexualidad y masculinidad que irradiaba aquel hombre. Tenía su negro pelo levemente alborotado y era la viva imagen de la vitalidad.

Bella levantó la cafetera de la manera en que siempre hacía, y él asintió con la cabeza enérgicamente… de la manera en que siempre hacía. Pero ella no sabía si había imaginado ver que él había esbozado una leve mueca y que había fruncido levemente el ceño. E incluso, si era sólo su imaginación, fue suficiente para turbarla. Fue muy consciente de que le temblaba la mano, y derramó un poco de café en el platillo.

Edward levantó las cejas durante un momento al colgar el teléfono, negando con la cabeza al ofrecerle ella tostadas.

No, grazie —murmuró—. Extrañamente, esta mañana no tengo mucho apetito. ¡Bella… has derramado el café! Parece que estás nerviosa… ¿te preocupa algo?

Ella quiso gritar que sí. ¡Que lo que le preocupaba era él! Pero claro, no podía hacerlo ya que Sam estaba sentado delante.

Y entonces, enfureciéndola, ambos comenzaron a hablar en italiano, haciéndola sentirse completamente superflua.

—¿Te queda poco, Sam? —preguntó educadamente al correr el tiempo—. ¿Sí? Entonces ve al cuarto de baño a lavarte los dientes y luego nos vamos.

—Sí, mamá.

Sam se levantó, sonrió a Edward, y salió corriendo de la cocina. Bella tomó una manzana del cuenco donde tenían la fruta y se dirigió a seguirlo.

—Oh, ¿Bella?

—¿Sí? —contestó ella, forzándose a parecer tranquila.

—Has salido en los periódicos. O debería decir que nosotroshemos salido en los periódicos.

Bella se quedó mirándolo con el corazón revolucionado.

—¿Los has visto?

—Sabes que no me molesto en leer los tabloides —contestó él, emitiendo una risita.

—¿Entonces cómo lo sabes?

—Emmett me telefoneó a primera hora. Parece que está contento con los resultados —dijo él, sin revelar nada de su propia opinión—. Puedes comprar los periódicos cuando vuelvas del colegio… si te interesan.

—¡Claro que me interesan! —exclamó ella, dándose la vuelta y percatándose de las ojeras que tenía él—. ¿No te intriga ni siquiera un poco lo que dicen?

—Lo que digan es absolutamente irrelevante… introducir el artículo en el periódico era el principal propósito de todo esto, ¿recuerdas?

Bella se preguntó si él había dicho aquello para ponerla en su sitio, para recordarle que quizá habían compartido besos y abrazos íntimos, pero que ella seguía siendo la mujer que le servía el café y le ofrecía una tostada.

—Claro que lo recuerdo —dijo.

Se quedaron mirando el uno al otro por encima de la mesa de la cocina. Ella se sentía diferente; seguía vacilando entre poner el mayor espacio posible entre ambos o correr hacia él y echarse en sus brazos para que la abrazara estrechamente y para que volviera a besarla de aquella manera tan dulce… Él le había hecho sentirse como una mujer, una criatura de carne y hueso con unos deseos que había estado escondiendo durante tanto tiempo que casi se había olvidado de ellos.

Se dio la vuelta antes de que él viera que se había ruborizado y adivinara la causa.

—Oh… y una cosa más, Bella.

—¿Sí? —dijo ella, apartando su erótica memoria de la mente.

—Me han invitado a una fiesta en la embajada italiana el miércoles. Tú, desde luego, me acompañarás.

—Desde luego.

—Y, el próximo fin de semana, tengo una reunión de negocios que terminará siendo social. ¿Tienes tu pasaporte en regla?

—¿Por qué? —preguntó Bella, dándose la vuelta para mirarlo.

—Porque, cara mia, la reunión probablemente será en el extranjero.

—Bueno, pues yo no podré acompañarte —dijo ella, agitando la cabeza.

—¿Oh? —dijo él, frunciendo el ceño—. ¿Por qué no?

