Él, sin ninguna gana de seguir perdiendo el tiempo, empezó a tirar de los cordones del vestido mientras su boca prendía la de ella en un beso voraz, posesivo, que dejaba sin ninguna duda cuales eran sus intenciones.
Ella, debatiéndose interiormente con lo que le decía su cabeza, que era alejarse todo lo rápido que le dieran las piernas de ese lugar, y lo que le decía su cuerpo, (y sobre todo sus piernas, que se negaban a moverse del sitio, como si hubiese echado raíces en ese suelo de mármol) que temblaba de placer ante las manos de ese hombre, no sabía que hacer, y por consiguiente, cuando quiso darse cuenta su vestido había caído al suelo.
Trató de tapar su desnudez con todo el pudor y la dignidad que aún le quedaban, dispuesta a no ponérselo fácil.
Con lentitud, él cogió ambas muñecas de su joven victima, y las retiró para recrearse con su juventud y esbelta belleza. Aún con sus muñecas cogidas firmemente, las llevó a su pecho semidesnudo, dejando que ella acariciase la suave y dura piel de su pecho. Poco después, dejó de manejar las manos de Rodmilla, y ella sola las metió por dentro de su camisa, para hacerla resbalar por sus hombros anchos y fuertes. Dejó que explorase todo cuanto quisiera, después le tocaría hacerlo a él.
"Que hombros tan anchos, que pecho tan grande…. ¡Y que abdominales!" Rodmilla ya no contenía su curiosidad. Aquel hombre imponente había decidido enseñarla a explorar su feminidad esa misma tarde, y ella deseaba explorarle a él.
Cuando sus ojos bajaron donde sus propias e inocentes manos habían ido por instinto, los abrió desmesuradamente por la sorpresa. Sintió que se le secaban la boca y la garganta y pensó que era un milagro que sus piernas aún la sostuviesen.
- Ja- Jared… -tartamudeó y nerviosa y pronto se quedó sin palabras.
Él la hizo callar con un beso. Era su turno de explorarla.
