Los personajes no me pertenecen.


Secreto

-Zuko-

Sabía que Mai sospechaba algo, era difícil que a ella se le escapara algo, mis atenciones sobre ella disminuyeron a ser casi nada, aunque mi amor siguiera vivo, las noches que pasaba junto a ella un muro nos separaba. No podría despistarla lo suficiente, pero por un golpe de suerte, llegó un telegrama urgente de parte de su madre, su querido padre que había sido acusado de diversos crímenes y se encontraba en prisión domiciliaria, había caído gravemente enfermo y solicitaban su presencia de manera urgente.

- ¿No puedes ir conmigo? -preguntó por última vez, mientras la acompañaba al coche que la llevaría sin demora. Ella no quería irse, no ahora que recelaba de mi fidelidad. -Sé que mamá te culpa, pero serías gran apoyo para mí y Tom-Tom.

-No creo que sea lo adecuado Mai -la miré, secretamente aliviado que ella me hubiera dado una salida inconscientemente. -Tu madre no lo soportaría y no quiero causar más problemas.

-Te mandaré noticias si algo ocurre -dejó un beso dulce en mis labios, antes de subir al carro. Miré el camino hasta que desapareció de mi vista. La culpa y el entusiasmo de lo que significaba su marcha bullían a partes iguales dentro de mí, la posibilidad de estar completamente a solas con Katara abría mi apetito.

Y es que la sensación de estar dentro de ella era indescriptible. Sinceramente no sé que es lo que la hace tan apetitosa. Estos últimos días hemos estado dentro de una vorágine de placer sin igual. Que sea tan receptiva y no dude en hacer lo que desea hace que la sangre de mis venas arda.

Supongo que ella es tan diferente a la callada y seria de Mai que no hay punto de comparación. Donde Katara es morena, Mai es blanca, donde ella se enciende, Mai se enfría. He encontrado una satisfacción que puede que nos costee un precio muy alto a ambos.

No solo por nuestras parejas, si no también a los ojos del resto del mundo. Los daños después de la guerra y las deudas que hay que pagar hacen el camino muy difícil, y si se llega a filtrar esto, podría tener consecuencias muy malas. Entrando al despacho, decidí que sería hora de tomar medidas un poco drásticas, si lo que quería que todo quedara en absoluta discreción.

-Alteza – Se inclinó ante mí Sai, el jefe de personal del palacio - ¿Me llamaba?

-Adelante -Le indique con una seña a que tomara asiento - Quiero que me escuches atentamente, si algo de esto, por boca de cualquiera del servicio llegara a salir, serán condenados inmediatamente a prisión.

- Mi señor- interrogante, me miraba con los ojos abiertos como platos. Era raro para mí que llegara a pronunciar algo así a mi jefe de personal.

- Hay un cierto asunto personal entre una persona importante para el Avatar y yo y bajo ninguna circunstancia quiero que esto llegue a oídos de mi prometida o a Aang – dije, mortalmente serio, listo para cualquier vacilación en los ojos de Sai. Lamentablemente, con estos nuevos tiempos, siempre había alguien dispuesto a todo por verme débil en mi posición. Aunque la gente se alegrara del fin de una guerra larga y dolorosa, las secuelas que había dejado eran grandes y muy profundas en todo el mundo.

- S-señor – Sai tragó saliva audiblemente. Lo que le estaba contando era muy peligroso y yo lo sabía. Cualquier error y sería el fin. Claramente Katara me había hechizado, porque no tenía ganas de ponerle terminar esto, no cuando deseaba su piel sedosa bajo la mía con tanta desesperación, por eso debía tomar las precauciones necesarias. -Tenga la absoluta confianza que nadie bajo mi mando traicionara al Señor del Fuego.

- Eso espero. Que nadie entre en la sala este a partir de ahora.

.

.

.

Sus ojos azules como el cielo brillaron pícaros, la travesura en sus facciones mientras besaba mi pecho y bajaba lentamente hacia el sur. Los músculos se me pusieron en tensión, anticipando el siguiente movimiento de Katara. Sus delicadas como poderosas manos acariciaban mis costados, parecían plumas contra mi piel. Una ráfaga de placer subió por mi columna cuando su aliento sopló sobre mi miembro.

-Oh, espiritus -silbé entre dientes, su húmeda boca me había tomado, el placer de sentir su lengua contra mi piel más sensible hacía que mis ojos se pusieran en blanco. No podría contenerme mucho tiempo con la dulce tortura que Katara me proporcionaba.

Criatura demoniaca, paro lo que realizaba para continuar con otro tipo de tortura, subiéndose en mi cuerpo sudoroso.

-¿Te gusta? – los labios rojos y brillantes dejaban ver un sensual sonrisa, digna de cualquier consumada seductora, sabía lo que provocaba en mí. Incitadora, se dejaba caer centímetro a centímetro, deteniéndose antes de seguir, su largo cabello acariciaba mis muslos, añadiendo escalofríos cada que se movía.

- Ahora -incapaz de seguir así, la tome de las caderas, aliviando mi sufrimiento.

-Oh, no cariño -hechicera, tomo mis manos y me obligó a no tocarla, se movía a su ritmo, disfrutando el roce entre nosotros, la humedad entre los dos aumentaba según ella llegaba a la cúspide. Su humedad me volvía loco, dulce néctar sagrado.

Ahora comprendía por qué Aang era tan celoso, Katara era un manjar debajo de todas esas ropas recatadas. Quizá ella fuera agua, pero dentro de sí había una diosa de fuego, deliciosa criatura. Sálvenme los cielos si el Avatar alguna vez se enterara de esto. La ira que se desataría sobre mí no tendría igual.

La liberación me tomó por sorpresa, aún con Katara moviéndose lento, sus pesados pechos siguiéndola, los pezones tentadores erectos. Era toda una visión para mis ojos.

Los restos de nuestra pasión fueron menguando, una vez satisfechos solo quedaba el ambiente pesado oliendo a nosotros. Nunca en estos días habíamos dormido juntos, no nos parecía lo correcto, aún después de pasar horas perdidos en nuestros cuerpos. Teníamos claro que esta conexión física y la lujuria avasallante no trascendía a sentimientos románticos, éramos solo dos animales en celo, alcanzando algo que era prohibido.

.

.

.

Había algo inquietante en todo esto. Después del corto telegrama de Aang, no habíamos tenido noticias suyas, era raro que no le mandara siquiera una carta a Katara, generalmente recibía una o dos.

Necesitaba un descanso. La papelería en mi escritorio no parecía disminuir y el tiempo había sido amable hoy, raro en mí, pero no quería desperdiciar un paseo este día. Los jardines estaban tranquilos y el cielo era de un azul brillante, sin ninguna nube. El árbol junto al lago era mi lugar favorito para estar, el graznido de los patos me llevaba a la época cuando mi madre aún estaba con nosotros.

- ¡Zuko! -no lo esperaba. Mis entrañas se retorcieron de culpa al ver la sincera sonrisa con la que se acercaba a mí. - ¡Qué bueno es estar de vuelta!


Me esta costando un poco reconectar con todo esto y volver a meterme en la piel de los personajes. Disculpen si mi prosa ha disminuido en calidad.

¿Qué opinan?