C. A.

Capitulo 7

"Una batalla Inesperada"

Le costó algo de trabajo continuar andando al ritmo que había seguido antes. No sentía sus pies firmes sobre la tierra ni podía razonar correctamente. Shipo parecía charlar con ella, pero sus palabras carecían de significado y no las entendía, pues su voz no alcanzaba a llegar a ella de lo lejana que visualizaba la realidad. Mientras tanto, en su interior, aquel vago sentimiento le producía un escozor incomodo que la recorría de pies a cabeza como un escalofrío, pero no se decidía a descubrir que era lo que lo causaba; quizás por un temor interno que le impedía la capacidad de permitirse darle la cara a la razón de aquel sentimiento, ó quizá era simplemente que no quería profundizar en aquello que no consideraba agradable, pero ¿Por qué aquello le incomodaba tanto? Sango tuvo que soportar esas sensaciones tan irritantes durante un largo tramo de camino, lo cual no le resultó nada fácil pues tenía que tratar de ignorar todo lo que pasaba por su mente y todo lo que sentía. Para colmo de males sabía que no podía demostrar lo que le pasaba por la cabeza así que tuvo que forzarse a disimular un estado de ánimo totalmente diferente al real.

-¡Oye, Sango; despierta! –demandaba el pequeño Shipo saltando frente a ella- No me estabas escuchando¿verdad?

- ¿Eh...? Lo siento, Shipo… ¿Qué me decías?

-Te hablaba sobre las mariposas ¡Mira, allí hay muchas! –dijo Shipo entusiasmado señalando las flores donde se posaban varias mariposas.

Sango observó una especialmente bonita, el hermoso insecto alado revoloteaba frente a ellos. La ligereza de su vuelo le hizo pensar en la debilidad de su corazón y con aquella facilidad volvió a olvidar la conversación del pequeño zorrito, cuya risa infantil escuchaba distorsionada por lo extraña que le resultaba la realidad.

Se encontraba sonriéndole hipócritamente a Shipo cuando se percató de lo triste de su situación… Estaba allí, fingiendo una alegría que no sentía por el vano deseo de ocultar un sentimiento que la avergonzaba, un sentimiento que reconocía perfectamente pero que se presentaba de forma distinta a como lo conocía… Los celos.

"No es posible… Esto no puede estar nada bien. Y-yo… yo no tengo por que sentirme así, yo no tengo ningún derecho… Dios mío… Debo estar volviéndome una completa demente"

Sango estaba horrorizada, totalmente asustada. No se podía permitir darle la cara a la razón de aquel sentimiento. Se trataba de convencer de que no había ninguna razón en realidad para sentirse de esa forma; pero al final, se sorprendió al entender aquello que le oprimía el pecho.

Desde que podía recordar, los celos siempre se le habían presentado frenéticamente, con rabia y furia, repletos de todo aquello que detestaba e impregnados con aquel dulce perfume de la posesión; pero en esta ocasión era completamente diferente… No lograba percibir el fuego en su interior, ni el veneno de la ira hirviendo en su sangre; lo que sentía no era enojo, era simplemente tristeza, una tristeza dolorosa que se asemejaba al vacío y cuyo aroma recordaba al de una flor marchita. Apenas se iba a cuestionar aquel sentimiento cuando la respuesta llego como un susurro desde su inconciente… La culpabilidad; se sentía culpable de sentir celos de su mejor amiga y se sentía aplastada por el espantoso remordimiento que le causaba el descubrir que en algún momento de la noche anterior entre un sin fin de gotas de gentileza que Inuyasha había vertido sobre su alma dolida, se había introducido furtivamente una que le hizo apreciar a Inuyasha más allá de lo que su amistad con Ahome le permitía.

Tímidamente volvió a levantar la vista para toparse con la imagen que había desatado todo aquello que sentía, y al hacerlo cualquier duda que hubiese podido existir se desvaneció. Ni siquiera había podido resistirlo, había retirado la mirada cobardemente… Resultaba tan cruel envidiar a su propia amiga, y lo era aún más el no poder evitarlo.