—Por Sam desde luego.

—¿Exactamente por qué con respecto a Sam, mia bella?

—¡No puedo dejarlo solo durante todo un fin de semana para irme al extranjero.Sólo le he dejado con una niñera una noche. Lo sabes.

—Sí, lo sé —dijo él, mirándola profundamente a los ojos—. Y quizá es algo en lo que debas pensar.

—Parece que eso fuese una crítica —dijo ella con voz temblorosa. Sabía que podía soportar lo que fuera me nos eso.

De una manera, su vida estaba centrada en las necesidades de Sam… y cualquier desaprobación de ello ponía en entredicho toda su existencia.

—No pretendía que fuera así —dijo él—. Pero quizá os beneficiara a los dos tomaros un descanso el uno del otro.

—¿Estás diciendo que tenemos una relación claustrofóbica? —exigió saber.

—Veo que he tocado un asunto peliagudo —dijo él mordazmente.

—Quizá tú no seas capaz de soportar que las necesidades de otra persona se antepongan a tusdeseos.

Edward casi se rió ante aquello. Casi. Pero se dio cuenta de que aquello no les llevaba a ninguna parte. Había una razón por la cual ambos estaban tan irritados… y era la misma razón por la cual no había podido dormir la noche anterior. Era la necesidad que sentían sus hambrientos cuerpos, que estaban exigiendo ser alimentados… y así sería.

—No tiene sentido discutir sobre esto ya que necesitaré que estés conmigo —sentenció él lacónicamente—. Habla con la madre de algún amigo de Sam para que pase en su casa el fin de semana… será divertido para él, y a ti te vendrá bien descansar un poco. ¿Qué te parece Embry? Se llevan bien, ¿verdad?

Bella asintió con la cabeza. No se había percatado de que Edward se había dado cuenta… pero, como de costumbre, él tenía razón. A Sam le encantaba Embry. Y ella estaba segura de que a los padres del niño francés les agradaría mucho tener a su hijo en casa un par de noches.

Mientras se metía la manzana en el bolso, pensó que pasar un fin de semana fuera, con gente que no conocía y en compañía del hombre con el que estaba fingiendo un compromiso, creaba muchos más problemas.

—¿Se supondrá que tenemos que compartir habitación? —preguntó.

—Oh, Bella… ¡vamos! —se quejó él—. ¿Tú qué crees? A no ser que vayan a celebrar «el fin de semana de regreso a la castidad», las parejas normales practicansexo y compartenhabitaciones —dijo, sintiendo cómo el impacto del deseo se apoderaba de su cuerpo—. Y no te quedes tan impresionada, cara. ¡Tú y yo estuvimos a punto de practicar sexo en la limusina ayer por la noche!

Bella se quedó mirándolo con el corazón revolucionado.

—¿Cómo te atreves a decir algo así? —dijo entre dientes.

Edward levantó las cejas, reflejando una sorpresa burlona… se estaba divirtiendo mucho con todo aquello. Pensó que quién iba a haber sabido que ella guardaba un apasionamiento tan grande bajo su apariencia de ser poquita cosa.

—Baja la voz… ¿o es que no te importa que Sam te oiga reprendiéndome?

La miró a los ojos y vio lo indignada que estaba. Entonces la miró las mejillas, que estaban ruborizadas, y bajó la mirada a sus pechos… donde pudo ver a través de la ropa lo endurecidos que tenía los pezones.

—¡Me voy a llevar a Sam al colegio! —dijo ella, agarrando su bolso.

—¿Te estás escapando? —se burló él.

—¡Me voy para recuperar la cordura! —contestó ella.

—Bueno, asegúrate de tener el fin de semana libre —dijo él dulcemente.

Aquello pareció más como un ultimátum que como una petición, y la manera en que la miró al decirlo provocó que a ella se le pusiera toda la piel de gallina.

Mientras iban andando por la calle hacia el colegio y buscaban castañas, Bella trató de concentrarse en la conversación que estaba manteniendo con Sam, pero en todo en lo que podía pensar era en Edward. La situación no mejoró cuando, al acercarse al centro escolar, sintió cómo la gente se daba la vuelta para mirarla.

Normalmente se sentía invisible, pero no había ninguna duda de que su cambio de imagen la había convertido en una mujer mucho más aceptable… pero lo que la gente estaba mirando era el anillo. Se recordó a sí misma que había sido por eso que lo había comprado Edward y sintió algo irrazonablemente parecido a la decepción.

Se despidió de su hijo dándole un beso y observó cómo su pequeño corría por el patio. Entonces vio cómo se acercaba a ella una de las madres con la determinación reflejada en la cara. Era una mujer que no se había dignado a mirarla con anterioridad… una mujer que obviamente era muy buena amiga de su cirujano plástico.

—Hola… eres Bella, ¿verdad?

Ella asintió con la cabeza.

—Hola. Sí, eso es. Me temo que no conozco su…

Pero la mujer no estaba de humor para presentaciones.

—Alguien ha dicho que Edward Cullen y tú estáis… —dijo la mujer con incredulidad, dejando de hablar al ver el anillo del dedo de Bella. Le agarró la mano como si tuviera todo el derecho—. ¡Así que es verdad!

El tono hostil y la incredulidad que reflejaba la voz de aquella mujer hicieron que mentirle fuese mucho más fácil. Bella se recordó que estaba haciendo aquello por Alice.

—Sí, es cierto —concedió en tono agradable—. ¡Todo ha sido como un torbellino!

—Pero…

—¿Sí? —preguntó Bella.

—¿Pero tú no eres su ama de llaves!

—En realidad prefiero referirme a mí como su prometida—dijo con un brillo semejante al del triunfo reflejado en los ojos.

Pero, mientras se marchaba de allí a toda prisa, se dijo a sí misma que eso no era lo que debería estar sintiendo. No tenía nada de lo que sentirse triunfal ya que nada de aquello era real. Ella simplemente estaba jugando un juego y tenía que recordar que no debía creerse el cuento de hadas.

El pequeño quiosco estaba al lado de la calle principal… era una tienda tan anticuada que Bella se preguntaba cuánto tiempo lograría sobrevivir en competición con los grandes supermercados que estaban acabando con el pequeño comercio.

En las estanterías de la tienda había jarras llenas de caramelos de colores y había muchas chocolatinas con forma de calabaza en el mostrador… se estaba acercando Halloween.

—Se está poniendo borrascoso —dijo el anciano dueño del local—. Pronto será invierno.

—Oh, ¡no digas eso! —protestó Bella.

Compró sellos y dos periódicos, pero no los abrió hasta casi llegar a la casa. Pero una burlona voz dentro de ella le dijo que en realidad no era su preguntó si había sido «el compromiso» lo que le había hecho comenzar a pensar de aquella manera. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal al percatarse de que lo que había accedido a hacer había cambiado todo.

Nada iba a volver a ser como antes.

Ojeó el periódico y vio la fotografía… había sido tomada cuando habían llegado a la cena benéfica.

Edward la había tomado por el hombro y había acercado la cabeza a la de ella, preguntándole si estaba bien. En una sociedad donde se practicaba sexo con facilidad, había sido la imagen de la preocupación de él lo que había convencido a la gente de que Edward Cullen por fin se había enamorado de alguien.

Decían que la cámara nunca miente, pero no era tan simple como eso. La imagen que había captado aquella cámara mostraba el único sentimiento verdadero que se había dado durante toda la noche; Edward se había preocupado sinceramente por ella, y eso había sido lo que había convencido a los periodistas de que aquella relación era verdadera.

A Bella le temblaron los dedos al leer el artículo.