♥ ♥ ♥

Inuyasha caminaba en silencio, sujetando la calida mano de Ahome a quien no se animaba a voltear a ver. No sentía nervioso, era solo no sabía que hacer cuando Ahome se comportaba de aquella manera. De repente sintió un molesto piquete de insecto en la nariz. Era el anciano Mioga que chupaba su sangre.

-Tenías que ser tú pulga molesta –dijo con enfado y soltado su mano de la de Ahome lo aplastó con brusquedad dejando caer a Mioga tan plano como una hoja.

Ahome se extrañó ante la ligereza con la que Inuyasha se deshizo de su tacto, no dijo nada, pero pensó que bien podía haber aplastado a Mioga con la otra mano.

-¡Ay, amo Inuyahsa! No me trate así, su servidor ha venido a verlo y a probar su deliciosa sangre…

-Cállate pulga indeseable, tú solo vienes cuando te conviene –dijó molesto

-Pero amo…

-Es cierto –intervino Ahome reflexiva con los brazos cruzados y mirando al cielo como rememorando todas las ocasiones en que la anciano Mioga había acudido en ayuda de Inuyasha-, solo se aparece cuando necesita ayuda y cuando hay peligro, desaparece.

La pulga rió nerviosamente evidenciando una culpabilidad inusitada.

-je, je… De hecho, he acudido a usted amo por quee…

-Suéltalo ya –interrumpió el chico mitad bestia harto de su balbuceo, sabiendo que las noticias que trajera, cualquiera que estas fueran, no serían buenas.

-Pues verá, amo… Como usted sabe, las pulgas solemos beber la sangre de de muchas criaturas sobrenaturales… -Mioga no pudo evitar temblar cuando vio la mirada amenazadora de Inuyasha que parecía estar diciéndole "Me está claro, acabas de pincharme la nariz para alimentarte"; carraspeó, e hizo un esfuerzo por continuar-, y como la sangre siempre ha sido una fuente de energía

-Fíjate, que curioso, no tenía ni idea… -respondió Inuyasha con sarcasmo

-je,je, perdóneme amo, naturalmente que usted ya lo sabía je,je…–continuó nervioso-, lo que pasa es que con la destrucción de Naraku todos los monstruos que se habían estado ocultado han salido y van en busca de cosas que los hagan más fuertes, y como la perla de shikon ha sido destruida…

-¿Se puede saber por que diantre nos cuentas una historia que ya conocemos? –preguntó Inuyasha con fastidio

-Y en la que de por sí participamos –agregó Ahome- Inuyasha ni siquiera se a curado por completo de aquella batalla…

-¿Puedes dejar en paz mis heridas solo por cinco minutos?

-Solo era un comentario… -se excusó Ahome, a sabiendas de lo susceptible que era Inuyasha respecto a ese tema en particular

-Pues ahórrate los comentarios

Mioga cada vez parecía más nervioso, incluso empezó a sudar, pero nadie parecía interesado en ello.

-A-amo…

-¿¡Qué!? –le espectó Inuyasha que había empezado una discusión con Ahome

-Yo… Y-yo he venido a pedir su ayuda…

-Si, ya lo imagino... ¿Y qué?

-Es que no me ha dejado terminar y…

-¡Pues termina de una buena vez!

Sango, Shipo y Miroku apenas habían llegado hasta ellos y se sorprendieron de ver a Mioga, quien a cada instante que pasaba se ponía más nervioso y parecía ansioso de que lo dejaran terminar.

-¿Y a que ha venido, anciano Mioga? –preguntó Sango, aunque ya se lo imaginaba

-He venido a solicitar la protección de mi querido y bondadoso amo…

-¿Podrías ir al grano? –volvió a insistir Inuyasha

-Si, amo –dijo, y empezó a hablar tan rápido como podía- Como le decía, siendo la sangre la fuente de poder más fácil de conseguir ahora que la perla ha sido destruida, los monstruos, ávidos de más poder, han empezado a matarse unos a otros con el fin de conseguirla. Pero el problema que me aqueja no es ese, amo; si no que muchos otros van en busca de criaturas que ya posean gran cantidad de diferentes tipos de sangre sobrenatural…

-Como las pulgas –dijo Sango, quien ya había escuchado algunas cosas al respecto cuando trabajaba de exterminadora en su aldea

-¡Si¡Exacto! Y de hecho…

Pero el pobre anciano no pudo terminar la frase nuevamente, por que del cielo comenzaron a descender toda clase de monstruos en una cantidad alarmante.

-¡Así que por eso veniste! –lo acusó Inuyasha entendiendo ahora el motivo de Mioga- Todos estos monstruos te venían siguien…

-¡Cuidado, Inuyasha!-gritó Ahome

Gracias a la oportuna advertencia de Ahome Inuyasha consiguió esquivar a algunos monstruos que pretendían embestirlo para así devorar a Mioga, pero como aún no se encontraba al cien, le dolía moverse y al saltar no pudo contener un gruñido de dolor. Realmente era sorprendente lo rápido que se movían aquellas alimañas, o lo lento que Inuyasha corría; pero no importaba cual de las dos fuera, lo que en aquel momento preocupaba a Inuyahsa era que aquellas bestias no tenían ningún problema para seguirle el paso, pues apenas había algún movimiento, ya tenía que esquivar a una montón de monstruos que parecían haber salido de la nada. A cada lugar que volteaba estaba rodeado, era evidente que llevaban mucho tiempo siguiendo a Mioga pues lo seguían con destreza e insistencia.

-¡Mioga! Salta de mi hombro o estas basuras seguirán tras de mi

-¡Pero amo¡No quiero morir! Por eso he venido a usted –rogó la asustada pulga

Inuyasha estaba todo, menos conmovido por las suplicas de su sirviente, pero no tenia tiempo de discutir y menos cuando un centenar de monstruos se abalanzaban hacía él con intenciones nada amistosas.

-¡Garras de acero! –Gritó eliminando apenas aun par de monstruos-¡Ahora lárgate Mioga!

Saltar del seguro hombro de Inuyasha, era lo ultimo que se ocurriría a Mioga, y se aferraba a los cabellos plateados de su amo con todas fuerzas tratando de ocultarse de sus perseguidores.

En cuanto Ahome había gritado, todos habían asumido posiciones de combate con el propósito de ayudar a su amigo a librarse de aquellas asquerosas y letales criaturas. Sango se había deshecho de su yukata dejando al descubierto su traje de exterminadora y luego de ensartar su katana en un gusano enorme se ató el cabello en una cola alta, permitiéndose mejor movilidad, justo a tiempo para rebanar en dos al mismo gusano que insistía en seguir con vida; Kirara se había transformado y defendía a su ama de cerca mordiendo con sus colmillos a cuanta bestia se le acercara de forma imprevista. Cerca de ella Ahome lanzaba flechas a los monstruos que seguían a Inuyasha y Shipo trataba de ayudarle en vano con su fuego sagrado, que apenas rozaba a las bestias cercanas, las cuales no parecían enterarse de que estaban siendo atacadas por el pequeño zorrito. El monje Miroku por su parte, se encargaba de sellar a una serpiente especialmente grande y amenazadora que escupía ácido. Aunque Sango estaba más que ocupada luchando sola contra tres bestias que acababan de rodearla, de vez en cuando le echaba un vistazo al monje; eso sí, con la esperanza de que no necesitara ayuda, pues de lo contrarío tendría que tragarse el poco orgullo que tenía y tendría que ir en su ayuda, lo cual definitivamente no encajaba con sus planes de odiar al estúpido de Miroku. Para su desgracia, aquella serpiente era demasiado para el monje solo y al escupir su acido había terminado alcanzado al monje, deshaciendo parte de su túnica, pues afortunadamente solo había tenido un leve contacto con ella. Muy a su pesar Sango supo que era necesario auxiliarlo, pero no se atrevía; o cuando menos, no se atrevería a menos que pudiera evitarlo, así que mando a Kirara en su ayuda evitándose la vergüenza que le causaría ayudar al monje que la había traicionado. De vez en cuando volvía la vista para asegurarse que todo fuera bien. Y así era, pero fue en uno de aquellos vistazos que un toro alado la embistió por la espalda, haciéndola caer de bruces contra el suelo, sus cuernos le rasgaron el traje dejando al descubierto dos largas heridas de las cuales emanaba su sangre a chorros. El dolor era tal, que la dejó inmóvil e indefensa en medio del campo de batalla.