Tras haber estado relacionado con algunas de las más ricas y bellas herederas de Europa, el multimillonario y casanova italiano Edward Cullen, ha dejado a todo el mundo impresionado al haberse comprometido con su ama de llaves, Bella Swan. La señorita Swan, de veinticinco años, que es madre soltera, ha sido fotografiada con su anillo de compromiso… un enorme solitario… en una cena benéfica ayer por la noche. Si los diamantes son los mejores amigos de una chica, ¡entonces la afortunada Bella tiene un colega sin comparación!

Bella pensó que era muy extraño leer sobre sí misma en tercera persona… pero más extraño aún era ver su fotografía en un periódico de ámbito nacional. No parecía ella. Parecía una extraña con mucho dinero.

Pero si examinaba la fotografía con detenimiento, podía reconocer su expresión al haberle asegurado a Edward que estaba bien. Se preguntó si alguien más notaría la dulce adoración que reflejaban sus ojos al mirar a su jefe, o si éste iría a descubrir sus sentimientos si examinaba la fotografía con detenimiento. Quizá simplemente pensaría que ella era una muy buena actriz…

Anduvo despacio el poco camino que le quedaba hasta llegar a la casa, pensando en lo que había dicho Edward sobre que no pudiera separarse de su hijo. Había implicado que era más una debilidad que una virtud y, por primera vez, ella se preguntó si utilizaba a Sam como excusa para no salir y vivir una vida plena. También se preguntó si su hijo sería uno de esos niños condenados a vivir atados a su madre. Pensó que no le gustaría convertirse en una de esas madres a las que les molestaba que sus hijos crecieran y que se marcharan de casa.

Impulsada por aquello, telefoneó a los padres de Embry y les preguntó si Sam podría quedarse con ellos durante el fin de semana. Éstos estuvieron encantados.

Mais, oui… bien sur! —dijo la madre de Embry, riéndose—. Deseas tener un poco de tiempo a solas con tu futuro marido, oui?

Aquello afectó la conciencia de Bella… pero entonces recordó la pálida cara de Alice.

—¿Si no os molesta? —dijo.

—Claro que no nos molesta. Id y pasadlo estupendamente —susurró Madame Bertrand.

Bella no quería ni pensar en ello y, en vez de eso, comenzó a arreglar la despensa. Le relajaba mucho poner orden cuando todo estaba muy desordenado y. además, le servía de distracción.

Se sintió incómoda con el anillo al meter la mano en un cubo de agua con jabón, así que se puso un par de guantes de goma y sonrió. ¡Si los periodistas del Daily View la vieran en aquel momento… lo distinta que estaba a como había salido retratada en la fotografía que aparecía en la página numero cinco de su edición de aquel día! Pero tenía que hacer aquello. Se recordó a sí misma que aquélla era su realidad.

Tenía que asumir que una vez acabara toda aquella farsa tendría que volver a su existencia normal, en la cual no la llevarían en caros coches a cenas benéficas ni la besarían italianos de ojos verdes que le podían hacer sentir que estaba en el cielo al abrazarla.

El teléfono sonó, y ella se quitó los guantes para ir a contestar.

—¿Bella?

Aquella voz profunda y con acento le alteró los sentidos.

—¿Sí, Edward?

—Cuando fuiste de compras recientemente, ¿no comprarías por casualidad un traje de baño?

—¿Tra… traje de baño? —dijo Bella, cerrando los ojos al recordar el diminuto bikini que la asesora de imagen le había dicho sería un pecado no comprar.

También había comprado un bañador en color verde que le hacía parecer tener tantas curvas como una serpiente.

—Es una pregunta muy simple —dijo él impacientemente—. ¡Y estoy a punto de entrar a una reunión! ¿Sí o no?

—Sí compré trajes de baño —dijo ella, tragando saliva—. ¿Por qué?

Edward esbozó una sonrisa de satisfacción al otro lado de la línea.

—Entonces será mejor que los metas en la maleta. ¿Recuerdas que te dije que tuvieras el próximo fin de semana libre? —dijo él, haciendo una pausa—. Vamos a ir a Marrakech, cara.