A lo lejos Inuyasha trataba de aguantar el ritmo de todos sus oponentes, seguía lanzando sus garras de acero sin la más mínima intención de utilizar su colmillo sagrado, consideraba que su espada ya había sufrido graves lesiones en la batalla contra Naraku y temía que sufriera alguna fractura; pero cada vez veía más escasas las posibilidades de vencer a todos aquellos molestos monstruos usando solo las manos, y empezaba a considerar la posibilidad de arriesgarse. A menudo veía entre las aberturas que dejaban los monstruos entre sí a sus amigos en combate. Más de una vez tubo que cambiar su dirección para ir en auxilio de Ahome y Shipo quienes eran quienes corrían mas peligro estando solos; el problema era que ir a ayudarlos equivalía a que todos los monstruos lo siguieran, por lo tanto resultaba igual de peligroso. Ahome se encargaba de purificar a los monstruos pequeños que eran los más rápidos, lo cual le daba ventaja, pero estaba tan ocupada quitando del camino a insectos que seguían a Inuyasha que cuando un ciempiés gigante se cernió ante ella no reaccionó a tiempo. Inuyasha fue enseguida en su auxilio, y con sus garras de fuego partió en dos al ciempiés.

-¡Fíjate en lo que ocurre a tu alrededor¡Yo estoy bien! –la regañó Inuyasa molesto por que Ahome insistía en ponerse en peligro por prestarle su ayuda.

-¡Te estoy haciendo un favor! –gritó molesta Ahome, apuntando a las bestias que estaban detrás de él.

Inuyasha ni siquiera le dio las gracias cuando con una de sus flechas purificó a un monstruo que pretendía atacarlo a traición y saltó en dirección opuesta, acababa de divisar como un toro atacaba a Sango por la espalda tomándola desprevenida. La embestida fue tan violenta que Sango cayó al suelo con la espalda ensangrentada. Sin saber por qué Inuyasha sintió como un desagradable y profundo escozor en el pecho y la ira se apoderó de él. Sin pensarlo siquiera, desenfundó colmillo de acero, olvidando por completo su delicado estado y la idea de protegerlo ante posibles fracturas. A tajazos trataba de abrirse paso entre los monstruos, pero no iba tan rápido como era necesario y eran tantos que ni siquiera con su viento cortante era capaz de apartarlos. De repente, vio como el toro pretendía volver a atacar a Sango, a pesar de que ésta ya no se movía.

-¡Maldita sea¡Aléjate de ella, basura¡VIENTO CORTANTE! –gritó con toda la fuerza que le permitieron sus pulmones. En esta ocasión eliminó a una gran cantidad de bestias y por fin consiguió abrirse paso hasta donde se encontraba la exterminadora herida.

Estaba a un par de metros de allí cuando vio como, justo en el instante en que el toro alado iba a clavar sus letales cuernos en Sango por segunda vez, ésta se levantó y, tomando su hiraikotsu del suelo con gran habilidad, goleaba al toro con todas sus fuerzas, éste se tambaleó dando oportunidad a Sango de incorporarse por completo y atravesarlo con su katana.

Inuyasha, que no había conseguido llegar a tiempo para ayudarla, se sintió extrañamente inútil. Por un solo y minúsculo segundo había olvidado que Sango nunca había necesitado de nadie que la rescatara de nada, sin importar cuan difícil era la situación ella conseguía arreglárselas sola, y eso no tenía por que cambiar ahora. Le costó algo de trabajo deshacerse del desconcierto que lo invadió en aquel momento, pero tampoco había tiempo para sorprenderse, pues los monstruos seguían tras él y no daban tiempo a ensimismamientos. Aún así, mientras asestaba golpes a sus oponentes le era inevitable cargar con un extraño y incomodo sentimiento que se comprimía en su pecho, del cual no podía deshacerse.

-¡Son demasiados! –dijo Ahome, a quien estaban a punto de acabársele las flechas

-¡¡Los eliminaré a todos!! –gritó Inuyasha abatiendo a colmillo de acero con furia

Pero aún cuando ya habían acabado con más de la mitad se sentían en desventaja, pues comenzaban a agotarse y los monstruos eran tremendamente insistentes. Inuyasha cada vez se sentía más irritado y se desquitó con la pulga, que al final de cuentas era la causante de todo ese problema.

-¡Mioga¡Todo esto es tu culpa! –lo acusó

- S-si, amo, lo siento… -admitió la asustada pulga que aún pendía de sus cabellos

-Ya que lo reconoces –dijo Inuyasha, a quien se le acababa de ocurrir una idea- ¡cuando menos sirve de carnada! - y haciendo caso omiso a las suplicas de la anciana pulga, lo lanzó con fuerza hacía el cielo al tiempo que intentaba deshacerse de esas pestilentes alimañas aprovechando que todas se habían dirigido al mismo punto.

Lanzó su viento cortante eliminando a gran cantidad de monstruos, disminuyendo considerablemente el número de aquellas criaturas.

-¡Bien hecho, Inuyasha! –gritó Ahome saltando alegremente

-¡Bravo Inuyasha! –dijo Shipo aplaudiendo uniéndose a Ahome

Inuyasha solo sonrió satisfecho ante los vítores de sus amigos, pero olvidaba una sola cosa: la ley de la gravedad.

Los monstruos restantes seguían siguiendo a la pulga, que evidentemente, tenía que descender en algún momento, y así lo hizo. Los monstruos seguían en su dirección, pero Inuyasha no se enteraba hasta Miroku se percató de lo que sucedía.

-¡Cuidado¡Todos están descendiendo! –advirtió el monje señalando a las criaturas que bajaban a toda velocidad

Ahome lanzó una de sus flechas, pero los demonios avanzaban con tanta rapidez que solo unos cuantos resultaron purificados y no se animó a lanzar más pues solo le quedaba una.

-¡Yo me encargo! –dijo Sango

Llamó a Kirara y montándose en su lomo con destreza se dirigió a los monstruos decidida. Cuando estuvo cerca de ellos giró su bumerang con intención de atacarlos.

-¡Hiraikots…!

Estaba dándole vuelo a su bumerang cuando vio como la pulga Mioga pasaba cayendo por su lado, y con la obvia intención de salvarse de tremenda caída, se sujetó al cabello de la exterminadora, que ondeaba con el viento.

Para cuando pudo darse cuenta los monstruos ya se habían abalanzado sobre ella golpeándola de lleno con tal fuerza que la tumbaron de Kirara, que no pudo hacer nada para ayudar a su ama, debido a que ella también había sido embestida, y aún cuando caía en picada, Sango no desperdició la oportunidad de atacar.

-¡Hiraikotsu!-grito lanzando su bumerang contra sus atacantes, para después caer contra el suelo pesadamente exactamente sobre su hombro izquierdo, raspándose dolorosamente con el suelo irregular.

El Hiraiktsu no pudo contra todos los monstruos que seguían con vida y los sobrevivientes –que cada vez eran menos-, seguían avanzando tras la pulga que se encontraba oculta entre sus cabellos.

-¡Sango! –gritó preocupada Ahome- ¡Inuyasha, tienes que hacer algo!

Pero no encontró al chico mitad bestia a su lado, pues ya se encontraba corriendo en dirección a la exterminadora.

Mientras Inuyasha corría hacía Sango, que había caído lejos de donde él se encontraba, luchaba contra aquella sensación opresiva que se acumulaba dentro de sí, haciéndole percibir como se le contraía el lado izquierdo del pecho.

Continuara…

N/A:

Me siento horrible por no haber publicado este capitulo antes, pero me siento feliz de publicarlo ahora, aunque empiezo a creer que voy retrasada… Tranquilos, tranquilos, solo bromeo, sé que "retraso" es una palabra muy frágil para describir la situación de este fic, pero juro que no ha estado en mi mano. Perdí el borrador de este y otros capítulos, y no me había resignado a darlos por perdidos así que busqué y busqué, retrasando esperanzada este capitulo, pero me harté de buscar y me obligué a valerme de recuerdos. Además ¡Por Dios¿Cuántos años llevo con este fic¡Me juro a mi misma no durar otro más!

Gracias a los que siguen malgastando su tiempo leyendo y dejando sus opiniones a pesar de que mi inconstancia y yo no lo merecemos ¡Ustedes son los mejores! Si desean abofetearme, están en su derecho, será un placer quedar molida por sus golpes.

Atte Kuchiki Rukia-chan ♥